La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó -sin que él lo supiera- en el verano austral de ese año en que tuvo 16, cuando su padre, Pedro Piglia, médico, peronista, perseguido y encarcelado en tiempos de antiperonismo furibundo en la Argentina, decidió que era más seguro abandonar la casa donde habían vivido siempre en Adrogué, un suburbio de la ciudad de Buenos Aires, y mudarse a un sitio donde pudieran inventarse un pasado u omitir, al menos, las partes difíciles. En esos años los kilómetros establecían también una distancia temporal, y los cuatrocientos que separaban a Buenos Aires de una ciudad de la costa atlántica llamada Mar del Plata parecían suficientes. De modo que en menos de un mes los integrantes de la familia Piglia -Pedro Piglia, Aída Renzi y sus dos hijos, Ricardo Emilio y Carlos- desmantelaron todo para empezar la vida en otra parte. El efecto colateral para uno de todos esos integrantes fue tan bueno como devastador: Ricardo, ese chico que apenas si cumplía con el colegio porque prefería frecuentar billares, bailes y partidos de fútbol, se quedó, de un día para otro, sin amigos, sin barrio, sin primos: sin mundo. Así, en una de las tardes de ese tiempo de yeso, en alguna de las habitaciones de la casa ya vacía, empezó a escribir, como defensa y como ataque, un diario -"3 de marzo de 1957: (Nos vamos pasado mañana.)"- y ese no fue el comienzo pero sí la huella primigenia de su vida como escritor.
Años más tarde, a fines de los sesenta, Ricardo Piglia viajó a Turín, la ciudad donde se suicidó Cesare Pavese, y descubrió que, después de anotar aquella línea final en su diario ("Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más"), Pavese había permanecido vivo una semana más. "El Diario terminaba ahí -escribiría Piglia en su cuento 'Un pez en el hielo' incluido en La invasión (Anagrama, 2006)-. Todo estaba decidido. Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse (...) Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo. Cuánto tiempo puede sobrevivir, inmóvil, el pez en el hielo. Los ojos atentos a la blancura transparente; la inmovilidad total". Piglia es, hoy, uno de los escritores más prestigiosos de Latinoamérica, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, autor de tres libros de relatos, cinco de ensayos, una nouvelle y tres novelas, sin contar la esperadísima Blanco nocturno, que Anagrama publica en España, Chile, México y Argentina. Y todo eso es producto de muchas cosas -de las lecturas, de los amigos, de los bares, del cine, de las mujeres y hasta de sus gafas redondas y sus sacos de lana y su manera de achicar los ojos y adelantar el mentón o acercarlo al pecho cuando habla-, pero es también -¿quizás, seguramente?- producto de la espera fúnebre de aquellas semanas de 1957 en las que contempló todo desde la cáscara helada de su destino inevitable, cuando fue el pez en el hielo, haciendo las cosas como si las hiciera por última vez.
-Compré uvas. Están ricas. Servite.
El departamento no es la casa sino el estudio de Ricardo Piglia, un piso diez en Barrio Norte. Hay, sobre una mesa de madera, un plato de vidrio, vasos con agua, uvas. Son las dos y cuarto de la tarde. Piglia está sentado, de espaldas a una ventana detrás de la que crece un edificio que, probablemente, le quitará a esta sala algo de luz, o de privacidad, o de ambas cosas. Promedia, en Buenos Aires, el mes de agosto.
-Yo tengo una sensación muy fuerte de esos días, desde el momento en que tenemos la noticia de que nos vamos. El desarraigo fue terrible. Lo viví mal. Era muy fúnebre la situación.
El 5 de marzo de 1957 Ricardo Piglia, 16 años, trepó al camión de la mudanza e hizo el viaje hasta Mar del Plata sentado en un canasto de mimbre. "Viví ese viaje", escribiría, años después, en Prisión perpetua (Anagrama, 2007), "como un destierro (
...) no podía concebir que se pudiera vivir en otro lado y de hecho después no me ha importado nunca el lugar donde he vivido".
-Pero fue muy bueno irme. En Mar del Plata empecé a escribir mis primeros cuentos. Iba a un club donde había un bar que estaba abierto toda la noche, y al que iban los periodistas, la gente de la radio, del cineclub.
El club, curiosamente, se llamaba Ambos Mundos -hay hectáreas de estudios académicos y tesis que versan sobre la idea de la dualidad en la obra de Piglia- y allí aprendió (casi) todo gracias a un gringo que, como él, no tenía pasado. Se llamaba Steve Ratliff y fue quien le habló, por primera vez, de William Faulkner, de Henry James, de Scott Fitzgerald.
-Yo ya leía, pero sin método. Había tenido una noviecita en Adrogué. El padre era de familia de anarquistas, leían mucho. Y me acuerdo de la escena. Íbamos caminando, había un muro alto, y ella me dijo: "¿Estás leyendo algo?". Y yo había visto, en la vidriera de una librería, La peste, de Camus. Y le dije: "Sí. La peste, de Camus". Y me dijo: "Prestameló". Entonces compré el libro... me da vergüenza contar esto... pero compré el libro, lo leí esa noche, lo arrugué un poco para que pareciera más usado, y se lo llevé al día siguiente. Y ahí empecé a leer.
-Empezaste a leer por las mujeres.
-Claro. Ese es el sentido. Ahora siempre estoy arrugando un libro para no prestarlo tan flamante.
Después de trabajar un verano como cartero ("Mi padre, con una especie de mecanismo peronista, pensando que el trabajo hace bien, insistió en que tenía que trabajar. Y ahí andaba yo, repartiendo cartas. Duré un mes y medio") emprendió el viaje hacia la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de la capital argentina, no para transformarse en escritor sino para estudiar historia. Terminó la carrera en cinco años y, durante todo ese tiempo, publicó ensayos y cuentos en revistas. En 1965 se mudó a Buenos Aires, donde un editor colosal de entonces, Jorge Álvarez, le ofreció trabajo como director de una colección de libros, clásicos y policiales.
-Editaba, escribía. Me las arreglaba. Cada tanto tenía que ir al banco de empeño. Llevaba una máquina de fotos y después conseguía la plata para rescatarla. Pero era una época en que había posibilidad de publicar. Nos reuníamos en los bares. Éramos los melancólicos floggers de la época, que iban ahí a hablar de Faulkner. Y de chicas.
En 1967 publicó su primer libro, La invasión, diez cuentos con temas, escenarios y personajes que atravesarían, después, toda su obra: la ficción histórica, el peronismo, el periodismo, el amor homosexual entre hombres bravos, las mujeres lesivas y, claro, la traición, presente -con diversos grados de toxicidad- en relatos como La honda, Mata-Hari 55, Las actas del juicio, Mi amigo.
-Lo que me atrae narrativamente de eso es la nueva luz que tira el momento de la traición. Vos estás viendo las cosas del color tal, y de pronto cambia y se convierte en otra cosa. La traición produce ese momento que es como un flash, sobre quiénes son los buenos, quiénes son aquellos en quienes se podía confiar.
En el relato que da título al libro aparece, por primera vez, Emilio Renzi, periodista y aspirante a escritor que funciona como su álter ego y que aparecerá en muchos relatos y en casi todas sus novelas. En 1975 publicó un libro de cuentos, Nombre falso. Un año más tarde comenzó en la Argentina la dictadura militar que terminaría en 1982 y Piglia escribió Respiración artificial, una novela que lo cambiaría todo.
En los ensayos de El último lector (Anagrama, 2005), Piglia reproduce una carta de Kafka: "Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo". Piglia se refiere a ese pasaje como "la más extraordinaria descripción que se pueda imaginar de las condiciones de una escritura perfecta".
-Respiración artificial la escribí aislado, en un departamento que daba sobre el Congreso. Los militares habían inventado un comité asesor, no sé qué. Ahí estaban, esos canallas. Y mi ventana daba justo ahí.
En la novela, que se publicó en 1980, Emilio Renzi investiga la historia de Enrique Ossorio -espía, secretario privado de Juan Manuel de Rosas- y para eso debe dar primero con la historia de su propio tío, Marcelo Maggi. El libro produjo un efecto inmediato. Todos vieron subterráneas alusiones a la dictadura, que se multiplicaron en el espíritu de los lectores asfixiados de la época, y Piglia devino un autor fundamental.
-El libro sintonizó con algo. De una manera completamente ajena, porque yo no tenía ninguna intención de decir: "Voy a escribir un libro sobre la dictadura". Yo, en realidad, quería escribir la historia de un tío mío.
En 1986 publicó los ensayos de Crítica y ficción. En 1988, la nouvelle Prisión perpetua. En 1992, la novela La ciudad ausente. En 1993, los ensayos de La Argentina en pedazos. En 1995, los relatos de Cuentos morales. En 1997, la novela Plata quemada, en medio de cierto escándalo (fue ganadora del Premio Planeta-Argentina, pero uno de los finalistas inició un juicio cuyo fallo sentenció que Piglia, "o más específicamente su obra, no debió postularse para la obtención del premio", pues "se encontraba vinculado contractualmente con la editora"). Le siguieron los ensayos de Formas breves en 1999, Diccionario de la novela de Macedonio Fernández, en 2000, y El último lector en 2005. De modo que, desde Plata quemada, Piglia no había vuelto a publicar una novela. Hasta ahora.
Blanco nocturno fue mencionada por Piglia a lo largo de la última década en diversas entrevistas en las que, además de coquetear con la idea de dar a conocer el Diario que comenzó a escribir aquella tarde de 1957 y que no ha abandonado desde entonces, hacía referencia a esa novela que, decía a veces, transcurría en 1982, el año de la guerra de Malvinas o, decía otras, contaba la historia de Emilio Renzi que, sumido en una crisis y encerrado en una casa de Adrogué, releía sus diarios mientras iniciaba una relación con su vecina. Pero Blanco nocturno no es nada de todo eso sino la historia de un hombre y su familia, y no transcurre en 1982 sino en 1972, y su escenario no es el confín gélido del mundo sino un pueblo de la llanura bonaerense con madrugadas luminosas y tardes serenas: "La última luz de la tarde de marzo entraba cortada por las rejas de la ventana y afuera el campo tendido se disolvía, como si fuera de agua, en el atardecer".
-Nunca fue una novela sobre la guerra de Malvinas.
-Sí, no, mirá, mi idea era que la novela sucediera durante la guerra, pero que la guerra no tuviera peso. Y eso lo modifiqué, también. No me lleva tanto tiempo escribir las novelas. Si cuento todo el tiempo serán dos años. Pero la anécdota va cambiando mucho. Y yo, en realidad, quería escribir la historia de mi primo.
Blanco nocturno comienza con Tony Durán, un mulato nacido en Puerto Rico, que llega al pueblo tras los pasos de las gemelas Sofía y Ada Belladona a quienes ha conocido en un viaje por Estados Unidos. Durán se hospeda en un hotel, entabla una relación ambigua con otro extranjero, el japonés Yoshio, y desde entonces vive apenas tres meses y cuatro días más, porque lo matan. Entonces entran en escena el comisario Croce -con más intuición que método, en las antípodas de los detectives racionales del género policial- y Emilio Renzi, que llega como enviado del diario El Mundo para informar sobre el caso y queda prendado de una de las gemelas, Sofía, que, además de contarle la historia del pueblo en largas conversaciones envueltas en un clima muy Gatsby, lo pone al tanto de la historia disfuncional de su familia y de la de su hermano Luca, el personaje en torno al cual gira la novela, un hombre dispuesto a todo con tal de no perder la fábrica de autos que es su obsesión y su vida, y que termina conectado, de manera terrible, con la muerte de Durán.
-En realidad, Luca es mi primo. Él tenía una fábrica, y tuvo una crisis porque las cosas iban mal y su hermano pensó que lo mejor era tener una sociedad anónima. Un día Luca se encontró la fábrica en manos de desconocidos, y le dio una especie de ataque. Empezó a escribir sus sueños en las paredes de la fábrica. Encontró un libro de Jung, como en la novela, y ese libro le dio contenido a su delirio, que consistía en que él podía percibir lo que estaba por pasar si era capaz de leer sus sueños. Yo lo quería muchísimo. Murió hace dos años. Poco antes fui a verlo, hicimos un vídeo, fotos. En un momento pensé que iba a poner esas fotos en la novela, pero decidí que no. Yo quería contar esa historia, pero no como una historia familiar. Quería un tono más épico. Entonces aparecieron el portorriqueño, el crimen, las gemelas.
El portorriqueño, el crimen y las gemelas se entrelazan con la historia de Luca, atrincherado en su fábrica, y la novela, bañada de luces -la luz ambarina que tiñe los encuentros entre Sofía y Renzi; la luz amenazante y cegadora de la fábrica; la luz fantasmal que baña las conversaciones entre Renzi y Croce cuando el comisario pasa una temporada en el manicomio-, se entrelaza, a su vez, con las 42 notas al pie (que incluyen chistes malos -como la número 40, que reproduce un chiste clásico entre dos gauchos-, aclaraciones arbitrarias -como la número 38, que segura que cada vez que Sofía se tendía al sol las gallinas trataban de picotearle las pecas- y la única referencia a la guerra de Malvinas en sus casi 300 páginas) que arman un relato paralelo, autónomo.
-Lo que hice fue ir escribiéndolas aparte. Después elegí algunas arbitrariamente, jugando con la nota al pie como un relato que tiene cierta autonomía.
Pero, dice Piglia, la novela no es una novela policial -aunque tiene un comisario-, ni una novela familiar -aunque tiene una familia-, ni una novela campestre -aunque transcurre en el campo-. En la página 142, en la exacta mitad, el comisario Croce le dice a Renzi que le interesa mostrar que las cosas que parecen lo mismo son, en realidad, diferentes. Y, para eso, dibuja un pato que, si se mira de otra forma, es un conejo. Allí está, según Piglia, el núcleo de todo.
-El pato no lo dibujé yo. Lo hizo el primo de mi mujer que es pintor. Ese es el nudo de la novela. Hay un elemento endogámico en un pueblo, de expulsión de cualquier forastero que no tenga similitud con el universo en que se mueve. Me interesó eso, el juego de parecerse a algo. Qué es ser parecido. Qué quiere decir. Eso, y las falsas percepciones.
Las gemelas parecidas; los inocentes falsos; la luz de la traición que lo transforma todo; el apellido Belladona que refiere, entre otras cosas (¿a una conocida actriz porno, extrema?), a una planta de mitología inquietante que produce, en realidad, midriasis, una dilatación de las pupilas que genera un cambio en las percepciones de la luz.
-Pequeñas distorsiones en la percepción. Eso era el nudo secreto de la novela.
En una de las habitaciones de este apartamento hay cajas y, en las cajas, cuadernos de la marca Congreso con tapas de hule negro, los únicos que Piglia usa para escribir el Diario que empezó aquella tarde de marzo de 1957 y en el que ha volcado, desde entonces, 53 años de escritura permanente. Excepto por algunos fragmentos reproducidos en Prisión perpetua, y por un destello publicado en el número 10 de la revista Dossier que edita la Universidad Diego Portales, de Chile, no se conoce nada del contenido de esta obra de más de medio siglo.
-Yo creo que lo voy a publicar. No dejarlo como libro póstumo, ¿no? En un momento pensé que sería bueno publicarlo bajo la forma de series. La serie de los encuentros en los bares, la serie de las cenas con amigos.
En el Diario, la escritura manuscrita alterna palabras bien dibujadas con otras un tanto rotas. Piglia usa tinta azul, o al menos la usó a veces. Entre las páginas amarillas guarda -¿guardaba?- papeles con anotaciones: cuentas, garabatos, listas de tareas pendientes de las que empiezan con frases como ir a tal parte o comprar tal cosa. Los cuadernos de tapas de hule negro marca Congreso se consiguen en una sola librería de Buenos Aires, en el barrio de La Boca.
-¿Y cuando se terminen los cuadernos en esa librería?
-Imaginate. Cuando se terminen no escribo más. Pero no el diario: nada más. Sería buenísimo, ¿no? Se terminan los cuadernos y se termina todo.
6.9.10
Delator de realidades
26.8.10
Aparente levedad
Se cumplen ahora ciento cincuenta años de la muerte de Chéjov, quien renovó, como todos sabemos, el arte del relato, y volveremos a leer una y mil veces, ya lo verán, que éste ha de ser por fuerza corto, intangible, acuarelado y, en particular, desprendido de cualquier tentación argumental.
El argumento supone, junto al costumbrismo, algo así como la bicha negra para los partidarios a ultranza del ruso -no para el autor de La cerilla sueca o La dama del perrito, que conste-: un peligro situado al borde de lo aceptable, con grave riesgo de caer en la pura grosería creativa.
Olvidan los tales que, desde que el mundo es mundo, los cuentos han implicado una sucesión de incidentes más o menos maravillosos, ejemplares, dramáticos, divertidos o aterradores. Si alguien abría la boca era, en principio, para dejarnos atónitos con su relato. El hecho de que a finales del XIX un médico tuberculoso irrumpiera en la escena literaria con historias que, con frecuencia, contradecían tales prácticas no ha de llevarnos necesariamente a la conclusión de que hoy en día no quepa volver a contar peripecias inesperadas o aventuras del otro jueves.
Hace muy poco, un libro repasaba los relatos incluidos en las novelas más célebres de nuestro Siglo de Oro, con Cervantes a la cabeza. ¿Debemos considerar que El curioso impertinente es un trabajo superado, obsoleto o, siguiendo la jerga establecida, "autoralmente" incorrecto?
Es cierto que los hermanos listos de Chéjov -Mansfield, Woolf, Cheever, Carver, y hasta, en cierta medida, el propio Joyce o Salinger- se apoyaron en las recetas del célebre galeno para volar luego por su cuenta y riesgo. Pero, con ser mucho el peso de tanto nombre ilustre, no basta para seguir a ciegas las prácticas del maestro. En particular si pensamos que, bien mirado, su aparente levedad no se apoya principalmente, según proponía él, en un proceso incansable de lima y depuración -menos es más, etcétera-, sino también, y sobre todo, en centrar el relato en la situación en que se encuentran los personajes más que en las consecuencias a que ésta pueda dar lugar con su desarrollo.
Frente a cuanto podamos pensar, las circunstancias suelen resultar bastante más amplias, espesas y aun barrocas. La situación engloba un puñado de salidas de las cuales el autor sólo utilizará dos o tres a todo tirar. Mantener abierta la puerta para que el lector escoja, o aventure a su antojo en qué han de acabar la nostalgia, el miedo, los recuerdos turbadores o el estado anímico de un hombre o de una mujer, no presuponen un proceso de destilación sino todo lo contrario: el despliegue de un rico muestrario donde el lector sea libre de elegir a pleno gusto. Conozcamos los anhelos secretos o inciertos de alguien, y lo demás se nos dará por añadidura.
Con todos los respetos para el genio al que con entera justicia homenajeamos ahora, su postura literaria no era tan leve ni sencilla. De lo contrario, Stendhal y su epígono Baroja, campeones de la acción por la acción, quedarían ante nuestros ojos como escritores atropellados. Y no estamos por la labor.
Por otra parte, tampoco hay que darle más vueltas al asunto. El propio Chéjov confesaría a su colega Scheglow: "En los cuentos cortos es mejor decir menos que contar mucho porque
... porque... ¡no sé por qué!" (en carta fechada en Moscú el 22 de enero de 1888).
José Luis Borau (Zaragoza, 1929) es director de cine, guionista y autor del libro Palabra de cine (Península). Su último libro de relatos es Cuentos de Culver City (Pre-Textos).
7.8.10
Ricardo Piglia: La épica de la novela policial
Un ménage à trois, una fábrica en ruinas, un asesinato y un policía loco puesto a resolverlo son algunos ingredientes de "Blanco nocturno", la primera novela en 13 años del autor de "Plata quemada". Aquí, habla del sentido de la experiencia, de literatura argentina y de por qué "todos somos sospechosos de demencia"
"¿Ahí va bien?", pregunta el hombre asomado al ojo de buey que mira diluviar sobre Buenos Aires desde un cuarto piso del microcentro. Clic clic, contesta el fotógrafo en señal de aprobación. Las imágenes se toman sólo con la luz escueta que la tormenta filtra por las ventanas, una semi penumbra homenaje al título de su nuevo libro, Blanco nocturno, y Ricardo Piglia –profesor de literatura latinoamericana en Princeton University y escritor argentino devenido en clásico desde Respiración artificial, su primera novela–, al principio dirá que no quiere verlas ("si las miro no me gustan") y después se entusiasmará como un chico con el resultado, ante el espejo imantado de la cámara digital ("¡buenísimo!").
El libro, editado por Anagrama (que publica a Piglia en España desde 2000, con éxito fenomenal de crítica), comienza a distribuirse esta semana en la Argentina. Es la primera novela que el autor de Formas breves publica desde Plata quemada
Ese triángulo erótico aceitará los engranajes del chisme y servirá de "motor" para contar el resto de la historia familiar que incluye un abuelo coronel, dos hermanos varones, Lucio y Luca, dueños de una fábrica en ruinas y tatuados por la tragedia, un padre ovillado en una silla de ruedas y abandonado por dos mujeres –la primera huyó con un director de teatro; la segunda se ha encerrado a leer de matiné a trasnoche–, y las versiones aumentadas y corregidas de sus andanzas, relatadas por los parroquianos en el Club Social o en el almacén de Madariaga. Los Belladona atraerán la atención de los medios nacionales cuando Durán es asesinado y la investigación queda en manos del comisario Croce, pesquisa a juicio de muchos "un poco tocado".
"Novela de personajes", según él mismo la define, Piglia recupera en Blanco nocturno a Emilio Renzi, que lo acompaña desde sus primeros cuentos en La invasión (1967), quien llega al pueblo enviado como cronista de El Mundo y que para ratificar su fetichismo por las pelirrojas cae "enamoradísimo" de Sofía: "Renzi como personaje es cada vez más arcaico y eso me divierte. Está armado en un tipo de cultura que lo hace interesante: todo lo relaciona con la literatura", apunta el autor. Como para acentuar el tono de la tarde, Piglia pide un vaso de agua antes de ponernos a conversar en uno de los salones de la editorial, rodeados de ejemplares de la novela: 299 páginas que pueden leerse simultáneamente, como la investigación de un crimen, como una historia de amor imposible, como una reflexión sobre la verdad y la imposibilidad de conocerla del todo o como la tragedia de un hombre, Luca, que quiso salvar un sueño y descubrió el precio agrio de hacerlo a costa de los propios principios.
-Sus ficciones nunca esconden cierto origen autobiográfico. ¿"Blanco nocturno" cumple con ese rito?
-Sí, es parte de la historia de la familia de mi padre. Mi abuelo efectivamente fue a la guerra, y estuvo a cargo de una estación de ferrocarril en un pueblo que se construyó alrededor de ella. Uno de mis primos, que yo conocí de chico y que me hacía unos juguetes mecánicos maravillosos, tuvo una fábrica que vivió una serie de tragedias. Es extraordinario cuando uno ve a alguien que tiene una idea, que por momentos parece una idea artística, pero que también puede leerse como una obsesión. La novela se construye a partir de ese personaje, Luca, importante para mí, en el sentido de que tiene una historia casi épica. Y luego empiezan a tejerse las tramas que giran alrededor de un pueblo, que jamás se menciona, pero que tiene mucho del recuerdo de mis veranos de infancia en Bolívar. Una historia que uno también puede considerar muy argentina: gente que ha perseguido cierto tipo de ideales que el contraste con la realidad elabora de distintas maneras.
- Entró y salió muchas veces de esta novela, ¿qué le hizo sentir que era hora de contarla?
- En general trabajo así. Escribo un primer borrador y después dejo que decante, trato de que vaya desarrollando su propia lógica. Busco que cada libro no se parezca a los anteriores. Eso tampoco es una virtud. Hay escritores que uno admira mucho y que siempre escriben las novelas más o menos del mismo modo, como Onetti, y eso es sorprendente. Pero en mi caso siempre necesito una experimentación nueva. Aquí había una serie de cuestiones que me interesaban. Por un lado, trabajar una novela de personajes: cómo hacer para escribir una novela cuyo centro sean los personajes, qué tipo de relaciones establecen esos personajes. Otro desafío era buscar un estilo preciso y rápido. Nunca se consiguen las aspiraciones del estilo, pero me parece importante que uno tenga cierta música, cierta idea de cómo sería el tono, el ritmo. Yo traté de salir de una escritura que me surge naturalmente, cierto barroquismo, una sintaxis un poco más lenta.
- Vuelve en este texto a las notas al pie, un recurso que había utilizado en los 70 en "Nombre falso". ¿Qué finalidad narrativa les asigna?
- Me interesaba darle al libro un subsuelo de información relacionada con el lector. Lo que circula por abajo del texto son cosas que los personajes saben, que dan por sentadas y de las cuales no hablan. Si uno pudiera usar una metáfora sería la de una ventana a través de la que uno mira y ve un fragmento de algo, fragmentos de información que intentan dar la pauta de la complejidad que supone reconstruir una situación: un crimen o la quiebra de una fábrica en esta novela. Y después hay un chiste ahí...
-...que no le voy a permitir que no me cuente... (1997), y ya se perfila como uno de los hitos editoriales de 2010. En ella, la vida de un pueblo de provincias se altera en 1972 por la llegada de Tony Durán, portorriqueño, mulato y jugador, valijero forrado en dólares negros y ajenos (cualquier contacto con la política argentina reciente corre por cuenta de las intuiciones de la ficción), enrolado en un flirt a tres bandas con dos hermanas gemelas, Ada y Sofía Belladona, niñas bien del lugar, con apellido y talante de alcaloide, tan idénticas entre sí que tienen "igual hasta la letra".- Un maestro mío, Enrique Barba, un historiador muy extraordinario que había en La Plata, decía algo que a mí siempre me divirtió: "Todo libro de historia que no tiene cinco notas al pie por página es una novela." Y es la mejor definición de novela que conozco, ¿no? Todo libro que no tiene notas al pie es una novela. Me propuse entonces tratar de contradecir ese género que se identifica por no tener notas al pie.
-Broma al margen, en "Blanco nocturno", ese relato fuera del relato es tan relevante que el título sale de una nota al pie.
-Es cierto. Es que cuando yo empecé a pensar en el libro, se conectaba con algo que estaba sucediendo en la Guerra de las Malvinas: la noticia de que los ingleses tenían infrarrojos que permitían una visión nocturna del campo de batalla. Yo había pensado en situar la novela en ese momento, y después me pareció que era un poco demagógico. Entonces, elegí el año 72 porque hay pocos momentos neutros en la historia argentina y aunque éste no lo sea del todo –no se sabe si Perón va a volver o no a la Argentina, los movimientos de izquierda todavía no han entrado en lo que después fueron las acciones armadas propiamente dichas, etcétera–, otros años –el 73, el 76– tienen una carga, ¿no? Ese fue uno de los movimientos que tuvo el libro: cambiarle la cronología.
Sigue lloviendo como si eso fuera lo único que sabe hacer la tarde. Piglia cuenta que estuvo "entrampado" 20 minutos a la altura del Obelisco y hablamos un rato de impermeables, taxistas y botes salvavidas. Le gusta conversar; ante las preguntas tiene el gesto generoso de pensar en público sin temerle a la vacilación. Algo de ese ejercicio compartido de reflexión asomó en un curso que dictó recientemente en el Malba, donde rescató la narración como práctica social. "La experiencia de narrar es cotidiana", reafirma ahora. "Somos narradores y receptores de historias desde la infancia. Esa circulación de relatos es el contexto natural de la literatura y todos sabemos cuándo una historia funciona: los mejores relatos son los que no podemos olvidar". Esto, recuerda Piglia, fue estudiado con gran originalidad en Language in the Inner City, por el sociolingüista estadounidense Robin Lakoff, al investigar el lenguaje de los negros en Harlem en los años 50. "Cuénteme el día en que su vida estuvo en peligro, les pedía Lakoff, y comprobó que esos relatos espontáneos manejaban elementos clásicos de construcción narrativa y dosificación de los datos, que administraban el suspenso, etcétera.", confiesa, se cuidó para que Renzi no apareciera escribiendo su diario, práctica que el escritor alimenta desde hace décadas y que le pegó a su personaje, quien llevaría bien el apogeo de Twitter, la red social que exige ajustar cada pensamiento a 140 caracteres. "Los diarios trabajan con fragmentos, anotan situaciones sin desarrollarlas. La idea de poner un rastro y de tratar de trabajar sobre el presente es un punto de contacto con esta tecnología. Claro que el diario es siempre un experimento sobre la relación entre lo íntimo y lo público, lo íntimo y lo político, lo íntimo y la cultura. El diario de Pavese y otros que uno lee muestran, además, que con el tiempo los diarios también se modifican, habría que ver qué pasa con Twitter si es que son otros los datos que se incorporan, otras las formas de acercarse al presente.
- Hablamos ya de Luca. ¿Qué desafío le plantearon los personajes de Ada y Sofía?
- Mi intención con ellas fue ver si era posible contarlas como habitualmente, por prejuicios quizá, se cuenta a los hombres: en las novelas argentinas generalmente los únicos que toman decisiones son ellos y las mujeres están como si fueran un punto de referencia, esperando. Sofía y Ada, en cambio, son muy activas. Ellas son el motor de la trama, a partir de su relación con Tony Durán. La intriga gira alrededor del dinero que él lleva al pueblo y qué sucede cuando lo matan. Avanzado el libro, encontré además, el procedimiento del diálogo que Sofía tiene con Renzi, que en realidad comienza cuando él va a la casa de la familia, pero que aparece en la novela previamente, anticipándose. Eso también me permitió crear un contraste, porque es un poco el relato de Sofía, su versión de los hechos.
-Otra noción que explora la novela es la cercanía entre genialidad y desvarío. La locura como nombre que le damos a modos de percibir que se nos escapan.
- Es un tema que me interesa mucho. Siempre existe el problema de los límites de la percepción, lo que se puede ver en los rastros: en las caras de las personas con las que uno trata o en los elementos que uno percibe en la realidad. A mí me gusta mucho la expresión "sospechoso de demencia". Todos estamos por momentos en actitud de sospechosos de demencia, porque vemos demasiado sentido, porque creemos que todo tiene relación con todo; esos momentos donde aparecen datos que muchas veces son de lucidez pero amenazados por cierto delirio, como un exceso de significación.
-Me está hablando del comisario Croce...
-Es que yo tenía desde hacía mucho tiempo la idea de escribir un relato policial con un detective que estuviera loco, para romper un poco la tradición del género que siempre ha trabajado con el detective súper lúcido, alguien que produce los hechos por su propia dinámica, por su fuerza física, por su práctica con un costado de reflexión, como sería el caso de Marlow. Croce vino a encarnar una fórmula narrativa que yo estaba buscando: la idea de un comisario que resuelve muchas cosas por intuición, por casualidad, sin seguir todos los pasos de un protocolo de investigación. En el caso de Luca, la locura es el efecto que le produce la derrota; él no puede mantener su criterio de realidad luego de las cosas que le pasan en torno a la fábrica, a su padre, su hermano, ahí encuentra un punto de fuga.
-Renzi le pone un nombre a esas sensaciones y habla de un nuevo género: la "ficicón paranoica". ¿Tiende "Blanco nocturno" a eso?
- Sí, en parte. Yo siempre he tratado de abrir esa discusión. Porque uno conoce muchas ficciones donde los paranoicos son los delincuentes o las víctimas, que nunca se sabe si son realmente perseguidas o si se sienten amenazadas. Esa inminencia de alguna catástrofe forma parte de la tradición del género desde su origen. La ficción paranoica tendría que ver con el momento en el que también el detective queda incorporado a ese universo donde no hay un afuera, un espacio donde las cosas estarían normalizadas.
- ¿De dónde viene su fascinación por el policial?
- El modelo de relato como investigación me interesa mucho porque trata de reconstruir una historia que está fuera de la esce na, fuera de la superficie de la narración. Mis libros han tenido en común esa cuestión, con mayor o menor nitidez. Pero en este caso, por primera vez, si no me equivoco, aparece un protagonista que se asimila al género en un sentido explícito: es alguien que cumple la función que el género le da a los investigadores. - Es, por otra parte, un género que garantiza cierta intensidad. - Sí, el policial tiene la capacidad de convertir en muy apasionante y peligrosa la situación cotidiana de la investigación, que todos conocemos porque siempre estamos investigando algo que no terminamos de entender y construyendo hipótesis que nos permitan descifrarlo. El género convierte eso en un elemento peligroso, de amenaza, de muerte, de crímenes. También está la idea de trabajar con la épica. El policial no tiene personajes...
-...planos?
-...planos, chatos. Son historias con una dimensión de peligro, de muerte. Todas estas son cosas que uno dice con algo de vergüenza, porque son aspiraciones más que realidades. Pero la idea de trabajar una historia que tuviese algún contacto con la épica formó parte de las decisiones previas. Yo vi a Luca como un personaje que tenía la estatura de un personaje que enfrenta situaciones que parece que fueran su propio destino.
Toda entrevista tiene sus derivas y ahora, café y agua mediante, hablamos un poco de viajes, lecturas y proyectos. Piglia cuenta que está leyendo unos relatos de Rudyard Kipling, que comparten la mesa de luz con 120 historias del cine, el libro de Alexander Kluge, y que a fin de mes regresa a los EE.UU., donde da clases desde 1986. La mención de Casa de Ottro, la novela de Marcelo Cohen que figura entre sus lecturas recientes ("su proyecto narrativo es muy sólido") le dispara una serie de reflexiones sobre cómo la literatura aventaja a otras artes a la hora de reflejar pensamientos: "Ahí también hay una intriga, ¿no? Uno desconfía de su propio sistema de pensamiento, porque a veces se pierde e imagina si los otros también tendrán pensamientos mínimos, que van y vienen. En cierto sentido la literatura viene a responder a eso porque en las novelas sabemos qué piensan los personajes, en tanto que con el resto de las personas, por más cerca que estemos, nunca podemos saberlo del todo". Cuando no lee, escribe.Trabaja en una serie de cuentos, aún sin título definitivo: "Quisiera escribir unos ocho y a lo mejor retomo algunos casos de Croce", dice. Otra idea que lo ronda desde hace años es la de contar la historia de un tío suyo, que en algún momento empezó a sentir que tenía algo en la cara –"una mancha, una deformación, nadie sabe"– y a taparse con una toalla ante los demás.
-¿Algo qué ver con su primo, el de la fábrica?
-No, éste era de la familia de mi madre.
-Su familia da para mucha literatura...
-(Se ríe). Sí, historias tengo muchísimas y espero poder contar ésta alguna vez. Para mí, lo más divertido, que creo es un poco lo que sucede en el mundo de la novela, es que nadie se asombraba en mi familia de esas reacciones. Era algo cotidiano. La familia normalizaba la circulación de esos relatos. Por el hecho mismo de estar encuadrado en esa especie de tribu, era un modo posible de funcionar.
-En su ensayo "El último lector", habla de la interrupción, de la interferencia como el gran tema de Kafka. Si fuera posible esa síntesis en relación con su obra, ¿cuál diría que ha sido el suyo?
-La voluntad de entender. Siempre hay algo en mis libros que tiene que ver con un personaje o varios que intentan comprender algo de lo que se está narrando que nunca se termina de descifrar. Eso está conectado con algo muy intenso en mi propia experiencia de vida: querer saber. Me interesa mucho la gente que sabe algo específico, esas cosas que alguien hace muy completamente: arreglar relojes, por ejemplo. Recuerdo que unos amigos que tenían una casa en el Tigre me invitaron un día a pescar. Yo había pescado en Mar del Plata, pero es distinto pescar en el río. Entonces me compré un manual de pesca.
-¿Aprendió a pescar en el libro?
-Fue suerte, pero leí el libro para aprender y después fui a pescar y ese día, por azar, yo pesqué más que los viejos pescadores de río. Esto sería para mí un ejemplo cómico de esa relación entre hacer algo y saber algo sobre lo que se hace.
-Hay algo de eso en las frases sobre la experiencia que escogió hace 30 años para abrir "Respiración artificial" y ahora para "Blanco nocturno". ¿La literatura es para usted un intento de poner en común el deporte individual de la experiencia?
-Para mí la experiencia supone el sentido. Es lo vivido más su sentido. De allí el epígrafe de T.S. Eliot que abre "Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido, una aproximación al sentido restaura la experiencia". Uno tiene la percepción de que no hay experiencia cuando eso que está viviendo se diluye sin encontrar significación, pero no una significación abstracta, sino para ese sujeto específico. La experiencia se da en esos momentos en que algo ilumina ese fragmento que uno está viviendo. La frase de Céline que escogí para este libro habla de eso: "La experiencia es una lámpara tenue que sólo ilumina a quien la sostiene". Me parece que la narrativa trabaja sobre esa tensión que se da entre las cosas que vivimos y el sentido que tienen. Muchos de los héroes de las novelas que yo admiro están conectados con algo que va más allá de los acontecimientos, esa persecución de algo que permita capturar una significación, como Erdosain en Los siete locos o Ahab en Moby Dick.
-En noviembre cumplirá 70 años. ¿Tenía alguna fantasía en relación con esa fecha?
-No, para nada. Me siento más viejo, es una edad en la que uno empieza a tener con el futuro una relación diferente. Hay cambios, ciertas perturbaciones nuevas: uno duerme menos, se tarda más tiempo en llegar a los lugares. Para volver a la cuestión de la experiencia, yo no creo que se aprenda más, que uno vaya acumulando un conocimiento frente a los hechos. Medirnos por décadas me parece una facilidad que habría que revisar. Las cronologías y los modos de organizar los momentos culturales o políticos suelen ser distintos: no hay pensamientos conservadores garantizados porque las personas envejezcan y, se sabe: también hay ideas conservadoras en los jóvenes.
-Hablemos de ellos, entonces. Matilde, la madre de las gemelas, es el personaje con el que esta novela homenajea a los lectores. Lee todo el día, pero no literatura argentina porque dice que esas historias ya las conoce. ¿Qué historias desconocidas le ha contado a usted la literatura argentina reciente?
-Yo siempre leo con mucho interés las primeras novelas: uno puede identificar ahí los estilos, los tonos, eso es lo que cambia. Incluso tengo idea de escribir alguna vez un ensayo sobre primeras novelas en la Argentina. Por ejemplo, cuando leí El amparo, de Gustavo Ferreyra, tuve la sensación de que ahí había algo distinto: una mirada muy distanciada y al mismo tiempo muy intensa sobre acontecimientos cotidianos que toman una carga y un sentido amenazador, perturbador. En Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, me parece que hay un tipo de relato irónico, jugando con lo teórico y con cierta intrepidez de la narración, que habitualmente uno no asocia con un relato femenino porque en general lo que se encuentra es una especie de textura más o menos extraña, del tono Silvina Ocampo, una mirada de lo cotidiano tangencial, que tiene cierta inocencia y al mismo tiempo un elemento perverso, pero acá es al revés y eso lo valoro. En Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued, el texto trabaja un mundo de mucha violencia pero al mismo tiempo hay una especie de sopor, del calor y de la droga, que producen cierta distorsión en la percepción muy interesante. Son apenas tres ejemplos; podríamos poner otros.
-Además de la noción de enigma, propia del policial, "Blanco nocturno" participa de la idea de misterio en los experimentos que Luca hace con sus sueños...
-El misterio se relaciona con la noción de lo fantástico, que suele ser problemática. En realidad eso era algo que mi primo de verdad hacía, de modo que los momentos más fantásticos del relato son reales: anotaba fragmentos de sus sueños en las paredes de la fábrica y uno los veía ahí, sin enteder del todo. Le había caído en las manos un libro de Carl Jung, para quien los sueños son un relato continuo, que se puede leer como tal y él adoptó esa hipótesis.
-¿Cómo se lleva usted con sus sueños, ¿los usa para escribir?
-Creo que los sueños le interesan mucho a quien los sueña y los cuenta, pero no siempre garantizan un buen relato. Me parecen más intrigantes ciertas escenas soñadas que persisten y se repiten a lo largo del tiempo. En mi caso, por ejemplo, es muy común que sueñe que estoy perdido en una ciudad.
-¿La misma?
-No, no es la misma ciudad ni creo que yo sea el mismo. Pero en todo caso, no me interesa tanto el sentido que pueda tener el sueño, aunque lo viva con angustia (¡los analistas se van a hacer una fiesta!), sino la aparición de la situación narrativa que podríamos considerar básica para comenzar un relato. Es un lindo comienzo: un individuo que llega a una ciudad y no sabe bien a dónde va ni qué está haciendo allí. ¿Será un marciano?, se pregunta uno.
- ¿Y qué se responde?
- Se lo cuento en otro libro.
Escritor, critico, docente Autor de ficción y ensayos, ha cruzado ambos géneros en su obra. Participó en las polémicas de la literatura argentina de los 60, anteponiendo Borges a Arlt, no como antagónicos, sino descubriendo cuánto de barbarie había en el refinado Borges, y cuánto de libresco en el "salvaje" Arlt. En 1967 publicó los relatos de "La invasión", iniciando una producción singular. Docente universitario en la Argentina y EE.UU., ha saltado de la literatura (donde viene pateando el tablero desde "Respiración artificial", de 1980) al cine (trabajó entre otros con Héctor Babenco), pasando por la ópera (adaptó con Gerardo Gandini su novela "La ciudad ausente") y el periodismo (donde destaca como su "mayor aporte a la crítica literaria" la sección de literatura argentina que editaba en la revista de historietas Fierro). En 1997 ganó el Premio Planeta con "Plata quemada", llevada al cine. Dirigió, además, los policiales de la Serie Negra.
Pronto las murmuraciones se transformaron en versiones y en conjeturas y ya nadie habló de otra cosa; en las casas o en el Club Social o en el almacén de los hermanos Madariaga se hacía circular la información a toda hora como si fueran los datos del tiempo.
En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana y la diferencia entre las noticias de la región y las informaciones nacionales era tan abismal que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante. Durán había venido a enriquecer esa mitología y su figura alcanzó una altura legendaria mucho antes del momento de su muerte.
Se podría hacer un diagrama con las idas y venidas de Tony por el pueblo, su deambular somnoliento por las veredas altas, sus caminatas hasta las cercanías de la fábrica abandonada y los campos desiertos. Pronto tuvo una percepción del orden y las jerarquías del lugar. Las viviendas y las casas se alzan claramente divididas en capas sociales, el territorio parece ordenado por un cartógrafo esnob. Los pobladores principales viven en lo alto de las lomas; después, en una franja de unas ocho cuadras está el llamado centro histórico (1) con la plaza, la municipalidad, la iglesia, y también la calle principal con los negocios y las casas de dos pisos...
1. El pueblo esta en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 340 kilometros de la Capital. Fortin militar y lugar de asentamiento de tropas en la Epoca de la guerra contra el indio, el poblado se fundo realmente en 1905 cuando se construyo la estacion de feferrocarril, se delimitaron las parcelas del centro urbano y se distribuyeron las tierras del municipio. En la decada del cuarenta la erupcion de un volcan cubrio con un manto de ceniza la llanura y las casas. Los hombres y las mujeres se defefendian del polvo gris con la cara cubierta con escafandras de apicultores y mascaras para fumigar los campos.
Blanco nocturno
Ricardo Piglia
Anagrama
299 páginas
$59
27.12.09
Charla de café
En las infinitas búsquedas de material sobre lo literario, hallé esta sesuda conversación, donde se habla a conciencia de lo que deben constituir los libros hoy, que ya vivimos en la era del internet.fUENTE Eterna cadencia Editorial
GB: Un buen libro con un mal final, ¿es un buen libro?
P: Para mí, La piedra lunar de Wilkie Collins no tiene buen final…
PZ: ¡Cómo! ¡Es buenísimo! Tiene el final que tiene que tener.
P: Para mí no.
GB: Coincido.
P: Y es un gran libro. Para mí un buen libro con un mal final afecta mínimamente su calificación. De uno a diez puede afectar uno o dos puntos.
GB: ¿Qué tipo de final te gusta?
PZ: ¿Buscás el final feliz? Cuando pedís un masaje, ¿pedís con final feliz?
[Risas]
P: A mí los finales felices no me importan. No me importan los finales, tampoco. En un policial puede ser, pero yo no soy un lector de policiales. Soy más lector, si querés, de novelas psciológicas, y en los finales en las novelas psicológicas el histérico sigue siendo histérico, el mambeado sigue siendo mambeado, con lo cual en un momento el escritor dice “acá lo corto”. Se puede terminar la novela, pero sabés que va a volver a tener una historia de amor totalmente neurótica, entonces no hay un final.
PZ: Vos lo decís por Nina eso.
P: Lo digo por Nina. Gran libro de Guebel.
GB: Yo acabo de terminar un libro de cuentos…
P: [Interrumpe] Pará: yo quiero la respuesta de ustedes dos.
PZ: Un libro que me gusta y que tiene un final malo me da muchísima bronca. Si se nota el apuro porque el escritor se emboló o se aburrió, porque lo corrieron de la editorial… Me da bronca.
P: Aira.
PZ: ¿Aira?
P: Aira tiene finales abruptos.
PZ: Un final abrupto no es un mal final.
P: El otro día en ADN decía “me empiezo a aburrir del libro porque ya tengo otra idea para otro nuevo y medio que lo termino a los ponchazos”. El mismo lo dijo. Que hable el Doctor GB de Aira.
GB: Yo creo que ser escritor es una profesión como cualquier otra. Y si vos fabricás mesas, tenés que fabricarla toda buena a la mesa. Si sos un escritor profesional, sabés que el final lo tenés que trabajar. Que la novela cierre. O el cuento. ¿Cuáles son los mejores cuentos? Los que en las últimas dos líneas te dejan desconcertado, con la boca abierta. Yo creo que el escritor profesional le presta atención al final. Después se ve cómo lo resuelve.
P: O sea: vos sos de la teoría que un libro si tiene mal final no es un buen libro.
GB: Tiene un defecto.
P: ¿Puede llegar a ser un buen libro?
GB: Puede llegar a tener buenos personajes, puede tener una trama interesante…
P: En tu calificación nunca podría llegar a ser excelente.
GB: Cada caso es distinto. Hay que ver qué te deja. Cuando vos cerrás el libro y tenés la sensación de haber perdido o ganado el tiempo, eso es lo que en realidad determina. Nosotros somos lectores voraces, sabemos que no vamos a leer todo lo que queremos leer en nuestra vida. Yo tengo angustia, se me va la vida y ahora que me dedico a esto tengo que leer cosas que a lo mejor no compraría. Es el momento en que cerrás el libro y sopesás todo. A lo mejor no tiene un buen final y es un buen libro. La piedra lunar es clarísimo.
P: Para mí tiene un “buencito” final, podría ser mucho mejor para lo que venía siendo el libro. Pero no me importa nada porque es un libro que disfruté leer. ¡Cuando se pone a dialogar Wilkie Collins con vos a través de los personajes! “Lector, espere que voy a hacer una digresión acá.” Aunque sea el típico recurso de esa época, está buenísimo. Es un libro tremendo.
GB: Además no te olvides que fue publicado por entregas. A lo mejor el final no era tan importante…
P: Como mantener cautivos a los lectores durante tanto tiempo. Para mí, en un punto, es una novela de amor.
GB: Es de todo. Eso es lo maravilloso de la novela oceánica, que es de un montón de cosas.
P: “Novela oceánica”.
PZ: El otro día, en una entrevista, le dije a un entrevistado equis, que veía que su libro era una historia mínima. Y hoy hay muchos novelistas que se dedican a las historias mínimas. ¿Se abandonó la gran novela latinoamericana, la gran novela universal decimonónica, por novelas de historias chicas, pequeñas? Una historia de amor, breve. Una historia de amigos, breve. Un capítulo en la vida de una persona. Como si la novela oceánica, para usar la palabra que está buena, se perdió.
GB: La novela oceánica es la emperatriz de la literatura.
P: ¿Pero no es así la vida? Antes iban de un pueblo a otro y tardaban dos meses. La gente estaba acostumbrada a esa espera. El caballero que iba a buscar a su dama tardaba en llegar y ella estaba enamorada de alguien que había visto en un baile alguna vez. La gente no tiene más esa paciencia. Y si no es la novela de este hijo de mil putas de Wilkie Collins, yo no tengo paciencia para leer algo tan largo escrito por un tipo que no es un genio.
PZ: Hay una frase de Caparrós que a mí me gusta mucho. Él es el escritor que escribe libros enormes. Entonces le preguntan siempre por eso, alguna vez cansado dijo “un buen libro largo, te acompaña, no querés que termine; un mal libro largo lo abandonás en la página 4”.
GB: Corto también.
PZ: Claro.
GB: Pero de hecho, se siguen escribiendo este tipo de novelas. Que no se escriban en la Argentina no significa que no se sigan escribiendo.
P: Pero quiénes la escriben. Más los bestsellerianos que otros.
GB: No: John Irving, por ejemplo. Hasta que te encuentre: 1000 páginas. Las benévolas, de Jonathan Littell: 700 páginas.
P: No: mil y pico.
GB: Bueno, mejor. El último de Salman Rushdie tiene 350, pero las novelas de él no bajan de las 400. Vargas Llosa, otro. ¿Por qué no hay estas novelas en Argentina?
P: ¿Pero cuántos escritores hay que escriben tan largo? Sumo un ejemplo: Bolaño escribía largo.
GB: Javier Marías hizo una trilogía. Pamuk: ahí tenés novelas clásicas. Lo que hay que preguntarse es por qué la Argentina no genera esa clase de novelas.
P: ¿Porque hay menos tiempo? No tengo ni idea. ¿Porque somos impacientes? Viste que si te dormís un segundo en un semáforo te cagan a bocinazos.
GB: Yo creo que es porque hay una urgencia por publicar. Hay una urgencia grande por publicar en 5 años 5 novelas, en vez de en 5 años sacar una buena novela.
PZ: Yo lo veo más por el lado del mercado que por el del escritor. La espera hace perder visibilidad.
GB: ¿Leíste la Vida de Pi?
PZ: Sí, de Yaan Martel. Una novela excelente.
GB: Es excelente. Pasó dos años investigando cómo es la interacción de los humanos y animales en los zoológicos. E investigando también cómo es la supervivencia en alta mar en un bote. Dos años investigando becado por Canadá.
P: Claro: becado. Acá hay una cosa interesante. Becado, acá no hay muchas becas.
GB: Además es hijo de diplomáticos. Uno puede suponer que no tiene que luchar por el sustento.
PZ: Bueno, pero, si el tipo se toma dos años y vende 500 libros, ¿qué come acá?
P: Acá, el escritor que publica un libro por año o un libro cada cinco años, no va a hacer diferencia. Ponele que publique un libro por año de 1500 ejemplares, pongamos que cobra 6000 pesos: son 500 pesos por mes. O sea que el escritor, por más que venda uno por año…
GB: ¿Por qué el escritor tiene que vivir de la literatura? Rulfo era empleado público y nadie puede decir que Rulfo no era uno de los grandes.
P: ¿Y por qué no?
GB: Oscar Wilde decía que el arte es 10% de inspiración y 90% de transpiración.
PZ: (¿No lo decía Picasso?)
GB: A mí me parece que en la Argentina se invierten los términos: se creen que es 90% inspiración y 10% de transpiración. Me parece que falta…
PZ: Sos muy crítico y me parece que hay buenos escritores en Argentina.
GB: No me cabe la menor duda, pero también me parece que hay malos ejemplos.
PZ: Bueno, no te vamos a pedir nombres…
P: Ya los ha puesto en su blog, así que no hay ningún problema. Estoy leyendo a Saer: El río sin orillas. Es como un ensayo que cuenta, por lo menos en las 90 páginas que voy, cómo se va formando Buenos Aires a partir del Río de la Plata. Es muy interesante. Empieza él llegando a Buenos Aires, que se va al Aeroparque y señala lo pegado al río que está. Y se va para atrás: habla de Pedro de Mendoza, de Juan de Solís, habla de los gauchos. Mete comentarios: a Güiraldes le pega un palito. Muy interesante. Saer es un tipo tranquilo, para leer manso.
GB: Gran escritor. El último gran novelista…. Hay una novela muy buena, El enigma de Herbert Hjortsberg de Hugo Correa Luna. Se publicó en 2005, yo le hice la crítica en el blog. Me pareció que iba a ser la novela de la que todo el mundo iba a hablar y pasó inadvertida. En La Nación le hicieron una buena crítica. La publicó en Barcelona. Si yo tengo que decir cuál es la mejor novela argentina de los últimos 10 años es esa. Un noruego que vive en la Patagonia, mezcla la ficción con lo fantástico y hay una cueva donde se oculta un secreto y vienen los servicios de inteligencia ingleses y Buenos Aires manda a un tipo que en realidad es el diablo. Es una novela fantástica, excepcional.
P: ¿Pero está acá en Buenos Aires?
GB: Yo la recibí en La Prensa en 2005.
P: Bueno, vamos a leerla. Otro más: otro ladrillo más para la mesa de luz.
PZ: Hablando de eso, yo me traje una pregunta. ¿Ustedes en quién tienen confianza cuando les recomiendan un libro?
GB: En él. [Señala a P.]
P: Yo sé que no todos los libros que le gustan a él me van a gustar, pero sí entiendo cómo lee –porque estoy empezando a entender cómo lee– y le tengo confianza. Yo sé que hay libros que a mí me gustaron pero que no se los daría a él. No sé si a él le gustaría Nina, por ejemplo.
PZ: No está mal lo que decís, porque habla de cierto conocimiento. No es que el libro que a mí me gusta te tiene que gustar. Es el libro que yo te recomiendo te va a gustar.
P: Por eso, yo confío en que también el otro me entienda mi gusto. Yo confió en gente que conozco. Yo a vos [a PZ] te confío. Vos sabés que este me va a gustar y este no. También tiene que ver con el conocimiento que tenga cada uno, con el haber compartido lecturas.
GB: Tiene que ver con sensibilidades. A lo mejor tenemos sensibilidades parecidas. Nos llegan las mismas cosas, que no a todos les llegan.
P: Sin duda.
PZ: Es curioso que la recomendación termine siendo personal, uno a uno. Entonces, ¿la reseña del diario para qué sirve?
GB: No sirve. [Se ríe]
P: No sirve y sí sirve, porque si yo leo todos los domingos el suplemento de cultura de La Prensa y entiendo cómo lee él, por ahí me sirve. Pero te doy el ejemplo más concreto de todos, yo puedo estar en la librería atendiendo ocho horas y a cada uno que entra, supongamos en un mundo perfecto en el que conozco a cada uno cómo lee, les voy a recomendar un libro distinto.
PZ: Bueno, esa es la tarea del buen librero.
P: Eso. El primer día, el librero que te recomienda bien, es de casualidad. O es un genio y vos te explicaste muy bien. Pero la recomendación llega a medida que te vas conociendo, hablando de tus gustos. Va por ese lado. Yo confío en determinada gente que son “anónimos”, no es que confío en lo que dice, por decirte, Alan Pauls, un tipo conocido. Porque no sabe lo que leo yo ni nada. Lo que por ahí él recomienda no me gusta.
GB: Además, hay una cuestión que hay que decirla: está la cuestión de los compromisos. Creo que uno le da un principio de autoridad a una persona cuando demuestra que no está comprometido. O sea: que tiene la menor cantidad posible de compromisos. Todos tenemos compromisos, es inevitable. Tal vez el hecho de trabajar en un diario chico, con poca tirada, que no tiene presión editorial… Yo creo que por eso prosperan los blogs, porque mucha gente no cree en la crítica, no solamente literaria, sino en la crítica artística en general, los espectáculos, el cine. En los diarios de gran tirada es muy difícil que encuentres una crítica negativa de una película argentina. Por lo general son todas buenas.
PZ: En muchos diarios hay una posición editorial que sólo publican reseñas positivas, sólo reseñas de libros que le hayan gustado a los reseñadores.
P: Eso a mí no me parece una mala política.
PZ: A mí tampoco. Yo hago eso acá: leo un montón de libros pero reseño el que me gustó. Diferente es en el caso de las entrevistas, pero ahí ya no es mi mirada la que importa, sino lo que tiene para decir el entrevistado. Entonces cae con otro peso.
GB: Yo creo que en los diarios no es así: se nota claramente cuando no le gustó el libro y no lo quiere decir.
P: ¿Te cuenta la trama y nada más?
GB: Es que en definitiva, lo que no quiere es herir una susceptibilidad, porque después tenés que encontrarte con esa persona, se puede generar una situación tensa, nos vemos en todos los cócteles.
P: Y hay mucho ego dando vueltas. Es complejo. Hay gente que se enoja y gente que lo toma bien. Hay gente que lo toma re mal que no te guste el libro. Igual, si la crítica está sustentada, se nota que hay buena leche, por más que no te guste… yo creo que nadie se enoja realmente. O se enoja por un rato y después no se enoja más. El tema es cuando es artera, cuando se nota que es una operación para bajar a un tipo.
GB: Absolutamente.
P: Ahí es donde creo que vale el enojo. Sinceramente, GB, no importa cómo escribas, si leés bien, si escribís bien: pero vos tenés una línea de conducta en tus reseñas, no tenés compromiso con nadie, decís lo que te parece. Si uno sigue las reseñas ve una línea de lectura. Si yo fuera escritor y no te gustara mi libro, no me enojaría. De hecho, Piro no se enojó con tu regular. Me parece que no se enojó.
PZ: Pero sí se enojó con las reseñas que fueron malas lecturas.
P: Por el tipo de lector que es GB, de alguna manera era medio obvio que no le iba a gustar. Porque le gustan otras cosas.
GB: Pero por que no me haya gustado esa novela, no voy a dejar de reconocer que escribe muy bien. Lo que pasa es que ese tipo de libro no es el que yo recomendaría a un amigo. Como tampoco recomendaría uno de Aira. Hay una cuestión humana, más allá de la competencia para poder hacer una crítica: si vos conocés a un escritor personalmente, si lo conocés cara a cara y compartiste algo con él, lo mejor es no hacerle una crítica. Si vos escribís un libro, yo trataría de no criticarlo, porque estaría contaminado con la relación personal. Es el caso de Incardona, que decían “no sé por qué lo atacan si es un pibe buenísimo”. Pero no se lo ataca a él: en todo caso, se habla del libro. Lo mejor es no conocer a nadie. No tener contacto con nadie, vivir en un feliz aislamiento. Si te dedicás profesionalmente a hacer crítica.
P: Es un buen punto. Si sos íntimo amigo de un autor cómo hacés para poner un regular.
PZ: Yo puedo decir –lo dijimos en un dialoguito y se lo dije a Terranova personalmente– que Los amigos soviéticos no me gustó. No lo voy a reseñar porque no me gustó.
GB: ¿No se enojó?
PZ: Creo que no, quiero creer que no. Tenemos confianza y sí hay otros libros de él que me gustaron mucho más.
P: No lo digas de una tercera vez porque va a parecer que es personal.
PZ: Noooo. No me da para reseñar el libro porque yo esperaba más, esperaba otra cosa.
P: A mí sí me gustó, pero no se lo recomendaría a GB.
GB: No me lo dieron en el diario, se lo dieron a un colega. Lo estaba esperando ansiosamente, pero no me lo dieron.
PZ: Por ahí lo leí para el orto.
GB: Es una cuestión de gustos, no una cuestión de intelecto. Entre personas más o menos entrenadas, o ilustradas, el término que quieras, en el fondo es una cuestión de gustos. Ahí se bifurcan los senderos. Hay cosas que te gustan y cosas que no te gustan.
P: Y, a pesar de que no te guste, podés reconocer que escribe bien.
PZ: Por supuesto.
GB: Yo lo que trato de hacer cuando comento un libro es tratar de explicar por qué me gustó, por qué no. Qué es lo que tiene.
PZ: Pero muchas veces cuando estás reseñando descubrís finalmente si el libro te gusta o no. Si es una lectura placentera te das cuenta. Pero cuando es una lectura “profesional” le estás poniendo tu laburo a la lectura. Yo estoy leyendo ahora un libro de Rafael Gumucio. Lo entrevisto el viernes, voy por la página 80, igual. Pero no puedo decirte si me gustó o no.
GB: El domingo sale la crítica del libro. Lo acabo de terminar.
PZ: ¿Qué te pareció?
GB: La novela no es mala. Es interesante. Hay autores que saben cómo desollar una clase social. Como, por ejemplo, Cheever en los suburbios estadounidenses. Aquí se ve lo que hay detrás del milagro chileno. Tengo un amigo que vive en Chile y todo lo que me cuenta él de lo que es el chileno promedio, digamos, lo cuenta bien. Ahora, en ese libro hay una burrada tremenda: dice que “lo que los argentinos llaman cono urbano”.
P: Uno de mis parámetros para saber si un libro me gustó es si a los tres meses me acuerdo o no de la historia. Si no me acuerdo nada es que, en definitiva, no me gustó. Y hay libros que no me acuerdo nada y en su momento dije que me gustaron. Es uno de mis parámetros.
GB: Excelente parámetro. El mío es si el libro consigue la suspensión del tiempo. Por ejemplo, hoy vine en colectivo: si estoy leyendo y levanto la cabeza y digo “uy, ya llegué”, ese libro es bueno.
PZ: A mí los libros que más me gustaron son los que no me dejaron empezar otro al día siguiente.
13.11.09
Fogwill, a los escritores: "Si les da terror la página en blanco, pongan una porno en Internet"
Fiel a su estilo, el escritor argentino abona sus frases polémicas en la Feria del Libro de Santiago, Chile. Esta vez, criticó a los autores que no logran escribir con rapidez y facilidad. "Si uno tiene algo para decir, lo puede hacer en 20 minutos", dijo.

Provocador Fogwill admitió que alguna vez fue un escritor "prostituto", pero que eso quedó atrás.
Autor de "Vivir afuera" y "Runa", Fogwill aseguró que "si uno tiene algo para decir, lo puede decir en 20 minutos". Sobre lo mismo, alardeó que en su vida tuvo etapas de escribir diez horas al día, especialmente cuando "trabajaba mucho haciendo informes de opinión pública de marketing, de desarrollo de productos, discursos de diputados, cualquier pavada, por dinero".
El escritor admitió que en esa época fue "bien prostituto" en sus convicciones, pero que de aquel período le quedó "la cosa de escribir ocho o doce horas, lo que en literatura es inútil". Los alardes de Fogwill circularon por la Feria del Libro de Santiago paradójicamente después que el también escritor argentino César Aira dijera que en su país todo hombre es un megalómano.
Fuente: DPA.


