Mostrando entradas con la etiqueta análisis literario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta análisis literario. Mostrar todas las entradas

30.4.10

El verdadero Raymond Carver

El popular Stephen King escribe sobre una biografía de Carver y su relación con el editor Gordon Lish, quien al parecer es responsable de gran parte del famoso estilo carveriano. Y como anticipo, un cuento sin correcciones editoriales
CARVER. Según King, se decía que el editor del cuentista "minimalista" se jactaba de que éste era su "criatura". De hecho, modificó sus cuentos bastante.fOTO;fUENTE:Revista Ñ

"Raymond Carver, sin duda el cuentista estadounidense más importante de la segunda mitad del siglo XX, hace una temprana aparición en la exhaustiva –y en ocasiones extenuante– biografía de Carol Sklenicka [Raymond Carver. A Writer's Life, Scribera, todavía no traducida al español] a los tres o cuatro años de edad y con correa. "Claro que me veía obligada a tenerlo con correa", dijo mucho después su madre, Ella Carver, al parecer sin ironía alguna. La Sra. Carver podría haber tenido la idea adecuada. Al igual que los perplejos bebedores de clase media que pueblan sus relatos, Carver nunca parecía saber dónde estaba ni por qué se encontraba ahí. Una y otra vez me hacía pensar en un pasaje de Fantasmas, de Peter Straub: "El hombre simplemente manejaba, distraído por esa interminable telenovela de subordinados de los Estados Unidos".

Carver nació en Oregón en 1938 y pronto se mudó con su familia a Yakima, Washington. En 1956, los Carver se trasladaron a Chester, California. Un año después, Carver y un par de amigos andaban de juerga por México. A partir de ahí, los traslados se aceleraron, y eso nos lleva sólo hasta 1977, el año en que Carver tomó su último trago.

Durante la mayor parte de esos primeros años de constantes viajes, arrastró a sus dos hijos y a su sufriente esposa, Maryann, la heroína a la que por lo general no se le hace honor en el relato de Sklenicka. Los llevaba a los tres detrás de sí como latas atadas al paragolpes de una catramina que ningún concesionario en su sano juicio aceptaría. No es extraño que sus amigos bautizaran el auto con el nombre de Perro Corredor. Tampoco lo es que su madre le pusiera una correa cuando lo llevaba al centro de Yakima.

Si bien Ray Carver era brillante y talentoso, también era el tipo de bebedor destructivo que toca fondo y luego sigue enterrándose. Los asiduos concurrentes a Alcohólicos Anónimos saben que los borrachos como Carver son maestros de la curación geográfica que se niegan a admitir que si se sube a un tomador descontrolado a un avión en California, será un tomador descontrolado el que se baje en Chicago, Iowa o México.

Hasta mediados de 1977, Raymond Carver estaba fuera de control. Cuando dio clase en el Taller de Escritores de Iowa junto a John Cheever se convirtieron en compañeros de copas. "Lo único que hacíamos era tomar", dijo Carver haciendo referencia al semestre de otoño de 1973. "No creo que ninguno de los dos haya sacado nunca la funda de las cuatro máquinas de escribir que teníamos". Como Cheever no tenía auto, Carver ponía el transporte para las excursiones que hacían dos veces por semana. Les gustaba llegar al bar en el momento en que estaba abriendo. Cheever señaló en su diario que Carver era "un hombre muy bueno". También era un tomador irresponsable que solía irse sin pagar de los restaurantes, por más que seguramente sabía que era la camarera la que tenía que pagar la cuenta de semejantes clientes. Después de todo, su esposa a menudo trabajó como camarera para mantenerlo.

Era Maryann Burk Carver la que ganaba el pan en aquellos años mientras Ray tomaba, pescaba, estudiaba y empezaba a escribir los relatos que una generación de críticos y docentes calificaría erradamente de "minimalistas" o de "realistas sucios". El talento literario suele tener sus propias reglas, pero los escritores cuyo trabajo deslumbra por su profundidad y misterio a menudo son monstruos prosaicos en su casa. Maryann conoció al amor de su vida –o su calvario; Carver parece haber sido ambas cosas– en 1955, cuando trabajaba en un Spudnut Shop de Union Gap, Washington. Tenía catorce años. Cuando ella y Carver se casaron en 1957 le faltaban dos meses para cumplir 17 años y estaba embarazada. Antes de cumplir 18 descubrió que estaba embarazada otra vez. Durante los siguientes veinticinco años fue camarera en bares y restaurantes, vendedora de enciclopedias y maestra. Poco después de casarse pasó dos semanas envasando fruta para comprarle a Carver su primera máquina de escribir.

Ella era hermosa; él era tosco, posesivo y, en ocasiones, violento. Carver consideraba que sus propias infidelidades no justificaban las de ella. Cuando Maryann incurrió en un "flirteo" luego de haber bebido un poco en una comida en 1975 –época para la cual el alcoholismo de Carver se encontraba en su apogeo–, la golpeó en la cabeza con una botella de vino. Le cortó una arteria cerca del oído y casi la mata. "Necesitaba 'una ilusión de libertad'", escribe Sklenicka, "pero no podía soportar la idea de que ella estuviera con otro hombre". Es uno de los pocos momentos en que Sklenicka da muestras de solidaridad con la mujer que mantuvo a Carver y que nunca pareció dejar de amarlo. Si bien Sklenicka transmite cierta veneración por Carver escritor y sin duda entiende la influencia destructiva que tuvo el alcohol en su vida, prácticamente no abre juicio en lo relativo a Carver como borracho desagradable y marido desagradecido (además de, en ocasiones, peligroso). Cita a la novelista Diane Smith (Letters from Yellowstone), que dijo "Fue una mala generación de hombres", y deja las cosas ahí. Cuando cita declaraciones de Maryann, que se calificaba de "Cenicienta literaria que vive en el exilio en aras de la carrera de Carver", la primera esposa aparece sólo como una ex mujer quejosa. Ray y Maryann estuvieron casados veinticinco años, y fue durante esos años que Carver escribió el grueso de su obra. El tiempo que pasó con la poeta Tess Gallagher, la única otra mujer importante de su vida, fue menos de la mitad que eso.

Sin embargo, fue Gallagher la que cosechó los beneficios personales de la sobriedad de Carver (dejó de tomar un año antes de que ambos se enamoraran), así como también los económicos. Durante el juicio de divorcio, el abogado de Maryann dijo –eso me incomoda y en cierto grado atenta contra mi capacidad de disfrutar de los cuentos de Carver– que sin un acuerdo judicial digno, la vida de Maryann luego del divorcio sería "como una bolsa de picaportes que no abrirían puerta alguna".

La respuesta de Maryann fue: "Ray dice que va a mandar dinero todos los meses, y yo le creo". Carver cumplió la promesa, con cuotas de protesta. Cuando murió en 1988, sin embargo, la mujer que lo había sostenido económicamente descubrió que había quedado al margen del cobro del producto de la venta de los populares tomos de cuentos del escritor.

Tan sólo los ahorros de Carver sumaban casi 215 mil dólares en el momento de su muerte. Maryann recibió unos diez mil. La madre de Carver obtuvo aun menos: a los setenta y ocho años de edad, habitaba una vivienda del estado en Sacramento y se ganaba la vida como "abuela asistente" en un colegio primario. Sklenicka no califica eso de trato indigno, pero me complace hacerlo por ella.

Es como crónica del crecimiento de Carver como escritor que el libro de Sklenicka resulta muy valioso, sobre todo después de que el camino del escritor se cruzó con el del editor Gordon Lish, apodado "Capitán Ficción". Los lectores que duden de la funesta influencia que ejerció Lish en los cuentos de De qué hablamos cuando hablamos de amor, seguramente cambiarán de opinión con el revelador panorama que presenta Sklenicka de esa relación difícil y amarga. Los que aún no se sientan convencidos, pueden leer los cuentos de Principiantes.

En 1972, Lish cambió el título del segundo cuento de Carver para Esquire –que editó profusamente– de "Are These Actual Miles?" (interesante y misterioso) a "What Is It?" (aburrido). Cuando Carver, ansioso por publicar en una revista importante, decidió aceptar los cambios, Maryann lo acusó "de ser una puta, de venderse al sistema". John Gardner le había dicho una vez a Carver que no se podían aceptar cambios. Carver puede haberlo aceptado –lo hace la mayor parte de los escritores que se muestran dispuestos a someterse al proceso de edición–, pero los cambios que hizo Lish fueron extensos y profundos. Carver sostuvo que "publicar en una revista importante valía la pena la concesión". Lish, que trató sin éxito de editar a Leonard Gardner (que siguió escribiendo Ciudad dorada) con similar mano de hierro, se salió con la suya en el caso de Carver. Fue el comienzo.

¿Gordon Lish era un buen editor? Sin duda. Curtis Johnson, un editor de manuales que presentó a Lish y a Carver, asegura que Lish tenía un "gusto infalible en cuanto a la ficción". Sin embargo, como temía Maryann, era mucho mejor para descubrir que para desarrollar, por lo menos en el caso de Ray Carver, del que obtuvo lo que quería. Tal vez percibió en él una debilidad esencial (los alcohólicos lo llaman "complacer a los demás"). Tal vez fue la extraña opinión elitista que parece haber tenido respecto de la escritura de Carver: calificaba a los personajes de "del todo ineptos" y hablaba de "su completa ignorancia, algo de lo que el propio Carver no tenía conciencia". Eso no le impidió atribuirse el mérito del éxito de Carver. Se dice que Lish se jactaba de que Carver era "su criatura", y lo que aparece en la parte posterior de la sobrecubierta de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), el primer tomo de cuentos de Carver, no es la fotografía de Raymond Carver sino el nombre de Gordon Lish.

El recuento que hace la biógrafa de los cambios que sufrió el tercer libro de cuentos de Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), es meticuloso y desesperante. Según dice, hubo tres versiones: A, B y C. La versión A fue el manuscrito que Carver envió. Se titulaba "Tanta agua tan cerca de casa". La versión B fue el primer manuscrito que Lish le mandó de vuelta. Cambió el nombre del cuento "Principiantes" por "De qué hablamos cuando hablamos de amor", y ese pasó a ser el nuevo título del libro. Si bien Carver se sintió molesto, de todos modos firmó un contrato (sin representante) en 1980. Poco después, la versión C –la que conoce la mayor parte de los lectores– llegaba al escritorio de Carver. Las diferencias entre B y C lo "dejaron perplejo". "Había instado a Lish a meter mano en los cuentos", escribe Sklenicka. "No se esperaba (...) una picadora de carne." Carver era inseguro y llevaba sólo tres años de sobriedad luego de dos décadas de embriaguez. Su correspondencia con Lish sobre los cambios a su trabajo alternaba entre el servilismo ("eres maravilloso, un genio") y suplicar que se volviera a la versión B. No sirvió de nada. Según Tess Gallagher, Lish se negó por teléfono a restablecer la versión anterior, y si había algo que Carver entendía era que Lish ostentaba el "poder del acceso a la publicación".

Ese dilema de hierro es lo que alienta Raymond Carver: A Writer's Life. Cualquier escritor podría preguntarse qué haría en esa situación. Yo lo hice, por cierto. En 1973, cuando se aceptó la publicación de mi primera novela, me encontré en una encrucijada similar: joven, siempre borracho, tratando de mantener a mi esposa y mis dos hijos, escribiendo por la noche, ansioso por tener un desahogo. El desahogo llegó, pero hasta que leí el libro de Sklenicka pensaba que se había tratado del anticipo de 2.500 dólares que Doubleday pagó por Carrie. Ahora me doy cuenta de que puede haber sido no tener a Gordon Lish como editor.

No hace falta más que leer los cuentos de Principiantes y los de De qué hablamos cuando hablamos de amor para notar el cambio: la prosa de Principiantes consiste en densos pasajes de narración en los que se intercalan golpes de diálogo. En De qué hablamos... hay tanto espacio en blanco que algunos de los cuentos ("Después de los tejanos", por ejemplo) casi parecen capítulos de una novela de James Patterson. En muchos casos, el hombre que no permitía que los editores modificaran su propio trabajo destruía el de Carver. A ese respecto, Sklenicka expresa una indignación que no parece dispuesta o capaz de articular en defensa de Maryann y califica de "una usurpación" la edición que hizo Lish de los textos de Carver. Impuso su propio estilo a los cuentos de Carver, y el minimalismo que se le atribuye al escritor era en realidad obra de Lish. "Gordon (...) llegó a pensar que no sabía nada", dice Curtis Johnson. "Se volvió pernicioso."

Sklenicka analiza muchos de los cambios, pero el lector inteligente abrirá el libro y los buscará por sí mismo. Dos ejemplos desoladores: "Si ello te place" y "Algo sencillo y bueno" ("Después de los tejanos" y "El baño", respectivamente en De qué hablamos...)

En "Si ello te place", James y Edith Packer, una pareja mayor, llega al bingo local y descubre que sus lugares habituales están ocupados por una joven pareja hippie. Peor aún, James observa que el hombre hace trampa (por más que no gana, su novia lo hace). En el transcurso de la tarde, Edith le susurra a su esposo que está "manchando". Más tarde, ya en la casa, le dice que la hemorragia es seria y que tendrá que consultar a un médico al día siguiente. En la cama, James se esfuerza por rezar (una herramienta de supervivencia que tanto James como su creador adquirieron en las reuniones diarias de A.A.), al principio de forma vacilante, luego "empezando a articular palabras en voz alta y rezando con fervor. (...) Rezaba por Edith, para que estuviera bien". Las plegarias no lo alivian hasta que agrega a la pareja hippie en sus meditaciones y hace a un lado los sentimientos negativos anteriores. El cuento termina con una nota de esperanza ganada con esfuerzo: "Si ello te place, dijo en las nuevas oraciones para todos, los vivos y los muertos." En la versión editada por Lish no hay oraciones y, por lo tanto, tampoco revelación; tan sólo un marido preocupado y resentido que quiere decirles a los hippies irritantes lo que pasa "después de los tejanos", después de los juegos. Es una completa reescritura, y es un engaño.

El contraste entre "El baño" (editado por Lish) y "Algo sencillo y bueno" (original de Carver) es aún menos digerible. El día del cumpleaños de su hijo, la madre de Scotty encarga una torta que nunca se va a comer. Un auto atropella al chico cuando va del colegio a su casa y termina en coma. En ambos relatos, el repostero hace insistentes llamados a la madre y a su esposo mientras el chico se encuentra al borde de la muerte en el hospital. El repostero de Lish es una figura siniestra que simboliza el carácter inevitable de la muerte. Lo escuchamos por última vez por teléfono mientras exige que se le pague. En la versión de Carver, la pareja –cuyos integrantes son personajes y no sombras– va a ver al repostero, que pide disculpas por su crueldad no deliberada cuando comprende cuál es la situación y sirve café y sándwiches a la afligida pareja. Los tres toman esa comunión juntos y hablan hasta la mañana siguiente. "Comer es algo sencillo y bueno en un momento como éste", dice el repostero. Esta versión tiene una simetría satisfactoria de la que carece la versión recortada de Lish, pero tiene algo más importante: corazón.

"Lish podía (...) hacer un muñeco de nieve a partir de un montón de nieve", es lo que dice Sklenicka sobre su versión de los relatos de Carver, pero no se trata de una metáfora. Es más convincente cuando habla sobre los cambios que hizo Lish en un pasaje de "No son tu marido" (en ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?), donde señala que la versión de Lish es "más mezquina, más tosca y en cierto modo desmerece a ambos personajes". Carver lo dice mejor. Cuando el narrador de "La aventura" por fin admite que no tiene afecto ni consuelo que brindar a su padre, dice de sí: "Yo era todo superficie pulida sin nada dentro excepto vacuidad". En última instancia, eso es lo que tienen de malo los cuentos de Carver tal como Lish los presentó al mundo, y eso es también lo que hace que estas ediciones sean una corrección necesaria y bienvenida.

Traducción de Joaquín Ibarburu (c) The New York Times y clarín

Clatskanie, 1938 - Port Angels, 1988.
Escritor.

Falleció en pleno apogeo y reconocimiento de su carrera de escritor, tanto en Estados Unidos como internacionalmente. Vivió en docenas de lugares, tuvo infinidad de trabajos y siempre estuvo agobiado por la falta de dinero. Aparte de varios libros de poemas (que pueden conseguirse en español), publicó cuatro libros de relatos, un género en el que ha quedado consagrado como uno de los grandes escritores de las últimas décadas: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral y Tres rosas amarillas todos publicados en Anagrama, al igual que la antología Short Cuts. Vidas cruzadas y el libro póstumo Si me necesitas, llámame. Además publicó un breve libro con cinco ensayos autobiográficos y una meditación titulado La vida de mi padre (que en español publicó Norma).

1.2.10

La canción del verdugo

Si algo caracterizó al genocidio nazi fue la creación de campos de exterminio donde la muerte tomaba la apariencia de un trabajo tan impersonal y mecánico como el de una fábrica. A la cabeza de estos mataderos de seres humanos, había personas que no necesariamente eran elegidos por ser sádicos o criminales confesos. La publicación de Desde aquella oscuridad (un libro de conversaciones con el comandante de Treblinka, Franz Stangl, publicado por Edhasa) y Yo, comandante de Auschwitz de Rudolf Höss (Ediciones B), permite asomarse a la manera en que se construyeron dos de los mayores asesinos de la historia.

Por Patricio Lenard

"Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo un abismo, también éste mira dentro de ti."

Nietzsche

"En Treblinka había un reloj que daba la hora dos veces al día. Con sus números y agujas pintados, el reloj marcaba las tres. Siempre. Fue en la navidad de 1942 que Franz Stangl, comandante de ese campo de exterminio nazi, ordenó la construcción de una falsa estación de tren en la que aparecían indicadas conexiones ferroviarias "A Varsovia", "A Bialystock", "A Wolwonice", con horarios y flechas. A menos de un kilómetro de distancia, las cámaras de gas mataban por turnos a los miles de judíos que horas antes habían pasado por ese mismo andén, bajo los insultos y la premura de los SS, sin advertir que la burlesca impuntualidad del reloj marcaba, en realidad, la puntualidad de la muerte.

En Treblinka murió casi un millón de personas, y Franz Stangl –que al final de la guerra había huido a Damasco, antes de trasladarse a Brasil, desde donde fue extraditado en 1968– fue sentenciado en 1970 a cadena perpetua por todos esos crímenes. Cuando el tribunal de Düsseldorf hizo pública la condena, Simon Wiesenthal, que había tenido un papel en su captura, dijo a los periodistas que la condena de Stangl por parte de los alemanes era al menos tan importante como la de Eichmann por parte de los israelíes. Más allá de que Eichmann, artífice de la intrincada logística de deportación de los judíos a los campos de la muerte, fuera uno de los ejemplos más siniestros de eso que Hannah Arendt llamó "asesinos de despacho", y Stangl un genocida cuyo "trabajo" consistía en supervisar el asesinato de las cinco o seis mil personas que llegaban en los trenes cada mañana a Treblinka.

En 1971, la periodista e investigadora austríaca Gitta Sereny entrevistó a Stangl en la cárcel, y las más de setenta horas de conversaciones que ambos mantuvieron son la base de uno de los documentos más estremecedores sobre el horror del genocidio nazi. Retrato de un hombre vinculado íntimamente a ese mal radical, Desde aquella oscuridad es un intento de comprensión del sentido y las razones del comportamiento de los verdugos. Hombres que no eran sádicos, ni forajidos, ni homicidas por naturaleza, sino miembros respetables de una sociedad respetable, y que creían estar abocados a una tarea histórica. "Una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años", como dijo en uno de sus discursos Heinrich Himmler, jefe de las SS y encargado de eso que se dio en llamar la "solución final del problema judío".

La profesión de verdugo Stangl la empezó a aprender bastante tiempo antes de pisar por primera vez un campo. En Austria, de donde era oriundo, se recibió de policía en 1933, y luego de la anexión austríaca en marzo de 1938, y de participar de las acciones que la Gestapo comenzó a realizar para completar un registro de los judíos y sus propiedades, fue ascendido a superintendente de la policía de un instituto especial cuyo cuartel general estaba en Berlín, en el 4 de Tiergartenstrasse. "Había oído en ocasiones que se referían vagamente a ello como T4, pero desconocía cuál era su función específica", dice Stangl en el libro, y en este punto es de fiar porque Tiergartenstrasse 4 era entonces el núcleo de una de las operaciones más secretas del Tercer Reich: la administración de la "eutanasia" a discapacitados físicos y mentales.

Al principio, fue una ley firmada por Adolf Hitler en julio de 1933 que disponía la esterilización (voluntaria o forzada) a fin de prevenir la propagación de eso que la medicina eugenésica, en boga en aquellos años, había dado en llamar lebensunwertes Leben (vida indigna de ser vivida). Luego fueron la prohibición del casamiento y la legalización del aborto en los casos en que uno de los miembros de la pareja padeciera "una enfermedad contagiosa" o "hereditaria" (ceguera o sordera hereditarias, esquizofrenia, epilepsia, malformaciones físicas hereditarias, etc.).

En septiembre de 1939, Hitler firmó otro decreto en el que invocaba la necesidad de "conceder a los enfermos incurables el derecho a una muerte sin dolor", y así daba pie a la construcción de las primeras cámaras de gas en centros en donde, entre diciembre de 1939 y agosto de 1941, murieron alrededor de sesenta mil alemanes, muchos de ellos niños.

Como una manera de administrar la "sanidad pública" y ahorrarle al Estado la manutención de esas "vidas sin valor", el programa de eutanasia además constituyó un entrenamiento formal para los campos de exterminio. Una escuela en la que se formó gran parte del personal que poco después iría a trabajar a Polonia, y en donde Stangl se ocupaba, al principio, de revisar los "certificados de locura" de quienes ingresaban a Schloss Hartheim, uno de los seis centros en los que se gaseaba a los "pacientes". "Se gestionaba como un hospital. Después de llegar, eran examinados de nuevo. Se les tomaba la temperatura y todo eso...", cuenta Stangl con la parquedad que lo caracteriza. Una simple pantomima, ya que los pacientes eran enviados allí para morir sin dilaciones.

Durante un viaje a Hof, cerca de Nuremberg, donde el tren que lo llevaba estaba detenido mientras algunos enfermos mentales eran cargados en camiones, se dice que Hitler experimentó por primera vez un abucheo por parte de una multitud airada. Una muestra de que cada vez más gente estaba poniéndose al corriente de lo que sucedía. Sea cual fuere la razón, el 24 de agosto de 1941 el Führer dio la orden de detener el programa de eutanasia, cuya infraestructura pasó a ser utilizada para gasear a presos políticos que permanecían en los campos.

Se sabe que los planes nazis para la "solución final" fueron tomando forma a medida que evolucionaban los planes para invadir Rusia. Y un habitual malentendido que Sereny despeja es qué diferenciaba los campos de concentración de los campos de exterminio. De estos últimos, sólo había cuatro, todos ellos en Polonia: Chelmno, Belsec, Sobibor y Treblinka ("cinco, si se incluye Birkenau, la sección de exterminio de Auschwitz que, de todos modos, también funcionó parcialmente como campo de trabajo", aclara). Si bien contaban también con cámaras de gas, crematorios y fosas comunes, y en ellos también se ejecutaba a reos, en los campos de concentración había cierta posibilidad de escapar con vida. Mientras que en los campos de exterminio esa posibilidad se reducía tan sólo a quienes eran mantenidos como "judíos de trabajo". No en vano solamente ochenta y dos personas –ningún niño– sobrevivieron a esos cuatro campos, los que fueron oportunamente desmantelados por los nazis para ocultar las evidencias del genocidio.

En la primavera de 1942, Franz Stangl llegó a Polonia. Y en la entrevista que mantuvo con Odilo Globocnik, un general de las SS que estaba al frente de la creación de varios campos en ese país, se le encomendó la misión de construir el campo de Sobibor. La familia de Stangl, compuesta por su mujer y sus dos hijas, no lo había acompañado. Estaba solo. Y cuando arribó a su destino, la obra ya estaba comenzada. Entre los edificios a medio hacer había uno con tres habitaciones, de tres metros por cuatro, "exactamente igual que la cámara de gas de Schloss Hartheim". Un oficial superior con quien había trabajado allí, Christian Wirth, le ordenó que reuniera al personal alemán en una visita que hizo a Sobibor. "Los judíos que no trabajen como se debe serán eliminados. Si a cualquiera de ustedes no les gusta eso, pueden irse. Pero bajo tierra, no por ella", les dijo, mezclando broma con amenaza. De allí Stangl obtuvo una excusa perfecta para lo que luego sería su coartada: la duda, el temor de que lo matarían si él se negaba a seguir cumpliendo su trabajo. Un argumento contra el que la agudeza de Sereny se choca una y otra vez, sin que Stangl pueda terminar de comprender la diferencia que hay entre el consentimiento y la obediencia.

Para ese entonces, Wirth ya había estado al frente de Chelmno y Belsec, un campo mucho mayor en donde los primeros exterminios con gases de motor de cámaras habían empezado en marzo de 1942. Allí Stangl fue un día de visita por orden de Globocnik, y allí se le reveló, en toda su monstruosidad, el verdadero objetivo de los campos. "El olor..., oh, Dios, el olor... Estaba por todas partes. Wirth no estaba en su despacho. Recuerdo que me llevaron ante él... estaba en una colina, junto a las fosas... las fosas... estaban repletas. No puedo contarle; no cientos, miles, miles de cadáveres... Dios mío. Ahí es donde Wirth me dijo... me dijo que eso era para lo que servía Sobibor. Y que me iba a poner oficialmente al cargo."

La fecha en que Sobibor pasó a ser plenamente operativo no está muy clara; fue el 16 o el 18 de mayo. "Lo que sí se sabe –apunta Sereny– es que en los dos primeros meses, el período en que Stangl gestionó el campo, se asesinó allí a unas cien mil personas."

Su posterior traslado a Treblinka, considerado un ascenso (poco después sería postulado a la cruz de hierro como el "mejor comandante de los campos de Polonia"), puso a Stangl al mando de un lugar en donde era necesario resolver ciertos problemas. "Ya hemos mandado a cien mil judíos y no nos ha llegado nada en dinero ni material. Quiero que averigüe qué pasa con todo eso; dónde desaparece", fue la orden que le dio Globocnik. La prueba de que Stangl se puso manos a la obra está en una anécdota de una conversación con un judío. "¿Hablaba alguna vez con las personas que llegaban?", le pregunta Sereny. "¿Hablar? No. Pero recuerdo una ocasión... estaban allí después de llegar, y un judío vino hacia a mí y me dijo que quería presentar una queja. Yo dije que muy bien, claro, que qué pasaba. Dijo que uno de los guardias lituanos (que sólo se empleaban para tareas de transporte) le había prometido que le daría agua si le entregaba su reloj. Pero se había quedado el reloj y no le había dado agua. Y bueno, eso no está bien, ¿verdad? De todos modos, yo no permitía el raterismo. Pregunté allí mismo a los lituanos quién había tomado el reloj, pero nadie dijo nada. Kurt Franz (el segundo de Stangl) me susurró que el hombre implicado podía ser uno de los oficiales lituanos y que no podía avergonzar a un oficial delante de sus hombres. Bien, dije: 'No me interesa el tipo de uniforme que lleva. Sólo me interesa lo que hay dentro de un hombre'. Ya puede imaginarse que aquello llegó enseguida a Varsovia. Pero lo que es justo, es justo, ¿no? Les hice ponerse a todos en fila y volver sus bolsillos del revés". "¿Enfrente de los prisioneros?", pregunta Sereny. "Sí, ¿qué iba a hacer? Una vez que se ha presentado una queja hay que investigar. Naturalmente, no encontramos el reloj. Quien fuera que se lo quedó se había desembarazado de él."

El sentido de la justicia que expresa Stangl sería un ejemplo más del cinismo negador propio de un genocida si no estuviera sustentado por una escala de valores en la que el raterismo constituía un delito, pero no asesinar a miles de personas por día. Un quiebre de la moral que no se debía a la ignorancia o a la maldad de unos hombres que no llegaron a reconocer unas "verdades" morales, sino más bien a la inadecuación de las "verdades" morales como pautas para juzgar lo que los hombres habían llegado a ser capaces de hacer. De ahí que Adolf Eichmann, durante el proceso que se le siguió en Jerusalén, no se viera conmovido ante la acusación de haber enviado a millones de seres humanos a la muerte, pero sí ante la acusación de un testigo –desechada por el tribunal– según la cual él había matado a palos a un muchacho judío.

Lo mismo sucede con Rudolf Höss, quien entre 1941 y diciembre de 1943 fue comandante del campo de Auschwitz-Birkenau, y a quien Primo Levi califica como "uno de los mayores criminales de la historia" en el prólogo que escribió en 1985 al libro de memorias que Höss redactó en la cárcel mientras esperaba su juicio en Polonia (en 1947 fue sentenciado a muerte y colgado en el campo de Auschwitz).

Höss fue capturado por la policía militar británica el 11 de marzo de 1946, disfrazado de bracero, y los fiscales del juicio de Nuremberg, que por entonces estaba en sus tramos finales, solicitaron que fuera conducido de inmediato a esa ciudad para su interrogatorio. De las numerosas preguntas que le hicieron, la que más indignó a Höss fue la que trataba de saber si él se había quedado con bienes judíos. "No sólo no podía, es que enriquecerme de aquel modo habría ido contra mis principios –contestó–. No habría sido decente."

Ese cinismo que muchas veces es la única forma en que las almas vulgares rozan la honestidad hace que Höss aluda, hacia el final de Yo, comandante de Auschwitz, a las condiciones en las que fue interrogado por la policía británica luego de su arresto. "Mi primer interrogatorio fue 'contundente' en el sentido exacto del término. Firmé el acta, pero no sé cuál era su contenido: la mezcla de alcohol y látigo era demasiado sensible, incluso para mí. El látigo era mío; por azar se hallaba en el equipaje de mi mujer. No creo haber golpeado con él a mi caballo y nunca, con toda seguridad, a un preso. Pero el hombre que me interrogaba seguramente pensaba que me pasaba el día golpeando a los prisioneros con el látigo."

A la queja por el maltrato recibido se le superpone una muestra más de esa crueldad que en los campos de la muerte se volvió incapaz de reconocerse a sí misma. Una crueldad que estaba en la base de un método de "trabajo" que se proponía rutinario, impersonal y mecánico, y en el que la situación límite era algo cotidiano. "Si se hace este trabajo, uno se vuelve loco el primer día o se acostumbra", decía un judío sobreviviente del Sonderkommando, cuyos miembros se encargaban de conducir a los prisioneros hasta las cámaras de gas, sacar los cadáveres, comprobar que no hubiera objetos preciosos en sus orificios, arrancarles los dientes de oro y transportarlos a los hornos. Una lógica que concebía a la muerte como un proceso productivo, equiparable a cualquier otro proceso de producción industrial, y que explica que ante la pregunta de si sentía que los judíos fueran seres humanos Stangl responda: "Eran cargamento. Raramente les veía como individuos. Siempre fue una masa inmensa".

Es la participación forzada de los judíos en la maquinaria de exterminio, esa "fraternidad de la abyección" de la que hablaba David Rousset y mediante la cual se buscaba hacer creer que víctima y verdugo eran igualmente innobles, uno de los aspectos del libro de Höss que hacen pensar que, más allá del valor que su testimonio pueda tener, personajes como él no deberían haber tenido la oportunidad de justificarse. Igualmente indignante es que Höss se atribuya la autoría de dos muertes a lo largo del libro (sin contar un tercer asesinato, de índole política, que en 1923 le valió una condena a diez años de cárcel): la de un soldado indio durante la Primera Guerra Mundial, cuando combatió en el mismo regimiento en el que habían servido su abuelo y su padre, y la de un soldado nazi (¡nada menos!), al que descubrió a la vera de un camino ejecutando a un prisionero cuando ya se había dado la orden de evacuar el campo. "Lo interpelé violentamente, preguntándole por qué había matado a aquel desgraciado sobre el que no tenía responsabilidad. Me respondió con una risa insolente y me dijo que eso a mí no me incumbía. Llevaba conmigo el revolver y lo maté. Era un sargento mayor del Ejército del Aire". Treta digna de un burlador que osa definirse a sí mismo como una "inconsciente ruedita en la inmensa máquina del Tercer Reich", y que hasta es capaz de decir que "en Auschwitz no había tiempo para aburrirse".

Pero Höss era humano, después de todo: sabemos que cuando cumplió siete años sus padres le regalaron un pony al que bautizó Hans; que en su familia le auguraban futuro como sacerdote; que se casó y tuvo cinco hijos, y que vivía con su familia en la casa de la comandancia de Auschwitz, en las afueras del campo (¿llegaría hasta allí también el olor a podrido?). Aunque si de algún modo se presenta en su libro es como un "experto" capaz de explicar con lujo de detalles cómo se planifica, construye y administra un lugar que estaba destinado a ser "el mayor campo de exterminio de todos los tiempos", según palabras de Himmler.

Dos puntos oscuros hay, no obstante, en su relato. Dos cuestiones que pasa virtualmente por alto: los experimentos médicos que se realizaban en Auschwitz y las condiciones de extrema desnutrición en las que se encontraban miles de personas por la falta de agua y alimento, y que motivaban la existencia de esos "cadáveres ambulantes" a los que en la jerga del campo se llamaba "musulmanes".

De los experimentos médicos, Höss informa muy escuetamente, minimizando y tergiversando los datos que aporta. "En lo que concierne a las experiencias e investigaciones emprendidas por orden del Reichsführer (Himmler), puedo enumerar las siguientes: Profesor Clauberg: ensayos de esterilización por medio de inyecciones en las trompas que provocaban inflamación y desecación de esos órganos y conducían a la esterilidad sin perjuicio del cuerpo. / Doctor Schumann: esterilización por medio de rayos X. Desconozco los resultados, pero sostengo que muchas muertes fueron ocasionadas por aplicaciones demasiado fuertes. / El doctor Wirths y su hermano: investigaciones sobre el cáncer, por lo que sé inocuas para la salud. / Doctor Mengele: investigaciones sobre mellizos, según parece, puramente teóricas y sin peligro para la salud. / Otros experimentos con inyección de cianuro y metanol practicadas en 'judíos de transporte', incapaces de trabajar. No conozco otros experimentos."

La inclusión en la categoría de "experimento" del acto de inyectar cianuro a personas es de por sí notable. Ni hablar de la omisión de que Mengele casi siempre sacrificaba a los gemelos para estudiar "científicamente" sus cuerpos. Si bien la ciencia nazi y la experimentación nazi con los prisioneros no sería una aberración o una inversión total de la ética y de los objetivos de la ciencia occidental, sino uno de sus posibles resultados (tal la provocadora hipótesis de Mario Biagioli, profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad de Harvard), el ocultamiento al que Höss somete los horrores que tenían lugar en los laboratorios parece responder a un secretismo que es mezcla de pudor y épater negacionista. Como si existiera un núcleo duro del horror que incluso para aquellos que se asomaron en sus profundidades continuó siendo, en algún sentido, insoportable.

Otro tanto se puede decir de la figura del "musulmán", de la que Giorgio Agamben se ocupa en Lo que queda de Auschwitz. El término parece proceder de la actitud característica de estos deportados, quienes solían estar acurrucados en el suelo con las piernas replegadas, como imitando los movimientos de los árabes cuando rezan. La sed y el hambre que sufrían a lo largo de días los iban derrumbando hasta caer en un estado de apatía total, y al momento de morir pesaban entre veinticinco y treinta kilos y sus órganos podían verse reducidos a la tercera parte de su tamaño normal, según revelaban las autopsias. Epítome de la situación extrema, el musulmán se hallaba en la terrible encrucijada de "seguir siendo o no un ser humano" (la expresión es de Bruno Bettelheim). E incluso, como escribe Levi en Si esto es un hombre, "se duda en llamar muerte a su muerte."

Para Agamben, Auschwitz es el lugar de un experimento en que "el judío se transforma en musulmán y el hombre en no-hombre". Y es así cómo la muerte adquiere un ribete artesanal, porque así también se fabricaban cadáveres en Auschwitz. Höss parece no reparar en ello. Aunque anota cuando el Ministerio de Alimentación prohibió todo suministro de víveres a los niños internados en los campos de concentración, o los casos de canibalismo que, sobre todo entre los prisioneros rusos, "no eran raros en Birkenau".

Stangl, por su parte, sin nombrar a los musulmanes, le dice a Sereny: "Estaban tan débiles; permitían que todo aquello sucediera, que se les hiciera. Eran personas con las que no había nada en común, ni posibilidad de comunicación; así es como nace el desprecio. Nunca pude entender cómo cedían como lo hicieron. Hace poco leí un libro sobre lemmings, ya sabe, roedores... al parecer, cada cinco o seis años, se aventuran hasta el mar y mueren. Me hicieron pensar en Treblinka". (No deja de ser increíblemente irónico que Stangl cuente que, cuando tenía ocho años, su padre murió de desnutrición: "Estaba flaco como un palillo; parecía un espectro, un esqueleto").

Son dos, entonces, las formas de anestesia que predominaban en los campos: la que entrenaba a las SS para que no tuvieran reacción alguna, ni ante su propia muerte ni ante la de los demás, y la insensibilidad abúlica de los musulmanes, esas "cáscaras de hombres". Si bien ambas ponen en cuestión –a su manera– la pertenencia al género humano, los que la padecieron hasta las últimas consecuencias son los mismos para los que la muerte por gas hubiera sido "clemente". Y esto no implica darles cabida a los genocidas nazis cuando pretenden mostrar la técnica del gaseo como un modo de matar "humanitario". Tampoco tratar de ver en dónde había más horror cuando el horror estaba, en realidad, en todas partes.

Una vez Adorno escribió: "Auschwitz empieza cuando uno mira a un matadero y piensa: son sólo animales". Y es esa forma ruin de indiferencia la que vuelve a los monstruos humanos, demasiado humanos."

fUENTE: Página12. com. ar

13.12.09

Nabokov según Amis

El autor de Lolita quiso quemar El original de Laura , su última e inconclusa nouvelle que acaba de ser publicada. Uno de sus grandes admiradores, Martin Amis, despedaza ese texto póstumo y aprovecha para criticar puntos oscuros en la obra de este verdadero genio. Una clase magistral de literatura

Vladimir Nabokov (1899-1977)
Por Martín Amis

El lenguaje lleva una doble vida... y lo mismo le ocurre al novelista. Uno charla con la familia y los amigos, atiende su correspondencia, considera menús y listas de compras, observa signos viales y cosas por el estilo. Después, uno va a su estudio, donde el lenguaje existe de una forma muy diferente... como materia basada en el artificio. Casi todos los escritores, me parece, estarían de acuerdo con la reminiscencia que Vladimir Nabokov (1899-1977) consignó en 1974:

... Consideré a París, con sus días grisáceos y sus noches color carbón, tan sólo como un marco oportuno para los más auténticos y fieles deleites de mi vida: la frase colorida que irrumpía en mi cabeza bajo la llovizna, la página en blanco bajo la lámpara de mi escritorio que me esperaba en mi humilde hogar.

Bien, el deleite creativo es auténtico, sin embargo no es fiel (como casi toda la galería completa de las mujeres ficcionales de Nabokov, el deleite creativo, al final, es sádicamente voluble).

Escribir sigue siendo una tarea muy interesante, pero el destino, o el "malhadado Hado", como lo llama Humbert Humbert, también ha dispuesto un castigo muy interesante. Los escritores tienen una doble vida. Y también mueren dos veces. Ése es el sucio secretito de la literatura moderna. Los escritores mueren dos veces: una vez cuando muere el cuerpo y otra vez cuando muere su talento.

Nabokov había compuesto The Original of Laura, o lo que tenemos del libro, contra el reloj que marcaba su sentencia (una serie de espantosas caídas, después infecciones hospitalarias, después un colapso bronquial). No es "una novela en fragmentos", tal como afirma la cubierta: es inmediatamente reconocible como un cuento largo que se debate por convertirse en novela corta. En esta suntuosa edición, cada página par está en blanco y cada página impar reproduce el manuscrito de Nabokov, con su letra vigorosa y su frágil ortografía ("bycyle", "stomack", "surprize" por bicycle, stomach, surprise), más el texto tipográfico (e infestado de corchetes). Me atrevo a decir que es lindo ver de cerca esas fichas mundialmente famosas, pero en realidad hay muy pocas cosas en Laura... que quedan resonando en la mente. "Los sordos ruidos y estallidos de la aurora habían empezado a sobresaltar la fría ciudad brumosa": en esto escuchamos un eco de la música nabokoviana. Y en lo que sigue atisbamos el cómico e intrépido desdén nabokoviano por nuestra "abyecta corporalidad":

Aborrezco mi vientre, ese baúl lleno de tripas que tengo que cargar conmigo, y todo lo relacionado con él... la comida equivocada, la acidez, el peso plomizo de la constipación, o si no la indigestión con una primera cuota de caliente inmundicia que mana de mí en un baño público...

Por lo demás y en general, Laura... se encuentra a mitad de camino entre la larva y la crisálida (por emplear una metáfora lepidopterológica), y muy lejos de su imago final.

Aparte de una celebratoria acogida de interés en la obra, lo único que conseguirá esto, me temo, es una leve exacerbación de algo que ya es un problema infernal. Es infernal, para mí, porque no cedo ante nadie en mi amor por este enorme genio, extraordinariamente inspirador. Y sin embargo, Nabokov, en su decadencia, obliga incluso a su lector más entusiasta a encarnar el tipo de crítico que él mismo más despreciaba: el vulgar piadoso, "el maligno hurón interesado en lo humano", es decir, el filisteo. No hay casi nada en Laura... que califique como un tema (es decir, como un motivo estructural o al menos recurrente). Pero sí advertimos la aparición de un cierto Hubert H. Hubert (un maloliente inglés que se babea sobre la cama de una preadolescente), advertimos a la vampiresa de 24 años con pechos de 12 años ("el guiño de pálidos pezones y formas firmes"), y también advertimos el febril sueño sobre un amor juvenil ("su pequeño trasero, tan terso, tan luz de luna"). En otras palabras, Laura... se une a El hechicero (1939), Lolita (1955), Ada o el ardor (1970), Cosas transparentes (1972) y ¡Mira los arlequines! (1974) porque resulta imposible ignorar que se vincula con la expoliación sexual de chicas muy jóvenes.

Seis obras narrativas: seis obras narrativas, dos o tal vez tres de las cuales son espectaculares obras maestras. Ustedes admitirán, espero, que el problema infernal es al menos nabokoviano en su complejidad y su cualidad de espinoso. Porque ningún ser humano de la historia del mundo ha hecho tantos para recrear la crueldad, la violencia y la funesta sordidez de este crimen particular. El problema, que acaba por ser estético y no del todo moral, tiene que ver con la íntima malicia de la edad.

La palabra que queremos no es el término legal "pedofilia", que de todas maneras se traduce engañosamente como "cariño por los niños". La palabra que queremos es "ninfolepsia", que no significa exactamente lo que uno cree. Significa "frenesí causado por el deseo de lo inalcanzable" y mi Concise Oxford Dictionary la cataloga correctamente como literaria. Como tal, la ninfolepsia es un tema legítimo y de hecho, casi inevitable para este talento tan singular. "El estilo de Nabokov es en realidad amoroso -observó lúcidamente John Updike-, anhela aferrar una diáfana exactitud entre sus brazos velludos." Sin embargo, en la última etapa de Nabokov, la ninfolepsia se derrumba en su etimología: "del griego numpholeptos, ´secuestrado por ninfas´, a la manera de la epilepsia"; "del griego epilepsia, de epilambanein, ´acceso, ataque´".

Imaginada en la Berlín de la década de 1930 (con la voz de Hitler restallando desde los altoparlantes de las terrazas) y escrita en París (post Kristallnacht, al principio de la frenética huida de Europa de Nabokov), El hechicero es un triunfo despiadado, brillante y casi osmóticamente traducido del ruso por Dmitri Nabokov en 1987, 10 años después de la muerte de su padre. Como relato es logísticamente idéntico a la primera mitad de Lolita: el violador se casará -y quizás asesinará- a la madre y después negociará quedarse con la hija. A diferencia de la imponente Charlotte Haze ("la del noble pezón y enorme muslo"), la viuda sin nombre de El hechicero ya es promisoriamente frágil, con su gran cuerpo deformado por la asimetría causada por las hospitalizaciones y el bisturí de los cirujanos. Y es por eso que su pretendiente rechaza con reticencia la idea de envenenarla: "Además, inevitablemente la abrirán, por pura fuerza de la costumbre".

Se lleva a cabo la boda y también la noche de bodas: "... y resultó perfectamente claro que él (pequeño Gulliver)" sería físicamente incapaz de abordar "esas múltiples cavernas" y "la conformación repulsivamente escorada de su pesada pelvis". Pero "en medio de sus discursos de despedida sobre su migraña", las cosas toman un giro inesperado, "de manera que, después del hecho, quedó atónito al descubrir el cadáver de la giganta milagrosamente vencida y miró la faja de muaré que ocultaba casi totalmente la cicatriz de la mujer".

Pronto la madre está verdaderamente muerta y el hechicero queda solo con su chica de 12 años. "El lobo solitario se preparaba para calzarse la gorra de dormir de la abuelita."

En Lolita, Humbert tiene "extenuantes relaciones sexuales" con su nínfula al menos dos veces al día durante dos años. En El hechicero hay un único deleite... no invasivo, voyeurístico, masturbatorio. En la habitación de hotel, la niña está dormida y desnuda: "él empezó a pasar su varita mágica sobre el cuerpo de ella", midiéndola con "una regla encantada". Ella se despierta, ve "su empinada desnudez" y grita. Con su obsesión reducida ahora a una mancha que se enfría en el impermeable con el que acaba de cubrirse, nuestro hechicero sale huyendo a la calle, tratando de librarse, por cualquier medio, de un mundo "ya visto" y "ya no más necesario". Un tranvía aparece a la vista, chirriando, y bajo

esta creciente, sonriente, megarrugiente masa, este cine instantáneo del descuartizamiento... -eso es, arrástrame, desgarra mi flaqueza- viajo aplanado, sobre mi cara abofeteada... no me hagas pedazos... me estás haciendo jirones, ya basta... Gimnasia en zigzag del relámpago, espectrograma de una fracción de segundo de un trueno... y la película de la vida había reventado.

En términos morales El hechicero es cáusticamente directo. Lolita, por contraste, es delicadamente acumulativa, pero en cuanto al juicio de la abominación de Humbert es, sin dudas, mucho más severa. Dejar esto sentado es necesario para alegar solamente dos puntos esenciales. Primero, el destino de su trágica heroína. No se puede esperar que ningún lector desprevenido advierta que Lolita encuentra un fin terrible en la página dos de la novela que lleva su nombre. "La señora de ?Richard F. Schiller? murió en el parto", dice el "editor" en su prólogo, "al dar a luz a una niña muerta... en Gray Star, una población del más remoto noroeste"; y la novela casi está terminando en el momento en que la señora de Richard F. Schiller (es decir, Lo) aparece brevemente. Así advertimos, en un resuello parentético, el tamaño de la apuesta a la grandeza de Nabokov. "Por curioso que parezca, uno no puede leer un libro -anunció en una oportunidad (dando clase)- sólo puede releerlo." Nabokov sabía que Lolita sería releída y releída. Sabía que él mismo acabaría por absorber el destino de Lolita... su niñez robada, su adultez robada. Gray Star (Estrella Gris), escribió, es "la ciudad capital del libro". Los semitonos cambiantes, estrella gris, pálido fuego, humo letárgico: ése es el quid de Nabokov.

El segundo punto fundamental es la descripción de un sueño recurrente que acosa a Humbert después de la fuga de Lolita (huye con Quilty, cínicamente carnal). También es una prueba de que el estilo, la prosa misma, puede controlar la moralidad. ¿Quién querría hacer algo que lo condenara a sueños como éstos?

... ella acosaba mi sueño pero aparecía allí con disfraces extraños y absurdos como Valeria o Charlotte [sus ex esposas], o una mezcla de las dos. Ese fantasma complejo venía a mí, despojándose de sus prendas una tras otra, en una atmósfera de gran melancolía y repugnancia, y se reclinaba en torpe actitud invitante en algún anaquel estrecho o duro sofá, con sus carnes entreabiertas como la válvula de goma de la cámara de una pelota de fútbol. Me encontraba, con la dentadura postiza rota o perdida sin esperanzas, en horribles piezas amuebladas, donde me recibían con tediosas fiestas de vivisección que generalmente terminaban con Charlotte o Valeria llorando entre mis brazos sangrantes y tiernamente besadas por mis labios fraternos en un confuso sueño de baratijas vienesas subastadas, lástima, impotencia y las pelucas marrones de trágicas ancianas que acababan de morir en la cámara de gas.

Esa frase final, con su clara alusión, nos recuerda la dolorosa y tierna vacilación con la que Nabokov escribió sobre el crimen definitivo del siglo. Su padre, el distinguido estadista liberal (a quien Trotsky detestaba), fue asesinado de un balazo en Berlín por un matón fascista y el hermano homosexual de Nabokov, Sergei, fue asesinado en un campo de concentración nazi ("Qué alegría que estés bien, viva, de buen ánimo", le escribió Nabokov a su hermana Elena, desde Estados Unidos a la Unión Soviética, en noviembre de 1945. "Pobre, pobrecito Seriozha...!"). La esposa de Nabokov, Vera, era judía y por lo tanto, también lo era su hijo (nacido en 1934), y es muy probable que si los Nabokov no hubieran logrado huir de Francia cuando lo hicieron (en mayo de 1940, cuando la Wehrmacht se encontraba a unos 100 kilómetros de París), hubieran formado parte de las veintenas de miles de indeseables que Vichy entregó al Reich.

Hasta donde sé, en su obra de ficción Nabokov escribió sobre el Holocausto tan sólo un párrafo... en el incomparable Pnin (1957). Otras referencias, como la de Lolita, son sesgadas.

Tomemos, por ejemplo, esta demostración de genio en una sola oración del cuento de seis páginas, de descabellada inspiración, llamado "Signos y símbolos" (es una descripción de una matriarca judía):

La tía Rosa, una anciana maniática, angulosa, de ojos desorbitados y temerosos, que había vivido en un trémulo mundo de malas noticias, quiebras, accidentes ferroviarios, tumores cancerosos... hasta que los alemanes la mataron junto con todas las personas por las que se había preocupado.

Pnin va más lejos. Durante una fiesta de emigrados en una casa rural estadounidense, una madame Shpolyanski menciona a su prima, Mira, y le pregunta a Timofey Pnin si se ha enterado de su terrible fin. "Por cierto que sí", responde Pnin. El discreto Timofey se queda sentado solo en la penumbra. Y después Nabokov nos da esto:

Lo que la charlatana madame Shpolyanski había mencionado conjuró la imagen de Mira con inusual potencia. Era perturbador. Sólo en el aislamiento de una dolencia incurable, en la cordura de la proximidad de la muerte, uno podía soportar esto un momento. Para poder existir racionalmente, Pnin se había obligado... a no recordar nunca a Mira Belochkin, no porque... la evocación de un romance juvenil, banal y breve, amenazara su paz mental... sino porque, si uno era sincero con uno mismo, no podía esperarse que subsistiera alguna clase de conciencia, y por lo tanto de razón, en un mundo en el que eran posibles cosas como la muerte de Mira. Uno debía olvidar... porque no podía vivir con la idea de que esta graciosa, frágil, tierna joven, con esos ojos, esa sonrisa, esos jardines y esa nieve como fondo, había sido transportada en un vagón de ganado y ejecutada con una inyección de fenol en el corazón, en ese dulce corazón que uno había escuchado latir bajo sus labios en el crepúsculo del pasado.

Cómo resuena este pasaje con la crucial observación de Primo Levi cuando dice que no podemos, no debemos "entender lo ocurrido", porque "entenderlo" sería "incorporarlo". "Lo ocurrido" fue "no-humano" o "contrahumano", y sigue siendo incomprensible para los seres humanos.

Al relacionar el crimen de Humbert Humbert con la Shoah, y con "aquellos a quienes el viento de la muerte ha dispersado" (Paul Celan), Nabokov nos empuja hasta los límites del universo moral. Como El hechicero, Lolita no tiene fisuras, está intacta y entera. El frenesí del deseo inalcanzable es enfrentado y enmarcado, con estupendo coraje e ingenio. Y allí podría haber quedado el asunto. Pero después vino la crisis del autodominio artístico, tumultuosamente anunciado, en 1970, por la aparición de Ada. Cuando un escritor empieza a descarrilarse, uno espera derrapes y vidrios rotos; en el caso de Nabokov, naturalmente, la erupción tiene la escala de un accidente nuclear.

He leído al menos media docena de novelas de Nabokov al menos media docena de veces. Y al menos media docena de veces he intentado leer Ada (o el ardor: una crónica familiar) y fracasado rápidamente. Mi primer intento fue hace unas tres décadas. Lo dejé después del primer capítulo, con una curiosa sensación, una suerte de hormigueo negativo. Más o menos cada cinco años (eso se convirtió en un esquema regular), volvía a intentar leerla, y al cabo de un tiempo empecé a razonar la dificultad: "Pero esto está muerto", me dije. La curiosa sensación, el cosquilleo negativo, me resulta ahora, por supuesto, desdichadamente familiar: es la respuesta del lector a lo que parece ocurrirles a todos los escritores cuando sobrepasan la expectativa de vida consignada por la Biblia. La irradiación, la capacidad de dar vida, empieza a marchitarse. El verano pasado me fui de viaje con Ada y me encerré con el libro. Y tenía razón. Con 600 páginas, que duplican o triplican la categoría usual en la que Nabokov compite, la novela es lo que los detectives de homicidios llaman un "reventón". Es un cadáver arrojado al agua que se encuentra en la etapa de máxima hinchazón.

En 1939, cuando apareció Finnegans Wake, fue recibido con cauteloso respeto... o con "elogios suscitados por el pánico", según palabras de Jorge Luis Borges. Ada cosechó muchos elogios suscitados por el terror y de hecho, las semejanzas entre las dos óperas magnas son profundas. Nabokov designó al Ulises como su novela del siglo, pero describió a Finnegans Wake como, según la oportunidad, "informe y aburrida", "un libro frío como un pescado", "un trágico fracaso" y "un ladrillo espantoso". Ambas novelas procuran hacer una virtud de la autoindulgencia irrestricta; nos dan la espalda, por así decirlo, y se repliegan en sí mismas. El talento literario tiene diversas maneras de morir. Tanto en el caso de Joyce como en el de Nabokov, vemos una decisiva pérdida de interés por el lector... una pérdida del sentimiento de reciprocidad, de la cortesía. Los placeres de escribir, dijo Nabokov, "corresponden exactamente a los placeres de leer", y las dos actividades son en cierto sentido indivisibles. En Ada, ese lazo se afloja y se debilita.

En Nabokov hay cierta debilidad por lo "patricio", tal como lo denominó Saul Bellow (Nabokov el émigré clásico, Bellow el clásico inmigrante). En las novelas puramente "rusas" del primero (me refiero a las novelas escritos en ruso que no tradujo el propio Nabokov), los personajes masculinos, en particular, tienen una tendencia a magnificarse a sí mismos: son más grandes y más audibles que la vida. No caminan, sino que "marchan" o "dan grandes zancadas"; no comen ni beben, sino que "mastican" y "trasiegan"; no se ríen, sino que "rugen de risa". Están muy lejos de ser los furtivos y vacilantes neurasténicos típicos de la corriente principal de la narrativa anglófona: son musculosos (y dotados) galanes, que ganan todas las peleas y enamoran a todas las chicas. Para ellos, el orgullo no es un pecado capital sino una virtud cardinal. Por supuesto, no podemos prescindir de esta vena de Nabokov: nos da, en otras obras, su magnífica prepotencia cómica. En Lolita, se pretende que esta soberbia cualidad sea divertida, en otras obras, es un rasgo que la ironía no alcanza a proteger.

En Ada el nabobismo (cualidad referida a cualquier hombre importante, influyente o adinerado, un "pez gordo"; nabob es un europeo que hizo fortuna en las colonias, especialmente en India) se combina desastrosamente con una ninfolepsia que es pródiga y monótonamente satisfecha sin mayores problemas. Al principio de la novela, la propia Ada tiene 12 años y Van Veen, su primo (y medio hermano), tiene 14. Cuando Ada crece, en la adolescencia, su hermanita Lucette también está a mano para animar las "vigorosas citas" de ambos. Encima de todo eso, fluye una casi fantasía sobre una cadena internacional de burdeles de elite donde niñas jóvenes, de hasta 11 años, pueden ser "mimadas y mancilladas". Y el padre de Van, de 60 años, (de manera casual, pero típica) tiene una amante que apenas llega a los dos dígitos: tiene 10 años. Este libro interminable está escrito en una prosa densa, erudita, aliterativa, llena de juegos de palabras, que satura; y cada personaje, sin excepción, suena como el difunto Henry James.

Al igual que Finnegans Wake, Ada probablemente "funcione" y "esté a la altura": el decodificador multilingüe, si le dedica tiempo suficiente y no tiene nada mejor que hacer, podría llegar a desenmarañar sus complejos sistemas y simetrías, sus solitarios y engorrosos laberintos, y sus nostalgias pegajosas. Sin embargo, lo que ambas novelas indican claramente es que carecen de cualquier atisbo de tracción narrativa: patinan y se desbarrancan, simplemente no pueden seguir el camino. Y además, en el caso de Ada, hay algo totalmente ajeno, una sensación de monstruosa autorización, de señorío irrestricto y delirante. Moralmente, ése es el mundo que anhelaba el tortuoso Humbert: un mundo en el que "nada importa" y "todo está permitido".

Esto nos lleva a Cosas transparentes (novela a la que incómodamente volveremos) y ¡Mira los arlequines!, así como los más o menos insignificantes volúmenes que estamos revisando. "LATH!" (Look At The Harlequins!), como la llamaba el autor, así como llamaba "TOOL" a The Original of Laura, es el canto de cisne de Nabokov. Tiene algunos estruendos maravillosos y destellos de colores sobrenaturales, pero es duro de oído y de visión reumática; y el tema de la niñita es ahora apenas algo más que un logo... parte del mobiliario de Nabokov, como los espejos, los dobles, el ajedrez, las mariposas. Hay una visita a un motel llamado Lolita Lodge, hay una breve imitación de Dumbert Dumbert. Más centralmente, el narrador, Vadim Vadimovich, se encuentra repentina y solitariamente a cargo de su hija a quien ha visto raramente, Bel, quien, inexorablemente tiene 12 años.

Ahora bien, ¿dónde nos lleva este hilo?

Todavía estaba delirantemente feliz, sin ver aún nada malo o peligroso, o absurdo o directamente anormal, en la relación entre mi hija y yo. Salvo por unos pocos e insignificantes errores -unas pocas gotas calientes de ternura rebalsada, un jadeo disfrazado por la tos y cosas por el estilo-, mi relación con ella siguió siendo esencialmente inocente.

Bien, la deprimente respuesta es que este hilo narrativo no nos lleva a ninguna parte. La única repercusión, temática o no, es que Vadim termina casándose con una de las condiscípulas de Bel, 43 años menor que él. Y eso es todo.

Entre la histérica Ada y la tambaleante ¡Mira los arlequines! llega la siniestra y bellamente melancólica novela breve Cosas transparentes: la redención de Nabokov. Nuestro héroe, Hugh Person, un editor estadounidense que no se graduó en la universidad, es un adorable inadaptado y perdedor sexual, como Timofey Pnin (Pnin cena regularmente en un restaurante llamado El huevo y nosotros, que frecuenta exclusivamente por "simpatía con el fracaso"). Cuatro visitas a Suiza proporcionan los pilares de esta experta narrativa breve, mientras Hugh corteja tímidamente a una coqueta exasperante, Armande, y también vigila a un envejecido, corpulento, decadente y adusto novelista erudito llamado "Mr. R".

Se dice que Mr. R. ha seducido a su hijastra (una amiga de Armande) cuando era pequeña, o en cualquier caso, menor de edad. Así, el tema ninfoléptico planea sobre el relato y está reforzado, en una escena extraordinaria, por la revelación de los anhelos latentes de Hugh. Un inepto penoso, con una libido traicionera (falta de erección y eyaculaciones precoces caracterizan su "mediocre potencia"), Hugh va de visita a la residencia de Armande y la madre de ella lo distrae, mientras espera, con algunas fotos familiares. Se topa con una foto de Armande desnuda, a los 10 años:

El visitante construyó una pila de álbums para ocultar la llama de su interés... y volvió varias veces a las fotos de la pequeña Armande en el baño, apretando contra su reluciente estómago un juguete probóscide de goma, o de pie, mostrando los hoyuelos del trasero, para que la enjabonaran. Otra revelación de suavidad impúber (su línea media apenas discernible de las brizna de hierba menos vertical que la flanqueaba) fue proporcionada por una foto en la que ella aparecía sentada en cueros sobre el césped, peinándose su cabello desteñido por el sol y abriendo ampliamente, en falso perspectiva, las adorables piernas de una giganta.

Escuchó en la planta alta el ruido de la descarga de un inodoro y con una mueca culpable cerró de un manotazo el gordo álbum. Su retráctil corazón se retiró de mala gana, sus latidos se aquietaron...

Al principio este fragmento parece escandalosamente anómalo. Pero luego recordamos que los pensamientos inconscientes de Hugh, sus sueños, sus insomnios ("la noche es siempre un gigante") están saturados de temores inexpresables:

No podía creer que las personas decentes tuvieran esa clase de pesadillas obscenas y absurdas que destruían sus noches y persistían como un temblor durante el día. Ni los relatos de malos sueños que le contaban sus amigos, ni los relatos de los casos de los libros freudianos sobre los sueños, con sus hilarantes interpretaciones, presentaban nada semejante a la compleja inmundicia de su experiencia de casi todas las noches.

Hugh se casa con Armande y después, años más tarde, la estrangula mientras está dormido. De manera que es posible que Nabokov identifique el impulso pedófilo con una incitación a la violencia y a la autoaniquilación. La agitación subliminal de Hugh Person produce una venganza terrible, en su decurso patético y en aislamiento (la cárcel, el manicomio), y exige la purgación final: se quema hasta morir en uno de los incendios más deslumbrantes de toda la literatura. El hotel en llamas:

Ahora las llamas subían por la escalera, en pares, en tríos, en fila de pieles rojas, de la mano, lengua tras lengua, conversando y canturreando alegremente. No fue, sin embargo, el calor de su crepitación, sino el acre humo oscuro lo que hizo que Person volviera a entrar en su habitación; perdóname, dijo una cortés llamita que mantuvo abierta la puerta que él pugnaba vanamente por cerrar. La ventana se golpeó con tal fuerza que sus vidrios se astillaron en un torrente de rubíes... Finalmente la sofocación lo hizo intentar salir para bajar escalando la pared, pero no había cornisas ni balcones de ese lado de la casa ardiente. Cuando llegó a la ventana, una larga llama rematada por una punta de color lavanda danzó ante él para detenerlo con un gracioso gesto de su mano enguantada. Los tabiques divisorios de yeso y madera, al derrumbarse, permitieron que los gritos humanos llegaran hasta él, y una de sus últimas ideas equivocadas fue que eran los gritos de las personas ansiosas de ayudarlo y no los alaridos de sus compañeros de infortunio.

Por sí solas, El hechicero, Lolita y Cosas transparentes podrían haber constituido una luminosa y desconcertante trilogía. Pero no quedaron solas; por el puro peso numérico, por la pura repetición, las novelas sobre la ninfolepsia empiezan a contagiarse entre sí... sufren de contaminación cruzada. Con gratitud tomamos de ellas todo lo que podemos, pero... ¿En qué otro lugar del canon encontramos una fijación tan rebelde? ¿En la espantosa comezón de Lawrence, tal vez, o en las turbias transposiciones sexuales de Proust? No, uno debe aventurarse hasta los márgenes de la literatura -Lewis Carroll, William Burroughs, el marqués de Sade- para encontrar un énfasis equivalente: un énfasis puesto sobre actividades que correcta y eternamente consideramos imperdonables.

En la ficción, por supuesto, nadie sufre daño alguno; la falla, como dije, no es moral sino estética. Y no pretendo insinuar nada al señalar que la obsesión de Nabokov con las nínfulas tiene un paralelo: la repetitiva indiscreción de su obsesión con Freud ("el vulgar mundo, raído, fundamentalmente medieval" del "charlatán de Viena", con "sus resentidos embrioncitos espiando, desde sus recovecos naturales, la vida amorosa de sus padres"). Nabokov atesoraba la anarquía de la vida interior y Freud es vilipendiado porque procuró sistematizarla. ¿Hay algo de rivalidad en este odio? Bueno, a fin de cuentas es Nabokov, y no Freud, quien emerge como nuestro poeta supremo de los sueños (junto con Kafka) y como nuestro supremo poeta de la locura. Pero persiste un reparo producto del sentido común, pese a toda nuestra imparcialidad literaria y crítica: a los escritores les gusta escribir sobre las cosas en las que les gusta pensar. Y, para decirlo de la manera más dura, la mente de Nabokov, durante la última etapa de su vida, no honró suficientemente la inocencia -no honró suficientemente el honor- de las chicas de 12 años. En las tres novelas que acabamos de mencionar defiende con prepotencia su énfasis; en Ada (ese derroche incontinente), en ¡Mira los arlequines! y ahora en The Original of Laura, no lo defiende. Eso deja una leve pero visible cicatriz sobre el leviatán de su obra.

"Bien, soyons raisonnable", dice Quilty, mirando fijo el caño del revólver de Humbert. "Sólo me infligirá una horrible herida y después se pudrirá en la cárcel mientras yo me recupero en algún lugar tropical." Muy bien, seamos razonables. En su libro sobre Updike, Nicholson Baker alude a un orden de logro literario que denomina "Prousto-Nabokoviano". Sí, Prousto-Nabokoviano o Joyceo-Borgeano o, para los estadounidenses, Jameso-Belloviano. Y es en el estamento más alto donde Vladimir Nabokov ocupa tranquilamente su lugar.

Lolita, Pnin, Desesperación (traducida por el autor al inglés en 1966), y cuatro o cinco cuentos son inmortales. Rey, dama, valet (1928, 1968), Risa en la oscuridad (1932, 1936), El hechicero, El ojo (1930), Barra siniestra (1947), Pálido fuego (1962) y Cosas transparentes son libros ferozmente logrados; y Mashenka (1925), su primera novela, es una pequeña belleza.

Curso de literatura europea (1980), Curso de literatura rusa (1981) y Curso sobre el Quijote (1983), junto con Opiniones contundentes (1973) constituyen un brillante registro de un preeminente artista-crítico. Y las Selected Letters (1989), la correspondencia Nabokov-Wilson (1979) y ese fuego fatuo que es su autobiografía, Habla, memoria (1967) nos ofrecen un retrato en cuatro dimensiones de un hombre encantador y honorable. El vicio que Nabokov denostaba con mayor frecuencia era la "crueldad". Y su naturaleza amable queda claramente plasmada en la amorosa atención con la que escribe, en su ficción, sobre los animales. En un minuto se me ocurre nombrar el gato de Rey, dama, valet (que se lava con una pata trasera levantada como un garrote al hombro), los encantadores perros y monos de Lolita, la ardilla de cola oscura y la inolvidable hormiga de Pnin, y el murciélago enfermo de Pálido fuego... que se arrastra como "un inválido con un paraguas roto".

Le dicen "chispa"... un destello, un brillo, un centelleo. La esencia nabokoviana es una inestabilidad milagrosamente fértil, en la que sin advertencia las palabras se distancian de lo cotidiano y se alejan como centellas en el cielo de la noche, iluminando ocultas verstas de deseo y terror. De Lolita, cuando empieza la aciaga cohabitación (nous connûmes, un matiz flaubertiano, significa "llegamos a conocer"):

Nous connûmes los diversos tipos de conserjes de moteles, el criminal reformado, el maestro retirado, el empresario fracasado, entre los hombres; y las variantes maternal, dama y madama entre las mujeres. Y a veces los trenes pitaban en la noche monstruosamente calurosa y húmeda con un desgarrador y ominoso sonido plañidero, que mezclaba el poder y la histeria en un único aullido desesperado.

© MARTIN AMIS, 2009

Traducción: Mirta Rosenberg

fuente:adnCultura.com