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5.4.10

¿Lo barato saldrá caro en Internet?

Digitalización y precio son dos palabras que parecen enfrentadas. ¿Existen límites a la gratuidad en Internet? Aunque hoy los usuarios se beneficien del no pago, ¿cuáles son las consecuencias a nivel de los contenidos de la Web en el mediano y largo plazo? Aquí, algunas opiniones para pensar y debatir





Por JUlio Villanueva


A finales de la década de los noventa, una recién creada puntocom proveía servicios de alojamiento web a pymes norteamericanas. Todo parecía maravilloso: su página web era preciosa, la cultura de la empresa muy casual y el número de usuarios no paraba de crecer. Pero había un solo problema: casi todo era gratis.

La empresa proveía un servicio premium de pago, pero el servicio gratuito era tan bueno que casi nadie pagaba por nada. Los inversores se impacientaban. Varios millones de dólares quemados en atraer usuarios y darles servicio y casi ningún cliente. Así que alguien decidió que los usuarios tendrían que pagar. Después de todo, el precio propuesto era muy económico, podríamos decir que casi gratis.

Pero no enteramente gratis. Así que cuando llegó la fecha, menos del 2% de los clientes decidieron pasarse al servicio de pago. Hoy esta empresa está en la larga lista de las puntocom que murieron en aquella burbuja.

Google, YouTube, Facebook, Tuenti, Flickr, Digg son algunas de las muchas que sí han sobrevivido. Algunas ganan hoy dinero. Otras aún tienen que demostrarlo. Pero todas ellas tienen una cosa en común: son enteramente gratis para el usuario. Parece que digitalización y precio son dos palabras enfrentadas. Buenas noticias para los usuarios, pero no tan buenas para los inversores.

¿Existen límites a la gratuidad en Internet? La doctrina de que el coste en Internet tiende a cero y que por tanto los negocios pueden sustentarse de manera gratuita es falsa. Un servidor cada vez es más barato, pero cuesta dinero. Un programador cuesta dinero. Una estrategia para captar clientes cuesta dinero. Y así sigamos sumando.

Sí, muchos clientes lo podrán recibir gratis, pero alguien tiene que pagar si queremos empresas rentables. Pongamos el ejemplo de la prensa en Internet. Hoy los principales periódicos en papel tienen sus versiones gratis en Internet. Y les han aparecido un montón de competidores que sólo están on line.

¿Cuál es la diferencia entre el modelo papel + on line y el sólo on line? La principal es, en mi opinión, que un periódico como The New York Times llevado 100% al on line no puede ser rentable. Y lo mismo pasa con la mayoría de los diarios españoles. ¿Es porque pagan mucho a sus periodistas? ¿Porque escriben contenido que no interesa a nadie? ¿Porque tienen corresponsales en países que nadie sabe situar en un mapa? Personalmente creo que no. Ese modelo de negocio se sustentaba sobre una oferta de producto que tenía aceptación en el cliente y donde lectores y anunciantes pensaban que el precio merecía la pena.

Hoy esta ecuación está cambiando. ¿La alternativa? Bajar la calidad o cantidad de los contenidos. ¿Le parece atractiva esta posibilidad? Algunos dirán... pero si el futuro es que el ciudadano puede hacer de periodista, al igual que hace de productor en YouTube. ¡Por fin el poder se desplaza de la elite mediática a los ciudadanos!

Un minuto de reflexión. ¿Dejaría a un ciudadano, por bien intencionado que fuera, operarlo de un tumor en la cabeza? ¿Es que no tiene valor el periodismo de calidad? ¿Quién hará investigación rigurosa acerca de la corrupción política que nos asuela si no hubiera prensa de pago en nuestro país?

La calidad cuesta

¿Puede esta función cubrirla un periodismo ciudadano o un agregador de noticias? ¿Puede o quiere un periódico sólo on line cubrir la profundidad de noticias que cubren algunos periódicos de papel? Me parece que no.

Y esta reflexión sirve para muchos otros negocios de contenido... ¿Es que no querrá usted ver una buena película o será YouTube capaz de saciar toda su necesidad de entretenimiento? Y si nadie paga por el cine y todos nos lo bajamos gratis,¿tendremos en 10 años mejores o peores películas? Pensamos que el problema son los consumidores. Quieren contenido de calidad, pero gratis. Y se han (nos hemos) acostumbrado a no pagar por nada en Internet, incluso a justificar la piratería de contenidos.

No hemos sido capaces de dar suficiente valor al consumidor y de crear formatos de servicio que aporten valor y que sean innovadores. ¿Por qué es Apple tan exitoso y rentable? ¿Lo han conseguido vendiendo barato? ¿Gratis?

Los modelos gratis tienen cabida. Pero competir en lo gratis es tremendamente difícil. Google no tiene el éxito que tiene por casualidad. Han trabajado para ser exitosos. Ahora podemos escandalizarnos del poder que han alcanzado, pero es evidente que los demás han cometido un pecado de omisión.

Hay contenido de calidad que es gratis. Pero hay otros sectores en los que calidad y gratuidad están reñidos. ¿Estamos hoy preparados para lo "casi gratis" pero "no enteramente gratis"?

Algunos lo están consiguiendo. Apple, con iTunes y su App store está demostrando que muchos usuarios están dispuestos a convertirse en clientes. Este año The New York Times empezará a cobrar por ciertos contenidos. Sus directivos tiemblan de miedo. Veremos.

¿El fin del fotoperiodismo?
Andrés Hax
Una nota en The New York Times de la semana pasada describe cómo el fotógrafo profesional está cada vez más perjudicado por los fotógrafos amateurs, que venden sus fotos a bancos de imágenes por precios módicos. Como no dependen de ese dinero como su fuente principal de ingreso, se pueden dar el lujo de cobrar lo que sería una miseria para un fotoperiodista. Aunque sus fotos no son de calidad profesional, la abundancia que generan las cámaras digitales garantiza que siempre se puede conseguir una toma aceptable para cualquier tema. Esto no es un caso de piratería ni es un acto ilegal. Es un cambio de modelo de negocios. Internet no solamente ha generado una forma de compartir contenidos a un costo casi nulo; también ha creado microeconomías que permiten a novatos amenazar el quehacer de profesionales que se han dedicado una vida a perfeccionar un oficio. Esta nueva realidad es trágica, pero parece ser irreversible.
No existe lo gratuito, alguien siempre paga

Gerard Costa
Estamos alumbrando una generación que no paga por la mayoría de los servicios relevantes. Hace dos años que Chris Anderson acuñaba el término freeconomics para describir un emergente modelo de negocios basado en lo gratuito, gracias a las peculiaridades de Internet. Pensemos en innovaciones gratuitas como las descargas de versiones base de software, el buscador Google, o la solidaridad de aportar mi entrada en Wikipedia. ¿Realmente otro nuevo paradigma? La primera reflexión proviene del chiste de alguien vendiendo a bajo coste a quien le preguntaron cuál era su secreto: "Vender mucho volumen". No existe lo gratuito, alguien acaba pagando. Es cierto que Internet permite una distribución con un coste marginal por cliente prácticamente nulo, y que se reducen constantemente los costes troncales (almacenamiento, procesador, ancho de banda). Pero sólo han transcurrido diez años del estallido de la burbuja de Internet y nuevamente simplificamos: alguien siempre acaba pagando, sea la publicidad en banners o los consumidores de las versiones superiores de software. No es muy distinto de los actuales teléfonos móviles, regalados con la contratación de línea, o el futuro coche eléctrico gratuito si contratamos la cuota mensual de recarga eléctrica. La segunda es que el precio hoy debe contemplar todos los recursos escasos del consumidor, como por ejemplo, el tiempo: a mayor oferta, los consumidores están más bloqueados en el punto de venta, incluso llegan a descartar la compra, como ilustra la paradoja de la elección del psicólogo Barry Schwartz. Te ofrezco tantas soluciones gratuitas, que alguien cobrará para ayudarte a escoger (el "Voy a tener suerte", de Google). Por último, la incipiente economía de lo gratuito nos está mostrando dos caras del ser humano. En una aldea global, el mono desnudo descrito por el antropólogo Desmond Morris puede sublimarse en lo altruista y solidario construyendo de modo comunal Wikipedia. Pero, reflexionemos sobre los efectos de la cara oscura: estamos alumbrando una generación de hombres y mujeres que no pagan por la mayoría de los servicios que les son relevantes, que reciben muchas soluciones gratuitas, etiquetados como generación Einstein, y de los que luego nos sorprende que legitimen lo gratuito de robar con descargas de películas o música, o que confundan al iniciar su carrera profesional la relación entre esfuerzo y resultado. El consumidor nunca llega a valorar lo que le es gratuito, nunca llega a ser tan feliz como cuando paga para tener lo que él valora.
Certifica.com Certifica.com int

15.12.09

¿Y si el asombro llegara a su fin?

Hasta el siglo XX, el conocimiento que se tenía del arte de otros países era muy limitado, afirma Umberto Eco. Internet y las muestras itinerantes cambiaron eso. ¿Cómo afectará ese cambio la noción de gusto?, se pregunta el semiólogo italiano.



EN EL LOUVRE. Muchos van al museo y no ven, dice Eco. Aunque reciben más información, concede.

Por Umberto Eco
Los historiadores de la Edad Media nos dicen que el habitante de un pueblo difícilmente se mudaba a la aldea o pueblo vecino, distante a pocos kilómetros, pero era posible que visitara, como peregrino, Santiago de Compostela o Jerusalén. Sin embargo, aunque probablemente conocía las esculturas y vitraux de su propia iglesia, ¿qué podía haber visto o comprendido de las construcciones que cruzaba a lo largo de su peregrinaje? Es muy difícil querer ver algo que nunca se ha visto, algo que desafíe nuestra capacidad de percepción.

Algunos han puesto en duda el hecho de que Marco Polo haya estado realmente en China, porque no habla de la Gran Muralla ni del té ni de los pies vendados de las mujeres. Pero se puede estar mucho tiempo en China sin saber verdaderamente qué beben los chinos, sin observar jamás los pies de una mujer, aunque sea por educación, notando como mucho que en la corte de Gengis Khan, las damas se desplazaban a pequeños pasos; y sin pasar por la Gran Muralla, o pasar por ella y tomarla como una fortaleza local.

Todo esto para decir que, hasta el siglo XX, el conocimiento que la gente tenía del arte de otros países era muy limitado. Por otra parte, si observamos los magníficos grabados de la China del sacerdote Athanasius Kircher, a partir de las reconstrucciones visuales (realizadas según las descripciones verbales de los misioneros), es muy difícil reconocer una pagoda.

¿Cuántas obras de arte de su propia civilización veía un ciudadano francés hasta el siglo XIX? El acceso a las colecciones privadas, e incluso a los museos, estaba reservado a una elite, y a lo sumo, a una elite urbana, hasta la invención de la fotografía.

Para saber, por ejemplo, a qué se parecía una obra de arte conservada en Florencia, se recurría a los grabados. ¡Ah! ¡Esos espléndidos libros de Lacroix donde las madonas de todos los siglos (bizantinas o del Renacimiento) tenían el rostro de las jóvenes que poblaron los relatos históricos de la época romántica!

Recordemos que una de las etimologías de la palabra "kitsch" –aunque las hipótesis son numerosas– es sketch, esquisse, esbozo sintético y apresurado: los caballeros ingleses, durante su "Grand Tour" de Italia, para guardar un recuerdo de los monumentos y galerías que visitaban, pedían a artistas callejeros que les hicieran un dibujo de la obra vista una sola vez, ejecutado rápidamente la mayoría de las veces. De ese modo, incluso la evocación de la experiencia artística directa pasaba por representaciones infieles.

Y no podemos decir que las cosas hayan mejorado con la invención de la fotografía. Para convencerse de ello, basta con consultar algunos libros conocidos de la primera mitad del siglo XX sobre historia del arte, hasta que fue posible la reproducción en color.

Lo mismo que pasaba con las artes visuales, sucedía con el mundo del espectáculo. Es conocido ese maravilloso cuento de Borges en el que Averroes, que busca en vano traducir de Aristóteles los términos "tragedia" y "comedia" (pues esas formas de arte no existían en la cultura musulmana), escucha hablar de un extraño suceso al que había asistido un visitante en China, donde personas enmascaradas y vestidas como personajes de otros tiempos, actuaban en un escenario de modo incomprensible. Le contaban lo que era el teatro, pero él no comprendía bien de qué se trataba. En el mundo contemporáneo, la situación se invierte. En primer lugar, la gente viaja muchísimo, a riesgo de ver en todas partes los mismos lugares, hoteles, supermercados y aeropuertos, todos parecidos los unos a los otros, tanto en Singapur como en Barcelona, y se ha hablado mucho sobre la maldición de esos "no lugares". Pero, sea como fuere, la gente ve y es posible incluso que un francés haya visto las pirámides o el Empire State Building, pero no el tapiz de Bayeux (un poco como su ancestro, el campesino medieval...).

El museo, antes reservado a las personas cultivadas, hoy es la meta de flujos continuos de visitantes de todas las clases sociales. Es cierto que muchos miran pero no ven, pero, a pesar de todo, reciben información sobre el arte de diferentes culturas. Además, los museos viajan, las obras de arte se desplazan. Se organizan suntuosas exposiciones sobre culturas exóticas, del Egipto faraónico a los escitas. El juego de préstamos recíprocos de obras de arte se convierte en vertiginoso, y a veces peligroso.

Puede decirse lo mismo de los espectáculos, y es indudable que un habitante de una ciudad del interior tiene más oportunidades de ver un espectáculo de la Berliner Ensemble o un nô japonés que la que tenían sus padres.

Agreguemos a esto la información virtual: no hablo del cine o de la televisión, que convierten casi en superflua una visita a Los Angeles, puesto que se la recorre mejor en una pantalla que embarcándose en una maratón frenética de una autopista a otra, sin entrar jamás en ningún centro habitado; hablo de Internet, que hoy pone a nuestra disposición todas las obras del Louvre, de la Galería Uffizi o de la National Gallery.

Esto provoca una internacionalización del gusto, y la prueba es la experiencia apasionante que vive aquel que entra en contacto con el mundo artístico chino: habiendo escapado recientemente a un aislamiento casi absoluto, los artistas chinos producen obras que difícilmente se distinguen de las que se exponen en Nueva York o en París. Recuerdo un encuentro entre críticos europeos y chinos, en que los europeos creían interesar a sus invitados al mostrarles imágenes de diversas búsquedas artísticas europeas, en tanto que los chinos sonreían, divertidos, porque ahora conocían esas cosas mejor que ellos.

Finalmente, basta con pensar en esos innumerables jóvenes de todos los países que reconocen una pieza musical sólo si está cantada en inglés...

¿Iremos hacia un gusto generalizado, a punto tal que ya no podremos distinguir el pop chino del pop norteamericano? ¿O bien veremos perfilarse formas de localización, de tal modo que las diferentes culturas producirán interpretaciones distintas del mismo estilo o programa artístico?

En todo caso, nuestro gusto quedará marcado por el hecho de que ya no parece posible experimentar asombro (o incomprensión) ante lo desconocido. En el mundo de mañana, lo desconocido, si todavía queda algo, estará solamente más allá de las estrellas. ¿Esa falta de asombro (o de rechazo) contribuirá a una mayor comprensión entre las culturas o a una pérdida de identidad? Ante este desafío, es inútil huir: es preferible intensificar los intercambios, las hibridaciones, los mestizajes. En el fondo, en botánica, los injertos favorecen los cultivos. ¿Por qué no en el mundo del arte?

©Le Monde y Clarín, 2009. Traduccion de Estela Consigli. Texto escrito para el Festival Reimes Scenes d'Europe, que se desarrolla hasta el 19 de diciembre.

23.9.09

Para Salman Rushdie la muerte de la novela "está predicha desde su nacimiento"

El escritor angloindio Salman Rushdie señaló este martes que la novela está condenada a muerte desde los tiempos de Cervantes y apuesta a que Internet contribuirá en la defunción del género literario más leído en la actualidad.
Rushdie, que esta mañana inauguró el X Congreso Internacional de Semiótica en A Coruña del que también participarán Umberto Eco o Erik Landowski, dio una conferencia sobre "La novela en la era de la revolución comunicativa global", y reconoció en una rueda de prensa reseñada por EFE que hoy en día es "casi imposible" imaginar el mundo sin Google y se sintió afortunado de vivir el nacimiento de lo que considera una revolución.
El escritor, autor de títulos como La sonrisa del jaguar, Hijos de la medianoche o Versos satánicos, se mostró confiado de que la irrupción del libro electrónico no supondrá la desaparición del libro en papel, ya que la fortaleza de éste último reside en que la comunicación con el lector es "muy íntima y muy inusual", lo cual asegura su durabilidad.
"Me gusta el papel y me gusta la sensación de tener un libro en mis manos", afirmó, aunque apuntó que emplea también el formato electrónico, sobre todo en sus viajes, para leer y también para documentarse para la elaboración de sus novelas.
En este sentido, vaticinó que ambos formatos coexistirán y bromeó argumentando que el libro electrónico no te lo puedes llevar a la playa, porque se llena de arena; ni al baño, porque se puede mojar con el agua.
Durante su intervención aseguró estar "harto" de la política y "muy interesado" en el campo de lo público y habló de su relación con la religión.
"Hubo un tiempo en el que a la religión le interesaba mucho yo, aunque nunca pensé que fuese persona religiosa. Ni siquiera es un tema fundamental para mí", agregó.
Para Rushdie, la religión o la manifestación política de la religión "se ha convertido en el centro de la historia".
Reconoció que la publicación Versos satánicos fue el inicio de un período "muy difícil" para él, pero celebró que "desde que la tormenta pasó, la gente está empezando a leerlo como novela y no para encontrar el motivo del follón".
En este sentido, Salman Rushdie apuntó que la literatura "dura mucho más que el escándalo" y rechazó el calificativo de controvertido, que espera que se pueda retirar de su nombre pronto, ya que cree que el problema radica en que "vivimos en una era en la que la gente está asustada y cuando alguien tiene una opinión fuerte es un personaje controvertido".
El escritor angloindio acaba de publicar en España su novela La encantadora de Florencia, en la que trata sobre el inicio de las comunicaciones entre Occidente e India en el siglo XV, lo que calificó como el inicio de la comunicación global.
En la actualidad trabaja en la continuación de un libro para jóvenes que escribió hace 20 años para su hijo mayor y que ahora dedica al pequeño bajo el título "Luca y el fuego de la vida", que saldrá publicado en inglés el año que viene.
También está inmerso en la adaptación al cine de su novela Hijos de la medianoche, dirigida por la indo-canadiense Deepa Mehta, una novela que abrió las puertas a los escritores indios y paquistaníes y que consideró "interesante" revisarla después de tantos años.

Rushdie Básico
Bombay, India, 1947. Escritor y ensayista británicoHijo de una rica familia musulmana de Bombay, Salman Rushdie se educó en Cambridge, donde estudió historia. Su literatura debe mucho al realismo mágico latinoamericano, a la cultura europea e hindú. Con su novela Hijos de la medianoche ganó en 1981 el prestigioso premio británico Booker. En 2001 fue investido Caballero por la reina Isabel II. Algunas de sus obras: Grimus (1975), Vergüenza (1983), La sonrisa del jaguar (1987), Los versos satánicos (1988), El suelo bajo sus pies (1999) y Furia (2001).