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4.4.10

Lengua, país y memoria

"La lengua es un oficio distinto al de la vida", dice la escritora rumana Herta Müller, Premio Nobel 2009, que vive en Berlín y escribe en alemán. En este reportaje exclusivo, respondió por teléfono acerca de su literatura, la economía verbal, el recuerdo de la dictadura y la diferencia entre los campos de exterminio nazis y los del estalinismo. Hija de un hombre que fue de las SS y de una prisionera de los soviéticos, tiene motivos para pensar que nació en un mundo difícil.
Por: Mariana Dimopulos
"Hija de Alemania y de Rumania hasta que consiguió el exilio, Herta Müller empezó a escribir sentada sobre un pañuelo en el descanso de una escalera. Por entonces trabajaba en una fábrica como traductora de manuales técnicos. El servicio secreto quería obligarla a convertirse en informante, y ella se negaba, a riesgo de muerte. Hija de un hombre que durante la Segunda Guerra se había enrolado en las SS nazis, y de una mujer que había pasado cinco años en un campo de trabajos forzados soviético, Herta Müller pronto supo que había nacido del lado equivocado.

En tierras bajas, su primer libro, es una vivisección descarnada y fascinante de su pueblo natal, que le valió el repudio de unos y la aclamación de otros: "Cuando aparecieron el primero y el segundo libro, aquí en Alemania, yo todavía vivía en Rumania. Y por el primer libro recibí dos o tres premios. Eso me protegió de las represalias del servicio secreto. Se dieron cuenta de que yo ya no era anónima y que no podían hacer conmigo muchas cosas que antes sí se hubiesen permitido."

Para la ganadora del Premio Nobel de Literatura, no hay separación posible entre la política y la literatura. En la larga era de Ceausescu, que gobernó Rumania durante veinticuatro años alejado de la línea soviética y con apoyo de Occidente, las mujeres debían tener cinco hijos a pesar del racionamiento de la comida, y los ajustes se volvieron tantos que, a mediados de los años ochenta, Ceausescu empezó a fomentar la cría de caballos para ahorrar nafta y evitar el uso de los coches. La minoría a la que pertenecía Herta Müller, impregnada del pasado nazi y arrinconada por el nacionalismo rumano, fue vendida (literal) de a poco a la República Federal Alemana. Por cada uno que lograba salir, se pagaban entre 4 mil y 10 mil marcos. Pero no era fácil conseguir el pasaporte al exilio, y los disidentes como ella sufrieron amenazas y persecuciones.

En esta vida doble, intrincada y solitaria, la escritora fue inventando un lenguaje mordaz y minucioso por el que obtuvo un reconocimiento inmediato. Como en los casos de Franz Kafka y Paul Celan, el alemán fue la lengua de su casa y no del país donde había nacido. Así, su obra viene a confirmar que muchas veces la literatura se escribe en una lengua extranjera, aunque esa lengua sea también la propia.

-A los 15 años, cuando se fue a vivir a la ciudad, aprendió el rumano. Desde entonces usted vive en dos idiomas. ¿Sus libros son un intento de acercarlos?

-Esas dos lenguas ya están cerca, porque están dentro de mi cabeza. Y sólo tengo una cabeza. El rumano es una lengua romance con partes eslavas y el alemán es una lengua germánica. Muchas cosas son distintas. Cuando en rumano se dice "la mesa" en alemán es un sustantivo masculino. Y eso ya se vuelve otro objeto. O las flores. En alemán los lirios son femeninos y en rumano lo contrario, el lirio es un señor. Y yo siempre me hice estas preguntas, tuve que hacérmelas, porque las dos lenguas chocaban entre sí, y cuando pienso en la palabra rumana para lirio la planta se ve distinta. Como escritor, eso uno lo recibe como un regalo. Tenemos dos miradas sobre todas las cosas, y no es porque lo queramos, es simplemente así. Y eso se refleja en todo lo que hacemos, también en la escritura.

-Jorge Semprún dice en un libro que antes de la guerra tenía muy poco para contar, y después de la guerra y del campo de concentración, demasiado. ¿Usted conoce esta sensación?

-Claro, también tengo mucho para contar, pero yo estuve en una dictadura. Gracias a Dios, una dictadura no es un campo de concentración. Probablemente, el campo de concentración sea lo más extremo en métodos de vigilancia y represalias que uno puede experimentar. Supongo que cuanto más uno haya estado en un país donde existen situaciones represivas, tanto más uno tiene que vivir, ¿cómo decirlo?, con precisión. Hay que vivir con precisión para protegerse. Cada día uno ve tantas desgracias. Y las desgracias no les son indiferentes a las personas. En este sentido es que la percepción es distinta en las dictaduras, está como forzada, todo se vuelve intensivo. Y uno tiene daños. Creo que al escribir, los daños juegan un papel importante; quizá sea así para todos los autores. La gente que viene de una dictadura está dañada, y son daños que no se ha buscado. Yo hubiera preferido vivir en un país donde no hubiese tenido esas experiencias y quizás nunca escribir un libro. ¿Por qué escribir? Podría haber hecho cualquier otra cosa.

-Esa precisión en el lenguaje y en la mirada aparece una y otra vez en su obra. ¿Se origina en este tipo de experiencias?

-Creo que cuando era niña también miraba todo con mucha atención, y también estaba forzada a hacerlo. Era hija única, pasaba mucho tiempo sola, en un pueblo pequeño y en una familia de campesinos. Tenía que trabajar en la casa, en el establo con las vacas, eran todas responsabilidades que yo no podía asumir, y las hacía con el miedo de "no puedo, no puedo cumplir con mis tareas".

-¿Es esa la mirada infantil de sus primeras historias?

-Siempre pensé que la soledad aumenta la mirada. Y como uno está todo el tiempo vuelto sobre sí mismo, para vivir, uno tiene que hacer algo con todo eso, lo quiera o no. Además, no es fácil ser niño. Creo que ser niño es difícil porque uno está siempre dependiendo de los otros, y porque uno no puede decidir por sí mismo lo que quiere hacer. Ser niño no es lindo, es un lindo cuento de hadas. Y tampoco la situación material es lo determinante. Claro que el niño pobre la tiene peor, pero pienso que de niños somos demasiado vulnerables.

-Por un lado, para usted la literatura es inseparable de la política. Por el otro, alguna vez dijo que no cree tener ninguna misión. ¿Qué piensa de la "literatura testimonial"?

-Creo que nadie la elige. Una gran parte de la literatura en general, en el mundo, es literatura de testimonio, porque uno ha vivido algo y cuando uno escribe, escribe sobre eso. ¿Qué debería hacer si no? En las dictaduras el tema es la dictadura, y cuando al fin pasaron, en las personas que han sobrevivido dejan muchos traumas. En cada familia hay alguna catástrofe. Y eso es resultado de la realidad. Para hablar sobre algo así no necesitamos ninguna misión. Desconfío de la misión o del encargo. En las dictaduras hubo arte encargado por el Estado, y por supuesto, también una larga serie de escritores que sirvieron a esa ideología. Yo no quiero tener nada que ver con eso; en todo caso lo que tengo es un encargo interior, es más bien una necesidad, tampoco es una misión. Lo misional es peligroso. Los misioneros se salen de tono muy rápido, y eso no aporta nada a la literatura.

-En su última novela, "Atemschaukel" (Vaivén de la respiración), el protagonista dice: "para mí mismo soy un mal testigo".

-Eso es porque la memoria es un terreno muy complicado. ¿Qué significa el recuerdo? ¿Quién se acuerda de qué? Cuando la gente recuerda lo mismo, muchas veces los recuerdos son muy distintos, porque los recuerdos son individuales, son propiedad privada, los construimos en la propia cabeza. Mientras uno experimenta las cosas no tiene tiempo, además, de reflexionar sobre lo que pasa. Y el recuerdo viene de la memoria, pero también de las heridas, los daños que uno arrastra consigo. Y también nos pueden obligar a recordar; es como un estado en el que uno se encuentra. Por eso el recuerdo no es un relato que uno va buscando libremente, el recuerdo también es algo torturante. El protagonista de Atemschaukel está escribiendo con una distancia de sesenta años, se ha convertido en un hombre viejo.

-Pero lo dice antes, como si tuviera esa sensación de ser un mal testigo ya en el campo.

-Sí, ya tenía la sensación de ser un testigo falso en aquel momento porque a veces las cosas estaban tan mal que ni siquiera podía contarlas. No importa cómo uno lo diga, nunca será lo mismo que lo que ha ocurrido. La lengua es un oficio distinto al de la vida. Aun cuando uno no escribe, cuando la gente cuenta algo simplemente, también está dentro de la lengua.

-En "El hombre es un gran faisán en el mundo" y en otros de sus libros posteriores, aparecen canciones tradicionales, supersticiones, elementos mágicos. Esto ha sido comparado con el realismo mágico latinoamericano. ¿Cuál es su relación con esta tradición literaria?

-Estuve muy cerca de esa literatura, y desde muy temprano. Cien años de soledad de García Márquez fue para mí un libro muy importante, o El otoño del patriarca. En Rumania, esta cercanía viene como de un natural parecido, la literatura latinoamericana se ha leído mucho, fue muy traducida. No era capciosa. Allá también había dictadores.

-¿Será la cercanía de las lenguas?

-Sí, en esos idiomas románicos, las imágenes utilizadas por la lengua están muy cerca. Creo que en Rumania hay un muy buen olfato para la literatura latinoamericana. Quizá es una forma de mirar el mundo. Lo mágico, lo surreal juegan un papel mucho más importante en la vida cotidiana rumana de que lo que podría ser, por ejemplo, aquí en Alemania.

-Su último libro está basado en notas que usted tomó de conversaciones con el escritor rumano-alemán Oskar Pastior, que pasó cinco años en un campo de trabajos forzados. ¿Fue un desafío especial utilizar esa otra voz?

-Trabajé mucho tiempo con él, tres años, y después fuimos juntos hasta donde habían estado esos campos de trabajos forzados, en la actual Ucrania. Nos conocíamos muy bien, yo tenía cuatro grandes cuadernos con apuntes de esas conversaciones. Traté de mantener todo lo que pude de nuestro trabajo en conjunto. Por supuesto los hechos, pero también su lenguaje. El fue uno de los grandes autores alemanes, y su lengua es muy precisa y plástica. Eso lo dejé en el libro, era lo que el libro necesitaba. Pero el protagonista, Leopold, no es Oskar Pastior, yo también hablé con otras personas y he puesto varias biografías ahí dentro. Sin embargo, la mayor parte proviene de él. En ese sentido, justamente en la musicalidad de la lengua y al inventar situaciones, fui escribiendo a su par. Y me lo representaba al imaginarme y construir las escenas, acaso porque hicimos ese viaje juntos. Pero no fue más difícil que en otros libros. Trabajar con la lengua es siempre difícil.

-¿Y también trató la propia historia familiar?

-Sí, puse cosas que mi madre vivió allá. Y leí muchos libros sobre deportaciones. En cada campo las cosas eran distintas, quiénes lo dirigían, el personal de vigilancia, si eran sádicos o buenos, si eran correctos y se limitaban a aplicar las penas o si tenían un disfrute sádico al hacerlo. Y la casualidad de con quién le tocaba a uno estar en la barraca. La personas son siempre distintas, también en el campo son distintas. En todas las realidades horribles que se iban acumulando en esos campos participaba especialmente la casualidad. Cuando uno está así, tan a la merced de las circunstancias, algo pequeño puede significar la mayor de las tragedias o la mayor de las fortunas, tan fundamentales se vuelven los detalles.

-Apelando a la idea de la culpa colectiva, en 1944 la ocupación rusa en Rumania envía a aquellos alemanes que no estaban participando de la guerra a los campos de trabajo. ¿Las circunstancias se asemejan un poco al Lager de los nazis?

-Diría que las condiciones no son similares. En el campo de concentración son muy distintas que en el campo de trabajos forzados, ya desde la intención. En el campo de concentración había judíos, pero también homosexuales, enemigos del Estado –lo que los nazis entendían por enemigos del Estado–, o discapacitados. Todos estaban ahí para que los asesinaran. Esa era la meta: la extinción. El objetivo de los otros campos era la reconstrucción de Rusia –así lo llamaban. Por supuesto, eso era el estalinismo más puro, era implacable, horrible, y podía acabar en la muerte, pero esa no era la intención. Que dejaran que la gente se muriese de hambre, que la hayan atormentado así, todo eso venía por añadidura, pero la intención no era el exterminio, mientras que en el campo de concentración sí lo fue.

-¿Cree que podría haber tocado este tema antes en Alemania?

-No lo sé. Recién ahora aparecen en Rumania libros al respecto, esas memorias de la gente sencilla que estuvo ahí. Hasta hace poco, allá en Rumania el tema también era tabú, y los archivos se abrieron con la muerte de Ceaucescu para los historiadores. Antes no hubiéramos podido acceder a esa información. Y la gente tenía miedo porque estaba prohibido hablar del tema. Alguien que ha estado por 5 años en uno de esos campos, y vuelve, va a respetar la prohibición. Porque una persona así está domesticada y queda temerosa para toda la vida. Y no sé qué hubiera pasado si hubiese intentado escribir sobre esto hace 15 años. Quizás el público no hubiera tenido la distancia suficiente, o lo hubieran tomado como si lo estuviera poniendo al mismo nivel que un campo de concentración y entonces hubiera habido problemas, pero no es lo mismo.

-Hace poco publicó un artículo sobre las actividades del servicio secreto rumano, la Securitate, que la persiguió y que motivó su exilio de Rumania. Y según ha experimentado en Bucarest, sigue activo. ¿Qué cree del futuro de Rumania?

-Me gustaría que se convirtiera en un Estado democrático. Pero creo que Rumania ya ha profundizado demasiado la marcha en un rumbo equivocado. Todas las viejas redes y la gente de la Securitate, por ejemplo, los antiguos caciques del partido, han asumido las posiciones decisivas del país. Lo mismo ocurrió con la privatización, son dueños de casi todas las empresas. A ellos les pertenecen las cosas, se sirven los unos a los otros, se conocen de antes y se sirven mutuamente. Por ejemplo, se había abierto una oficina que se ocupaba de los crímenes del comunismo, y ahora la unieron a otra. El jefe de la primera había trabajado muy bien, en el correr de los años fue encontrando muchas tumbas colectivas y anónimas, en los bosques, en los campos adonde llevaban a la gente en ese tiempo. El hizo que sacaran a esa gente de ahí y la enterraran. Entretanto, la política oficial de Rumania empezó a considerarlo como algo molesto. Y todo va ocurriendo de esta forma, ésta es la tendencia. Además, la corrupción es tan grande, y todo eso tiene que ver con los viejos tiempos.

-¿Qué desearía que pasara?

-¿Deseos? Uno siempre puede desear ... que la Unión Europea mire con atención lo que está ocurriendo y que los obligue a cosas que corresponden a un país democrático. Hay mucha gente que vuelve a ser amenazada. Esto ya no es ideológico, no es el socialismo, lo que hay en marcha es una criminalidad de gánsteres. Cuando estos dirigentes sienten que los molestan, reaccionan muy claro y brutalmente. Todo es alarmante. Y no mejora, sino que en los últimos años es cada vez peor.

-¿Está descartado que regrese algún día?

-Sí, nunca pensé en volver. No hay por qué vivir en el lugar donde uno ha nacido. En ese país hay muchos que en su tiempo hicieron conmigo lo que quisieron. Están todos en las escuelas, son profesores en las universidades. De mucha gente sé tantas cosas. Y no quisiera volver a vivirlo. Con una vez basta."

Así escribe
La sopa de hierbas

La mujer de Windisch estuvo cinco años en Rusia. Dormía en una barraca con camas de hierro en cuyos bordes chasqueaban los piojos. La habían pelado al rape. Tenía la cara gris. Y el cuero cabelludo rojo y carcomido.

Sobre las montañas se alzaba otra cadena montañosa de nubes y nieve a la deriva. Sobre el camión ardía el hielo. [...]. Cada mañana había hombres y mujeres que se quedaban sentados en los bancos. Con los ojos abiertos. Dejaban pasar a todos los demás. Se habían congelado. Estaban sentados en el más allá.

La mina era negra. La pala, fría. El carbón, pesado.

Cuando la nieve se fundió por primera vez, una hierba fina y puntiaguda empezó a brotar entre la rocalla de las hondonadas. Katharina había vendido su abrigo de invierno por diez rebanadas de pan. Su estómago era un erizo. Katharina recogía un manojo de hierbas cada día. La sopa de hierbas calentaba y era buena. El erizo ocultaba sus púas durante algunas horas.

Luego llegó la segunda nevada. Katharina tenía una manta de lana. Era su abrigo durante el día. El erizo pinchaba.

Cuando oscurecía, Katharina seguía la luminosidad de la nieve. Agachada, se deslizaba junto a la sombra del guardián. Iba hasta la cama de hierro de un hombre. Un cocinero. Que la llamaba Käthe, la abrigaba y le regalaba patatas calientes y dulces. El erizo ocultaba sus púas durante unas horas.

Cuando la nieve se fundió por segunda vez, la sopa de hierbas empezó a brotar bajo los zapatos. Katharina vendió su manta de lana por diez rodajas de pan. El erizo volvió a ocultar sus púas durante unas horas.

[...] Cuando murió el cocinero, la luz de la nieve pasó a brillar en otra barraca. Katharina se deslizaba a la sombra de otro guardián. Hacia la cama de hierro de un hombre. Un médico. Que la llamaba Katyusha, la abrigaba y un día le dio una hojita de papel blanco. Debido a una enfermedad. Durante tres días, Katharina no tuvo necesidad de ir a la mina.

Cuando la nieve se fundió por tercera vez, Katharina vendió su zamarra de piel de oveja por un bol de azúcar. Katharina comió pan húmedo y espolvoreado con un poco de azúcar. El erizo volvió a ocultar sus púas durante unos días.

El hombre es un gran faisán en el mundo
Traducción J. J. Solar
(paginas 114-115)

Müller Básico
Nitzkydorf, Rumania, 1953.
Escritora

Estudió filología germánica y rumana en la Universidad de Timisoara, época de la que data su posición disidente frente al régimen de Ceaucescu. Se exilió en 1987, en Berlín, junto con su marido, el novelista Richard Wagner. Habla y escribe en alemán y rumano, pero optó por el alemán en sus libros. La crítica ha señalado la capacidad de su prosa para reflejar con economía de recursos situaciones sórdidas. Recibió numerosos premios y, el año pasado, el Nobel de Literatura. En castellano, se publicaron sus novelas En tierras bajas, El hombre es un gran faisán en el mundo, La piel del zorro y La bestia del corazón.
fOTO;fUENTE:Revista Ñ

9.2.10

Triunfo Arciniegas, revisitado


"Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana, un despistado. Me inquieta el amanecer como a los vampiros, temo a la soledad y el olvido. De pocos amigos y pocas palabras, busco la niebla y los lugares solitarios".

Así comenzaba el retrato hablado que Triunfo me mandó por correo desde Pamplona cuando lo entrevisté para la revista Espantapájaros hace muchos, pero muchísimos años. (En esa época, aunque ahora parezca inconcebible, no existía Internet y sus palabras llegaron en un sobre lleno de estampillas). Lo curioso era estar ahora, después de tanto tiempo, recordando aquella profesión de fe: "Soy un imaginador, es mi oficio". Cómo se las arreglan ciertas frases para grabarse en la memoria, pensé, a medida que desempolvaba los viejos ejemplares que sobrevivieron a los trasteos y a las manos de los niños. ¿Cuántos cumpleaños habían pasado? ¿Cuántas historias, cuántos inventos, cuántos sueños?

Guiada por la necesidad de reconstruir el autorretrato de mi amigo, me fui detrás de aquel rastro de palabras. Y quiso la fortuna que, entre los pocos números de la revista Espantapájaros que conservo —en papel, aclaro, porque cada página sigue guardada en mi memoria—, apareciera el ejemplar número 11, fechado en 1992. Habían pasado 17 años desde aquella entrevista y habíamos cambiado de milenio, pero los rasgos esenciales del retrato se mantenían idénticos. Como solemos decir, casi siempre en tono adulador a quienes reencontramos después de muchos años, sentí la tentación de repetir la frase hecha: "pareces un retrato". Y no se trata de una simple anécdota ni de un dato aleatorio, porque una de las características que asocio con Triunfo Arciniegas es esa coherencia a toda prueba; esa envidiable claridad para saber qué es y qué no es, sin extraviarse en las trampas de la falsa popularidad ni de los trabajos por encargo. Aun en los momentos más difíciles, la terquedad de Triunfo, o quizás la fuerza de su nombre —pues nunca fue tan cierto que el nombre modifica lo nombrado—, lo ha hecho perseverar en el oficio de imaginador, sin concesiones ni imposturas.

Con la revista entre las manos, seguí leyendo sus palabras: "Quisiera volar de noche, tocar el saxofón y conocer París con una mujer. Soy piscis y detesto los cumpleaños. Tengo infinidad de gustos: dibujar, escribir cartas, leer historias de amor, coleccionar libros y revistas, el jugo de mandarina, el chocolate con galletas, el ron con Coca Cola, la comida de mar. Me gusta perder el tiempo. Quisiera ser un gato". Pensé que quizás lo único que le había faltado en el inventario de gustos y deseos de esos años era su afición por la fotografía y, más exactamente, por las fotos de personas. O quizás no, pues otro rasgo de Triunfo es esa manera suya de ir por la vida, poco importa si lo hace armado de una cámara o de un lápiz, robando rostros y conversaciones y observando detalles de los que nadie se percata, hasta que luego salen a la luz. Es un peligro andar con él y es un peligro verlo tan callado, como esos niños que guardan silencio en el cuarto de al lado, pues su silencio "triunfal" suele ocultar alguna travesura. Recuerdo que una vez nos invitaron a almorzar a la casa de unos amigos en Coyoacán y Triunfo, cámara en mano, nos iba retratando. Yo, que suelo ponerme nerviosa con las fotos, no me di cuenta de que, entre plato y charla, él fue robándonos el alma. Tal vez es eso lo que hace con los niños de las veredas por las que viaja haciendo talleres de literatura y de teatro: les saca la expresión, les roba el alma.

"La exploración del alma", como él mismo la llama en el folleto de presentación de una muestra fotográfica de niños que hizo en 2007 y que saltó también, entre mi colección particular de objetos de Triunfo que atesoro, puede brindar algunas pistas para entender su arte poética: "La fotografía es memoria y encierra miles de palabras...", escribió. "De pronto olvidamos la máscara, la pose, el artificio, y en una foto se nos escapa el alma. Alguien nos sorprende con una lágrima a punto de escapar, con los ojos al borde del abismo, visitando los cuartos de la vida cerrados para siempre". En esos cuartos de la vida por los que Triunfo Arciniegas merodea como un gato, apenas sin ser visto, se oculta el material de sus historias. Alguna vez me confesó que aprendió a escribir diálogos por física necesidad vital, pues era un niño extremadamente tímido. (Algo me dice que todavía lo es). Entonces quería saber cómo se las arreglaba la gente para tener conversaciones cotidianas y se sentaba a hurtadillas detrás de sus compañeros, tratando de robar esas palabras con las que todo el mundo llena horas enteras de charla intrascendente. Y así, copiando en un papel lo que decía la gente, descubrió la materia prima de la que están hechos también sus personajes. A veces pienso que Triunfo escribe con las orejas, pero no me refiero a un facilismo para hacer frases "sonoras y bonitas", sino de una sutil habilidad para captar matices con un oído fino, como escudriña rostros cuando anda con su cámara: "La foto es puro ojo. De nada sirve una cámara si no se tiene el ojo. Sigiloso y paciente, como el cocodrilo, espero que se olviden de la cámara. Espío y espero". Ojo avizor y oído atento: quizás es eso mismo lo que hace cuando escribe.

Sus libros son tantos que requieren un anaquel completo de la biblioteca. En la mía, están organizados por orden de estatura, pues hay desde libros para bebés, hasta otros que conviene mantener lejos del alcance de los niños. Aquí entre nos —y que no salga de estas páginas—, algo me dice que lo mejor de Triunfo Arciniegas aún está sin editar debidamente y que se oculta entre los pliegues de esa sonrisa suya, medio sonrisa y medio mueca, en la que no han reparado los editores, por esa manía de etiquetarlo en la categoría de "literatura infantil", que a tantos nos resulta tan difícil traspasar. Quizás es esa mueca la que captan los niños y la que le agradecen, pues él los trata como "gente", y no como las tiernas criaturitas que han fabricado los adultos. De nuevo, sus palabras ayudan a ilustrarlo: "Si bien en algunas tomas los niños enfrentan la cámara y se saben observados, en otras atrapo a hurtadillas el instante, la puerta entreabierta a otros mundos, el rastro que dejan los ángeles cuando nos visitan". Yo añadiría que no sólo de ángeles están pobladas sus ficciones, sino que más de un demonio se oculta detrás de esas "puertas entreabiertas a otros mundos" que ofrece Triunfo a los adultos y a los niños. Y pienso que la edad es un dato irrelevante para él, pues todo indica que escribe para esa categoría de gente que responde a un vocablo más flexible y más liberador: el de lectores.

De vez en cuando me da por mirar las palabras y los dibujos puestos por Triunfo en las dedicatorias de los libros que me ha regalado y, aunque sospecho que a todas sus amigas les escribe las frases perfectas para hacerlas sentir tan únicas como esa rosa que cuidaba el principito en su planeta, me resulta inevitable ceder a los encantamientos de este imaginador, como si fuera una de las Mujeres muertas de amor de sus "cuentos para adultos". Ahora mismo, desde mi mesa de trabajo, evoco el ritmo incierto que marca sus apariciones y el ritmo también impredecible de sus desapariciones, y me pregunto en dónde andará: si está sumido entre la niebla de Pamplona, si está de viaje en Buenos Aires, o si tropezaré con él en alguna feria del libro, vaya uno a saber en qué lugar. Tal vez cuando aparezca me contará, como hace siempre, que estuvo viviendo en un pueblo de México o la Pampa, con una mujer que lo albergó unos meses. Y aunque confieso que jamás he sabido bien qué creerle, mi única certeza es que, en esa bisagra entre ficción y realidad, nos la hemos apañado para inventar una complicidad extraña que nos ayuda a compartir las preguntas y los fantasmas de este oficio solitario. Me gusta verlo llegar, como si fuera un marinero, trayendo mil historias que amarra como las cuentas de un collar hecho con piedras de sitios remotos, y siempre con un libro nuevo bajo el brazo, que vuelve a regalarme y me vuelve a dedicar. Y a pesar de que han pasado tantos años, a veces pienso que apenas lo conozco y a veces pienso exactamente lo contrario: con él, uno no sabe nunca a qué atenerse. Quizás, parodiando al mismo Triunfo, cabe la posibilidad de que me lo haya inventado. A fuerza de desconocerlo y de reconocerlo en lo que escribe, entre la magia y el silencio, cabe la posibilidad de que haya tenido que inventármelo para escribir este retrato.

fOTO; fUENTE:Letralia.com

Bogotá, mayo de 2009

7.2.10

Genios del mal

La dificultad para aceptar el binomio gran artista-mala persona proviene de una fe religiosa en el arte y sus clérigos. Obras de Gorki, Neruda, Rezzori, Eliade ... revelan cómo los escritores están sujetos a las mismas pasiones que los demás.

Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), en su casa de Meudon en los años cincuenta.- ROGER VIOLLET
fOTO; fUENTE:El País.com

IGNACIO VIDAL-FOLCH


"En las letras, igual que en todo lo demás, el talento es un título de responsabilidad!". Con esta sentencia explica el general De Gaulle su negativa a indultar a Robert Brasillach, condenado a muerte en 1945. Entre los colaboradores con los nazis durante la Ocupación, a Brasillach, joven de suaves mofletes, pelo planchado, gafas de carey y aspecto general de estudiante aplicado, le ha correspondido el título de villano máximo de la literatura. Como director de la revista Je Suis Partout, la más leída, la mejor hecha y la más odiada de la época, agotó el catálogo de las infamias (verbales). Ahora bien, la naturaleza humana es más compleja que el universo: mientras aguardaba en la cárcel su sentencia de muerte escribió este poema:

D'autres sont venus par ici

Dont les noms sur les murs moisis

Se défont déjà et s'ecaillent;

Ils ont souffert et espéré

Et parfois l'espoir était vrai

Parfois il dupait ces murailles.

Venus d'ici, Venus d'ailleurs

Nous n'avions pas le même coeur,

Nous a-t-on dit. Faut-il le croire?

Mais qu'importe ce que nous fûmes!

Nos visages noyés de brume

Se ressemblent dans la nuit noire.

C'est à vous, frères inconnus,

Que je pense, le soir venu,

Ô mes fraternels adversaires!

Hier est proche d'aujourd'hui,

Malgré nous nous sommes unis

Par l'espoir et par la misère.

(Otros vinieron por aquí / cuyos nombres en los muros mohosos / ya se deshacen y desconchan. / Ellos sufrieron y tuvieron esperanzas / y a veces la esperanza acertaba / a veces engañaba a esas murallas. // Venidos de aquí, venidos de otros sitios / nuestros corazones no eran iguales, / según nos dijeron. ¿Hay que creerlo? / ¡Pero qué importa lo que fuimos! / Nuestros rostros, ahogados de bruma, / se parecen en la noche negra. // Es en vosotros, hermanos desconocidos, / en quienes pienso, cuando cae la noche, / ¡Oh mis fraternales adversarios! / Ayer está cerca de hoy, / a pesar nuestro estamos unidos / por la esperanza y por la miseria).

La luz de la circunstancia excepcional en que el poema fue escrito (tan semejante a la que inspiró a Villon su Ballade des pendus) lo realza y nimba con un halo de cosa extraordinaria.

Brasillach tuvo además carácter para recibir la noticia de su condena con estas palabras:

-Es un honor.

Pierre Drieu La Rochelle también se despidió con clase:

"Sed fieles al orgullo de la resistencia igual que yo lo soy al orgullo de la colaboración", escribió en su diario antes de suicidarse. "No hagáis trampa, como yo no la hago. Condenadme a la pena capital (...) Sí, soy un traidor. Sí, he estado cooperando con el enemigo. He aportado inteligencia francesa al enemigo. No es culpa mía que este enemigo no haya sido inteligente".

En cambio, Céline, que con Brasillach y Drieu, Montherlant y Morand y Daudet (pronto exonerado de toda culpa), Céline cuyo Viaje al fin de la noche revolucionó la prosa francesa, Céline, del que dice Lottman que "el examen de sus libros y de su vida muestra claramente que fue un genio del mal y que su psicología no era enteramente normal", eludió el cadalso fotografiándose vestido de harapos y con un gatito sobre las rodillas.

(La dificultad que encontramos en aceptar el binomio gran artista-mala persona es la consecuencia de una fe religiosa en el arte y sus clérigos. Pero al fin y al cabo, los escritores siempre estuvieron sujetos a las mismas pasiones que los demás. En las revoluciones de 1848, el filósofo Schopenhauer, el pesimista, el reaccionario, ofrecía las ventanas de su casa en Francfort a los soldados austriacos para que disparasen cómodamente contra "la canalla", mientras en París Baudelaire, el poeta moderno y progresista, agitaba las barricadas tratando de convencer a los insurgentes de que le acompañasen a su casa para fusilar a su padrastro).

Stalin atrajo de vuelta a la URSS al que los bolcheviques consideraban el mejor escritor ruso, la voz del pueblo, Maxim Gorki, halagando su vanidad, y una vez lo tuvo en Moscú le adjudicó como vivienda un palacio modernista cerca del Kremlin y dos dachas, y lo nombró presidente de un comité para agrupar a todos los escritores soviéticos. Además rebautizó su ciudad natal con su nombre. Al autor de La madre esto no acababa de parecerle del todo bien:

-He escrito por primera vez Gorki en el sobre, en vez de Nizhni Novgorod. La verdad, me resulta desagradable y embarazoso.

Pero en fin, todo lo daba por bueno, ya que gracias a su influencia Zamiatin (autor de la antiutopía Nosotros) pudo exiliarse en Francia, y Bulgákov (el autor de El maestro y Margarita), que estaba reducido al ostracismo y al hambre, obtuvo un empleo en un teatro, y Pilniak (Caoba) y Babel (Caballería roja) pudieron ampararse tras sus anchas espaldas: luego le seguirían a la tumba, como los siervos al Faraón.

Muchas noches, concluida su jornada laboral en el Kremlin, Stalin se presentaba en la cercana mansión de Gorki, que solía recibir a sus colegas en su salón y sostener con ellos animados debates nocturnos. Fue allí, una noche de 1932, donde el estadista y su escritor de cabecera perfilaron las líneas maestras de la estética del "realismo socialista" y definieron la misión de los escritores para las siguientes generaciones, que al cabo de pocos días el primer congreso de la Unión de Escritores, presidido por Gorki, refrendó: glorificar la aniquilación de las clases enemigas y el liderazgo de Stalin, mientras los órganos rectores de la Unión debían alentar la producción de "obras de alto valor artístico imbuidas del espíritu del socialismo".

Al año siguiente de aquella decisiva reunión, Gorki coordinó el prototipo de libro imbuido de ese espíritu edificante, el que el historiador Shentalinski define como "el libro más vergonzoso y más cargado de mentiras de la historia": Belomor, historia de la construcción del canal J. V. Stalin del Mar Blanco al Mar Báltico, una apología del trabajo esclavo en esa obra que costó 100.000 vidas. Para redactarlo, Gorki reclutó un equipo de 120 escritores y viajó con ellos en un tren fraternal hasta el canal, donde no vieron o no quisieron ver las condiciones en que los esclavos vivían y morían; y a la vuelta seleccionó a los 30 escritores más eficientes y corruptos para exaltar la portentosa hazaña.

Entre ellos, su favorito, el aristócrata Alexéi Tolstói, descendiente del autor de Guerra y paz y un caso humano curioso. Parece que tuvo verdadero talento. La llave dorada, su versión rusa de Pinocchio, es todavía hoy uno de los cuentos infantiles más apreciados en su país, y su Pedro I, donde retrata al zar Pedro el Grande como el protobolchevique, se considera una obra de calidad literaria. La misma Ajmátova le admiraba, a pesar de que atribuía la condena de su amigo, el poeta Osip Mandelstam, más que a su Epigrama contra Stalin, a la bofetada que le dio a Tolstói por una cuestión menor. Éste le amenazó proféticamente: "¡Te expulsaremos de Moscú! ¡Nunca más publicarás un verso!", mientras Gorki confirmaba: "¡Ya le enseñaremos cómo hay que pegar a los escritores rusos!".

La ambición, la codicia y el servilismo royeron el talento de Tolstói hasta dejarlo en los huesos. Despachó novelas que retorcían los hechos históricos para denigrar a Trotski y ensalzar a Stalin (Pan), o contaban las hazañas de un chequista (policía secreta); fue miembro de la comisión especial para intoxicar a la opinión mundial con películas y panfletos que endosaban a los nazis la matanza de Katyn; clamó pidiendo la muerte de sus anteriores protectores, Kamenev y Zinoviev... "Pocas familias pueden preciarse de tener en su seno a un escritor tan grande como León Tolstói, pero pocas pueden tener a un escritor a la vez tan dotado y tan despreciable como Alexéi...", sentencia su lejano pariente el historiador inglés Nikolái Tolstói en Los Tolstói, 24 generaciones de historia rusa. "No hubo mentira, traición o indignidad que no se apresurase a cometer para llenarse los bolsillos".

A este top five de malos malones de la literatura agrego ahora algunos monstruos subjetivos, malos o malillos no universales, pero sí a los ojos y en los textos de los grandes escritores: Neruda según Brodsky, Éluard según Kundera, Rezzori según Vizinczey, Eliade según Manea.

El poeta y premio Nobel de origen ruso Joseph Brosdky menciona en su libro Del dolor y la razón a Pablo Neruda, best seller mundial y permanente de la poesía en lengua española gracias a sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada: "Trotski, aún reciente el segundo atentado contra su vida (en el que su secretario americano fue asesinado por el luego célebre muralista David Alfaro Siqueiros, ayudado por el luego célebre poeta, y premio Nobel, Pablo Neruda)...", dice Brodsky. En su autobiografía, Me llamaban el coronelazo, David Alfaro Siqueiros reconoce su participación en el "asalto a la casa de Trotski" el 24 de mayo de 1940. Lo que no dice es que él dirigió al fracasado escuadrón de sicarios, y por qué mataron a su cómplice Robert Sheldon Harte. El relato que dejó Neruda, en Confieso que he vivido (su autobiografía, redactada poco antes del cuartelazo de Pinochet, del asesinato de Allende y de morir él mismo de enfermedad y pena), sobre sus tiempos como cónsul de Chile en México, es un alarde de escamoteo de la verdad y de pánfila autosatisfacción:

"David Alfaro Siqueiros estaba entonces en la cárcel. Alguien lo había embarcado en una incursión armada a la casa de Trotski. Lo conocí en la prisión, pero, en verdad, también fuera de ella, porque salíamos con el comandante Pérez Rulfo, jefe de la cárcel, y nos íbamos a tomar unas copas por allí, en donde no se nos viera demasiado. Ya tarde, en la noche, volvíamos y yo despedía con un abrazo a David que quedaba detrás de sus rejas".

"(...) Entre salidas clandestinas de la cárcel y conversaciones sobre cuanto existe, tramamos Siqueiros y yo su liberación definitiva. Provisto de una visa que yo mismo estampé en su pasaporte, se dirigió a Chile con su mujer, Angélica Arenales...".

Cuando Norman Manea, disidente exiliado en Estados Unidos, y el escritor rumano más interesante de la actualidad, publicó su ensayo Felix culpa, a propósito de su compatriota, el gran historiador de las religiones, el notable literato, el erudito, el sabio que buscaba y encontraba las manifestaciones de un espíritu primigenio y global en mitos y atavismos y remotos ritos chamánicos, Mircea Eliade, le llamaron de todo, entre otras cosas "policía del espíritu". El título de su ensayo alude a una anotación de Eliade en sus diarios, del 10 de octubre de 1984: "Sigo pensando en lo que hubiera sufrido si me hubiera quedado en la patria, como profesor y escritor, y si no hubiese sido por aquella felix culpa: mi adoración por Nae Ionescu y todas las consecuencias (en 1935-1940) de esa relación (...) Me hubiera quedado en la patria. En el mejor de los casos hubiera muerto de tuberculosis en una prisión". Nae Ionescu (nada que ver con el Ionesco de La cantante calva), filósofo y profesor en la universidad del Bucarest de entreguerras, fue el principal propagandista en los medios intelectuales del movimiento fascista rumano, la Legión de San Miguel Arcángel o Guardia de hierro. Eliade era un sabio precoz y ayudante de cátedra de Ionescu, y escribía en la prensa: "Para aquellos que han sufrido tanto y han sido humillados durante siglos..., por los húngaros..., después de los búlgaros la gente más imbécil que haya existido nunca..., han anhelado una Rumania nacionalista, hiperactiva y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengativa".

Lo que Manea le reprocha es que -como el filósofo Heidegger con su pasado nazi- nunca manifestase contrición ni reconociera que su filiación al fascismo fue un error juvenil: un paso al frente le parece a Manea que hubiera sido muy beneficioso, en términos de didáctica social, sobre todo ante el futuro inmediato en que las primeras generaciones poscomunistas, desorientadas, desinformadas y confusas y en busca de señales de identidad nacional y referentes ideológicos, recuperan el magisterio de Eliade y al mismo tiempo las tentaciones chovinistas y antisemitas. Muy al contrario, cuarenta años después de esa felix culpa, Eliade escribía en su diario: "No sé cómo juzgará la historia a Corneliu Codreanu (fundador de la Legión)...

". Y puedo muy bien imaginarme a Manea en el Bard Collage de Nueva York, adonde llegó también por la ruta del exilio, leyendo por primera vez estas frases del Eliade crepuscular, y preguntándose con incredulidad: "No sé cómo juzgará la Historia a Corneliu Codreanu".

Milan Kundera dedica unas páginas brillantes de su novela El libro de la risa y el olvido a la condena a muerte de un poeta surrealista checo, Závis Kalandra, durante las purgas de los años cincuenta. Ese poeta era amigo de André Breton, el papa del movimiento surrealista, y de Paul Éluard, que después de la Segunda Guerra Mundial había abandonado las filas del surrealismo para integrarse en las del comunismo. "André Breton no creyó que Kalandra hubiera traicionado al pueblo y a sus esperanzas, y dirigió un llamamiento en París a Éluard (en carta abierta del día 13 de junio de 1950) para que protestase contra la absurda acusación, e intentase salvar a su antiguo amigo praguense. Pero Éluard estaba en ese preciso momento bailando en un inmenso corro entre París, Moscú, Varsovia, Praga, Sofía, Gracia, entre todos los países socialistas y todos los partidos comunistas del mundo, y en todas partes recitaba sus hermosos versos sobre la alegría y la hermandad. Cuando leyó la carta de Breton dio dos pasos en el sitio, un paso hacia delante, negó con la cabeza, se negó a defender a un traidor al pueblo (en la revista Action del 19 de junio de 1950) y en lugar de eso recitó con voz metálica:

Vamos a colmar la inocencia

De la fuerza que durante tanto tiempo

Nos ha faltado

No estaremos nunca más solos...

Huiremos del descanso, huiremos del

sueño,

Tomaremos a toda velocidad el alba y la

primavera

Y prepararemos días y estaciones

A la medida de nuestros sueños

El hombre, presa de la paz, siempre tiene

una sonrisa

El amor se ha puesto a trabajar y es

infatigable.

Lo mismo que movió a Kundera para inmortalizar como significativo ese episodio llevó a W. G. Sebald (aunque con menos humor) a retratar, en Sobre la historia natural de la destrucción, a Alfred Andersch como una escoria, con una vida interior "plagada de ambición, egoísmo, resentimiento y rencor", y hacer de él el paradigma de la corrupción moral a la que puede llegar un escritor. Trabajo de inquisición semejante, aunque si cabe con una ferocidad mayor, y contra un colega superior, hizo Stephen Vizinczey (En brazos de la mujer madura) en Verdad y mentiras en la literatura, con Gregor von Rezzori (maravilloso autor de Memorias de un antisemita, de Flores en la nieve, de Un armiño en Chernopol), a cuenta de La muerte de mi hermano Abel. Según Vizinczey, la frivolidad de Rezzori en esta "novela estúpida y taimada" relativiza el bien y el mal, iguala a víctimas y verdugos, y esa operación hace de él un hombre "con la sensibilidad embotada, el cerebro pequeño y la piel gruesa de un cerdo".

¡Rezzori! Gustosamente seguiría yo añadiendo nombres a esta galería, para agregar al tuyo y los de tantos ilustres monstruos el mío, aunque fuera sólo por el expediente, tan claramente malvado, de escribir listas negras... (y leerlas). Pero por ahora basta y vale.

La novela del adolescente miope. Mircea Eliade. Traducción y prólogo de Marian Ochoa. Impedimenta. Madrid, 2009. 520 páginas. 26 euros. La gran trilogía: Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita, Flores en la nieve. Gregor von Rezzori. Traducción de Daniel Najmías, Juan Villoro, Joan Parra Contreras. Anagrama. Barcelona, 2009. 904 páginas. 34 euros.

En las letras, igual que en todo lo demás, el talento es un título de responsabilidad!". Con esta sentencia explica el general De Gaulle su negativa a indultar a Robert Brasillach, condenado a muerte en 1945. Entre los colaboradores con los nazis durante la Ocupación, a Brasillach, joven de suaves mofletes, pelo planchado, gafas de carey y aspecto general de estudiante aplicado, le ha correspondido el título de villano máximo de la literatura. Como director de la revista Je Suis Partout, la más leída, la mejor hecha y la más odiada de la época, agotó el catálogo de las infamias (verbales). Ahora bien, la naturaleza humana es más compleja que el universo: mientras aguardaba en la cárcel su sentencia de muerte escribió este poema:

D'autres sont venus par ici

Dont les noms sur les murs moisis

Se défont déjà et s'ecaillent;

Ils ont souffert et espéré

Et parfois l'espoir était vrai

Parfois il dupait ces murailles.

Venus d'ici, Venus d'ailleurs

Nous n'avions pas le même coeur,

Nous a-t-on dit. Faut-il le croire?

Mais qu'importe ce que nous fûmes!

Nos visages noyés de brume

Se ressemblent dans la nuit noire.

C'est à vous, frères inconnus,

Que je pense, le soir venu,

Ô mes fraternels adversaires!

Hier est proche d'aujourd'hui,

Malgré nous nous sommes unis

Par l'espoir et par la misère.

(Otros vinieron por aquí / cuyos nombres en los muros mohosos / ya se deshacen y desconchan. / Ellos sufrieron y tuvieron esperanzas / y a veces la esperanza acertaba / a veces engañaba a esas murallas. // Venidos de aquí, venidos de otros sitios / nuestros corazones no eran iguales, / según nos dijeron. ¿Hay que creerlo? / ¡Pero qué importa lo que fuimos! / Nuestros rostros, ahogados de bruma, / se parecen en la noche negra. // Es en vosotros, hermanos desconocidos, / en quienes pienso, cuando cae la noche, / ¡Oh mis fraternales adversarios! / Ayer está cerca de hoy, / a pesar nuestro estamos unidos / por la esperanza y por la miseria).

La luz de la circunstancia excepcional en que el poema fue escrito (tan semejante a la que inspiró a Villon su Ballade des pendus) lo realza y nimba con un halo de cosa extraordinaria.

Brasillach tuvo además carácter para recibir la noticia de su condena con estas palabras:

-Es un honor.

Pierre Drieu La Rochelle también se despidió con clase:

"Sed fieles al orgullo de la resistencia igual que yo lo soy al orgullo de la colaboración", escribió en su diario antes de suicidarse. "No hagáis trampa, como yo no la hago. Condenadme a la pena capital (...) Sí, soy un traidor. Sí, he estado cooperando con el enemigo. He aportado inteligencia francesa al enemigo. No es culpa mía que este enemigo no haya sido inteligente".

En cambio, Céline, que con Brasillach y Drieu, Montherlant y Morand y Daudet (pronto exonerado de toda culpa), Céline cuyo Viaje al fin de la noche revolucionó la prosa francesa, Céline, del que dice Lottman que "el examen de sus libros y de su vida muestra claramente que fue un genio del mal y que su psicología no era enteramente normal", eludió el cadalso fotografiándose vestido de harapos y con un gatito sobre las rodillas.

(La dificultad que encontramos en aceptar el binomio gran artista-mala persona es la consecuencia de una fe religiosa en el arte y sus clérigos. Pero al fin y al cabo, los escritores siempre estuvieron sujetos a las mismas pasiones que los demás. En las revoluciones de 1848, el filósofo Schopenhauer, el pesimista, el reaccionario, ofrecía las ventanas de su casa en Francfort a los soldados austriacos para que disparasen cómodamente contra "la canalla", mientras en París Baudelaire, el poeta moderno y progresista, agitaba las barricadas tratando de convencer a los insurgentes de que le acompañasen a su casa para fusilar a su padrastro).

Stalin atrajo de vuelta a la URSS al que los bolcheviques consideraban el mejor escritor ruso, la voz del pueblo, Maxim Gorki, halagando su vanidad, y una vez lo tuvo en Moscú le adjudicó como vivienda un palacio modernista cerca del Kremlin y dos dachas, y lo nombró presidente de un comité para agrupar a todos los escritores soviéticos. Además rebautizó su ciudad natal con su nombre. Al autor de La madre esto no acababa de parecerle del todo bien:

-He escrito por primera vez Gorki en el sobre, en vez de Nizhni Novgorod. La verdad, me resulta desagradable y embarazoso.

Pero en fin, todo lo daba por bueno, ya que gracias a su influencia Zamiatin (autor de la antiutopía Nosotros) pudo exiliarse en Francia, y Bulgákov (el autor de El maestro y Margarita), que estaba reducido al ostracismo y al hambre, obtuvo un empleo en un teatro, y Pilniak (Caoba) y Babel (Caballería roja) pudieron ampararse tras sus anchas espaldas: luego le seguirían a la tumba, como los siervos al Faraón.

Muchas noches, concluida su jornada laboral en el Kremlin, Stalin se presentaba en la cercana mansión de Gorki, que solía recibir a sus colegas en su salón y sostener con ellos animados debates nocturnos. Fue allí, una noche de 1932, donde el estadista y su escritor de cabecera perfilaron las líneas maestras de la estética del "realismo socialista" y definieron la misión de los escritores para las siguientes generaciones, que al cabo de pocos días el primer congreso de la Unión de Escritores, presidido por Gorki, refrendó: glorificar la aniquilación de las clases enemigas y el liderazgo de Stalin, mientras los órganos rectores de la Unión debían alentar la producción de "obras de alto valor artístico imbuidas del espíritu del socialismo".

Al año siguiente de aquella decisiva reunión, Gorki coordinó el prototipo de libro imbuido de ese espíritu edificante, el que el historiador Shentalinski define como "el libro más vergonzoso y más cargado de mentiras de la historia": Belomor, historia de la construcción del canal J. V. Stalin del Mar Blanco al Mar Báltico, una apología del trabajo esclavo en esa obra que costó 100.000 vidas. Para redactarlo, Gorki reclutó un equipo de 120 escritores y viajó con ellos en un tren fraternal hasta el canal, donde no vieron o no quisieron ver las condiciones en que los esclavos vivían y morían; y a la vuelta seleccionó a los 30 escritores más eficientes y corruptos para exaltar la portentosa hazaña.

Entre ellos, su favorito, el aristócrata Alexéi Tolstói, descendiente del autor de Guerra y paz y un caso humano curioso. Parece que tuvo verdadero talento. La llave dorada, su versión rusa de Pinocchio, es todavía hoy uno de los cuentos infantiles más apreciados en su país, y su Pedro I, donde retrata al zar Pedro el Grande como el protobolchevique, se considera una obra de calidad literaria. La misma Ajmátova le admiraba, a pesar de que atribuía la condena de su amigo, el poeta Osip Mandelstam, más que a su Epigrama contra Stalin, a la bofetada que le dio a Tolstói por una cuestión menor. Éste le amenazó proféticamente: "¡Te expulsaremos de Moscú! ¡Nunca más publicarás un verso!", mientras Gorki confirmaba: "¡Ya le enseñaremos cómo hay que pegar a los escritores rusos!".

La ambición, la codicia y el servilismo royeron el talento de Tolstói hasta dejarlo en los huesos. Despachó novelas que retorcían los hechos históricos para denigrar a Trotski y ensalzar a Stalin (Pan), o contaban las hazañas de un chequista (policía secreta); fue miembro de la comisión especial para intoxicar a la opinión mundial con películas y panfletos que endosaban a los nazis la matanza de Katyn; clamó pidiendo la muerte de sus anteriores protectores, Kamenev y Zinoviev... "Pocas familias pueden preciarse de tener en su seno a un escritor tan grande como León Tolstói, pero pocas pueden tener a un escritor a la vez tan dotado y tan despreciable como Alexéi...", sentencia su lejano pariente el historiador inglés Nikolái Tolstói en Los Tolstói, 24 generaciones de historia rusa. "No hubo mentira, traición o indignidad que no se apresurase a cometer para llenarse los bolsillos".

A este top five de malos malones de la literatura agrego ahora algunos monstruos subjetivos, malos o malillos no universales, pero sí a los ojos y en los textos de los grandes escritores: Neruda según Brodsky, Éluard según Kundera, Rezzori según Vizinczey, Eliade según Manea.

El poeta y premio Nobel de origen ruso Joseph Brosdky menciona en su libro Del dolor y la razón a Pablo Neruda, best seller mundial y permanente de la poesía en lengua española gracias a sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada: "Trotski, aún reciente el segundo atentado contra su vida (en el que su secretario americano fue asesinado por el luego célebre muralista David Alfaro Siqueiros, ayudado por el luego célebre poeta, y premio Nobel, Pablo Neruda)...", dice Brodsky. En su autobiografía, Me llamaban el coronelazo, David Alfaro Siqueiros reconoce su participación en el "asalto a la casa de Trotski" el 24 de mayo de 1940. Lo que no dice es que él dirigió al fracasado escuadrón de sicarios, y por qué mataron a su cómplice Robert Sheldon Harte. El relato que dejó Neruda, en Confieso que he vivido (su autobiografía, redactada poco antes del cuartelazo de Pinochet, del asesinato de Allende y de morir él mismo de enfermedad y pena), sobre sus tiempos como cónsul de Chile en México, es un alarde de escamoteo de la verdad y de pánfila autosatisfacción:

"David Alfaro Siqueiros estaba entonces en la cárcel. Alguien lo había embarcado en una incursión armada a la casa de Trotski. Lo conocí en la prisión, pero, en verdad, también fuera de ella, porque salíamos con el comandante Pérez Rulfo, jefe de la cárcel, y nos íbamos a tomar unas copas por allí, en donde no se nos viera demasiado. Ya tarde, en la noche, volvíamos y yo despedía con un abrazo a David que quedaba detrás de sus rejas".

"(...) Entre salidas clandestinas de la cárcel y conversaciones sobre cuanto existe, tramamos Siqueiros y yo su liberación definitiva. Provisto de una visa que yo mismo estampé en su pasaporte, se dirigió a Chile con su mujer, Angélica Arenales...".

Cuando Norman Manea, disidente exiliado en Estados Unidos, y el escritor rumano más interesante de la actualidad, publicó su ensayo Felix culpa, a propósito de su compatriota, el gran historiador de las religiones, el notable literato, el erudito, el sabio que buscaba y encontraba las manifestaciones de un espíritu primigenio y global en mitos y atavismos y remotos ritos chamánicos, Mircea Eliade, le llamaron de todo, entre otras cosas "policía del espíritu". El título de su ensayo alude a una anotación de Eliade en sus diarios, del 10 de octubre de 1984: "Sigo pensando en lo que hubiera sufrido si me hubiera quedado en la patria, como profesor y escritor, y si no hubiese sido por aquella felix culpa: mi adoración por Nae Ionescu y todas las consecuencias (en 1935-1940) de esa relación (...) Me hubiera quedado en la patria. En el mejor de los casos hubiera muerto de tuberculosis en una prisión". Nae Ionescu (nada que ver con el Ionesco de La cantante calva), filósofo y profesor en la universidad del Bucarest de entreguerras, fue el principal propagandista en los medios intelectuales del movimiento fascista rumano, la Legión de San Miguel Arcángel o Guardia de hierro. Eliade era un sabio precoz y ayudante de cátedra de Ionescu, y escribía en la prensa: "Para aquellos que han sufrido tanto y han sido humillados durante siglos..., por los húngaros..., después de los búlgaros la gente más imbécil que haya existido nunca..., han anhelado una Rumania nacionalista, hiperactiva y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengativa".

Lo que Manea le reprocha es que -como el filósofo Heidegger con su pasado nazi- nunca manifestase contrición ni reconociera que su filiación al fascismo fue un error juvenil: un paso al frente le parece a Manea que hubiera sido muy beneficioso, en términos de didáctica social, sobre todo ante el futuro inmediato en que las primeras generaciones poscomunistas, desorientadas, desinformadas y confusas y en busca de señales de identidad nacional y referentes ideológicos, recuperan el magisterio de Eliade y al mismo tiempo las tentaciones chovinistas y antisemitas. Muy al contrario, cuarenta años después de esa felix culpa, Eliade escribía en su diario: "No sé cómo juzgará la historia a Corneliu Codreanu (fundador de la Legión)...

". Y puedo muy bien imaginarme a Manea en el Bard Collage de Nueva York, adonde llegó también por la ruta del exilio, leyendo por primera vez estas frases del Eliade crepuscular, y preguntándose con incredulidad: "No sé cómo juzgará la Historia a Corneliu Codreanu".

Milan Kundera dedica unas páginas brillantes de su novela El libro de la risa y el olvido a la condena a muerte de un poeta surrealista checo, Závis Kalandra, durante las purgas de los años cincuenta. Ese poeta era amigo de André Breton, el papa del movimiento surrealista, y de Paul Éluard, que después de la Segunda Guerra Mundial había abandonado las filas del surrealismo para integrarse en las del comunismo. "André Breton no creyó que Kalandra hubiera traicionado al pueblo y a sus esperanzas, y dirigió un llamamiento en París a Éluard (en carta abierta del día 13 de junio de 1950) para que protestase contra la absurda acusación, e intentase salvar a su antiguo amigo praguense. Pero Éluard estaba en ese preciso momento bailando en un inmenso corro entre París, Moscú, Varsovia, Praga, Sofía, Gracia, entre todos los países socialistas y todos los partidos comunistas del mundo, y en todas partes recitaba sus hermosos versos sobre la alegría y la hermandad. Cuando leyó la carta de Breton dio dos pasos en el sitio, un paso hacia delante, negó con la cabeza, se negó a defender a un traidor al pueblo (en la revista Action del 19 de junio de 1950) y en lugar de eso recitó con voz metálica:

Vamos a colmar la inocencia

De la fuerza que durante tanto tiempo

Nos ha faltado

No estaremos nunca más solos...

Huiremos del descanso, huiremos del

sueño,

Tomaremos a toda velocidad el alba y la

primavera

Y prepararemos días y estaciones

A la medida de nuestros sueños

El hombre, presa de la paz, siempre tiene

una sonrisa

El amor se ha puesto a trabajar y es

infatigable.

Lo mismo que movió a Kundera para inmortalizar como significativo ese episodio llevó a W. G. Sebald (aunque con menos humor) a retratar, en Sobre la historia natural de la destrucción, a Alfred Andersch como una escoria, con una vida interior "plagada de ambición, egoísmo, resentimiento y rencor", y hacer de él el paradigma de la corrupción moral a la que puede llegar un escritor. Trabajo de inquisición semejante, aunque si cabe con una ferocidad mayor, y contra un colega superior, hizo Stephen Vizinczey (En brazos de la mujer madura) en Verdad y mentiras en la literatura, con Gregor von Rezzori (maravilloso autor de Memorias de un antisemita, de Flores en la nieve, de Un armiño en Chernopol), a cuenta de La muerte de mi hermano Abel. Según Vizinczey, la frivolidad de Rezzori en esta "novela estúpida y taimada" relativiza el bien y el mal, iguala a víctimas y verdugos, y esa operación hace de él un hombre "con la sensibilidad embotada, el cerebro pequeño y la piel gruesa de un cerdo".

¡Rezzori! Gustosamente seguiría yo añadiendo nombres a esta galería, para agregar al tuyo y los de tantos ilustres monstruos el mío, aunque fuera sólo por el expediente, tan claramente malvado, de escribir listas negras... (y leerlas). Pero por ahora basta y vale.

La novela del adolescente miope. Mircea Eliade. Traducción y prólogo de Marian Ochoa. Impedimenta. Madrid, 2009. 520 páginas. 26 euros. La gran trilogía: Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita, Flores en la nieve. Gregor von Rezzori. Traducción de Daniel Najmías, Juan Villoro, Joan Parra Contreras. Anagrama. Barcelona, 2009. 904 páginas. 34 euros.

11.10.09

Las raíces arrancadas de una Nobel

REPORTAJE
Viaje a Nitchidorf, escenario de la juventud perseguida por Ceausescu de Herta
Müller


RAÚL SÁNCHEZ COSTA (ENVIADO ESPECIAL)

La casa, a la altura número 353 de la calle principal de Nitchidorf, es ciertamente anodina. Verde, construida en adobe, parece erigirse contra la misma voluntad del tiempo, ajena a las miradas desdeñosas de "los perros y gatos, a los que, como se cruzan entre sí hace decenios, resulta imposible distinguir unos de otros", según describió Herta Müller en En tierras bajas (Siruela), helador recuento, entre gélido, opresivo y onírico, de la infancia de la autora en este confín de Rumania. "Detrás de la casa balbucea el arroyo, el guijarro apremia, las piedras oprimen".

Aquí, en esta pequeña y agonizante aldea de mil habitantes y calles anchas, donde el frío y el viento hielan la sangre incluso en días de sol como el de ayer, se crió la premio Nobel de Literatura. Aquí creció, nieta de agricultores y comerciantes que perdieron sus propiedades con la llegada del régimen comunista; hija de un miembro de las Waffen SS y de una deportada a un campo de trabajo de Ucrania. Y su antigua casa aún existe, aunque sea contra la voluntad de sus cimientos.

La escritora huyó del totalitarismo rumano en 1987 rumbo a Alemania

De aquí huyó de las garras del totalitarismo, tema central en su obra, en 1987. Partió rumbo al sueño de libertad de Alemania Occidental y ahogada en la aplastante conciencia de pertenecer a una minoría germana de suabos. Llegados hace poco más de tres siglos para trabajar el campo durante la ocupación del imperio austrohúngaro en Rumania, Müller y los suyos se vieron abandonados a su suerte por el azar de la historia de Europa Central en la Rumania de Ceausescu. "Hay unas 70 viviendas en ruinas de alemanes en esta localidad de las que el Ayuntamiento no se puede hacer cargo", explicaba ayer el alcalde de Nitchidorf, Ioan Mascovescu, en un paseo por el poblacho, a 30 kilómetros de Timisoara, al oeste de Rumania. "Ni puede venderlas ni tampoco hay fondos para restaurarlas. Ésta, en concreto, fue nacionalizada cuando Herta se mudó a Alemania. Después se vendió a otros alemanes que decidieron marcharse y, en la actualidad, hay un departamento escolar".
Caminando por sus calles, sintiendo la leve caricia de las miradas esquivas, el forastero piensa en la sentencia de Windisch, uno de los protagonistas de El hombre es un gran faisán en el mundo (Siruela). "El final está aquí. Desde que se propuso emigrar ve el final en todos los rincones". Sus viejos conciudadanos son gente "poco dada a hablar del doloroso pasado" y mucho menos aún a dejarse atrapar en la irreversibilidad de una fotografía. Lo más que aciertan a decir es: "Ceausescu vendió el premio Nobel a los alemanes por 8.000 marcos [unos 4.000 euros]".
Es un clamor que se escucha estos días por toda Rumania. Y una inesperada adición a la lista de querellas de la nación con su viejo dictador. El régimen aniquilador de voluntades cambiaba visados de sajones por dinero alemán. Era sólo otra forma de expulsar a "los extranjeros". El precio lo fijaba la cualificación de cada individuo, según fuentes que investigan los archivos del periodo comunista. Ése fue el caso de Müller. Y así fue como dejó Nitchidorf para no mirar atrás: "Me quiero marchar de este dedal de pueblo donde las piedras tienen ojos", relata Müller en su última novela Todo lo que tengo, lo llevo conmigo. "No tenía mucho miedo sino una impaciencia secreta; tan sólo quería irme a un lugar donde nadie me conociera".
En cierto modo, lo logró. Ya son muy pocos aquí los que la recuerdan. Los que podrían hacerlo o bien murieron o bien regresaron a Alemania. Además, no es uno de esos pueblos a los que el siglo XXI respete; eminentemente agricultor, aún se puede ver a los caballos tirar de los carros y a las fuentes (más de 20) repartir agua potable.
Sólo un puñado de los que compartieron la infancia con la escritora reside aún en Nitchidorf. "Tras la clase de gimnasio", explica Eugenia Dragan, antigua compañera de estudios, "solíamos estudiar juntas lengua rumana. Herta sentía que no la dominaba, así que yo la ayudaba".
Tampoco nadie recuerda la última visita de Herta a la aldea. En 2005, las autoridades locales le propusieron cambiar el nombre de la escuela por el de Müller. La escritora, que se encontraba en Timisoara para el lanzamiento de una novela, lo rechazó con violencia. "No quiero que me identifiquen con otra cosa que no sea con mi escritura', dijo ella", según Annelise Ivan, profesora de la escuela de Nitchidorf.

"La Securitate robó mi vida durante mi juventud y me la sigue quitando"


"La Securitate, policía secreta rumana, me robó mi vida durante mi juventud y me la sigue quitando en la actualidad acaparando mi tiempo con mis libros", declaró recientemente Müller a un periódico rumano. Sufrió la tortura, el terror, la angustia del control. Al emigrar descubrió que su mejor amiga de la infancia colaboraba con la Securitate, como otros tantos miles de niños y adolescentes. "Al menos, una de las preguntas más dolorosas ha sido respondida", escribió cuando descubrió que Jenny, su compañera de escuela, formaba parte del "sistema de amor y traición" del aparato político. Su cometido era averiguar sus actividades cotidianas, desde cuando se levantaba hasta que se acostaba, dónde y qué compraba. "En sus libros, la temida policía no es sólo una institución, sino que está revestida de todos los atributos del mal humano, desde la humillación y acoso, hasta el miedo, la tortura y la muerte", explica la traductora al rumano de sus obras, Nora Iuga.
En aquellos días, las palabras le servían de rendijas por las que asomar la cabeza y respirar. "Müller amaba la literatura. Pero más a Goethe que al insigne poeta rumano Mihai Eminescu", recordaba ayer otro ex compañero de colegio, Anton Kohl. "Mi hermano la inició en las profundidades de la literatura, le pasaba libros en alemán".
Ahora que la Academia Sueca ha consagrado su obra, un verdadero monumento a la voluntad humana, aquello adquiere en las callejuelas de Nitchidorf un extraordinario sentido. Una lógica que, por esta vez, aplasta a la sinrazón del autoritarismo. Por más que las raíces de Müller estén cuidadosamente arrancadas de Rumania. Incluso por ella misma. La Nobel escribió recientemente en Die Zeit que aún siente que el pasado revive en el país. Y por eso nunca regresará. "La Rumania poscomunista no se ha quitado las máscaras del horror comunista. Y la más pérfida sigue siendo la delación y, la más cruel, los intentos de aniquilar la intimidad".

fuente:elpais.com http://jmarconsusescribanias.blogspot.com