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30.7.10

La dimensión desconocida

La reedición de "La pasión según G. H." permite analizar la obra de la escritora brasileña Clarice Lispector. Esta novela compleja y misteriosa con reminiscencias kafkianas atraviesa la verdad, la moral, la ley humana e incluso a Dios. Y confirma a su autora como un clásico del siglo XX

Enigmática. En la obra de Clarice hay elementos del cristianismo y reflexiones existencialistas.foto.fuente:Revista Ñ

Cuando decimos Mercosur, la palabra "mercado", tan poco literaria, tan poco poética, sobresale. Entonces, digamos más simplemente, por extensión, Brasil y Argentina. Cada vez más cercanos, con mayor interés cada vez del uno por el otro, vemos también en Brasil, a nuestros queridos hermanos siendo publicados: Alan Pauls, Martín Kohan, César Aira, entre otros. Felizmente, las "patrias", las "comunidades imaginadas" (Benedict Anderson) que se llaman "patrias" no andan sólo en botines de fútbol. Ambos países tenemos metáforas y encuentros más delicados y sofisticados para nuestros nacionalismos. Que lo digan, por ejemplo, Eduardo Muslip (Univ. Nac. de Gral. Sarmiento) e Isis McElroy (Universidade do Texas), que organizaron el "Passo de Guanxuma" en julio de 2009, bello evento literario, inspirados, seguramente, en Carlos Gardel, Carmem Miranda, Caio Fernando Abreu y Fogwill.

Las dos lenguas que nos dejó el colonizador, el español y el portugués, se han entrelazado dando origen a una tercera, el portuñol, cada vez más hablado. El portuñol es lo contrario a lo pactado en el Tratado de Tordesillas a fines del siglo XV. Más allá de la literatura, incluso del pensamiento y del lenguaje, vemos una intersección tan significativa en las áreas académicas de la antropología y de la sociología. Por ejemplo, Gustavo Sorá en Traducir el Brasil (Libros Del Zorzal) señala el hecho de que, a diferencia de lo que muchos piensan, la literatura brasileña es bastante traducida en la Argentina. Sólo para nombrar rápidamente algunas pocas editoriales: Adriana Hidalgo, Bajo la luna (que está preparando una antología de poetas brasileños contemporáneos), Beatriz Viterbo, Corregidor (que publicará por primera vez en la Argentina la poesía de Armando Freitas Filho) y la simpática Eloísa Cartonera, con sus numerosos títulos dedicados a Brasil.

Lo que aquí viene al caso es una nueva traducción de Clarice Lispector. Nunca está de más. Para los que no saben, que deben ser pocos, Clarice está, junto a Jorge Amado, entre los dos autores brasileños más leídos en la Argentina. Ellos dos no podrían ser más diferentes. Representan a dos Brasiles distintos. Y el propio traductor de La pasión según G. H., Mario Cámara, debe percibir esa diferencia de los Brasiles traducidos. El cuidadoso prólogo de Gonzalo Aguilar trata de representar el universo clariceano compuesto, o recompuesto, a partir del encuentro con una cucaracha. De hecho, se trata de una composición de universo. O de una recomposición. La historia de la novela, escribe Aguilar, es sencilla: una mujer de un barrio acomodado de Río de Janeiro descubre en el departamento de la criada, una cucaracha [...]. En un momento, G. H. aplasta a la cucaracha con una puerta, la toma entre sus manos y la devora. Es el comienzo de la epifanía.

Revelación de un mundo

En Clarice Lispector, amar es cruel porque, o bien implica tener y poseer, como en los cuentos "Comienzos de una fortuna" y "La mujer más pequeña del mundo", o bien conocer al otro que es, al mismo tiempo, doble de uno mismo, como en "La cena". En ese cuento, la lágrima de un hombre sentado a la mesa provoca la epifanía del narrador. En él, la imagen-símbolo de la fuerza del hombre en el restaurante está seguida por el desenmascaramiento de la lágrima que cae y provoca la epifanía del narrador, al percibir que "el patriarca estaba llorando por dentro". El patriarca se va de la cena, pero el narrador no logra asumir su lugar, reconociendo en sí mismo sus fracturas. Al afirmar "Rechazo la carne y su sangre", el narrador parece rechazar las imágenes-símbolo del cuerpo y la sangre de Cristo. De esta manera, la autora torna público, una vez más, el rechazo al modelo tradicional de familia sagrada, el modelo de familia burguesa.

Se destacan los cuentos con motivos análogos a la novela La pasión según G. H. ¿Pasión de Cristo? En la obra de Clarice se encuentran constantemente elementos del cristianismo, sumados a reflexiones filosóficas de matriz existencialista. Los personajes son siempre extraños para sí mismos y para los demás, así como los espacios también son extraños. G. H. se siente aprisionada en el cuarto de la empleada, ambiente de la náusea y la incomodidad, como en el atardecer en "El búfalo" y en las "horas peligrosas" que atormentan a Ana en "Amor", momento en que ella tiene que encontrarse consigo misma, sola en la casa, y con tiempo ocioso porque han terminado las actividades del día. ¿Qué amor es ese que perturba tanto a los personajes?

Es la percepción del otro, del extraño, que es al mismo tiempo familiar, y el encontrarse con realidades que escapan a la cotidianeidad y ponen al sujeto en estado de desequilibrio; al mirarse a sí mismo, toda esa experiencia de alteridad lleva al sujeto a aguas profundas. El tema del espejo, la figura del doble, aparece en momentos cruciales de las narraciones en las que los personajes se observan a sí mismos, a sus aguas turbias. El reflejo permite que el sujeto se encuentre con aquello que tanto desea ser, como en "Comienzos de una fortuna": "Mirándose en el espejo del corredor antes de salir, realmente era la cara de esos chicos que trabajan, cansados y jóvenes".

Los ojos de Lispector

En La pasión según G. H., la estética de mirar que es configuradora de alteridades surge en las figuras del ojo vigilante y en la del espejo. La primera figura del mirar, esto es, la del ojo vigilante, surge como elemento externo que vigila las acciones del sujeto. Es el mirar del Otro lo que presiona para configurar su identidad, ese Otro pudiendo asumir múltiples identidades, referentes a los elementos exteriores como la verdad, la moral, la ley humana, e inclusive a elementos trascendentales como Dios, ya que, como nos recuerda Aguilar en su prólogo, lo sagrado sobrevive a todo, inclusive a la existencia o a la muerte de Dios. Encima de todo, ese Otro era el extraño, la alteridad que traía la amenaza para la estabilidad del sujeto. Era también lo que identificaba al sujeto como un otro, o dos, en permanente mutación. Ese ojo regularía toda y cualquier tentativa de excesos que pudiesen inflingir los patrones sociales: "Un ojo vigilaba mi vida. A ese ojo, probablemente lo llamaba la verdad, la moral, la ley humana, Dios, yo. Vivía más bien dentro de un espejo. Dos minutos después de nacer, ya había perdido mis orígenes (p.37)."

El ojo vigilante ejerce el control de los cuerpos, impide que el individuo se exceda. Los personajes clariceanos, en general, temen las "horas peligrosas", el instante en que se encuentran con algo que en general es llamado "su propio yo" –sea lo que fuera–, en ningún sentido estable, como en el cuento "La fuga", el lado desconocido de cada uno. Al lado inmanente del que busca el exceso se opone el lado manifiesto de ese mismo que actúa como principio regulador, resultando en una estructura paradojal: ser al mismo tiempo una cosa y otra. Y no sentirse confortable ni satisfecho con ninguna de las inestables posibilidades. Se instala la desconfianza de que no se puede ser una cosa ni la otra. Parece preguntar: "¿existo? ¿qué intensidad puede comprobarme esto?"
Los demás (todos los extraños: la verdad, la moral, la ley humana, Dios, inclusive yo, etcétera) pueden mirar y aprehender a un determinado sujeto, pero ese sujeto jamás podrá verse ni comprenderse en su totalidad. Sólo su representación virtual, figurativa es su contracara, no el propio ser. Eso se da, según Clément Rosset, en el espejo, que "[...] no ofrece la cosa sino si otro, su inverso, su contrario, su proyección según tal eje o tal plano" (1998, p.80).

Más aún sobre el ojo, en "El búfalo", por ejemplo, el personaje femenino ve reflejado en los ojos del búfalo todo el odio sentido por el hombre que la abandonara. Es por la dialéctica de la mirada, con la fusión de la mujer y la fiera en un abrazo mortal, que el mundo se abre: "El mundo no veía ningún peligro en estar desnudo". La cosa blanca que se esparce dentro del personaje femenino es parte del ritual de la epifanía provocado por el búfalo, así como la viscosidad de la cucaracha aplastada por G. H. El ritual de autoconocimiento provocado por el momento de epifanía provoca náuseas: "A través de la piedad, a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca". La náusea ocurre cuando el sujeto se encuentra con su lado inmanente, escondido en las aguas turbias de su identidad.

"Es que, por el momento, la metamorfosis de mí misma no tiene ningún sentido. Es una metamorfosis donde pierdo todo lo que tenía y todo lo que tenía era yo –sólo tengo lo que soy. ¿Y ahora qué soy? Soy: estar de pie frente a un miedo. Soy: lo que vi. No entiendo y tengo miedo de entender, el material del mundo me asusta, con sus planetas y cucarachas" (p.76).

"¿Existo? ¿Es esta la intensidad que me lo puede comprobar? Si a menos encontrase a otra, ya que no me encuentro a mí misma..." Tenemos aquí una metamorfosis del yo en su doble. El yo se pierde en el laberinto de su propia existencia, ahora marcada por el caso, por el desorden interior. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Esas preguntas ontológicas apuntan hacia el problema del yo insertado en el mundo. Al encontrarse con otro elemento del mundo exterior, ya sea un objeto, un animal u otra persona, ese yo lo ve como un espejo. Para Clément Rosset, nuestra existencia está asegurada por la presencia del otro, y el doble es la representación de ese papel. Dicho de otra manera, es en la confrontación con el doble que el individuo construye su identidad. De todos modos, en algunos casos, ese otro yo que surge en los momentos de epifanía de la narrativa de Clarice Lispector, provoca tanto desorden en el mundo de ese sujeto que puede llevarlo a la despersonalización:

"La despersonalización como la destitución de todo lo individual inútil –la pérdida de todo lo que se puede perder y, aún así, ser (...). Todo lo que me distingue es sólo el modo como soy más fácilmente visible para los otros y como termino siendo superficialmente reconocible para mí. Así como hubo un momento en que vi que la cucaracha es la cucaracha de todas las cucarachas, así quiero encontrar en mí misma la mujer de todas las mujeres" (p.184).

Como señala Benedito Nunes, en Leitura de Clarice Lispector, (y podríamos extender este posicionamiento a otros personajes de la autora), luego de la vivencia epifánica en que sujeto y objeto se tornan uno solo, G.H. retorna a su mundo organizado. Es recurrente en la ficción de Clarice Lispector esa vuelta a los patrones transgredidos durante la epifanía. Ana, tras el contacto con el ciego que masca chicle y el paisaje extraño del Jardín Botánico, regresa a su vida familiar en la que necesita sentirse útil para su marido y sus hijos, sus otros, para continuar existiendo en tanto sujeto: una mujer casada, también ella, uno de sus otros, como la cucaracha y la empleada.
Ese ojo, así como en el cuento "La mujer más pequeña del mundo" trae a colación otro tema muy propio de la obra de Clarice: la clasificación. No sólo la arbitrariedad de la clasificación sino la precariedad de la clasificación. Lo enloquecedoramente efímero de la clasificación. Y la identidad es la clasificación por excelencia. Sin clasificación no hay identidad fija. Hay deriva. Caer infinitamente, dice Clarice en el cuento "La fuga": "llegaba a comer cayendo, a dormir cayendo, a vivir cayendo, hasta a morir". La libertad de la no clasificación. Y "la búsqueda de libertad frente a un mundo hecho entero para negarla es uno de los grandes temas de Clarice Lispector" (como dice su biógrafo Benjamin Moser). Los patrones previos, determinados por clasificaciones insatisfactorias, impiden el amor despertado por la mujer más pequeña del mundo en sus descubridores: luego del deslumbramiento, dónde la encajan. ¿Ella serviría la mesa? ¿Qué haríamos con ella en la casa? El descubrimiento de un ser singular despierta una serie de problemas en la realidad cotidiana con identidades fijas que quieren permanecer fijas. El amor no tiene cabida en lo cotidiano. Así ni cabe nombrar en lo cotidiano el lugar que a la pequeña mujer le pica. Y es necesario clasificarla para comenzar a colocar el mundo, nuevamente, en orden, después de tamaño amor despertado: "Y, para conseguir clasificarla entre las realidades reconocibles, de inmediato comenzó a recoger datos sobre ella". (Lazos de familia) Las identidades que se quieren fijas, por quererse fijas, exactamente por eso, no están preparadas para el amor, la esperanza máxima de libertad en relación a identidades e instituciones –según Pierre Bourdieu en La dominación masculina.

Sin Clarice Lispector y sin amor nos quedamos más solos en la habitual escena de nuestras vidas en la que nos encontramos con una cucaracha. La vida que late en ella responde a la nuestra, tan carente de sentido.

Con Clarice Lispector, al dar vuelta la página, podemos saber que la literatura puede acabar por ser aquella tan famosa experiencia de la escritura como fracaso: por no caber en la realidad circundante, la libertad vuela para ser escrita. Pero puede, también, y mejor aún, ser una invitación a la deriva que el amor, la libertad y lo prohibido proponen. Nunca se sabe dónde desagotar tanta agua viva, sea turbia o cristalina. Dejémonos llevar por su acuoescritura.

Es verdad que a veces es necesario estar sola frente a una cucaracha para darnos cuenta de que podemos ser más fuertes de lo que pensamos.
TRADUCCION: MARINA MARIASCH
Lispector BASICO
Ucrania, 1920 - Brasil, 1977.
Escritora
De origen judío, llegó a Brasil a los dos años. Desde muy joven supo que su destino era la literatura, y a los 19 años escribió "Cerca del corazón salvaje", que publicó a los 21. A partir de entonces, su actividad fue incesante. Escribió en distintos medios de su país, y sus libros de crónicas y artículos ya están todos traducidos al español. Por novelas como "La pasión según G.H." y "La hora de la estrella" se la consideró una de las voces más significativas del tercer modernismo brasileño, la generación del 45. Su obra completa, que cruza los géneros y se desliza siempre con una impronta propia, consta de 25 volúmenes. Murió en Río de Janeiro en el verano de 1977, a los 56 años de edad.
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24.11.09

La conspiración de las mujeres

Ni botellas de whisky medio vacías, ni el humo de mil pitillos o huellas de balazos. Los despachos de los modernos investigadores filosóficos y culturales no se parecen en nada a los de Sam Spade o Marlowe, pero el talento y la constancia de José Antonio Marina (Toledo, 1939) y de su ayudante MaríaTeresa Rodríguez de Castro (Jerez, 1970) aseguran la enjundia del proyecto, nada sencillo pero apasionante. Cuentan con menos de 300 páginas para desentrañar La conspiración de las mujeres, que lanza Anagrama el próximo jueves y que descubre uno de los casos más interesantes y olvidados de nuestra historia. El de un puñado de mujeres que a principios del siglo XX se propusieron adelantar la hora de España antes de que la guerra civil lograse silenciarlas.
José Antonio Marina
La primera pista se la dio Carmen Martín Gaite a José Antonio Marina hace más de diez años, al descubrirle la historia “fascinante” de “un grupo de mujeres brillante, en un ambiente intelectual también brillante, viviendo un momento trágico de la historia de España que desembocó en la guerra civil, y decididas a adelantar el reloj de la historia”. “Pero olvidé el proyecto -se lamenta Marina-. Lo recuperé cuando hace un par de años, al escribir La revolución de las mujeres, volví a tropezarme con este extraordinario grupo”.

Sólo entonces comenzó a investigar la aventura del Lyceum, el centro que entre 1926 y 1936 reunió a unas mujeres audaces que, evoca Marina, “tenían procedencias ideológicas, políticas y religiosas muy dispares, pero supieron unirse por un proyecto más importante que sus diferencias: mejorar la situación cultural, social y política de las mujeres españolas”.

Ignoradas por las españolas de hoy en día, les debemos, según María Teresa Rodríguez de Castro, “la igualdad jurídica por la que ellas pelearon. Las madres trabajadoras son las mejores herederas del espíritu del Lyceum. La incomprensión que sufren por su situación (que les lleva a sentir que son malas madres o malas trabajadoras) y la falta de apoyo social a las mismas es una de nuestras asignaturas pendientes”. Por eso, en este volumen, prosigue Rodríguez de Castro, “hemos pretendido reproducir el ímpetu de estas mujeres, su inconformismo, sus deseos de mejorar lo que les rodea, su convicción de que la educación y la ética serán nuestra tabla de salvación. El libro está tratado con un enfoque sistémico; dentro de los movimientos sociales, el que condujo al reconocimiento de la igualdad jurídica, política, social y económica de la mujer es uno de los más interesantes, por su riqueza y particularidades”.

El Lyceum fue, confirma Marina, un ejemplo de “inteligencia compartida”, una demostración de que es posible hallar un marco común de entendimiento, a partir del cual defender posiciones diversas.

-¿De qué manera las 115 primeras socias del Lyceum aceleraron la hora de España?
-Creo que tuvieron una influencia grande. Personalidades como María de Maeztu, Clara Campoamor, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, María Lejárraga, María Teresa León, y muchas otras ayudaron a crear el clima que favoreció la llegada de la República, y sus importantes cambios educativos y jurídicos. También fueron víctimas de su caída. El interés de los periódicos y las revistas de la época por el Lyceum demuestra su importancia.

Pero ¿de quiénes estamos hablando? Rodríguez de Castro describe brevemente a las protagonistas de esta aventura:

María de Maeztu: una de nuestras grandes pedagogas; dirigió la Residencia de Señoritas. Como diría Marañón, una trapera del tiempo: aprovechaba cada minuto del día, se embarcaba en múltiples proyectos. Según Pedro Laín, era sobre todo una mujer de vocación. Fue la primera presidenta del Lyceum.

Victoria Kent: abogada, diputada en las cortes constituyentes republicanas, Directora General de Prisiones en los años 30, y vicepresidenta del Lyceum. Mujer de fuerte carácter y gesto sobrio que amaba su trabajo. En su opinión, “nada se pierde en la obra que se realiza con nobleza de miras y fundada en la realidad cotidiana”.

María Teresa León: su amor por Alberti le lleva a permanecer en un segundo plano, lo que oscurece su trayectoria literaria. Su Memoria de la melancolía es un estupendo testimonio de aquella época, el de una niña a la que “se le iba a desarrollar junto con las trenzas un principio de crítica”.

Zenobia Camprubí: una mujer muy activa, alegre, dinámica, que vivió su vida con bastante independencia pese a permanecer a la sombra de Juan Ramón Jiménez. “En esta empresa nuestra, yo siempre he sido Sancho”, aseguraría en su Diario. Fue secretaria del Lyceum.

Carmen Baroja: vivía a caballo entre dos mundos, el doméstico y el artístico. Atraída por el ambiente en el que se movía su hermano Pío, sin embargo se vio atrapada por las obligaciones que como mujer se le imponían, lo que produjo un choque. Sus memorias sirven de magnífico testimonio del club.

Maruja Mallo: pintora vanguardista y mujer de carácter rebelde, perspicaz y curiosa; sus cuadros reflejan mujeres practicando deporte, verbenas…una fusión entre tradición y modernidad. Participó en alguna de las actividades del Lyceum.

María Lejárraga: esta maestra amante del teatro fue una mujer con una fuerte vocación política (llegaría a ser diputada). Su obra se escondería bajo el seudónimo de “Gregorio Martínez Sierra”, nombre de su marido, con quien colaboraba. Ayudó a Encarnación Aragoneses a convertirse en Elena Fortún.

Elena Fortún: la autora de los libros de Celia era una mujer peculiar, de gran imaginación, que adoraba anotar las anécdotas relacionadas con los niños que se sentaba a contemplar en el parque. Colaboró con la “Casa de los niños” fundada por las socias del Lyceum.

Concha Méndez: una mujer “inflamada de aventura”. Viajera incansable, poetisa, nadadora, impresora... Una de nuestras vanguardistas. Ella y su inseparable amiga Maruja Mallo paseaban por Madrid, causando escándalo con el “sinsombrerismo”.

Constancia de la Mora: nieta del que fuese Jefe de Gobierno Antonio Maura y criada en un ambiente tradicional, lucha contra las injusticias de las desigualdades sociales. Mujer temperamental y con fuerte vocación política.

Clara Campoamor: estupenda oradora, abogada y diputada durante las Cortes Constituyentes de la República. Su máximo logro, que le enfrentaría a su propio partido, fue lograr la aprobación del voto femenino. “Dejad a la mujer que actúe en Derecho, que será la mejor forma de que se eduque en él”.

Ernestina de Champourcín: vivía para la poesía, aunque lo que le interesaba era el proceso creativo. Joven vanguardista criada en un ambiente tradicional, mujer espiritual de fuertes convicciones religiosas.

Isabel Oyarzábal: las memorias de esta escritora y periodista que llegaría a ser Embajadora en Suecia y Finlandia durante la República, y vicepresidenta del Lyceum, reflejan una fuerte conciencia social.

Hildegart: niña prodigio, moldeada a su antojo por una madre decidida a convertirla en la “redentora del mundo”, que debía salvar a las mujeres y a los oprimidos. Su madre terminaría matándola. La elección que para otras era la única permitida (el matrimonio) habría sido revolucionaria en ella.

La lista mueve al asombro. Pero quedan misterios por resolver. Su defensa de la ética las hizo parecer inmorales a los ojos de gran parte de la sociedad, así que, ¿cómo consiguieron que los corazones de estas mujeres veloces no les pesaran con todos esos prejuicios?

"Éste es el asunto que más me ha interesado desde el punto de vista teórico”, explica José Antonio Marina. “El libro cuenta una historia, que María Teresa y yo hemos procurado documentar, pero además es un ejemplo de filosofía. Me interesa pasar de la anécdota a la categoría. El Lyceum fue una oportunidad perdida. Ya sabes que me interesa saber por qué la inteligencia triunfa y fracasa. La República española fue un caso dramático de ‘quiebra de la inteligencia social’. Y estas mujeres, que habían demostrado que el triunfo de la inteligencia era posible, fueron arrastradas por el hundimiento del entorno. '¡Qué difícil es no caer cuando todo cae!', escribió el conmovedor Antonio Machado, víctima también de esta situación. Esta historia me hacer sentir una enorme irritación ante la estupidez humana”.

-¿El olvido fue el precio más injusto que debieron pagar?
-No. Casi todas tuvieron que emigrar. Hemos seguido su historia, en muchos casos heroica. Pero, ciertamente, el olvido hace más dolorosa esta situación. Cuando hablamos de “memoria histórica” solemos pensar en la compensación de hechos terribles. Pero no podemos dejar de lado otra memoria histórica que es, ante todo, gratitud.

-¿Cómo se mezclan conceptos como inteligencia, memoria y justicia en el libro?
- La justicia es la culminación de la inteligencia social. La meta de la inteligencia es la felicidad, privada y pública. Y a la felicidad pública conviene llamarla “justicia”, o viceversa. Recuperar la memoria da profundidad y densidad al presente. El actual desconocimiento de la historia que tienen nuestros jóvenes no es sólo un fallo en su cultura, es una simplificación y trivialización de la realidad. No podemos comprender el presente sin saber cómo hemos llegado hasta aquí.

-Casi un siglo después de esta aventura, ¿por qué los sistemas educativos siguen siendo incapaces de crear “las mayorías ilustradas y críticas necesarias para el triunfo de la inteligencia social”?
-Porque hemos primado la instrucción sobre la educación. Desconfiamos de todo. Hay miedo o pereza para admitir una ética universal que es el fundamento de los sistemas democráticos. Por buenas razones, ha triunfado un individualismo que nos libera de tiranías estatales, ideológicas o religiosas, pero que, como efecto negativo, ha producido una glorificación de la opinión personal, y una dificultad para alcanzar evidencias compartidas. Las mismas tensiones que hacen que las parejas fracasen amenazan a las sociedades.

Nuria AZANCOT

El Cultural. es