5.8.09

Furor por los libros de los rehenes de las FARC

LA CAUTIVA. Ingrid Betancourt fue rehén de las FARC durante seis años. Ahora prepara su propio libro, mientras otros compañeros de cautiverio la critican en sus escritos.


El clímax de lo que ya podría considerarse un subgénero literario arribará con
el libro que la ex candidata a la Presidencia de Colombia, Ingrid Betancourt,
escribe y planea sacar a la venta a fin de año.

"Creo que ha llegado el momento de hacer algo más, de explicar a la gente lo que viví y compartir con la gente mis pensamientos y sentimientos", dijo Betancourt en octubre pasado, cuando anunció que en 2009 se iba a retirar a escribir.

En este libro, que apunta a ser un superventas, la política franco-colombiana podría incluir alguna réplica a lo escrito por los estadounidenses Thomas Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves acerca de ella en Out of Captivity, ya en las librerías de Estados Unidos y que hoy presentan en Nueva York.

Betancourt, Howes, Stansell y Gonsalves pasaron juntos gran parte del tiempo que permanecieron cautivos por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y también les tocó vivir juntos el regreso a la libertad.

Ellos cuatro y once policías y militares colombianos fueron rescatados el 2 de julio de 2008 en las selvas del sur de Colombia por militares que se hicieron pasar por miembros de una misión humanitaria y se los llevaron consigo sin disparar un tiro.

Harper Collins, la editorial de Out of Captivity, señala en el comunicado que en sus páginas se relatan, entre otras cosas, las "a menudo tensas relaciones que mantenían (los tres estadounidenses) con los otros secuestrados colombianos".

Más preciso fue Howes en una entrevista con una emisora colombiana. "Betancourt es una persona a la que le gusta controlar y manipular y eso en cautiverio es una cosa muy difícil".

Howes agregó que Betancourt, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2008, está "interesada en ella misma" y llegó a extremos como "no querer compartir la comida en partes iguales".

Estos comentarios contrastan con los elogios que le dedica a la ex candidata presidencial otro ex rehén, Luis Eladio Pérez, en su libro 7 años secuestrado por la FARC (Aguilar, 2008).

En esta obra testimonial, a la venta en Chile, Ecuador, España (con el título de "Infierno verde"), Estados Unidos, Perú, Uruguay y Venezuela, además de Colombia, donde se han vendido más de 20.000 ejemplares, Betancourt aparece como una mujer inteligente, valiente, leal y solidaria.

"Él fue mi familia en la selva", dijo Betancourt de Pérez durante la presentación del libro en Madrid.

Recuerdo del horror

Lo cierto es que el recuento de miserias y penurias en la vida de un rehén de las FARC y los problemas de convivencia son los aspectos que más interesan al público, según se evidencia cada vez que ofrecen ruedas de prensa o entrevistas.

Los rehenes lo saben y esos detalles abundan en sus libros. Por ejemplo, Pérez aborda el tema de la sexualidad y recuerda que los guerrilleros les llevaban películas pornográficas y que a las mujeres las filmaban cuando hacían sus necesidades.

Algunas de esas referencias provocaron el enojo de Clara Rojas, ex compañera de partido y de secuestro de Betancourt, quien no ha escrito sobre su cautiverio, a pesar de que su historia es una de las que más interés humano tiene.

Rojas, liberada en enero de 2008, tuvo un hijo con un guerrillero durante su secuestro, Emmanuel, que volvió a la libertad antes que su madre.En Mi viaje hacia la libertad (Planeta, 2008), traducido al francés y con un récord de 35.000 ejemplares vendidos en Colombia, el policía John Frank Pinchao relata el día que Emmanuel, un bebé "blanquito y flaquito", fue llevado al campamento donde él estaba y los guerrilleros le recibieron con "regalos hechos con sus ropas descosidas".

El más raro de todos los relatos es Amores que el secuestro mata (Círculo de Lectores, 2008), de Lucy Artunduaga, ex esposa de Jorge Gechem, un ex senador liberado en 2008 después de seis años de secuestro y quien a su regreso de la selva rompió su matrimonio de más de 20 años.

Como "una constancia del calvario" que pasan los familiares de los secuestrados definió Artunduaga el libro publicado a fines de 2008, casi a la vez que ¡Desviaron el Vuelo! Viacrucis de mi secuestro (Oveja negra, 2008), firmado por su ex esposo y prologado por el presidente Álvaro Uribe.

Como la ex esposa de Gechem, el ex canciller Fernando Araújo, que se fugó en 2006 tras seis años en poder de las FARC, también dejó constancia de los daños irreparables que ocasiona el secuestro.

En su libro El Trapecista (Planeta, 2008), del que se han vendido 25.000 ejemplares en Colombia, describe sus penurias en la selva, pero también el dolor que le supuso confirmar que su esposa ya no le esperaba.Araujo no escribió para "cerrar heridas", sin embargo el también fugado Pinchao tiene claro que para él "fue una terapia".


30.7.09

¿Qué animal de lector es Usted?



En la pasada edición dominical de el País de España. El escritor Javier Cercas, toma unas reflexiones de Saul Bellow sobre el amor a la literatura y a partir de ellas define al lector vampiro:
“¿Qué es un lector vampiro? Bellow lo explica bien: no es el lector que lee para matar el rato o para divertirse, ni siquiera para hacerse sabio; todo eso es estupendo, pero el lector vampiro no lee para nada de eso: lee para sobrevivir. De hecho, podría decirse incluso que, propiamente, el lector vampiro no lee libros: los apalea, los acuchilla, les arranca las entrañas, les chupa la sangre, les roba el alma; no quiere leer los libros: quiere ser libros, que los libros leídos pasen a formar parte, como dice Bellow, ‘de la propia sustancia’.“ Leer mas...

22.7.09

José Manuel Lara Bosch: "Quiero volver a ser un pequeño editor"

CONTRA LA PIRATERIA. "Es un grave problema cultural", señala Lara, que sigue de cerca del desarrollo de los libros electrónicos.
"Quiero volver a ser un pequeño editor" expresa el presidente del Grupo Planeta, el mayor conglomerado editorial del mundo en lengua española,(socio de El Tiempo en Colombia) habla en esta entrevista del futuro del mercado editorial, de sus planes de expansión y niega que esté interesado en adquirir Anagrama, la editorial de Jorge Herralde.

21.7.09

El otro 'Millennium'

Noomi Rapace, actriz que personifica a Lisbeth Salander
En Colombia, creo, no ha llegado el fenómeno " Millennium", como sí se vive en otras latitudes. Observen, este artículo, el mercadeo de la trilogía en España, en que pone como un juego,todas las posibilidades derivadas de los libros para el lector, agotando desde el famoso clic de las sitios web hasta giras turísticas con la "hacker" de Lisbeth Salander, la heroína protagonista que transita las páginas de la trama de Stieg Larsson.

17.7.09

La novela no puede morir

CINCO VOCES de la narrativa latinoamericana responden sobre el porvenir de la novela.
Cinco escritores de primera línea en las letras latinoamericanas responden sobre el presente y el futuro de la novela. ¿La capacidad de generar relatos ha sido monopolizada por el cine y la tv? ¿El mercado decide qué se lee y dónde? ¿Las grandes editoriales globalizan unas obras y hacen que otras no se conozcan siquiera en sus países? Las respuestas de Claudia Piñeiro, Juan Villoro, Alvaro Mutis, Luis Sepúlveda y Carlos Gamerro en general predican un futuro para el género, pero desde distintos puntos de vista.
La novela y sus crisis se remontan al siglo XIX. Cuando los Lumière comenzaron a proyectar imágenes en movimiento en un café de París, muchos creyeron que el relato escrito comenzaría a pasar a segundo plano, pues el cine –un cine que no puede compararse con el actual en recursos y calidad de lenguaje– atraería como moscas a todo el mundo hacia esas salas cuyo paradigma fue el concurrido Grand Café, en el Boulevard des Capucines. Y es cierto: algo cambio entonces en el mundo de la novela. Algo cambió en la concepción lineal del relato, en las unidades de tiempo y espacio, en la cuestión del punto de vista, que autores como Henry James y Robert Louis Stevenson discutían antes de que se popularizara el invento de los Lumière.
Cada vez que se plantea la posibilidad de que la novela desaparezca, se levantan voces tan poco fundamentadas como las de los profetas para decir que eso no ocurrirá jamás. Es posible que así sea. Pero parece seguro que el género cambiará las veces que sea necesario, si vamos a mirar con algún cuidado la experiencia histórica: después de los Lumière y de otros cambios vinculados con la eficiencia en la transmisión de relatos –todo lo que hoy es el vasto y complejo mundo de "los medios"–, vinieron el Ulises de Joyce, la monumental y a la vez intimista obra de Proust, el fluir de la conciencia de Virginia Woolf, el ambiguo objetivismo.
Desde los Lumière, o desde un punto muy cercano a ellos, la novela supo que debía trabajar en otro plano.A 113 años de la primera función del cine de la historia, y en vista de los desarrollos alcanzados por los "medios", no parece ociosa la pregunta sobre el papel de la novela. Cuando Hollywood tiene una dimensión elefantiásica, y los cineastas independientes creen que pueden competir en terrenos que sólo la imaginación literaria podía cultivar; cuando Godard entre otros cree que incluso el cine murió, ¿en qué o en dónde se refugiará la novela? Es una pregunta menos que deportiva.

Juan Villoro: "Se escribe un libro para anunciar la muerte del libro"
Luis Sepúlveda. El papel del mercado
Claudia Piñeiro. ¿Quién es dueño de todos los relatos?
Alvaro Mutis: "La literatura no tiene función social"
Carlos Gamerro. "Lo literario perdura"

fuente: Revista Ñ http://jmarconsusescribanias.blogspot.com

3.4.09

Las adaptaciones según Rushdie



Cine y literatura, amistades peligrosas

Por Salman Rushdie.
La adaptación, el proceso mediante el cual una cosa evoluciona y se transforma en otra, mediante el cual una forma o manifestación pasa a ser otra diferente, es un fenómeno común en la actividad artística. Los libros se convierten en obras teatrales y películas constantemente; las obras teatrales se convierten en películas y, a veces, también en musicales; las películas se convierten en espectáculos de Broadway y hasta en libros también, gracias al horrible método conocido como novelización. Vivimos en un mundo lleno de transformaciones y metamorfosis. Las películas buenas -Lolita, La pantera rosa- se rehacen como películas malas; las películas malas -El increíble Hulk, Garganta profunda- se rehacen como películas aún peores; las series cómicas de la televisión británica se convierten en series cómicas de la televisión estadounidense, de modo que The Office se transforma en una The Office diferente [...]. También los programas de telerrealidad británicos se modifican para adaptarlos a la audiencia estadounidense [...].

Proceso insaciable. Las canciones de los grandes artistas son copiadas por los artistas menores; en el día de la toma de posesión [de Obama], Beyoncé interpretó su versión del clásico de Etta James At Last, para gran irritación de la propia Etta James (aunque también es verdad que James parecía estar aún más irritada por la elección de Barack Obama, así que quizás era sólo que estaba de mal humor). Todos éstos son ejemplos de la infinidad de variaciones de la adaptación, un proceso insaciable que a veces puede parecer voraz, dispuesto a tragarse el mundo, como si ahora viviésemos en una cultura que no para de engullirse a sí misma de forma que, al final, se habrá devorado a sí misma por completo.

Cualquiera podría hacer una lista de las muchas adaptaciones catastróficas que ha visto; personalmente, mis favoritas son la ridícula película Pasaje a la India, de David Lean, en la que Alec Guinness, en el papel de un sabio hindú, comete la blasfemia de meter los pies en un tanque con agua sagrada; y la mutilación a la que James Ivory somete a Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro, retratando al culpabilísimo aristócrata británico nazi de Ishiguro como un viejecito adorable, descaminado y engañado, más merecedor de nuestra simpatía que de nuestro desprecio.

Mejor que Los Beatles. Pero la adaptación puede ser una fuerza creativa, además de destructiva. Cuando Rod Stewart canta Downtown Train casi iguala a Tom Waits, y cuando Joe Cocker canta With a Little Help from My Friends logra la rara proeza de cantar una canción de los Beatles mejor que los propios Beatles, lo cual resulta menos impresionante cuando se recuerda que el cantante original era Ringo Starr. Actualmente estoy dando un curso en el que se subrayan algunos de los casos en que libros excelentes se han adaptado para crear películas excelentes -La edad de la inocencia, de Edith Wharton, se transformó en La edad de la inocencia, de Martin Scorsese; el retrato de Giuseppe di Lampedusa de la Sicilia de 1860, El Gatopardo, se convirtió en la mejor película de Luchino Visconti; Sangre sabia, de Flannery O?Connor, se transformó en una maravillosa película de John Huston; y con su película Grandes esperanzas, Lean produjo un clásico que puede compararse con la novela de Dickens sin resultar inferior a ella en absoluto, una película que permite al menos a este aficionado al cine perdonarle sus posteriores meteduras de pata con Pasaje a la India.

Hay muchos otros ejemplos de adaptaciones buenas. Hoy en día, poca gente lee la obra maestra francopolaca del siglo XIX de Jan Potocki Manuscrito encontrado en Zaragoza, pero les animo a descubrirla por su alegría y excentricidad, por su surrealista, sobrenatural, gótico y picaresco mundo de gitanos, ladrones, alucinaciones, inquisiciones y un par de hermanas increíblemente bellas que, por desgracia para los hombres a los que seducen, son sólo fantasmas. Sus cualidades fueron captadas a la perfección por el director de cine polaco Wojciech Has en su película de 1965 El manuscrito encontrado en Zaragoza, que deberían ponerse a buscar ya mismo. La película de 1955 de Satyajit Ray La canción del camino no sólo igualaba, sino que superaba, el clásico bengalí de 1929 escrito por Bibhutibhushan Bandhopadyahya, en el que está basada. Huston parece haber sido un adaptador de buena literatura especialmente dotado, y su película Dublineses, basada en Los muertos, de Joyce (tal vez la mejor novela corta escrita en lengua inglesa), da vida al relato de forma vívida y apasionada; aunque justo al final, cuando la cámara enfoca el exterior a través de una ventana para observar la nieve que cae y las famosas palabras de Joyce se apoderan de las imágenes de Huston, hablando de la nieve que caía levemente atravesando el universo y que caía levemente también, como el descenso de su final postrero, sobre todos los vivos y los muertos, recordamos cuál es la diferencia entre la excelencia y la genialidad. Dublineses es una película excelente, pero las últimas frases de la historia de Joyce la superan sin esfuerzo. [...]

«La poesía es lo que se pierde con la traducción», dice Robert Frost; pero Joseph Brodsky replica: «La poesía es lo que se gana con la traducción», y la línea de batalla no podría estar trazada de un modo más claro. Mi propia opinión siempre ha sido que, ya se trate de un poema que cruza una frontera idiomática para convertirse en un poema distinto en otro idioma, de un libro que cruza la frontera entre el mundo de la imprenta y el del celuloide, o de seres humanos que migran de un mundo a otro, tanto Frost como Brodsky tienen razón. Siempre se pierde algo con la traducción; y aun así, también puede ganarse algo. Estoy definiendo la adaptación de forma muy general para incluir la traducción, la migración y la metamorfosis, todos los medios por los que una cosa se convierte en otra. En mi novela Hijos de la medianoche, el narrador, Saleem, habla de la elaboración de encurtidos como una especie de proceso adaptativo: «[...] elaborar encurtidos es dar inmortalidad: los pescados, las verduras y las frutas cuelgan envueltos en especias y vinagre; una cierta alteración, una ligera intensificación del sabor, es sin duda una cuestión sin importancia. El arte está en modificar la intensidad del sabor, pero no su naturaleza; y sobre todo [...], en darle forma y expresión, es decir, significado».

Lo mismo, pero nuevo. La cuestión de la esencia sigue constituyendo el núcleo del acto de adaptación: cómo hacer una segunda versión de una primera cosa, ya sea un libro, una película, un poema, una verdura o uno mismo, que siga siendo ella misma y aún así algo nuevo que todavía lleve en sí la esencia, el espíritu, el alma de la primera cosa, la cosa que uno mismo, o su libro, o poema, o película, o mango, o lima, era originalmente antes de someterse al encurtido. [...]

¿Qué debe uno conservar? ¿Qué debe uno descartar? ¿Qué es modificable, y dónde se debe trazar la raya? Las preguntas son siempre las mismas y la forma en que las respondemos determina la calidad de la adaptación del libro, el poema o nuestras propias vidas.

¿Qué hay de las adaptaciones de los premios Oscar de este año? En 1921, F. Scott Fitzgerald escribió un extraño relato llamado «El curioso caso de Benjamin Button» sobre el nacimiento en la familia de «los jóvenes señor y señora Roger Button» de un bebé varón que nace como hombre de 70 años y luego vive hacia atrás, rejuveneciendo con el tiempo hasta que, al final de su vida, con el tamaño de un bebé y encogiéndose lentamente dentro de su cuna blanca, desaparece en la nada. En 2008, esta pequeña historia humorística fue convertida por Brad Pitt y el director David Fincher en una película de 200 millones de dólares. Sin embargo, la diferencia entre el relato y la película es extraordinariamente grande.

En la historia de Fitzgerald, Benjamin nace como un hombre septuagenario de tamaño normal. Nunca se llega a explicar cómo la señora Button se las arregló para dar a luz a un bebé tan grande sin partirse por la mitad. Además, la señora Button nunca se somete a un reconocimiento. En la historia, la vida de Benjamin transcurre en su mayor parte en el ámbito privado, excepto un viaje para luchar en la guerra entre España y Estados Unidos, mientras que en la película se ve envuelto en tantos acontecimientos públicos de su época que el filme casi podría haberse titulado Zelig al revés, o tal vez Forrest Gump marcha atrás. (El guionista de Forrest Gump, Eric Roth, que escribió ese guión a partir de la novela de Winston Groom, también es responsable del de Benjamin Button.)

Quizás la mayor diferencia entre las dos obras sea que, aparte de compartir la idea de un hombre que vive hacia atrás en el tiempo, las historias son completamente distintas; la película no es realmente una adaptación del libro, sino una creación de Roth casi por completo. Y aunque la película de Roth y Fincher es fundamentalmente una brillante puesta en escena de efectos especiales a la que contribuyen las dos excelentes interpretaciones de Pitt y Cate Blanchett, al final no tiene nada de particular que decir. Al menos, la historia de Fitzgerald es una comedia sobre el esnobismo y la vergüenza que, aunque mantiene deliberadamente un tono banal y ligero, satiriza maravillosamente las actitudes sociales del Baltimore de finales del siglo XIX y principios del XX.

El Holocausto al revés. Todo el mundo acepta que relatos y películas son cosas diferentes y que el material original debe modificarse, incluso de manera radical, para que pueda funcionar bien en el nuevo medio. Las únicas preguntas que interesan son cómo y cuánto. Sin embargo, cuando el original prácticamente desaparece, es difícil saber si al resultado se le puede siquiera llamar adaptación. Después de todo, hay otras historias muy conocidas sobre retrocesos en el tiempo que son anteriores a la película de Fincher y Roth. En la novela de 1991 de Martin Amis La flecha del tiempo se cuenta la historia del Holocausto al revés, de forma que, en una escena extraordinaria, unos amables médicos nazis de un campo de concentración sacan oro de sus almacenes privados y lo usan para fabricar empastes para los dientes de pacientes judíos. Pero en La flecha del tiempo todo va hacia atrás, no una sola vida. Quizás el ejemplo más conocido de otro retroceso similar al de Button es el del personaje del mago Merlín en el clásico de 1938 de T. H. White La espada en la piedra, que también fue objeto de una adaptación al estilo Disney sobre la que es mejor correr un tupido velo. Merlín, el maestro del chico conocido como Wart, el futuro Rey Arturo, vive hacia atrás en el tiempo, y por eso tiene la gran ventaja de conocer el futuro, mientras que se siente confuso sobre el pasado. Button no tiene esa suerte. Es viejo y robótico, pero tan ignorante como un bebé recién nacido. Por otra parte, se convierte en Brad Pitt al crecer, así que no todo es malo.

Extrema pobreza. ¿Y qué puede uno decir sobre Slumdog Millionaire, adaptada de la novela ¿Quién quiere ser millonario?, del diplomático indio Vikas Swarup, y dirigida por Danny Boyle y Loveleen Tandan, que ha ganado ocho Oscar, incluido el de mejor película? Un filme optimista sobre los espantosos suburbios de Bombay, una película sobre la pobreza extrema fotografiada con opulencia, una mirada romántica y bollywoodiense a la dura y poco romántica cara sórdida de la India. Bueno, es optimista, ¿a que sí? Y para remate, hay una sensacional secuencia de baile a lo Bollywood al final. (En realidad, es una secuencia de danza sorprendentemente mediocre incluso para lo que es habitual en Bollywood, pero da igual.) Probablemente es inútil que diga nada en contra de una película tan popular, pero permítanme intentarlo.

Chicos de suburbio. Los problemas empiezan con la obra que se está adaptando. La novela de Swarup es una obra mediocre y sensiblera, con un argumento que resulta inverosímil: un chico de los suburbios se las arregla de alguna manera para meterse en la popular versión india de ¿Quiere ser millonario? y responde correctamente a todas las preguntas porque los accidentes casuales de su vida le han proporcionado la información que necesita gracias a una serie de coincidencias imposibles y las preguntas se le hacen, convenientemente, en un orden que permite que los recuerdos acudan a su mente por orden cronológico. Ésta es una presunción evidentemente ridícula, la clase de escritura fantástica que da a la escritura fantástica su mala reputación. [...]

La película encadena una imposibilidad tras otra, y supera incluso la ramplonería del libro. Dos chicos de los suburbios de Bombay que crecieron hablando hindi y maratí huyen de un incendio y de repente hablan un inglés perfecto, lo bastante bueno como para comunicarse con los turistas occidentales y engañarles. Ah, y cuando escapan del suburbio en llamas dan pruebas de una forma física extraordinaria, porque la siguiente vez que se les ve están en el Taj Mahal, [...] a cientos de kilómetros de distancia. Un momento después están de nuevo en Bombay y el chico más mayor ha conseguido milagrosamente una pistola y balas, y la habilidad y el valor para usar ambas. ¿Como ha conseguido la pistola? La película nunca lo explica. La India no es Estados Unidos y, por consiguiente, allí no es fácil que cualquiera adquiera un arma, a menos que ya esté metido en una mafia criminal, y ése no es el caso en este punto de la historia. Ver la historia de tu ciudad natal contada de esta forma chabacana y cómicamente absurda hace que, finalmente, acabes enfadándote. El sentimentalismo de Slumdog Millionaire es tan exagerado que si estuviese ambientada en algún lugar que resultase más familiar para el público occidental, se la identificaría como el sinsentido banal que es. ¿De verdad podemos creernos que la novia de un jefe de la mafia sería capaz de huir de él y vivir feliz por siempre jamás con su amor de la infancia? ¿Toleraría Don Corleone algo semejante? ¿No? Bueno, tampoco los padrinos de D-Company ni de ninguna de las otras bandas criminales de Bombay.

Audacia artística. [...] En una entrevista realizada durante el festival de cine Telluride el pasado otoño, Boyle, ante la pregunta de por qué había elegido un proyecto tan distinto del que es habitual en él, respondió que nunca había estado en la India y que no sabía nada sobre el país, así que pensó que este proyecto era una gran oportunidad. Al escucharle, me imaginaba a un director de cine indio haciendo una película sobre la vida en los suburbios de Nueva York y diciendo que lo había hecho porque no sabía nada sobre Nueva York y, de hecho, nunca había estado allí. La crítica le habría despedazado. Pero para un director del Primer Mundo, decir eso sobre el Tercer Mundo se considera algo elogiable, una muestra de su audacia artística. Los dobles raseros de las actitudes poscolonialistas todavía no han desaparecido del todo.

Entre los amantes del cine, existe la opinión generalizada de que las películas hechas a partir de guiones originales son y deben considerarse superiores a las películas basadas en obras teatrales o libros. Entre los libros brillantes de épocas recientes que han sido sometidos a transformación cinematográfica están (por ofrecer una lista muy incompleta): El libro de Rachel, de Martin Amis; Expiación, de Ian McEwan; Lo que queda del día, de Ishiguro; Últimos tragos, de Graham Swift; Oscar y Lucinda, de Peter Carey; Spider, de Patrick McGrath; El tambor de hojalata, de Günter Grass; El amor en los tiempos del cólera, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada y Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez; La mancha humana, de Philip Roth; y Vidas cruzadas, basada en los relatos de Raymond Carver. (Por supuesto, la película Independence Day no era una adaptación de la laureada novela de Richard Ford, que por desgracia se publicó casi al mismo tiempo que se estrenó la película, por lo que, según la leyenda, cuando los clientes de las librerías pedían el libro, los libreros se veían obligados a preguntar: «¿Con o sin extraterrestres?».)

Otro Peter Pan. Sin embargo, de toda esta lista en concreto, puede que sólo la película de Volker Schlöndorff basada en El tambor de hojalata merezca la pena comentarse como película, y este desequilibrio entre adaptaciones buenas y malas refuerza los argumentos de quienes son contrarios a las adaptaciones. Vidas cruzadas traiciona la visión de Carver al ascender de categoría social a la mayoría de sus personajes, de modo que su desesperación a duras penas suprimida parece más bien falta de moderación. Y abajo, muy en el fondo del tonel, se encuentra la película de La mancha humana, que, para el papel de un hombre afroamericano que se las arregla para pasar por blanco durante gran parte de su vida, cuenta con el actor Anthony Hopkins, un galés de piel clara.

El argumento en contra de la adaptación y a favor del guión original me lo expuso una vez con enorme vehemencia un productor de cine británico un tanto ebrio que aseguraba [...] que todas las películas hechas a partir de libros son una mierda. No cabe duda de que es posible hacer una contundente defensa del razonamiento de la mierda. La mancha humana no es la única. Las películas basadas en casi todos los libros que acabo de mencionar son malas, aburridas, lentas y cojas, mientras que los originales son absorbentes, están llenos de energía y mantienen la tensión. Las películas de las obras maestras de García Márquez, concretamente, son travestis que sustituyen la precisión imaginativa del escritor por un perezoso exotismo que traiciona profundamente los originales sin siquiera ser consciente de ello.

Sin embargo, El tambor de hojalata, de Schlöndorff, destaca como una magnífica excepción que cuenta con la electrizante interpretación de David Bennet en el papel de Oskar Matzerath, el Peter Pan de los millones de niños perdidos y piratas sanguinarios de la Alemania nazi: el pequeño y mal desarrollado Oskar, el otro niño de la literatura clásica que nunca creció. He intentado encontrar más películas que rebatan el veredicto del productor británico y podría añadir, por ejemplo, la película de los hermanos Coen No es país para viejos, que logra triunfar manteniéndose muy cerca, una escena tras otra y una línea de diálogo tras otra, de la novela de Cormac McCarthy; y Pozos de ambición, que lo consigue empleando el método contrario, al realizar una adaptación libre, relajada y que funciona estupendamente, de la novela de Upton Sinclair Petróleo. Pero los fracasos son muchísimo más frecuentes que los éxitos.

La teoría del cine de autor la expuso por primera vez François Truffaut en Cahiers du Cinéma a finales de los años cincuenta y la amplió, primero como teoría cinematrográfica y luego con la realización de películas reales, un grupo de críticos que se convertirán en algunos de los directores de cine más importantes del mundo: Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Eric Rohmer y Jacques Rivette. Pero aunque la idea de la superioridad de los guiones escritos como guiones originales sobre las adaptaciones es el origen, o casi, de la nueva ola francesa, muchas de las mejores obras del cine francés, y en realidad del cine mundial, durante los años cincuenta y sesenta, son, de hecho, adaptaciones que funcionan. Godard, un partidario del guión original, tuvo su gran éxito comercial con Le Mépris (El desprecio), que estaba basada en una novela de Alberto Moravia. Chabrol hizo una película fantástica a partir de la novela de suspense de Cecil Day Lewis, escrita bajo seudónimo, La bestia debe morir [...]; Rohmer adaptó con brillantez la novela corta clásica de Heinrich von Kleist La marquesa de O.; y también está Jules y Jim, basada en la novela de Henri-Pierre Roché.

Primeras obras maestras. El mundo cinematográfico de la misma época, inmensamente rico, contribuyó a echar por tierra el principio de la mierda. Las primeras obras maestras de samuráis de Kurosawa, El mercenario y Sanjuro, tenían orígenes literarios, aunque Los siete samuráis procedía de un guión original; y Rashomon la hizo Ryunosuke Akutagawa combinando dos de sus relatos. Satyajit Ray tomó muchas cosas de la literatura bengalí clásica, y algunas de sus mejores películas, como Charulata y The Home and the World, son adaptaciones más o menos fieles de obras originales de Rabindranath Tagore. Ingmar Bergman y Federico Fellini rodaban invariablemente sus propios guiones originales, pero Luis Buñuel era menos dogmático y realizó algunas de sus películas de más éxito aliando sus propias tendencias anárquicas y surrealistas con la literatura europea clásica, y adaptó por ejemplo Belle de Jour, de Joseph Kessel.

Por tanto, los argumentos contra las adaptaciones cinematográficas siguen sin quedar demostrados y, si miramos por debajo del nivel de la gran literatura, se podría argumentar de forma plausible que muchas adaptaciones cinematográficas son mejores que sus materiales originales en prosa. Yo diría que la película El señor de los anillos, de Peter Jackson, supera los originales de Tolkien porque [...] Jackson es mejor como cineasta que Tolkien como escritor; el estilo cinematográfico de Jackson, dramático, lírico, y otras veces íntimo y épico, es infinitamente preferible al estilo de la prosa de Tolkien, que se acerca peligrosamente a la charlatanería, a los aires de superioridad y a la pomposidad y sólo logra aproximarse a la humanidad y al inglés corriente en los pasajes que hablan de los hobbits [...].

«Eso no es necesario». Mis experiencias personales con las adaptaciones han sido... Bueno, variadas, aunque están mejorando. Las cosas empezaron mal. Uno de los productores del Gandhi de Richard Attenborough decía que estaba deseando hacer una película con Hijos de la medianoche, excepto por una pequeña parte, que le parecía débil y redundante. Desgraciadamente, esta pequeña parte era el clímax de la novela, en la que la primera ministra india Indira Gandhi era, más o menos, la mala. «Eso no es necesario», decía el productor, «el libro está muchísimo mejor sin ello.» Ese proyecto no llegó a buen puerto. Durante los años siguientes hubo otros intentos fallidos de convertir la novela en película. El que más cerca se quedó, en 1997, fue el proyecto de hacer una miniserie de cinco capítulos para la BBC, para la cual yo mismo escribí la adaptación. Eso me enseñó mucho de lo que sé sobre la adaptación, en concreto la necesidad de ser implacable con el original extremadamente largo, combinada con la determinación de extraer y mantener su esencia. La serie nunca se hizo debido a problemas políticos de última hora en Sri Lanka, donde debían rodarse los exteriores principales [...].

Sin embargo, un par de años después pude emplear esa experiencia, y parte del trabajo realizado, en una adaptación teatral de Hijos de la medianoche dirigida por Tim Supple y que la Royal Shakespeare Company interpretó tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos. El teatro es un animal diferente: es muy directo, la obra está justo delante de uno y eso la convierte en una forma de expresión intensamente declaratoria (excepto en manos de Beckett o Pinter, que ponen del revés sus normas habituales); y lo que es cierto para el teatro en general, es doblemente cierto para el teatro épico. Como consecuencia, la adaptación teatral de Hijos de la medianoche se diferenciaba del libro en dos aspectos sorprendentes: en primer lugar, era mucho más política, de un modo mucho más clamoroso y evidente, y ponía el material político al frente y en el centro en lugar de usarlo de una forma más sutil, como telón de fondo, como hace a menudo la novela; y en segundo lugar, había mucho más sexo. Y subrayo mucho más.

Hablando como autor de la adaptación y también de la novela, esas diferencias me gustaban. Yo pensaba en la obra teatral como una especie de prima segunda del libro, tal vez su hija ilegítima; pariente suya, no su viva imagen, y me parecía que su estilo más descarado y más agresivamente cercano era poderoso y eficaz y apropiadamente teatral, a la vez que seguía siendo fiel al espíritu del libro. La respuesta del público fue interesantemente dispar. Pronto quedó claro que las personas que más disfrutaban de la obra eran aquellas que no habían leído la novela.

Manos a la obra. Esta producción contrastaba enormemente con la maravillosa, fluida y mágica adaptación que hizo Supple de Harún y el mar de las historias para el Teatro Nacional. Así que quizás el problema fuese yo. Vamos a averiguarlo pronto, porque estoy a punto de hacerlo de nuevo, esta vez para el cine. Hay otro proyecto para rodar Hijos de la medianoche, esta vez con mi amiga Deepa Mehta, directora de la película nominada al Oscar Agua, y, dentro de pocos meses, ambos nos pondremos manos a la obra para encontrar la forma de conservar la esencia de una novela de 600 páginas en un guión de 100. Hay algunas decisiones evidentes que hay que tomar. ¿Realmente podemos contar la historia de las tres generaciones que aparecen en la novela, o debemos concentrarnos en la vida de Saleem? Pero entonces, ¿seguiría siendo Hijos de la medianoche [...]? [...]

Superman, Batman, El Joker. La esencia de una obra que va a adaptarse puede estar en cualquier parte, en las historias secundarias que nos cuentan, por ejemplo, cómo Superman se volvió sobrehumano, cómo Batman se volvió murciélago o por qué Joker es un bromista. Puede residir en la atmósfera única de la historia -la intolerancia de una pequeña ciudad de Alabama en la época de la depresión vista a través de los ojos de una joven- o en el fuero interno de un personaje: el mundo interior de Holden Caulfield o de Marcel, el narrador de Proust. Que esas esencias pueden comprenderse y reflejarse en la película es algo que queda demostrado, por ejemplo, en el gran largometraje de Raúl Ruiz sobre El tiempo recobrado, de Proust, o en el de Robert Mulligan, Matar a un ruiseñor, o en la extraordinaria encarnación del Joker que hace Heath Ledger en El caballero oscuro.

Para el adaptador, lo más difícil de todo son esos textos cuyas esencias residen en el lenguaje, y esto podría explicar por qué todas esas adaptaciones de novelas de García Márquez son tan malas, por qué nunca ha habido buenas películas basadas en la obra de Italo Calvino o Thomas Pynchon o Evelyn Waugh (aunque haya muchas versiones de Retorno a Brideshead estropeadas por el esnobismo), por qué las adaptaciones de Hemingway suelen equivocarse tanto (estoy pensando en El viejo y el mar, con el personaje de Spencer Tracy flotando horriblemente a la deriva con un pez muerto) y por qué incluso un buen intento como el de Joseph Strick en 1967 de adaptar el Ulises, de Joyce, no consigue igualar por completo al original, a pesar de su reparto casi perfecto [...]. Cuando se tiene éxito, éste se consigue, como Huston al final de Dublineses, rindiéndose por completo al lenguaje de Joyce. [...]

¿Qué es esencial? Es una de las grandes preguntas de la vida y, como he indicado, es una pregunta que se plantea en otras adaptaciones aparte de en las artísticas. El texto es la sociedad humana y el propio ser humano, aislado o en grupos, la esencia que hay que conservar [...].

Imagen torcida. ¿Cuáles son las cosas que consideramos esenciales en nuestras vidas? Las respuestas podrían ser: nuestros hijos, un paseo diario por el parque, una buena bebida bien cargada, la lectura de libros, un trabajo, unas vacaciones, un equipo de béisbol, un cigarrillo o el amor. Y aun así, la vida tiene formas de hacer que nos lo replanteemos. Nuestros hijos se van de casa, nos alejamos de nuestro parque favorito, el médico nos prohíbe beber o fumar, perdemos la vista, nos despiden, no hay tiempo o dinero para cogerse vacaciones, nuestro equipo de béisbol es malísimo o nuestro corazón está roto. En momentos así, nuestra imagen del mundo cuelga torcida en la pared. Entonces, si somos capaces de hacerlo, nos adaptamos. Y lo que esto nos enseña es que la esencia es algo más profundo que cualquiera de esas cosas; es aquello que nos hace avanzar. [...]

Como individuos, como comunidades, como naciones, somos adaptaciones continuas de nosotros mismos, y debemos plantearnos constantemente la pregunta de [...] cuáles son las cosas a las que nunca podríamos renunciar a menos que queramos dejar de ser nosotros mismos.

Por los poetas que traducen la poesía de otros, los guionistas y realizadores de cine que convierten las palabras de una hoja en imágenes en una pantalla, todos aquellos que llevan algo de un estado a otro, sabemos esto: una adaptación funciona mejor cuando es una transacción genuina entre lo viejo y lo nuevo, y la llevan a cabo personas que entienden y se preocupan por ambos, que pueden ayudar a lo adaptado a saltar sobre el abismo y brillar de nuevo bajo una luz diferente. En otras palabras, el proceso de adaptación social, cultural e individual, igual que el de adaptación artística, necesita ser libre, no rígido, para tener éxito. Quienes se aferran con demasiada fuerza al texto antiguo, a la cosa que hay que adaptar, a las viejas formas, al pasado, están condenados a producir algo que no va a funcionar, una infelicidad, una alienación, una disputa, un fracaso, una pérdida.

Perder el rumbo. Pero aquellos que no saben quiénes son están condenados también: individuos que se sacrifican a sí mismos a fin de complacer a otros; cómicos que dejan de contar chistes porque se encuentran en un mundo sin sentido del humor; personas serias que empiezan a tratar de contar chistes por miedo a que se piense que no tienen sentido del humor, personas en una nueva situación, una nueva relación, una nueva universidad, que actúan en contra de su propia naturaleza porque piensan que ésa es la forma de hacer que las cosas les resulten más fáciles.

Sociedades enteras pueden perder el rumbo durante un proceso de mala adaptación. Al tratar de salvarse a sí mismas, pueden convertirse en opresores de otros. Con la esperanza de defenderse a sí mismas, pueden dañar las mismas libertades que consideraban amenazadas. Al afirmar que defienden la libertad, pueden hacer que ellas y otras sean menos libres. O al calmar a los exaltados violentos que hay en su seno, las sociedades pueden intentar apaciguarles y transmitir así a los exaltados violentos la idea de que su violencia y su exaltación son efectivas. Con la intención de generar un mejor entendimiento entre los pueblos, pueden tratar de impedir la expresión de opiniones que para algunos de sus miembros son difíciles de digerir y automáticamente hacer que los demás estén todavía más enfadados que antes.

En una época de cambios rápidos como la actual, las sociedades en movimiento, como toda buena adaptación, logran tener éxito si saben lo que es esencial, lo que no puede ponerse en peligro, lo que todos sus ciudadanos deben aceptar para ser miembros de ellas. Lamento decir que, desde hace muchos años, vivimos una época de malas adaptaciones sociales, de apaciguamientos y rendiciones, por un lado, y de excesos arrogantes y coacciones, por otro. Esperemos que lo peor haya pasado y que el futuro nos depare mejores películas, mejores musicales y mejores tiempos.



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2.4.09

Lo que el bosque (todavía) puede enseñar

Por Oscar Taffetani

(APe).- El 6 de septiembre de 1847, Henry David Thoreau abandonó la cabaña del bosque de Walden Pond en la que había vivido solitario dos intensos años de su vida y regresó a su casa y a su familia en el pueblo de Concord, Massachusetts.
Aquella experiencia de vida y trabajo en un ámbito salvaje, no regido por otras leyes que las de la naturaleza, le permitieron al filósofo ermitaño escribir un par de buenos libros, de ésos que aparecen una vez cada tanto, en los que la humanidad consigue destilar en sabiduría todos los rigores y dolores de la existencia.
A partir de allí, de su vida en los bosques, Thoreau se convirtió en el gran referente de un pensamiento distinto, utópico en el mejor sentido de la palabra, un pensamiento que llamó a respetar la dimensión agreste (o salvaje) de la vida y a entender que sin ese respeto la humanidad está irremisiblemente perdida.
"Fui a los bosques -escribió- para no descubrir recién al momento de morir que no había vivido. (...) Creo que deberíamos ser hombres primero, y ciudadanos después. (...) Las cosas no cambian; somos nosotros los que cambiamos. (...) El costo de una cosa es la cantidad de eso que yo llamo vida necesario para adquirirla.. ."
"¿Es la democracia tal como la conocemos -se preguntó en uno de esos libros- el último logro posible en materia de gobierno? ¿No podremos dar un paso más adelante, hacia el reconocimiento y organización de los derechos del hombre?"
"La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades, no sólo no son indispensables para vivir, sino que resultan un obstáculo para la elevación espiritual de la humanidad."
Nada para comentar, ni agregar.

Los guaraníes lo sabíanNo nos cansaremos nunca de recordar y repetir, desde estas páginas, que el continente lingüístico tupí-guaraní, lo mismo que el antiguo (y poco estudiado) País del Guayrá, ocupa casi todo el territorio de América, y está presente en la mayoría de sus culturas.
Cuando Christum Ferens Colombus (Paloma portadora de Cristo), más conocido como Cristóbal Colón, tocó tierra en este lado del Atlántico, lo hizo en una isla que los nativos llamaban Guanahani. Sí, el europeo tocó tierra en una isla que se llamaba Gua-na-ha-miní (isla de tierra pequeña, en lengua guaraní).
Hasta no hace mucho, el crucero misilístico norteamericano USS Ticonderoga ("ésta es tu casa", en guaraní) patrulló las aguas del Cará-í-be (Mar de los Cara, en guaraní) vigilando a los Caracas de Venezuela. La etimología es una inagotable fuente de sorpresas.
Y qué decir del bosque. El guaraní tiene como media docena de palabras distintas para decir bosque. Ca-á es bosque a secas; pero nadie se refiere al bosque a secas, en abstracto. Ca´-á-guazú es el bosque grande. Ca-á-ibaté es el bosque alto. Ca-á-añá es el bosque frondoso...
Los guaraníes son doctores en bosque, doctores en monte y en selva, desde tiempos inmemoriales. "Nosotros no tenemos historia escrita", nos dijo una vez el cacique Laudencio Benavídes Cabara. "La selva habla por nosotros".
León Cadogan (1899-1973), hijo de australianos nacido en Paraguay, estudioso vocacional y profundo de la cultura mbyá, quien del inglés y el guaraní de cuna pasó a estudiar el alemán y el francés, tan sólo para acercarse a los textos de los folkloristas y los antropólogos, solía decir que nunca había aprendido tanto de la vida y de la naturaleza humana como cuando fue invitado por un cacique a vivir un tiempo en la selva.
Releyendo a Thoreau
"La Corte ordenó suspender los desmontes y talas en Salta. Se pidió además un estudio de impacto ambiental acumulativo de la deforestación" , leemos en un matutino porteño.
Finalmente, tras una acelerada reglamentació n de la Ley de Bosques (para la que debió pagar su tributo el arrasado pueblo de Tartagal, acotemos) y después de una tonelada de expedientes y reclamos abiertos por 18 comunidades originarias y grupos criollos de la provincia de Salta, la justicia imparte una orden que apunta a detener el desastre.
Si la reglamentació n de la ley de bosques se hubiera aprobado antes, y si la justicia argentina hubiera sido un poco más rápida de lo que habitualmente es, se hubiera evitado un desmonte adicional de medio millón de hectáreas, producido desde 2007 a la fecha. Pero esto es apenas lo que ocurre en Salta. ¿Qué pasa con eso que eufemísticamente se llama "área cultivable" o "nueva frontera agrícola", en el resto de las provincias del NOA?
El bosque originario, el bosque con bíodiversidad y maderas preciosas, ése que alimentó por siglos a las comunidades del Chaco salteño (y chaqueño y formoseño y santiagueño), es hoy comprado, talado y vendido para destinarlo después, en la mayoría de los casos, al cultivo de soja transgénica.
Es importante este fallo de la Corte, sin duda. Es tan importante como el fallo de 2007 que intimó al gobierno del Chaco a evitar el genocidio por hambre de los Wichí, los Toba y los guaraníes de El Impenetrable.
Pero ¿se ha cumplido con lo dispuesto por la Corte? En el Chaco ya sabemos que no. Y ahora, la máscara del dengue le servirá al gobierno de Capitanich para ocultar sus incumplimientos en materia alimentaria y sanitaria. Ahora, la culpa será... del mosquito.
No viene mal, entonces, recordar uno de esos breves pensamientos aquilatados por Thoreau tras su breve vida en los bosques, resumidos más tarde en obras capitales como Walden.
"La ley nunca hará a los hombres libres -escribió Thoreau. Son los hombres los que tienen que hacer la ley libre".




www.pelotadetrapo. org.ar

22.3.09

La humildad de nuestros orígenes



Por: William Ospina

EN PRAGA, A COMIENZOS DEL SIGLO XX, Franz Kafka, un joven graduado en leyes, se empleó como apoderado de una Compañía de Seguros especializada en accidentes de trabajo.
Tenía un padre autoritario y arbitrario, y los continuos atropellos de que fue víctima crearon en el joven una obsesión por la justicia. Posiblemente estudió derecho para tratar de interrogar la validez de las leyes, la correspondencia entre la ley y la justicia, para saber cuánta verdad hay en la pretensión de que el mundo está gobernado por una divinidad justa.

Sus escritos efunden cierto sentimiento de desolación, todo lo que cuenta es a la vez poderoso y sombrío: Kafka no creía que el mundo fuera una región de esplendor hecha para nuestra felicidad. Pero sentía una especie de deslumbramiento ante los espectáculos del mundo, ante las fuerzas de la historia, ante los ángeles y demonios de la conducta, y vivía en una frontera mágica entre el mundo de la vigilia y el mundo de los sueños.

Kafka no era apenas un escritor, ni un abogado, ni un intelectual, sino posiblemente un santo. No se suele hablar de santos en nuestra época, o sólo se piensa en ellos como vestigios de edades ingenuas, ejecutores de milagros o celebridades religiosas. Se juzga la santidad por hechos extraordinarios y espectaculares, más que por una manera virtuosa o ejemplar de vivir.

Sin embargo, Kafka era a su modo un santo. Lo descubrí leyendo el libro de Gustav Janouch Conversaciones con Franz Kafka. Janouch era hijo de un compañero de trabajo del escritor, y siendo muy joven debió leer alguna de las obras de Kafka. Le pidió a su padre que le presentara a aquel empleado casi anónimo que despertaba su interés. El padre consideró que la conversación con Kafka podría orientar al muchacho, y lo llevó en presencia del abogado. Desde entonces Janouch y Kafka conversaron muchas veces, el joven copió esas conversaciones y su testimonio nos ha permitido ver algunas facetas desconocidas del escritor.

Janouch había oído a su padre decir que en la Compañía corrían rumores sobre Kafka. Se afirmaba, por ejemplo, que aunque sus deberes laborales consistían en defender a la empresa para evitar el pago de indemnizaciones a los obreros, Kafka solía ayudar a los demandantes, y que en esa medida era un empleado desleal, casi, diríamos, un traidor. Cuando sintió algún grado de confianza, Janouch le preguntó al doctor Kafka si era verdad lo que decían los rumores.

Éste le contestó que hacía todo lo posible por ser leal con la empresa, pero que cuando entendía que la causa del obrero era justa, que sus reclamos eran razonables, se sentía en la necesidad de intentar una especie de justicia compensatoria, y como no tenía derecho a ser apoderado de los demandantes, invertía parte de su propio salario en darles con qué pagarse un buen asesor que les ayudara a ganar el caso y defender sus derechos. “Lo que ocurre, añadió, es que el mundo ha caído de tal manera en manos de los demonios, que muy pronto el que quiera hacer el bien tendrá que hacerlo furtivamente y a solas”.

Kafka no sólo era un hombre bueno, era alguien atento a los grandes fenómenos de la cultura, y supo transformar sus circunstancias y sus imaginaciones en enormes y tremendas alegorías. Uno de sus relatos, La metamorfosis, en el que un empleado de comercio, Gregorio Sampsa, se convierte sin explicación alguna en un insecto, suele ser examinado por los críticos como una curiosidad de la imaginación, como una pesadilla o como una extravagancia fantástica. Yo creo que es la más atenta y valerosa reacción que un ser humano haya mostrado ante las tesis de la biología del siglo XIX, ante la revelación de que somos parte de la naturaleza.

Nos educaron durante dos mil años en la idea de que no pertenecemos al mundo, de que somos una suerte de ángeles caídos, que venimos del reino del espíritu y vamos hacia él. No éramos parientes de las lagartijas ni de los monos, sino criaturas extraterrestres hechas a imagen y semejanza de Dios, habitadas por un alma inmortal y presas por unos años en una celda de carne y de imperfección, antes de alcanzar para siempre nuestro castigo o nuestro premio.

Y de repente la ciencia vino a decirnos que éramos organismos tan hijos de la tierra como cualquier otro, que compartíamos con las salamandras y con los cerdos nuestros órganos, nuestras funciones vitales, nuestros sentidos; y que, como recordaba Álvaro Fernández Suárez, hablando de un famoso científico, “hay ciertas conclusiones sobre los procesos vitales que pueden obtenerse experimentando con humanos, pero las lechugas son más baratas”.

Esa noticia de la humildad de nuestros orígenes está en realidad llena de poesía, pero tuvo que ser inicialmente incómoda, y no estamos seguros de que la humanidad la haya asumido de un modo pleno. Esos ilustres y eternos establecimientos, el infierno y el cielo, todavía tienen muchos aspirantes, y la inmortalidad del alma, tan amenazante para los filósofos y tan improbable para los científicos, sigue siendo una certeza para incontables seres humanos.

Cuando ni siquiera Darwin pareció asumir la perplejidad agobiante de su propio descubrimiento, se diría que sólo Kafka entendió la magnitud de lo que nos había ocurrido. La humanidad se acostó un día siendo el centro del universo, la imagen de la divinidad, el arquetipo de los seres, y al despertar en la mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertida en un monstruoso insecto.

El hecho merecía alguna reacción de nuestra especie, abruptamente destituida de su condición angélica, y el relato de Kafka parece haber sido la primera respuesta imaginativa y fantástica a esa revelación trascendental.

8.2.09

El valor civil



Por: William Ospina

ESTOY DE ACUERDO CON LOS QUE piensan que a las Farc no hay que agradecerles por liberar a los secuestrados sino que hay que recordarles todos los días el error y el horror que cometen al secuestrarlos.
Frente al pueblo, frente a la opinión pública internacional, es mucho más lo que han perdido que lo que han ganado con esa práctica inhumana: deslegitiman su supuesta causa, se hacen indignos de hablar en nombre de los valores de la civilización, pierden toda respetabilidad como interlocutores políticos y compiten en ferocidad con la dirigencia que los engendró a punta de egoísmo y de elitismo.

Yo sé que la paz en Colombia sólo puede alcanzarse a través de un proceso político de diálogo, pero a ese diálogo no podrá llegarse por el camino del crimen. Mientras los contendores persistan en utilizar métodos criminales para combatirse, estaremos lejos de la posibilidad de un acuerdo civilizado. Y el acuerdo que le devuelva la paz a Colombia tendrá que ser un acuerdo civilizado, que tome la decisión de no arrojar más a los hornos de la violencia a tantos miles de jóvenes pobres que conforman todos los ejércitos de esta guerra.

Yo sinceramente creo que el Estado colombiano tiene que relegitimarse: aquí ha habido demasiada exclusión e indiferencia ante la suerte de los pobres, demasiada negligencia e irresponsabilidad, demasiada corrupción y venalidad de los funcionarios, demasiados órdenes de privilegios, para que el Estado pretenda que con un discurso nuevo ya ha expiado todos sus errores, sin hacer un esfuerzo verdadero por integrar a la economía y a un orden de oportunidades a sectores más vastos, por reparar a las víctimas de la barbarie en vez de comprarles olvido, por establecer la verdad de tantos horrores, y por emprender un proceso de reconciliación que merezca ese nombre.

El Gobierno actual nos repite todos los días que ya ha cumplido con la tarea de desmontar el paramilitarismo y de brindar garantías a la oposición, y es posible que lo crea. Pero todavía la criminalidad está desbordada y, a falta de violencia contra la oposición, persisten la hostilidad, los comentarios desleales y el incumplimiento de los pactos sancionados por la Constitución. Los niveles de pobreza y exclusión están por las nubes, y el propio Presidente suele repetir, en metáfora zoológica, después de casi siete años de estar ‘pacificando’ el país, que “la culebra sigue viva”.

Pero para llegar a ese diálogo que tarde o temprano tendrá que ocurrir, también la guerrilla tiene que expiar sus culpas. La primera es el secuestro, y la verdad es que la liberación de secuestrados, si bien es un gesto, no es una graciosa concesión. La guerrilla tiene el deber de liberar a todos los secuestrados, unilateralmente y sin condiciones, y debe hacerlo incluso por su propio bien. Crímenes como el asesinato “por paranoia y cobardía”, como lo ha dicho Sigifredo López, de los diputados del Valle, deberían hacerlos comprender que esos secuestros, además de infames, son inútiles en la guerra, estúpidos como estrategia y fatales para sus pretensiones políticas.

Deberían pasar del ciego discurso de las retaliaciones a alguna propuesta que la sociedad pueda considerar. A punta de secuestros, asaltos, campos minados y meros actos violentos ningún revolucionario ha ganado una guerra. Manuel Marulanda se fue con el melancólico orgullo de no haber sido derrotado, pero con la dura certeza de no haber cambiado nada en el orden de la realidad colombiana. Lo movían, como a sus más feroces enemigos, el odio, la terquedad, el deseo de venganza. Tal vez la nueva generación de jefes guerrilleros tenga más visión de cuánto ha cambiado el mundo.

Si fuera verdad su proyecto político, vale la pena preguntarse qué podría hacer la guerrilla si ganara la guerra. ¿Podría hacer más de lo que ha hecho en Venezuela Chávez sin necesidad de matar a nadie? ¿Podría hacer algo mejor que lo que hicieron en Cuba los revolucionarios hace 50 años? Hoy los jefes cubanos, con todo el poder, sólo aspiran a que se termine el bloqueo que les impide negociar con Estados Unidos. Hoy Chávez, con toda la legitimidad, depende por completo del modelo de consumo de combustibles que impera en el mundo, y sólo podrá darle un rumbo nuevo a su sociedad si diversifica la economía, si desarrolla un modelo de respeto por la naturaleza que por ahora es contrario a la lógica de la explotación petrolera, y si logra inculcar en su pueblo un nuevo sentido de la laboriosidad que supere los defectos que padece toda sociedad subsidiada. Hoy la China, el mayor ejemplo de revolución comunista triunfante, compite con Occidente en su industrialismo, en el saqueo de la naturaleza y en la alteración del equilibrio ecológico. Y ve crecer la opulencia de su burocracia, los males del capitalismo estatal.

Yo creo que el capitalismo egoísta y salvaje es algo que tiene que ser superado. Pero no veo a sus contradictores por fuera de él, sino en su seno, en las ligas de consumidores, en los que exploran otros modelos de agricultura, en los que libran el debate contra la estupidez de las sociedades excluyentes, contra las arideces de la manipulación mediática, contra las obscenidades de la opulencia, luchando por la formación de una comunidad más consciente y más capaz de opinar y participar. Ya no son parte del futuro, en ningún lugar, ni la dictadura del proletariado ni la dictadura del secretariado.

En cambio, como lo demuestra hoy casi toda América, son grandes las oportunidades de la democracia, incluso en países de democracia tan imperfecta como la colombiana. Habría que sumarse a esa ola de fervor continental, en la que no podemos incluir todavía al nuevo presidente de los Estados Unidos. Y mostrar al mundo el verdadero valor, que es el valor civil, para defender las convicciones sin matar ni atropellar a nadie, como lo ha hecho, en momentos en que todos vemos el dolor y cerramos los ojos, esa mujer valiente y admirable que se llama Piedad Córdoba.

1.7.08

ESCRIBIR DETRAS DE LOS TIROS DE RIO DE JANEIRO

JOAO PAULO CUENCA
El autor brasileño João Paulo Cuenca reflexiona sobre la responsabilidad social y el posicionamiento moral de los escritores latinoamericanos ante la realidad de sus países y reivindica la libertad de espíritu para la creación. "No escribo sobre tiros, nunca sobre los tiros, pero, si estoy sin suerte, sí bajo los tiros", afirma

La semana antes de embarcarme a Madrid para la Feria del Libro fui a una fiesta en Leme, barrio de clase media de Río. Pasé parte del tiempo en el balcón, solo, bebiendo cerveza. Miraba las ventanas de los apartamentos del otro lado de la calle y los pequeños cuadros iluminados me mostraban familias comiendo, casi todas frente a un televisor.
Poco después de las siete de la tarde, a lo largo de los extensos corredores de hormigón que en Leme y en Copacabana separan los morros del mar, empezaron a oírse unos tiros. Primero estampidos producidos por pistolas y luego intermitentes balazos de fusil. El carioca medio es un connaisseur cuando se trata de identificar el ruido producido por las armas de fuego: sabe distinguir el sonido de un revólver calibre 38 del de una ametralladora antiaérea, o del de un AK-47, el fusil ruso que, por estos pagos, le ha robado la popularidad al AR-15.

En Leme, donde un apartamento en la avenida Atlántica con vistas infinitas al mar puede valer algunos millones de euros, hay una favela en estado de guerra. No contra la policía, sino contra otra favela controlada por el bando rival que pretende invadirla. Cuando hay un intercambio de tiros en la Zona Sur que dura más de diez minutos, surgen los agentes del orden. Y esto fue lo que sucedió: aparecieron vehículos de la policía a gran velocidad, con sirenas zumbando y fusiles ostensiblemente apuntados para fuera.

Dentro de los apartamentos, simulamos indiferencia ante el ruido de los tiros y de las granadas que ahora empiezan a retumbar. La anfitriona ofrece más cerveza, hace un comentario gracioso ("¡eh!, hoy la fiesta va a acabar más tarde...") y aumenta el volumen de la música para eclipsar el inconveniente bullicio que llega de fuera. Antes de que todo aquello llegue a transformarse en noche buñuelesca e interminable, decido, desoyendo todos los consejos, irme de allí.

Ya en la calle, anduvimos bajo las explosiones y la mira de las armas como si no nos importásemos. Para distraerme de las balas, invento oxímoros, escribo haikus en silencio, silbo una sonata de Schubert, pienso en la distancia que me separa de la mujer que perdí. Algunos abandonan la timidez y corren por las calles, pero la mayoría caminamos despacio, con la cabeza erguida, los ojos fijos mirando hacia adelante. Otros beben en las tascas donde los omnipresentes televisores transmiten la repetición de un partido de fútbol.

Me acordé de ese poco más que banal episodio ya en Madrid donde participaba en una mesa sobre Realidad social en América Latina y su impacto sobre las letras. En una de las intervenciones se dijo que muchos escritores latinoamericanos daban la espalda a la dura realidad de sus países. Se citó el término "Belíndia", acuñado por el economista Edmar Bacha para definir el contraste social en Brasil, y se insistió en que algunos escriben como si estuvieran en Bélgica, olvidándose de la "India" que hay en el seno de sus países, escapando de una supuesta responsabilidad social en su literatura. (En el caso de Río de Janeiro, donde la desigualdad tiene ese lado, digamos, más belicista, podría hablarse de "Beliraq").

Después alguien preguntó, con un sentido del humor claramente involuntario: ¿no sería inmoral que un escritor huya de su país, de la violencia de su país?

Antes de que diga que pedir responsabilidad social y posicionamiento moral a escritores es lo mismo que esperar talento o capacidad inventiva de un cura, preciso decir que en mis novelas y cuentos nunca nadie sintió hambre.

Y además, nadie disparó nunca un tiro en una favela.

Escribo crónicas para periódicos desde hace cinco años, sobrevivo en Río de Janeiro desde hace treinta y, prácticamente, nunca me ocupé del tema. Podría decir que esta ha sido la primera vez (y tal vez la última). No me siento obligado a hacerlo. No siento que deba retractar algo que no forme parte de mi extravagante proyecto literario, cuyo rumbo está determinado exclusivamente por mí, y hasta hoy no me he sentido influenciado por eventos tan vulgares como un tiroteo. Por suerte, otros escritores brasileños contemporáneos, como Sérgio Sant'Anna, Bernardo Carvalho, Joca Reiners Terron, Daniel Galera y otros muchos más especímenes originales que podría citar aquí, comparten esa misma libertad de espíritu.

Cuando escribo, tan extranjero soy en Madrid como en Río de Janeiro o en París, donde me encuentro ahora. Brasil, país que adoro y detesto a partes iguales, me interesa en la medida de mis curiosidades y de mis mutantes obsesiones. Nada debo a Brasil y nada me debe a mí Brasil, impuestos aparte.

El gran escritor de esta nación insular, y uno de los mayores del planeta de todos los tiempos, se llamaba Machado de Assis y era un carioca mulato, descendiente de esclavos. Pasó décadas siendo tachado de alienado y despolitizado porque, supuestamente, nunca se comprometió con los problemas sociales de su país, por entonces, preabolicionista. Lo cierto es que Machado nunca necesitó ser didáctico o panfletario, cosa que, lamentablemente, muchas veces se espera de un escritor, sobre todo si es tercermundista. Las contradicciones de aquella sociedad estaban presentes, y no podían dejar de estarlo, en todas y cada una de sus palabras.

La libertad de no colocarse bajo ningún paraguas folclórico o ideológico y salir a la calle, perdido en medio del tiroteo, huyendo de la frívola fiesta en la que pudimos permanecer, obviamente no es confortable. Pero me es muy querida esa sensación de incomodidad, y creo que toda una generación de nuevos escritores latinoamericanos se ha expresado a través de ella, con la libertad de escribir, incluso, sobre sus aldeas y sus propias guerrillas. No como escritores latinoamericanos, sino como escritores, punto. Escritores terráqueos, si se prefiere.

En mi caso puedo decir que no escribo sobre tiros, nunca sobre los tiros, pero, si estoy sin suerte, sí bajo los tiros. Que se reflejan explícitamente o no en mi literatura y en mi sanidad mental. -


João Paulo Cuenca es autor de Corpo presente y O dia Mastroianni y es columnista del diario O Globo. Forma parte de la selección Bogotá 39, realizada por Hay Festival en 2007. Traducción de José Manuel Revuelta.

18.5.08

FELIZ CUMPLEAÑOS

LUIS BRITTO GARCIA



1

¿Qué hará de su vida este impetuoso Carlos Marx que cumple diecisiete años? ¿Se hará narrador? ¿Se graduará de abogado para enriquecerse? ¿Trepará socialmente casándose con la chica más hermosa de Treveris, la aristócrata Jenny Westphalen,? ¿Sólo la presunción adolescente lo lleva a escribir en 1835 un plan de vida que parece epopeya?: "Quien elija aquella clase de actividades en que más pueda hacer en bien de la humanidad, jamás flaqueará ante las cargas que pueda imponerle, ya que éstas no serán otra cosa que sacrificios asumidos en interés de todos; quien obre así, no se contentará con goces egoístas, pequeños y mezquinos, sino que su dicha será el patrimonio de millones de seres, sus hechos vivirán calladamente, pero por toda una eternidad, y sus cenizas se verán regadas por las ardientes lágrimas de todos los hombres nobles."

2

¿Pensar, no es la actividad que más bien o más daño puede hacer a la humanidad? ¿Pensar bien, no es hacer el bien? ¿Pensó bien Marx? ¿Será verdad el idealismo, o el materialismo? ¿Puedo comer una idea de pan? ¿Debo comer un pan para pensar una idea? ¿La conciencia determina la vida? ¿La vida determina la conciencia? ¿Mi ideología produce mi posición social, o mi posición social produce mi ideología? ¿No son siempre las ideas dominantes las ideas de la clase dominante, porque así como ésta posee los medios de producción material, posee también los de producción intelectual, academias, universidades, periódicos? ¿Se puede interpretar el mundo sin modificarlo? ¿Se puede modificar el mundo sin interpretarlo? ¿Contra la injusticia armada valen las armas de la crítica? ¿O la crítica de las armas?

3

¿Flaqueó Marx ante las cargas que su tarea pudiera imponerle? ¿Vaciló ante el veto de la prensa, el exilio trashumante, la miseria vergonzosa, la persecución policíaca, la incomprensión envidiosa? ¿Necesitó más que el amor de Jenny y la amistad de Federico Engels? ¿Mintió? ¿Puede alguien negar que las sociedades están divididas en clases sociales? ¿Puede esconder que las dominantes explotan a las dominadas? ¿Qué el amo explota al esclavo, el señor feudal al siervo, el capitalista al obrero? ¿Que nada son el terrateniente sin sus peones, el industrial sin sus obreros, el banquero sin sus ahorristas? ¿Qué la lucha es la relación constante entre clases dominantes y dominadas? ¿Qué, como apuntaron Marx y Engels, la Historia de la Humanidad es la de la Lucha de Clases?

4

¿Se pueden asumir sacrificios en interés de todos, cuando toda la humanidad es sacrificada al interés de pocos? ¿No es todo valor creado por el trabajo humano? ¿No es entonces la ganancia o plusvalía trabajo arrancado al trabajador, que no se le reintegra ni remunera? ¿Será falso que en tales condiciones el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí? ¿Qué el trabajador alienado está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo, que cuando el trabajador labora no se pertenece a sí mismo, sino a otro? ¿Qué en el capitalismo los que trabajan no adquieren, y los que adquieren no trabajan? ¿Qué si el trabajo lo crea todo, quien no trabaja no es nada?

5

¿Se contentaron Marx y Engels con goces pequeños, egoístas y mezquinos? ¿Qué mayor contento que el de iluminar el camino hacia la Revolución? ¿Existirá otro camino? ¿Acaso ha dejado de concentrarse el capital en un número cada vez menor de manos? ¿No ha aumentado la pauperización de los trabajadores? ¿No ha sido el capital comercial dominado por el industrial, y éste por el financiero? ¿No ha acelerado el capitalismo su carrera predatoria en busca de recursos, mano de obra barata y mercados? ¿No son las crisis capitalistas cada vez más frecuentes, más profundas, más destructivas? ¿No sufrimos una de ellas, quizá la última? ¿Qué impide que la infinita mayoría de los expropiados expropie a la minoría ínfima de los expropiadores? ¿Qué la violencia sea partera de la sociedad nueva que no termina de surgir de la vieja? ¿Qué los trabajadores ganen todo al perder sus cadenas?

6

¿No ha sido la dicha de Marx patrimonio de millones de seres? ¿No estallaron revoluciones socialistas que se mantuvieron por casi un siglo en países que casi comprendieron la mitad de la población del mundo? ¿No aseguraron para la totalidad de sus pueblos la educación, trabajo y seguridad social que no garantiza ni un solo Estado capitalista? ¿No inventaron la estética del cine, el constructivismo, el abstraccionismo? ¿No impulsaron sus fuerzas productivas del arado de palo a la carrera del espacio? ¿No derrotaron el fascismo? ¿Sin revoluciones, habríamos pasado de la Edad de Piedra? ¿Sin Revolución, ha salido del subdesarrollo algún país dependiente?

7

¿Sus hechos vivirán calladamente? ¿Incluso ante la vileza contrarrevolucionar ia? ¿Qué ganaron los países que abandonaron el marxismo? ¿La Unión Soviética que cayó de segunda potencia del mundo a botín de las mafias? ¿Europa Oriental vuelta rompecabezas de sangrientas secesiones? ¿El mundo saqueado y envenenado moral, económica y ecológicamente por la codicia de una casta de parásitos? Ni el keynesianismo, ni el reformismo, ni el funcionalismo, ni el pragmatismo, ni el imperialismo, ni el postmodernismo ni el neoliberalismo alumbran esperanza alguna. A nosotros nos corresponde liberar el trabajo, abolir la propiedad privada de los medios de producción, acabar con las clases y el Estado, arrancar los velos de la ideología, saltar al Reino de la Libertad.

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En marzo de 1883 en el cementerio de Highgate sólo ocho personas despiden a Carlos Marx. Lo entierran junto a su amada Jenny. Habla Engels, su mejor amigo: "El mayor pensador viviente ya no pensará más. El mundo sentirá pronto el vacío que deja la muerte de este Titán… Su nombre y su obra vivirán durante siglos".

Sus cenizas se verán regadas por las ardientes lágrimas de todos los hombres nobles.

Marx, amigo: la Humanidad está contigo.

22.4.08

"LA NATURALEZA NO ES MUDA"

Eduardo Galeano

22-04-2008

El mundo pinta naturalezas muertas, sucumben los bosques naturales, se derriten los polos, el aire se hace irrespirable y el agua intomable, se plastifican las flores y la comida, y el cielo y la tierra se vuelven locos de remate.
Y mientras todo esto ocurre, un país latinoamericano, Ecuador, está discutiendo una nueva Constitución. Y en esa Constitución se abre la posibilidad de reconocer, por primera vez en la historia universal, los derechos de la naturaleza.
La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: “Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”.
Un objeto que quiere ser sujeto
Durante miles de años, casi toda la gente tuvo el derecho de no tener derechos.
En los hechos, no son pocos los que siguen sin derechos, pero al menos se reconoce, ahora, el derecho de tenerlos; y eso es bastante más que un gesto de caridad de los amos del mundo para consuelo de sus siervos.
¿Y la naturaleza? En cierto modo, se podría decir, los derechos humanos abarcan a la naturaleza, porque ella no es una tarjeta postal para ser mirada desde afuera; pero bien sabe la naturaleza que hasta las mejores leyes humanas la tratan como objeto de propiedad, y nunca como sujeto de derecho.
Reducida a mera fuente de recursos naturales y buenos negocios, ella puede ser legalmente malherida, y hasta exterminada, sin que se escuchen sus quejas y sin que las normas jurídicas impidan la impunidad de sus criminales. A lo sumo, en el mejor de los casos, son las víctimas humanas quienes pueden exigir una indemnización más o menos simbólica, y eso siempre después de que el daño se ha hecho, pero las leyes no evitan ni detienen los atentados contra la tierra, el agua o el aire.
Suena raro, ¿no? Esto de que la naturaleza tenga derechos... Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de 120 años han pasado y así sigue siendo. A nadie le llama la atención.
Gritos y susurros
Nada tiene de raro, ni de anormal, el proyecto que quiere incorporar los derechos de la naturaleza a la nueva Constitución de Ecuador.
Este país ha sufrido numerosas devastaciones a lo largo de su historia. Por citar un solo ejemplo, durante más de un cuarto de siglo, hasta 1992, la empresa petrolera Texaco vomitó impunemente 18 mil millones de galones de veneno sobre tierras, ríos y gentes. Una vez cumplida esta obra de beneficencia en la Amazonia ecuatoriana, la empresa nacida en Texas celebró matrimonio con la Standard Oil. Para entonces, la Standard Oil de Rockefeller había pasado a llamarse Chevron y estaba dirigida por Condoleezza Rice. Después un oleoducto trasladó a Condoleezza hasta la Casa Blanca , mientras la familia Chevron-Texaco continuaba contaminando el mundo.
Pero las heridas abiertas en el cuerpo de Ecuador por la Texaco y otras empresas no son la única fuente de inspiración de esta gran novedad jurídica que se intenta llevar adelante. Además, y no es lo de menos, la reivindicació n de la naturaleza forma parte de un proceso de recuperación de las más antiguas tradiciones de Ecuador y de América toda. Se propone que el Estado reconozca y garantice el derecho a mantener y regenerar los ciclos vitales naturales, y no es por casualidad que la Asamblea Constituyente ha empezado por identificar sus objetivos de renacimiento nacional con el ideal de vida del sumak kausai. Eso significa, en lengua quichua, vida armoniosa: armonía entre nosotros y armonía con la naturaleza, que nos engendra, nos alimenta y nos abriga y que tiene vida propia, y valores propios, más allá de nosotros.
Esas tradiciones siguen milagrosamente vivas, a pesar de la pesada herencia del racismo que en Ecuador, como en toda América, continúa mutilando la realidad y la memoria. Y no son sólo el patrimonio de su numerosa población indígena, que supo perpetuarlas a lo largo de cinco siglos de prohibición y desprecio. Pertenecen a todo el país, y al mundo entero, estas voces del pasado que ayudan a adivinar otro futuro posible.
Desde que la espada y la cruz desembarcaron en tierras americanas, la conquista europea castigó la adoración de la naturaleza, que era pecado de idolatría, con penas de azote, horca o fuego. La comunión entre la naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue abolida en nombre de Dios y después en nombre de la civilización. En toda América, y en el mundo, seguimos pagando las consecuencias de ese divorcio obligatorio.

17.4.08

"UNA NOVELA ES UN TERRITORIO"

ENTREVISTA


Después de 10 años sin publicar ficción, obtuvo el prestigioso Premio Herralde de novela con El pasado. En esta charla, Alan Pauls habla de las ideas y las "enfermedades" que lo llevan a escribir, y de la minuciosa tarea de "fabricar un mundo" en su última novela.


Con la publicación, en 1987, de El pudor del pornógrafo, su primera novela, Alan Pauls se convirtió en una de las jóvenes promesas de la literatura argentina. Después de El coloquio (1990) y Wasabi (1994), tuvieron que pasar 10 años para que apareciera El pasado, ganadora del Premio Herralde. Alan Pauls ya no es un joven escritor. Y si bien esta novela lo confirmó como uno de los escritores argentinos más interesantes, también lo dejó en el espacio más amplio e incierto de la madurez.
¿Por qué tanto tiempo sin publicar ficción?
Antes me sentía condenado a escribir, escribía con un grado de apremio y de obligación que ahora ya no siento. En un momento dado, en esos diez años, descubrí que podía no escribir, que me podía estar esperando una vida sin escribir, y en ese momento sentí un gran alivio. Curiosamente, después de pensar eso, empecé a escribir con mucho más placer. También tuve una hija, y yo diría que probablemente no hubo nada que me interesara más que la ficción de ver crecer a mi hija. Lo único que puedo decir es que algo cambió en mi manera de pensar la literatura, sobre todo la relación entre la literatura y la vida. Elaborar esos cambios y destilar de ese proceso las herramientas que a mí me podían servir para seguir escribiendo me llevó ese tiempo.
¿En qué consistió ese cambio?
Hubo algo que entró en crisis en mi concepción de la literatura, sobre todo en ese repertorio de creencias y de incertidumbres que uno tiene que tener para poder escribir. Cambié de disco rígido, de software, de todo. Dejé la idea de que para escribir tenía que estar en el centro de una fortaleza inexpugnable y que la vida tenía que quedar afuera. Lo que perdí en sistematicidad y rigidez, lo gané en permeabilidad, en libertad, en disposición al contagio en el campo de la escritura.
Hay muchos puntos de contacto entre El pasado y Wasabi, tu novela anterior.
Yo también creo que hay mucha conexión. Wasabi puede ser leída ahora, retrospectivamente, como una especie de embrión de El pasado. La diferencia importante para mí es que Wasabi no llegaba a constituir realmente un mundo, y en El pasado una de las cosas que más me interesaba era construir, fabricar un mundo. La pretensión de El pasado, en todo caso, es tragarse a los lectores, lograr que vivan adentro de la novela, igual que yo viví adentro de la novela durante los casi cinco años que tardé en escribirla.
¿Esa es tu propuesta de lo que debe ser una novela?
Todo lo que diga puede aplicarse a las novelas que ya escribí. No tengo idea de lo que puede pasar de aquí en adelante. No tengo un programa literario. Si hay plan, eventualmente, ese plan se deducirá retroactivamente. Con El pasado yo decidí que para escribir una novela como esa tenía que fijar de algún modo el perímetro del mundo. Descubrí como un truco, un mecanismo que me permitía, una vez delimitado ese territorio, que era el territorio de la novela, hacer adentro cualquier cosa. Perderme. Y me di cuenta de que una novela es un territorio. No es una flecha, ni una línea, ni un vector, ni un viaje, sino que es un territorio.
En El pasado hay grandes hechos (momentos decisivos de los personajes, por ejemplo muertes) que están omitidos, ¿por qué?
Yo escribo en general historias de personajes que se dan cuenta tarde de las cosas. Me gusta mucho esa especie de delay que hay entre el momento en que las cosas pasan y el momento en que alguien se da cuenta de que las cosas pasaron, y qué representan para su vida. Es como el costado idiota de los personajes de mis libros. Yo creo que en eso se abre un mundo, una dimensión emocional, que me parece mucho más interesante para escribir que la narración del hecho mismo. Yo tiendo a pensar incluso que los hechos no existen, que no son importantes, que lo que importa es el momento en que los hechos reaparecen en una conciencia, o en una inconsciencia, mucho tiempo después.

La droga de la enfermedad


En El pasado, el cuerpo de los personajes está muy presente: sufren sarpullidos, enfermedades. ¿Cómo pensás la relación entre el cuerpo y la ficción?

Me gusta mucho pensar la enfermedad como laboratorio de transformación de las cosas, de los cuerpos, de las materias, de las sensaciones. Me parece que las enfermedades son de algún modo como drogas. Me interesa pensar las enfermedades como maneras de percibir el mundo, no solamente como afecciones, como estados en los que el cuerpo es víctima de alguna fuerza desconocida. Es esa especie de positividad alucinógena de la enfermedad. Detesto el insomnio, es una cosa espantosa, pero al mismo tiempo no puedo evitar pensar que muchas veces, cuando uno sale a la calle, el modo en que uno mira todo después de una noche de insomnio es increíble. Por eso me gusta pensar a las enfermedades como drogas, y a los hipocondríacos como drogadictos.
Uno de los que trabaja con su propio cuerpo es Riltse, el artista conceptual de El pasado. ¿Cómo surgió ese personaje?
Me tentó mucho la posibilidad de usar la novela para escribir una biografía de un pintor más o menos apócrifo, que fuera una mezcla un poco vulgar entre Bacon y Orlan, entre un artista de vanguardia pero clásico y un artista de vanguardia contemporánea. Además, desarrollé la idea de contar la biografía del pintor a través de la biografía de uno de sus cuadros. Al mismo tiempo me parece que el personaje de Riltse entró muy bien en la novela. Lo que venía a hacer Riltse era realizar esa idea de cómo se puede convertir una vida, o dos vidas, en una obra de arte. Sofía y Rímini viven eso como pueden, y de hecho la relación estalla y se convierte en una ficción gótica, o pesadillesca, después de que Sofía le dice a Rímini: "Somos una obra de arte". Pero Riltse sí lleva esa idea hasta las últimas consecuencias, y convierte su propia vida en una obra de arte, que es lo que hace buena parte de los artistas conceptuales hoy.
En esa biografía del cuadro de Riltse hay un personaje que recuerda a Fogwill...
Más bien para mí Fogwill fue como un punto de partida para ese personaje. Yo trabajé con él, de muy joven, en una agencia de publicidad que Fogwill tenía. De modo que estuve muy cerca y fue alguien que a mí me marcó mucho. Es un personaje que en esa época me producía una fascinación increíble. Me di cuenta tarde de eso, pero siempre lo vi como un personaje totalmente de ficción. Creo que cuando lo conocí, dije: este es un escritor. Incluso si Fogwill no publicaba nunca un libro en su vida, para mí siempre iba a ser un escritor.

Al hablar de gustos e influencias, Pauls pasa de las referencias obvias (Juan José Saer, Ricardo Piglia, César Aira) a las menos célebres (Juan José Becerra, Luis Chitarroni, Daniel Guebel). Pero se detiene al mencionar a Marcel Proust. "Por supuesto me gusta mucho Proust, que aparece bastante en El pasado, y me enseñó a pensar la literatura como experiencia. En un momento dado, escribiendo esta novela me pasó que pensé que podía seguir escribiéndola toda mi vida. Me di cuenta de que eso justificaba todo. Incluso en un momento pensé que con una pequeña decisión podía cambiar de arte sin cambiar nada. Me dije: ¿por qué no cobro entrada para que la gente venga a verme escribir? Podía hacer una obra llamada El Escritor, con un tipo que está escribiendo una novela que sólo va a terminar con su muerte. Era un salto de la literatura al teatro, o al performing"

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El Pasado
Editorial Anagrama

12.4.08

HABLEMOS DE COSAS MUY FEAS

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
12/04/2008



La política como asunto literario vuelve a protagonizar la narrativa latinoamericana. El autor colombiano Juan Gabriel Vásquez analiza la memorable tradición de esa literatura que desenmascara realidades, como lo hizo Ricardo Piglia con Respiración artificial, a quien Casa de América, de Madrid, rinde homenaje
Hace poco, hablando de literatura colombiana en Madrid, mencioné la frase de La cartuja de Parma que Orhan Pamuk utiliza como epígrafe de Nieve: "La política en una obra literaria es un tiro en medio de un concierto, algo grosero y sin embargo imposible de ignorar... Estamos a punto de hablar de cosas muy feas". Por esos días se publicó Palacio quemado, la última novela de Edmundo Paz Soldán, y no me sorprendió para nada que uno de los epígrafes de la novela fuera la segunda parte de la cita de Stendhal. De hecho, esas cosas muy feas han sido la materia prima de buena parte de la literatura latinoamericana. Esto, claro, no quiere decir que la literatura latinoamericana haya tenido una relación fácil con la política; pero ahora se me ocurre que el epígrafe de Palacio quemado es una especie de cifra o de símbolo de una cierta tendencia, más o menos reconocida, de la novela latinoamericana más reciente. Pues para bien o para mal (y aquí me ocuparé sólo de los casos que hay para bien) esa fuerza oscura que es la vida pública está volviendo a interesar a nuestros novelistas.

Que quede claro: no digo que alguna vez se haya ido del todo. Pero hubo un momento, hace acaso un par de décadas, en que la vida política como asunto literario se movilizó un poco a la periferia. Si el boom amplió las fronteras de lo que entendíamos por novela política -uno piensa en Conversación en La Catedral, en La muerte de Artemio Cruz-, e incluso conoció la manera en que la política es capaz de hundir una novela -uno piensa en El libro de Manuel-, algunas generaciones después se hizo evidente que la emoción predominante era el desencanto, o en cualquier caso la apatía: una célebre revolución había fracasado, un célebre muro había caído, y en todas partes las ideologías y los idealismos pasaban a mejor vida. Para esos novelistas que nacían cuando el boom comenzaba, para aquéllos cuya fecha de nacimiento coincide con La región más transparente o La ciudad y los perros, la presencia de lo político en la ficción dejó de ser franca y directa, y se volvió indirecta, lateral, elíptica. Así novelas como Asuntos de un hidalgo disoluto, de Héctor Abad, o Kamchatka, de Marcelo Figueras. (También Roberto Bolaño, nacido al mismo tiempo que El llano en llamas, es autor de una gran instancia de elipsis política: La literatura nazi en América).

Son novelas que dicen sin decir: ese rasgo es lo que las define, y en ese sentido son hijas, o por lo menos sobrinas, de una de las grandes creaciones en lengua española de las últimas décadas: Respiración artificial, de Ricardo Piglia. Con esas doscientas páginas de 1981 Piglia redefinió para siempre la relación entre lo público y lo privado, entre historia y ficción, y demostró las infinitas posibilidades con que cuenta la literatura para ser política sin hacer política. Estas líneas se publican dos días antes de que la Casa de América de Madrid dedique su semana de autor a la obra de Piglia, con lo cual no es impertinente recordar la cantidad de puertas que abrió Respiración artificial para los novelistas latinoamericanos, que aprendieron, gracias a las investigaciones de Emilio Renzi en el pasado argentino, el arte de hablar de algo sin jamás mencionarlo. Durante mucho tiempo, ese acercamiento a lo político marcó y definió el modus operandi de los autores literarios en Latinoamérica; pero ahora, me parece, hay un cambio de tercio, y poco a poco los nuevos narradores van decidiéndose nuevamente, como lo hizo el boom, a mirar a los ojos a la Gorgona política. Los caminos de la genética literaria son inescrutables.

He comenzado hablando de Palacio quemado, que recoge la situación boliviana en 2002 por medio de una figura desaprovechada de la mitología latinoamericana: el escritor de discursos. Pero el inventario es (gozosamente) más extenso. En Los ejércitos, Evelio Rosero acaba de lograr lo que incontables novelas colombianas han intentado en vano desde hace treinta años: contar el conflicto armado sin patrioterismos, sin sentimentalismos, sin retórica. En A quien corresponda, Martín Caparrós pone la primera piedra en el caso que Latinoamérica deberá construir contra la Iglesia católica y su responsabilidad en las diversas desgracias del continente. En las maravillosas mil trescientas páginas de la trilogía que se cierra con Un millón de soles, Jorge Eduardo Benavides da un nuevo sentido al epígrafe de Conversación en La Catedral: "La novela es la historia privada de las naciones". Siempre poniendo en escena destinos individuales, siempre respetando la ambigüedad y la ironía que son las señas de identidad de la novela como género, nunca rebajándose a la denuncia barata ni cediendo a las peligrosas tiranías del compromiso, los novelistas que he mencionado vuelven a hacer lo que la literatura latinoamericana ha hecho con tan buena fortuna en otros tiempos. Las verdaderas experiencias son siempre sociales, dice Piglia en cierta entrevista. De un tiempo a esta parte, la novela latinoamericana vuelve a preguntarse si eso es verdad. Veremos qué respuesta nos trae.




Juan Gabriel Vásquez nació en Bogotá en 1973. Sus últimos libros son Historia secreta de Costaguana y Los amantes de Todos los Santos (ambos en Alfaguara).