Mostrando entradas con la etiqueta venezuela. argentina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta venezuela. argentina. Mostrar todas las entradas

9.2.10

Triunfo Arciniegas, revisitado


"Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana, un despistado. Me inquieta el amanecer como a los vampiros, temo a la soledad y el olvido. De pocos amigos y pocas palabras, busco la niebla y los lugares solitarios".

Así comenzaba el retrato hablado que Triunfo me mandó por correo desde Pamplona cuando lo entrevisté para la revista Espantapájaros hace muchos, pero muchísimos años. (En esa época, aunque ahora parezca inconcebible, no existía Internet y sus palabras llegaron en un sobre lleno de estampillas). Lo curioso era estar ahora, después de tanto tiempo, recordando aquella profesión de fe: "Soy un imaginador, es mi oficio". Cómo se las arreglan ciertas frases para grabarse en la memoria, pensé, a medida que desempolvaba los viejos ejemplares que sobrevivieron a los trasteos y a las manos de los niños. ¿Cuántos cumpleaños habían pasado? ¿Cuántas historias, cuántos inventos, cuántos sueños?

Guiada por la necesidad de reconstruir el autorretrato de mi amigo, me fui detrás de aquel rastro de palabras. Y quiso la fortuna que, entre los pocos números de la revista Espantapájaros que conservo —en papel, aclaro, porque cada página sigue guardada en mi memoria—, apareciera el ejemplar número 11, fechado en 1992. Habían pasado 17 años desde aquella entrevista y habíamos cambiado de milenio, pero los rasgos esenciales del retrato se mantenían idénticos. Como solemos decir, casi siempre en tono adulador a quienes reencontramos después de muchos años, sentí la tentación de repetir la frase hecha: "pareces un retrato". Y no se trata de una simple anécdota ni de un dato aleatorio, porque una de las características que asocio con Triunfo Arciniegas es esa coherencia a toda prueba; esa envidiable claridad para saber qué es y qué no es, sin extraviarse en las trampas de la falsa popularidad ni de los trabajos por encargo. Aun en los momentos más difíciles, la terquedad de Triunfo, o quizás la fuerza de su nombre —pues nunca fue tan cierto que el nombre modifica lo nombrado—, lo ha hecho perseverar en el oficio de imaginador, sin concesiones ni imposturas.

Con la revista entre las manos, seguí leyendo sus palabras: "Quisiera volar de noche, tocar el saxofón y conocer París con una mujer. Soy piscis y detesto los cumpleaños. Tengo infinidad de gustos: dibujar, escribir cartas, leer historias de amor, coleccionar libros y revistas, el jugo de mandarina, el chocolate con galletas, el ron con Coca Cola, la comida de mar. Me gusta perder el tiempo. Quisiera ser un gato". Pensé que quizás lo único que le había faltado en el inventario de gustos y deseos de esos años era su afición por la fotografía y, más exactamente, por las fotos de personas. O quizás no, pues otro rasgo de Triunfo es esa manera suya de ir por la vida, poco importa si lo hace armado de una cámara o de un lápiz, robando rostros y conversaciones y observando detalles de los que nadie se percata, hasta que luego salen a la luz. Es un peligro andar con él y es un peligro verlo tan callado, como esos niños que guardan silencio en el cuarto de al lado, pues su silencio "triunfal" suele ocultar alguna travesura. Recuerdo que una vez nos invitaron a almorzar a la casa de unos amigos en Coyoacán y Triunfo, cámara en mano, nos iba retratando. Yo, que suelo ponerme nerviosa con las fotos, no me di cuenta de que, entre plato y charla, él fue robándonos el alma. Tal vez es eso lo que hace con los niños de las veredas por las que viaja haciendo talleres de literatura y de teatro: les saca la expresión, les roba el alma.

"La exploración del alma", como él mismo la llama en el folleto de presentación de una muestra fotográfica de niños que hizo en 2007 y que saltó también, entre mi colección particular de objetos de Triunfo que atesoro, puede brindar algunas pistas para entender su arte poética: "La fotografía es memoria y encierra miles de palabras...", escribió. "De pronto olvidamos la máscara, la pose, el artificio, y en una foto se nos escapa el alma. Alguien nos sorprende con una lágrima a punto de escapar, con los ojos al borde del abismo, visitando los cuartos de la vida cerrados para siempre". En esos cuartos de la vida por los que Triunfo Arciniegas merodea como un gato, apenas sin ser visto, se oculta el material de sus historias. Alguna vez me confesó que aprendió a escribir diálogos por física necesidad vital, pues era un niño extremadamente tímido. (Algo me dice que todavía lo es). Entonces quería saber cómo se las arreglaba la gente para tener conversaciones cotidianas y se sentaba a hurtadillas detrás de sus compañeros, tratando de robar esas palabras con las que todo el mundo llena horas enteras de charla intrascendente. Y así, copiando en un papel lo que decía la gente, descubrió la materia prima de la que están hechos también sus personajes. A veces pienso que Triunfo escribe con las orejas, pero no me refiero a un facilismo para hacer frases "sonoras y bonitas", sino de una sutil habilidad para captar matices con un oído fino, como escudriña rostros cuando anda con su cámara: "La foto es puro ojo. De nada sirve una cámara si no se tiene el ojo. Sigiloso y paciente, como el cocodrilo, espero que se olviden de la cámara. Espío y espero". Ojo avizor y oído atento: quizás es eso mismo lo que hace cuando escribe.

Sus libros son tantos que requieren un anaquel completo de la biblioteca. En la mía, están organizados por orden de estatura, pues hay desde libros para bebés, hasta otros que conviene mantener lejos del alcance de los niños. Aquí entre nos —y que no salga de estas páginas—, algo me dice que lo mejor de Triunfo Arciniegas aún está sin editar debidamente y que se oculta entre los pliegues de esa sonrisa suya, medio sonrisa y medio mueca, en la que no han reparado los editores, por esa manía de etiquetarlo en la categoría de "literatura infantil", que a tantos nos resulta tan difícil traspasar. Quizás es esa mueca la que captan los niños y la que le agradecen, pues él los trata como "gente", y no como las tiernas criaturitas que han fabricado los adultos. De nuevo, sus palabras ayudan a ilustrarlo: "Si bien en algunas tomas los niños enfrentan la cámara y se saben observados, en otras atrapo a hurtadillas el instante, la puerta entreabierta a otros mundos, el rastro que dejan los ángeles cuando nos visitan". Yo añadiría que no sólo de ángeles están pobladas sus ficciones, sino que más de un demonio se oculta detrás de esas "puertas entreabiertas a otros mundos" que ofrece Triunfo a los adultos y a los niños. Y pienso que la edad es un dato irrelevante para él, pues todo indica que escribe para esa categoría de gente que responde a un vocablo más flexible y más liberador: el de lectores.

De vez en cuando me da por mirar las palabras y los dibujos puestos por Triunfo en las dedicatorias de los libros que me ha regalado y, aunque sospecho que a todas sus amigas les escribe las frases perfectas para hacerlas sentir tan únicas como esa rosa que cuidaba el principito en su planeta, me resulta inevitable ceder a los encantamientos de este imaginador, como si fuera una de las Mujeres muertas de amor de sus "cuentos para adultos". Ahora mismo, desde mi mesa de trabajo, evoco el ritmo incierto que marca sus apariciones y el ritmo también impredecible de sus desapariciones, y me pregunto en dónde andará: si está sumido entre la niebla de Pamplona, si está de viaje en Buenos Aires, o si tropezaré con él en alguna feria del libro, vaya uno a saber en qué lugar. Tal vez cuando aparezca me contará, como hace siempre, que estuvo viviendo en un pueblo de México o la Pampa, con una mujer que lo albergó unos meses. Y aunque confieso que jamás he sabido bien qué creerle, mi única certeza es que, en esa bisagra entre ficción y realidad, nos la hemos apañado para inventar una complicidad extraña que nos ayuda a compartir las preguntas y los fantasmas de este oficio solitario. Me gusta verlo llegar, como si fuera un marinero, trayendo mil historias que amarra como las cuentas de un collar hecho con piedras de sitios remotos, y siempre con un libro nuevo bajo el brazo, que vuelve a regalarme y me vuelve a dedicar. Y a pesar de que han pasado tantos años, a veces pienso que apenas lo conozco y a veces pienso exactamente lo contrario: con él, uno no sabe nunca a qué atenerse. Quizás, parodiando al mismo Triunfo, cabe la posibilidad de que me lo haya inventado. A fuerza de desconocerlo y de reconocerlo en lo que escribe, entre la magia y el silencio, cabe la posibilidad de que haya tenido que inventármelo para escribir este retrato.

fOTO; fUENTE:Letralia.com

Bogotá, mayo de 2009

7.1.10

La desolación

El escritor venezolano, Premio Herralde 2006, acaba de publicar un volumen de cuentos donde recorre los temas de la violencia, el miedo y el delito. Critica a Chávez y también reflexiona sobre la historia y literaturas latinoamericanas.
BARRERA TYSZKA: "Para entrar a América Latina, lo único que sirve es que nos miren desde la complejidad y no desde la simpleza." fUENTE Revista Ñ

Langostinos. Alberto Barrera Tyszka no quiere otra cosa. Unos días en Guadalajara pudieron resquebrajarle el estómago a base de picantes y tequila. Por eso este mediodía propone almorzar algo liviano en El Carnal. Nacido en Caracas en 1960, Barrera Tyszka pertenece a esa tradición venezolana de escritores, guionistas de telenovela y columnistas políticos en la que se cuentan a José Ignacio Cabrujas e Ibsen Martínez. Ganador del Premio Herralde de novela en 2006 con La enfermedad, un relato seco que logra producir desolación, acaba de publicar un volumen de cuentos, Crímenes, donde la violencia se traduce también en una prosa contenida.

-Hay algo que recorre todos los cuentos de "Crímenes" y es la cuestión del deseo. ¿Qué encuentra en ese territorio?

-Es un territorio ambiguo donde la literatura puede desarrollarse. En este libro hay un interés especial desde donde se mueve la narración, que tiene que ver con el deseo, con el miedo y con la culpa. Incluso, en algunos textos, el lector podría preguntarse si el delito realmente existe o si es parte de la mala conciencia. ¿Dónde está el delito? ¿Está en la memoria? ¿Está en el miedo del personaje o realmente está en su deseo? Pienso en un cuento concreto: un hombre que se despierta luego de una gran borrachera y ve en el guardabarro de su coche un pantalón y piensa que ha matado a un indigente. Lo acompañamos en un intento de búsqueda y estamos acompañándolo a recorrer un miedo y un gran deseo. Y finalmente, en la literatura se hace posible que terminemos pensando que si no lo mató, lo va a matar después del punto final. Es la literatura la que construye y le puede dar forma a ese deseo.

-¿Qué descubrió con respecto a un tema tan latinoamericano como la violencia?

-Me gustó encontrar una diversidad de violencias. Pero siempre intento escapar o sabotear aquello que podemos esperar de la literatura latinoamericana asociada al tema de la violencia. ¿Dónde hay más violencia, en un guerrillero y una historia de violencia social o en una relación padre e hijo?

-Eso se plantea en su cuento "Las venas abiertas". ¿Cómo fue el proceso de escritura?

-Ese cuento surge cuando descubro un dato muy interesante: que la publicación de Las venas abiertas de América Latina se da el mismo año que Juan Gabriel saca su primer disco. Son dos eventos. Dos símbolos. Dos representaciones latinoamericanas que me llevaron a recordar la anécdota de un guerrillero amigo mío, de la única tarde que le dieron libre en un año y que todos los combatientes se pusieron a cantar "Querida". A partir de ahí empiezo a mezclar cosas, como el tema del regreso del guerrillero, que es algo que le tocó a mi generación. De esa manera voy complejizando la historia. Y esa sí es una búsqueda del escritor latinoamericano: cómo podemos escribir una literatura que se escape de lo que se cree que debe ser la literatura latinoamericana. Para entrar a América Latina, lo único que sirve es que nos miren desde la complejidad y no desde la simpleza.

-¿Ese cuento refleja su visión sobre lo que le pasó a su generación en los setenta?

-Sí. Y tiene mucho que ver con que nosotros recibimos a unos supuestos héroes que se pacificaron.

-Carlos Monsiváis, en "Aires de familia", habla de cómo el heroísmo se consolida en las guerras de independencia y se pregunta si hoy pueden existir héroes en el continente.
¿Usted qué piensa?

-Creo que ese es el gran problema de Hugo Chávez: la falta de épica. No tenemos épica o la única épica es mediática. El tiempo de las guerras, de las grandes invasiones, que es el tiempo heorico de Fidel, ya parece haber pasado. Chávez es un hombre que está desesperado buscando esa épica y no la consigue. Bush era perfecto para él por eso. Chávez tiene un discurso que quiere ser glorioso, pero es un hombre de armas, es de la gente que todavía piensa que la historia la hacen los hombres que están a caballo. Vivimos en una retórica gloriosa, heroica. Tenemos un presidente que nos dijo: "A nosotros, los venezolanos, nos toca una tarea más difícil que la que le tocó a Bolívar: tenemos que salvar al planeta".

-¿Se cree un dios?

-¿Cómo se vive con una obligación de ese tipo? Los venezolanos somos muy paganos, por eso supongo que no lo tomamos demasiado en serio.

-¿Usted se siente un intelectual de izquierda?

-Prefiero pensarme sólo como escritor, y el término "izquierda" es un problema. Es casi imposible definir izquierda o derecha. Un amigo dice que somos liberales de izquierda y anticomunistas. Una cosa paradójica.

-¿Cómo cree que se reencarnarán estas ideologías muertas?

-Es complicadísimo. Chávez acaba de proponer que se organice la V Internacional Socialista. Habla del Socialismo del siglo XXI, pero estoy convencido de que no existe un país más diferente al resto de Sudamérica que Venezuela. El Socialismo del siglo XXI es un invento retórico: sólo es posible con el petróleo y con los 800 mil millones de dólares que le entraron al país en los últimos diez años. ¿De qué izquierda estamos hablando si Venezuela, en los últimos años, vivió un festival del consumo?

-Junto a Cristina Marcano escribió "Hugo Chávez sin uniforme", ¿por qué no hablaron con Chávez para esa biografía?

-En Venezuela todo el mundo quería opinar de Chávez. Para decir que era la reencarnación de Bolívar o la reencarnación de Hitler. Fueron tres años de investigación en los que hablamos con todas las personas que tuvieron relación con él, empezando por su madre, y por todos los medios intentamos que nos concediera una entrevista. Nunca lo hizo. Pero creo que fue mejor. El libro hubiera tenido 400 páginas más con su versión de los hechos. Chávez construye diariamente su biografía, todo el día habla de él y además su discurso trabaja con parábolas y cuentos donde siempre el ejemplo es él cuando era chico o jugaba al béisbol. Eso tiene una cosa fascinante: de un mismo hecho tenemos cuatro versiones distintas, cada vez más heroicas, obviamente. Porque él quiere entrar a la liga del Che Guevara y no sabe cómo. El ex presidente brasileño José Sarney tiene una frase lapidaria. Una vez le preguntaron si Chávez se parecía a Fidel y respondió: "Le falta historia y le sobra petróleo". Es un poco la tragedia de Chávez.

-Pero podemos decir que es un buen escritor.

-Es un comunicador extraordinario. Tiene características de fabulador, cuentero. Y además canta, baila. No tiene miedo al ridículo.

-Volvamos a la literatura. El elemento de la sangre, en el cuento "La nada", se relaciona de alguna forma con "Las venas abiertas". Hay gotas de sangre que nadie sabe de dónde vienen. Y tampoco las entendemos.

-Esa interpretación es perfecta. Detrás de nosotros a veces hay una violencia y unos restos de violencia que no sabemos manejar porque hay que aprender a vivir. Y es inútil buscarle ciertas lógicas. Esa violencia está ahí. En "La nada", que relata el descubrimiento de unas gotas de sangre en el departamento de una pareja, primero se le echa la culpa al gato y después a unos murciélagos. En ese cuento la idea es que por más que busques, siempre te quedas con lo que hay. Nosotros somos esta nada, somos nosotros esta sangre que está goteando. Hay una frase de Paul Valéry: "Dios ha hecho todo de la nada. Pero la nada persiste". Esa idea está montada en el cuento: tienes un paraíso, una utopía, tienes una moral, un camino e incluso instituciones que instrumentalizan todo, pero ¿qué haces con la nada, con lo que seguimos siendo?