La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó -sin que él lo supiera- en el verano austral de ese año en que tuvo 16, cuando su padre, Pedro Piglia, médico, peronista, perseguido y encarcelado en tiempos de antiperonismo furibundo en la Argentina, decidió que era más seguro abandonar la casa donde habían vivido siempre en Adrogué, un suburbio de la ciudad de Buenos Aires, y mudarse a un sitio donde pudieran inventarse un pasado u omitir, al menos, las partes difíciles. En esos años los kilómetros establecían también una distancia temporal, y los cuatrocientos que separaban a Buenos Aires de una ciudad de la costa atlántica llamada Mar del Plata parecían suficientes. De modo que en menos de un mes los integrantes de la familia Piglia -Pedro Piglia, Aída Renzi y sus dos hijos, Ricardo Emilio y Carlos- desmantelaron todo para empezar la vida en otra parte. El efecto colateral para uno de todos esos integrantes fue tan bueno como devastador: Ricardo, ese chico que apenas si cumplía con el colegio porque prefería frecuentar billares, bailes y partidos de fútbol, se quedó, de un día para otro, sin amigos, sin barrio, sin primos: sin mundo. Así, en una de las tardes de ese tiempo de yeso, en alguna de las habitaciones de la casa ya vacía, empezó a escribir, como defensa y como ataque, un diario -"3 de marzo de 1957: (Nos vamos pasado mañana.)"- y ese no fue el comienzo pero sí la huella primigenia de su vida como escritor.
Años más tarde, a fines de los sesenta, Ricardo Piglia viajó a Turín, la ciudad donde se suicidó Cesare Pavese, y descubrió que, después de anotar aquella línea final en su diario ("Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más"), Pavese había permanecido vivo una semana más. "El Diario terminaba ahí -escribiría Piglia en su cuento 'Un pez en el hielo' incluido en La invasión (Anagrama, 2006)-. Todo estaba decidido. Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse (...) Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo. Cuánto tiempo puede sobrevivir, inmóvil, el pez en el hielo. Los ojos atentos a la blancura transparente; la inmovilidad total". Piglia es, hoy, uno de los escritores más prestigiosos de Latinoamérica, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, autor de tres libros de relatos, cinco de ensayos, una nouvelle y tres novelas, sin contar la esperadísima Blanco nocturno, que Anagrama publica en España, Chile, México y Argentina. Y todo eso es producto de muchas cosas -de las lecturas, de los amigos, de los bares, del cine, de las mujeres y hasta de sus gafas redondas y sus sacos de lana y su manera de achicar los ojos y adelantar el mentón o acercarlo al pecho cuando habla-, pero es también -¿quizás, seguramente?- producto de la espera fúnebre de aquellas semanas de 1957 en las que contempló todo desde la cáscara helada de su destino inevitable, cuando fue el pez en el hielo, haciendo las cosas como si las hiciera por última vez.
-Compré uvas. Están ricas. Servite.
El departamento no es la casa sino el estudio de Ricardo Piglia, un piso diez en Barrio Norte. Hay, sobre una mesa de madera, un plato de vidrio, vasos con agua, uvas. Son las dos y cuarto de la tarde. Piglia está sentado, de espaldas a una ventana detrás de la que crece un edificio que, probablemente, le quitará a esta sala algo de luz, o de privacidad, o de ambas cosas. Promedia, en Buenos Aires, el mes de agosto.
-Yo tengo una sensación muy fuerte de esos días, desde el momento en que tenemos la noticia de que nos vamos. El desarraigo fue terrible. Lo viví mal. Era muy fúnebre la situación.
El 5 de marzo de 1957 Ricardo Piglia, 16 años, trepó al camión de la mudanza e hizo el viaje hasta Mar del Plata sentado en un canasto de mimbre. "Viví ese viaje", escribiría, años después, en Prisión perpetua (Anagrama, 2007), "como un destierro (
...) no podía concebir que se pudiera vivir en otro lado y de hecho después no me ha importado nunca el lugar donde he vivido".
-Pero fue muy bueno irme. En Mar del Plata empecé a escribir mis primeros cuentos. Iba a un club donde había un bar que estaba abierto toda la noche, y al que iban los periodistas, la gente de la radio, del cineclub.
El club, curiosamente, se llamaba Ambos Mundos -hay hectáreas de estudios académicos y tesis que versan sobre la idea de la dualidad en la obra de Piglia- y allí aprendió (casi) todo gracias a un gringo que, como él, no tenía pasado. Se llamaba Steve Ratliff y fue quien le habló, por primera vez, de William Faulkner, de Henry James, de Scott Fitzgerald.
-Yo ya leía, pero sin método. Había tenido una noviecita en Adrogué. El padre era de familia de anarquistas, leían mucho. Y me acuerdo de la escena. Íbamos caminando, había un muro alto, y ella me dijo: "¿Estás leyendo algo?". Y yo había visto, en la vidriera de una librería, La peste, de Camus. Y le dije: "Sí. La peste, de Camus". Y me dijo: "Prestameló". Entonces compré el libro... me da vergüenza contar esto... pero compré el libro, lo leí esa noche, lo arrugué un poco para que pareciera más usado, y se lo llevé al día siguiente. Y ahí empecé a leer.
-Empezaste a leer por las mujeres.
-Claro. Ese es el sentido. Ahora siempre estoy arrugando un libro para no prestarlo tan flamante.
Después de trabajar un verano como cartero ("Mi padre, con una especie de mecanismo peronista, pensando que el trabajo hace bien, insistió en que tenía que trabajar. Y ahí andaba yo, repartiendo cartas. Duré un mes y medio") emprendió el viaje hacia la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de la capital argentina, no para transformarse en escritor sino para estudiar historia. Terminó la carrera en cinco años y, durante todo ese tiempo, publicó ensayos y cuentos en revistas. En 1965 se mudó a Buenos Aires, donde un editor colosal de entonces, Jorge Álvarez, le ofreció trabajo como director de una colección de libros, clásicos y policiales.
-Editaba, escribía. Me las arreglaba. Cada tanto tenía que ir al banco de empeño. Llevaba una máquina de fotos y después conseguía la plata para rescatarla. Pero era una época en que había posibilidad de publicar. Nos reuníamos en los bares. Éramos los melancólicos floggers de la época, que iban ahí a hablar de Faulkner. Y de chicas.
En 1967 publicó su primer libro, La invasión, diez cuentos con temas, escenarios y personajes que atravesarían, después, toda su obra: la ficción histórica, el peronismo, el periodismo, el amor homosexual entre hombres bravos, las mujeres lesivas y, claro, la traición, presente -con diversos grados de toxicidad- en relatos como La honda, Mata-Hari 55, Las actas del juicio, Mi amigo.
-Lo que me atrae narrativamente de eso es la nueva luz que tira el momento de la traición. Vos estás viendo las cosas del color tal, y de pronto cambia y se convierte en otra cosa. La traición produce ese momento que es como un flash, sobre quiénes son los buenos, quiénes son aquellos en quienes se podía confiar.
En el relato que da título al libro aparece, por primera vez, Emilio Renzi, periodista y aspirante a escritor que funciona como su álter ego y que aparecerá en muchos relatos y en casi todas sus novelas. En 1975 publicó un libro de cuentos, Nombre falso. Un año más tarde comenzó en la Argentina la dictadura militar que terminaría en 1982 y Piglia escribió Respiración artificial, una novela que lo cambiaría todo.
En los ensayos de El último lector (Anagrama, 2005), Piglia reproduce una carta de Kafka: "Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo". Piglia se refiere a ese pasaje como "la más extraordinaria descripción que se pueda imaginar de las condiciones de una escritura perfecta".
-Respiración artificial la escribí aislado, en un departamento que daba sobre el Congreso. Los militares habían inventado un comité asesor, no sé qué. Ahí estaban, esos canallas. Y mi ventana daba justo ahí.
En la novela, que se publicó en 1980, Emilio Renzi investiga la historia de Enrique Ossorio -espía, secretario privado de Juan Manuel de Rosas- y para eso debe dar primero con la historia de su propio tío, Marcelo Maggi. El libro produjo un efecto inmediato. Todos vieron subterráneas alusiones a la dictadura, que se multiplicaron en el espíritu de los lectores asfixiados de la época, y Piglia devino un autor fundamental.
-El libro sintonizó con algo. De una manera completamente ajena, porque yo no tenía ninguna intención de decir: "Voy a escribir un libro sobre la dictadura". Yo, en realidad, quería escribir la historia de un tío mío.
En 1986 publicó los ensayos de Crítica y ficción. En 1988, la nouvelle Prisión perpetua. En 1992, la novela La ciudad ausente. En 1993, los ensayos de La Argentina en pedazos. En 1995, los relatos de Cuentos morales. En 1997, la novela Plata quemada, en medio de cierto escándalo (fue ganadora del Premio Planeta-Argentina, pero uno de los finalistas inició un juicio cuyo fallo sentenció que Piglia, "o más específicamente su obra, no debió postularse para la obtención del premio", pues "se encontraba vinculado contractualmente con la editora"). Le siguieron los ensayos de Formas breves en 1999, Diccionario de la novela de Macedonio Fernández, en 2000, y El último lector en 2005. De modo que, desde Plata quemada, Piglia no había vuelto a publicar una novela. Hasta ahora.
Blanco nocturno fue mencionada por Piglia a lo largo de la última década en diversas entrevistas en las que, además de coquetear con la idea de dar a conocer el Diario que comenzó a escribir aquella tarde de 1957 y que no ha abandonado desde entonces, hacía referencia a esa novela que, decía a veces, transcurría en 1982, el año de la guerra de Malvinas o, decía otras, contaba la historia de Emilio Renzi que, sumido en una crisis y encerrado en una casa de Adrogué, releía sus diarios mientras iniciaba una relación con su vecina. Pero Blanco nocturno no es nada de todo eso sino la historia de un hombre y su familia, y no transcurre en 1982 sino en 1972, y su escenario no es el confín gélido del mundo sino un pueblo de la llanura bonaerense con madrugadas luminosas y tardes serenas: "La última luz de la tarde de marzo entraba cortada por las rejas de la ventana y afuera el campo tendido se disolvía, como si fuera de agua, en el atardecer".
-Nunca fue una novela sobre la guerra de Malvinas.
-Sí, no, mirá, mi idea era que la novela sucediera durante la guerra, pero que la guerra no tuviera peso. Y eso lo modifiqué, también. No me lleva tanto tiempo escribir las novelas. Si cuento todo el tiempo serán dos años. Pero la anécdota va cambiando mucho. Y yo, en realidad, quería escribir la historia de mi primo.
Blanco nocturno comienza con Tony Durán, un mulato nacido en Puerto Rico, que llega al pueblo tras los pasos de las gemelas Sofía y Ada Belladona a quienes ha conocido en un viaje por Estados Unidos. Durán se hospeda en un hotel, entabla una relación ambigua con otro extranjero, el japonés Yoshio, y desde entonces vive apenas tres meses y cuatro días más, porque lo matan. Entonces entran en escena el comisario Croce -con más intuición que método, en las antípodas de los detectives racionales del género policial- y Emilio Renzi, que llega como enviado del diario El Mundo para informar sobre el caso y queda prendado de una de las gemelas, Sofía, que, además de contarle la historia del pueblo en largas conversaciones envueltas en un clima muy Gatsby, lo pone al tanto de la historia disfuncional de su familia y de la de su hermano Luca, el personaje en torno al cual gira la novela, un hombre dispuesto a todo con tal de no perder la fábrica de autos que es su obsesión y su vida, y que termina conectado, de manera terrible, con la muerte de Durán.
-En realidad, Luca es mi primo. Él tenía una fábrica, y tuvo una crisis porque las cosas iban mal y su hermano pensó que lo mejor era tener una sociedad anónima. Un día Luca se encontró la fábrica en manos de desconocidos, y le dio una especie de ataque. Empezó a escribir sus sueños en las paredes de la fábrica. Encontró un libro de Jung, como en la novela, y ese libro le dio contenido a su delirio, que consistía en que él podía percibir lo que estaba por pasar si era capaz de leer sus sueños. Yo lo quería muchísimo. Murió hace dos años. Poco antes fui a verlo, hicimos un vídeo, fotos. En un momento pensé que iba a poner esas fotos en la novela, pero decidí que no. Yo quería contar esa historia, pero no como una historia familiar. Quería un tono más épico. Entonces aparecieron el portorriqueño, el crimen, las gemelas.
El portorriqueño, el crimen y las gemelas se entrelazan con la historia de Luca, atrincherado en su fábrica, y la novela, bañada de luces -la luz ambarina que tiñe los encuentros entre Sofía y Renzi; la luz amenazante y cegadora de la fábrica; la luz fantasmal que baña las conversaciones entre Renzi y Croce cuando el comisario pasa una temporada en el manicomio-, se entrelaza, a su vez, con las 42 notas al pie (que incluyen chistes malos -como la número 40, que reproduce un chiste clásico entre dos gauchos-, aclaraciones arbitrarias -como la número 38, que segura que cada vez que Sofía se tendía al sol las gallinas trataban de picotearle las pecas- y la única referencia a la guerra de Malvinas en sus casi 300 páginas) que arman un relato paralelo, autónomo.
-Lo que hice fue ir escribiéndolas aparte. Después elegí algunas arbitrariamente, jugando con la nota al pie como un relato que tiene cierta autonomía.
Pero, dice Piglia, la novela no es una novela policial -aunque tiene un comisario-, ni una novela familiar -aunque tiene una familia-, ni una novela campestre -aunque transcurre en el campo-. En la página 142, en la exacta mitad, el comisario Croce le dice a Renzi que le interesa mostrar que las cosas que parecen lo mismo son, en realidad, diferentes. Y, para eso, dibuja un pato que, si se mira de otra forma, es un conejo. Allí está, según Piglia, el núcleo de todo.
-El pato no lo dibujé yo. Lo hizo el primo de mi mujer que es pintor. Ese es el nudo de la novela. Hay un elemento endogámico en un pueblo, de expulsión de cualquier forastero que no tenga similitud con el universo en que se mueve. Me interesó eso, el juego de parecerse a algo. Qué es ser parecido. Qué quiere decir. Eso, y las falsas percepciones.
Las gemelas parecidas; los inocentes falsos; la luz de la traición que lo transforma todo; el apellido Belladona que refiere, entre otras cosas (¿a una conocida actriz porno, extrema?), a una planta de mitología inquietante que produce, en realidad, midriasis, una dilatación de las pupilas que genera un cambio en las percepciones de la luz.
-Pequeñas distorsiones en la percepción. Eso era el nudo secreto de la novela.
En una de las habitaciones de este apartamento hay cajas y, en las cajas, cuadernos de la marca Congreso con tapas de hule negro, los únicos que Piglia usa para escribir el Diario que empezó aquella tarde de marzo de 1957 y en el que ha volcado, desde entonces, 53 años de escritura permanente. Excepto por algunos fragmentos reproducidos en Prisión perpetua, y por un destello publicado en el número 10 de la revista Dossier que edita la Universidad Diego Portales, de Chile, no se conoce nada del contenido de esta obra de más de medio siglo.
-Yo creo que lo voy a publicar. No dejarlo como libro póstumo, ¿no? En un momento pensé que sería bueno publicarlo bajo la forma de series. La serie de los encuentros en los bares, la serie de las cenas con amigos.
En el Diario, la escritura manuscrita alterna palabras bien dibujadas con otras un tanto rotas. Piglia usa tinta azul, o al menos la usó a veces. Entre las páginas amarillas guarda -¿guardaba?- papeles con anotaciones: cuentas, garabatos, listas de tareas pendientes de las que empiezan con frases como ir a tal parte o comprar tal cosa. Los cuadernos de tapas de hule negro marca Congreso se consiguen en una sola librería de Buenos Aires, en el barrio de La Boca.
-¿Y cuando se terminen los cuadernos en esa librería?
-Imaginate. Cuando se terminen no escribo más. Pero no el diario: nada más. Sería buenísimo, ¿no? Se terminan los cuadernos y se termina todo.
6.9.10
Delator de realidades
10.8.10
Las palabras secretas
"¿Qué habrán dicho estas mujeres para desatar semejante represión?" La pregunta late a lo largo de las páginas de El Mañana, reconcentrada en la experiencia interior y exterior de Elisa Algañaraz, su protagonista. El asunto empieza así: dieciocho escritoras remontan un río a bordo de un barco en el que desarrollan el Primer Encuentro Confidencial de Narradoras. "Nos cayeron encima cuando las desavenencias ya habían sido limadas, cuando ya nos habíamos peleado con el lenguaje y habíamos jugado con él y nos habíamos revolcado y hasta chapoteado en las palabras como en tiempos preverbales, y para festejarlo bailábamos como locas meneando la cintura", se lee. Y entonces llegaron ellos, vestidos de negro, al abordaje, para plantarles armas y drogas y acusarlas de terroristas, para confinarlas a unos arrestos domiciliarios, en soledad, incomunicadas.
"Yo creo que ésta es mi novela más importante, porque es mi ars poética", dice Valenzuela en su casa de Belgrano. "Lo que me asombra es ver con claridad desde mi primer libro una línea que tiene que ver con qué es el lenguaje, qué va diciendo más allá de lo que ya sabés, aquello que casi no puede percibirse y está latiendo en todo. Mis libros son muy diferentes en lo anecdótico, y también desde el punto de vista de la escritura, pero hay una búsqueda intrínseca que se percibe entre uno y otro y tiene que ver con esto, con buscar el límite de aquello que no puede ser dicho, lo inefable, que en El Mañana aparece como tal; eso mismo buscaba por el lado del teatro en Novela negra con argentinos o a través de la pintura en Travesía, distintas instancias del arte. Lo veo en los ensayos que se escriben sobre mis textos, no en mi propia experiencia. Y me alegra, porque creo que hay una constancia y una coherencia latente. Mi manera de percibir el mundo es a partir de la comprensión indirecta de las cosas, algo a lo que estoy abierta. Y escribir me permite entender, o al menos organizar cosas que de lo contrario no podría percibir."
Aunque El Mañana sea, también, el nombre del barco que conduce al conjunto de escritoras a su desgracia, la novela trata fundamentalmente del encierro de la protagonista, sus secuelas, sus derivaciones, su fuga y su refugio en otro mundo: Villa Indemnización. Está recluida en un piso 13 sin biblioteca, sólo puede escribir en una vieja laptop cuyos archivos son borrados una vez a la semana por una cancerbera implacable, es sacada a pasear con un velo que le cubre la cara por un vareador los lunes y los jueves por la madrugada. Desesperante. Pero, y esto es una marca constitutiva en la escritura de Valenzuela, se trata de una desesperación entreverada con el humor. "Yo creo que el humor es redentor, que te salva de muchas cosas. Es lo que me está salvando. El humor negro, feroz, puede ser cáustico. Uno va en línea recta, ya con un camino trillado, ¿y qué te pone al costado, qué te permite ver otro panorama? El humor es una bisagra fantástica para moverte y descubrir cosas laterales que no tenés incorporadas."
"La acción transcurre en un futuro indefinido e imperfecto", se lee, en el que se entrevé una Buenos Aires ominosa, derrumbada, de drástica desigualdad social. Al rescate de la protagonista llega Omer Katvani, un traductor israelí que estuvo en el ejército, al que conoció en alguno de sus viajes: su arribo al piso 13 y sus pericias técnicas remiten de algún modo al Harry Tuttle que interpretó Robert DeNiro en Brazil. Pero este además es un caballero con sensibilidad literaria, tocado por las ideas sobre el lenguaje de Elisa. A la par de su historia la novela va contando también la de Esteban, un hacker argentino radicado en Estocolmo que también conoció a Elisa e ideó el plan de rescate y averiguación, y la de su chica, Rosalba. Omer le pide a la apresada, antes de irse, que retome su trabajo sobre Juana Azurduy, un personaje que, dice Valenzuela, le prestó a su protagonista. "En el acto de escribir aparecen las ilaciones, las asociaciones mentales, las metáforas. Yo escribo mucho mentalmente, también, y luego voy al papel, a la máquina. Pero después de la enfermedad no se me ocurría esa forma de pensar: son sistemas de pensamientos. Eso había desaparecido. Y el día que se me volvió a ocurrir un cuentito, una pavadita que entreví para un relato, me pareció milagroso. Porque hasta ese momento había un vacío: 'Sí, el lenguaje está, y todo lo demás, pero falta esta forma asociativa de tratar de delegar un sentido de las cosas'."
Viaje al fin de la noche
Los planes de Valenzuela para este año parecían idílicos, pero fueron, literalmente, de terror. Tenía programado un viaje soñado desde hace mucho por Birmania, Tailandia y Camboya y, a poco de partir, cayó y se fracturó la muñeca derecha. "Yo creo que desde ahí empecé a boicotearme", dice. Se fue igual, aunque se le hizo pesadísimo, muy cuesta arriba. Incluso estando allá se fisuró la muñeca de la otra mano. Volvió muy débil. Iba a publicar El Mañana en abril (la había terminado a mediados de 2009), pero el 13 de marzo empezaron a ser evidentes los síntomas de lo que resultaría una meningoencefalitis. "Estuve internada un mes y medio, fuera del mundo", dice Valenzuela. "Cuando desperté era como si hubiera vuelto del planeta Mongo y dije 'esto me lo pesqué por ahí'. Y me dijeron que no, que había sido acá. Mi hija me contó que también se lo había pescado Saccomanno. Me crucé con un virus, por suerte era un virus, con lo cual quedás limpio, ¿no? Vamos a tomar esto, así nos sentimos más fuertes para hablar de este horror."
Sobre una mesa bajita hay una botella de vino tinto, queso, galletas y pan. Siete y algo de la noche, luces tenues dentro de la casa. Tres perras merodean: una boxer atigrada de diez años, una blanquinegra retacona que se fue afincando de a poco, una doradita pelilarga que rescató, moribunda, de una plaza. "Estuve mucho tiempo sin conciencia, o diciendo pavadas de las que no me acuerdo", retoma Valenzuela. "Al volver tenía mucho miedo, pero ahora me resulta total y absolutamente fascinante. Porque se te descuajeringa el cerebro, se te desarma como un puzzle de no sé cuántas miles de piezas y crácate, se reestructura de nuevo como antes. Eso es mágico. Y entonces quiero explorar. Me puse a escribir. Ahora, porque al principio no podés."
Volvió a su casa a fines de abril, pero hasta fines de mayo estuvo "hecha un trapo, muy medicada", dice. No podía siquiera leer. "Ahí no querés nada, no te gusta nada, no quería ver ni a las perras. Tenía un miedo muy grande, ambiguo. Y una relación con el cuerpo muy extraña. Sigo sin querer escuchar música. Fue un viaje, un viaje al fondo de la noche. En la única visión que me acuerdo, porque estaba en coma, iba caminando por una cosa muy oscura, pero era placentero. Y llego a una parte donde hay una cortina negra, negra carbón. Y digo: 'Tengo que atravesar eso y desaparezco. Yo no creo en Dios. ¿Cómo que no creo en Dios? Si no creo en Dios ni en nada, desaparezco y no quiero, no me quiero morir, no puedo morirme ahora. Es la muerte. No puedo morirme ahora porque tengo que escribir esto y esto'. Una lista de cosas que era muy ridícula. Y entonces salí de eso, o me desperté, o me fui a otro lado. No tengo más memoria que de esa escena. Después me contaron que hubo un momento en el que entré en convulsiones. Fue acá, porque estuve internada, vine a casa tres días y volvieron a llevarme. Y los que vinieron de emergencia decían 'la perdemos, la perdemos'. Yo quiero saber si la visión aquella coincidió con este momento, pero es imposible. Se lo conté a Alberto Díaz (el editor) y me dijo 'podés escribir un best-seller'. Y enseguida corrigió: 'Ah, no, si es negro no, porque tiene que ser blanco, como Sueiro'."
Y se ríe con ganas Valenzuela, y dice que también temió haber perdido el sentido del humor. El neurólogo que fue a consultar en los últimos días le sugirió hablar, explorarlo, acaso en terapia. "No, psicoanálisis no", respondió ella. Le interesa, en cambio, seguir abordando el asunto desde el lado de la neurología, charlando con este médico, que le recomendó que todavía no escribiera sobre el tema. Retruca: "Y yo me dije: '¿Qué me viene a contar, éste?' Si toda mi vida me metí en los espacios oscuros, quise explorar zonas prohibidas. Empecé a leer todos los partes médicos, me metí en Internet, leo, quiero saber todo. Al principio no podés ni caminar, tenía unos ataques de nervios infernales, como nunca. Me parece que el cuerpo adquiere otra dimensión cuando está herido, no podían ni tocarme. Ahora me canso fácilmente, nada más, me siento bien. El cerebro quedó bien. Es asombroso cómo recuperás: un día llamo por teléfono a un gran amigo en Nueva York y de golpe tomé conciencia: 'Estoy hablando en inglés como siempre, el inglés está ahí, intacto'. El peligro fue grave y tenía noción de eso, pero ahora me resulta una aventura más. ¿Uno quiere explorar zonas oscuras? Bueno, ¡al carajo que las explora! Ojalá me acordara de más ensoñaciones."
Lo más impresionante "es lo premonitorio que es eso", dice Valenzuela y señala, como si no quisiera nombrarlo, un ejemplar de El Mañana que está también sobre la mesa. "Todo ese encierro, el arresto domiciliario, la parte del sueño en la villa miseria, no lo quería ver", dice. Página 259: "Mejor seguir deshilachando viejas bolsas de arpillera en vez de poner en marcha las meninges. Tantas veces se rebeló contra el mandato oscuro ¡No pienses! y ahora no se le ocurre mejor sosiego que ése. No pensar. Deshilachar. Migajas. Si pensara tendría que ponerse a reflexionar en tantas cosas, en sus compañeras de infortunio, en el ataque a traición, en el encierro que a ella se le hizo doble porque del domiciliario fue derechito a caer en otro y aquí mismo donde se supone que está la protección también está el rechazo de quienes sospechan de ella. Una leprosa de la mente, así se percibe. Mejor la atención puesta en los sueños, donde no hay rechazo alguno y no hay un amor perdido ni una hija por venir, es decir soledad por los cuatro costados."
En sus últimos días en el sanatorio le mandaron un ejemplar desde la editorial: no quería ni tocarlo. Luego le mandaron tres más a su casa: le dio uno a su hija, otro a su nieto y el tercero a una investigadora norteamericana estudiosa de su obra que vino de visita. "Vos mencionás la palabra meningitis", le dijo esta mujer, y ella respondió: "Noooo, no creo". Fue a buscar: estaba "meninges". "Eso es lo que más miedo me da, porque ella estaba con la orden de 'no pensar'", dice Valenzuela. "¿Qué pasa con la escritura y la realidad, dónde está la ficción, cuál es la premonición? ¿Provocás las cosas, las prevés? ¿Cómo se ponen en funcionamiento? Porque me ha pasado muchas veces. Y no es que no quisiera ver el libro porque tuviera conciencia de que era premonitorio: simplemente, no quería. Y otro día, charlando con una amiga psicoanalista, me dice a ver, contame de qué trata. Le cuento un poco y me dice 'estás contando tu historia, el encierro'. Qué curioso. Eso también quiero explorar. En este libro puse a funcionar mi búsqueda de qué pasa con el lenguaje, y mi única forma de averiguar es a través de la ficción. Uno se separa de los libros, pero con éste, por esta historia, me cuesta."
El Mañana Luisa Valenzuela Planeta 382 páginas
Escritoras silenciadas
Recuerdo que en varias situaciones decías que estabas empantanada con esta novela. Y vi, leyéndola, que esas marcas de bloqueo están incorporadas a la escritura, para avanzar.
–Claro, para dar una vuelta de tuerca y seguir. Esta novela me llevó años, me empantanaba a cada rato. No sé hacer un plan previo, y en la medida en que lo tengo, me aburro. Por lo general uno está como en un estado, y aunque hagas otras cosas va cocinándose a fuego lento, in the back of the mind, como dicen los ingleses. Pero acá no, me desprendía completamente, me iba de viaje, daba conferencias, escribía otros libros y me olvidaba. Entonces me costaba muchísimo volver y entrar, cómo sigue. Era complicado retomar el hilo.
Hay mucho trajín sobre esta línea que separa dos campos: la literatura replegada sobre sí misma y en el lenguaje, de un lado, y el relato de historias, la aventura, etc., del otro. ¿Hay una búsqueda por conjugar ambos en El Mañana?
–Yo creo que no son dos cosas aparte: qué pasa como thriller y qué pasa dentro del lenguaje. Pueden considerarse las dos líneas, pero yo creo que no existiría la peripecia si no hubiera existido el cuestionamiento constante sobre el lenguaje. Es una novela de conjeturas al respecto. También me interesa la acción, porque es un libro de aventuras, ¿pero cómo la explicitás, cómo lo ponés en acto, eso? Meterte en el lenguaje es una aventura en sí. Son dos caras de una misma moneda. El lenguaje te lleva por vericuetos rarísimos, inesperados, insospechados y peligrosos, eventualmente, pero si lo explicás es un bodrio.
Juana Azurduy juega un papel muy importante en El Mañana.
–Sí. Me sorprendió cuando reaparece, ya cuando ella está en la villa. Creí que la había abandonado en mitad de camino, cosa muy mal hecha, porque va en contra de todos los preceptos de la buena literatura. Es la pistola de Chéjov, ¿no?, que tiene que dispararse al final.
Que haya sido sorpresivo incluso para el autor quizá otorgue mayor contundencia al relato.
–Lógico, sí, porque ahí entendés la razón de ser, por qué estaba al principio. Porque al principio es una bisagra que lleva a otra instancia: que ella se identifique con alguien heroico y que no salga de su situación de víctima. Cuando eso vuelve, de golpe, adquiere otra resonancia. Y también al final, ¿no?
¿Por qué te interesa Juana Azurduy?
–Quería escribir un libro sobre Juana, ésa es la verdad de la milanesa, explorar ese contacto entre la mujer y el lenguaje indígena, los mundos unificados, otra manera de ver la realidad desde la palabra. ¿Qué tiene ella para convencer a estos indios que son sus soldados? La palabra, arengarlos. Y esa arenga, hecha por una mujer, creo que va a ser muy distinta a la de los hombres. Los indios empiezan a llamarla Pachamama, "nuestra madre", y ella los llama Los Leales. Ellos pelean por algo que les importa un reverendo cacahuete, por decirlo en mexicano, porque con Independencia o no, siempre van a estar atrapados en una situación horrible. Es verídico: ella tenía ese ejército, no le daban criollos. No le hubieran llevado el apunte. Por esto de machos, viste. Y acá habría otra dinámica de lenguaje. Eso quería contar en ese libro sobre ella, pero me dio la sensación de que al escribir el primer capítulo ya había contado todo. Porque como conozco su historia, no tengo por qué abundar en detalles. Después Pacho O'Donnell se apuró, sacó la de él y ahí abandoné la empresa. Es un personaje fabuloso Juana: salva al marido, toma pendones, rescata la cabeza de Padilla de la picota, le corta la cabeza a Eloyza en medio del río. Su historia es maravillosa.
El punto de partida tuvo que ver con esa idea de escritoras secuestradas, acalladas. Con una respuesta humorística a eso.
–Puede ser, pero mi idea primigenia fue tomarme en serio una época en la que no me daban mucha bola. (Se ríe.)
¿Y veías que era una actitud hacia las escritoras en general?
–Hacia ciertas escritoras, porque hay toda una línea de la escritura femenina muy aceptada y aplaudida, que no amenaza el statu quo. Yo creo que a las periodistas de investigación las respetan. Pero las escritoras de ficción que se metieron con el tema político en profundidad, con buena escritura, tuvieron un rechazo muy especial dentro de las mismas editoriales. ¿Cuánto tiempo tardaron en este país en publicar mi Cambio de armas, que es del '72? Veinte años. Es mi caso y el de otras, puedo citar a varias: Susana Romano Sued, Susana Cella, Liliana Heer, Elvira Orpheé, Elsa Osorio. Hay una especie de anteojeras para ver esta cosa política en las mujeres.
Ni malos ni buenos
Ha dicho Valenzuela que, en general, la escritura de la mujer es menos maniquea que la del hombre. Que en la escritura de las mujeres aparecen zonas de ambigüedad, donde los malos no son tan malos ni los buenos tan buenos. Y que eso incomoda mucho. "Por eso investigo tanto si existe o no un lenguaje femenino, si podemos decir otra cosa", dice. "No hay duda de que podemos mirar desde otro lugar, como los oprimidos. Quizá por eso ella va a la villa. Pensá que las mujeres estuvieron fuera del lenguaje; ya lo dijo Lacan, un poco brutalmente. No te incluyen en los plurales, está invisibilizado eso. Bueno, percibimos la realidad desde un cuerpo distinto."
"Conviene escribir –anota en El Mañana– como quien se tira de cabeza a la piscina sin averiguar si hay o no agua"; Valenzuela dice que es cierto y se ríe. Hay mucho de ella en la protagonista, dice. Y, también, que el personaje no le cae bien. Que prefiere a los hombres, a Omer, y al Viejo de los Siglos, o Saldívar, dos tipos que Elisa conoce en la villa y serán centrales en el encuentro consigo misma.
Cincuenta años atrás terminaba su primera novela, Hay que sonreír. Toma nota del dato y dice: "¡Qué horror! Tenía 21 cuando la escribí, sí. Cuando se cumplieron 40 me quería morir, imaginate. Me acuerdo patente de cuando la escribía, en París. Tenía un bebito que dormía la siesta y yo extrañaba mucho la Argentina. Se me ocurrió el principio y el final y pensé que sería un cuento; yo había publicado cuentos y creía que no podría hacer novelas. Pero después empezó a salir. Cuando terminé, noté que estaba un poco cruda, que había que pulirla. Volví a Buenos Aires y pensé que no tenía sentido del humor la novela, me amargué. Seis años después la saqué a relucir y me reí a mares: ni la pulí, era tan arquetípica, un Buenos Aires tan falso, que el palacio del tango, el parque Retiro, otra época. Me causó una gracia absurda. Ahí se publicó. Pero en su momento no me di cuenta, no lo podía calibrar. Y me acuerdo de descubrir esa fascinación por la escritura de ficción: cómo en perspectiva las cosas adquieren una dimensión distinta de lo que parece a simple vista".
Por estos días se publica también en Buenos Aires el volumen de cuentos Tres por cinco, editado inicialmente por Páginas de Espuma en España el año pasado. Valenzuela enseña además una edición casera de ABC de las microfábulas, unos textos que machacan con humor sobre la letra inicial que nombra a una serie de animales. Y un librito llamado Acerca de Dios (o aleja), que trata de su vínculo en la infancia con el barba, diría Diego. "De chica tenía una relación muy particular", dice Valenzuela, que se define primero atea y luego animista. "Me puse a analizar eso y llegué a la conclusión de que ahora no creo. Y me perturbó, te diré, en su momento, en esa visión, no tener una relación. Decir: 'Qué divina, me voy a morir, voy a encontrarme con Dios'. Ay, pucha, no me encuentro con nadie, qué espanto, no quiero desaparecer."
Te perturbó, pero tal vez eso mismo te dejó de este lado.
–Sí, no pude cambiar de parecer. Al mismo tiempo necesitaba como un mantra, una cosa para rezar, para concentrar el pensamiento. Y las oraciones que yo sé son las católicas, las cristianas. Entonces rezaba y decía "bueno, pero estoy falseando". Fue concentrar la energía en algo, en un momento en que estaba muy dispersa, como si se hubiera ido del alma. No sé si hay un alma, qué sé yo. En esa visión, una de las cosas que yo me imponía para hacer era un libro de viajes, contarlos, porque he hecho viajes divinos, con un montón de anécdotas que tengo ganas de contar. Y ahí me dije: "Bueno, éste es otro viaje y el medio de transporte es el virus. ¡Te lleva al carajo! Pero es un vehículo. Y si es un virus, con suerte, en algún momento se va a morir".
5.4.10
El amor, el sexo y sus máscaras
Una crítica literaria y un escritor plantean aquí sus argumentos para debatir en torno a La humillación, la última novela del escritor estadounidense Philip Roth. Son dos visiones donde se trenzan a partir del juego intertextual del autor, sus obsesiones, su decadencia y sus ideas románticas.EN CONTRA
Philip Roth haciendo de Philip Roth
Por Virginia Cosin
La humillación es un libro flaco. Y no porque contenga pocas páginas sino porque, en este caso, la historia expone mucha menos carne que piel y hueso. Hay una idea. Hay una estructura. Y hay un comienzo: "Había perdido su magia". Esto dice Simón Axler, último envoltorio nominal con el que Roth se disfraza esta vez. Por eso, aunque sea un poco obvio, no queda otra que preguntarse si esto es lo que nos dice ahora Roth de Roth.
Axler es un actor de 75 años que ha cosechado fama y dinero, principalmente como actor de teatro. Representó a todos los Shakeaspeares posibles, pero un día, arriba del escenario, deja de encontrarle un sentido a la actuación. Recién divorciado de su última esposa, se hunde en una depresión que lo deposita en un instituto psiquiátrico. Cuando vuelve a su casa, se enreda con una mujer más joven que él, más confundida, más frágil y, por lo tanto, más peligrosa que ninguna otra. Roth viene experimentando con el uso de las máscaras (este libro remite indisolublemente a Persona, de Ingmar Bergman) desde que el éxito y el escándalo que suscitó El lamento de Portnoy lo convirtió en una celebridad, en parte por la incógnita escabrosa acerca de quién era realmente Alexander Portnoy, cuya biografía tenía tantos puntos de contacto con la de su autor: los dos habían crecido en Newark, los dos eran hijos de una familia judía, los dos ostentaban cierta dificultad para vincularse afectivamente con las mujeres. A la pregunta sobre si Portnoy era Roth, Roth contraatacó con Zukerman desencadenado, donde un escritor se convierte en una celebridad gracias a su última y escandalosa novela, cuyo protagonista, Carnovsky, es sospechosamente parecido a su autor, Zukerman. La trama, que Martin Amis describió como "una novela autobiográfica sobre la experiencia de escribir novelas autobiográficas" se teje alrededor de un autor intentando desprenderse la malla adherente de su personaje, que se le pega a la piel. Pero Zukerman es sólo uno de los muchos "otros yoes" de Roth: está David Kepesh, (protagonista de la trilogía El pecho, El profesor del deseo y El animal moribundo), un profesor universitario, también escritor, al que lo seducen las mujeres más jóvenes que él. Y Mike Sabath –en El teatro de Sabbath–, un titiritero que ya no puede dedicarse a hacer lo único que sabe, porque sus manos se vuelven artríticas por culpa de la vejez (temido fantasma en su literatura, que en los últimos años ha recrudecido ya no como fantasía sino como experiencia real), pero cuyos impulsos sexuales siguen vibrantes; y Philip (a secas) –en Engaño– un escritor que dialoga con su amante sobre todos los tipos de farsas a los que son sometidos y se someten hombres y mujeres. Y es nada más y nada menos que Philip Roth en Operación Shylock, una delirante comedia de enredos en donde el escritor tropieza con un falso Philip Roth en la tierra prometida. Y vuelve a ser Philip Roth en Patrimonio, pero acá aclara que sí, se trata de una historia verdadera, y se sumerge en la vida –y la muerte– de su padre. Lo cierto es que gran parte de su gracia consiste en conjugar ficción con realidad y desnudar el centro nervioso alrededor del cual giran Eros y Tánatos. Es su desencanto y a la vez la fuerza con la que ruge de dolor lo que conmueve. Sucede que en La humillación, Roth ya no es el hábil constructor de entelequias que se mueven por el texto como en un cuarto repleto de espejos, en donde se hace difícil distinguir cuál es la real y cuál la copia, sino que parecería haberse convertido en un caricaturista de sí mismo. Por supuesto, hay pasajes brillantes: se trata del genio de Roth. Pero aquí es un genio cansado, en piloto automático. No es casual que este nuevo personaje sea precisamente un actor, alguien que se dedica a ser otro. Tampoco lo es que sea un hombre famoso. Allí están todos los ingredientes que suelen nutrir su literatura. Sólo que esta vez, el trazo es demasiado grueso. El comienzo de La humillación atrae al lector y lo mete de cabeza en la historia. Pero hacia el final el lazo se hace tan estrecho que obtura el interés. En este último libro estamos en presencia de un Philip Roth queriendo ser Philip Roth. La buena noticia es que él sigue estando ahí, entre la piel y el hueso.
A FAVOR
Por Ernesto Mallo
La traducción es la primera, aunque no la única, dificultad que opone la lectura de la novela número treinta de Philip Roth. En realidad se trata de un cuento hipertrofiado, generosamente editado para que parezca una novela. A Roth parece que últimamente le está sucediendo lo mismo que al protagonista de La humillación: está perdiendo la voz. Es posible que el ritmo furioso al que viene produciendo libros tenga su cuota de responsabilidad. Los personajes de la obra, especialmente los femeninos, depredadoras poco verosímiles, carecen de nervio; son como fotografías de cumpleaños de personas desconocidas. La trama es débil y produce pocas emociones, amarga, ninguna sonrisa. La humillación es una retractación pública de la muy erótica El teatro de Sabbath. La historia toca sus temas recurrentes: muerte, locura, suicidio y las miserias del envejecimiento. En esta ficción, el vehículo para tratar estas cuestiones es Simon Axler, un reconocido actor a quien se le muere el talento. Cayendo por la pendiente del fracaso, Axler se embarca en una relación con la hija lesbiana de unos amigos, veinticinco años menor que él. Axler quiere "redimir" de su homosexualidad a Pegeen. La narración de sus relaciones, que incluyen un menage a trois, falla. No hay erotismo, el recuento de las acciones y de los "juguetes" de que se valen los personajes para su performance es turístico, no produce excitación alguna, aparece como las fantasías sexuales de un anciano que mira postales pornográficas.
A pesar de sus debilidades, La humillación es un libro que vale la pena leer. Roth despliega un profundo conocimiento de la psicología de los actores: es un tour por su desvergonzado e imprescindible narcisismo. Lo que más interesa es la cuestión del poder en el amor. Acá es donde asoma la pluma fuerte de Roth. Quién tiene el poder en una relación amorosa y por qué lo tiene son las preguntas más inquietantes que la novela le plantea al lector. La respuesta no lo es menos: en el amor tiene el poder quien menos ama. La única manera de tener poder es ejerciéndolo, haciéndoselo sentir al otro. Contra toda fantasía romántica (el amor todo lo puede, el amor es más fuerte, el amor nos salvará), Roth opone una visión cínica (dicho esto en el mejor de los sentidos). Desde la vereda de enfrente de la idea romántica del amor (prístino, edulcorado, matrimonial y aséptico), Roth lo muestra pasional, violento, peligroso, oscuro, subterráneo, húmedo, mortal y amargo; carnal y gozoso. Con estas características construye el diálogo político entre Axler y Pegeen. El otrora gran actor que empequeñecía a los otros actores y cautivaba audiencias con su arte queda sometido a las veleidades de una mujer que no es casi nada, que no ha logrado nada, pero que tiene el poder de la juventud. Ser joven significa que siempre hay otra oportunidad. Cuanto más viejo se es, no importa cuántas medallas adornen el pecho, menos oportunidades nuevas habrá. Axler es consciente de la situación, sabe que lleva las de perder, quisiera alejarse, no está en condiciones de soportar otro abandono. Contra toda razón y buen juicio, contra toda certeza del fracaso inminente, sostiene la relación. La esperanza dota al personaje con su dimensión trágica. La esperanza de perpetuar el amor romántico lleva a Axler a fantasear con tener un hijo con ella, establecer un vínculo de sangre, el único que puede subsistir hasta que la muerte los separe. La esperanza lo conduce al laboratorio donde analizarán su esperma. Todo lo hace sin decirle una palabra a su amante porque sabe también que su esperanza transita el camino de su deseo. Si lo que esperamos se parece a lo que deseamos, lo más probable es que nos engañemos. Entonces Axler espera hasta último momento para proponerle un hijo a Pegeen, y espera porque no tiene más remedio, porque el poder lo tiene ella. Quien carece de poder está obligado a esperar, quien tiene el poder obliga a los otros a esperar. No lo matará la vejez, la locura, ni la enfermedad, sino la esperanza.
26.3.10
Fernando Vallejo hace una reflexión sobre la vejez en "El don de la vida"
El escritor colombiano se siente ya "medio muerto" y cree que escribir en ese estado "es la única forma de renovar la literatura". Por eso habla de su "muerte inminente" en su nueva novela, "El don de la vida", una reflexión sobre la vejez y "una burla a muchas cosas, ante todo a la muerte"
Fernando Vallejo, escritor colombiano.fOTO;fUENTE:que.es
"No le veo ninguna razón a la vida y por eso no la puedo defender", decía hoy Vallejo, en vídeoconferencia desde Bogotá, al presentar en la Casa de América la novela que Alfaguara acaba de publicar en España y que también ha llegado a las librerías de Argentina, Colombia y México, país este último donde el escritor reside desde hace casi cuarenta años.
El propio Vallejo (Medellín, 1942) ha dicho en alguna ocasión que esta novela es su "testamento literario", pero hoy reconocía que quizá "viole" su propia palabra y vuelva a escribir otro libro sobre su muerte, un tema al que ya ha dedicado también las obras "Entre fantasmas" y "La rambla paralela".
"Lo único que me interesa es mi muerte. No estoy seguro de que esté muy vivo porque uno se muere de a poquito. Tal vez sea la única forma de renovar la literatura. Juan Rulfo puso a hablar a los muertos en 'Pedro Páramo' y aquí en Colombia queremos ir más allá que en México: escribimos libros los escritores muertos. Yo estoy medio muerto", aseguró Vallejo, siempre polémico y transgresor.
Vallejo intentó escribir su nueva novela "sin insultos, sin ira y sin escenas violentas de sexo", pero lo que resultó es muy distinto. El libro es "un catálogo de injurias" que él ha formulado "a la aventura" y como ha podido, pero "no es un testamento literario", porque, cuando se muera, no va a "dejar nada, sino viento, como el común de los mortales".
El autor de "La Virgen de los sicarios" echa la culpa a la Iglesia de casi todos los males que padece la humanidad, pero no comparte del todo las críticas que se oyen estos días hacia los sacerdotes pederastas.
"Este asunto lo veo muy distinto de cómo lo está viendo el común de la gente, porque se ha creado una histeria en Europa y en Occidente buscando chivos expiatorios", ha señalado.
"Están poniendo el grito en el cielo porque unos pobres curitas, a los que les han arruinado la vida, masturban a un muchachito de doce o quince años", decía el escritor, poco después de haber contado que, en su caso, "el problemita" de la sexualidad lo resolvió acostándose "con los dos sexos". "Y me ha ido muy bien", apostilló.
"La pederastia es inocente siempre y cuando no vaya destinada a la reproducción, en cuyo caso es el crimen máximo, y siempre y cuando no medie la violencia física y la coacción moral", añadió Vallejo, quien no se suma "a la campaña de satanización de la Iglesia por la pederastia".
Hace tres años, Vallejo dijo que renunciaba a la nacionalidad colombiana, pero no lo decía "en sentido literal" por más que algunos lo han querido interpretar así. "Yo sigo cargando con Colombia hasta que me muera, o sea, hasta que me acabe de morir", afirmó el autor de "El desbarrancadero" y "Mi hermano el alcalde", que fue presentado hoy por la directora de Alfaguara, Pilar Reyes.
En su opinión, los males de Colombia se deben "sólo a la clase política y a la Iglesia", que ha dirigido los destinos de los colombianos desde que se independizaron de España, hace doscientos años. "Seguimos cargando con el burocratismo, heredado de España, y con esa plaga de la Iglesia", señaló.
La Iglesia, dice en la novela y repitió hoy en su encuentro con la prensa, padece "el mal de Alzheimer" porque se olvida siempre de "los incontables crímenes cometidos a lo largo de veinte siglos". Aunque, eso sí, "es muy buena para enterrar, y para cobrar hasta por los entierros".
Como le sucede al protagonista de la novela, "alter ego" de Vallejo, el escritor tiene una libreta en la que va anotando los nombres de las personas que ha visto y tratado alguna vez en la vida y que han muerto.
Lleva anotados casi setecientos, y hoy no quiso dar los nombres de colombianos de cuya muerte se alegra. "Los muertos ya tienen saldadas sus cuentas conmigo. No les tengo odio sino más bien envidia".
En el libro arremete contra numerosos personajes públicos de reconocido prestigio, como Albert Einstein, Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Octavio Paz, Gabriel García Márquez o Ghandi.
"Borges es un 'güevón' y todos lo saben. ¡Pero quién le da patadas a un ciego!", escribe Fernando Vallejo en su novela.
Sin embargo, aclaró hoy, ésa es la opinión del narrador del libro, no la suya. Él cree que Borges "es un buen prosista, pero no es el más grande. Para ser un gran escritor hay que tener un alma grande y Borges no la tenía, al contrario que Cervantes, que sí la tenía y por eso pudo escribir el Quijote"
2.3.10
La antorcha de la ceguera
"Con la antorcha de la ceguera, Sobre héroes y tumbas ilumina un camino desviado hacia la noche original. A mediados del siglo XX, en una ambiciosa ciudad periférica de Occidente, se abre un agujero negro, un hueco estelar. En su espejo invertido desaparecen las formas de las cosas habituales, "el sentido de lo cotidiano". Desaparecen, a secas, las formas, devoradas por una succión que disuelve los contornos de todos los seres, la "conciencia que establece las grandes y decisivas divisiones en que el hombre debe vivir".
Como moneda de oro, la esfera entonces refulge, una vez que las cosas de este lado se han desprendido profundamente. ¿Es la utopía de un orden nuevo y radiante lo que aparece cuando el orden viejo de las "grandes divisiones" de las inadecuadas diferencias, se ha destruido? ¿O es ese "orden" la otra cara del Caos, nacido antes del Tiempo y de la Conciencia?
No lo sabemos, y poco importa. Lo que cuenta es el camino, que es, sin duda, el extraño camino de la poesía. Muy por debajo de la ciudad que vemos fluye un río turbio, de aguas fétidas, que en algún momento deja de ser un confuso torrente de desechos, para convertirse en el lecho "limoso y elástico" de una laguna pampeana, y en una planicie iluminada por otro sol, y en una cordillera sumergida y en un paisaje lunar, y en el lomo petrificado de un dragón gigantesco. Un mundo seco y muerto, desolado y vastísimo, donde sin embargo arde un fuego eternamente vivo. El fuego late en el fondo de su contrario: el agua. Proviene de un Ojo Fosforescente iluminado como una gruta submarina.
Aquí tiene lugar la más extrema y radical aventura poética, la aventura de la traslación y la transformación: "vi mi pasado y mi futuro (mi muerte), sentí que el tiempo se detenía confiriéndome la visión de la eternidad, tuve edades geológicas y recorrí las especies: fui hombre y pez, fui batracio, fui un gran pájaro prehistórico".
La apuesta más audaz y más feroz de las vanguardias, y en particular del surrealismo: la alianza de los extremos, la "correlación de lejanías", desborda en la poética de Sabato los puntuales resplandores de la metáfora, para extenderse a toda la concepción de la novela: "En realidad sería necesario inventar un arte que mezclara las ideas puras con el baile, los alaridos con la geometría. Algo que se realizase en un recinto hermético y sagrado, un ritual en el que los gestos estuvieran unidos al más puro pensamiento y un discurso filosófico a danzas de guerreros zulúes. Una combinación de Kant con Jerónimo Bosch, de Picasso con Einstein, de Rilke con Genghis Khan" (Abaddón, el exterminador).
En Sobre héroes y tumbas el arte novelesco de "Gengis Kant" ("bárbaro conquistador y filósofo alemán", afirmaba la genial boutade de Uno y el universo) llega a un punto clave de esplendor turbulento. Fernando Vidal Olmos ha encontrado su Aleph, su centro del Universo, donde coinciden los opuestos, donde conviven de algún modo todos los espacios y todos los tiempos. Pero a diferencia del contemplador borgeano, Vidal Olmos se hunde de cuerpo entero en la "fosa de la verdad". La experiencia visual se transforma en experiencia táctil y enteramente corpórea, la comtemplatio en pathos. No se está frente a la summa abrumadora de lo visible sino frente al desafío de lo vivible y lo tolerable por una criatura, a la que le es dado retrasar en su carnadura única y mortal, la entera historia no ya de la propia especie sino de la vida misma y sus incontables metamorfosis. Como el "inmortal" de Borges, Vidal Olmos agota las posibilidades de lo humano, aunque no en la sucesión interminable sino en un solo episodio de brutal y vertiginosa combustión. Y a diferencia del personaje borgeano, el registro de sus vivencias lo lleva también a las máscaras animales y las combinaciones monstruosas (...)
Sobre héroes y tumbas, "novela total" (de acuerdo con la aspiración romántica, que solicitaba del género la visión de lo humano en todas sus dimensiones) entreteje múltiples voces e historias con la Historia, expande en direcciones contrapuestas los ámbitos geográficos, abre, desde la ciudad cotidiana, una grieta en la percepción, una ventana oscura hacia el otro lado de lo que creemos real. Hay en ella un relato de amor entre un adolescente solitario e inseguro que no sabe aún cómo devenir hombre (Martín) y una muchacha (Alejandra) que parece llegar desde un pasado inmemorial. Hay también un relato de horror que es la Historia de un país donde se vuelven a deshacer, con el trabajo del odio, los cimientos de una fundación que nunca pudo asentarse en la inestable arena del combate. Hay otra historia de incesto (entre Fernando Vidal Olmos y Alejandra –y también la madre o la Diosa Madre–) que le reclama al héroe volver insaciablemente a los orígenes y afrontar (como otro Dionysos) el terror y la desintegración para nacer de nuevo, acaso, desde la unidad primordial. Este mandato imposible, esta paradoja, encontrará su adecuado escenario en las cloacas de Buenos Aires, y su expresión simbólica es la Ceguera. Una Ceguera que tiene su propia y oculta sabiduría, que cuestiona la luz meridiana del "logos", de la razón platónica, para instalar, en un territorio mítico, más allá de las engañosas copias visuales, fuera del tiempo, el camino del "conocimiento por el tacto": la recuperación convulsiva del cuerpo –negado y escindido– en las experiencias agónicas del devoramiento y de la fusión.
Ese camino poblado de imágenes alucinatorias, tan afín al surrealismo y sus paisajes oníricos, que marcaron de manera decisiva la estética del autor, no obstruye otras visiones más familiares y cercanas. Sobre héroes y tumbas es también una novela de Buenos Aires-Babel, la gran ciudad donde convergen, no siempre felizmente, las etnias y las lenguas, donde las muchedumbres no alcanzan a constituir una comunidad sino la conjunción azarosa de seres humanos que viven ensimismados, su propio extrañamiento: no sólo los inmigrantes europeos sino los "cabecitas negras" que llegan desde las provincias como otros desterrados, no menos extranjeros en la ciudad cosmopolita.
Desde su singularidad, la novela expresa cabalmente los temas y debates de la coyuntura de "los sesenta" (la vuelta de la mirada hacia el Interior, la indagación en la historia nacional, la relectura del peronismo, el "compromiso" del escritor); se convierte en inexcusable referencia y en hito representativo con el que dialogará la generación siguiente (la de El escarabajo de Oro). Más allá de su contexto inmediato, es un palimpsesto, una obra complejamente simbólica, susceptible de asedios desde los más diversos registros (metafísico, sociológico, histórico, político, gnoseológico). Por lo demás, en su espacio desdoblado y sinuoso cada peregrino o transeúnte podrá hallar el diseño de su propio itinerario vital, de sus preocupaciones intelectuales, de sus terrores y sus deseos.
Unos la leerán como el vademécum que nos guía por una ciudad aparentemente conocida y esencialmente misteriosa. Algunos rastrearán en ella el origen del Mal o del mal argentino, o el mal del Origen. O las torsiones del arte moderno, desde el romanticismo al surrealismo, o las antinomias de la condición hispanoamericana (y de la condición humana). O verán en sus mapas de escrituras diversas, de grafittis y relictos verbales, vislumbres posmodernas. Otros seguirán el hilo fracturado del discurso amoroso que alcanza, en Martín y Alejandra, una configuración ya legendaria.
Acaso por la variedad de estas "entradas" posibles, por sus potencialidades de abordaje, Sobre héroes y tumbas fue, a partir de su primera recepción, una novela sujeta a todo tipo de discusiones críticas. Por mi parte, siempre encontré en ella, desde la pasión empírica de la lectura, un "núcleo duro" perteneciente al orden de lo irrefutable. Cuando Fernando Vidal Olmos, después de descender a las cloacas de Buenos Aires, despierta en su cuarto de Villa Devoto, no se cuestiona la "realidad" de su periplo subterráneo, sino la del mundo "normal" al que parece haber sido devuelto. "Enceguecido y sordo, como un hombre emerge de las profundidades del mar, fui surgiendo nuevamente a la realidad de todos los días. Realidad que me pregunto si al fin es la verdadera." "¿Cómo llegué nuevamente hasta mi casa? ¿Cómo los ciegos me dejaron salir de aquel cuarto rodeado por un laberinto? No lo sé. Pero sé que todo aquello sucedió, punto por punto."
Si de algo tengo certeza yo también es de que en el núcleo de Sobre héroes y tumbas ha sucedido y sucederá la poesía en estado puro, esto es, en estado mágico. Las metamorfosis de Fernando son más que metáforas, tal como las entiende la "razón interpretativa". Son encarnaciones fascinantes que seducen, horrorizan y encandilan. Unen lo arcaico inmemorial y la novedad atroz, inclasificable, ingobernable. El espanto gozoso de la transformación prescinde de traducciones, explicaciones, paráfrasis. Es, simplemente.
Bajo la luz del sueño, dijo Jean Paul, vemos ambular, en libertad, de noche, las fieras que la razón diurna mantenía encadenadas. O, según Novalis, adivinamos la eternidad, el pasado y el porvenir. A veces la literatura se inviste con los poderes del sueño y libera a los animales enjaulados, ilumina territorios imaginados y perdidos. Sobre héroes y tumbas, gótico surrealista y argentino, galería de fantasmas familiares, geología fantástica, perverso libro de viajes fabulosos en el corazón de lo cotidiano, nos ofrece la ilusión de recobrar un tesoro siniestro. De asomarnos a la "forma oculta del mundo", y de atisbar en ella, como en un diseño abismal de cajas chinas, todos los "otros mundos" que están en éste."
Sobre héroes y tumbas
Ernesto Sabato
María Rosa Lojo coordinadora
Alción
1036 páginas
13.12.09
Nabokov según Amis
El autor de Lolita quiso quemar El original de Laura , su última e inconclusa nouvelle que acaba de ser publicada. Uno de sus grandes admiradores, Martin Amis, despedaza ese texto póstumo y aprovecha para criticar puntos oscuros en la obra de este verdadero genio. Una clase magistral de literatura
Vladimir Nabokov (1899-1977)El lenguaje lleva una doble vida... y lo mismo le ocurre al novelista. Uno charla con la familia y los amigos, atiende su correspondencia, considera menús y listas de compras, observa signos viales y cosas por el estilo. Después, uno va a su estudio, donde el lenguaje existe de una forma muy diferente... como materia basada en el artificio. Casi todos los escritores, me parece, estarían de acuerdo con la reminiscencia que Vladimir Nabokov (1899-1977) consignó en 1974:
... Consideré a París, con sus días grisáceos y sus noches color carbón, tan sólo como un marco oportuno para los más auténticos y fieles deleites de mi vida: la frase colorida que irrumpía en mi cabeza bajo la llovizna, la página en blanco bajo la lámpara de mi escritorio que me esperaba en mi humilde hogar.
Bien, el deleite creativo es auténtico, sin embargo no es fiel (como casi toda la galería completa de las mujeres ficcionales de Nabokov, el deleite creativo, al final, es sádicamente voluble).
Escribir sigue siendo una tarea muy interesante, pero el destino, o el "malhadado Hado", como lo llama Humbert Humbert, también ha dispuesto un castigo muy interesante. Los escritores tienen una doble vida. Y también mueren dos veces. Ése es el sucio secretito de la literatura moderna. Los escritores mueren dos veces: una vez cuando muere el cuerpo y otra vez cuando muere su talento.
Nabokov había compuesto The Original of Laura, o lo que tenemos del libro, contra el reloj que marcaba su sentencia (una serie de espantosas caídas, después infecciones hospitalarias, después un colapso bronquial). No es "una novela en fragmentos", tal como afirma la cubierta: es inmediatamente reconocible como un cuento largo que se debate por convertirse en novela corta. En esta suntuosa edición, cada página par está en blanco y cada página impar reproduce el manuscrito de Nabokov, con su letra vigorosa y su frágil ortografía ("bycyle", "stomack", "surprize" por bicycle, stomach, surprise), más el texto tipográfico (e infestado de corchetes). Me atrevo a decir que es lindo ver de cerca esas fichas mundialmente famosas, pero en realidad hay muy pocas cosas en Laura... que quedan resonando en la mente. "Los sordos ruidos y estallidos de la aurora habían empezado a sobresaltar la fría ciudad brumosa": en esto escuchamos un eco de la música nabokoviana. Y en lo que sigue atisbamos el cómico e intrépido desdén nabokoviano por nuestra "abyecta corporalidad":
Aborrezco mi vientre, ese baúl lleno de tripas que tengo que cargar conmigo, y todo lo relacionado con él... la comida equivocada, la acidez, el peso plomizo de la constipación, o si no la indigestión con una primera cuota de caliente inmundicia que mana de mí en un baño público...
Por lo demás y en general, Laura... se encuentra a mitad de camino entre la larva y la crisálida (por emplear una metáfora lepidopterológica), y muy lejos de su imago final.
Aparte de una celebratoria acogida de interés en la obra, lo único que conseguirá esto, me temo, es una leve exacerbación de algo que ya es un problema infernal. Es infernal, para mí, porque no cedo ante nadie en mi amor por este enorme genio, extraordinariamente inspirador. Y sin embargo, Nabokov, en su decadencia, obliga incluso a su lector más entusiasta a encarnar el tipo de crítico que él mismo más despreciaba: el vulgar piadoso, "el maligno hurón interesado en lo humano", es decir, el filisteo. No hay casi nada en Laura... que califique como un tema (es decir, como un motivo estructural o al menos recurrente). Pero sí advertimos la aparición de un cierto Hubert H. Hubert (un maloliente inglés que se babea sobre la cama de una preadolescente), advertimos a la vampiresa de 24 años con pechos de 12 años ("el guiño de pálidos pezones y formas firmes"), y también advertimos el febril sueño sobre un amor juvenil ("su pequeño trasero, tan terso, tan luz de luna"). En otras palabras, Laura... se une a El hechicero (1939), Lolita (1955), Ada o el ardor (1970), Cosas transparentes (1972) y ¡Mira los arlequines! (1974) porque resulta imposible ignorar que se vincula con la expoliación sexual de chicas muy jóvenes.
Seis obras narrativas: seis obras narrativas, dos o tal vez tres de las cuales son espectaculares obras maestras. Ustedes admitirán, espero, que el problema infernal es al menos nabokoviano en su complejidad y su cualidad de espinoso. Porque ningún ser humano de la historia del mundo ha hecho tantos para recrear la crueldad, la violencia y la funesta sordidez de este crimen particular. El problema, que acaba por ser estético y no del todo moral, tiene que ver con la íntima malicia de la edad.
La palabra que queremos no es el término legal "pedofilia", que de todas maneras se traduce engañosamente como "cariño por los niños". La palabra que queremos es "ninfolepsia", que no significa exactamente lo que uno cree. Significa "frenesí causado por el deseo de lo inalcanzable" y mi Concise Oxford Dictionary la cataloga correctamente como literaria. Como tal, la ninfolepsia es un tema legítimo y de hecho, casi inevitable para este talento tan singular. "El estilo de Nabokov es en realidad amoroso -observó lúcidamente John Updike-, anhela aferrar una diáfana exactitud entre sus brazos velludos." Sin embargo, en la última etapa de Nabokov, la ninfolepsia se derrumba en su etimología: "del griego numpholeptos, ´secuestrado por ninfas´, a la manera de la epilepsia"; "del griego epilepsia, de epilambanein, ´acceso, ataque´".
Imaginada en la Berlín de la década de 1930 (con la voz de Hitler restallando desde los altoparlantes de las terrazas) y escrita en París (post Kristallnacht, al principio de la frenética huida de Europa de Nabokov), El hechicero es un triunfo despiadado, brillante y casi osmóticamente traducido del ruso por Dmitri Nabokov en 1987, 10 años después de la muerte de su padre. Como relato es logísticamente idéntico a la primera mitad de Lolita: el violador se casará -y quizás asesinará- a la madre y después negociará quedarse con la hija. A diferencia de la imponente Charlotte Haze ("la del noble pezón y enorme muslo"), la viuda sin nombre de El hechicero ya es promisoriamente frágil, con su gran cuerpo deformado por la asimetría causada por las hospitalizaciones y el bisturí de los cirujanos. Y es por eso que su pretendiente rechaza con reticencia la idea de envenenarla: "Además, inevitablemente la abrirán, por pura fuerza de la costumbre".
Se lleva a cabo la boda y también la noche de bodas: "... y resultó perfectamente claro que él (pequeño Gulliver)" sería físicamente incapaz de abordar "esas múltiples cavernas" y "la conformación repulsivamente escorada de su pesada pelvis". Pero "en medio de sus discursos de despedida sobre su migraña", las cosas toman un giro inesperado, "de manera que, después del hecho, quedó atónito al descubrir el cadáver de la giganta milagrosamente vencida y miró la faja de muaré que ocultaba casi totalmente la cicatriz de la mujer".
Pronto la madre está verdaderamente muerta y el hechicero queda solo con su chica de 12 años. "El lobo solitario se preparaba para calzarse la gorra de dormir de la abuelita."
En Lolita, Humbert tiene "extenuantes relaciones sexuales" con su nínfula al menos dos veces al día durante dos años. En El hechicero hay un único deleite... no invasivo, voyeurístico, masturbatorio. En la habitación de hotel, la niña está dormida y desnuda: "él empezó a pasar su varita mágica sobre el cuerpo de ella", midiéndola con "una regla encantada". Ella se despierta, ve "su empinada desnudez" y grita. Con su obsesión reducida ahora a una mancha que se enfría en el impermeable con el que acaba de cubrirse, nuestro hechicero sale huyendo a la calle, tratando de librarse, por cualquier medio, de un mundo "ya visto" y "ya no más necesario". Un tranvía aparece a la vista, chirriando, y bajo
esta creciente, sonriente, megarrugiente masa, este cine instantáneo del descuartizamiento... -eso es, arrástrame, desgarra mi flaqueza- viajo aplanado, sobre mi cara abofeteada... no me hagas pedazos... me estás haciendo jirones, ya basta... Gimnasia en zigzag del relámpago, espectrograma de una fracción de segundo de un trueno... y la película de la vida había reventado.
En términos morales El hechicero es cáusticamente directo. Lolita, por contraste, es delicadamente acumulativa, pero en cuanto al juicio de la abominación de Humbert es, sin dudas, mucho más severa. Dejar esto sentado es necesario para alegar solamente dos puntos esenciales. Primero, el destino de su trágica heroína. No se puede esperar que ningún lector desprevenido advierta que Lolita encuentra un fin terrible en la página dos de la novela que lleva su nombre. "La señora de ?Richard F. Schiller? murió en el parto", dice el "editor" en su prólogo, "al dar a luz a una niña muerta... en Gray Star, una población del más remoto noroeste"; y la novela casi está terminando en el momento en que la señora de Richard F. Schiller (es decir, Lo) aparece brevemente. Así advertimos, en un resuello parentético, el tamaño de la apuesta a la grandeza de Nabokov. "Por curioso que parezca, uno no puede leer un libro -anunció en una oportunidad (dando clase)- sólo puede releerlo." Nabokov sabía que Lolita sería releída y releída. Sabía que él mismo acabaría por absorber el destino de Lolita... su niñez robada, su adultez robada. Gray Star (Estrella Gris), escribió, es "la ciudad capital del libro". Los semitonos cambiantes, estrella gris, pálido fuego, humo letárgico: ése es el quid de Nabokov.
El segundo punto fundamental es la descripción de un sueño recurrente que acosa a Humbert después de la fuga de Lolita (huye con Quilty, cínicamente carnal). También es una prueba de que el estilo, la prosa misma, puede controlar la moralidad. ¿Quién querría hacer algo que lo condenara a sueños como éstos?
... ella acosaba mi sueño pero aparecía allí con disfraces extraños y absurdos como Valeria o Charlotte [sus ex esposas], o una mezcla de las dos. Ese fantasma complejo venía a mí, despojándose de sus prendas una tras otra, en una atmósfera de gran melancolía y repugnancia, y se reclinaba en torpe actitud invitante en algún anaquel estrecho o duro sofá, con sus carnes entreabiertas como la válvula de goma de la cámara de una pelota de fútbol. Me encontraba, con la dentadura postiza rota o perdida sin esperanzas, en horribles piezas amuebladas, donde me recibían con tediosas fiestas de vivisección que generalmente terminaban con Charlotte o Valeria llorando entre mis brazos sangrantes y tiernamente besadas por mis labios fraternos en un confuso sueño de baratijas vienesas subastadas, lástima, impotencia y las pelucas marrones de trágicas ancianas que acababan de morir en la cámara de gas.
Esa frase final, con su clara alusión, nos recuerda la dolorosa y tierna vacilación con la que Nabokov escribió sobre el crimen definitivo del siglo. Su padre, el distinguido estadista liberal (a quien Trotsky detestaba), fue asesinado de un balazo en Berlín por un matón fascista y el hermano homosexual de Nabokov, Sergei, fue asesinado en un campo de concentración nazi ("Qué alegría que estés bien, viva, de buen ánimo", le escribió Nabokov a su hermana Elena, desde Estados Unidos a la Unión Soviética, en noviembre de 1945. "Pobre, pobrecito Seriozha...!"). La esposa de Nabokov, Vera, era judía y por lo tanto, también lo era su hijo (nacido en 1934), y es muy probable que si los Nabokov no hubieran logrado huir de Francia cuando lo hicieron (en mayo de 1940, cuando la Wehrmacht se encontraba a unos 100 kilómetros de París), hubieran formado parte de las veintenas de miles de indeseables que Vichy entregó al Reich.
Hasta donde sé, en su obra de ficción Nabokov escribió sobre el Holocausto tan sólo un párrafo... en el incomparable Pnin (1957). Otras referencias, como la de Lolita, son sesgadas.
Tomemos, por ejemplo, esta demostración de genio en una sola oración del cuento de seis páginas, de descabellada inspiración, llamado "Signos y símbolos" (es una descripción de una matriarca judía):
La tía Rosa, una anciana maniática, angulosa, de ojos desorbitados y temerosos, que había vivido en un trémulo mundo de malas noticias, quiebras, accidentes ferroviarios, tumores cancerosos... hasta que los alemanes la mataron junto con todas las personas por las que se había preocupado.
Pnin va más lejos. Durante una fiesta de emigrados en una casa rural estadounidense, una madame Shpolyanski menciona a su prima, Mira, y le pregunta a Timofey Pnin si se ha enterado de su terrible fin. "Por cierto que sí", responde Pnin. El discreto Timofey se queda sentado solo en la penumbra. Y después Nabokov nos da esto:
Lo que la charlatana madame Shpolyanski había mencionado conjuró la imagen de Mira con inusual potencia. Era perturbador. Sólo en el aislamiento de una dolencia incurable, en la cordura de la proximidad de la muerte, uno podía soportar esto un momento. Para poder existir racionalmente, Pnin se había obligado... a no recordar nunca a Mira Belochkin, no porque... la evocación de un romance juvenil, banal y breve, amenazara su paz mental... sino porque, si uno era sincero con uno mismo, no podía esperarse que subsistiera alguna clase de conciencia, y por lo tanto de razón, en un mundo en el que eran posibles cosas como la muerte de Mira. Uno debía olvidar... porque no podía vivir con la idea de que esta graciosa, frágil, tierna joven, con esos ojos, esa sonrisa, esos jardines y esa nieve como fondo, había sido transportada en un vagón de ganado y ejecutada con una inyección de fenol en el corazón, en ese dulce corazón que uno había escuchado latir bajo sus labios en el crepúsculo del pasado.
Cómo resuena este pasaje con la crucial observación de Primo Levi cuando dice que no podemos, no debemos "entender lo ocurrido", porque "entenderlo" sería "incorporarlo". "Lo ocurrido" fue "no-humano" o "contrahumano", y sigue siendo incomprensible para los seres humanos.
Al relacionar el crimen de Humbert Humbert con la Shoah, y con "aquellos a quienes el viento de la muerte ha dispersado" (Paul Celan), Nabokov nos empuja hasta los límites del universo moral. Como El hechicero, Lolita no tiene fisuras, está intacta y entera. El frenesí del deseo inalcanzable es enfrentado y enmarcado, con estupendo coraje e ingenio. Y allí podría haber quedado el asunto. Pero después vino la crisis del autodominio artístico, tumultuosamente anunciado, en 1970, por la aparición de Ada. Cuando un escritor empieza a descarrilarse, uno espera derrapes y vidrios rotos; en el caso de Nabokov, naturalmente, la erupción tiene la escala de un accidente nuclear.
He leído al menos media docena de novelas de Nabokov al menos media docena de veces. Y al menos media docena de veces he intentado leer Ada (o el ardor: una crónica familiar) y fracasado rápidamente. Mi primer intento fue hace unas tres décadas. Lo dejé después del primer capítulo, con una curiosa sensación, una suerte de hormigueo negativo. Más o menos cada cinco años (eso se convirtió en un esquema regular), volvía a intentar leerla, y al cabo de un tiempo empecé a razonar la dificultad: "Pero esto está muerto", me dije. La curiosa sensación, el cosquilleo negativo, me resulta ahora, por supuesto, desdichadamente familiar: es la respuesta del lector a lo que parece ocurrirles a todos los escritores cuando sobrepasan la expectativa de vida consignada por la Biblia. La irradiación, la capacidad de dar vida, empieza a marchitarse. El verano pasado me fui de viaje con Ada y me encerré con el libro. Y tenía razón. Con 600 páginas, que duplican o triplican la categoría usual en la que Nabokov compite, la novela es lo que los detectives de homicidios llaman un "reventón". Es un cadáver arrojado al agua que se encuentra en la etapa de máxima hinchazón.
En 1939, cuando apareció Finnegans Wake, fue recibido con cauteloso respeto... o con "elogios suscitados por el pánico", según palabras de Jorge Luis Borges. Ada cosechó muchos elogios suscitados por el terror y de hecho, las semejanzas entre las dos óperas magnas son profundas. Nabokov designó al Ulises como su novela del siglo, pero describió a Finnegans Wake como, según la oportunidad, "informe y aburrida", "un libro frío como un pescado", "un trágico fracaso" y "un ladrillo espantoso". Ambas novelas procuran hacer una virtud de la autoindulgencia irrestricta; nos dan la espalda, por así decirlo, y se repliegan en sí mismas. El talento literario tiene diversas maneras de morir. Tanto en el caso de Joyce como en el de Nabokov, vemos una decisiva pérdida de interés por el lector... una pérdida del sentimiento de reciprocidad, de la cortesía. Los placeres de escribir, dijo Nabokov, "corresponden exactamente a los placeres de leer", y las dos actividades son en cierto sentido indivisibles. En Ada, ese lazo se afloja y se debilita.
En Nabokov hay cierta debilidad por lo "patricio", tal como lo denominó Saul Bellow (Nabokov el émigré clásico, Bellow el clásico inmigrante). En las novelas puramente "rusas" del primero (me refiero a las novelas escritos en ruso que no tradujo el propio Nabokov), los personajes masculinos, en particular, tienen una tendencia a magnificarse a sí mismos: son más grandes y más audibles que la vida. No caminan, sino que "marchan" o "dan grandes zancadas"; no comen ni beben, sino que "mastican" y "trasiegan"; no se ríen, sino que "rugen de risa". Están muy lejos de ser los furtivos y vacilantes neurasténicos típicos de la corriente principal de la narrativa anglófona: son musculosos (y dotados) galanes, que ganan todas las peleas y enamoran a todas las chicas. Para ellos, el orgullo no es un pecado capital sino una virtud cardinal. Por supuesto, no podemos prescindir de esta vena de Nabokov: nos da, en otras obras, su magnífica prepotencia cómica. En Lolita, se pretende que esta soberbia cualidad sea divertida, en otras obras, es un rasgo que la ironía no alcanza a proteger.
En Ada el nabobismo (cualidad referida a cualquier hombre importante, influyente o adinerado, un "pez gordo"; nabob es un europeo que hizo fortuna en las colonias, especialmente en India) se combina desastrosamente con una ninfolepsia que es pródiga y monótonamente satisfecha sin mayores problemas. Al principio de la novela, la propia Ada tiene 12 años y Van Veen, su primo (y medio hermano), tiene 14. Cuando Ada crece, en la adolescencia, su hermanita Lucette también está a mano para animar las "vigorosas citas" de ambos. Encima de todo eso, fluye una casi fantasía sobre una cadena internacional de burdeles de elite donde niñas jóvenes, de hasta 11 años, pueden ser "mimadas y mancilladas". Y el padre de Van, de 60 años, (de manera casual, pero típica) tiene una amante que apenas llega a los dos dígitos: tiene 10 años. Este libro interminable está escrito en una prosa densa, erudita, aliterativa, llena de juegos de palabras, que satura; y cada personaje, sin excepción, suena como el difunto Henry James.
Al igual que Finnegans Wake, Ada probablemente "funcione" y "esté a la altura": el decodificador multilingüe, si le dedica tiempo suficiente y no tiene nada mejor que hacer, podría llegar a desenmarañar sus complejos sistemas y simetrías, sus solitarios y engorrosos laberintos, y sus nostalgias pegajosas. Sin embargo, lo que ambas novelas indican claramente es que carecen de cualquier atisbo de tracción narrativa: patinan y se desbarrancan, simplemente no pueden seguir el camino. Y además, en el caso de Ada, hay algo totalmente ajeno, una sensación de monstruosa autorización, de señorío irrestricto y delirante. Moralmente, ése es el mundo que anhelaba el tortuoso Humbert: un mundo en el que "nada importa" y "todo está permitido".
Esto nos lleva a Cosas transparentes (novela a la que incómodamente volveremos) y ¡Mira los arlequines!, así como los más o menos insignificantes volúmenes que estamos revisando. "LATH!" (Look At The Harlequins!), como la llamaba el autor, así como llamaba "TOOL" a The Original of Laura, es el canto de cisne de Nabokov. Tiene algunos estruendos maravillosos y destellos de colores sobrenaturales, pero es duro de oído y de visión reumática; y el tema de la niñita es ahora apenas algo más que un logo... parte del mobiliario de Nabokov, como los espejos, los dobles, el ajedrez, las mariposas. Hay una visita a un motel llamado Lolita Lodge, hay una breve imitación de Dumbert Dumbert. Más centralmente, el narrador, Vadim Vadimovich, se encuentra repentina y solitariamente a cargo de su hija a quien ha visto raramente, Bel, quien, inexorablemente tiene 12 años.
Ahora bien, ¿dónde nos lleva este hilo?
Todavía estaba delirantemente feliz, sin ver aún nada malo o peligroso, o absurdo o directamente anormal, en la relación entre mi hija y yo. Salvo por unos pocos e insignificantes errores -unas pocas gotas calientes de ternura rebalsada, un jadeo disfrazado por la tos y cosas por el estilo-, mi relación con ella siguió siendo esencialmente inocente.
Bien, la deprimente respuesta es que este hilo narrativo no nos lleva a ninguna parte. La única repercusión, temática o no, es que Vadim termina casándose con una de las condiscípulas de Bel, 43 años menor que él. Y eso es todo.
Entre la histérica Ada y la tambaleante ¡Mira los arlequines! llega la siniestra y bellamente melancólica novela breve Cosas transparentes: la redención de Nabokov. Nuestro héroe, Hugh Person, un editor estadounidense que no se graduó en la universidad, es un adorable inadaptado y perdedor sexual, como Timofey Pnin (Pnin cena regularmente en un restaurante llamado El huevo y nosotros, que frecuenta exclusivamente por "simpatía con el fracaso"). Cuatro visitas a Suiza proporcionan los pilares de esta experta narrativa breve, mientras Hugh corteja tímidamente a una coqueta exasperante, Armande, y también vigila a un envejecido, corpulento, decadente y adusto novelista erudito llamado "Mr. R".
Se dice que Mr. R. ha seducido a su hijastra (una amiga de Armande) cuando era pequeña, o en cualquier caso, menor de edad. Así, el tema ninfoléptico planea sobre el relato y está reforzado, en una escena extraordinaria, por la revelación de los anhelos latentes de Hugh. Un inepto penoso, con una libido traicionera (falta de erección y eyaculaciones precoces caracterizan su "mediocre potencia"), Hugh va de visita a la residencia de Armande y la madre de ella lo distrae, mientras espera, con algunas fotos familiares. Se topa con una foto de Armande desnuda, a los 10 años:
El visitante construyó una pila de álbums para ocultar la llama de su interés... y volvió varias veces a las fotos de la pequeña Armande en el baño, apretando contra su reluciente estómago un juguete probóscide de goma, o de pie, mostrando los hoyuelos del trasero, para que la enjabonaran. Otra revelación de suavidad impúber (su línea media apenas discernible de las brizna de hierba menos vertical que la flanqueaba) fue proporcionada por una foto en la que ella aparecía sentada en cueros sobre el césped, peinándose su cabello desteñido por el sol y abriendo ampliamente, en falso perspectiva, las adorables piernas de una giganta.
Escuchó en la planta alta el ruido de la descarga de un inodoro y con una mueca culpable cerró de un manotazo el gordo álbum. Su retráctil corazón se retiró de mala gana, sus latidos se aquietaron...
Al principio este fragmento parece escandalosamente anómalo. Pero luego recordamos que los pensamientos inconscientes de Hugh, sus sueños, sus insomnios ("la noche es siempre un gigante") están saturados de temores inexpresables:
No podía creer que las personas decentes tuvieran esa clase de pesadillas obscenas y absurdas que destruían sus noches y persistían como un temblor durante el día. Ni los relatos de malos sueños que le contaban sus amigos, ni los relatos de los casos de los libros freudianos sobre los sueños, con sus hilarantes interpretaciones, presentaban nada semejante a la compleja inmundicia de su experiencia de casi todas las noches.
Hugh se casa con Armande y después, años más tarde, la estrangula mientras está dormido. De manera que es posible que Nabokov identifique el impulso pedófilo con una incitación a la violencia y a la autoaniquilación. La agitación subliminal de Hugh Person produce una venganza terrible, en su decurso patético y en aislamiento (la cárcel, el manicomio), y exige la purgación final: se quema hasta morir en uno de los incendios más deslumbrantes de toda la literatura. El hotel en llamas:
Ahora las llamas subían por la escalera, en pares, en tríos, en fila de pieles rojas, de la mano, lengua tras lengua, conversando y canturreando alegremente. No fue, sin embargo, el calor de su crepitación, sino el acre humo oscuro lo que hizo que Person volviera a entrar en su habitación; perdóname, dijo una cortés llamita que mantuvo abierta la puerta que él pugnaba vanamente por cerrar. La ventana se golpeó con tal fuerza que sus vidrios se astillaron en un torrente de rubíes... Finalmente la sofocación lo hizo intentar salir para bajar escalando la pared, pero no había cornisas ni balcones de ese lado de la casa ardiente. Cuando llegó a la ventana, una larga llama rematada por una punta de color lavanda danzó ante él para detenerlo con un gracioso gesto de su mano enguantada. Los tabiques divisorios de yeso y madera, al derrumbarse, permitieron que los gritos humanos llegaran hasta él, y una de sus últimas ideas equivocadas fue que eran los gritos de las personas ansiosas de ayudarlo y no los alaridos de sus compañeros de infortunio.
Por sí solas, El hechicero, Lolita y Cosas transparentes podrían haber constituido una luminosa y desconcertante trilogía. Pero no quedaron solas; por el puro peso numérico, por la pura repetición, las novelas sobre la ninfolepsia empiezan a contagiarse entre sí... sufren de contaminación cruzada. Con gratitud tomamos de ellas todo lo que podemos, pero... ¿En qué otro lugar del canon encontramos una fijación tan rebelde? ¿En la espantosa comezón de Lawrence, tal vez, o en las turbias transposiciones sexuales de Proust? No, uno debe aventurarse hasta los márgenes de la literatura -Lewis Carroll, William Burroughs, el marqués de Sade- para encontrar un énfasis equivalente: un énfasis puesto sobre actividades que correcta y eternamente consideramos imperdonables.
En la ficción, por supuesto, nadie sufre daño alguno; la falla, como dije, no es moral sino estética. Y no pretendo insinuar nada al señalar que la obsesión de Nabokov con las nínfulas tiene un paralelo: la repetitiva indiscreción de su obsesión con Freud ("el vulgar mundo, raído, fundamentalmente medieval" del "charlatán de Viena", con "sus resentidos embrioncitos espiando, desde sus recovecos naturales, la vida amorosa de sus padres"). Nabokov atesoraba la anarquía de la vida interior y Freud es vilipendiado porque procuró sistematizarla. ¿Hay algo de rivalidad en este odio? Bueno, a fin de cuentas es Nabokov, y no Freud, quien emerge como nuestro poeta supremo de los sueños (junto con Kafka) y como nuestro supremo poeta de la locura. Pero persiste un reparo producto del sentido común, pese a toda nuestra imparcialidad literaria y crítica: a los escritores les gusta escribir sobre las cosas en las que les gusta pensar. Y, para decirlo de la manera más dura, la mente de Nabokov, durante la última etapa de su vida, no honró suficientemente la inocencia -no honró suficientemente el honor- de las chicas de 12 años. En las tres novelas que acabamos de mencionar defiende con prepotencia su énfasis; en Ada (ese derroche incontinente), en ¡Mira los arlequines! y ahora en The Original of Laura, no lo defiende. Eso deja una leve pero visible cicatriz sobre el leviatán de su obra.
"Bien, soyons raisonnable", dice Quilty, mirando fijo el caño del revólver de Humbert. "Sólo me infligirá una horrible herida y después se pudrirá en la cárcel mientras yo me recupero en algún lugar tropical." Muy bien, seamos razonables. En su libro sobre Updike, Nicholson Baker alude a un orden de logro literario que denomina "Prousto-Nabokoviano". Sí, Prousto-Nabokoviano o Joyceo-Borgeano o, para los estadounidenses, Jameso-Belloviano. Y es en el estamento más alto donde Vladimir Nabokov ocupa tranquilamente su lugar.
Lolita, Pnin, Desesperación (traducida por el autor al inglés en 1966), y cuatro o cinco cuentos son inmortales. Rey, dama, valet (1928, 1968), Risa en la oscuridad (1932, 1936), El hechicero, El ojo (1930), Barra siniestra (1947), Pálido fuego (1962) y Cosas transparentes son libros ferozmente logrados; y Mashenka (1925), su primera novela, es una pequeña belleza.
Curso de literatura europea (1980), Curso de literatura rusa (1981) y Curso sobre el Quijote (1983), junto con Opiniones contundentes (1973) constituyen un brillante registro de un preeminente artista-crítico. Y las Selected Letters (1989), la correspondencia Nabokov-Wilson (1979) y ese fuego fatuo que es su autobiografía, Habla, memoria (1967) nos ofrecen un retrato en cuatro dimensiones de un hombre encantador y honorable. El vicio que Nabokov denostaba con mayor frecuencia era la "crueldad". Y su naturaleza amable queda claramente plasmada en la amorosa atención con la que escribe, en su ficción, sobre los animales. En un minuto se me ocurre nombrar el gato de Rey, dama, valet (que se lava con una pata trasera levantada como un garrote al hombro), los encantadores perros y monos de Lolita, la ardilla de cola oscura y la inolvidable hormiga de Pnin, y el murciélago enfermo de Pálido fuego... que se arrastra como "un inválido con un paraguas roto".
Le dicen "chispa"... un destello, un brillo, un centelleo. La esencia nabokoviana es una inestabilidad milagrosamente fértil, en la que sin advertencia las palabras se distancian de lo cotidiano y se alejan como centellas en el cielo de la noche, iluminando ocultas verstas de deseo y terror. De Lolita, cuando empieza la aciaga cohabitación (nous connûmes, un matiz flaubertiano, significa "llegamos a conocer"):
Nous connûmes los diversos tipos de conserjes de moteles, el criminal reformado, el maestro retirado, el empresario fracasado, entre los hombres; y las variantes maternal, dama y madama entre las mujeres. Y a veces los trenes pitaban en la noche monstruosamente calurosa y húmeda con un desgarrador y ominoso sonido plañidero, que mezclaba el poder y la histeria en un único aullido desesperado.
© MARTIN AMIS, 2009
Traducción: Mirta Rosenberg
fuente:adnCultura.com


