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4.4.10

Lengua, país y memoria

"La lengua es un oficio distinto al de la vida", dice la escritora rumana Herta Müller, Premio Nobel 2009, que vive en Berlín y escribe en alemán. En este reportaje exclusivo, respondió por teléfono acerca de su literatura, la economía verbal, el recuerdo de la dictadura y la diferencia entre los campos de exterminio nazis y los del estalinismo. Hija de un hombre que fue de las SS y de una prisionera de los soviéticos, tiene motivos para pensar que nació en un mundo difícil.
Por: Mariana Dimopulos
"Hija de Alemania y de Rumania hasta que consiguió el exilio, Herta Müller empezó a escribir sentada sobre un pañuelo en el descanso de una escalera. Por entonces trabajaba en una fábrica como traductora de manuales técnicos. El servicio secreto quería obligarla a convertirse en informante, y ella se negaba, a riesgo de muerte. Hija de un hombre que durante la Segunda Guerra se había enrolado en las SS nazis, y de una mujer que había pasado cinco años en un campo de trabajos forzados soviético, Herta Müller pronto supo que había nacido del lado equivocado.

En tierras bajas, su primer libro, es una vivisección descarnada y fascinante de su pueblo natal, que le valió el repudio de unos y la aclamación de otros: "Cuando aparecieron el primero y el segundo libro, aquí en Alemania, yo todavía vivía en Rumania. Y por el primer libro recibí dos o tres premios. Eso me protegió de las represalias del servicio secreto. Se dieron cuenta de que yo ya no era anónima y que no podían hacer conmigo muchas cosas que antes sí se hubiesen permitido."

Para la ganadora del Premio Nobel de Literatura, no hay separación posible entre la política y la literatura. En la larga era de Ceausescu, que gobernó Rumania durante veinticuatro años alejado de la línea soviética y con apoyo de Occidente, las mujeres debían tener cinco hijos a pesar del racionamiento de la comida, y los ajustes se volvieron tantos que, a mediados de los años ochenta, Ceausescu empezó a fomentar la cría de caballos para ahorrar nafta y evitar el uso de los coches. La minoría a la que pertenecía Herta Müller, impregnada del pasado nazi y arrinconada por el nacionalismo rumano, fue vendida (literal) de a poco a la República Federal Alemana. Por cada uno que lograba salir, se pagaban entre 4 mil y 10 mil marcos. Pero no era fácil conseguir el pasaporte al exilio, y los disidentes como ella sufrieron amenazas y persecuciones.

En esta vida doble, intrincada y solitaria, la escritora fue inventando un lenguaje mordaz y minucioso por el que obtuvo un reconocimiento inmediato. Como en los casos de Franz Kafka y Paul Celan, el alemán fue la lengua de su casa y no del país donde había nacido. Así, su obra viene a confirmar que muchas veces la literatura se escribe en una lengua extranjera, aunque esa lengua sea también la propia.

-A los 15 años, cuando se fue a vivir a la ciudad, aprendió el rumano. Desde entonces usted vive en dos idiomas. ¿Sus libros son un intento de acercarlos?

-Esas dos lenguas ya están cerca, porque están dentro de mi cabeza. Y sólo tengo una cabeza. El rumano es una lengua romance con partes eslavas y el alemán es una lengua germánica. Muchas cosas son distintas. Cuando en rumano se dice "la mesa" en alemán es un sustantivo masculino. Y eso ya se vuelve otro objeto. O las flores. En alemán los lirios son femeninos y en rumano lo contrario, el lirio es un señor. Y yo siempre me hice estas preguntas, tuve que hacérmelas, porque las dos lenguas chocaban entre sí, y cuando pienso en la palabra rumana para lirio la planta se ve distinta. Como escritor, eso uno lo recibe como un regalo. Tenemos dos miradas sobre todas las cosas, y no es porque lo queramos, es simplemente así. Y eso se refleja en todo lo que hacemos, también en la escritura.

-Jorge Semprún dice en un libro que antes de la guerra tenía muy poco para contar, y después de la guerra y del campo de concentración, demasiado. ¿Usted conoce esta sensación?

-Claro, también tengo mucho para contar, pero yo estuve en una dictadura. Gracias a Dios, una dictadura no es un campo de concentración. Probablemente, el campo de concentración sea lo más extremo en métodos de vigilancia y represalias que uno puede experimentar. Supongo que cuanto más uno haya estado en un país donde existen situaciones represivas, tanto más uno tiene que vivir, ¿cómo decirlo?, con precisión. Hay que vivir con precisión para protegerse. Cada día uno ve tantas desgracias. Y las desgracias no les son indiferentes a las personas. En este sentido es que la percepción es distinta en las dictaduras, está como forzada, todo se vuelve intensivo. Y uno tiene daños. Creo que al escribir, los daños juegan un papel importante; quizá sea así para todos los autores. La gente que viene de una dictadura está dañada, y son daños que no se ha buscado. Yo hubiera preferido vivir en un país donde no hubiese tenido esas experiencias y quizás nunca escribir un libro. ¿Por qué escribir? Podría haber hecho cualquier otra cosa.

-Esa precisión en el lenguaje y en la mirada aparece una y otra vez en su obra. ¿Se origina en este tipo de experiencias?

-Creo que cuando era niña también miraba todo con mucha atención, y también estaba forzada a hacerlo. Era hija única, pasaba mucho tiempo sola, en un pueblo pequeño y en una familia de campesinos. Tenía que trabajar en la casa, en el establo con las vacas, eran todas responsabilidades que yo no podía asumir, y las hacía con el miedo de "no puedo, no puedo cumplir con mis tareas".

-¿Es esa la mirada infantil de sus primeras historias?

-Siempre pensé que la soledad aumenta la mirada. Y como uno está todo el tiempo vuelto sobre sí mismo, para vivir, uno tiene que hacer algo con todo eso, lo quiera o no. Además, no es fácil ser niño. Creo que ser niño es difícil porque uno está siempre dependiendo de los otros, y porque uno no puede decidir por sí mismo lo que quiere hacer. Ser niño no es lindo, es un lindo cuento de hadas. Y tampoco la situación material es lo determinante. Claro que el niño pobre la tiene peor, pero pienso que de niños somos demasiado vulnerables.

-Por un lado, para usted la literatura es inseparable de la política. Por el otro, alguna vez dijo que no cree tener ninguna misión. ¿Qué piensa de la "literatura testimonial"?

-Creo que nadie la elige. Una gran parte de la literatura en general, en el mundo, es literatura de testimonio, porque uno ha vivido algo y cuando uno escribe, escribe sobre eso. ¿Qué debería hacer si no? En las dictaduras el tema es la dictadura, y cuando al fin pasaron, en las personas que han sobrevivido dejan muchos traumas. En cada familia hay alguna catástrofe. Y eso es resultado de la realidad. Para hablar sobre algo así no necesitamos ninguna misión. Desconfío de la misión o del encargo. En las dictaduras hubo arte encargado por el Estado, y por supuesto, también una larga serie de escritores que sirvieron a esa ideología. Yo no quiero tener nada que ver con eso; en todo caso lo que tengo es un encargo interior, es más bien una necesidad, tampoco es una misión. Lo misional es peligroso. Los misioneros se salen de tono muy rápido, y eso no aporta nada a la literatura.

-En su última novela, "Atemschaukel" (Vaivén de la respiración), el protagonista dice: "para mí mismo soy un mal testigo".

-Eso es porque la memoria es un terreno muy complicado. ¿Qué significa el recuerdo? ¿Quién se acuerda de qué? Cuando la gente recuerda lo mismo, muchas veces los recuerdos son muy distintos, porque los recuerdos son individuales, son propiedad privada, los construimos en la propia cabeza. Mientras uno experimenta las cosas no tiene tiempo, además, de reflexionar sobre lo que pasa. Y el recuerdo viene de la memoria, pero también de las heridas, los daños que uno arrastra consigo. Y también nos pueden obligar a recordar; es como un estado en el que uno se encuentra. Por eso el recuerdo no es un relato que uno va buscando libremente, el recuerdo también es algo torturante. El protagonista de Atemschaukel está escribiendo con una distancia de sesenta años, se ha convertido en un hombre viejo.

-Pero lo dice antes, como si tuviera esa sensación de ser un mal testigo ya en el campo.

-Sí, ya tenía la sensación de ser un testigo falso en aquel momento porque a veces las cosas estaban tan mal que ni siquiera podía contarlas. No importa cómo uno lo diga, nunca será lo mismo que lo que ha ocurrido. La lengua es un oficio distinto al de la vida. Aun cuando uno no escribe, cuando la gente cuenta algo simplemente, también está dentro de la lengua.

-En "El hombre es un gran faisán en el mundo" y en otros de sus libros posteriores, aparecen canciones tradicionales, supersticiones, elementos mágicos. Esto ha sido comparado con el realismo mágico latinoamericano. ¿Cuál es su relación con esta tradición literaria?

-Estuve muy cerca de esa literatura, y desde muy temprano. Cien años de soledad de García Márquez fue para mí un libro muy importante, o El otoño del patriarca. En Rumania, esta cercanía viene como de un natural parecido, la literatura latinoamericana se ha leído mucho, fue muy traducida. No era capciosa. Allá también había dictadores.

-¿Será la cercanía de las lenguas?

-Sí, en esos idiomas románicos, las imágenes utilizadas por la lengua están muy cerca. Creo que en Rumania hay un muy buen olfato para la literatura latinoamericana. Quizá es una forma de mirar el mundo. Lo mágico, lo surreal juegan un papel mucho más importante en la vida cotidiana rumana de que lo que podría ser, por ejemplo, aquí en Alemania.

-Su último libro está basado en notas que usted tomó de conversaciones con el escritor rumano-alemán Oskar Pastior, que pasó cinco años en un campo de trabajos forzados. ¿Fue un desafío especial utilizar esa otra voz?

-Trabajé mucho tiempo con él, tres años, y después fuimos juntos hasta donde habían estado esos campos de trabajos forzados, en la actual Ucrania. Nos conocíamos muy bien, yo tenía cuatro grandes cuadernos con apuntes de esas conversaciones. Traté de mantener todo lo que pude de nuestro trabajo en conjunto. Por supuesto los hechos, pero también su lenguaje. El fue uno de los grandes autores alemanes, y su lengua es muy precisa y plástica. Eso lo dejé en el libro, era lo que el libro necesitaba. Pero el protagonista, Leopold, no es Oskar Pastior, yo también hablé con otras personas y he puesto varias biografías ahí dentro. Sin embargo, la mayor parte proviene de él. En ese sentido, justamente en la musicalidad de la lengua y al inventar situaciones, fui escribiendo a su par. Y me lo representaba al imaginarme y construir las escenas, acaso porque hicimos ese viaje juntos. Pero no fue más difícil que en otros libros. Trabajar con la lengua es siempre difícil.

-¿Y también trató la propia historia familiar?

-Sí, puse cosas que mi madre vivió allá. Y leí muchos libros sobre deportaciones. En cada campo las cosas eran distintas, quiénes lo dirigían, el personal de vigilancia, si eran sádicos o buenos, si eran correctos y se limitaban a aplicar las penas o si tenían un disfrute sádico al hacerlo. Y la casualidad de con quién le tocaba a uno estar en la barraca. La personas son siempre distintas, también en el campo son distintas. En todas las realidades horribles que se iban acumulando en esos campos participaba especialmente la casualidad. Cuando uno está así, tan a la merced de las circunstancias, algo pequeño puede significar la mayor de las tragedias o la mayor de las fortunas, tan fundamentales se vuelven los detalles.

-Apelando a la idea de la culpa colectiva, en 1944 la ocupación rusa en Rumania envía a aquellos alemanes que no estaban participando de la guerra a los campos de trabajo. ¿Las circunstancias se asemejan un poco al Lager de los nazis?

-Diría que las condiciones no son similares. En el campo de concentración son muy distintas que en el campo de trabajos forzados, ya desde la intención. En el campo de concentración había judíos, pero también homosexuales, enemigos del Estado –lo que los nazis entendían por enemigos del Estado–, o discapacitados. Todos estaban ahí para que los asesinaran. Esa era la meta: la extinción. El objetivo de los otros campos era la reconstrucción de Rusia –así lo llamaban. Por supuesto, eso era el estalinismo más puro, era implacable, horrible, y podía acabar en la muerte, pero esa no era la intención. Que dejaran que la gente se muriese de hambre, que la hayan atormentado así, todo eso venía por añadidura, pero la intención no era el exterminio, mientras que en el campo de concentración sí lo fue.

-¿Cree que podría haber tocado este tema antes en Alemania?

-No lo sé. Recién ahora aparecen en Rumania libros al respecto, esas memorias de la gente sencilla que estuvo ahí. Hasta hace poco, allá en Rumania el tema también era tabú, y los archivos se abrieron con la muerte de Ceaucescu para los historiadores. Antes no hubiéramos podido acceder a esa información. Y la gente tenía miedo porque estaba prohibido hablar del tema. Alguien que ha estado por 5 años en uno de esos campos, y vuelve, va a respetar la prohibición. Porque una persona así está domesticada y queda temerosa para toda la vida. Y no sé qué hubiera pasado si hubiese intentado escribir sobre esto hace 15 años. Quizás el público no hubiera tenido la distancia suficiente, o lo hubieran tomado como si lo estuviera poniendo al mismo nivel que un campo de concentración y entonces hubiera habido problemas, pero no es lo mismo.

-Hace poco publicó un artículo sobre las actividades del servicio secreto rumano, la Securitate, que la persiguió y que motivó su exilio de Rumania. Y según ha experimentado en Bucarest, sigue activo. ¿Qué cree del futuro de Rumania?

-Me gustaría que se convirtiera en un Estado democrático. Pero creo que Rumania ya ha profundizado demasiado la marcha en un rumbo equivocado. Todas las viejas redes y la gente de la Securitate, por ejemplo, los antiguos caciques del partido, han asumido las posiciones decisivas del país. Lo mismo ocurrió con la privatización, son dueños de casi todas las empresas. A ellos les pertenecen las cosas, se sirven los unos a los otros, se conocen de antes y se sirven mutuamente. Por ejemplo, se había abierto una oficina que se ocupaba de los crímenes del comunismo, y ahora la unieron a otra. El jefe de la primera había trabajado muy bien, en el correr de los años fue encontrando muchas tumbas colectivas y anónimas, en los bosques, en los campos adonde llevaban a la gente en ese tiempo. El hizo que sacaran a esa gente de ahí y la enterraran. Entretanto, la política oficial de Rumania empezó a considerarlo como algo molesto. Y todo va ocurriendo de esta forma, ésta es la tendencia. Además, la corrupción es tan grande, y todo eso tiene que ver con los viejos tiempos.

-¿Qué desearía que pasara?

-¿Deseos? Uno siempre puede desear ... que la Unión Europea mire con atención lo que está ocurriendo y que los obligue a cosas que corresponden a un país democrático. Hay mucha gente que vuelve a ser amenazada. Esto ya no es ideológico, no es el socialismo, lo que hay en marcha es una criminalidad de gánsteres. Cuando estos dirigentes sienten que los molestan, reaccionan muy claro y brutalmente. Todo es alarmante. Y no mejora, sino que en los últimos años es cada vez peor.

-¿Está descartado que regrese algún día?

-Sí, nunca pensé en volver. No hay por qué vivir en el lugar donde uno ha nacido. En ese país hay muchos que en su tiempo hicieron conmigo lo que quisieron. Están todos en las escuelas, son profesores en las universidades. De mucha gente sé tantas cosas. Y no quisiera volver a vivirlo. Con una vez basta."

Así escribe
La sopa de hierbas

La mujer de Windisch estuvo cinco años en Rusia. Dormía en una barraca con camas de hierro en cuyos bordes chasqueaban los piojos. La habían pelado al rape. Tenía la cara gris. Y el cuero cabelludo rojo y carcomido.

Sobre las montañas se alzaba otra cadena montañosa de nubes y nieve a la deriva. Sobre el camión ardía el hielo. [...]. Cada mañana había hombres y mujeres que se quedaban sentados en los bancos. Con los ojos abiertos. Dejaban pasar a todos los demás. Se habían congelado. Estaban sentados en el más allá.

La mina era negra. La pala, fría. El carbón, pesado.

Cuando la nieve se fundió por primera vez, una hierba fina y puntiaguda empezó a brotar entre la rocalla de las hondonadas. Katharina había vendido su abrigo de invierno por diez rebanadas de pan. Su estómago era un erizo. Katharina recogía un manojo de hierbas cada día. La sopa de hierbas calentaba y era buena. El erizo ocultaba sus púas durante algunas horas.

Luego llegó la segunda nevada. Katharina tenía una manta de lana. Era su abrigo durante el día. El erizo pinchaba.

Cuando oscurecía, Katharina seguía la luminosidad de la nieve. Agachada, se deslizaba junto a la sombra del guardián. Iba hasta la cama de hierro de un hombre. Un cocinero. Que la llamaba Käthe, la abrigaba y le regalaba patatas calientes y dulces. El erizo ocultaba sus púas durante unas horas.

Cuando la nieve se fundió por segunda vez, la sopa de hierbas empezó a brotar bajo los zapatos. Katharina vendió su manta de lana por diez rodajas de pan. El erizo volvió a ocultar sus púas durante unas horas.

[...] Cuando murió el cocinero, la luz de la nieve pasó a brillar en otra barraca. Katharina se deslizaba a la sombra de otro guardián. Hacia la cama de hierro de un hombre. Un médico. Que la llamaba Katyusha, la abrigaba y un día le dio una hojita de papel blanco. Debido a una enfermedad. Durante tres días, Katharina no tuvo necesidad de ir a la mina.

Cuando la nieve se fundió por tercera vez, Katharina vendió su zamarra de piel de oveja por un bol de azúcar. Katharina comió pan húmedo y espolvoreado con un poco de azúcar. El erizo volvió a ocultar sus púas durante unos días.

El hombre es un gran faisán en el mundo
Traducción J. J. Solar
(paginas 114-115)

Müller Básico
Nitzkydorf, Rumania, 1953.
Escritora

Estudió filología germánica y rumana en la Universidad de Timisoara, época de la que data su posición disidente frente al régimen de Ceaucescu. Se exilió en 1987, en Berlín, junto con su marido, el novelista Richard Wagner. Habla y escribe en alemán y rumano, pero optó por el alemán en sus libros. La crítica ha señalado la capacidad de su prosa para reflejar con economía de recursos situaciones sórdidas. Recibió numerosos premios y, el año pasado, el Nobel de Literatura. En castellano, se publicaron sus novelas En tierras bajas, El hombre es un gran faisán en el mundo, La piel del zorro y La bestia del corazón.
fOTO;fUENTE:Revista Ñ

22.3.10

La ficción y la verdad periodística

La biografía del gran cronista polaco Ryszard Kapuscinski, escrita por Artur Domoslawski, desató una polémica mundial. El reportero de guerra habría acomodado muchas veces datos y situaciones a su arbitrio

KAPUSCINSKI el consagrado periodista del siglo XX debió recibir el Premio Nobel, pero de literatura. fOTO; fUENTE:Revista Ñ


"Todos los periodistas y aspirantes a autores de reportajes pueden aprender mucho de la controversia sobre Kapuscinski. La "no ficción creativa" es una pendiente peligrosa.
Si hubiera vivido unos años más, Ryszard Kapuscinski quizá habría podido obtener el Premio Nobel de Literatura. Aunque esas cosas se llevan con un secreto digno del Vaticano, estoy seguro de que era uno de los candidatos constantes de la Academia sueca. Entonces, los periodistas de muchos países habrían celebrado su designación por ser el primer escritor de "no ficción" que lo ganara desde Winston Churchill en 1953. Ahora ha estallado una seria polémica en su Polonia natal por un nuevo libro que sugiere que su no ficción no era tan "no ficción", después de todo. Es una polémica que ya ha dado la vuelta al mundo, porque el nombre de Kapuscinski es sinónimo en todas partes de un cierto tipo de reportaje político-literario.
Kapuscinski non fiction
Acabo de leer el libro, que se titula, en polaco, La no ficción de Kapuscinski. Su autor es el periodista Artur Domoslawski, de quien Kapuscinski fue modelo, mentor y amigo, y ha sido criticado por varios motivos. Entre ellos, su forma de abordar las numerosas aventuras amorosas del escritor viajero, que es verdad que me parece poco delicada, y su tratamiento del pasado comunista y los contactos ocasionales de Kapuscinski con la policía secreta, que en mi opinión está bien explicado.
Más en general, se ha criticado al libro por denunciar a un antiguo mentor. La viuda de Kapuscinski lo llama "parricidio". Yo creo que no lo es. Creo que el autor trata de ser imparcial y permite que hablen muchas voces diferentes. Capta al Ryszard que yo conocí, empezando por una brillante evocación de su cálida sonrisa, con la que desarmaba a cualquiera. Desarmaba a cualquiera literalmente, porque aquella sonrisa de humildad casi infantil le permitió salir bien librado de muchos enfrentamientos peligrosos con hombres armados, en Africa y otros lugares. Por otro lado, este libro es el grito prolongado de un discípulo preocupado e incluso desilusionado, alguien que, en sus casi tres años de investigación, encontró cosas que le perturban enormemente.
El quid de la cuestión, para Domoslawski, para mí y probablemente para el resto del mundo, es que se cruce el límite entre la realidad y la ficción. Es un tema que a algunos nos preocupa desde hace años. En 2001, para conmemorar el centenario del Premio Nobel de Literatura, la Academia sueca organizó un simposio sobre la Literatura de testigos, una delicada forma de sugerir que la Literatura, con mayúscula, no consistía sólo en ficción y poesía. Yo di una charla (reproducida en mi libro Facts are Subversive) en la que comenté que "con Kapuscinski pasamos sin cesar de la Kenia real a la Tanzania de ficción y viceversa, pero la transición no está claramente indicada en ningún sitio".
Ese mismo año, el antropólogo y escritor John Ryle escribió una brillante reseña en The Times Literary Supplement en la que documentaba numerosas inexactitudes, exageraciones y mitificaciones de Kapuscinski en sus escritos sobre África. Decía que, en su mayoría, tendían a lo que él denominaba el "barroco tropical", un estilo en el que todo se vuelve más exótico, salvaje, descontrolado, extremo y, por qué no decirlo, oriental. Ahora, Domoslawski sigue en parte las huellas del maestro, hasta Addis Abeba, por ejemplo, donde Kapuscinski investigó para escribir su famoso libro sobre la caída de Haile Selassie, El emperador, y a Santa Cruz, Bolivia. Y se ha encontrado con que los propios testigos de Kapuscinski se quejan de que hay material falso e inventado. Da numerosos ejemplos.
Lo que hizo Kapuscinski está ya fuera de toda duda. La cuestión es cómo reaccionar. Una corriente de opinión es la representada por el escritor estadounidense Lawrence Weschler, quien, según Domoslawski, ha dicho "¿qué más da en qué estante tengamos que colocar El emperador (1978) y El Sha o la desmesura del poder (1987), en ficción o no ficción? Siempre seguirán siendo unos libros magníficos". Un compañero de colegio de Kapuscinski afirma que El emperador es "la mejor novela polaca del siglo XX". Y, por supuesto, esos libros hablaban también de Polonia. Los lectores polacos los leían en parte como alegorías de su propia situación, y los censores del comunismo podrían haberlos prohibido si no se hubieran presentado como libros de no ficción que trataban de lugares reaccionarios y lejanos.
Una segunda corriente, que podríamos llamar de los "nerviosos defensores de Ryszard", está bien representada por Neal Ascherson, autor a su vez de soberbios reportajes sobre Polonia y otros países. Kapuscinski era un gran narrador de historias, no un mentiroso –escribe en la página web de The Guardian–, y existe una diferencia importante entre dar noticias y escribir libros. Pero luego hace esta afirmación, que me resulta muy sorprendente: "Casi todos los periodistas, excepto un puñado de santos, sacan punta a las citas o varían ligeramente las horas y los lugares para causar más efecto. Quizás no deberían, pero lo hacen; lo hacemos". ¿De verdad, Neal? ¿Y cuánto es, si no te importa explicarlo, "ligeramente"? ¿Y hasta dónde puede atreverse uno a "sacar punta"? No obstante, en el resto de su blog muestra su preocupación por el hecho de que Kapuscinski no dejara suficientemente claro al lector lo que hacía.
La tercera postura, en la que me incluyo, afirma que, aunque no haya –en los gráficos términos que emplea Ascherson– una "frontera con alambrada y focos", sí existe un límite fundamental, una zona fronteriza, que los escritores de no ficción debemos intentar no cruzar jamás. Si cruzamos ese límite, entonces debemos asignar una etiqueta distinta al producto final. Domoslawski ofrece una razón por la que hay que hacerlo: sencillamente, el deber de ser justos con nuestros lectores. Ustedes necesitan saber qué están leyendo. Al fin y al cabo, parte de la emoción de leer a un escritor como Kapuscinski nace de pensar que esas cosas han ocurrido. El estaba allí. Lo vio con sus propios ojos. Estuvo a punto de morir por informar de los hechos. Es un principio que su propia retórica ha defendido con frecuencia a capa y espada.
El segundo motivo es más profundo. Me da la impresión de que, para una persona armada con una pluma, existen pocas obligaciones más serias que la de ser testigo veraz de grandes acontecimientos. Al presentar el simposio de 2001 sobre la Literatura de testigos, el entonces secretario de la Academia sueca, Horace Engdahl, sugirió que "la verdad, en un principio, no es nada más que lo que certifica un testigo fiable". Quizá no sirva como regla filosófica universal, pero desde luego sí es aplicable a lo que hacen quienes escriben testimonios, sobre todo cuando se alzan solos en medio de la tragedia o el triunfo. Ser testigos de genocidios, guerras, revoluciones y muestras de valor humano en medio de la humanidad es –perdónenme el tono melodramático– una responsabilidad sagrada.
La verdad de la historia
Es cierto que, al elegir los hechos, las imágenes y las citas, al caracterizar a las personas reales sobre las que escribimos, quienes realizamos reportajes trabajamos, en muchos aspectos, como los novelistas. Pero, si tenemos en cuenta esa responsabilidad respecto a la historia y la promesa de "no ficción" que hacemos a nuestros lectores, debemos atenernos a los hechos de la mejor forma posible. No debemos cambiar el orden de los acontecimientos ni siquiera "ligeramente", ni "sacar punta" a nada que aparezca entre comillas. Todos cometemos errores. Nadie puede ver una situación en su conjunto ni ser totalmente objetivo. Todo el mundo tiene un punto de vista. Ahora bien, si digo que vi una cosa, es que vi esa cosa. No estaba en otra calle, en otro momento, ni me lo contó alguna otra persona mientras tomábamos una copa en el bar del hotel.
Creo que podemos hacer dos cosas. Una, sugerida en tono humorístico por el propio Domoslawski en una entrevista tras la publicación del libro, es que debería haber en las librerías una sección entre la ficción y la no ficción, en la que estuviera una nueva categoría llamada simplemente Kapuscinski. La otra es aprender del maravilloso trabajo de Kapuscinski pero también de sus transgresiones y, de esa forma, dar un testimonio más veraz."
(c) el pais y clarin

KAPUSCINSKI BASICO

VARSOVIA 1932-2007.
PERIODISTA

Luego de sus estudios en Varsovia, trabajó hasta 1981 como corresponsal extranjero de la agencia polaca PAP. Obtuvo numerosos reconocimientos, entre ellos, en 2003, el Premio Grinzane Cavour a la Lectura y el Premio Príncipe de Asturias. Entre sus libros-reportaje de mayor éxito figuran "Ebano", "El Negus", "Esplendores y miserias de un autócrata" (1983-2003), "Imperium", "Lapidarium" y "La primera guerra del fútbol y otras guerras de los pobres". Además publicó "El Sha o la desmesura del poder", "Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo"; "Un día más con vida"; "El mundo de hoy"; "Viajes con Heródoto" (Todos en Anagrama). "Los cinco sentidos del periodismo" (FCE y FNPI). Murió en Varsovia el 23 de enero de 2007.

6.12.09

Los 'collages' de una premio Nobel

Collage de Wislawa Szymborska incluido en un volumen de divertimentos líricos (pareados, poemas absurdos, fragmentos humorísticos...) escritos e ilustrados por ella misma. Sólo se han publicado en polaco. Nunca ha permitido que se traduzcan, aunque en la primera edición de Poesía no completa (Fondo de Cultura Económica) se incluye uno que luego fue retirado por expreso deseo de la autora.


Wislawa Szymborska (Kórnik, Polonia, 1923) en el vestíbulo de su casa de la calle Piastowska, en Cracovia. En las manos tiene la edición española de Aquí (Editorial Bartleby), el tercer libro de poemas que publica desde que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1996.- WITOLD KRASSOWSKI/Fotos

Torre de maletas
Menina en su paisaje

Leon encima del coche

Hombre tumbado con frase "demasiados pensamientos"

Hombre en bañera

Dedo y una mujer

13.11.09

Pamuk:"En todas las novelas se envidia la realidad"

ENTREVISTAEn Harvard, el escritor turco, Premio Nobel de Literatura, habla de su última novela y de su insólita idea metaliteraria: construir un museo real con recuerdos de mentira.

UN AMOR DE PRIMAVERA. En “El Museo de la Inocencia”, Pamuk cuenta la historia de Kemal, que vive durante dos meses y recuerda durante treinta años el romance con su prima pobre y adolescente.
En El Museo de la Inocencia, la nueva novela de Orhan Pamuk, un personaje colecciona 4.213 colillas fumadas por la mujer que ama. En la entrada del Museo de la Inocencia, el museo real que Pamuk inaugurará el año que viene en Estambul, habrá una caja de vidrio de cinco metros por tres metros con 4.213 puchos verdaderos dentro. En la novela, Pamuk cuenta la historia de Kemal, que vive durante dos meses y recuerda durante treinta años el romance de primavera que le cambió la vida. En una esquina del barrio de Çukurkuma, en la mitad europea de Estambul, Pamuk ha construido un museo y lo ha llenado con los objetos, las fotos y los sonidos con los que Kemal homenajea a Füsun, la prima lejana y pobre que en 1975 interrumpió la placidez de su vida burguesa.

"Esto", dice Pamuk, sin aclarar si se refiere a la novela o el museo, "no es un monumento a la vida de Kemal, sino un monumento a su amor por Füsun". Sentado en el living de la casa que la Universidad de Harvard le alquiló para vivir este cuatrimestre, Pamuk, Nobel de Literatura en 2006, enumera entusiasmado los contenidos del monumento: "La cosas que ella toca, las cosas que él le va robando a lo largo de los años... Habrá fotos y sonidos de los barrios que visitan, y una sala especial para el salón del hotel Hilton donde Kemal hizo su fiesta de compromiso". De pronto, una mueca extraña se congela en la cara, y su obsesión se confunde con la de su personaje: "En cualquier caso, el museo no va a estar terminado hasta que yo me muera. Quiero decir: llevo diez años coleccionando objetos para este museo y creo que lo seguiré haciendo mucho tiempo más".

El Museo de la Inocencia , narrado en el mismo tono lírico-melancólico que ha hecho famoso a Pamuk, es sencillo y por momentos conmovedor. Pero también es un libro clásico y organizado, que no está nada interesado en expandir el arte de la novela o hacer tartamudear los géneros. Su costado más vanguardista es, sin dudas, la idea insólita y extrañamente metaliteraria de construir un museo con ladrillos de verdad y recuerdos de mentira, con visitantes reales que sólo si han leído el libro comprenderán qué significan esos saleros y esas entradas de cine. Pamuk, sin embargo, en esta tarde de otoño en Cambridge, dice de pronto que no quiere hablar del museo. Quiere hablar del Museo, la novela que se lanza este mes. "Hablemos del museo más tarde", pide, sentado en el borde del sofá y moviendo mucho las manos. "No quiero que los lectores confundan un museo con el otro".

Pamuk se pone de pie y ofrece té. Tiene el pelo gris un poco despeinado, más largo que en las solapas de sus libros, y un uniforme de escritor de entrecasa compuesto por pantalones grises y un suéter azul que le queda grande. Unos anteojos rectangulares de marco plateado encuadran dos ojos chiquitos pero traviesos, que apenas pueden esconder su frustración hacia las preguntas que ya ha contestado mil veces o develar su entusiasmo con las preguntas que le interesan.

Dos temas sobre los que a Pamuk no le gusta hablar son el Nobel y su situación judicial en Turquía, donde sus denuncias sobre el genocidio armenio y su campaña a favor del ingreso de Turquía a la Unión Europea han provocado la ira de distintos grupos nacionalistas, que llevan media década persiguiéndolo y amenazándolo. "No es importante", dice con sequedad. "Ultimamente ha habido pocos cambios en el proceso legal". Sí se permite contar cómo logró mantener la calma en años tan intensos. "Una de las cosas que me salvó fue este libro", reconoce, agarrando de la mesa ratona y dándole una palmada a un ejemplar en inglés. "Estaban pasando muchas cosas: las denuncias políticas, las amenazas de muerte, mis viajes, el Nobel... En todos estos años mi vida fue muy activa, pero a todos lados llevaba conmigo esta novela. Este libro me permitió sobrevivir, y me convirtió en una mejor persona".

Cuando recibió el Nobel, Pamuk ya tenía lectores en todo el mundo y estaba envuelto en un enorme embrollo político-judicial en Estambul, donde desde entonces vive protegido por una custodia de cuatro guardaespaldas. Además, al ser un ejemplo de musulmán refinado y cosmopolita, se había convertido en una esperanza de puente cultural entre Oriente y Occidente. Con tanta importancia encima, Pamuk podría haber escrito una gran novela que combinara su estilo tristón y abigarrado con grandes ideas sobre la vida, la política, la religión y la literatura. Prefirió no hacerlo: escribió una novela de amor y personajes que sufren la represión y el clasismo de la Turquía semioccidental y semimoderna de los '70 y los '80. "Es una novela en la que he puesto mucho trabajo", dice Pamuk. "Y también es una novela muy personal, donde están todos mis recuerdos de cómo era la vida en la Turquía de mi juventud".

Hace diez años, cuando recién comenzaba su proyección internacional, Pamuk empezó a darle forma en su cabeza al personaje de Kemal, intuyó que su amor monumental por Füsun se parecía a un museo y, en una decisión que todavía no puede explicar del todo, compró el terreno donde dentro de unos meses estará su museo de verdad. ¿De dónde surge una idea así? ¿En qué momento saltó la idea del museo desde las páginas de la novela al mundo de la ciudad real? "La verdad es que no lo sé", responde, sonriendo e intenta una explicación psicológica: "El hecho de que, antes de ser escritor, fracasé como pintor, probablemente ha tenido algo de influencia". Después, más interesante, es su acercamiento literario: "También creo que en todas las novelas hay una envidia de la realidad, sobre todo con las cosas visuales". En cualquier caso, estas respuestas no lo convencen: "Simplemente me pareció algo gracioso e interesante. No puedo explicarlo más".

Arte poética

La Universidad de Harvard organiza casi todos los años las Conferencias de Poesía Charles E. Norton, en las que un artista –poetas o novelistas, pero también músicos, pintores y arquitectos– explica su visión del mundo, la vida y el arte. En 1967, Borges provocó una conmoción: sus charlas, tituladas con una cita de Yeats, "Este oficio del verso", se publicaron hace unos años (Arte Poética). En 2006 le tocó a Daniel Barenboim y este año a Pamuk, que ahora está mostrando, alineadas a lo largo de la mesa del comedor, los borradores –escritos por él en turco, traducidos por su asistente al inglés, marcados en inglés por él con lápiz– de sus seis conferencias magistrales. Su ciclo se llama "El escritor ingenuo y sentimental", un título que resume el espíritu de El Museo de la Inocencia, una novela que se hace más bien pocas preguntas sobre cómo es o debe ser la literatura. "Cuando era joven, estaba más interesado en la experimentación", dice Pamuk. "Creía que no hacía falta saber nada de la vida para escribir buenas novelas. Mis amigos y mis parientes me decían: '¡Cómo vas a escribir una novela vos, si tenés 20 años, no sabés nada de la vida!' Y yo les contestaba: '¿Ustedes creen que las novelas deben ser sobre la vida? ¡Están equivocados! ¡Las novelas son sobre mi idea de la literatura!' En esa época, mi edad de oro como lector, yo leía a todos. Borges estaba vivo, Calvino publicaba sus mejores obras, García Márquez, Perec, Cortázar, ¡Rayuela! Los leía y me preguntaba: '¿Para qué necesito la vida? Si leo todos estos libros, ya podré escribir mi novela'."

Tres décadas como autor parecen haberlo hecho cambiar de opinión. Pamuk baja el tono de voz: "Ahora, en cambio, que tengo 57 años, me doy cuenta de que sé mucho sobre la vida y sobre el oficio de escribir novelas. Por eso, la motivación para escribir sobre la vida, para un autor maduro, es mucho más atractiva". Pamuk cita a Hemingway y dice que cada vez que uno quiere ser un buen novelista debe pelearse con los mejores: Tolstoi, Flaubert, Dostoievski. ¿Aún si han pasado más de cien años desde que escribieron sus obras? ¿No debería uno, cien años después, intentar hacer algo distinto? La pregunta lo irrita un poco. "En esta novela están presentes, por supuesto, los placeres de la novela decimonónica: hay un tipo que cuenta cómo es la vida, pasa el tiempo, uno muestra otras cosas, pasa más tiempo. Pero yo traté de hacerlo de una manera distinta, y creo que lo he conseguido". Y agrega, con una sonrisa: "Por otra parte, la historia de la literatura está llena de los cadáveres de escritores que quisieron hacer cosas demasiado distintas".

Uno de los elementos posmodernos que ha usado Pamuk para diferenciarse de los autores del siglo XIX es el blanqueo de la identidad de sus narradores. Así, con la aparición de un narrador que se hacía cargo de las páginas anteriores, terminaban Nieve y Me llamo Rojo (2003), y así también termina El Museo de la Inocencia, cuyos últimos capítulos están contados por un narrador llamado Orhan Pamuk que se parece mucho al Pamuk de carne y hueso. En las primeras 600 páginas, la única voz que conocemos –algo llorona y malcriada al principio; sabia y emotiva después– es la de Kemal. Al final nos enteramos de que todo el libro ha sido escrito por el Pamuk narrador, después de una docena de entrevistas con Kemal y el aporte de otras fuentes. "En los últimos veinte o treinta años", explica el Pamuk terrícola, "el arte de la novela ha evolucionado hacia una dirección en la que es habitual hacer visible quién es el narrador, quién es el lector y cuál es la relación entre ambos. Los escritores ya no tenemos problemas en decir "¡Esto es una novela!". Hace cien años, los lectores no querían ver al narrador en la novela". No los querían ver, en parte, porque ni siquiera sabían de su existencia, o de que pudiera ser posible dudar del narrador. Hasta hace no mucho, los lectores creían todo lo que les decían los narradores anónimos de las novelas de Dickens o Balzac. Y también creían lo que les decían sus maestros en las escuelas, los curas en las iglesias y los políticos en los púlpitos. Ahora, en una época en la que ya nadie le cree nada a nadie, menos razones hay para creer en los trucos de los novelistas, fabuladores desde siempre. "Exacto", responde Pamuk, al fin de acuerdo. "Por eso ahora la aparición del narrador está más aceptada. Y para nosotros los escritores es una buena manera de ser más convincentes".

Hace un año, cuando se publicó la versión original de El Museo de la Inocencia, los periodistas turcos sólo querían saber una cosa: ¿es cierto que Orhan Pamuk, el Premio Nobel, dejó a su prometida por el amor de una prima adolescente? Los periodistas probablemente sabían que entre Kemal y Pamuk hay muchas diferencias, pero las coincidencias los ponían como locos: ambos habían crecido en la burguesía turca de la posguerra –modernizante pero elitista, secular pero encapsulada–, habían sido alumnos del bilingüe Robert College y ambos, después de disfrutar con culpa los beneficios de la clase alta, habían decidido, como el Zavalita de Conversación en la Catedral, abandonarla. Pamuk, paternal, reconoce el interés –"está en la naturaleza de la novela que el lector crea que tú eres el héroe", dice– y niega los rumores, pero admite su cariño por Kemal: "Es un tipo normal, inteligente, burgués. Yo era así", recuerda Pamuk, otra vez sentado en su sillón. "Pero algo pasó, me caí de esa clase. Primero fui izquierdista, después elegí el camino de la cultura. Pero sobre todo elegí ser un individuo, diciendo mis cosas, haciendo mis cosas. En eso me identifico con Kemal, porque él también hizo lo que quiso. Prefirió ser un individuo antes que seguir las reglas y los privilegios de una clase social".

En la página 629 del libro hay un dibujo de un rectángulo donde dice, arriba, "Museo de la inocencia", y, abajo, "Válido para una sola visita". A partir de julio de 2010, quienes compraron el libro podrán ingresar al museo usando su ejemplar como entrada. Pamuk, que finalmente se ha reconciliado con la idea de hablar del museo, se divierte abriendo un ejemplar: "¡Esta es la entrada!", dice, riéndose, golpeando la página con un ruido sordo. "¡Los que compraron el libro, los que van a entender los objetos que estarán ahí adentro, tienen entrada gratis!". El entusiasmo de Pamuk es conmovedor: el novelista, ese imitador del mundo, por fin ha cruzado el umbral.
fuente: Revista Ñ

Herta Müller: por una literatura menor

Premio Nobel

Rafael Lemus
En el principio fue el desconcierto. ¿Por qué ella, Herta Müller, y no uno de esos escritores –guapos, viejos, prolijos– que todos conocemos? Luego, cuando empezaron a difundirse los primeros datos, fue la decepción. Otra europea: nacida en Rumania pero de lengua alemana. Otra narradora: responsable de cuentos y novelas breves, presuntamente minimalistas, nada que ver con las Grandes Obras de los Voluminosos Autores que todos admiramos. El colmo: una escritora –ay, de prosa poética– y no una Figura Pública habituada a manosear, ante el Gran Público, los Grandes Temas.

Ahora, después de haber leído En tierras bajas (1982) y El hombre es un gran faisán en el mundo (1986), además de algunos cuentos sueltos y un par de entrevistas con la autora, sé que el que busque algo grande y pesado en la vida y la obra de la nueva Premio Nobel se llevará un merecido chasco. Lo que hay, para empezar, es una minoría –un pequeño grupo de ciudadanos suabos, esos individuos de origen alemán que emigraron, a partir del siglo XII, a la ribera del Danubio y entre los que nació, en 1953, Müller. Lo que hay es un modesto pedazo de tierra –el Banato rumano, en la frontera con Serbia y Hungría, escenario de buena parte de sus ficciones. Lo que hay, finalmente, son lacónicas estampas de la vida de esos suabos, campesinos miserables y maltratados después de la derrota del nazismo, en la Rumania de Nicolae Ceauşescu. No mucho más que eso. Suficiente.

Sé, también, que lejos, bastante lejos, de estos libros están los delirios posmodernos, el optimismo del modernism o la largueza de las creaciones decimonónicas. Sé que aquí el timbre narrativo es beckettiano, que es como decir: áspero, agónico. Son pocas las palabras y a menudo parecen balbuceadas o escupidas. Son escuetos, descarnados, los párrafos y rara vez se comunican armónicamente unos con otros. Son, sobre todo, muchas y tajantes las prohibiciones que se impone Müller: la prosa no debe fluir dócilmente; la trama no debe envolver a los lectores; el tono no debe optar, nunca, por la magnificencia.

Sé, por último, que no hay en estos libros un grano de épica. Como si también eso, el heroísmo romántico, se negara Müller. Aunque se conoce que ella fue una aguerrida opositora de la dictadura de Ceauşescu, y que por lo mismo tuvo que abandonar Rumania en 1987 para instalarse, ya definitivamente, en Berlín, no parece haber, al menos no a primera vista, nada abiertamente sedicioso en estas páginas. La dictadura aparece al fondo, mirada al sesgo y retratada con algunas imágenes de feroz poesía (“El manzano tiembla. Sus hojas son orejas que están a la escucha”). Los personajes son, podrían ser, cualquier cosa salvo inflamados rebeldes –en medio de la dictadura sobreviven atónitos, fatigados, esperando el pasaporte que les permita abandonar el país (El hombre es un gran faisán en el mundo) o rumiando amargamente su enfado (en los cuentos de En tierras bajas). En el Banato rumano, por otra parte, nada, ninguna chispa, está por encenderse. Más bien al revés: es una tierra casi baldía, salpicada de ancianos y sin lugar para niños y jóvenes.

¿Por qué se impone Müller este voto de pobreza? ¿Por qué su acritud? Tal vez porque lo contrario, la obesidad y las falsas ilusiones, son cosa de las mayorías, del Estado, de la dictadura. Tal vez porque lo que ella pretende escribir, una literatura deliberadamente menor, es al fin y al cabo la solución más subversiva. Ya lo advertían Gilles Deleuze y Félix Guattari en su clásico sobre Kafka: la literatura de veras perturbadora es, hoy, aquella que una minoría escribe maliciosamente dentro de una lengua –o un discurso– mayor.

Así, como piezas menores, minoritarias, marginales, actúan las obras de Müller.

Por ejemplo: para involucrarse en la tradición rumana, la escritora decide emplear su lengua materna –el alemán– y no el rumano que aprendió a los quince años.

Por ejemplo: cuando escribe el alemán, no lo hace como una nativa sino como una intrusa –pensando en rumano y escarbando en el idioma hasta encontrar “su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su desierto” (Deleuze y Guattari dixit).

Por ejemplo, y sobre todo: en vez de reproducir la grandilocuente retórica estatal, trabaja una lengua privada, una prosa elemental y pequeña iluminada por repetidos fogonazos. (“Del jardín de la iglesia alzan el vuelo unas palomas silvestres. Son grises como la luz. Sólo el ruido permite diferenciarlas”).

Digamos, para terminar, que la misma lógica impera en su retrato de la Rumania de Ceauşescu: la condensación, no la holgura. Antes que entregar relatos edificantes –más bien propios del realismo socialista– sobre la disidencia, Müller compone oscuras miniaturas, detalladas estampas –canciones, supersticiones y refranes incluidos– de la vida rural suaba. Para decirlo con un disparate, piénsese en Marc Chagall; en el Marc Chagall de los años previos a la Primera Guerra Mundial; en sus folclóricas pinturas sobre las aldeas judías de Bielorrusia; en La lluvia (1911), por ejemplo, pero aún más sombría:

Algo así, por lo pronto. ~

fuente: Letras Libres

11.10.09

Los olvidados del Nobel

REPORTAJE
Ni Mendeleyev ni Gandhi ni Tolstói recibieron el premio - La selección implica a
6.000 expertos, y la Academia prefiere omisión a escándalo


A la izquierda, la científica Barbara McClintock. A la derecha, el escritor Jorge Luis Borges.- AP
JAVIER SAMPEDRO
¿Qué premio Nobel explicó la física cuántica de la radiactividad, postuló la versión moderna del Big Bang, propuso que las estrellas brillan por reacciones termonucleares y descubrió el concepto de código genético? Ninguno. La persona existió -se llamaba George Gamow-, pero no recibió el premio. Ni el de física ni el de medicina.
Tampoco lo recibió Dmitri Mendeleyev, cuya tabla periódica decora las escuelas de todo el mundo; ni Oswald Avery, que demostró que el ADN es la molécula portadora de la información genética; ni Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear; ni Julius Lilienfeld, creador del transistor; ni George Zweig, codescubridor de los quarks. Es sólo el arranque de una larga lista de ilustres no premiados nunca con un Nobel de ciencias.
Y fuera de las ciencias es peor aún. El pacifista más célebre del siglo XX, Mahatma Gandhi, no recibió el Nobel de la paz, a diferencia de Henry Kissinger o Yasser Arafat. Y el de literatura ha tenido que afinar realmente su puntería para no recaer en León Tolstói, Anton Chejov, Franz Kafka, Marcel Proust, James Joyce, Henry James, Vladimir Nabokov, Graham Greene o Jorge Luis Borges, por citar sólo a los muertos.
El Nobel, con todo, sigue siendo el premio más prestigioso que puede recibir un intelectual en este planeta. Y su prestigio no se debe a la tradición -¿por qué tendría el mundo que respetar una tradición sueca?-, sino a su exhaustivo mecanismo de selección. Los premios que hemos conocido esta semana son el resultado de un año de investigación sobre los candidatos.
La Real Academia Sueca de Ciencias (que concede los premios de física, química y economía), el Instituto Karolinska (medicina), la Academia Sueca (literatura) y el Comité Nobel Noruego (paz) invitaron en octubre del año pasado -como hacen cada otoño- a 6.000 expertos de todo el mundo a presentar las nominaciones (nunca de sí mismos).
Eso son unos 1.000 expertos por premio, entre ellos, los anteriores premios Nobel de cada área, y el resultado suelen ser 100 o 200 nominaciones en total. Los seis comités Nobel, uno por premio, empezaron en febrero a seleccionar esas nominaciones, y sólo han acabado hace un par de semanas. Durante este proceso consultan a muchos expertos externos, y de ahí suelen venir los rumores sobre la identidad de los premiados, por lo general escasos y poco fiables.
Una selección de este tipo garantiza que todos los premiados merecen serlo -en ciencia ha habido pocas concesiones controvertidas-, pero no que todos los merecedores sean premiados. Es lógico por lo tanto que la mayoría de las decisiones polémicas de la Academia lo hayan sido sobre todo por ausencia. O por tardanza, que sólo difiere de la ausencia en la longevidad del candidato. Pero lo cierto es que cada caso es un mundo.
Edison y Tesla se quedaron sin premio porque no se podían ni ver el uno al
otro

Una clase minoritaria de no-premiados son los que el físico británico John Gribbin llama los visionarios. Son "más importantes que los premios Nobel", según Gribbin. El paradigma es el mismo Gamow citado en el primer párrafo. Su influencia en la ciencia es incalculable, aunque también en el sentido literal: que no puede calcularse. Son ideas, avistamientos, pautas. Su alcance se debe a cómo han influido en otros científicos, y el Nobel suele ser para éstos.
Gamow nació en Odesa cuando era parte del Imperio Ruso, y estudió física en San Petersburgo cuando se llamaba Leningrado, pero trabajó toda su vida en Gotinga, Copenhague, Cambridge y Boulder (Colorado, EE UU). En 1948 propuso con Ralph Alpher la teoría del Big Bang. Otros físicos habían especulado antes con la idea, pero fue el artículo de Alpher y Gamow el que permitió demostrar el Big Bang 15 años después.
Como Alpher y Gamow parece alfa y gama, Gamow no pudo resistirse a buscar una beta para redondear el artículo. La encontró pronto en uno de los grandes físicos teóricos del siglo XX, Hans Bethe, a quien persuadió de firmar el trabajo pese a su nula contribución. El histórico artículo The origin of chemical elements salió así firmado por Alpher, Bethe y Gamow, a satisfacción de este último. Bethe, al menos, sí recibió el Nobel, aunque por otra cosa.
James Watson y Francis Crick descubrieron la doble hélice del ADN en 1953. Poco después de haber publicado el hallazgo en Nature recibieron una carta de Gamow, a quien no conocían de nada. El físico proponía allí el primer modelo de un código genético: un lenguaje que traducía el orden lineal de las letras del ADN -recién descubierto por los receptores de la carta- en otro tipo de secuencia: la hilera de aminoácidos que constituye las proteínas. Su modelo concreto era incorrecto, pero el concepto de código genético resultó capital.
Thomas Edison patentó 1.093 inventos, entre ellos el fonógrafo, el altavoz y el micrófono del teléfono, las piezas clave del cinematógrafo, el primer generador eficaz y un modelo de ferrocarril eléctrico. Y la bombilla, por supuesto. Entretanto, su colega Nikola Tesla ideaba las dinamos de corriente alterna, la transmisión de la energía eléctrica y la bobina de inducción, que le permitió adelantarse a Marconi en la patente de la radio. Edison y Tesla fueron nominados al Nobel en 1915, pero la Academia los descartó por una razón de peso: no se podían ni ver el uno al otro. Marconi había recibido el galardón seis años antes.
El mayor hito de la biología del XX, la doble hélice, no fue elegido
Durante la primera mitad del siglo, los experimentos en aceleradores descubrieron tantas partículas subatómicas que los físicos las llamaban "el zoo": protones, neutrones, rho, delta, sigma, xi, kaones, antikaones, piones, cientos de partículas elementales. En 1964, Murray Gell-Mann y George Zwieg se dieron cuenta de que podían explicarlas como distintas combinaciones de sólo tres partículas aún más elementales: los quarks. Gell-Mann, que fue quien les puso ese nombre, fue el único de los dos que recibió el premio Nobel. Zwieg los había llamado "ases".
El mayor descubrimiento de la biología del siglo XX, la doble hélice del ADN -la clave de la herencia-, no hubiera sido posible sin un dato previo esencial: que el ADN es el material hereditario. Fue Oswald Avery quien lo demostró en 1944, y contra todo pronóstico, porque casi todos los científicos pensaban lo contrario hasta entonces (y la mayoría siguió pensándolo aún después).
La razón de que Avery no recibiera el galardón ha sido un misterio durante 50 años, el tiempo que tarda la comisión Nobel en hacer públicas sus deliberaciones. Hoy se sabe que el químico sueco Einar Hammarsten bloqueó su candidatura, y que siguió haciéndolo incluso después de que Watson y Crick descubrieran la doble hélice en 1953. Hammarsten creía que la información genética estaba en las proteínas, y su convicción era impermeable a los datos.
Barbara McClintock descubrió los transposones -genes que saltan de un lugar a otro del genoma- en 1948 con una serie impecable de experimentos en el maíz. No sólo demostró su existencia, sino también que suelen alterar la actividad de los genes que tienen al lado, y percibió que debían ser muy importantes en el desarrollo y la evolución. McClintok ya estaba reconocida para entonces como una de las genetistas más brillantes del mundo, pero sus resultados fueron recibidos con escepticismo por muchos científicos, e ignorados por muchos otros.
El resultado fue que McClintock recibió el Nobel, pero 35 años después, cuando ella había cumplido 81. Al menos pudo vengarse en la cena protocolaria de Estocolmo con estas palabras: "Debo admitir que al principio me sentí sorprendida, y después confundida. Nadie me invitaba a dar clases o seminarios, ni a intervenir en comités o tribunales académicos. Pero ese largo intervalo resultó ser una delicia. Me dio una completa libertad para seguir investigando por puro placer y sin interrupciones".
Tienen que pasar 50 años para hacer públicas las deliberaciones
Einstein ganó el premio Nobel en 1921 por su explicación del efecto fotoeléctrico, uno de los artículos clave que publicó en su annus mirabilis de 1905. Esto implica que su teoría de la relatividad, uno de los dos pilares de la física actual junto a la mecánica cuántica, es otro de los grandes olvidados de la Academia, aunque su autor no lo sea. Y la razón tiene esta vez algo de paradójico.
Einstein formuló la relatividad, también en 1905, para responder a la pregunta: ¿qué ocurriría si una persona corriera tan deprisa que lograra alcanzar a una onda de luz? La persona vería una onda de luz que está quieta, como parece quieto un tren que se mueve en paralelo al nuestro. Pero la velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza, y por tanto no puede parecerle quieta a nadie.
La solución de Einstein fue aceptar los hechos y derivar sus consecuencias lógicas, por extrañas que pareciesen. La velocidad no es más que el espacio partido por el tiempo. Si la velocidad de la luz tiene que ser constante aunque corras tanto como ella, es que el tiempo y el espacio no pueden serlo. Esta teoría de 1905 se llama relatividad especial, y una de sus consecuencias directas es la célebre ecuación E=mc2, que reveló que la masa (m) y la energía (E) son dos caras de la misma moneda, y que una ínfima cantidad de masa puede convertirse en una gran cantidad de energía al multiplicarse por el cuadrado de la velocidad de la luz (c), que es un número enorme. Es el fundamento de la energía nuclear y de la bomba atómica. También del brillo de las estrellas.
Einstein obtuvo el galardón, pero no por la teoría de la
relatividad
Einstein fue nominado por esta teoría varias veces desde 1910, pero la Academia prefirió esperar a que los experimentos despejaran las dudas. Eso ocurrió en 1915, pero para entonces Einstein ya había desarrollado la relatividad general, la teoría de la gravitación que corrigió a Newton. Y ésta era más chocante aún que la relatividad especial, por lo que Estocolmo se volvió a echar atrás. De modo que el físico fue, en cierto modo, víctima de su propio éxito. Sin embargo, éste es un asunto sobre el que los científicos sólo albergan una duda: si Einstein mereció otros dos premios Nobel, o si más bien fueron tres.
Nobel dijo que el de Literatura fuera para escritores de "tendencia
idealista"

Alfred Nobel, el inventor de los premios -y de la dinamita-, dejó escrito en su testamento que el galardón de literatura se concediera a escritores de "tendencia idealista". El comité se tomó la frase a la tremenda en los primeros tiempos, y la adujo para rechazar las candidaturas de Tolstói, Twain, Ibsen y Zola. Cuando se relajó la norma ya estaban todos muertos.
Karel Capek, el gran escritor checo de la primera mitad del siglo XX -e introductor de la palabra robot-, suscitó las dudas del comité Nobel por sus obras antinazis de los años treinta. A los académicos les parecían demasiado insultantes para el Gobierno alemán. De todos modos quisieron dar una oportunidad a Capek, de cuyos méritos literarios no dudaban, y le pidieron que presentara alguna obra menos controvertida. "Gracias por la intención", respondió Capek, "pero ya escribí mi tesis doctoral". Se quedó sin premio, como es natural.
El caso de 1974 en literatura es poco representativo, pero aún menos eludible. Vladímir Nabokov, Graham Greene y Saul Bellow fueron rechazados ese año para otorgar el premio a Eyvind Johnson (Retorno a Ítaca) y Harry Martinson (Ortigas en flor), dos escritores bastante conocidos en Suecia, entre otras cosas por ser miembros de la Academia Sueca.
Muchos expertos piden nuevas categorías, como matemáticas o cine
No está claro cuánto podrán resistir los Nobel con su esquema actual. Los matemáticos y los paleontólogos siempre se han quejado de que no haya un Nobel para sus disciplinas, pero la lista de agraviados puede crecer pronto hasta límites insoportables. Porque tampoco hay un Nobel de computación, ni de nuevos materiales, ni de nanotecnología ni de climatología. Ni de cine, que se lo podrían haber dado a Ingmar Bergman sin hacer el ridículo.

Las raíces arrancadas de una Nobel

REPORTAJE
Viaje a Nitchidorf, escenario de la juventud perseguida por Ceausescu de Herta
Müller


RAÚL SÁNCHEZ COSTA (ENVIADO ESPECIAL)

La casa, a la altura número 353 de la calle principal de Nitchidorf, es ciertamente anodina. Verde, construida en adobe, parece erigirse contra la misma voluntad del tiempo, ajena a las miradas desdeñosas de "los perros y gatos, a los que, como se cruzan entre sí hace decenios, resulta imposible distinguir unos de otros", según describió Herta Müller en En tierras bajas (Siruela), helador recuento, entre gélido, opresivo y onírico, de la infancia de la autora en este confín de Rumania. "Detrás de la casa balbucea el arroyo, el guijarro apremia, las piedras oprimen".

Aquí, en esta pequeña y agonizante aldea de mil habitantes y calles anchas, donde el frío y el viento hielan la sangre incluso en días de sol como el de ayer, se crió la premio Nobel de Literatura. Aquí creció, nieta de agricultores y comerciantes que perdieron sus propiedades con la llegada del régimen comunista; hija de un miembro de las Waffen SS y de una deportada a un campo de trabajo de Ucrania. Y su antigua casa aún existe, aunque sea contra la voluntad de sus cimientos.

La escritora huyó del totalitarismo rumano en 1987 rumbo a Alemania

De aquí huyó de las garras del totalitarismo, tema central en su obra, en 1987. Partió rumbo al sueño de libertad de Alemania Occidental y ahogada en la aplastante conciencia de pertenecer a una minoría germana de suabos. Llegados hace poco más de tres siglos para trabajar el campo durante la ocupación del imperio austrohúngaro en Rumania, Müller y los suyos se vieron abandonados a su suerte por el azar de la historia de Europa Central en la Rumania de Ceausescu. "Hay unas 70 viviendas en ruinas de alemanes en esta localidad de las que el Ayuntamiento no se puede hacer cargo", explicaba ayer el alcalde de Nitchidorf, Ioan Mascovescu, en un paseo por el poblacho, a 30 kilómetros de Timisoara, al oeste de Rumania. "Ni puede venderlas ni tampoco hay fondos para restaurarlas. Ésta, en concreto, fue nacionalizada cuando Herta se mudó a Alemania. Después se vendió a otros alemanes que decidieron marcharse y, en la actualidad, hay un departamento escolar".
Caminando por sus calles, sintiendo la leve caricia de las miradas esquivas, el forastero piensa en la sentencia de Windisch, uno de los protagonistas de El hombre es un gran faisán en el mundo (Siruela). "El final está aquí. Desde que se propuso emigrar ve el final en todos los rincones". Sus viejos conciudadanos son gente "poco dada a hablar del doloroso pasado" y mucho menos aún a dejarse atrapar en la irreversibilidad de una fotografía. Lo más que aciertan a decir es: "Ceausescu vendió el premio Nobel a los alemanes por 8.000 marcos [unos 4.000 euros]".
Es un clamor que se escucha estos días por toda Rumania. Y una inesperada adición a la lista de querellas de la nación con su viejo dictador. El régimen aniquilador de voluntades cambiaba visados de sajones por dinero alemán. Era sólo otra forma de expulsar a "los extranjeros". El precio lo fijaba la cualificación de cada individuo, según fuentes que investigan los archivos del periodo comunista. Ése fue el caso de Müller. Y así fue como dejó Nitchidorf para no mirar atrás: "Me quiero marchar de este dedal de pueblo donde las piedras tienen ojos", relata Müller en su última novela Todo lo que tengo, lo llevo conmigo. "No tenía mucho miedo sino una impaciencia secreta; tan sólo quería irme a un lugar donde nadie me conociera".
En cierto modo, lo logró. Ya son muy pocos aquí los que la recuerdan. Los que podrían hacerlo o bien murieron o bien regresaron a Alemania. Además, no es uno de esos pueblos a los que el siglo XXI respete; eminentemente agricultor, aún se puede ver a los caballos tirar de los carros y a las fuentes (más de 20) repartir agua potable.
Sólo un puñado de los que compartieron la infancia con la escritora reside aún en Nitchidorf. "Tras la clase de gimnasio", explica Eugenia Dragan, antigua compañera de estudios, "solíamos estudiar juntas lengua rumana. Herta sentía que no la dominaba, así que yo la ayudaba".
Tampoco nadie recuerda la última visita de Herta a la aldea. En 2005, las autoridades locales le propusieron cambiar el nombre de la escuela por el de Müller. La escritora, que se encontraba en Timisoara para el lanzamiento de una novela, lo rechazó con violencia. "No quiero que me identifiquen con otra cosa que no sea con mi escritura', dijo ella", según Annelise Ivan, profesora de la escuela de Nitchidorf.

"La Securitate robó mi vida durante mi juventud y me la sigue quitando"


"La Securitate, policía secreta rumana, me robó mi vida durante mi juventud y me la sigue quitando en la actualidad acaparando mi tiempo con mis libros", declaró recientemente Müller a un periódico rumano. Sufrió la tortura, el terror, la angustia del control. Al emigrar descubrió que su mejor amiga de la infancia colaboraba con la Securitate, como otros tantos miles de niños y adolescentes. "Al menos, una de las preguntas más dolorosas ha sido respondida", escribió cuando descubrió que Jenny, su compañera de escuela, formaba parte del "sistema de amor y traición" del aparato político. Su cometido era averiguar sus actividades cotidianas, desde cuando se levantaba hasta que se acostaba, dónde y qué compraba. "En sus libros, la temida policía no es sólo una institución, sino que está revestida de todos los atributos del mal humano, desde la humillación y acoso, hasta el miedo, la tortura y la muerte", explica la traductora al rumano de sus obras, Nora Iuga.
En aquellos días, las palabras le servían de rendijas por las que asomar la cabeza y respirar. "Müller amaba la literatura. Pero más a Goethe que al insigne poeta rumano Mihai Eminescu", recordaba ayer otro ex compañero de colegio, Anton Kohl. "Mi hermano la inició en las profundidades de la literatura, le pasaba libros en alemán".
Ahora que la Academia Sueca ha consagrado su obra, un verdadero monumento a la voluntad humana, aquello adquiere en las callejuelas de Nitchidorf un extraordinario sentido. Una lógica que, por esta vez, aplasta a la sinrazón del autoritarismo. Por más que las raíces de Müller estén cuidadosamente arrancadas de Rumania. Incluso por ella misma. La Nobel escribió recientemente en Die Zeit que aún siente que el pasado revive en el país. Y por eso nunca regresará. "La Rumania poscomunista no se ha quitado las máscaras del horror comunista. Y la más pérfida sigue siendo la delación y, la más cruel, los intentos de aniquilar la intimidad".

fuente:elpais.com http://jmarconsusescribanias.blogspot.com

1.10.09

Pamuk: "Hay cosas más importantes que la felicidad"

ENTREVISTA
Orhan Pamuk, premio Nóbel de Literatura en 2006, publica 'El museo de la inocencia'

Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en el 2006, reside estas semanas en una espaciosa casa de Cambridge, a las afueras de Boston. Le ha llevado hasta allí una serie de lecturas que pronuncia en Harvard, donde ha comentado con este diario su nueva novela, la primera del autor turco desde que fue consagrado en el templo de los más grandes. Es una novela sobre una locura de amor, pero también sobre su ciudad, Estambul, de la que, con la excusa de las clases, se ha alejado.
Ha dicho que los libros son una segunda vida para los lectores, ¿y para el escritor?

No, estás en el medio. La literatura te permite vivir mundos alternativos. No te olvidas del tuyo pero tienes otra vida, que hace al primer mundo más inteligible e interesante. El mundo novelístico mejora al otro. Escribir novelas es buscar un sentido a la vida.

En las lecturas que hace en Harvard, pone el acento en lo que denomina naif –ingenuo– a la hora de escribir y leer, en oposición a lo sentimental o más artificial. ¿Es usted naif?

Lo naif tiene más que ver con no cuestionarte lo que haces. Yo sostengo es que un novelista debe ser las dos cosas.

Sus lectores occidentales ¿son más ingenuos que los lectores turcos?

Cada lector es ingenuo, pero por motivos diferentes. Hay lectores occidentales que cogen de forma literal lo que digo sobre el islam, y a la inversa. El occidental lo es por unas razones, ven todos los problemas, pero el turco también. Ingenuo es el que no percibe el artificio en la creación.

¿No ven su burla de la religión?

Nunca me he burlado de la religión. En todo caso he bromeado. Cada cosa es artificial y real a la vez. En esto se basa la comunicación entre lector y escritor. Todo lo que describo en este libro es real, aunque luego esté elaborado. Es lo que he visto en mi vida, en las calles. El contenido de este libro se nutre de mis vivencias, y de mis relaciones familiares.

Tanto que se autocita como uno de los conocidos de Kemal, el protagonista...

Mucha gente me pregunta: "¿Señor Pamuk, usted es Kemal?" No, no soy Kemal, pero no vamos a discutir por eso. Lo entiendo, nuestra vida es parecida: somos de clase alta, disfrutamos los placeres de la vida. Los dos compartimos eso, la incomodidad de ser ricos en un país pobre. Él sale de su grupo social, se individualiza.

¿Descubre otro mundo?

Se individualiza más y eso supone abandonar su egoísmo y, a su vez, desarrollar la capacidad de ser distinto a su grupo.

Del champán y el sexo pasa a una vida menos sofisticada, de la frivolidad a la dignidad.

Es una novela diferente a las que siguen los cánones en Turquía, las que desde oriente se dirigen a occidente, con temas como el de la joven pobre que se hace actriz y acaba de prostituta. Mi libro va en el sentido contrario, de oriente a occidente. Kemal no hace este camino de forma triunfante.

Kemal, a pesar de todo, dice que ha tenido una vida feliz...

Vida y felicidad son las dos palabras con que se abre y se cierra el libro. Empieza con Kemal recordando el momento más feliz de su vida. Y acaba así. La primera frase pasa sin problemas, todo el mundo la considera probable. La última ya es más problemática, porque se lee en un contexto en que muchos considerarían que Kemal ha llevado una vida de lo más infeliz. Y desde determinados puntos de vista lo es, muchos de sus antiguos amigos burgueses se apiadan de él. El lector decidirá si ha sido feliz o no.

Hace años que la escribe, pero es la primera novela tras el Nobel, ¿ha cambiado su vida?

En el discurso dije que no me cambiaría, pero sí. Tengo más lectores. Se ha incrementado la cuenta bancaria y los e-mails. Pero en mi dedicación a la literatura tengo también un compromiso mayor. El premio me hizo un hombre feliz, y ocupado.

¿Desde el escándalo por la condena del genocidio armenio, no vive en Turquía?

Sigo en Turquía, sí, pero paso mucho tiempo dando clases en el extranjero, tengo que resignarme a llevar guardaespaldas. Pero creo que no se deba a tanto a mis posicionamientos políticos como al hecho de ser premio Nobel y tener tanta visibilidad.

¿No habla de política?

Seguiré hablando de política siempre que me parezca, en eso no soy como Kemal, y me alegro. A Kemal sólo le interesa, sólo busca la felicidad. Yo no soy así. Yo creo que la felicidad no lo es todo en la vida. Hay personas para las que lo importante en la vida es cumplir unos objetivos antes que sentirse felices.

Usted escribe que los museos son la esencia de la cultura occidental...

En 1975, que es cuando empieza la novela, en Turquía no había museos que no fueran los del Estado, muy aburridos. Desde entonces se ha progresado mucho, los ricos han empezado a coleccionar y a exponer. Si esto es una prueba de modernidad, también se ha de decir que Europa ha continuado modernizándose.

Turquía y Europa, ¿una relación imposible?

Las puertas se han cerrado y las perspectivas son malas, la oleada conservadora en Europa, con Merkel en Alemania y Sarkozy en Francia, o la misma Turquía que no ha hecho los deberes en materia religiosa y libertad de expresión... Y más allá de gobiernos, hay una cuestión cultural.

fuente:lavanguardia.es http://jmarconsusescribanias.blogspot.com