Mostrando entradas con la etiqueta méxico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta méxico. Mostrar todas las entradas

9.2.10

Triunfo Arciniegas, revisitado


"Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana, un despistado. Me inquieta el amanecer como a los vampiros, temo a la soledad y el olvido. De pocos amigos y pocas palabras, busco la niebla y los lugares solitarios".

Así comenzaba el retrato hablado que Triunfo me mandó por correo desde Pamplona cuando lo entrevisté para la revista Espantapájaros hace muchos, pero muchísimos años. (En esa época, aunque ahora parezca inconcebible, no existía Internet y sus palabras llegaron en un sobre lleno de estampillas). Lo curioso era estar ahora, después de tanto tiempo, recordando aquella profesión de fe: "Soy un imaginador, es mi oficio". Cómo se las arreglan ciertas frases para grabarse en la memoria, pensé, a medida que desempolvaba los viejos ejemplares que sobrevivieron a los trasteos y a las manos de los niños. ¿Cuántos cumpleaños habían pasado? ¿Cuántas historias, cuántos inventos, cuántos sueños?

Guiada por la necesidad de reconstruir el autorretrato de mi amigo, me fui detrás de aquel rastro de palabras. Y quiso la fortuna que, entre los pocos números de la revista Espantapájaros que conservo —en papel, aclaro, porque cada página sigue guardada en mi memoria—, apareciera el ejemplar número 11, fechado en 1992. Habían pasado 17 años desde aquella entrevista y habíamos cambiado de milenio, pero los rasgos esenciales del retrato se mantenían idénticos. Como solemos decir, casi siempre en tono adulador a quienes reencontramos después de muchos años, sentí la tentación de repetir la frase hecha: "pareces un retrato". Y no se trata de una simple anécdota ni de un dato aleatorio, porque una de las características que asocio con Triunfo Arciniegas es esa coherencia a toda prueba; esa envidiable claridad para saber qué es y qué no es, sin extraviarse en las trampas de la falsa popularidad ni de los trabajos por encargo. Aun en los momentos más difíciles, la terquedad de Triunfo, o quizás la fuerza de su nombre —pues nunca fue tan cierto que el nombre modifica lo nombrado—, lo ha hecho perseverar en el oficio de imaginador, sin concesiones ni imposturas.

Con la revista entre las manos, seguí leyendo sus palabras: "Quisiera volar de noche, tocar el saxofón y conocer París con una mujer. Soy piscis y detesto los cumpleaños. Tengo infinidad de gustos: dibujar, escribir cartas, leer historias de amor, coleccionar libros y revistas, el jugo de mandarina, el chocolate con galletas, el ron con Coca Cola, la comida de mar. Me gusta perder el tiempo. Quisiera ser un gato". Pensé que quizás lo único que le había faltado en el inventario de gustos y deseos de esos años era su afición por la fotografía y, más exactamente, por las fotos de personas. O quizás no, pues otro rasgo de Triunfo es esa manera suya de ir por la vida, poco importa si lo hace armado de una cámara o de un lápiz, robando rostros y conversaciones y observando detalles de los que nadie se percata, hasta que luego salen a la luz. Es un peligro andar con él y es un peligro verlo tan callado, como esos niños que guardan silencio en el cuarto de al lado, pues su silencio "triunfal" suele ocultar alguna travesura. Recuerdo que una vez nos invitaron a almorzar a la casa de unos amigos en Coyoacán y Triunfo, cámara en mano, nos iba retratando. Yo, que suelo ponerme nerviosa con las fotos, no me di cuenta de que, entre plato y charla, él fue robándonos el alma. Tal vez es eso lo que hace con los niños de las veredas por las que viaja haciendo talleres de literatura y de teatro: les saca la expresión, les roba el alma.

"La exploración del alma", como él mismo la llama en el folleto de presentación de una muestra fotográfica de niños que hizo en 2007 y que saltó también, entre mi colección particular de objetos de Triunfo que atesoro, puede brindar algunas pistas para entender su arte poética: "La fotografía es memoria y encierra miles de palabras...", escribió. "De pronto olvidamos la máscara, la pose, el artificio, y en una foto se nos escapa el alma. Alguien nos sorprende con una lágrima a punto de escapar, con los ojos al borde del abismo, visitando los cuartos de la vida cerrados para siempre". En esos cuartos de la vida por los que Triunfo Arciniegas merodea como un gato, apenas sin ser visto, se oculta el material de sus historias. Alguna vez me confesó que aprendió a escribir diálogos por física necesidad vital, pues era un niño extremadamente tímido. (Algo me dice que todavía lo es). Entonces quería saber cómo se las arreglaba la gente para tener conversaciones cotidianas y se sentaba a hurtadillas detrás de sus compañeros, tratando de robar esas palabras con las que todo el mundo llena horas enteras de charla intrascendente. Y así, copiando en un papel lo que decía la gente, descubrió la materia prima de la que están hechos también sus personajes. A veces pienso que Triunfo escribe con las orejas, pero no me refiero a un facilismo para hacer frases "sonoras y bonitas", sino de una sutil habilidad para captar matices con un oído fino, como escudriña rostros cuando anda con su cámara: "La foto es puro ojo. De nada sirve una cámara si no se tiene el ojo. Sigiloso y paciente, como el cocodrilo, espero que se olviden de la cámara. Espío y espero". Ojo avizor y oído atento: quizás es eso mismo lo que hace cuando escribe.

Sus libros son tantos que requieren un anaquel completo de la biblioteca. En la mía, están organizados por orden de estatura, pues hay desde libros para bebés, hasta otros que conviene mantener lejos del alcance de los niños. Aquí entre nos —y que no salga de estas páginas—, algo me dice que lo mejor de Triunfo Arciniegas aún está sin editar debidamente y que se oculta entre los pliegues de esa sonrisa suya, medio sonrisa y medio mueca, en la que no han reparado los editores, por esa manía de etiquetarlo en la categoría de "literatura infantil", que a tantos nos resulta tan difícil traspasar. Quizás es esa mueca la que captan los niños y la que le agradecen, pues él los trata como "gente", y no como las tiernas criaturitas que han fabricado los adultos. De nuevo, sus palabras ayudan a ilustrarlo: "Si bien en algunas tomas los niños enfrentan la cámara y se saben observados, en otras atrapo a hurtadillas el instante, la puerta entreabierta a otros mundos, el rastro que dejan los ángeles cuando nos visitan". Yo añadiría que no sólo de ángeles están pobladas sus ficciones, sino que más de un demonio se oculta detrás de esas "puertas entreabiertas a otros mundos" que ofrece Triunfo a los adultos y a los niños. Y pienso que la edad es un dato irrelevante para él, pues todo indica que escribe para esa categoría de gente que responde a un vocablo más flexible y más liberador: el de lectores.

De vez en cuando me da por mirar las palabras y los dibujos puestos por Triunfo en las dedicatorias de los libros que me ha regalado y, aunque sospecho que a todas sus amigas les escribe las frases perfectas para hacerlas sentir tan únicas como esa rosa que cuidaba el principito en su planeta, me resulta inevitable ceder a los encantamientos de este imaginador, como si fuera una de las Mujeres muertas de amor de sus "cuentos para adultos". Ahora mismo, desde mi mesa de trabajo, evoco el ritmo incierto que marca sus apariciones y el ritmo también impredecible de sus desapariciones, y me pregunto en dónde andará: si está sumido entre la niebla de Pamplona, si está de viaje en Buenos Aires, o si tropezaré con él en alguna feria del libro, vaya uno a saber en qué lugar. Tal vez cuando aparezca me contará, como hace siempre, que estuvo viviendo en un pueblo de México o la Pampa, con una mujer que lo albergó unos meses. Y aunque confieso que jamás he sabido bien qué creerle, mi única certeza es que, en esa bisagra entre ficción y realidad, nos la hemos apañado para inventar una complicidad extraña que nos ayuda a compartir las preguntas y los fantasmas de este oficio solitario. Me gusta verlo llegar, como si fuera un marinero, trayendo mil historias que amarra como las cuentas de un collar hecho con piedras de sitios remotos, y siempre con un libro nuevo bajo el brazo, que vuelve a regalarme y me vuelve a dedicar. Y a pesar de que han pasado tantos años, a veces pienso que apenas lo conozco y a veces pienso exactamente lo contrario: con él, uno no sabe nunca a qué atenerse. Quizás, parodiando al mismo Triunfo, cabe la posibilidad de que me lo haya inventado. A fuerza de desconocerlo y de reconocerlo en lo que escribe, entre la magia y el silencio, cabe la posibilidad de que haya tenido que inventármelo para escribir este retrato.

fOTO; fUENTE:Letralia.com

Bogotá, mayo de 2009

9.1.10

La 'vuelta a la vida' de Harold Pinter

Lady Antonia Frasier, que compartió 35 años con el autor y es por sí misma una consagrada biógrafa e historiadora

Antonia Fraser, viuda de Pinter, en la presentación de su libro en Ciudad de México. | Efe

Antonia Fraser, viuda de Pinter, en la presentación de su libro en Ciudad de México. | Efe fUENTE EL Mundo

Harold Pinter, el dramaturgo británico galardonado con el Nobel de Literatura en 2005 y fallecido de cáncer tres años después, es recordado por su viuda en el libro 'Must you go? My life with Harold Pinter', presentado este viernes en México en primicia.

Lady Antonia Frasier, que compartió 35 años con el autor y es por sí misma una consagrada biógrafa e historiadora, recordó con amor y humor la figura de su marido, en un acto que suscitó la atención de la comunidad intelectual de Ciudad de México.

La frase que da título al libro alude a la que Pinter (Londres, 1930-2008) le expresó la noche que ambos se conocieron, cuando ella iba a partir de una cena en la que ambos habían tomado parte, a raíz del estreno de una obra del dramaturgo dirigida por el hermano de Frasier.

El libro, que se publicará en Reino Unido este mes, está conformado a partir del diario que ha venido escribiendo Frasier a lo largo de su vida y de comentarios a posteriori, realizados específicamente para el volumen.

"Después de su muerte me sentí oscura y llena de desesperación, y pensé que no podía seguir así, que tenía que hacer algo, y por eso decidí escribir", apuntó Frasier.

Los años recogidos están nutridos de pequeñas anécdotas, como la de la primera noche que ambos pasaron casados en su domicilio. "Él me leyó algunos de sus textos, y yo me quedé dormida; más tarde hablé con su primera esposa y me dijo que cuando no podía dormir, le pedía a Harold que le leyera", narró.

La última parte del libro narra los casi siete años que el autor estuvo luchando contra el cáncer, hasta que perdió la batalla, y la experiencia por la que pasó su mujer cuidándolo.

Un autor con vocación reivindicativa

Frasier negó que su esposo, conocido por expresar sus opiniones políticas con firmeza, fuese antiestadounidense por haber criticado repetidamente a los Gobiernos de ese país.

"Si no (hubiera hecho esas críticas) su vida en Estados Unidos no hubiese tenido sentido", dijo, y matizó que Pinter se había pronunciado en contra de la política exterior, no de la sociedad de EE.UU.

Para ilustrarlo, relató como el Nobel fue interrogado en el aeropuerto de Miami cuando volvía a su país desde Nicaragua, en la época del encono de EE.UU. contra los sandinistas.

A punto de perder los nervios por las preguntas incesantes de la agente, ésta se declaró admiradora de su obra y le dio la bienvenida al país. "Es una historia que ilustra la diferencia entre un Gobierno y sus ciudadanos", concretó.

"También criticaba al Gobierno británico", añadió sobre el activismo político de Pinter.

Frasier apuntó que su marido escribía solo cuando le llegaba la inspiración, y nunca trabajaba motivado únicamente por un interés económico.

"Pasó un año leyendo a Proust para hacer un guión de 'La mujer del teniente francés', pero nunca se llevó a cabo", rememoró.

Pinter es autor de piezas teatrales como 'La habitación' (1957), 'La fiesta de cumpleaños' (1958), 'El portero' (1959), 'La colección' (1962), 'El amante' (1963), 'Regreso a casa' (1965) y 'El silencio' (1969).

Por su parte, su viuda tiene en su haber biografías de María Estuardo, reina de Escocia, de Carlos II, de Oliver Cromwell, diversos libros históricos y ocho novelas policíacas.

22.11.09

Volpi:"Hoy un escritor latinoamericano debe descreer del compromiso"

ENTREVISTA

El autor se considera uno de los pocos que todavía se interesan por la política.

ELEGIDO. Jorge Volpi fue señalado por Carlos Fuentes como uno de sus sucesores literarios
Del pelo largo y la actitud rockera, al look cool o nerd. De la colección amarilla de Gallimard a la del mismo tono de Anagrama. De los debates iracundos sobre política en la universidad a miles de posts en la blogosfera. Del realismo mágico al realismo y la ciencia ficción; de Gabriel García Márquez a Santiago Gamboa y de Mario Vargas Llosa a Iván Thays: ¡vaya si ha cambiado el perfil del perfecto y joven escritor latinoamericano!"

El que ilustra y grafica un poco en broma, un poco en serio, la hilarante cartografía literaria regional es el mexicano Jorge Volpi, integrante de esta casta; la de los escritores nacidos a partir de 1965, ya no tan jóvenes. Hace unos años, Volpi estuvo entre los cinco escritores que Carlos Fuentes eligió como sus herederos literarios.

De paso por Buenos Aires, adonde vino a presentar El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América latina en el siglo XXI -que le valió el Premio de Ensayo Debate-Casa de América- Volpi habla detrás de sus ojos diminutos sobre la literatura latinoamericana, o -como prefiere decir- "la literatura que hoy se escribe en América latina".

Para él -escritor y director de un canal de televisión-, la idea de una literatura continental murió con el chileno Roberto Bolaño, "el último escritor latinoamericano".

¿Por qué?

Bolaño sí tenía esa convicción de estar respondiendo a la tradición latinoamericana. Él conocía bien lo que pasaba en la tradición literaria argentina, chilena, colombiana o mexicana y le importaba pelearse con esa tradición.

En cambio ahora...
Se buscan otras tradiciones, otros autores, otras influencias, de manera que ya no hay rasgos claros de lo latinoamericano, excepto en aquellos escritores que temáticamente retratan los principales conflictos sociales actuales; que eso sigue existiendo.

Si antes el compromiso era un deber ser, ¿hoy el deber ser no es justamente ser apolítico?
Sí. Para ser escritor latinoamericano ya no hay que estar comprometido con la izquierda. Ahora hay que descreer de cualquier compromiso político, y hay que estar vinculado con el mayor cosmopolitismo posible. Somos excepcionales los que nos interesamos todavía por lo político.

Muy lejos está Volpi de afirmar que todo tiempo pasado fue mejor. Simplemente argumenta que se acabaron los grandes discursos y con ellos los sumos pontífices. "Ahora hay una enorme pluralidad -o un enorme caos- de temas y de propuestas. El que haya estos contrastes hace que la literatura que se escribe en América latina viva un momento interesante, desde las propuestas minimalistas de Mario Bellatín hasta algunas novelas totalizadoras de Santiago Gamboa".

Pero ambos y los que cita en su libro, como los argentinos Mairal, Kohan, Guillermo Martínez y Pablo de Santis, pertenecen a los canales de distribución masiva? ¿No pasa nada más?
Por supuesto. Pero la concentración editorial en España provocó que prácticamente tres empresas dominaran todo el mercado editorial en lengua española, apabullando a los editores más pequeños. Sin embargo, el fenómeno comienza a revertirse. Cada vez hay más editoriales pequeñas. La paradoja es que lo que no se ve, no existe, y para un lector común es difícil encontrar aquellas grandes obras que están sepultadas en editoriales muy marginales. Es muy raro que un escritor notable se mantenga permanentemente dentro de esas pequeñas editoriales. Para un latinoamericano publicar en editoriales españolas significa la única forma de escapar de su jaula nacional y de ser leído en los demás países de la región.
fuente: Revista Ñ

16.11.09

Inagotable profusión de Fuentes

Adán en Edén tuvo su presentación "mundial" en la Feria del Libro de Santiago. A sus ochenta y un años (cumplidos durante su viaje a Chile), el reconocido escritor mexicano sigue tan activo como en sus mejores momentos, viajando y preparando sus próximas obras.


Patricio Tapia

Celebrado, criticado, homenajeado, hostigado, Carlos Fuentes (1928) prosigue escribiendo, como si los ataques (que son más espaciados) no le quitaran ánimo ni los agasajos (más comunes), tiempo. En noviembre del año pasado, con ocasión de cumplir los 80 años, se planearon y efectuaron diversas actividades, desde reediciones y colecciones de sus obras hasta una serie de festejos (que requirieron comités de organización) para una trayectoria tan amplia como distinguida. Fuentes no sólo es uno de los grandes supervivientes del boom de la literatura latinoamericana y uno de los escritores más célebres en el mundo, sino también un autor comprometido en causas políticas, cuya movida vida pública (conferencias, entrevistas) explican, tal vez, su figuración más allá de lo estrictamente literario.

De la narración al cine

La obra de Fuentes es amplia, considerando que ha escrito en una variedad de géneros: teatro, guiones de cine, periodismo, memorias, ensayos, desde los literarios a los de artes plásticas (en el proyecto de Obras reunidas que está publicando el Fondo de Cultura Económica en catorce gruesos volúmenes, hay uno dedicado al teatro y cuatro al ensayo). Tan sólo en el ámbito narrativo, su producción comienza en 1954 con Los días enmascarados y desde entonces ha publicado un conjunto de relatos y novelas tanto experimentales como clásicos, que pueden ser muy breves o larguísimos, relacionando el realismo con lo mítico, las situaciones individuales con las nacionales, e ir de las referencias ultraliterarias a las del melodrama. Las dimensiones crecientes y desbordantes de esta labor lo llevaron a intentar darle un orden a su obra narrativa, englobando el conjunto de ella bajo la denominación "La edad del tiempo" y organizándola en ciclos (que ahora son 15), integrando los libros anteriores y presentando cada nuevo título como una entrega más del total en progreso. En 2008 publicó una gran novela -cuando menos en extensión, pues tiene más de 500 páginas-, La voluntad y la fortuna , seguramente importante para el propio Fuentes, pues configura ella sola el ciclo VIII de "La edad del tiempo" y que es, entre otras cosas, la historia de dos amigos, Josué -cuya cabeza cortada hace las veces de narrador- y Jericó, que crecen muy unidos, pero se separan cuando uno se adentra en el mundo empresarial mientras el otro se dedica a la política. Un año después publica una novela más breve, Adán en Edén -cuarta parte del ciclo XII, "El tiempo político"-, en donde un arribista, Adán Gorozpe, que ha logrado trepar al poder económico, explora la posibilidad de entrar en la arena política, instigado por otro Adán (un levemente siniestro encargado nacional de seguridad). En ambas novelas la suspensión voluntaria de la incredulidad de que hablaba Coleridge, se lleva una gran golpiza. Ambas, por otra parte, están atravesadas por temas comunes.

La presentación de Adán en Edén en la Feria del Libro de Santiago es "mundial", la primera, incluso antes que en México. Al efecto, Fuentes emprendió su viaje a Chile, el mismo día de su cumpleaños (un 11 de noviembre). A los 81, luce tan jovial y lúcido como siempre.

-Aunque los medios de transporte son más rápidos, salió de México con 80 años y llegó a Santiago con 81.

-Sí, gané un año, o perdí uno, ¿quién sabe? Pero como llegué a Chile cuando tenía once años, siento que nunca me he ido.

-¿Y hubo alguna celebración o ya está harto de ellas?

-Sólo una muy íntima, con mi esposa, en el avión: tomamos una copa de champagne y listo. Ella se extraña de que siga celebrando mi cumpleaños porque las mujeres ya no lo hacen.

-¿Qué prefiere: la voluntad o la fortuna?

-Ambas. El título se basa en la tríada de Maquiavelo: la voluntad, la necesidad y la fortuna. Pero "necesidad" es una mala palabra para un título. Cuando la pensaban traducir al inglés proponían un título en una traducción literal, Will and Fortune , que más bien parecía el título de un dúo de vaudeville. Pero luego tuve un encuentro con el historiador Eric Hobsbawm y él me sugirió otro, Determination and Destiny . Así quedó, y claro que es un mejor título.

-Sus dos últimas novelas están narradas en primera persona, lo que no es común en su obra. ¿Alguna explicación?

-No tengo ninguna explicación. Fue una exigencia del libro. La novela le habla a uno, le exige cosas. Así como Aura me exigió la segunda persona y me exigieron la tercera otras novelas mías, estas dos me han reclamado la primera persona y, cómo no, se las he dado.

-En ambas hay problemas que se repiten: las relaciones (a veces demasiado íntimas) entre el mundo económico y el político, la presencia del narcotráfico, el recurso autoritario en aras de la seguridad.

-Son, creo yo, problemas fundamentales. Y tal vez principalmente el último. En América Latina, terminadas las dictaduras militares -apoyadas muchas de ellas por Estados Unidos en el clima de la Guerra Fría- se han establecido democracias que han creado instituciones y procedimientos para tratar de saldar una cuenta pendiente con quienes viven en la pobreza y la desprotección. Pero en el intento por cumplir las obligaciones para superar ese déficit social, nuestras democracias podrían caer en la tentación autoritaria para lograrlo más rápidamente, pero los autoritarismos han demostrado que no solucionan nada y normalmente empeoran las cosas.

-Aunque "La voluntad y la fortuna" es narrada por una cabeza, su tono es más bien épico, pero "Adán en Edén" tiene mucho de farsa...

-A decir verdad, quise que tuviera mucho de periodismo. Pero es cierto que hay un primer plano de farsa o cómico para nivelar el fondo oscuro, criminal y trágico del narcotráfico. Pero no quería escribir un documental sobre el contrabando o el narcotráfico y por eso aparecen las figuras algo cómicas del suegro del protagonista, el Rey del Bizcocho, o su esposa, la Reina de la Primavera, que da bofetadas a sus sirvientas sin motivo alguno. Es también la farsa propia de los malhechores, de su actuación criminal y farsesca.

-En los dos libros hay un personaje que se repite, Filopáter.

-Eso responde a mi admiración por Balzac, en cuyas novelas reaparecen los personajes, cambiados por el paso del tiempo. Es un recurso muy propio de la novela y más aún en una novela, como la mía, que se encaja en un mural más amplio, llamado "La edad del tiempo". Filopáter es un sacerdote colombiano, que será maestro de varios guerrilleros.

-Es de suponer que su novela sobre Carlos Pizarro, el guerrillero colombiano, estará avanzada.

-Está terminada e interminable. Nunca acaban de ocurrir cosas en Colombia que cambian la perspectiva. Carlos Pizarro era parte de una guerrilla muy heroica, muy ideológica, previa a la contaminación del movimiento guerrillero con el narcotráfico. Y como no cesan de ocurrir cosas que cambian la forma de mirar los hechos, tengo que detenerme en algún momento, en la muerte de Pizarro, pero aún no llego a ese punto.

-Habrá que esperar entonces para "Prometeo o el precio de la libertad", su novela de ambiente chileno.

-Esa me cuesta más todavía. En realidad tengo varias novelas "prometidas", pero lo próximo que publicaré es una recopilación de ocho novelas breves, con el título de Carolina Grau , y un libro de ensayos en inglés sobre la novela latinoamericana.

-¿Será este libro en inglés una puesta al día de "La nueva novela hispanoamericana"?

-En parte, sí, pero añado mucha gente nueva: a varios autores colombianos, a Arturo Fontaine, a Tomás Eloy Martínez. El libro me lo pidió la Universidad de Texas y reúno textos antiguos y nuevos. Es una selección mía, según mis lecturas. No abarca tanto como Jorge Volpi en su último libro, que menciona a escritores que yo no he leído siquiera.

-En su "Geografía de la novela" también se ocupaba de autores europeos. ¿Podría indicar algunos "accidentes geográficos" interesantes en la novelística mundial?

-El gran crítico francés Roger Caillois señaló alguna vez que la novela de la primera mitad del siglo XIX correspondía a los europeos; la segunda mitad del XIX, a los rusos; la primera mitad del XX, a los estadounidenses y la segunda mitad del XX, a los latinoamericanos. Pero no es tan así, pues la segunda mitad del siglo XX también pertenece a los sudafricanos, los hindúes, los paquistaníes, los árabes, etc. Hay, por supuesto, grandes escritores europeos, como Günter Grass o Juan Goytisolo, pero no existe la centralidad de un solo lugar, y la novela en parte se ha desplazado hacia el Tercer Mundo.

-En "Adán en Edén" aparece un personaje, un gran poeta, de apellido monosilábico, que dictamina sobre las letras del país, que tiene revistas y camarillas de seguidores. ¿Está inspirado en alguien real o es sólo un producto de la imaginación?

-Está inspirado en muchos. Está inspirado en los caracteres de La Bruyére, quien delineó los diversos tipos humanos en la Francia de Luis XIV. Yo intenté hacer algo parecido. En su momento un señor hizo su agosto identificando los caracteres de La Bruyére: éste es tal y ése cual. Espero que no se haga lo mismo con mi novela. El poeta al que va a ver el personaje Abelardo, y que posibilitaría su inserción en el mundo literario, está inspirado en muchos tipos humanos, la mayor parte de ellos imaginarios. Y es, por lo demás, un episodio menor dentro del libro.

-El artista Francisco Toledo, ¿tiene acaso una muy buena memoria? Usted le dedica "Adán en Edén", dice, "por la memoria de ochenta elefantes".

-Lo que pasa es que él me regaló ochenta elefantes dibujados por él. En memoria de ese regalo, le he dedicado la novela.

-En un momento del libro aparecen conversando los escritores Tomás Eloy Martínez y Sergio Ramírez. Uno de ellos comenta: "Una novela interesante se le escapa de las manos al autor". ¿Cree que eso le ha pasado un poco a usted en su libro?

-Espero que me pase. No creo mucho en las novelas que tienen fin. Creo en la obra abierta (como la llama Umberto Eco), la obra que no se cierra y que le permite al lector, de alguna forma, terminar la novela. Es lo que ocurre con Don Quijote y por eso digo que cada lector de Don Quijote es su primer lector. Me interesa dejar ese espacio de apertura, que tiene que ver con la lección cervantina.

-¿Considera que el fracaso es más literario que el éxito?

-No, qué va. Cada quien tiene su vida. Hay escritores que fracasan, otros que prosperan, otros que prosperan y se suicidan (como en el caso de Hemingway). Y, por otro lado, una cosa es la vida literaria y otra la personal.

fuentes:elmercurio.com
Revista Ñ

2.11.09

La guerra y las palabras

¿De qué manera los escritores latinoamericanos narran la lucha armada? Autores
como IvánThays, Horacio Castellanos Moya, Daniel Alarcón y Santiago Roncagliolo, entre otros, reflexionan en sus novelas sobre su posición frente al tema.
SENDERO LUMINOSO. Guerrilleros peruanos capturados en 1983.

Por: Hernán Vanoli
No es novedad que, a lo largo del siglo XX, América Latina se vio atravesada por diversos conflictos entre organizaciones políticas que se levantaron en armas y pasaron a la clandestinidad y dictaduras con Estados que devinieron terroristas. En este marco, los escritores latinoamericanos mostraron un arco de comportamientos y tomas de posición que, de una u otra manera, influyeron en sus literaturas. Hoy, al ritmo en que el panorama histórico de la región se muestra fragmentado, los escritores y las escrituras van tomando diferentes derroteros. Teniendo en cuenta que los ámbitos de valorización de las obras de la mayoría de estos autores son los mercados del libro español y en algunos casos norteamericano, el panorama que los últimos años muestran a la hora de escribir la violencia armada y el propio lugar del escritor permite vislumbrar una variedad inédita de estrategias, puntos de vista ficcionales y modos de pensar la historia que vale la pena revisar.

Detectives

Si el "giro autobiográfico" y las mal llamadas escrituras del yo son algunas de las tendencias más visibles en la narrativa contemporánea, no es raro que encontremos una primera estrategia donde el cruce entre biografía personal y la lucha armada sea el eje narrativo privilegiado. Se trata, en la mayoría de los casos, de textos donde los escritores se posicionan como investigadores, y donde las fronteras de la profesión literaria con el periodismo, lo detectivesco y la historia oficial contada por los organismos de la memoria genera una cierta incomodidad que alimentan los relatos. No es casual que este tipo de enfoques siempre parezcan dirigidos a un lector extranjero de firmes convicciones progresistas, horrorizado con (y fascinado por) el salvajismo latinoamericano. Fernando Vallejo es consciente de ese gesto y por eso puede parodiarlo, y Horacio Castellanos Moya, en Insensatez, ejerce una leve burla sobre el escritor-detective. Sin embargo, también hay casos donde la figura se trabaja con facetas interesantes.

En Un lugar llamado Oreja de Perro, el peruano Iván Thays construye un relato del viaje de un escritor devenido periodista que debe cubrir la visita del presidente a un pequeño poblado andino donde se realizará la apertura mediática de un programa de asistencia social. Sobria y contundente, cae en baches cuando el narrador cuenta su propia vida, pero tiene la virtud de trabajar sutilmente la distancia entre la representación televisiva, el discurso de la "Comisión de la Verdad" y ciertas consecuencias del terrorismo de Estado en el tejido social. Los ecos de la violencia, y sus rastros, van a percibirse a través del relato que el protagonista hace de la galería de personajes que va encontrando en su excursión, donde no faltan un asesinato ni una lúcida descripción de diferentes posiciones con respecto al terrorismo de Estado de parte de la sociedad civil. El personaje-escritor de Thays es un detective involuntario, que viaja por una cobertura periodística y termina descubriendo una trama secreta de la violencia en la que se incluye la permanencia del aparato represivo ilegal y los cuestionamientos hacia sus propios prejuicios de clase.

Algo similar ocurre en El material humano, del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, aunque el narrador no deviene detective sino que arranca como tal, revisando los archivos policiales sobre la represión en su país. En un juego de espejos entre diario personal, material de archivo y conversaciones con funcionarios que participan de las investigaciones estatales sobre la verdad histórica, el mayor hallazgo del texto consiste en que, sirviéndose de la permanente ambivalencia entre realidad y ficción, Rey Rosa también consigue narrar las contradicciones, intrigas y luchas generadas por el hecho de que la materialidad del archivo, sea propiedad de aquellos mismos que son investigados. Aquí, la historia personal y el secuestro de la madre del narrador entran en un diálogo productivo sobre el papel del Estado ante las políticas de la memoria. Y, con una transparencia comparable a la de Thays, aunque quizás con menos autocrítica, Rey Rosa señala las aporías, incomodidades e hipocresías en las que muchos escritores latinoamericanos caen al pensar su rol con respecto a la política.

Interferencias arcaicas

¿Qué tienen en común, entonces, novelas como Angosta, del colombiano Héctor Abad Faciolince, La paz de los sepulcros, del mexicano Jorge Volpi, y Radio Ciudad Perdida, la más reciente del peruano Daniel Alarcón? Con sus particularidades, comparten la construcción de escenarios urbanos, ucrónicos o distópicos pero alejados de las reglas de la ciencia ficción, agrietados por un uso estatal indiscriminado de la violencia, y donde las nuevas formas de dominación encarnan de manera menos espectacular pero quizás más profunda. La conspiración de los poderosos está presente en todas las obras, y en todas los movimientos guerrilleros aparecen como excusas para la manipulación de los recursos y la información por parte de los sectores dominantes. De hecho, la relación entre medios masivos y poder es un eje fundamental en todas estas novelas. Mientras que en la perspectiva algo naive de Alarcón la radio permanece como último elemento vinculante frente a la destrucción de las relaciones humanas, y en Volpi la corrupción romana de los funcionarios se asienta en la enunciación pornográfica propia de la circulación de imágenes en la contemporaneidad, Faciolince elige hacer una suerte de sociología topográfica donde la fe en los libros y el exilio, parecen la única salida para los escritores ante la violencia política. En suma, las novelas comparten algo que las emparenta con la notable Las Islas, de Carlos Gamerro: una construcción de escenarios donde el futuro se escribe lleno de elementos arcaicos, con fuertes continuidades hacia un presente que se proyecta como imposible de superar, y donde la ciudad muchas veces oficia de velado personaje principal.

Pero aunque en estos casos los escritores no dejen de ser representados muchas veces a través de una serie de lugares comunes (como periodistas mercenarios, o con la fatigante figura del escritor mártir), la conexión con sus biografías personales aparece en los paratextos. Alarcón dedica su libro a Javier Antonio Alarcón Guzmán, familiar suyo fallecido en 1989. Faciolince, por su parte, dedica el libro a su propio padre asesinado por comandos paramilitares, cuya historia se cuenta entre líneas. En la contratapa a la edición de 2007 de su novela, Volpi aclara que empezó a escribir La paz de los sepulcros en un viaje a Oaxaca en febrero de 1994, apenas un mes después del levantamiento zapatista y poco antes del asesinato del candidato a presidente del PRI Luis Donaldo Colosio, ocurrido en marzo de ese mismo año en Tijuana. Justamente, la novela incluye el asesinato de un importante candidato a la presidencia y la existencia de un mediático movimiento guerrillero.

Desde los géneros

Más allá de la imbricación directa entre historia personal y novela propia de los "escritores detectives", y de las diferentes formas de emergencia de lo biográfico en las obras que construyen un modo de abordaje más ficcionalizado aunque no necesariamente representacional, existen otras modalidades utilizadas por los escritores para abordar la violencia política y su posición frente al tema. La Cuarta Espada, de Santiago Roncagliolo, y a Muertos incómodos (falta lo que falta), escrita por Paco Taibo II y el Subcomandante Marcos, que fuera publicada por entregas entre 2004 y 2005 en el periódico mexicano La Jornada, intentan narrar la violencia política y tematizan el lugar de los escritores desde géneros asentados. La Cuarta espada ingresaría dentro del género editorial de los perfiles, esto es, libros que cuentan vida y obra de personajes mediáticos o famosos. En el caso de Roncagliolo, el libro surge casi como subproducto de la investigación emprendida para Abril Rojo, pero en este caso el escritor "abandona" la literatura para narrar, en primera persona, las peripecias de su investigación sobre vida y obra de Abimael Guzmán, ex líder de Sendero Luminoso ahora en prisión. Aunque el libro fue concebido como un producto comercial, y de hecho sus paratextos juegan a favor de esta lectura, no son muchas las diferencias con las novelas mencionadas anteriormente. En todo caso, lo que se narra además de la traumática historia de un movimiento como Sendero y de una personalidad como la de Guzmán, es el tránsito desde una posición ideológica muy marcada por parte del escritor cuya experiencia personal va siendo resignificada a medida que la investigación avanza.

Inscripta en el género policial, Muertos incómodos presenta una serie de curiosidades. El Subcomandante Marcos (bautizado por Regis Débray como "el mejor escritor latinoamericano vivo") invitó a Paco Taibo II a escribir la novela, que terminó formando parte de la serie del detective Belascoarán Shayne, personaje con el cual Taibo había escrito ya más de nueve libros. De naturaleza clásica, lo más interesante del libro está ubicado en la confluencia de la publicidad para el EZLN, el compromiso político de Taibo y el hecho de que ambos autores ceden las regalías y los derechos a una ONG de Chiapas. Hecho social y periodístico además de literario, la novela sirve también para que Marcos polemice con ciertas versiones oficiales sobre el movimiento zapatista. Así, el libro desmiente la versión del difundido La Rebelión de las Cañadas. Origen y ascenso del EZLN, y su autor, Carlos Tello Díaz, es acusado de trabajar a sueldo del ejército mexicano con el objetivo de desprestigiar al movimiento.

Queda en claro, entonces, que muchos son los abordajes y las posiciones que los escritores asumen frente a la realidad histórica que los atraviesa. Muchas veces, la mayor ambivalencia no significa, necesariamente, mayor inteligencia para pensar lo político, sino que funciona como mecanismo para eludir la reflexión sobre la propia posición. Pero también es cierto que, como se dijo en una discusión de blogs, ante el terrorismo de Estado y la lucha armada antidemocrática, "lo único políticamente incorrecto es el olvido".

fuente: Revista Ñ

1.10.09

El Museo Británico pregunta: ¿Quién mató a Moctezuma?

DIOS DEL SOL. Máscara de mosaico turquesa (1400-1521), uno de los objetos de la exposición Moctezuma: Emperador azteca, que representa probablemente a Tonatiuh, como se denominaba el dios del sol.


El Museo Británico revisa las circunstancias de la muerte del último emperador azteca.

Por: Rafael Ramos

El Museo Británico dedica la temporada de otoño al revisionismo histórico. Con su amplio bagaje de conocimientos en materia colonial - buena parte de su maravillosa colección no estaría en Londres de no haber sido gracias al imperio-,ha decidido investigar a través del arte la relación entre españoles y aztecas, la conflictiva figura de Moctezuma y las misteriosas circunstancias de su muerte.

La recién inaugurada exposición es casi más intrigante que un thriller de Stieg Larsson. ¿Fue apedreado el líder mexica por su propio pueblo después de una matanza de nobles, acusado de colaboracionismo con los invasores? ¿Se suicidó con el orgullo herido, incapaz de soportar su vergüenza, ansioso de redención? ¿O acaso lo mataron los españoles una vez que les había servido el poder en bandeja y ya carecía de toda utilidad?

El British abre de par en par las puertas a esta última teoría conspiracionista, aunque - como diría un abogado defensor norteamericano-basándose exclusivamente en indicios y pruebas circunstanciales, suficientes para elaborar una teoría pero no para pronunciar un veredicto. Ni siquiera se sabe a ciencia cierta qué pasó con su cuerpo.

El principal museo público del Reino Unido - y uno de los más importantes del mundo-se conforma con plantear preguntas sin esperar una respuesta, y lleva a cabo su juicio con la ayuda de manuscritos del siglo XVI, procedentes de Ciudad de México y Glasgow, con ilustraciones que describen a un Moctezuma encadenado y con una soga en torno al cuello, subido a un balcón, cautivo en apariencia del invasor. Es sólo uno de los testimonios, dentro de una ambiciosa exposición que pretende reivindicar la figura del guerrero azteca, denostado como el Chamberlain de su época, que ya fuera por indecisión o error de juicio colaboró con el enemigo y se convirtió en marioneta de Hernán Cortés en vez de luchar contra la agresión imperial que venía de allende los mares.

La fabulosa exposición tiene dos lados, el político y el meramente artístico, que interaccionan y se complementan. El primero, apoyado en documentos como el Códice Durán de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid o el Código Mendoza de Oxford (así nombrado en honor del primer virrey de Nueva España), explora el contexto histórico, las siniestras premoniciones que precedieron a la llegada de los españoles, la importancia de Tenochtitlán como una ciudad de doscientos cincuenta mil habitantes a principios del siglo XVI - algo que no existía en Europa-,el papel del linaje y la religión en la cultura azteca, el expansionismo militar de Moctezuma, los ambiciosos proyectos arquitectónicos...

El segundo son casi un centenar y medio de piezas procedentes de veintitrés museos de todo el mundo, más la propia colección del British. Máscaras, cráneos, una serpiente de dos cabezas con incrustaciones de turquesas, ornamentos rituales, armas, libros, mosaicos, maquetas arquitectónicas (como la del Gran Templo), piezas de orfebrería y la pirámide de piedra volcánica conocida como el Teocalli de la Tierra Sagrada - símbolo del poder de Moctezuma y que por primera vez ha viajado fuera del país-enriquecen una exposición organizada en colaboración con el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

Catorce objetos de oro hallados hace poco en el curso de unas excavaciones han sido interpretados como ofrendas de oro a los dioses a la entrada de una tumba real. "Moctezuma es una figura trágica con una reputación muy ambivalente - dice Colin McEwan, el comisario de la exposición-.Pero nosotros hemos querido mostrar su otra cara, la de un gobernante que reinó durante casi veinte años una sociedad sanguinaria pero enormemente sofisticada para su época, expandió el imperio mexicano con un poderoso ejército, y llevó a cabo un gran programa de monumentos públicos hasta que por mar llegaron unos extraterrestres con yelmos, armaduras y trajes brillantes, y su mundo se vino abajo".

Cobarde o valiente, héroe o villano, colaboracionista o resistente, traidor o mártir, Moctezuma provenía de una tradición imperial y tenía una agenda de poder que chocó frontalmente con la de Hernán Cortes y los ejércitos españoles. Fue una colisión titánica cuyas chispas han llegado siglos después a Londres, y prenden ahora en el Museo Británico.


El Museo Británico mostrará a Moctezuma tal como lo vieron sus súbditos
© La Vanguardia y Clarín

http://jmarconsusescribanias.blogspot.com

25.9.09

Bolaño: un mito en construcción.

Los críticos de Estados Unidos lo transformaron en la gran marca de la literatura latinoamericana. Su novela Los detectives salvajes destronó a Cien años de soledad . Gael García Bernal lo interpretará en el cine. Quién era y qué peligros enfrenta su obra en la era del marketing .





Por Leonardo Tarifeño
La tarde del 7 de febrero del 2003 hablé con Roberto Bolaño por última vez. Yo vivía en México DF y era coeditor de El Ángel , la revista cultural del diario Reforma , para la que él colaboraba con cierta regularidad. Esa tarde había muerto Augusto Monterroso, y mi jefe me ordenó reunir testimonios de distintos escritores sobre el gran cuentista guatemalteco, exiliado en México desde 1944. Bolaño era amigo de la casa, admiraba cierta literatura exquisita emparentada con la de Monterroso, conocía de primera mano la cultura mexicana y también sabía, como el autor de "El dinosaurio", lo que significaba vivir y escribir muy lejos del país natal. Para mí, llamarlo era una buena idea; para él, no tanto. Me atendió con afecto y franqueza, como siempre, y muy amablemente declinó la invitación. "Además, la próxima necrológica que te toque escribir va a ser la mía", me dijo, con un tono que entonces no supe si era de tristeza o ironía. No lo tomé en serio y le pedí que, si estaba tan seguro, la escribiera él y me ahorrara el trabajo (y el disgusto, debí agregar). Él insistió, entre risas, y ambos prometimos pensar en el artículo de su muerte. Menos de seis meses después, el 14 de julio de ese mismo año, Bolaño moría en España, víctima de una larga enfermedad hepática.
No sé por qué, esa tarde de julio, mi jefe no volvió a pedirme que reuniera opiniones de escritores, en ese caso acerca del creador de Los detectives salvajes . Yo no cumplí mi palabra, no escribí su necrológica (me gusta y me da miedo pensar que lo estoy haciendo ahora). Bolaño sí cumplió la suya, y de sobra, con 2666 , su monumental novela inconclusa, toda una necrológica enloquecida y brutal cuya última palabra es "México". En otra de las conversaciones que sostuvimos, siempre por vía telefónica, le reclamé que nunca apareciera por su teóricamente queridísimo Distrito Federal. Hasta donde yo sabía, lo más cerca que había estado de volver al país al que le debía, según sus palabras, su "formación intelectual" había sido en 1999, cuando Chile fue el invitado de honor de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Bolaño ya tenía su pasaje y había comprometido su participación en varias mesas literarias, pero a último momento prefirió quedarse en casa y pidió que en su lugar se invitara a Pedro Lemebel. "¿Por qué no vienes, si aquí se te admira, tienes amigos y la ciudad te encanta?", llegué a preguntarle alguna tarde. "Porque no se regresa al lugar del crimen", me respondió, otra vez, con un tono entre irónico y triste. Y otra vez, como si fuera un destino o simple irresponsabilidad, en aquella ocasión yo tampoco lo tomé en serio. Hasta ahora, cuando pienso que "México" fue la última palabra que escribió e intento ver allí una pista que delate al prófugo imposible de atrapar.
Pero, ¿cuál es el "crimen" cometido por Roberto Bolaño? ¿A quién o a quiénes afecta su "delito"? ¿Y qué huellas conviene seguir para absolverlo o condenarlo? En las calles de Barcelona, el esténcil con su retrato compite con los grafitis hiphoperos o las pintadas en favor del nacionalismo catalán. El pasado jueves 10 se presentó en Pekín la traducción al chino mandarín de Los detectives salvajes . En Estados Unidos, 2666 recibió el National Book Critics Award, y Time la eligió como la novela del 2008. Por esos días, la dirección de la cárcel de Huntville, en Texas, le negó el pedido de Los detectives salvajes al preso número 1.385.412, ya que el libro "transgrede el manual de orientación para reos". Un año antes, The New York Times y The Washington Post destacaron a Los detectives salvajes entre las diez mejores novelas de 2007. En octubre pasado, el temido agente literario Andrew Wylie, actual encargado de los derechos de la obra del escritor chileno, dio a conocer la aparición de El Tercer Reich , novela oculta e inédita de Bolaño, de quien su editor español, Jorge Herralde, nunca había tenido noticias. Y hace apenas tres meses se anunció que Gael García Bernal podría interpretar a Arturo Belano (álter ego de Bolaño) en la versión cinematográfica de Los detectives salvajes , dirigida por el mexicano Carlos Sama. El extraño y heterogéneo caudal de noticias a su alrededor y la creciente mitificación de su figura confirman que Bolaño se ha convertido en un fenómeno global de la literatura latinoamericana, un impacto que en términos de aceptación crítica en otras lenguas sólo parece comparable al que en su día conquistó Gabriel García Márquez con Cien años de soledad (1967). Si lo de Bolaño fue un crimen, hay motivos para pensarlo como un crimen perfecto.
¿Y sus huellas? Para aquella FIL de 1999, Bolaño rechazó el viaje a Guadalajara pero no la invitación a escribir un artículo en una edición especial del suplemento cultural Hoja por Hoja , en ese momento la principal publicación de la feria, de distribución gratuita. El motivo de su artículo era José Donoso, por cierto uno de los escritores ampliamente homenajeados en aquel encuentro. El texto de Bolaño, "El misterio transparente de José Donoso" (compilado en Entre paréntesis ), empieza de la siguiente manera:
Me cuesta escribir sobre Donoso. En casi todo estoy en desacuerdo con él. Cuando agonizaba, leí que pidió que le recitaran "Altazor", de Huidobro, y la imagen de Donoso en una cama de la que ya no iba a salir, escuchando los versos de "Altazor", me pone enfermo. No tengo nada contra Huidobro, me gusta Huidobro, pero ¿cómo alguien que se está muriendo puede querer que le lean ese poema?
Sigue así:
La herencia de Donoso es un cuarto oscuro. En el interior de ese cuarto oscuro pelean las bestias. Decir que él es el mejor novelista chileno del siglo es insultarlo. No creo que Donoso pretendiera tan poca cosa. Decir que está entre los mejores novelistas de lengua española de este siglo es una exageración, se lo mire como se lo mire.
Y concluye:
Sus seguidores, los que hoy portan la antorcha de Donoso, los donositos, pretenden escribir como Graham Greene, como Hemingway, como Conrad, como Vonnegut, como Douglas Coupland, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor grado de abyección, y desde esas malas traducciones llevan a cabo la lectura de su maestro, la lectura pública del mayor novelista chileno.
Tal vez valga la pena aclarar que los "donositos" a los que se refería en ese párrafo eran muchos de sus colegas presentes en la FIL. Con semejante artículo-bomba, el autor no necesitó ir a la feria para estar allí y en boca de todos. El tono, el gesto y el sentido de la oportunidad visibles en "El misterio transparente de José Donoso" manifiestan los intereses de un escritor para el que la intervención y la ética literaria eran tan importantes como la obra (y de alguna manera la complementaban). Si Donoso encarnaba el rol del padre de la narrativa chilena, ahí aparecía Bolaño para dar, con tantos argumentos como recelos, la nota discordante. En sus años de joven promesa había hecho lo mismo en México, por entonces contra Octavio Paz, de quien saboteaba sus lecturas públicas junto a su amigo Mario Santiago (Ulises Lima en Los detectives salvajes ). "Bolaño tuvo una clara estrategia de solitario que impone su ley, repudia la convención, descree de la gloria y sus poderes. La condición única era su signo", escribió Juan Villoro en el prólogo a Bolaño por sí mismo . En una ya célebre entrevista para la edición mexicana de Playboy , la periodista argentina Mónica Maristain le preguntó por qué le gustaba llevar siempre la contraria, a lo que él respondió, magistral: "Yo nunca llevo la contraria". Y a Eliseo Álvarez le confesó que se hizo trotskista porque no le gustaba "la unanimidad sacerdotal, clerical, de los comunistas. Siempre he sido de izquierda y no me iba a hacer de derechas porque no me gustaban los clérigos comunistas, entonces me hice trotskista. Lo que pasa que luego, cuando estuve entre los trotskistas, tampoco me gustaba la unanimidad clerical de los trotskistas, y terminé siendo anarquista [...]. Ya en España encontré muchos anarquistas y empecé a dejar de ser anarquista. La unanimidad me jode muchísimo".
Sus ídolos eran los "pistoleros, exploradores, gambusinos, gauchos, hombres apartados de la ley común pero que se asignan a sí mismos una moralidad severa, determinada por las arduas condiciones de su oficio", recuerda Villoro. En una entrevista donde se le preguntó de qué forma regresaría a la Tierra después de muerto, Bolaño contestó que lo haría convertido en "colibrí, que es el más pequeño de los pájaros y cuyo peso, en ocasiones, no llega a los dos gramos. La mesa de un escritor suizo. Un reptil del desierto de Sonora". Como los francotiradores, el detective salvaje en persona sólo era tal si actuaba en soledad (a lo mejor por eso disfrutaba tanto la presencia de los amigos, como han asegurado Rodrigo Fresán, Antoni García Porta y Villoro, entre otros compañeros de ruta). Hijo de un boxeador, parecía creer que sus palabras sólo tenían sentido si las pronunciaba desde el ring. Lo curioso es que sus provocaciones y desmesuras, hoy transformadas en la marca registrada de una rebeldía neobeatnik, tienen más de guanteo con un sparring que de pelea por el título mundial. Años después de atacar a Octavio Paz en su propio territorio, comentó en más de una oportunidad que admiraba algunos de sus ensayos y al menos "cuatro poemas" suyos. La crítica a Donoso termina por orientarse a sus probables discípulos. Y de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, prohombres del boom a los que alguna vez miró con desconfianza, en 1999 afirmó que "son superiores, y no creo que el tiempo vaya a perjudicar sus obras". En cada escaramuza del hombre que trabajó como descargador de barcos (en Francia) y sereno de un camping (en España) no late el dogma concluyente del gurú, sino la búsqueda permanente de quien no ignora que "la literatura no se hace sólo de palabras". La misma búsqueda que realizan Ulises Lima y Arturo Belano en pos de Cesárea Tinajero en Los detectives salvajes , la aventura que recorre la esquiva identidad de Benno von Archimboldi en 2666 .
Tal vez el crimen no tan perfecto de Bolaño haya sido sostener que el oficio literario exige algo más que destreza lingüística, sin ser nunca lo suficientemente explícito con lo que trataba de decir. Es posible que no haya manera de ser explícito en esas cuestiones; quizás en la literatura y el arte hay ciertos asuntos importantes que no se pueden explicar. No parece exagerado afirmar que el escritor chileno murió en el intento por ser lo más claro posible en este asunto, y que de veras lo fue gracias a la insólita potencia que vibra en 2666 . "Muchas pueden ser las patrias de un escritor, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura -dijo, en voz alta, en su discurso de agradecimiento por el premio Rómulo Gallegos a Los detectives salvajes -. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso." En sus libros, en especial Estrella distante y La literatura nazi en América , da la impresión de que el mayor peligro de la literatura consiste en la formación de eruditos inmorales, torturadores ilustrados, "dandys del horror", en palabras de Villoro. En Bolaño, la cultura no salva, y por el contrario, muchas veces es garantía de exquisita sordidez. Como en los cuentos de Llamadas telefónicas , el narrador -de fuerte impronta autobiográfica- advierte que el mundillo de escritores y críticos es de lo más turbio y dudoso que se pueda imaginar, y allí sospecha que la presunta nobleza del arte debe de estar en otro lado. Ante ese panorama, el detective salvaje busca, y en su investigación descubre que tal vez aprenda a saltar al vacío si es fiel a una fuerte ética literaria y personal. El escritor sube al ring, y ahí descubre que enfrente lo esperan los enigmas de su oficio. La ética y la estética son lo mismo. Por eso es que salir a dar batalla es tan importante como escribir un gran libro.
Con razón, el crítico español Ignacio Echevarría ha señalado que la figura dominante en la obra de Bolaño es el poeta. El prosista consagrado se veía a sí mismo como poeta, y los poemarios Tres , Los perros románticos y La universidad desconocida son algo más que la bitácora del narrador clandestino. En su mirada, el poeta es aquel donde ética y estética consuman su particular matrimonio, lo más parecido a un superhéroe de la literatura. En alguna entrevista, el autor dijo que si tuviera que asaltar el banco más seguro del mundo lo haría en compañía de poetas, y el relato "Enrique Martín" comienza con un enunciado que también es una declaración de principios: "Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo". Durante una cena, a Villoro le dijo: "Soy un marine; donde me pongas, resisto". Y en el formulario con el que pidió la beca Guggenheim, a la hora de rellenar el apartado de "trabajos realizados", Bolaño anotó: "Todos los oficios". La extraordinaria candidez que recorre a los jovencísimos Ulises Lima y Arturo Belano en la búsqueda de los secretos de la poesía (y de la vida) parece asomar en ese formulario indiscreto. Con la candidez no se va muy lejos, pero el mundo no se cambia si no se es un poco cándido. ¿Qué seriedad hay en el escritor que pide una beca y se define como trabajador de "todos los oficios"? La insobornable seriedad del cándido. En esa línea, quienes lo conocieron recuerdan que le gustaba considerarse "cazador de cabelleras". La frase aparece en el relato "Sensini" y apunta a los escritores que, como el propio Bolaño, vivían de alzarse con los jugosos e ignotos premios literarios de provincias. Pero el premio máximo del "cazador de cabelleras" es conquistar la del rival más poderoso (Paz, Donoso) y cuidar la propia, tarea para la cual quizá no haya nada mejor que haberse ejercitado en "todos los oficios". Aunque el mundo lo entienda y lo valore por eso, o no lo entienda y lo desprecie por la misma razón.
Hoy resulta difícil saber si el éxito de Bolaño es una huella que lo condena o lo absuelve en su peculiar aventura literaria y vital. Es el escritor en lengua española más reconocido de su generación, y la unanimidad que tanto despreciaba comienza a amenazarlo. A mí me gusta creer que la clave de su presente y futuro está escondida en una escena de La pista de hielo (1993), novelita muy menor si se la compara con Los detectives salvajes o 2666 . El fragmento en el que pienso es cuando Nuria, campeona de natación, entra en el mar, y uno de los personajes masculinos, enamoradísimo de ella, la sigue. Nuria avanza y se mete cada vez más adentro entre las olas; el hombre da su mejor esfuerzo para alcanzarla y cuando llega advierte que no tendrá energías para volver. Para él, cada brazada es algo que lo conduce a la felicidad o al abismo, y lo único seguro es que el momento es un mal momento; sin embargo, y aun en contra de las evidencias, las da igual, simplemente porque es algo que no puede dejar de hacer. A lo lejos, desde el mar, la playa es un horizonte alucinado e imposible, pero la mujer se acerca y lo ayuda para que pueda regresar. Del mismo modo, Bolaño y su literatura fueron más llá de donde creían poder ir, y serán algunos de sus nuevos lectores -no el marketing ni el cine- los que ubiquen sus libros, ilusiones y salidas de tono en su justa dimensión. De eso se trata el verdadero crimen perfecto.

21.9.09

Noticias frescas sobre Barba Jacob

Un libro de reciente aparición descubre el talento de prosista del gran poeta antioqueño.


"Durante siete años estuve trabajando en México y logré crearme una buena posición; pero vino después la guerra y yo, metido en el torbellino de la política, tuve que correr la suerte del país y salir huyendo a Guatemala... En la fuga perdí todo lo que tenía, es decir, mis libros, que eran más de cinco mil, que me habían costado tantísimo dinero y que representaban mi tesoro". Así escribía el poeta Ricardo Arenales a su hermana en 1916.
"En Nicaragua, una noche, un tal Ricardo Arenales, su homónimo, cometió un asesinato. El poeta fue llevado a la cárcel y escarnecido. Al día siguiente, con la intervención del cónsul de Colombia y sus amigos escritores y periodistas fue aclarado el grave error y capturado el verdadero asesino. Ricardo, enfurecido con el suceso, renegó de su nombre y se bautizó con otro inconfundible: Porfirio Barba Jacob". Así recordaba J. B. Jaramillo Meza en 1960 el episodio que motivó el nacimiento de Porfirio Barba Jacob.
"Se encierra bajo llave. Ha pedido una escalera. Nadie entra a la habitación. No se le ha podido hacer la cama, cambiar la ropa, mudar el agua de beber. Todo el día con la luz eléctrica encendida... Parece espiritista. Cuando está en la habitación se oye la escalera trasladarse de un punto a otro apoyada aquí y allá en las paredes". Así describía Miguel Ángel Asturias la vida de Barba Jacob en Guatemala hace 103 años.
"A las siete de la mañana estaba en pie, borroneaba algunas cuartillas para el periódico y así que se había preparado hojas en infusión, tequila y miel, una pócima rara, se volvió al lecho a dormir cuatro horas más". Así narraba Rafael Heliodoro Valle lo que era la vida de Emigdio Paniagua en México hacia 1911.
"He sido agente de publicidad de una compañía de seguros, secretario de un gobernador, autor de monografías y hasta de poemas mercenarios". Así se definía Maín Ximénez en carta al director de El Espectador, Gabriel Cano, en 1941.
"Sea casto. Luche, sangre, fatíguese, pero no se entregue jamás en brazos de la concupiscencia. Nada hay peor, nada hay más feo, nada hay más indigno de un alma. Solo en la castidad están la inteligencia y la fuerza". Así aconsejaba el bohemio Juan Azteca desde Monterrey a su amigo Alfonso Mora Naranjo en 1916.
"Puesto de pie, tosió repetidamente varias veces y de manera estudiada y declamó solemnemente poniendo énfasis a su palabra en una corta estrofa, intrascendente desde el punto de vista poético, que constaba de dos renglones mínimos en su extensión y vacuos en su contenido. En su mefistofélico rostro una sarcástica sonrisa acompañó la acción. Y salió majestuoso, altivo, agitando acompasadamente sus largas y descarnadas manos." Así recordaba Antonio Osorio Isaza un recital remunerado de Almafuerte en un club social de Cali en 1928 ante una audiencia expectante que quedó en profundo silencio tras el desplante del poeta.
* * *
Siete escenas diferentes, siete momentos curiosos, siete personas distintas y un solo hombre verdadero: Miguel Ángel Osorio Benítez, nacido en Santa Rosa de Osos (Antioquia) en 1883 y fallecido en México D. F. en 1942.
Ricardo Arenales, Porfirio Barba Jacob, Emigdio Paniagua, Maín Ximénez, Juan Azteca, Almafuerte... Todos ellos son seudónimos (o, más precisamente, heterónimos) del poeta, ensayista, columnista, bohemio, provocador y andariego antioqueño. Su más célebre firma fue la de Porfirio Barba Jacob, inspirada en un hereje italiano del siglo XVI que se consideraba igual a Cristo. El primer Barba Jacob "fue un pastor sin ninguna cultura, nacido en Cremona -escribió en 1982 Pedro Gómez Valderrama, experto en brujas, herejes y yerbamalas parecidas-, y fue también pastor de almas, según significaba el apelativo de Barba".
Este autor extraño y genial que utilizó numerosos nombres para firmar sus artículos forma parte de la curiosa legión de grandes escritores colombianos que han vivido y desarrollado su obra en México. La pasada Feria del Libro de Bogotá, en la que México fue país invitado, olvidó reservar una agenda especial para estudiar y destacar el fenómeno de que Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo y Barba Jacob hubieran escrito lo mejor de su obra en tierras de Emiliano Zapata y Jorge Negrete. A ellos se suman otros autores colombianos que allí vivieron: Germán Pardo García, Antonio Montaña, Octavio Amórtegui, Laura Victoria, Laura Restrepo, Hugo Chaparro, Hugo Latorre Cabal...
El más famoso, por supuesto, Gabo. Pero el más extravagante y enigmático, Barba Jacob. Han sido pocos y tardíos los homenajes bibliográficos a quien sigue siendo uno de los grandes poetas colombianos, pese a que el paso del tiempo ha pelado en muchos de sus versos un oropel cursi.
En 1962, un libro editado por Rafael Montoya y Montoya en 1962 (del que tomo algunas de las citas que encabezan esta nota) fue una primera venia importante a Osorio. Veinte años después, Fernando Vallejo publicó su espléndida biografía Barba Jacob o el Mensajero. Y ahora acaba de aparecer una jugosa y juiciosa recopilación de artículos, cartas, crónicas y reportajes del autor de "Canción de la vida profunda". Se trata de Porfirio Barba Jacob: escritos mexicanos, fruto del trabajo investigativo, clasificatorio y analítico del manizalita Eduardo García Aguilar. Menos sucinta que el título es la denominación del prólogo del mismo García Álvarez: "Orientaciones para violar el sarcófago periodístico de Porfirio Barba Jacob en México".
¿Mejor prosista que poeta?
Noventa años después del arribo de Barba a Ciudad de México, y 25 desde la publicación de la biografía de Vallejo, tenemos ahora nueva información sobre este compatriota que padeció varios exilios, conoció la fama, rozó la riqueza y se hundió en la miseria. Se trata de uno de los libros más interesantes que ofreció la Feria, producto de años de husmear en hemerotecas y bibliotecas, perseguir pistas perdidas, buscar recortes amarillentos y registros microfilmados, descifrar nombres supuestos y deducir autorías, acopiar trabajos publicados a lo largo de más de tres décadas, clasificarlos y ofrecerlos en una edición mexicana del Fondo de Cultura Económica, donde se echa de menos una bibliografía final.García Álvarez, nacido en Manizales en 1953, autor de varias novelas, poemas y ensayos, realizó la investigación y escribió el prólogo hace un cuarto de siglo, con motivo del centenario del nacimiento de Barba Jacob, pero su trabajo había permanecido inexplicablemente inédito.
Además del estudio previo, el tomo de casi 600 páginas abarca una recopilación de 148 piezas periodísticas de Osorio. Hay entre ellas una inmensa mayoría de columnas políticas, algo que sorprende a quienes conocen el Barba Jacob lírico, el de las canciones y las baladas. Pero también es posible encontrar notas ligeras, crónicas y reportajes. En suma, un acopio de prosas de Barba Jacob escritas durante sus muchos años de vida y trabajo en México.
La opinión del prologuista sobre el autor no resulta muy positiva. "Pocas prosas literarias de Barba Jacob valen verdaderamente la pena -dice-: son acartonadas como la mayoría de sus poemas." Pero considera que las que forman parte de la antología son algo diferente. "Estos textos que hemos rescatado del sarcófago adonde fueron condenados por los hinchas que los consideraban basura dan otra imagen de nuestro poeta. Es casi como descubrir el otro lado de la luna. Es rescatar a un gran hombre colombiano: ponerle otra estrella a nuestra nacionalidad".
El juicio resulta un poco contradictorio. Pero parece serlo aún más si nos atenemos a otro párrafo de García Aguilar donde dice que "Porfirio Barba Jacob hacía de su prosa tal vez un reino más importante y trascendental que su propia poesía, convirtiéndose en uno de los más lúcidos, modernos y divertidos prosistas colombianos de todos los tiempos". Cuesta trabajo estar de acuerdo con ambas afirmaciones. Por una parte, que Barba Jacob hubiese sido mejor prosista que poeta y, por otra, que hay sido uno de los mejores prosistas colombianos de todos los tiempos. Lo importante, sin embargo, es leer las notas y reportajes de Barba Jacob. Solo así podrá formarse cada uno su propia idea sobre la obra.
Años de destrucción
García Aguilar tuvo el buen cuidado de señalar las épocas que atravesó Miguel Ángel Osorio y cómo se reflejaron estas en sus escritos. En tal sentido, el aspecto biográfico del prólogo adquiere un interés especial. Allí nos cuenta cómo en 1922 el gobierno mexicano lo expulsó del país a Guatemala, donde inició un penoso periplo centroamericano del que regresa diez años después tuberculoso, sifilítico y en la miseria. Tras un rosario de hospitales, consigue que le contraten un artículo diario en el periódico derechista Últimas noticias. En México, Barba Jacob era conservador y en Colombia, liberal. Cuando escribe en México, muy rara vez se ocupa de temas colombianos.
"Serán años difíciles -dice García Aguilar--, pues lo que gana apenas le alcanza para vivir al ritmo de su bohemia. Fuma marihuana por las calles, se declara públicamente homosexual y es llevado por eso a la comisaría, escandaliza, viste mal, se emborracha en las cantinas, insulta, hiere, humilla, se hunde en una amargura incontenible provocada por el terrible fracaso de su vida".
El 11 de enero de 1942 Barba Jacob entró en agonía. Uno de los últimos amigos que lo vio con vida fue otro poeta colombiano, Germán Pardo García, quien describió en El Tiempo de febrero de ese año la muerte de su colega y compatriota. "A las nueve de la noche lo vimos por última vez. Salimos de su cuarto para darle aviso al maestro mexicano Enrique González Martínez de la muerte inminente de Porfirio, cuyo rostro, al alejarnos de su alcoba y mientras en el umbral dudábamos, presa como lo éramos de una pena extraordinaria, se volvió para mirarnos fijamente, cubiertos ya los ojos por una fría neblina y el pecho en trágica agitación, incapaz de resistir los golpes final de una larga enfermedad que le arrasó los pulmones".
Falleció tres días después. Tenía 59 años. Pasó fuera de Colombia más de la mitad de ellos.
Fue tan copiosa su producción que aún siguen saliendo versos y prosas que permanecían sepultados en otros países, como lo demuestra el libro de sus escritos mexicanos. ¿Cuántos más habrá?
Por: Daniel Samper Pizano