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3.12.09

Rentabilidad, subvención y cultura

Gestores y creadores afrontan sin complejos la reducción de presupuestos




Ahora que la Canción de Navidad de Dickens vuelve a estar de moda, el mundo de la cultura regresa al pasado: en 2010 la Biblioteca Nacional tendrá el mismo presupuesto que en 2005, mientras el Ministerio de Cultura intenta justificar el recorte de 11 por ciento de sus presupuestos. Museos, teatros y bibliotecas tensan la imaginación para lograr el dinero que les permita seguir subsistiendo. Pero ¿por qué parece vergonzante invertir en cultura?¿Debe estar subvencionada? ¿Por quién y hasta qué límite? ¿Qué frontera están dispuestos a cruzar los gestores de centros como el Reina Sofía o La Casa de América para ser rentables? Directores de museos y compañías, intelectuales y creadores, toman la palabra en El Cultural...


Inversión, no subvención

En períodos de crisis económica como el que vivimos, los presupuestos públicos de la cultura tienen también que apretarse el cinturón. A nadie le gusta ver sus recursos disminuidos (el presupuesto de la BNE se verá recortado en un 10% el próximo año y nos retrocederá a 2005) pero soy de los que creen que las crisis deben ser abordadas como una oportunidad de gestionar mejor poniendo a prueba la creatividad, que tiende a aletargarse en tiempos de bonanza, y, de asegurar que nada fundamental se quede en la cuneta de la crisis. En mi opinión, la rentabilidad de la cultura no se puede medir sólo en términos de PIB estrictamente económico. ¿Cuál es el ingrediente fundamental del tan famoso I+D+i sino la creatividad, ese recurso natural tan bien repartido que es además renovable y no contamina? Soy una convencida de que el nuevo modelo de desarrollo en el siglo XXI será fruto de la creatividad, o no será.

En la era de la globalización todos los países compiten en todos los terrenos. También en el de las industrias culturales. La dificultad estriba en que no todos salen a la palestra compitiendo con las mismas armas. Es, pues, no sólo lógico sino deseable que los Estados apoyen a sus industrias culturales, con el fin de crear las condiciones que permitan a sus protagonistas desarrollar su musculatura creativa e intelectual, asegurando una vibrante diversidad cultural a nivel global. La pinza “globalización + tecnologías” debe encontrar respuesta en las políticas públicas de cultura. Hay una voluntad unánime de los Estados a favor de sus industrias culturales, que quedó expresada en la Convención sobre la Diversidad de los Contenidos Culturales (UNESCO, 2005). Tras 16 años de trabajar por esta causa desde la UNESCO, no ha dejado de sorprenderme que el público español no parezca ser consciente de esta necesidad y, en vez de apostar por nuestra literatura, nuestro cine, etc., es decir, por nuestro propio universo imaginario, parezca preferir los cantos de sirenas y hasta se escandalice de las ayudas públicas a la cultura. Claro está, es de vital importancia que la acción de apoyo estatal a las industrias culturales responda a una clara estrategia de inversión en las mismas y se desarrolle en un marco de total transparencia, ajeno a toda tentación de clientelismos. El apoyo de los Estados a la cultura debe tener la consideración de inversión y no de subvención. La inversión estimula porque incita al sector a asumir riesgos. Por el contrario, la subvención adormece y, a la larga, crea adicción. MILAGROS DEL CORRAL (Directora de la Biblioteca Nacional)


La cultura solapada con el cine

En los enfoques más dinámicos la cultura es el mejor embajador de un país, de una nación, de una lengua. Eso es lo que hace que Francia se halle tan presente en todas partes aunque no se halle en el mejor momento. El problema es que en nuestro país nunca se ha acabado de entender este carácter que toda cultura dinámica tiene. Se inició un proceso distinto con el anterior Ministerio, pero fue truncado por razones que no acaban de explicarse. Hoy podemos asegurar que la cultura se solapa con el cine, lo cual es una perspectiva pobre, limitada. Recortar la cultura significa amputar posibilidades de proyección de España en el extranjero. La idea de que la cultura tiene que ser rentable nos lleva inevitablemente a tratarla con el mismo baremo que otros productos comerciales. Pero la cultura es sui generis. No puede ser que sólo estén vigentes criterios de rentabilidad, con total indiferencia respecto a la calidad. Además, la cultura posee instituciones que requieren ayudas privadas y públicas, como la ópera o la música clásica, especialmente la música contemporánea. EUGENIO TRIAS (Filósofo)


Cambiar la ley de mecenazgo

Como artista y director de una compañía de ballet clásico, y como español, pienso que si el país está en crisis y es necesario hacer recortes, éstos deberían ser más equilibrados: si se hacen recortes se hacen a todos. La mayoría de las veces los proyectos se ven apoyados única y exclusivamente por las Comunidades Autónomas, que con gran esfuerzo quieren que estas iniciativas sigan en pie, sin llegar a entender por qué desde el Gobierno Central no se les da la importancia que, no sólo a nivel regional, sino también nacional e internacional, están generando. Creo que los responsables de la política cultural deberían tener suficiente conocimiento de cada proyecto y valorar su apoyo dependiendo de su calidad y de su repercusión cultural, social y educativa. Desde luego cambiaría la ley de mecenazgo; a muchas personas físicas y entidades les gustaría colaborar en proyectos culturales, pero en la situación actual, si lo apoyan es de forma altruista, sin ningún tipo de compensación a cambio. Y también creo que los medios de comunicación tienen en sus manos buena parte de la solución, si difundieran más el arte habría más demanda, por lo que sería más rentable. ÁNGEL CORELLA (Bailarín y director del Corella Ballet)


¿Juntos la excelencia y lo popular?

¿Tiene que ser la cultura rentable? No obligatoriamente. Para muchos, es una forma de seguir educándonos. ¿Se pueden dar juntos la excelencia y lo popular? A veces. Lo que está claro es que tiene que estar al alcance de todos. Desde lo público hay que defender la democracia cultural. Y ahí es donde entran los poderes públicos. Son éstos los que tienen que dar un abanico más amplio de posibilidades a sus ciudadanos. ¿Tiene riesgos la cultura pública/protegida? Por supuesto, porque está siempre en movimiento, y lo que hoy tiene necesidad de ser acogido/ayudado puede ser que mañana sea una manifestación, una lengua o una costumbre que en un futuro no necesite ayuda. La defensa de la cultura pública tiene que ser siempre maleable y estar siempre vigilante. Porque al acompañarla estás accionando sobre ella de una forma subjetiva. Por eso las personas responsables de su protección tienen que ir cambiando con periodicidad.

Si en estos momentos dependiéramos sólo de lo que es rentable, la mayor parte de la educación que recibiríamos nos haría personas más simples y, por tanto, más vulnerables a los poderes económicos. Cuanta menos riqueza cultural, menos posibilidad de razonamiento diferente, menos pensamiento y, finalmente, menos rechistar. ÁLEX RIGOLA (Director teatral)


Dirigir es elegir

Amparados por la crisis, los recortes presupuestarios en materia cultural están siendo brutales para todos, particularmente, en nuestro caso, los de la Comunidad de Madrid. Pero no nos engañemos, no se trata de una cuestión ideológica sino de una situación económica general, dramática, en la que nos encontramos, desde Parla o Bombay a Nueva York, y que parece justificarlo todo. Aún así, nuestro enfoque, el del Círculo de Bellas Artes, es por entero distinto al de otras instituciones culturales grandes o pequeñas, ya sean el Prado o la Casa de América, el Reina, la Residencia o el Teatro Real, porque nosotros somos una institución privada que recibe tan sólo un 22 por ciento de su presupuesto en ayuda pública y que tiene claro qué fronteras no ha de traspasar. Aquí no montaríamos jamás, como propuesta del Círculo, una exposición descaradamente comercial y sin el menor interés intelectual o estético como la del MoMA sobre Tim Burton: antes cerraríamos las exposiciones, porque eso responde a un distinto modelo cultural, el que confunde, intencionadamente, lo que es la cultura con la industria. Y en España se empiezan a dar casos…

En el caso de Europa, y de uno u otro modo, la cultura siempre ha estado “subvencionada”, aunque ése no fuera el término a emplear, y por ello somos herederos de Atenas y la polis, de la Sixtina, los principados alemanes y las grandes colecciones y tesoros reales hoy reconvertidos en museos, como también de quienes hace ya dos mil quinientos años, sin apenas estudios, incluso sin saber leer, elegían una vez al año entre Esquilo, Sófocles y Eurípides, gracias a los cuales hoy disfrutamos de las tragedias griegas sufragadas por la ciudad-estado.

Por eso hay que decir: no todo vale. Porque dirigir es elegir. Si nos rindiésemos a lo comercial daríamos paso a una sociedad más pobre, más simple y más violenta. Además, no es razonable pensar que las estadísticas siempre tienen razón: no es cierto que la cultura aporte tan sólo un 5 por ciento al PIB de un país; aporta algo infinitamente superior, ya que de ella depende nuestro sistema de vida, nuestras creencias y valores, las bases de la civilización y del progreso, que como se ve en la historia de Occidente es producto de ella. ¿Cómo se puede poner precio a eso?

La partida que nos dedicaba el Ministerio de Cultura disminuyó en el pasado ejercicio, antes de los recortes y la crisis, en un 8 por ciento, siendo ministro César Antonio Molina, ex director del Círculo, que sólo nos dedicaba una centésima parte de la del Reina, un dato similar respecto al Real, o una cuarta parte de la del MACBA. Pero aún más grave nos resulta la disminución de las subvenciones de la Comunidad de Madrid, que en poco más de un año han descendido un 35 por ciento. Pero resistiremos, como lo están haciendo, y en algún caso de manera ejemplar, otros grandes centros de cultura. JUAN BARJA (Director del Círculo de Bellas Artes)


El público como razón de ser

Los museos de arte no son rentables. Si pretendieran serlo, su misión fundamental, que es la conservación, estudio y difusión de sus colecciones, podría verse comprometida. No obstante, los museos que en mayor o menor medida dependen de las subvenciones estatales deben procurar reducir su déficit al mínimo. Una fórmula que en el Thyssen ha funcionado con éxito es la colaboración con la Fundación Caja Madrid. Es preciso persuadir a las empresas de la rentabilidad simbólica que puede reportar la asociación con las actividades museísticas.

Ah! El público... El público es nuestra razón de ser; sin él, el museo sería sólo una cámara del tesoro. En nuestra programación siempre cuenta como condición fundamental el interés que un proyecto pueda provocar en el público. El problema de “hasta dónde llegar por el público” no se me ha planteado nunca; nuestro público no espera de nosotros espectáculos deportivos o circenses. Espera brillantes exposiciones monográficas, fascinantes exposiciones temáticas y exquisitas exposiciones de contexto en torno a nuestra colección. Y eso es exactamente lo que vamos a ofrecerle. GUILLERMO SOLANA (Director del Museo Thyssen)


La excesiva subvención castra

Vaya por delante que la cultura bien hecha y que llega a la mayoría de la sociedad siempre es rentable; una sociedad sin cultura es una sociedad muerta a todos los niveles, incluido el económico. Desarrollo cultural y económico rara vez no han ido ligados. Ahora bien, sí es necesario que el mundo de la cultura haga un esfuerzo mayor por ser independiente económicamente. La excesiva política de subvenciones está castrando a la mal llamada industria cultural, porque en la mayoría de los casos no es industria. Lo que no se puede consentir es que el dinero del erario público siga pagando cientos de miles de euros a artistas que en ningún caso obtendrían esas cantidades en taquilla. Hay quien se aprovecha de su condición de artista para abusar de las arcas públicas. Parte de la solución es no reducir las subvenciones públicas a la cultura pero sí evitar que éstas paguen sueldos millonarios a unos pocos. Conclusión: mantener unas subvenciones mejor repartidas y forzar la autofinanciación. PATRICK ALFAYA (Director de la Quincena Musical)


Ni mercantilismo ni privilegios

El problema no reside tanto en que la cultura tenga o no que ser rentable sino en cómo medimos dicha rentabilidad. Si lo hacemos de acuerdo a parámetros meramente económicos, estamos abocados a una cultura al servicio del turismo y la gentrificación urbana. En estos términos la cultura tiene poco que ver con la creación de nuevas formas de conocimiento y se asocia, en cambio, con el consumo. Así vista, la cultura es un mero órgano de propaganda. ésta, a diferencia de la que dominó las dictaduras de los años treinta, ya no intenta convencernos sobre las bondades o no de un determinado régimen, sino que constituye un fin en sí misma: ahora se venden y compran marcas.

La cultura, al igual que la educación y la sanidad, es un derecho inalienable. Todo ciudadano ha de tener acceso a la misma. Ahora bien, una política indiscriminada de ayudas puede ser muy problemática, especialmente cuando confundimos cultura con industrias culturales.

Vivimos en una época de crisis sistémica. Si el paradigma económico centrado en el dinero fácil y la especulación no se sustenta, es también evidente que la cultura basada en el predominio del espectáculo sobre el programa ha dejado de tener sentido y que la necesidad de inventar otros modelos es imperiosa. Y estos deben generarse a través de la reconsideración de la esfera de lo Común, esto es, un espacio que va más allá de lo institucional, y que no es público ni privado, aunque mantiene dimensiones de ambos. MANUEL BORJA-VILLEL (Director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía)


La subvención como herramienta de trabajo

Como responsable de una unidad de producción del Ministerio de Cultura, no tengo aún confirmación del presupuesto del año próximo, aunque trabajamos con una estimación de que los recortes, si los hay, se parecerán a lo que se ha anunciado en diversos medios. En cualquier caso no me parece grave, una buena “cultura” del ahorro puede absorber esa cifra sin especial quebranto. Las cuestiones que aquí se plantean parecen incidir en una suerte de dilema respecto al modo de financiación de la cultura, y con este debate se están colando no pocos sinsentidos, cuando no disparates. Estoy convencido de que la cultura de un país debe ser de la máxima calidad posible, si además es total o parcialmente rentable, mejor. Si no lo es, la necesitamos por igual si no queremos empobrecernos como colectividad. Si en algunos casos se necesitan subvenciones, no veo por qué hay que demonizar ese concepto. ¿Por qué la cultura debe ser más puritana que otros sectores? La subvención es una herramienta de trabajo, y hay que aprender a usarla. El resto son tonterías, demagogia o miedos que, curiosamente, en España son siempre graves cuando se trata de dinero. Hasta que no aprendamos a usar el dinero como un medio, en lugar de entenderlo como una sustancia maléfica o contaminante, no miraremos los problemas de financiación con sensatez. JORGE FERNÁNDEZ GUERRA (Compositor y director del CDMC)


Ayudas e independencia

La cultura es un sector en el que ayudas públicas y privadas y rentabilidad no son incompatibles. Hay proyectos que por su naturaleza van a ser deficitarios desde el punto de vista económico y otros que pueden ser rentables sin atentar ni contra su calidad ni contra su independencia creativa. En el caso de los primeros, los que nunca serán rentables, hay que buscar fórmulas para que lo sean desde el punto de vista social, pedagógico, educativo, patrimonial, etc. ¿Por qué la ópera o ciertas producciones teatrales o musicales que son propias de centros públicos se mantienen en cartel tan poco tiempo, sin que puedan disfrutarlas más espectadores?, ¿por qué en el caso del cine español si hay apoyo a la producción no se contemplan más ayudas a su difusión para que todo lo que recibe ayuda pueda verse? Si hasta la industria del automóvil que ha sido tradicionalmente la INDUSTRIA con mayúsculas, necesita ayudas públicas para subsistir ¿por qué ahora está de moda el discurso de que toda la industria cultural tiene que ser rentable y autosuficiente? ¿Es que los trabajadores de la cultura merecen menos apoyo que los de otros sectores? JOSÉ GUIRAO (Director de La Casa Encendida)


Ni descuentos ni mercadillos

Creo que la cultura siempre es rentable pues proporciona a la sociedad conocimiento y comprensión de la realidad e influye en la calidad de vida. Si de lo que hablamos es de la industria y del comercio cultural, nos encontramos en un momento crítico de cambio que nos obliga a revisar nuestras posiciones y estrategias. Esto es tan interesante como angustioso y requiere dosis de energía y atención difíciles de encontrar en una sociedad tan adormecida como la nuestra. La crisis económica y la modificación de las formas de consumo que produce la sociedad tecnológica están teniendo un efecto devastador sobre los medios habituales de producción cultural. Ello nos obliga a adoptar la vieja fórmula vanguardista de poner en cuestión lo que tenemos para buscar lo que imaginamos, pues detrás de lo que acaba aparecen las señales de lo que viene. Ni descuentos, ni mercadillos de feria pueden dar solución a algo que no tenga valor ni suscite un interés. Promover que esos intereses se encuentren con las propuestas artísticas de una manera crítica puede ser un objetivo de la acción pública. La subvención cultural debería evitar la subsistencia de formas obsoletas de producción. LOLA MORIARTY (Galerista)


Responsabilidad del Estado

Creo que los países se hacen grandes gracias a su dimensión cultural. Es fundamental saber que la cultura no se puede considerar rentable en parámetros solamente económicos. La cultura es la savia de los pueblos y hace falta invertir mucho dinero para hacerla lo más fuerte posible. Sólo así el país podrá desarrollarse en plenitud. Otra cosa es que se consiga que la sociedad civil participe de la manera más intensa posible en todo el desarrollo cultural. Pero, al final, es responsabilidad directa del estado potenciar al máximo sus distintos proyectos culturales.En último término eso es lo que diferencia a un país grande de otro que no lo es. En época de crisis económica, como la actual, los estados tienen que hacer un esfuerzo por apoyar la cultura de forma irrenunciable.Valoro positivamente el esfuerzo habitual del gobierno Zapatero, pero el objetivo sería tender a igualarnos a los presupuestos culturales de países sólidos como Francia y Alemania. XAVIER GÜELL (Director artístico de Musicadhoy y Operadhoy)


Las pequeñas redes, en peligro

La cultura nunca fue rentable y no tiene por qué serlo. Es un bien social del que los gobiernos no pueden desentenderse. Lo que hay que intentar es mantener un equilibrio presupuestario, en el que las instituciones aporten dinero, otra parte salga de la taquilla y conseguir que las empresas privadas se involucren y se conviertan en patrocinadores. Para facilitarlo, las empresas deberían poder beneficiarse de deducciones y desgravaciones fiscales. Si un teatro tiene que vivir exclusivamente de la taquilla, es imposible que se mantenga, y tendría que hacer siempre cosas de bajo nivel y de alta acogida. O disparar el precio de las entradas a favor de un público exquisito, renunciando a una programación equilibrada. El problema de la reducción presupuestaria para la Cultura afecta, sobre todo, a las pequeñas redes culturales. Los teatros con un presupuesto grande tendrán que apretarse el cinturón, pero sobrevivirán. En cambio, ponen en peligro redes e iniciativas culturales que han costado muchísimo trabajo y la energía de muchas personas. Por tener subvenciones públicas no se debería pagar ningún precio. Sería maquiavelismo político que un gobierno se metiese a decidir la programación o fijase que se contrate a determinados profesionales o se programasen determinadas obras. La cultura es libre. Las instituciones deben subvencionar la cultura y los directores de los centros culturales programarla. Así deben funcionar también los patrocinadores. Lo contrario sería una inmoralidad. EMILIO SAGI (Director artístico del Teatro Arriaga de Bilbao)


Descalabro sin precedentes

Es difícil que la mayor parte de las manifestaciones culturales sean económicamente rentables. En materia de espectáculos y exposiciones, el precio de venta de las entradas debería elevarse tanto para cubrir los gastos que su disfrute pasaría a ser un privilegio social. Hay que concebir la rentabilidad en otros términos: educativos, formativos, ciudadanos. Incluso políticos, de prestigio. Las cuestiones de fondo son: ¿qué importancia otorgamos a las artes en esta sociedad? y ¿se puede cuestionar que el acceso a la cultura es un derecho de los ciudadanos y es responsabilidad de las administraciones públicas? Claro que éstas deben financiar las actividades culturales. Y deben hacerlo no persiguiendo el menor gasto sino la mayor calidad. Para que haya un gran nivel cultural en un país debe existir un tejido de base fuerte. Eso significa que hay que ayudar a los creadores, a las escuelas, a los centros de producción, a las pequeñas y medianas empresas culturales... Estaremos subvencionando producciones que no siempre son excelentes pero estaremos asegurando el futuro. Los recortes actuales van a significar, para las artes plásticas, un descalabro sin precedentes. En los países anglosajones existen desde hace años grupos o asociaciones que desarrollan campañas de lo que se conoce como “Arts Advocacy”. Es triste que haya que abogar por las artes, pero ha llegado el momento en que los amantes de unas y otras manifestaciones culturales, y somos muchísimos, vamos a tener que hacernos oír. ELENA VOZMEDIANO (Presidenta del Instituto de Arte Contemporáneo y crítica de arte)


Estricto control del erario público

El auténtico debate sería a la inversa, esto es: ¿es rentable invertir en cultura? Y a esa pregunta respondo de forma absolutamente afirmativa, sería lo mismo que poner en duda si es rentable invertir en educación o en sanidad. La cultura necesita inversiones públicas para que pueda existir. Sin estas aportaciones que han de cubrir aquellas necesidades que la actividad privada no puede asumir el panorama cultural de un país se empobrecería enormemente de forma general y en muchas de sus facetas desaparecería por completo. Por ello mi apuesta es por un fuerte apoyo institucional hacia las diferentes manifestaciones culturales pero, eso sí, con un estricto control sobre las aportaciones económicas que proceden del erario público, esto es, de todos los ciudadanos. ENRIQUE GONZÁLEZ MACHO (Distribuidor, productor y exhibidor)


Siempre hay un precio que pagar

Si simplificamos mucho, veremos que hay un modelo de financiación anglosajón, donde son las empresas y donaciones de particulares más los ingresos por venta de entradas los que sostienen el grueso de la actividad cultural de instituciones públicas y privadas, y un modelo de financiación europeo o latino en el que es el Estado quien se encarga de financiar casi el 100% de las instituciones públicas y un gran número de iniciativas privadas. Lo ideal es un sistema a medio camino, pero es muy complejo implantarlo porque hay que establecer criterios no sólo cuantitativos sino cualitativos, de rentabilidad y pertinencia.

Si te pagan, siempre hay un precio a pagar…. ¿o no? ¿Alguien puede demostrar que es más independiente una producción pagada con dinero público que con dinero privado ? Se pueden mirar iniciativas como el UBS Long Weekend de la Tate (la Tate es privada, y UBS un banco…), con programaciones impecables que cualquier centro cultural público del mundo quisiera reclamar para sí…? En un mundo ideal los patrocinadores públicos y privados estarían dispuestos a pagar por asociar su marca a una programación tan interesante. Otro concepto que se ha perdido en nuestro ámbito es el de pagar por la cultura. La culpa es NUESTRA, de la gente de la cultura. O ponemos en valor lo que hacemos, o empezamos a hablar del dinero y el empleo que esto genera, o va a dejar de generarlo. Hay una cultura muy extendida de “Tú me pagas y yo te pongo el logo”. Hay que acabar con eso. La escuela que más admiro es la del Arts and Business británico. No digo que haya que hacer lo mismo, pero tenemos un futuro brillante en patrocinio cultural y marketing, si nos ponemos. IMMA TURBAU (Directora de Casa de América


La sobriedad es buena amiga

Las reducciones de presupuesto, las vacas flacas, los tiempos de inflexión hacen temblar a quienes carecen de talento. Sin embargo, las épocas de escasez nunca han sido las peores para desarrollar la imaginación entre artistas verdaderos. El problema surge normalmente en épocas de vacas gordas: ahí es dónde se enmascaran las deficiencias a golpe de talón, son momentos de grandes despliegues de inanidades que apabullan a los públicos menos exigentes. De esto hemos aprendido mucho estos últimos años. En cultura la sobriedad es buena amiga. No es asunto de desproteger o de mirar a otro lado, sino de medir y aprender a elegir proyectos, a comprar calidad y, sobre todo, a aprender a gastarse el dinero. Propongo que ese 11 % menos a Cultura sea aprovechado para aumentar el presupuesto de Educación, concretamente para que el Ministerio lo dedique a la formación de espectadores. Ahí está la piedra de toque, y no en el lamento continuo de que falta presupuesto para cultura. FERNANDO PALACIOS (Director de Radio Clásica)


Buenas cosas para cuantos más, mejor

La crisis es una pesadez. Se ha convertido en un argumento, una coartada... sirve para todo. En La Fábrica llevamos 15 años poniendo en marcha proyectos culturales. Y desde el principio lo hemos hecho defendiendo que, además de dinero público hay que movilizar dinero privado para la cultura. Creemos en la colaboración entre lo público y lo privado y llevamos ya bastante tiempo comprobando que no sólo es posible, sino que es necesario y funciona.

La cultura no se puede medir por su rentabilidad económica; es mucho más. Forma parte de nuestro proyecto y de nuestra realidad de país. Nos une, nos hace mejores. Es un bien social. Por eso tiene sentido que el Estado, las comunidades, los ayuntamientos, pero también las fundaciones , las empresas, los mecenas... se impliquen en la cultura.

Los gestores tienen la obligación de hacer llegar la cultura al ciudadano ; de despertar su interés. Pero también, de tener una filosofía, un proyecto, creer en determinadas cosas y luchar por ellas. El éxito de la cultura no se puede medir con los mismos ratios que los programas de televisión: el prime time, la sal gorda, el escándalo... Nada de eso. Estamos en contra de las tonterías.

En La Fábrica trabajamos con la obsesión de que los proyectos de calidad -los festivales, las exposiciones, los libros...- lleguen al público. ésa es nuestra obligación. Pero no creemos que para conseguirlo haya que hacer proyectos de mala calidad o hacerlos mal. Al contrario: la fórmula es hacer muy buenas cosas para cuantos más, mejor. Eso es lo que nos anima a trabajar.

El presupuesto de La Fábrica en 2009 es de 8.5 millones de euros. Este año, las 60 personas de nuestro equipo han trabajado mucho para seguir haciendo cosas. El resultado es que en un año muy difícil, vamos a bajar la facturación únicamente un 7.2 por ciento de nuestro presupuesto. Naturalmente, la sangría ha sido enorme para la cuenta de resultados. Pero nuestro principal objetivo era mantener bien las actividades. 2010 parece el fin del mundo, pero creo que tenemos que intentar que no lo sea, y nuestro presupuesto (que todavía no tenemos cerrado) intentará acercarse al de este año. En cuanto al porcentaje de inversión pública que tenemos en nuestro presupuesto, no llega al 20 por ciento. ALBERTO ANAUT (Director de LA FÁBRICA)


Un proceso de prueba y error

Buscarle una rentabilidad determinada a la cultura no es muy cultural. Esto es un proceso de prueba y error, y, a veces, sencillamente los resultados no valen para nada, son un fracaso. Ni tan poco vale el éxito. Pero Creonte tiene que gobernar, y tomar decisiones y hacer rentable la inversión. (Cada vez que gobierna un filósofo la cosa termina en desastre) Así que bajamos en picado y, muy a ras de suelo, contestamos que no se trata tanto de cuánto baja o sube un presupuesto anual (hay inversiones, como los espacios públicos, que son a largo plazo) sino cómo se aplica la asignación de recursos. Por ejemplo, el presupuesto anual del Fondo de Cinematografía equivale al presupuesto anual del Museo Reina Sofía. Lo primero suele ser muy criticado, lo segundo ni siquiera se debate en los medios. Se acepta mejor el gasto si se aplica al patrimonio, si se emplea en crearlo, se acepta menos. Picasso y Buñuel tuvieron que hacer sus obras fuera de España. Hoy ya son patrimonio y se celebran sus centenarios con gran pompa y regocijo de sus herederos. MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN (Director de cine y escritor)


Ayudas que frenan el desarrollo

Desde un punto de vista económico, no cabe duda de que el sector cultural debería estar en constante renovación aunando esfuerzos para mejorar la oferta y atraer al público gracias a la calidad. Es indispensable para mantener su independencia y para garantizar la calidad por encima de cualquier otro criterio. Respecto a las industrias culturales no creo acertada la dinámica de subvenciones que se ha desarrollado en nuestro país; ayudas que en campos como el arte o la moda han frenado su correcto desarrollo y su competencia en la escena internacional. En el caso de las ferias de Arte Contemporáneo como el caso de ARCOmadrid, rentabilizar este evento cultural propiciando una plataforma de mercado que genere negocio e intercambios, así como apoyar el papel difusor que ejercen las galerías es nuestro principal objetivo. En cuanto a la labor del gobierno y las instituciones, son imprescindibles para el desarrollo competitivo de un país y, muy especialmente, para la democratización de las artes. Su papel de apoyo y promoción debería servir para velar por un patrimonio que nos resume a todos y además para fomentar la iniciativa privada. LOURDES FERNÁNDEZ (Directora de ARCOmadrid)


El público lo crea la propia obra

Tengo la impresión de que la cultura sí es rentable. Aunque probablemente pedirle una rentabilidad inmediata es como pedírselo a la ciencia, a la investigación o a la educación. Tengo la impresión de que el público, en cierta medida, lo crea la propia obra. Hay ciertas posibilidades de que un espectador que escucha a Shakespeare, engulla una buena porción de necedades unas horas más tarde. Hay determinadas obras que tienden a eclipsar todo atisbo de inteligencia y otras que nos desafían. El límite -la responsabilidad- lo pone cada contador de historias. La cultura tiene que ser protegida, mimada, porque el riesgo de convertirnos en un ejército de zombies no es pequeño, y la aventura de un individuo -un artista- explorando la realidad nos preserva en cierta medida de ello. Los riesgos son obvios. A veces, sin duda, podríamos emplear los recursos disponibles con mayor eficacia. ANTONIO ÁLAMO (Escritor y director del teatro Lope de Vega de Sevilla)


¿Por qué ser rentables?

Hay sectores culturales que son muy rentables, por ejemplo, los ingleses han hecho de determinado género teatral un gran éxito, pero no toda la cultura es rentable y, además, por qué tiene que serlo. Yo no creo que esa deba ser la filosofía. Lo que ha ocurrido en estos años atrás es que las instituciones dependientes del Estado no se han preocupado de buscar fondos distintos a los percibidos vía Adminsitraciones, ni siquiera de plantearse una autonomía de gestión. Hoy, se habla de crisis, de reducción bestial de los presupuestos culturales pero yo me pregunto por qué nadie cuestiona las subvenciones que se dan a los clubs de fútbol en crisis, o los miles y miles de millones que se han destinado al Plan E. Esto ¿cómo se come? Para nosotros, los del teatro, la crisis nos afecta directamente, por la dependencia que tenemos de los ayuntamientos. Qué van a hacer los municipios con las miles y miles de instalaciones que tienen a su cargo, pero sin dinero para mantenerlas. Pienso que deberían plantearse un contrataque, porque los artistas somos demasiado ácratas para hacerlo. ANDREA D'ODORICO (Escenógrafo y productor de teatro)
fuente:elcultural.es

7.11.09

El señor de los libros

Es uno de los más grandes críticos literarios del mundo. Llega ahora a la Argentina un libro que compila sus textos más brillantes, publicados en la legendaria revista The New Yorker . Anticipamos "Danubio negro", donde habla de Viena como cuna de los cambios culturales y como caldera del diablo

Por George Steiner

La vanguardia de la sátira es local. La eficacia del autor satírico depende de la precisión, de la densidad circunstancial que tenga el blanco elegido. Como el caricaturista, trabaja cerca de su objeto y aspira a que éste sea reconocido de forma inmediata y sobresaltada. En cierto sentido la sátira aspira no solamente a la destrucción sino también a la autodestrucción. Idealmente, consumiría su tema y de este modo eliminaría la causa de su propia ira. El fuego muere en la ceniza fría. Karl Kraus, de Viena, el maestro de la sátira de nuestra época, dio a su revista el título de Die Fackel (La antorcha), pero no es el único que ha recurrido al motivo del fuego: la llama y la sátira tienen afinidad desde hace mucho tiempo.

En consecuencia, pocas sátiras, verbales o pictóricas, han resultado duraderas. En Aristófanes hay una especie de bufonada de la mente, una payasada de las ideas maravillosamente física, que garantiza una cierta universalidad, pero buena parte, aun de sus mejores comedias, sólo logran hacer reír después de atravesar setos de espino de notas a pie de páginas y explicaciones eruditas. La generalidad de los temas de Juvenal -la guerra entre los sexos, la hipocresía religiosa, la ostentosa vulgaridad del nouveau riche , la corrupción de la política urbana- es tal que eleva su furia a perenne tristeza por lo que atañe al hombre. Es sorprendente, sin embargo, hasta qué punto Juvenal resiste mejor en cita que en el texto completo. Por la claridad de su argumentación, por la exactitud de la correspondencia entre el escenario satírico y su contraparte político-religiosa, Historia de una bañera sigue siendo la obra maestra de Swift. Ahora sólo los eruditos leen esta feroz invención, precisamente porque supone un conocimiento especializado y estrechamente referencial de la política de Iglesia y partido, de diócesis y gabinete, en la Inglaterra de comienzos del siglo XVIII. Si los Viajes de Gulliver sobreviven como un clásico, es en buena medida a pesar de sus propósitos satíricos especiales, nuevamente políticos, partidistas -incluso difamatorios-, que subyacen a los relatos. Aquí, de manera casi única, el veneno, que requería precisas identificaciones y reconocimientos, se ha evaporado en la fantasía.

El problema con que se enfrenta todo el que en 1986 quiera acceder a Karl Kraus en cualquier lengua que no sea el alemán vienés o antivienés muy especial es el del localismo, de lo que Henry James habría denominado "el espíritu del lugar". Es el problema de la formidable densidad, del entretejimiento de ilusión efímera, referencia interna de grupo y codificadas presunciones de familiaridad que hay hasta en los escritos de mayor alcance y más apocalípticos de Kraus. Viena en el cambio de siglo, en el período de entreguerras y en víspera de la catástrofe no es meramente el escenario fijo, el polo magnético de la realidad que tiene Kraus; es la constante diaria de su reportaje moral, minuciosamente observador. Que había en Kraus una arcadia celosamente guardada -un tímido y tenso amor por ciertos refugios de Bohemia y de los Alpes- es seguro. Pero el genio de esta obra, el alimento, siempre abundante, de sus odios líricos, fue una única ciudad, anatomizada, diseccionada, hecha crónica en su vida política, social, artística, periodística, en un escrutinio día a día, desde la década de 1890 hasta 1936, el año de su muerte. La Viena de Kraus es el ámbito total de su sensibilidad, como lo es Dublín para la de James Joyce.

Contemplando a Viena, Kraus fue poseído por la clarividencia. Percibió en su brillo cultural los síntomas de la neurosis, de las fatales tensiones entre "la cultura y su malestar". (La famosa expresión de Freud, un vidente rival, a quien despreciaba, podría ser suya.) En el lenguaje del periodismo vienés, de la charla de salón y de la retórica parlamentaria registró algo enfermizo que estaba invadiendo los centros vitales de la lengua alemana. Mucho antes que George Orwell y de forma mucho más completa, Karl Kraus relacionó la descomposición en la lucidez, en los valores de verdad, en el personal vigor del discurso privado y público con la descomposición, más en general, de las sociedades políticas centroeuropeas y occidentales. En las angustiadas sátiras de Kraus sobre las falsedades, sobre las actuaciones legales determinadas por la clase, y en particular de la justicia penal, cobra realidad un fustigador repudio del orden burgués en su totalidad. Antes quizá que ningún otro crítico social, Kraus identificó y analizó el trastocamiento de las ideas estéticas en la literatura y en las bellas artes por obra del omnipotente poder de la comercialización, de los medios de comunicación de masas, de los lanzamientos publicitarios. Sus anatomías del kitsch aún no han sido superadas. Y, de una manera que desafía la explicación racional -en esto se le puede comparar con Kafka-, Kraus percibió en el crepúsculo del viejo régimen europeo y en los demenciales horrores de la Primera Guerra Mundial la venida de una noche todavía más tenebrosa. Al satirizar la ingenua fe en el progreso científico, Kraus pudo establecer en 1909 la proposición, entonces enteramente fantástica (ahora insoportable), de que el progreso de tipo científico-tecnológico "hace monederos con piel humana".

Pero por amplias que sean sus implicaciones, las ocasiones para la profecía que hay en Kraus, los trampolines de su ira, siguen siendo estrictamente locales y temporales. Sus despiadadas críticas y parodias lingüísticas arrancan de algún artículo, con frecuencia trivial, en la prensa diaria, de alguna efímera reseña literaria, de una nota publicitaria o un anuncio. Las diatribas contra las groseras miopías de la ley de la burocracia tardoimperial o de entreguerras son desencadenadas por alguna oscura acusación en los suburbios o en las zonas deprimidas de la ciudad. Las polémicas de Kraus, sumamente ambiguas, sobre el tema de la homosexualidad -deploraba que fuera perseguida, al mismo tiempo que temía su clandestina influencia en la política y en las letras- hacen suponer un íntimo conocimiento de ciertos escándalos, casos de calumnia, suicidios bajo la presión de chantaje tanto en la Alemania de los Hohenzollern como en el beau monde vienés. ¿Quién recuerda hoy -y mucho menos lee- a los periodistas, a los críticos teatrales, a los publicistas o a los pedantes académicos que Kraus seleccionó para su implacable censura? ¿Quién recuerda a los expertos forenses, a los criminólogos cuyas complacencias con anteojeras ridiculizó Kraus? Hasta el opus magnum de Kraus -el titánico drama- collage sobre la Primera Guerra Mundial, titulado Los últimos días de la humanidad y que toma como modelo, soberbiamente, las alegorías de la Walpurgisnacht de la segunda parte del Fausto de Goethe- exige muchas veces un conocimiento no sólo del dialecto y el slang vieneses sino también de las minucias de los hábitos administrativos y sociales del edificio, en pleno hundimiento del imperio austrohúngaro.

Un segundo obstáculo impide acceder hoy a Kraus. Los escritos completos son extensos; los dos volúmenes de cartas íntimas a la baronesa Sidonie Nádhern´y, que fue la gran pasión de su vida, son profundamente reveladores. Pero su genio triturador fue al parecer más manifiesto en sus apariciones personales como lector-recitador de sus propios textos, de sus traducciones de Shakespeare y otros dramaturgos y de poesía, Kraus presentó unas setecientas lecturas en solitario entre 1910 y 1936. Tenemos numerosos informes -y todos sin resuello- recientes, en las memorias de Canetti) Una pura fuerza de pensamiento, un carisma intelectual-histriónico del virtuosismo más singular emanaba, según parece, de las recitaciones y lecturas de Kraus. Entre 1916 y 1936 adaptó para su interpretación en solitario en alemán trece comedias de Shakespeare. Quienes (aún entre nosotros) estaban entre el público hablan de una multiplicidad de voces, de una tensión y un ritmo dramáticos no igualados en el teatro de verdad. Las artes de Kraus para la presentación directa incluían la música: con acompañamiento de piano, interpretaba con mímica, canto y palabras, él solo, las operetas de Offenbach, a quien, junto con Johann Nestroy, dramaturgo vienés del siglo XIX y Frank Wedekind, comediógrafo contemporáneo de cabaré, situó en la vanguardia misma de la sátira literaria y social. Fue Kraus en su atril, en su "Teatro de la poesía y del pensamiento", el que lanzó el mayor hechizo. Como otros grandes profetas y vigilantes en la noche, tenía con el lenguaje una relación más física, más inmediata que ninguna que se pueda fijar escribiendo. Han quedado una o dos fotografías de aficionado de estos dramas de la palabra. No tenemos ninguna grabación.

Son estas distancias, con el hombre y con su medio omniconfigurador, las que hacen que el profesor Harry Zohn, notablemente quijotesco, se esfuerce por conseguir para Kraus un público lector anglohablante más amplio. Half-truths and One-and-a-half Truths (Carcanet) intenta poner ante los lectores ingleses "un mosaico de las opiniones, actitudes e ideas de Karl Kraus tal como las revela en forma de aforismo". Ahora bien: es totalmente cierto que Kraus podía brindar máximas lapidarias y aforismos mordaces. Pero éstos carecen, sobre todo fuera de contexto, de la persuasiva intensidad y de la presión de pleamar que posee su retórica. Como los poemas de Kraus, sus aforismos se resienten en ocasiones de un deliberado manierismo, de la timidez del sabio.

Hay momentos intensos y sugerentes: "Las sátiras que el censor entiende son prohibidas con toda la razón", "Uno no debe aprender más que lo que necesita absolutamente contra la vida", "ya no tengo colaboradores. Me daban envidia. Repelen a los lectores que quiero perder yo mismo"; el psicoanálisis es esa enfermedad mental para la cual se considera a sí mismo una terapia" (un golpe tan famoso como irrefutable); "no me gusta inmiscuirme en mis asuntos privados", o el hallazgo tan en consonancia con las máximas de La Rochefoucauld, "la ingratitud es a menudo desproporcionada con respecto al beneficio recibido". Con harta frecuencia, sin embargo, las máximas extraídas y agrupadas por el profesor Zohn pueden relegarse sin más al olvido. ¿Qué hay más banal que la proposición según la cual "se considera normal venerar la virginidad en general y ansiar su destrucción en particular"? ¿Necesitamos que el reprobador del sentimentalismo nos diga que "el amor y el arte no abrazan lo que es bello sino lo que ese abrazo hace bello"? Cuán hueca es la autodramatización del alarde de Kraus "yo y la vida: la disputa se resolvió caballerosamente. Los adversarios se separaron sin haber hecho las paces". Cuán forzada es la declaración "muchos comparten mis opiniones conmigo. Pero yo no las comparto con ellos". ¿Y podría haber una generalidad más fácil de refutar que la afirmación de que "un poema es bueno hasta que uno sabe de quién es" (y esto lo dice un ardiente, aunque torpe, traductor de los sonetos de Shakespeare)? Sin su contexto, ¿qué tiene que pensar el lector de algo que en realidad no es un aforismo de Kraus sino una variación sobre la más universal de las citas: "Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen"?

Es muy posible que el más célebre de los dichos breves de Kraus sea también el más controvertido: "Respecto a Hitler, no se me ocurre nada que decir". El profeta se quedó sin habla ante la pesadilla de la realización de sus peores temores. Anotada a finales de la primavera o principios del verano de 1933, esta abstención del discurso, esta despedida de la elocuencia, revela un terrible hastío. Los cientos de representaciones públicas, los treinta y siete volúmenes de Fackel , la atormentada salida y marginal regreso de Kraus al judaísmo (la cuestión sigue envuelta en la oscuridad) habían sido inútiles. Un zafio infierno estaba a punto de engullir a la civilización europea y, más especialmente, a la lengua alemana, que Kraus había amado y por la que había luchado. "La lengua es la única quimera cuyo ilusorio poder es infinito, algo inagotable que impide que la vida se empobrezca", había escrito. "Que los pobres aprendan a servir a la lengua." Ahora, el instrumento elegido de Kraus, la única vara de zahorí de la verdad que el hombre pensante tiene a su alcance, se convertiría en estridente megáfono de lo inhumano. Ante Hitler, un antimaestro de la palabra más despiadado que él -un actor, un recitador más hipnótico-, Kraus se quedó callado. En algún nivel muy profundo de su semiconciencia tal vez percibió en Hitler la imagen, monstruosamente distorsionada pero también paródica, de sus propios talentos. Ahora se encontraba a sí mismo entre la bola de cristal y el espejo y enmudecía.

En realidad el gas mefítico del nazismo había empezado a burbujear en Austria. Fue en las calles de Viena, antes de 1914, donde Adolf Hitler se nutrió hasta saciarse de las teorías raciales, los histéricos resentimientos y el antisemitismo que habrían de componer su demonología. Cuando el nazismo volvió a Viena, en la primavera de 1938, la acogida que le fue dispensada excedió en fervor incluso a la recibida en Alemania. Unas formas fantasmales de nacionalsocialismo, un latido apenas atenuado de antisemitismo y una singular infusión de oscurantismo, en parte eclesiástica, en parte rural, siguen caracterizando el clima de conciencia en la Austria de Kurt Waldheim. Es este caldero de brujas el que provoca las implacables acusaciones y las sátiras de Thomas Bernhard.

A diferencia de Kraus, Bernhard es principalmente un escritor de ficción: de novelas, relatos y obras para radio. Prolífico y desigual, en sus mejores momentos es el artesano más destacado de la prosa alemana después de Kafka y Musil. Amras (todavía no traducida al inglés), The Lime Works (traducida por Sophie Wilkins y recientemente reeditada por la Unversity of Chicago Press, que ha sacado también otras dos novelas de Bernhard) y la aún no traducida Frost crearon un paisaje angustioso tan detallado, tan precisamente imaginado, como ningún otro en la literatura moderna. Los bosques tenebrosos, los torrentes precipitados pero con frecuencia contaminados, las aldeas empapadas y malignas de Carinthia -la misteriosa región de Austria en la que Bernhard vive su vida totalmente privada- se transmutaron en el escenario de un infierno de poca monta. Aquí, la ignorancia humana, los aborrecimientos arcaicos, la brutalidad sexual y el fingimiento social prosperan como víboras. Increíblemente, Bernhard llegó a extender esta visión nocturna, fríamente histérica, a las mayores alturas de la cultura moderna. Su novela sobre Wittgenstein, Correction (disponible en tapa blanda en Vintage), es uno de los logros más sobresalientes de la literatura de posguerra. Su Der Unterghe r (no traducido al inglés), un relato centrado en la mística y el genio de Glenn Gould, trata de descubrir los poderes frenéticos de la música y el enigma de un talento para la suprema interpretación. La musicología, la obsesión erótica y la tónica de autodesprecio característica de Bernhard confieren fuerza persuasiva a la novela Concrete (otro de los volúmenes de la Universidad de Chicago). Entre estas cimas hay demasiados relatos y guiones que se imitan a sí mismos, automáticamente sombríos. Sin embargo, incluso cuando Thomas Bernhard es inferior a sí mismo es inconfundible el estilo. Heredero de la pureza marmórea de la prosa narrativa de Kleist y de la vibración del terror y el surrealismo de Kafka, Bernhard ha convertido en un instrumento totalmente adecuado a sus propósitos de severa censura la frase corta, una sintaxis impersonal, aparentemente oficiosa, y el despojamiento de las palabras concretas hasta dejarlas en sus huesos radicales. Las primeras novelas de Beckett darán al lector inglés alguna aproximación a la técnica de Bernhard. Pero incluso en lo más desolado de Beckett hay risa.

Nacido en 1931, Bernhard pasó su infancia y su adolescencia en la Austria prenazi y nazi. La fealdad, la chillona mendacidad de aquella experiencia han marcado la totalidad de su visión. De 1975 a 1982, Bernhard publicó cinco estudios autobiográficos. Cubren la época que se extiende desde su nacimiento hasta sus veinte años. Recogidos ahora en una secuencia continua, estos recuerdos constituyen Gathering Evidence (Knopf). Narran los primeros años de un hijo ilegítimo recogido y criado por unos excéntricos abuelos. Son la crónica de los odiosos años escolares de Bernhard bajo un sistema sádicamente represivo, dirigido primero por sacerdotes católicos, luego por nazis, después nuevamente por sacerdotes; queda bien patente que no hay gran diferencia entre unos y otros. La sección titulada "The Cellar" narra con paralizante detalle las experiencias del joven Bernhard en Salzburgo cuando la ciudad estaba siendo bombardeada por las Fuerzas Aéreas aliadas. Los años de la inmediata posguerra fueron un oasis para Bernhard, que pasó a trabajar como aprendiz y dependiente con un tendero vienés y fue testigo de la temporal turbación de los nazis, ahora de forma tan repentina y sorprendente convertidos a la democracia. Mientras hace recados para su abuelo moribundo, el viejo tigre anticlerical y anarquista al que Bernhard quería como no había querido a nadie cercano a él, el joven, de dieciocho años, cae enfermo. Es confiado a un pabellón hospitalario para seniles y moribundos. (Estos pabellones se harán perennes en sus novelas posteriores y en el inspirado libro -en parte realidad, en parte invención- El sobrino de Wittgenstein .) En el hospital, Bernhard contrae la tuberculosis. En el umbral de la vida adulta, se encuentra sentenciado a muerte. Esperando constantemente el cumplimiento de esa sentencia y a la vez desafiándola, escapará a la ciudadela armada de su arte.

Escrupulosamente traducido por David McLintock, que también tradujo Concrete , este retrato del artista como niño torturado y como joven acosado por la muerte no constituye una lectura poco exigente. Hay una nota de dolor y aborrecimiento nunca mitigados:

Pronto se vio confirmada mi sospecha de que nuestras relaciones con Jesucristo no eran en realidad distintas de las que habíamos tenido con Adolf Hitler seis meses o un año antes. Cuando consideramos las canciones y coros que se cantan para el honor y la gloria de cualquier personaje tildado de extraordinario, sea quien sea -canciones y coros como ésos, cantábamos durante la época nazi y después-, nos vemos obligados a admitir que, con ligeras diferencias de formulación, los textos son siempre los mismos y se cantan siempre con la misma música. Todo en esas canciones y coros es simplemente una expresión de estupidez bajeza y falta de carácter por parte de quienes los cantan. La voz que se oye en esas canciones y coros es la voz de la inanidad, de una universal y mundial inanidad. Todos los crímenes de la educación perpetrados contra los jóvenes en los establecimientos de enseñanza de todo el mundo son perpetrados en nombre de algún personaje extraordinario, se llame Hitler, Jesucristo o de cualquier otra manera.

Los médicos son torturados con licencia no menos que profesores. Su desprecio por la vida interior del paciente, por las complejas necesidades de los moribundos, guarda una proporción exacta con su arrogancia, con sus afirmaciones altivas pero huecas de poseer un conocimiento de experto. La detallada descripción que hace Bernhard de cómo casi se asfixia mientras le ponen inyecciones de aire en el pecho es intencionadamente insoportable. Representa una larga alegoría del estrangulamiento: por obra de las circunstancias familiares, de la educación, de la servidumbre política. Escribe: "El profesor se presentó inmediatamente en el hospital y me explicó que lo que había ocurrido no era nada fuera de lo corriente . No dejaba de repetir esto de forma categórica, excitado y con una expresión maligna en su cara que dejaba entrever claramente una amenaza. Mi neumotórax se había frustrado ahora, gracias a la discusión del profesor sobre su menú del almuerzo, y había que idear algo nuevo". Sigue una intervención peor, todavía más brutal.

Dentro de esta "inanidad mundial", la inanidad de Austria es con mucho la más detestable. Bernhard arremete contra el untuoso entierro de su pasado enteramente nazi, contra el megalómano provincianismo de la cultura vienesa, contra la ciénaga de superstición, intolerancia y avaricia en que el campesino o el habitante de las montañas austríacas llevan sus asuntos. Bernhard anatematiza un país que tiene por norma sistemática ignorar, humillar y desterrar a sus más grandes espíritus, ya se trate de Mozart o de Schubert o de Webern; un establishment académico que se niega a honrar a Sigmund Freud, aun póstumamente; un odio crítico-literario que exilia a Broch y a Canetti y reduce a Musil casi al hambre. Hay numerosos entornos de infierno, trazados por la estupidez, la venalidad y la codicia humanas. Sólo en la provincia de Salzburgo, cada año, dos mil seres humanos, muchos de ellos jóvenes, intentan suicidarse. Un récord europeo, pero apenas, si hemos de creer a Bernhard, ajustado a los motivos: "Los habitantes de la ciudad son totalmente fríos; la mediocridad es su pan de cada día y el cálculo sórdido su rasgo característico". En una novela muy reciente, Maestros antiguos , se otorga la palma de la infamia, sin derecho a la apelación, a la "más estúpida", a la "más hipócrita" de todas las ciudades, que es Viena.

El problema del odio es que le falta aliento. Cuando el odio genera una inspiración verdaderamente clásica -en Dante, en Swift, en Rimbaud- lo hace a rachas, cubriendo distancias cortas. Prolongado, se convierte en una sierra monótona y embotada que zumba y chirría sin cesar. La obsesiva e indiscriminada misantropía que hay en Bernhard, las filípicas día y noche contra Austria amenazan frustrar sus propios fines. No admite la fascinación y el genuino misterio del caso. El país, la sociedad, que con tanta razón censura por su nazismo, por su fanatismo religioso, por su risible autosatisfacción, da la casualidad de que es también la cuna y el escenario de gran parte de lo más fértil, más relevante de toda la Modernidad. La cultura que produjo a Hitler también engendró a Freud, Wittgenstein, Mahler, Rilke, Kafka, Broch, Musil, el Jugendstil y lo más importante de la música moderna. Eliminen ustedes del siglo XX Austria-Hungría y la Austrias de entreguerras y no tendrán lo más demoníaco, lo más destructivo de esa historia, pero tampoco sus grandes fuentes de energía intelectual y estética. No tendrán las intensidades mismas, la autodesgarradora violencia de espíritu que produjeron un Kraus y un Bernhard. Lo que antaño fue esencial para Europa se tornó esencial para la civilización occidental. Hay muchas maneras evidentes en las que la cultura urbana estadounidense de hoy, en especial la cultura urbana judía estadounidense, es un epílogo de la Viena fin-de-siècle y de esa dínamo de genio y neurosis definida por el triángulo Viena-Praga-Budapest. Para ese núcleo, el mero odio es un guía tuerto.

© LA NACION

20.10.09

Presentan el libro de los viajes con Borges

La viuda del escritor presentó hoy el libro "El Atlas de Borges", que
recoge las reflexiones y fotografías


Jorge Luis Borges

La viuda del escritor argentino Jorge Luis Borges, María Kodama, presentó hoy en Francfort el libro "El Atlas de Borges", que recoge las reflexiones literarias de él y las fotografías que hizo ella durante los viajes por el mundo que ambos realizaron.
Kodama inauguró en el Instituto Cervantes de Fráncfort una exposición de 130 fotografías y textos seleccionados que dan una imagen íntima de la vida del escritor.
La muestra invita a participar del universo de Borges desde su forma de ver, interpretar y vivir el mundo que recorrió y que reflejó a través de su obra.
Kodama (Buenos Aires 1945), que es escritora, traductora y profesora de literatura argentina, recordó que "para Borges era inútil viajar si uno no tenía idea de la literatura y del arte del país al que iba".
La inauguración de esta exposición, que comenzó su andadura en la ciudad argentina de Mendoza, coincidió con la apertura de la Feria del Libro de Fráncfort al público.
El ministro de Cultura de la ciudad de Buenos Aires, Hernán Lombardi, presente en el acto de inauguración, dijo que "son fotos del cariño y de la intimidad", a través de las que el observador "puede asomarse a los viajes de una pareja feliz por el mundo".
La directora del Instituto Cervantes de Fráncfort, Mercedes de Castro, explicó que en 1979 Borges fue el primer escritor latinoamericano galardonado con el Premio Cervantes, equivalente al Nobel de Literatura en castellano.
"Qué era un atlas para nosotros, Borges?. Un pretexto para entretejer en la urdimbre del tiempo nuestros sueños hechos del alma del mundo", dice uno de los textos expuestos.
Kodama recuerda: "antes de un viaje, cerrados los ojos, juntas las manos, abríamos al alzar el atlas y dejábamos que las yemas de nuestros dedos adivinaran lo imposible: la aspereza de las montañas, la ternura del mar, la mágica protección de las islas".
Borges (Buenos Aires 1899 - Ginebra 1986) publicó ensayos breves, cuentos y poemas.
El Instituto Cervantes de Fráncfort se encuentra en la "Casa de América", edificio construido en 1956 por los arquitectos estadounidenses Skidmore, Owings & Merrill en cooperación con el arquitecto alemán Otto Appel y declarado monumento histórico.
La semana pasada el poeta español Antonio Gamoneda inauguró la biblioteca del Instituto Cervantes de Fráncfort, que lleva su nombre y tiene un fondo inicial de 5.000 volúmenes y capacidad de 25.000 volúmenes.

El milagro secreto, un cuento de Jorge Luis Borges

fuente: EFE http://jmarconsusescribanias.blogspot.com

1.10.09

Pamuk: "Hay cosas más importantes que la felicidad"

ENTREVISTA
Orhan Pamuk, premio Nóbel de Literatura en 2006, publica 'El museo de la inocencia'

Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en el 2006, reside estas semanas en una espaciosa casa de Cambridge, a las afueras de Boston. Le ha llevado hasta allí una serie de lecturas que pronuncia en Harvard, donde ha comentado con este diario su nueva novela, la primera del autor turco desde que fue consagrado en el templo de los más grandes. Es una novela sobre una locura de amor, pero también sobre su ciudad, Estambul, de la que, con la excusa de las clases, se ha alejado.
Ha dicho que los libros son una segunda vida para los lectores, ¿y para el escritor?

No, estás en el medio. La literatura te permite vivir mundos alternativos. No te olvidas del tuyo pero tienes otra vida, que hace al primer mundo más inteligible e interesante. El mundo novelístico mejora al otro. Escribir novelas es buscar un sentido a la vida.

En las lecturas que hace en Harvard, pone el acento en lo que denomina naif –ingenuo– a la hora de escribir y leer, en oposición a lo sentimental o más artificial. ¿Es usted naif?

Lo naif tiene más que ver con no cuestionarte lo que haces. Yo sostengo es que un novelista debe ser las dos cosas.

Sus lectores occidentales ¿son más ingenuos que los lectores turcos?

Cada lector es ingenuo, pero por motivos diferentes. Hay lectores occidentales que cogen de forma literal lo que digo sobre el islam, y a la inversa. El occidental lo es por unas razones, ven todos los problemas, pero el turco también. Ingenuo es el que no percibe el artificio en la creación.

¿No ven su burla de la religión?

Nunca me he burlado de la religión. En todo caso he bromeado. Cada cosa es artificial y real a la vez. En esto se basa la comunicación entre lector y escritor. Todo lo que describo en este libro es real, aunque luego esté elaborado. Es lo que he visto en mi vida, en las calles. El contenido de este libro se nutre de mis vivencias, y de mis relaciones familiares.

Tanto que se autocita como uno de los conocidos de Kemal, el protagonista...

Mucha gente me pregunta: "¿Señor Pamuk, usted es Kemal?" No, no soy Kemal, pero no vamos a discutir por eso. Lo entiendo, nuestra vida es parecida: somos de clase alta, disfrutamos los placeres de la vida. Los dos compartimos eso, la incomodidad de ser ricos en un país pobre. Él sale de su grupo social, se individualiza.

¿Descubre otro mundo?

Se individualiza más y eso supone abandonar su egoísmo y, a su vez, desarrollar la capacidad de ser distinto a su grupo.

Del champán y el sexo pasa a una vida menos sofisticada, de la frivolidad a la dignidad.

Es una novela diferente a las que siguen los cánones en Turquía, las que desde oriente se dirigen a occidente, con temas como el de la joven pobre que se hace actriz y acaba de prostituta. Mi libro va en el sentido contrario, de oriente a occidente. Kemal no hace este camino de forma triunfante.

Kemal, a pesar de todo, dice que ha tenido una vida feliz...

Vida y felicidad son las dos palabras con que se abre y se cierra el libro. Empieza con Kemal recordando el momento más feliz de su vida. Y acaba así. La primera frase pasa sin problemas, todo el mundo la considera probable. La última ya es más problemática, porque se lee en un contexto en que muchos considerarían que Kemal ha llevado una vida de lo más infeliz. Y desde determinados puntos de vista lo es, muchos de sus antiguos amigos burgueses se apiadan de él. El lector decidirá si ha sido feliz o no.

Hace años que la escribe, pero es la primera novela tras el Nobel, ¿ha cambiado su vida?

En el discurso dije que no me cambiaría, pero sí. Tengo más lectores. Se ha incrementado la cuenta bancaria y los e-mails. Pero en mi dedicación a la literatura tengo también un compromiso mayor. El premio me hizo un hombre feliz, y ocupado.

¿Desde el escándalo por la condena del genocidio armenio, no vive en Turquía?

Sigo en Turquía, sí, pero paso mucho tiempo dando clases en el extranjero, tengo que resignarme a llevar guardaespaldas. Pero creo que no se deba a tanto a mis posicionamientos políticos como al hecho de ser premio Nobel y tener tanta visibilidad.

¿No habla de política?

Seguiré hablando de política siempre que me parezca, en eso no soy como Kemal, y me alegro. A Kemal sólo le interesa, sólo busca la felicidad. Yo no soy así. Yo creo que la felicidad no lo es todo en la vida. Hay personas para las que lo importante en la vida es cumplir unos objetivos antes que sentirse felices.

Usted escribe que los museos son la esencia de la cultura occidental...

En 1975, que es cuando empieza la novela, en Turquía no había museos que no fueran los del Estado, muy aburridos. Desde entonces se ha progresado mucho, los ricos han empezado a coleccionar y a exponer. Si esto es una prueba de modernidad, también se ha de decir que Europa ha continuado modernizándose.

Turquía y Europa, ¿una relación imposible?

Las puertas se han cerrado y las perspectivas son malas, la oleada conservadora en Europa, con Merkel en Alemania y Sarkozy en Francia, o la misma Turquía que no ha hecho los deberes en materia religiosa y libertad de expresión... Y más allá de gobiernos, hay una cuestión cultural.

fuente:lavanguardia.es http://jmarconsusescribanias.blogspot.com