El inesperado best seller (más de un millón de ejemplares) desenterró la cara más oculta de las matanzas nazis, los fusilamientos en serie en Ucrania. Más inusual: su autor nació en 1967. Max Aue, el jurista y filólogo nazi creado por Littell, convertirá la Historia en historia. Después, la irrupción de ficciones sobre crímenes cometidos un cuarto de siglo antes de que sus cronistas nacieran permitió hablar de generación, a pesar de diferencias estilísticas, de origen y motivaciones.
En marzo, el Goncourt de la primera novela recayó en un autor añada 1972, Laurent Binet, por HHhH (Grasset), título desvelado en la página 180: "Himmlers Hirn heisst Heydrich" (el cerebro de Himmler se llama Heydrich). Su investigación sobre el asesinato de Heydrich, brazo derecho de Himmler y planificador de la solución final, vendió 55.000 ejemplares. Construido sobre los lazos ambiguos entre literatura y vida, el autor colado en la historia para relativizar la eficacia del discurso, el libro confirma esta definición de Binet: "Para que un hecho penetre en la memoria, transfórmalo en literatura". Binet, autor y personaje, descubre alusiones a Heydrich en un filme de Rohmer, visita los sitios de Praga relacionados con el atentado, acumula libros y datos y plantea, sobre el telón de fondo de una guerra militar, el combate entre ficción novelesca y verdad histórica.
"Si los escritores no se apropian de la memoria de los campos, si no la hacen revivir y sobrevivir con su imaginación creadora –escribe Semprún en Une tombe au creux des nuages (una tumba en lo hondo de las nubes)–, se extinguirá con los últimos testigos". Obediente, otro treintañero, Fabrice Humbert, vecino de Binet en París, se apropió de la memoria de un deportado: en L'origine de la violence (Éditions du Passage; 45.000 ejemplares vendidos), el protagonista y autor reconstruye la vida en Buchenwald, "para comprender lo que sufrió mi abuelo".
Uno de los últimos trenes franceses con deportados salió rumbo a Dachau el 2 de julio de 1944. Arnaud Rykner describe aquel viaje en Le wagon (Éditions du Rouergue), en librerías el 1 de septiembre. El lector es introducido en el vagón, "una lata de conservas desbordante de pus", "los muertos mezclados con los vivos, las náuseas". Pero Rykner aclara de entrada que aquello es novela. Lógico: el autor nació 22 años después de aquel viaje.
En 1949, Adorno prohibió escribir sobre los campos. Treinta años después, Maurice Blanchot, gran escritor pero de actividad oscura bajo la ocupación, trató de "indecente" a William Styon por La elección de Sofía. "Imposible una novela sobre Auschwitz: o no es novela, o no es Auschwitz", zanjaba el Nobel de la Paz Elie Wiesel. Las cosas empiezan a cambiar. "La novedad no es ya que se haga ficción sobre la historia, sino que hacerlo no provoque el mismo escándalo", señala Yannick Haenel, 43 años, cuyo Karski (Gallimard), premio Interallié 2009 y 90.000 ejemplares vendidos. recrea, entre ficción y datos, la historia del resistente polaco que alertó al mundo, en 1943, sobre el genocidio. Haenel sigue asombrado por la repercusión de su libro: "Pensé que sólo podía interesar a un puñado de especialistas, por la yuxtaposición de documentos y ficción, para no mezclarlos en una sopa novelesca".
Ese prurito daría legitimidad a la generación Littell, que hace suya la "verdad esencial" de Wiesel: "Es necesario que los novelistas comprendan lo que sienten los testigos respecto de esta historia: una inmensa humildad".Para saber es necesario imaginar
]Claude Lanzmann, de 84 años –director de Les Temps Modernes, compañero de Simone de Beauvoir durante siete años–, autor en 1985 de Shoah (holocausto), documental de 9 horas sobre el exterminio de los judíos, reaccionó ultrajado ante Las benévolas y ahora niega el pan y la sal a Haenel. Una larga entrevista filmada con el auténtico Karski le sirve de arma. Pero dos no pelean si uno no quiere.
El propio Haenel duda, en su libro, de la legitimidad de colmar con la imaginación los huecos del archivo. Pero recupera la memoria de Karski.
"Yo lo supe –reconoció Raymond Aron, cuando salió a la luz la atrocidad de los campos de exterminio–, pero no lo creí. Y porque no lo creí, no lo supe realmente".
En 1943, Félix Frankfurter, juez de la Corte Suprema norteamericana, interrumpió las revelaciones de Karski sobre el genocidio: "Eso que usted cuenta es imposible".
Georges Didi-Huberman, 53 años y 30 libros, filósofo e historiador del arte francés, aporta la solución: "Para saber es necesario imaginar".
El guionista de Z quita hierro: "Se apoderaron del tema y me parece muy bien; al no tener memoria personal de los hechos, los reconstruyen con objetividad".
Otro dato generacional: Littell, cuyo contrato con Gallimard lo negoció un agente, dejó claro que no promovería su libro en televisión. Sólo una radio y poca prensa.
9.8.10
Generación Littell
16.2.10
La nueva lucha
Una propuesta para volver a editar 'Mi lucha', de Hitler, remueve las viejas heridas en Alemania. ¿Vale la pena mantener la prohibición del libro? ¿Qué literatura neonazi se vende en Colombia?


"En 65 años, Alemania pasó de ser un país en el que prácticamente no quedó piedra sobre piedra después de la guerra, a un Estado moderno, democrático y con una economía que, a pesar de todos los problemas, sigue siendo la locomotora de Europa. Sin embargo, su condición de potencia no ha impedido que un pequeño libro siga clavado como una astilla en el corazón de la historia reciente de Alemania.
Se trata de Mi lucha, la piedra angular del pensamiento y la literatura nazi, escrito por Hitler desde su celda en la cárcel de Landsberg en 1924, donde purgaba una pena de cinco años de prisión (de los cuales cumplió uno) después de su intento de golpe de Estado en 1923. Actualmente, en Alemania está prohibida su publicación, y su venta está muy restringida. Es legal tenerlo, comprarlo y venderlo. Pero las librerías que comercien con él sólo pueden hacerlo con ejemplares anteriores a 1945, no pueden hacerle publicidad y su uso debe ser con fines de estudio. Sin embargo, la propuesta del Instituto de Historia Contemporánea (IfZ, por su sigla en alemán), con sede en Munich, de publicar una edición comentada de Mi lucha en 2015, ha vuelto a poner bajo los reflectores el libro, y las discusiones al respecto no tardaron en aflorar.
El problema no consiste tanto en que el público alemán pueda hacerse a una copia del libro del dictador (cualquier persona con acceso a Internet puede descargarlo e imprimirlo en casa, o simplemente puede traer uno del exterior en cualquier viaje), sino en que su publicación no contravenga la ley.
En Alemania, una obra pasa a ser de dominio público 70 años después de la muerte de su autor. En el caso de Mi Lucha, esto ocurrirá el 31 de diciembre de 2015 (aunque la muerte de Hitler fue el 30 de abril). Actualmente, esos derechos están en manos del Ministerio de Finanzas de Baviera, que se opone a la edición del libro. Pero dentro de cinco años, la publicación de la obra podría quedar estancada si las autoridades determinan que puede servir como propaganda.
No obstante, dentro del mismo gobierno bávaro hay voces como las de Wolfgang Heubisch, ministro de Ciencia, Investigación y Artes, que apoyan la iniciativa de los historiadores. "Existe el riesgo de que los charlatanes y los neonazis se apropien de esta obra vergonzosa cuando los derechos expiren. Por lo tanto, creo que necesitamos una edición crítica, científica y bien preparada", dijo Heubisch ante el IfZ. La diferencia de opiniones en Baviera es una muestra de que en Alemania el tema del nazismo aún es delicado y que el país todavía tiene que lidiar con su pasado a pesar de que la nación actual es muy diferente de la época de Hitler. "Los autores que trabajan el Holocausto consideran que debido a la magnitud del mismo, la cantidad de víctimas y el horror de su muerte, la sociedad alemana no ha podido -y para algunos nunca podrá- enfrentar ese pasado sin caer en el trauma, bien sea evadiendo su responsabilidad histórica o política o bien sea sintiéndose víctimas. Lo mismo les pasa a los judíos", dice Camila de Gamboa, experta en justicia transicional de la Universidad del Rosario.
Precisamente, dentro de la comunidad judía germana también hay diferencias de opinión. Mientras el secretario general del Consejo Central de Judíos de Alemania, Stephan J. Kramer, apoya la propuesta del IfZ, la presidenta de la entidad y sobreviviente del Holocausto, Charlotte Knobloch, se opone.
La investigación del material por parte del instituto empezó en julio de 2009, y la entidad continúa con su labor de cabildeo ante las autoridades para obtener su aprobación. Según le dijo a SEMANA el historiador Bernhard Gotto, del IfZ, la reacción del público en general ante la propuesta ha sido sobre todo positiva. "Muchos judíos en Alemania comparten nuestra opinión de que una edición científica del libro podría contribuir a destruir los mitos del libro de Hitler, mientras que otros, más reacios, dicen que ninguna víctima del Holocausto debería ser ofendida con la presencia de 'Mi Lucha' en una librería. Pero la mayoría de los comentarios de los que me he enterado son de aprecio". Gotto también dice que el libro no les abriría las compuertas a los grupos neonazis (que están en desacuerdo con la edición comentada), por cuanto el acceso al texto no es difícil para nadie.
En otros países de Europa la publicación de Mi Lucha también tiene sus trabas. Por ejemplo, en Francia, su venta es legal, aunque las ediciones deben tener una nota aclaratoria. En los Países Bajos, tener y prestar el libro es legal, pero no venderlo, así se trate de copias antiguas. Sin embargo, la prueba de que el tabú de la publicación de Mi Lucha se puede levantar está en la traducción al hebreo que hizo en 1995 la Universidad Hebrea de Jerusalén.
En Colombia, no hay restricciones para la venta del libro, que se puede adquirir con facilidad. Felipe Ossa, gerente general de la Librería Nacional, afirma que en su experiencia de 50 años como librero, ha visto llegar al país copias impresas en México y Argentina y que nunca ha tenido problemas con nadie por su venta, aunque, ocasionalmente, algún miembro de la comunidad judía protesta por la venta del libro. Ossa añade que allí también se venden textos de otras tendencias, como el Manifiesto del Partido Comunista o el Libro Rojo de Mao. Este tipo de libros, e incluso algunos más fuertes, como El judío internacional, de Henry Ford, se puede conseguir en la Librería Nacional, pues su gerente considera que se trata de materiales de referencia sobre temas históricos, independientemente de que las ideas allí expresadas hayan tenido resultados nefastos. Ossa dice que la mayoría de los clientes que busca estos libros son estudiantes y, ocasionalmente, simpatizantes de esas ideas. SEMANA pudo comprobar que en el catálogo de la tienda no existen libros nazis diferentes de Mi Lucha.
La edición que se consigue en la Librería Nacional es publicada por Ediciones Solar, una empresa de Bogotá cuyo catálogo está integrado en su mayoría por libros esotéricos, pero que tiene una división dedicada al revisionismo histórico con títulos como ¿Absolución par Hitler
, Hitler, genial arquitecto del Tercer Reich, El juicio de Nuremberg: No culpable y Nacionalsocialismo, única solución para los pueblos de América del Sur. SEMANA intentó contactar al representante de la editorial para este artículo, pero no obtuvo respuesta.
Marcos Peckel, profesor de temas de Oriente Medio del Externado de Colombia, piensa que la propuesta alemana puede ser contraproducente porque "independientemente de cuánto se comente la edición, puede convencer a ciertos círculos de que lo que ahí se dice puede ser justificado. Por más que se analice, lo que queda es el mensaje original".
Si bien una decisión judicial puede frenar la edición comentada del IfZ, es posible que esto no suceda en aras de la libertad de expresión y, sobre todo, del proceso de comprensión de uno de los episodios más oscuros de la historia de la humanidad."
Lo que dice la ley
13.11.09
Herta Müller: por una literatura menor

Rafael Lemus
Ahora, después de haber leído En tierras bajas (1982) y El hombre es un gran faisán en el mundo (1986), además de algunos cuentos sueltos y un par de entrevistas con la autora, sé que el que busque algo grande y pesado en la vida y la obra de la nueva Premio Nobel se llevará un merecido chasco. Lo que hay, para empezar, es una minoría –un pequeño grupo de ciudadanos suabos, esos individuos de origen alemán que emigraron, a partir del siglo XII, a la ribera del Danubio y entre los que nació, en 1953, Müller. Lo que hay es un modesto pedazo de tierra –el Banato rumano, en la frontera con Serbia y Hungría, escenario de buena parte de sus ficciones. Lo que hay, finalmente, son lacónicas estampas de la vida de esos suabos, campesinos miserables y maltratados después de la derrota del nazismo, en la Rumania de Nicolae Ceauşescu. No mucho más que eso. Suficiente.
Sé, también, que lejos, bastante lejos, de estos libros están los delirios posmodernos, el optimismo del modernism o la largueza de las creaciones decimonónicas. Sé que aquí el timbre narrativo es beckettiano, que es como decir: áspero, agónico. Son pocas las palabras y a menudo parecen balbuceadas o escupidas. Son escuetos, descarnados, los párrafos y rara vez se comunican armónicamente unos con otros. Son, sobre todo, muchas y tajantes las prohibiciones que se impone Müller: la prosa no debe fluir dócilmente; la trama no debe envolver a los lectores; el tono no debe optar, nunca, por la magnificencia.
Sé, por último, que no hay en estos libros un grano de épica. Como si también eso, el heroísmo romántico, se negara Müller. Aunque se conoce que ella fue una aguerrida opositora de la dictadura de Ceauşescu, y que por lo mismo tuvo que abandonar Rumania en 1987 para instalarse, ya definitivamente, en Berlín, no parece haber, al menos no a primera vista, nada abiertamente sedicioso en estas páginas. La dictadura aparece al fondo, mirada al sesgo y retratada con algunas imágenes de feroz poesía (“El manzano tiembla. Sus hojas son orejas que están a la escucha”). Los personajes son, podrían ser, cualquier cosa salvo inflamados rebeldes –en medio de la dictadura sobreviven atónitos, fatigados, esperando el pasaporte que les permita abandonar el país (El hombre es un gran faisán en el mundo) o rumiando amargamente su enfado (en los cuentos de En tierras bajas). En el Banato rumano, por otra parte, nada, ninguna chispa, está por encenderse. Más bien al revés: es una tierra casi baldía, salpicada de ancianos y sin lugar para niños y jóvenes.
¿Por qué se impone Müller este voto de pobreza? ¿Por qué su acritud? Tal vez porque lo contrario, la obesidad y las falsas ilusiones, son cosa de las mayorías, del Estado, de la dictadura. Tal vez porque lo que ella pretende escribir, una literatura deliberadamente menor, es al fin y al cabo la solución más subversiva. Ya lo advertían Gilles Deleuze y Félix Guattari en su clásico sobre Kafka: la literatura de veras perturbadora es, hoy, aquella que una minoría escribe maliciosamente dentro de una lengua –o un discurso– mayor.
Así, como piezas menores, minoritarias, marginales, actúan las obras de Müller.
Por ejemplo: para involucrarse en la tradición rumana, la escritora decide emplear su lengua materna –el alemán– y no el rumano que aprendió a los quince años.
Por ejemplo: cuando escribe el alemán, no lo hace como una nativa sino como una intrusa –pensando en rumano y escarbando en el idioma hasta encontrar “su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su desierto” (Deleuze y Guattari dixit).
Por ejemplo, y sobre todo: en vez de reproducir la grandilocuente retórica estatal, trabaja una lengua privada, una prosa elemental y pequeña iluminada por repetidos fogonazos. (“Del jardín de la iglesia alzan el vuelo unas palomas silvestres. Son grises como la luz. Sólo el ruido permite diferenciarlas”).
Digamos, para terminar, que la misma lógica impera en su retrato de la Rumania de Ceauşescu: la condensación, no la holgura. Antes que entregar relatos edificantes –más bien propios del realismo socialista– sobre la disidencia, Müller compone oscuras miniaturas, detalladas estampas –canciones, supersticiones y refranes incluidos– de la vida rural suaba. Para decirlo con un disparate, piénsese en Marc Chagall; en el Marc Chagall de los años previos a la Primera Guerra Mundial; en sus folclóricas pinturas sobre las aldeas judías de Bielorrusia; en La lluvia (1911), por ejemplo, pero aún más sombría:
Algo así, por lo pronto. ~
fuente: Letras Libres11.10.09
Las raíces arrancadas de una Nobel
Viaje a Nitchidorf, escenario de la juventud perseguida por Ceausescu de Herta
Müller

RAÚL SÁNCHEZ COSTA (ENVIADO ESPECIAL)
La casa, a la altura número 353 de la calle principal de Nitchidorf, es ciertamente anodina. Verde, construida en adobe, parece erigirse contra la misma voluntad del tiempo, ajena a las miradas desdeñosas de "los perros y gatos, a los que, como se cruzan entre sí hace decenios, resulta imposible distinguir unos de otros", según describió Herta Müller en En tierras bajas (Siruela), helador recuento, entre gélido, opresivo y onírico, de la infancia de la autora en este confín de Rumania. "Detrás de la casa balbucea el arroyo, el guijarro apremia, las piedras oprimen".
Aquí, en esta pequeña y agonizante aldea de mil habitantes y calles anchas, donde el frío y el viento hielan la sangre incluso en días de sol como el de ayer, se crió la premio Nobel de Literatura. Aquí creció, nieta de agricultores y comerciantes que perdieron sus propiedades con la llegada del régimen comunista; hija de un miembro de las Waffen SS y de una deportada a un campo de trabajo de Ucrania. Y su antigua casa aún existe, aunque sea contra la voluntad de sus cimientos.
La escritora huyó del totalitarismo rumano en 1987 rumbo a AlemaniaDe aquí huyó de las garras del totalitarismo, tema central en su obra, en 1987. Partió rumbo al sueño de libertad de Alemania Occidental y ahogada en la aplastante conciencia de pertenecer a una minoría germana de suabos. Llegados hace poco más de tres siglos para trabajar el campo durante la ocupación del imperio austrohúngaro en Rumania, Müller y los suyos se vieron abandonados a su suerte por el azar de la historia de Europa Central en la Rumania de Ceausescu. "Hay unas 70 viviendas en ruinas de alemanes en esta localidad de las que el Ayuntamiento no se puede hacer cargo", explicaba ayer el alcalde de Nitchidorf, Ioan Mascovescu, en un paseo por el poblacho, a 30 kilómetros de Timisoara, al oeste de Rumania. "Ni puede venderlas ni tampoco hay fondos para restaurarlas. Ésta, en concreto, fue nacionalizada cuando Herta se mudó a Alemania. Después se vendió a otros alemanes que decidieron marcharse y, en la actualidad, hay un departamento escolar".
Caminando por sus calles, sintiendo la leve caricia de las miradas esquivas, el forastero piensa en la sentencia de Windisch, uno de los protagonistas de El hombre es un gran faisán en el mundo (Siruela). "El final está aquí. Desde que se propuso emigrar ve el final en todos los rincones". Sus viejos conciudadanos son gente "poco dada a hablar del doloroso pasado" y mucho menos aún a dejarse atrapar en la irreversibilidad de una fotografía. Lo más que aciertan a decir es: "Ceausescu vendió el premio Nobel a los alemanes por 8.000 marcos [unos 4.000 euros]".
Es un clamor que se escucha estos días por toda Rumania. Y una inesperada adición a la lista de querellas de la nación con su viejo dictador. El régimen aniquilador de voluntades cambiaba visados de sajones por dinero alemán. Era sólo otra forma de expulsar a "los extranjeros". El precio lo fijaba la cualificación de cada individuo, según fuentes que investigan los archivos del periodo comunista. Ése fue el caso de Müller. Y así fue como dejó Nitchidorf para no mirar atrás: "Me quiero marchar de este dedal de pueblo donde las piedras tienen ojos", relata Müller en su última novela Todo lo que tengo, lo llevo conmigo. "No tenía mucho miedo sino una impaciencia secreta; tan sólo quería irme a un lugar donde nadie me conociera".
En cierto modo, lo logró. Ya son muy pocos aquí los que la recuerdan. Los que podrían hacerlo o bien murieron o bien regresaron a Alemania. Además, no es uno de esos pueblos a los que el siglo XXI respete; eminentemente agricultor, aún se puede ver a los caballos tirar de los carros y a las fuentes (más de 20) repartir agua potable.
Sólo un puñado de los que compartieron la infancia con la escritora reside aún en Nitchidorf. "Tras la clase de gimnasio", explica Eugenia Dragan, antigua compañera de estudios, "solíamos estudiar juntas lengua rumana. Herta sentía que no la dominaba, así que yo la ayudaba".
Tampoco nadie recuerda la última visita de Herta a la aldea. En 2005, las autoridades locales le propusieron cambiar el nombre de la escuela por el de Müller. La escritora, que se encontraba en Timisoara para el lanzamiento de una novela, lo rechazó con violencia. "No quiero que me identifiquen con otra cosa que no sea con mi escritura', dijo ella", según Annelise Ivan, profesora de la escuela de Nitchidorf.
"La Securitate robó mi vida durante mi juventud y me la sigue quitando"
"La Securitate, policía secreta rumana, me robó mi vida durante mi juventud y me la sigue quitando en la actualidad acaparando mi tiempo con mis libros", declaró recientemente Müller a un periódico rumano. Sufrió la tortura, el terror, la angustia del control. Al emigrar descubrió que su mejor amiga de la infancia colaboraba con la Securitate, como otros tantos miles de niños y adolescentes. "Al menos, una de las preguntas más dolorosas ha sido respondida", escribió cuando descubrió que Jenny, su compañera de escuela, formaba parte del "sistema de amor y traición" del aparato político. Su cometido era averiguar sus actividades cotidianas, desde cuando se levantaba hasta que se acostaba, dónde y qué compraba. "En sus libros, la temida policía no es sólo una institución, sino que está revestida de todos los atributos del mal humano, desde la humillación y acoso, hasta el miedo, la tortura y la muerte", explica la traductora al rumano de sus obras, Nora Iuga.
En aquellos días, las palabras le servían de rendijas por las que asomar la cabeza y respirar. "Müller amaba la literatura. Pero más a Goethe que al insigne poeta rumano Mihai Eminescu", recordaba ayer otro ex compañero de colegio, Anton Kohl. "Mi hermano la inició en las profundidades de la literatura, le pasaba libros en alemán".
Ahora que la Academia Sueca ha consagrado su obra, un verdadero monumento a la voluntad humana, aquello adquiere en las callejuelas de Nitchidorf un extraordinario sentido. Una lógica que, por esta vez, aplasta a la sinrazón del autoritarismo. Por más que las raíces de Müller estén cuidadosamente arrancadas de Rumania. Incluso por ella misma. La Nobel escribió recientemente en Die Zeit que aún siente que el pasado revive en el país. Y por eso nunca regresará. "La Rumania poscomunista no se ha quitado las máscaras del horror comunista. Y la más pérfida sigue siendo la delación y, la más cruel, los intentos de aniquilar la intimidad".
fuente:elpais.com http://jmarconsusescribanias.blogspot.com
30.9.09
Manifiesto de Adolf Hitler

