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18.11.09

Una metáfora de la peste

ENTREVISTA

La salvación a través de la literatura es lo que narra el escritor colombiano en "Necrópolis", ganadora del premio La Otra Orilla 2009. Al autor le interesa encontrar la belleza en lo sórdido.

UNA CIUDAD SITIADA. Fue la primera imagen del autor para esta novela, un diálogo con “Las mil y una noches”
Santiago Gamboa dibuja en el aire un tendido eléctrico, como si desplegara unos cables invisibles, unos faroles encendidos. Habla de la luz y compara Buenos Aires con Roma, donde vivió muchos años. Habla de una luz que también inventa sombras, una zona de oscuridad en las dos ciudades. "Noches de un tinte dorado", dice. Nacido en Colombia, Gamboa ganó, con Necrópolis, el Premio de Novela La Otra Orilla 2009, entregado en septiembre por un jurado integrado por los escritores Jorge Volpi, Roberto Ampuero y Pere Sureda. "Es la primera vez que gano, siempre había sido finalista", dice Gamboa en Buenos Aires, en el marco de una gira que hizo la semana pasada para presentar su novela.

En una entrevista posterior a la entrega del premio, Ud. comentó que "Necrópolis" era un intento de experimentación.

Necrópolis es para mí, efectivamente, un tipo de territorio literario que no había explorado antes, y que sigue un poco en línea el trabajo de una novela anterior, El síndrome de Ulises. En esta he querido ir un poco más allá, darles más lugar a las voces de los personajes. Cuando me refería a experimentación, lo hacía en relación a un tipo de arquitectura de novela que yo no había hecho hasta ahora, y que consiste en crear una historia que a su vez contiene otras y que es como un carrusel de voces. Pensé que era la mejor manera de contar esta historia, porque yo tenía en mente una historia de voces, muy global, con una mirada bastante nihilista y descreída del mundo contemporáneo.

¿Cuál fue la primera imagen de "Necrópolis"?

La imagen más fuerte es la de la ciudad sitiada, con columnas de humo y ruido de sirenas. Es una imagen que no se corresponde con la Jerusalén presente sino con una Jerusalén histórica. Una ciudad mártir. Pero también está la idea de un grupo de personas cercadas por la peste, reunidas en un espacio cerrado contando historias, que evidentemente proviene del Decamerón. Esa peste ya no existe, pero hay otras.

¿Cómo fue el trabajo con los personajes?

Según ideas muy clásicas de la literatura. La literatura que me gusta, y que admiro, trata una serie de temas que son siempre los mismos y son importantes tanto en la literatura como en la vida: la lealtad, la traición, el amor, el sexo, la fragilidad, la búsqueda de un destino, la venganza. Así empecé a establecer un diálogo con ciertas obras. Por ejemplo, "El sobreviviente" es una historia colombiana, pero evidentemente es una relectura de El conde de Montecristo, en Colombia. Es una historia de traición y de venganza y de lo que queda al final: las manos vacías y la vida sin sentido.

Pero está bien extrapolado... La historia que cuenta, ¿es real?

No, aunque un día, leyendo la prensa, encontré el caso de una persona que había vivido una gran injusticia. A partir de esa noticia se organizó la historia. Luego está el reverendo Maturana. En casi todas mis novelas hay siempre una pregunta por el absoluto, que puede ser religiosa. Aunque no soy creyente, me interesa mucho la poética de las religiones. Me pareció interesante construir un personaje que tuviera esas preocupaciones porque desconocía su origen, pero que además fuera una voz muy fuerte que originalmente yo quería que resumiera toda América latina. Y que fuera una suerte de latinoamericano tirado en una calle de Miami buscando su origen. Un hombre violento y al mismo tiempo, tierno. Finalmente, este personaje se quedó en el área del Caribe. Otra, "Jardín de flores raras", es una historia muy dura, de una mujer muy frágil, pero que al final se convierte en una especie de diosa, en una persona sabia y fuerte, y todo esto a través del sexo.

¿Por qué es un sexo tan desesperado, tan poco velado?

Horacio Quiroga decía "toma a los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final". Los personajes de Necrópolis son marginales, de una gran fragilidad, que buscan un lugar en el mundo, pero que no lo encuentran con facilidad. Me parece que en esos espacios duros, el sexo es uno de los grandes elementos vitales. Pero claro, como es una vida violenta y dura, es un sexo violento y duro, que tiene a veces connotaciones de crueldad, de humillación.

Uno de los personajes dice "lo que debemos hacer mientras estemos en este agujero es contarnos cosas". Los personajes viven mientras cuentan o escuchan relatos. Una suerte de "Las mil y una noches": el relato les sirve para mantenerse vivos.

Claro, en Necrópolis también se establece un diálogo con Las mil y una noches. Lo que sucede es que hay un grupo de personas que están asediadas por algo que puedes llamar el mal, una guerra metafórica. Sí, es una especie de salvación a través de las historias y de las palabras. Que a mí me parece algo metafórico también de lo que es la vida, incluso de lo que ha sido mi vida. A mí me han salvado las historias, el mundo en el que yo vivo, que es el mundo de la literatura, de los libros. Es el único mundo en el que yo podría haber vivido. De otra manera me habría ausentado hace rato.

¿Por qué?

Porque no soy una persona excesivamente fuerte, segura. Para mí la belleza de la humanidad está en la literatura. En las historias, en el trabajo de pulido de la palabra. A mí eso me conmueve. El resto de la vida tiene muchas cosas bellas y difíciles, pero también duras y jodidas. Estos personajes brillan a través de las historias.
Otro de los personajes dice que "nadie comprende ni sabe nada". ¿En qué medida "Necrópolis" le sirvió para comprender algo más de lo que ya sabía o entendía?
Una de las cosas maravillosas de la literatura es que te transmite experiencias que no tienes. Y te das cuenta de que una vida es poca vida. Cada libro, cada lectura que te llega a lo profundo no es una lectura solamente, es como si te hubiera ocurrido. Un buen libro te pasa. No sólo lo lees, te sucede. Entonces escribir es una aventura extrañísima, porque tú estás creando algo que no existe y, por lo tanto, nadie necesita. A mí me ha cambiado mucho la literatura, cierto libro en el momento que más lo necesitaba. Para mí, y por eso lo cito en el prólogo, la obra de Bukowski ha sido importantísima, porque fue como una especie de cataclismo encontrar que alguien pudiera lograr tanta belleza partiendo de un mundo tan sórdido, tan triste.

En la novela hay una marca muy fuerte de la extraterritorialidad. Los personajes son de distintas partes del mundo. Y a veces conectan en algún lugar. El nombre Ebenezer se repite a lo largo del libro, tomando distintas personalidades o cumpliendo distintas funciones. También se repiten los sándwiches de pollo y las coca diet. Son como un personaje que viene, de algún modo, a curar.

Es algo bien sencillo. Casi un artilugio. Las historias son totalmente diferentes unas de otras y yo quería que el lector sintiera que esas historias estaban relacionadas, a pesar de lo distintas que son. Entonces pensé "pues voy a poner como pequeñas lucecitas...". Imaginé que, en algún momento, todos tenían una situación muy humana y muy de la soledad, que es estar uno sentado en una alfombra en un hotel, solo, esperando a alguien o esperando que suene el teléfono, o sencillamente esperando que amanezca, y entonces pides un sándwich de pollo con una coca. El nombre, Ebenezer, genera una especie de transmigración de una persona a través de las diferentes historias.

La descripción que hace de un congreso de literatura es la de un "bazar de humanidades". ¿Por qué elegió ese tono?

Porque eso también me permite ser un poco cínico e ironizar sobre ciertas cosas que no me gustan.

¿Qué es lo que no le gusta?

Por ejemplo, ese editor arrogante, ese trato displicente con los autores. Hay algunas experiencias negativas que tuve en mi vida como escritor; que las conté para señalar la gran distancia que hay entre autores y editores. Y también hay una cierta ironía sobre los propios escritores, una especie de sátira sobre el propio mundo. Hay que reírse también de uno mismo. Los congresos muchas veces se convierten en eso, en un bazar extraño de egos.

¿Qué hay de Ud. en la novela? Esa enfermedad extraña que sufre el escritor, por ejemplo.

Pues son como pequeños guiños, porque al fin y al cabo el protagonista es un escritor colombiano que vive en Roma, como viví yo. Son guiños, y tienen que tener mucho con mi vida, pero hasta cierto punto. El protagonista estuvo enfermo mucho tiempo y yo también lo estuve en una época, un tiempo no tan largo pero estuve enfermo de algo muy raro. De hecho, el médico vino un día y me dijo "tengo que hablar contigo". Yo quedé paralizado de miedo. Cuando a uno le hablan así... nunca es nada bueno. Entonces me explicó que quería mi autorización para publicar en una revista médica la radiografía de mis pulmones, porque era una cosa muy rara.

Ahora vive en Nueva Delhi, ¿se siente en su sitio?

Sí, moverse es también una forma de estar en el propio lugar. Trabajo, tengo a mi familia, y por las noches escribo y leo. Nueva Delhi es como un enorme pueblo, donde por las noches se escuchan las cigarras y, al atardecer, los pájaros. Es como vivir en un pueblo: tú puedes ir por una avenida y encontrarte con un señor que va manejando un tractor por el centro de una avenida. Es, también, una ciudad sucia. Tú llegas a Europa y las ciudades, en la superficie, son bellísimas. Pero con el tiempo va apareciendo el horror, que tiene que ver con esas actitudes de sociedades que han crecido en la abundancia, en la seguridad de que son absolutamente necesarias para el resto del mundo. En cambio, en ciudades como Delhi, la superficie es horrible; está llena de mugre, de gente enferma, pero lentamente va surgiendo una cierta belleza también en la gente, también a través de la gente. Hoy prefiero esa otra belleza.

Sin revelar el final de la novela, pensaba en el amor como una salida a tanta desilusión.

Claro, pero el amor tiene la desdicha de imponer condiciones muy especiales. En mi novela se apuesta más por la amistad, porque la amistad, por definición, es recíproca; tú no puedes ser amigo de alguien que no sea amigo tuyo, pero en cambio, sí puedes amar a alguien que no te ama. Pero el amor es un producto costoso; la amistad es más democrática y, en términos económicos, digamos que tiene una relación calidad-precio muchísimo más interesante. El amor a veces te mata... casi siempre te mata.

Gamboa Básico
Estudió literatura y es licenciado en Filología Hispánica. Entre sus novelas, "Páginas de vuelta", "Perder es cuestión de método", "Vida feliz de un joven llamado Esteban", "Los impostores" y "El síndrome de Ulises". Es autor del libro de viajes "Octubre en Pekín" y del libro de relatos "El cerco de Bogotá". Participó de las antologías "McOndo" y "Líneas aéreas", de nueva narrativa latinoamericana. Vivió en París, en Roma y actualmente reside en Nueva Delhi, India, donde es agregado cultural en la Embajada de Colombia.
fuente: Revista Ñ

2.11.09

Federico Jeanmaire: "Todo lo que escribo es muy argentino"

El ganador del Premio Clarín de Novela 2009 escribió una novela que cautivó al jurado demanera unánime. En Más liviano que el aire, convierte el encuentro fortuito entre una anciana y un adolescente en una metáfora contundente sobre la violencia y la imposibilidad de diálogo. En esta entrevista, el autor habla de los temas y autores que lo inspiran, de las crisis personales que lo motivan y de su
necesidad de transformar la vida en literatura.

CONSAGRACION para la extensa trayectoria literaria de Federico Jeanmaire.
Por: Jorgelina Nuñez
Al menos van a empezar a escribir bien mi apellido". Bromea el flamante ganador del Premio Clarín de Novela cuando se le pregunta qué espera de los premios. El, que ha sido finalista de tantos –primera mención en el de Clarín 1998, el Herralde, el Planeta varias veces– y que ha ganado algunos –el Ricardo Rojas (1999) y el Emecé, el año pasado– sonríe ahora confiado en que algunas cosas van a cambiar a partir de este reconocimiento. Tras los festejos, apenas durmió un par de horas y se levantó a mirar la noticia en Internet para asegurarse de que esta vez sí lo había logrado. Enseguida empezó a sonar el teléfono: todas las radios de Baradero ("cuatro", aclara), su ciudad natal, querían tener la palabra del escritor ahora famoso.

-Lo primero que me llamó la atención –dice– fue que hablaran de mí como de un autor singular. Y por cierto, es así y lo asumo, porque trabajé mucho para alcanzar esa singularidad. Con esto no quiero decir que sea especial, sino que yo tuve que ir convenciendo a fuerza de libros que lo mío era una estética. O sea, hay un trabajo de años en busca de cierta comprensión de esa singularidad.

-¿En qué consiste?

-Yo no soy un escritor correcto. Jamás me interesó presentar una novela a un premio pensando en que estaba bien escrita y podía atrapar al lector de la primera a la última página. Eso está muy lejos de lo que pretendo. Lo que me importa es la propuesta estética basada en las cosas que me interesan. De lo contrario, no escribiría. Y lo que me interesa va cambiando y me provoca grandes crisis.

-¿El premio va a cambiar algo?

-De mí como escritor, nada. Lo que espero es otra relación con los lectores, porque con los premios lo que sí cambia es el lugar que ocupás en las librerías.

Libros que preguntan

En la novela hay un núcleo muy potente, pero al mismo tiempo muy riesgoso: una anciana de clase alta encierra en el baño de su casa al adolescente que ha intentado asaltarla. Toda la acción transcurre en esos tres días de encierro en los que sólo se escucha la voz de ella mientras que lo que el adolescente dice se deduce de las réplicas de la mujer.

-Sostener esa tensión significó hacer una apuesta muy alta. ¿Cómo la concibió?

-A mí me gusta que los libros me pregunten cosas, que no me resuelvan nada. Porque me gusta trabajar: yo escribo durante doce horas diarias. Es lo único que quiero hacer en la vida porque además es en lo que me siento absolutamente libre. La literatura es mi pasión, soy muy feliz escribiendo y los desafíos son lo que más me divierte. Los diálogos que construyo en mis libros no los sé de antemano, me obligo a no saberlos. Cuando alguien habla, nunca sé lo que va a contestar el otro. Todos los días escribo cerca de tres páginas y si siento que el relato fluye, ahí paro y empiezo a sospechar y a cuestionarme por qué me sale tan fácil, si no estaré siendo muy previsible. Uno sabe que en la primera frase se juega el nivel de la novela. Por lo general, me propongo un techo alto y trabajo para no bajarme de ahí. Pero algunas veces no me sale y la novela se viene abajo. Entonces tiro todo y empiezo otra vez.

-Entre los protagonistas se juega una cuestión de poder, de quién tiene la palabra.

-A pesar de que yo diga que soy absolutamente libre, y que no sé cómo hago para que la próxima página no se caiga, también soy obsesivo a la hora de buscar formas literarias. Como me interesaba mucho establecer esa cuestión, pensé cómo hacer para que no fuera explícita, que la protagonista no tuviera que decir: "Yo soy de clase alta y vos no". Tenía que encontrar el retorno de lo que dice el chico y está perdido en el texto, absorbido por la voz de esta mujer que es quien tiene el poder y lo ejerce a través del encierro y la palabra.

-Toda una construcción literaria...

-A eso apunto. Mis maestros tienen más de cuatro siglos: Cervantes, Quevedo, el barroco y el renacimiento. Me siento muy ligado a ellos por la concepción estética y el funcionamiento de los textos.

Dos maestros

Uno sabe que lo que dice Jeanmaire es cierto. Que dedicó cuatro años a escribir Miguel, una biografía ficticia de Cervantes y veinticinco al ensayo Una lectura del Quijote, y que la novela sigue deslumbrándolo como la primera vez que la leyó, porque "está todo ahí", dice.

-El Quijote fue mi taller de escritura y también lo que decidió mi vocación. Cuando lo leí me dije que quería ser escritor. Te cuento una anécdota: a los 22 años yo vivía en Madrid y le llevé a una tía muy querida, licenciada en Letras, un cuento sobre el que había trabajado mucho. Ella me citó en su casa y me lo dijo sin vueltas: "Es una porquería". Y enseguida me preguntó: "¿Vos leíste el Quijote? ¿Cómo se te ocurre escribir sin haberlo leído?" Tenía razón: no sólo porque contiene el germen absolutamente de toda la literatura, sino porque creo que el propio Cervantes aprende a escribir la novela escribiéndola. Y entonces leyéndola se pueden seguir sus aprendizajes: cómo hacer un salto temporal, qué es un narrador, los juegos narrativos. Y también es fundamental el papel que juega el lector, es evidente que él espera lectores que trabajen con el texto; no lectores que se entretengan un rato y nada más. Y yo quiero lo mismo para mis novelas: que formulen preguntas y que las posibles respuestas de los lectores sean muy diversas.

-En el otro extremo de sus preferencias está Sarmiento, protagonista de su novela "Montevideo". ¿Por qué?

-Porque es un escritor maravilloso y también porque él representa el núcleo de lo argentino, de los problemas de ser argentino y del habla argentina. La escritura de Sarmiento tiene una respiración con la que me siento muy ligado. Trabaja con párrafos y oraciones largas que en algún momento se llenan de proposiciones y se van complicando, pero llega un momento en el cual él les da significación con una oración muy corta y muy potente. Va amasando, amasando la idea en la escritura y la remata como un látigo. En Sarmiento descubrí esa manera de ir construyendo la verdad o el verosímil. Yo no podría escribir sin Sarmiento.

-A propósito del verosímil, me llamó la atención que Lita, la protagonista de "Más liviano que el aire", tuviera 93 años y se enfrentara a un chico de 14. Me parecía demasiado anciana para todo lo que puede hacer.

-Eso tiene una doble motivación. Por un lado, pensé mucho en mi mamá y en una amiga de ella que tiene 95 y está bárbara. Y la cosa con los viejos: la soledad, la incomunicación, la inseguridad. El trabajo del habla de esta mujer está inspirado en algún sentido en mi madre, que como está sola vive pegada a los acontecimientos externos. Se la pasa leyendo y mirando la tele. Entonces, cada vez que hablo con ella, me cuenta cosas tremendas. Por otro lado, la oposición encierra una idea estética que es la de jugar con los extremos. Cuanto más inverosímiles, hay más trabajo para hacer. Es un postulado sarmientino: forzar los límites. Si me sale mal, caigo en el ridículo, en la tontería. Pero en el desafío está la gracia.

Las crisis fecundas

Cuando le señalo que quince libros publicados son muchos para un escritor argentino y que esa obra debe darle una idea de cuál es su lugar en el sistema literario nacional respecto de otros escritores de su generación, Federico Jeanmaire desestima esto último rápidamente. "Para mí las generaciones no significan nada, no creo que por compartir edades también se compartan estéticas o temas", dice. Y respecto del lugar que ocupa, señala: "Creo que es un lugar muy cómodo, que aparentemente no molesta a nadie, porque lo mío es muy personal. Trabajo básicamente con la lengua y con algunas formas de la ficción que no me emparentan con otros y entonces tampoco me hacen tener problemas. Seguiré en ese lugar, porque yo como escritor no cambio".

-¿Hay etapas o períodos reconocibles en su producción?

-Las dos primeras novelas fueron como intenciones o ideas sobre la literatura que están plasmadas de una manera precaria. Luego intenté proponerme siempre un riesgo. Tengo etapas en las cuales escribo dos, tres novelas, buscando algo que no sé muy bien qué es, y al cabo de las cuales termino completamente aburrido. Casi siempre tengo crisis bastante importantes en lo personal, en relación con toda mi vida, porque escribir es mi vida. Paso meses sin poder escribir, preguntándome cómo seguir y la paso muy mal. Entonces trato de salir en una dirección distinta. Cuando terminé Miguel, sentía que tenía que seguir escribiendo sobre los libros que amaba: así me pasó con Prólogo anotado, que era como un gran juego lúdico sobre aspectos de los libros que me gustaban; después vino Montevideo, sobre Sarmiento, y de ahí salí para el lado de Mitre, que no tuvo que ver con una crisis sino con una percepción particular.

-¿Cuál fue?

-Siendo ministro de Menem, Carlos Corach invitó a un grupo grande de periodistas a tomar un desayuno en las Cañitas, debajo de las vías del ferrocarril Mitre, porque se cumplían cien mañanas que recibía a la prensa en su casa. Cuando están entrando, cae un tipo del tren y muere. Entonces, la mayoría de los periodistas se niega a ir al festejo, y él les dice "No importa, no pasa nada". Eso me impresionó tanto que de ahí salió Mitre, que es una forma particular de ver la realidad, dentro del espacio reducido de un tren. Esa novela dio origen a otras dos, Los Zumitas y Una virgen peronista, que me hicieron preguntarme muchas cosas sobre lo argentino, sobre los problemas mentales que me causa ser argentino y vivir en la Argentina. Luego vino una etapa de ficción autobiográfica, ligada al dolor por la muerte de mi padre. De ahí salieron Papá, La patria y Vida interior. Países bajos tiene un origen muy distinto y también fue producto de una crisis personal. Como siempre trabajé en casa, yo me encargué de la crianza de mi hijo desde que era un bebé. El empezó a gatear y a caminar muy chiquito y yo no hacía otra cosa que mirarlo porque me aterraba que se golpeara. Durante un año dejé de escribir por completo y me sentía pésimo, a pesar de todo mi amor de padre. Hasta que decidí que ese año lo iba a perder, como si hiciera la conscripción. Entonces empecé a disfrutar de mi hijo y me divertí muchísimo, aunque también me angustiaba no saber qué iba a ser de mí. Para salir de esa situación me propuse contar una historia de amor con elementos clásicos pero con una estructura que alterna el pasado con el presente.

-"Más liviano que el aire", ¿también es producto de una crisis?

-De una situación. Hace tres años empecé a salir con una periodista que trabaja en un noticiero y que hoy es mi novia. Yo pasé años sin leer un diario y viendo muy poca televisión, pero por verla a ella y estar enterado, me dediqué a leer todos los diarios on line. Así empecé a prestarle atención a cosas que antes no me atraían, me conecté con la realidad de otra manera.

-¿No había ahí una idealización de la figura del escritor, del que se encierra a escribir y pierde contacto con la realidad?

-Puede ser, una idea romántica. Lo que pasa es que a mí me gusta ser feliz... (risas) Entonces me aíslo, busco el lugar más lindo de la casa y la paso bien escribiendo. A decir verdad, uno siempre se entera de las cosas importantes, es inevitable. Todo lo que yo escribo es muy argentino, mi biblioteca es completamente en castellano, porque necesito el diálogo con los escritores en mi lengua, a pesar de que leo autores extranjeros. No podría escribir lo que escribo sin los textos de Gutiérrez o de Sarmiento, o si Marechal no hubiera escrito Adán Buenosayres, rompiendo con el acartonamiento de la literatura argentina y haciendo explotar la lengua hacia el lado del habla. Tampoco sin Antonio di Benedetto o sin Cortázar, Puig y Walsh. Los problemas que se me cruzan tienen que ver con los grandes temas nacionales: el peronismo, los gauchos, la Iglesia, y todo lo que se deriva de la violencia cultural y de la violencia física que es su correlato y la consecuencia de la falta de comunicación, de la imposibilidad de dialogar. En este último tiempo, el tema me rondaba con insistencia. Una mañana se me presentó la situación con estos dos personajes aunque no tenía idea de cómo iba a llevarla adelante; a medida que avanzaba barajé muchas posibilidades. El desenlace se me impuso unas veinte páginas antes del final; yo pensaba que iba a terminar de otro modo, tal vez de una manera más dulce, pero no. Es un desenlace muy fuerte, me salió así.

Quizá la singularidad de la obra de Federico Jeanmaire que él mismo no alcanzó a definir al comienzo de esta charla, nazca del cruce entre deliberación y sorpresa, entre un objetivo para el que se trabaja con ahínco y el desconocimiento de los medios para alcanzarlo. Y del empecinamiento por desentrañar esa materia difusa y aterradora a la que nos someten las grandes crisis y que son la condición de posibilidad de lo realmente nuevo.


El escritor Federico Jeanmaire ganó el Premio Clarín de Novela
El corazón del libro que ganó el Premio Clarín 2009, según su autor

Jeanmaire Básico
Baradero, Buenos Aires, 1957.EscritorEs licenciado en Letras y ha sido profesor en la UBA. Investigador del Siglo de Oro, fue becado en 1990 para trabajar en la Sala de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, en Madrid. Ese mismo año, su libro Miguel, una biografía ficticia de Cervantes, fue finalista del Premio Herralde de Novela. Entre otros, ha publicado Un profundo vacío en el pie izquierdo, Desatando casi los nudos, Papá y La Patria, que definen a Federico Jeanmaire como una de las voces más particulares de la narrativa argentina. Con su novela Mitre, obtuvo el Premio Especial Ricardo Rojas a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999. Su más reciente novela, Vida interior, fue ganadora del Premio Emecé 2008. Luego de más de 20 años de estudio e investigación, en 2004 publicó "Una lectura del Quijote", un ensayo que lo confirmó como uno de los mejores lectores de Cervantes.

fuente: Revista Ñ