En el proyecto de realidad diario, por agramatical que parezca, los predicados del relato personal suelen conducir a un pronombre inequívoco. Corresponde a la primera persona del singular y, mientras el relato no cambie de voz, a él se someten. El arte de los mejores en cualquier disciplina consiste en saber ubicar este monosílabo sedentario, en cambiarle los hábitos. Frank Kermode nació en la isla de Man y durante mucho tiempo no aprendió a hacer algo útil. A la madre le llamaba la atención esa vocación de reposo. En Not entitled, el volumen de memorias publicado en 1995, el crítico cuenta y refiere estas cosas con la honestidad y la sobriedad características. Demuestra no sólo que es uno de los críticos literarios más brillantes que pasearon por entre estos dos siglos, sino que esa falta de firmeza en el propósito, esa lenta adaptación a la incomodidad inmediata del mundo es uno de los aprendizajes menos cómodos de practicar. La aparición del yo fantasmal que preside cada evaluación crítica kermodiana es un principio –y una crítica– al uso desaprensivo de la primera persona en cualquier práctica literaria. Un ejemplo.
Porque el mundo parece prescindir de ejemplos, los modelos son cada día más parecidos. El reinado de lo banal ha sido impuesto, se acepta con admirable docilidad. Uno se conforma con erigir el altar de su ego y revolcarse en las proximidades cotidianamente. Las diferencias con cualquier criatura abyecta de un pantano son siete, nada más. Como las clases –tipos– de ambigüedad para William Empson. De la vieja escuela, Frank Kermode aprendió desde niño a tratar con la mayor discreción el "yo". Debutó como crítico en los 40, después de una carrera en la marina que sus memorias se encargan de registrar con pormenores. Su vocación de crítico literario parece siempre signada por la lentitud, y ésta, a su vez, por la sutileza y la precisión. La pasión literaria y el talento para detectarla de Kermode no siempre es fácil de advertir. En más de un aspecto, trabaja un sustrato al que la mayoría de los críticos no suelen acceder. Por eso, a primera vista, el territorio de su afianzamiento parece menos firme que el de muchos otros. No es raro además que la procedencia de su método sea también difícil de historiar. En lengua inglesa no han faltado en el siglo XX los buenos críticos. A algunos, como a F.R. Leavis, Kermode los consulta con escasa simpatía pero sin desdén. En otros, como en Willian Empson, se detiene con una atención única, una curiosidad insaciable. Para circunscribir territorios, sin desconocer la obra de críticos y teóricos de otras latitudes y otras lenguas, como Jacques Derrida, Paul de Man, Roland Barthes y Walter Benjamin, caros al pacto solemne y monolingüe de insularidad inglesa, se valió de un Walter inglés, el victoriano Bagehot, quien habló –como antes Bowra de Homero– de la elegante estrategia de desarticulación (posmoderna) de Dickens. Usó a menudo la taxonomía que Isaiah Berlin extrajo de Arquíloco (y que puso al alcance de críticos, lectores y cineastas). De acuerdo con ésta, "el zorro sabe muchas cosas y el erizo sólo una, grande e importante". Tal vez la mayor influencia crítica reconocida de Kermode fue un erizo a quien los tiempos parecieron robarle las púas naturales para convertirlas en alhajas: Northrop Frye, autor en los '60 de una obra de influencia notable: Anatomía de la crítica.
Muchos de los libros de Kermode han sido traducidos al castellano. Entre ellos, Historia y valor. Este solo daría una idea aproximada del crítico que Kermode es (o fue). Tras una pesquisa acerca de la lectura de literatura en los 30 –la literatura burguesa, como se anima a llamarla sin temor por el anacronismo–, Kermode llega a conclusiones de una variedad y una validez capaces de poner en tela de juicio la mayoría de las arbitrariedades (más famosas, y con mucha más prensa) de estruendosas vanidades contemporáneas. Como las de Harold Bloom, el cómico compositor de esa gruesa parodia de Juicio Universal, titulado –de acuerdo con la nota de presunción dominante– El canon occidental. Historia y valor es uno de los libros que penetra sin invadir la sociología y nunca deja de deslumbrarnos. El grado de inteligencia puesta en juego por Kermode depone la mayoría de los recursos de la crítica contemporánea y sus no muy vertiginosos abismos domésticos con una seriedad exenta de neologismos y con un plan –los planes contemporáneos parecen apenas proyectos de bostezo– capaz de emitir ironías disfrazadas, generalmente, de agudezas ajenas. Kermode estudia las novelas que en la década del '30 ponen en tela de juicio el sistema de enseñanza (y sobre todo de aprendizaje) de las escuelas públicas inglesas y dice: "En descargo de la institución he oído decir que sólo los que iban a convertirse en escritores sufrían allí tan terriblemente".
Los primeros libros de Kermode –Continuities y Puzzles and Epiphanies– fueron resumidos luego en la edición de Modern Essays y revelan ya al crítico que vendrá en trabajos más largos, como el más conocido, El sentido de un final; los últimos, el ensayo sobre Forster y los artículos de la London Review of Books, dejan entrever las formas que adopta en un hombre genial la revisión, el regreso sobre los pasos propios. La monografía sobre el poeta Wallace Stevens, insuficientemente extranjero –para la serie de escritores y críticos que dirigía en los '60 Norman Jeffares–, sigue siendo, pese a la cantidad de ensayos más orgullosos y especializados, una introducción completa al poeta de existencia apacible, que se ganaba la vida como agente de seguros. Un verso de Stevens parece sonar en toda la obra de FK: "Una sola cuerda habla por una multitud de voces"... No es a ésta, parece, a la que se refiere en su autobiografía, The strings are false (las cuerdas son falsas), el gran poeta de dudosa veracidad testimonial Louis MacNeice (Kermode lo consulta para averiguar cómo eran los circuitos intelectuales ingleses de izquierda en los '30).
Casi ninguno de los temas de la literatura inglesa quedó sin sus análisis y comentarios. De los poetas metafísicos y Shakespeare a los novelistas frívolos de los '20 –Arlen, Kingsmill, Gerhardie–, de Auden y T.S. Eliot a Iris Murdoch y Muriel Spark, sin olvidar al olvidado Rex Warner ni al inconsulto William Golding. De los critículos efímeros a las Escrituras perdurables. Con su aire distinguido de genio sin prosapia, su apellido con distintos apoyos acentuales y el aplomo necesario para aplacar tanto ejercicio intelectual de vivacidad, Frank Kermode se desplazaba sin jactancia por aulas y pasillos oyendo, entre otras cosas, rumores acerca del alcance ilimitado de su conocimiento. Cualquiera sabe que esa desmesura mitológica debe desmentirse. Para hacerlo, Kermode debía renunciar a la habilitación que le otorgaba su análisis de los textos bíblicos, presente en An Appetite for Poetry y The Genesis of Secrecy y reconocer su Angelus Novus. En Not Entitled lo encuentra –con tranquilidad, casi con pereza– en su propio jardín.
Not Entitled, escrita quince años atrás, cuando el maestro había cumplido 75, se presenta sencillamente como una memoria, no una autobiografía, y tiene uno de los finales narrativos más emocionantes que pueda pensarse. A partir de la voz de la soprano de una cantata de Bach –Teresa Stich-Randall, Actus Tragicus–, Kermode, que no es religioso, reconoce el contacto o el roce con la santidad, con lo sagrado. Indaga su propia casa, su propio jardín, en busca de un signo perdurable cuando deje de tener lo que tuvo, lo único que nos está permitido tener: posesiones y nombre. Los amigos le han regalado una Diana. Con su desnudez parcial, el arco y la flecha, la bella diosa pasajera amanece a veces con una diadema de rocío. A esa deidad profana en el jardín inglés, Kermode le lanza una mirada de despedida que es una señal esperanzada de guía. También los lectores encuentran a fin de cuentas, tras tanto homenaje al olvido diario, un faro, un emblema, una señal.
13.9.10
El profesor absoluto
21.7.10
La metafísica de la "Divina comedia"
El amor y no las leyes de la física mueven al Sol y las demás estrellas en el último verso de la Divina comedia. Faretta lee este presunto "error" de Dante, más allá de las simplificaciones, como "una formulación diferente de las cosas manifestadas físicamente"
L 'Amor che move il Sole e l'altre stelle". "El amor que mueve al Sol y las demás estrellas." Así reza el último verso de la Divina comedia . Verso que rompe la cadena de estrofas compuestas por tercetos encadenados para formar, con este verso final y suplementario, el único cuarteto de todo el poema. Pero no es a eso a lo que quiero referirme, sino al aparente anacronismo físico que implicaría su sentido literal. En cuanto a que ese Sol movido por algo ajeno o exterior a él se correspondería sin más con el cielo del "sistema tolemaico", el "único" conocido por Dante y sus contemporáneos del así denominado "período medieval", siglos antes de la "revolución copernicana". Aquí por cierto se dice "revolución" por el giro completo que implica la Tierra rotando alrededor del Sol y que sería, a partir de entonces, el centro de nuestro sistema=mundo, llamado por ello "solar".
Se ha empleado este "error" de Dante para varias cosas. Como un claro ejemplo de ese supuesto binomio polémico formado por la verdad poética y la verdad ¿cómo decirlo? efectiva, "real", física y hasta científica. Puesto que aquí no puede hablarse de una licencia poética, ya que ésta sólo existe cuando el poeta saltea, deforma o simula ignorar algo, desde eliminar o por el contrario agregar una letra para que la métrica buscada alcance el tamaño silábico requerido, hasta modificar algo referido al mundo objetivo, físico, incluso algo de la propia historia. Cuando por ejemplo el poeta hace hablar a un personaje histórico puesto en trance poético. Cosa que Dante hace a lo largo de todo su poema. Es lo que se llama emplear una personae o una máscara que por cierto es lo mismo tal como pedirá, más cercano a nosotros, Dylan Thomas con su "Oh make a mask!", cuando lamenta que el poeta moderno no pueda tener una a mano.
Así que el Sol movido por algo externo, ajeno a su propiedad, debería tomarse con una sonrisa benevolente para el poeta, puesto que desconocía lo que todo niño actual nace prácticamente sabiendo o al que se le enseña esto en los primeros rudimentos de física. Este "error" se emplea también como ariete para cargar sobre la supuesta oscuridad medieval y para ensalzar al mundo de la ciencia.
Claro que tampoco se trata de dar el salto hacia el gesto tardo romántico, empleado como repetido gambito consolatorio, de que los poetas son aquellos que se adelantan a decir esto o aquello pero de manera oscura. Porque sería comparar la poesía con el pensamiento "salvaje", "prelógico", "primitivo", "infantil" y otras inepcias del liberal positivismo cuyos nefastos resultados tenemos a la vista, así como al olfato y al oído. Se trata de otra cosa. De una formulación diferente de las cosas manifestadas físicamente. Es decir, de aquello que todavía debe llamarse sin más, metafísica, en sentido estricto. Algo que está no por encima, sino junto, con, cabe, en medio de lo físico. Algo inherente, metido en los entresijos de lo físico y no otro error una excelsitud también producto del peor romanticismo que imagina flotar desencarnadamente sobre las cosas terrenas y groseramente materiales.
Dante no era al igual que tantísimos de sus contemporáneos alguien hecho de esa elemental estofa. Era un realista total, concreto. Claro que no un realista fotográfico, como se lo entenderá confusamente a partir del siglo diecinueve, sino total.
Alguien que a cada hecho o cada cosa res le busca su raíz. La raíz de todas las raíces es el Amor.
Pero no el amor sentimental, bajamente romántico, producto de pegajosas cancioncitas y malos teleteatros y novelas rosa. Tampoco el amor entendido como su reducción a lo negro, lo oscuro y lo siempre desdichado del cultor de todo lo bajo calculado.
Es un amor que mueve todo lo creado. O más bien es aquello que da lugar al movimiento de las cosas.
Movimiento entendido como existencia, como vida.
Como la vida misma. ¿El motor inmóvil de Aristóteles? Sí, también es uno de sus nombres.
Pero Dante pensaba o mejor dicho operaba puesto que no es un poeta especulativo con datos estrictamente tradicionales. Este Amor es también el Eros griego, pero no sólo el platónico, que es algo ya demasiado filosófico, y por ello profano, sino el que sobrevive todavía en algunos de los fragmentos presocráticos. Entonces no es un mensajero, un dáimon , un intermediario, como lo entenderá Pla- tón o como le hace decir a Sócrates en su Banquete, sino algo permanente, fijo, pero que no es ni debe ser confundido con la fijeza última. ¿Entonces? Se tiene todavía la imagen falsa y ya inútil de un Dios antropomórfico sentado sobre las nubes y haciendo que las cosas aparezcan mediante una varita mágica. Alguien que se ocupa personalmente de la creación y que es transformado en figuras y en máscaras paternas y barbadas fabricando su mundo, el nuestro. Esta burda simplificación que todavía es también la de muchos no creyentes, puesto que con ella fabrican su agnosticismo no cabía en la mente de Dante como en la de casi ninguno de sus contemporáneos, que iban a tener que esperar muchos siglos todavía para enterarse de que ellos vivían en algo llamado "Edad Media".
Un párrafo de Teilhard de Chardin que figura en La visión del pasado viene en nuestro auxilio: "Traducida al lenguaje creacionista esta ley (la del transformismo) es perfectamente simple y ortodoxa. Significa que cuando la Causa primera obra, no se intercala entre medias de los elementos de este mundo sino que actúa directamente sobre las naturalezas, de manera que podría decirse: Dios, más bien que 'hacer' las cosas, las 'hace hacerse'".
Eso que "hace-hacerse" es el movimiento, cuyo otro nombre es Amor y que, visto en un espejo, es Roma. Que mueve, lleva, empuja al Sol y a las demás estrellas. Es decir que Dante sabía de la particularidad y singularidad del Sol entre las otras "stelle ", palabra con la que termina cada uno de los tres cantos de la Comedia y que no refiere tampoco las estrellas "actuales". Esta particularidad es la fijeza para los ojos y el entendimiento sublunar y terreno, como el nuestro. Pero que sí es móvil o movido por algo superior a él: un amor no reducido a lo sensible-epidérmico ni a lo bajamente sentimental.
Por eso Dante al final de su poema hace que todos los tercetos lleguen a su meta cuaternaria. Si "con el número dos nace la pena", el tres es un dos problemático. Por eso, el saber del cuatro.
31.5.10
La parálisis de la crítica
Complaciente, perezosa, acomodaticia. Así define Gonzalo Garcés a las reseñas literarias en español y traza una radiografía de los defectos y las virtudes del análisis de librosfoto.fuente:Revista Ñ
Aclaro que la reseña en castellano no es, hasta donde llega mi conocimiento, la peor del mundo. Esa palma le toca a Francia, donde la prosa de cotillón, el provincianismo y el amiguismo la vuelven derechamente ilegible. En Francia, la reseña suele consistir en una recapitulación mimosa de la carrera del autor y una descripción lírica del libro. Si el escritor es hombre, el reseñista puede decir cosas como: "Noguez lava sus textos a noventa grados." Si es mujer, que su pluma "acaricia, como las uñas antes de arañar." Los dispositivos preferidos son la clasificación en seudocategorías ("Guyotat pone en juego una teología del deseo"), la banalidad en forma de díptico ("Nothomb impone su propia concepción del mundo, con una desenvoltura que contrasta con la profundidad del tema") y el guiñote culto ("Una novela que nos pone cara a cara con el Otro"). Por otro lado, está la crítica en profondeur ; es peor. Ahí la obra desaparece bajo los escombros de la teoría posestructuralista, y de allá abajo no hay rescate posible.
En España, la crítica suele ser igual de descerebrada, pero al menos tiene el encanto de lo rústico. Después del amaneramiento francés, reconforta leer al agramatical Francisco Solano (quien, en una reseña reciente, elogia a Julian Barnes por escribir "con una completa desconfianza al estilo solemne") o al hilarante Ricardo Senabre, que termina todas sus reseñas con una andanada de correcciones escolares. Uno casi puede oír el acento de maestro rural, estilo Amanece que no es poco , cuando Senabre deplora en una novela "ciertos anglicismos de moda", asevera que no debe decirse "no sufras" sino "no te preocupes", y termina despachando al autor con una palmadita en el hombro: hala, ahora a jugar, chaval, y no hagas trastadas. En la Argentina, la barra está colocada un poco más alto. Al menos suele haber cierta noción de historia literaria, cierta idea de que un libro debería situarse en un contexto. Pero, a la hora de la verdad, la crítica argentina padece las mismas taras que la española. Es chirle; casi nunca transmite la impresión de que hay algo importante en juego.
En este punto, supongo, se podría protestar que en España y Latinoamérica hay críticos admirables. Los hay, por supuesto. A los nombres evidentes (Domínguez Michael, Faverón, Carrión, Gandolfo) podría agregar otros menos conocidos (Walter Cassara, Osvaldo Gallone). Pero no se trata de eso. Es en las constantes donde se manifiesta el estado de la cultura. Y el hecho es que ciertas nociones, y sobre todo ciertas inhibiciones, hacen de la crítica en castellano algo más débil de lo que podría ser.
¿Quién te creés?
¿Qué autoriza al crítico a decir lo que dice? Robert Musil escribió (y a Ignacio Echevarría le gusta repetirlo) que la autoridad del crítico le viene de la capacidad de tener razón. Muy bien. ¿Pero razón sobre qué? Se puede tener razón al decir que un libro es malo, pero eso no basta para hacer interesante una reseña. Ahora bien, los críticos españoles establecidos –cuando no están adulando abyectamente a un autor publicado por el mismo grupo editorial del diario que les paga el sueldo–, están interesados en una sola cosa: el control de calidad.
A tono con esa suerte de servicio de protección al consumidor, usan esos modismos que suelen dar un aire tan cómicamente almidonado a los suplementos españoles: "Echase en falta una mayor agilidad..." "No se puede en modo alguno aprobar..." A propósito de esfuerzos ridículos por esconder la propia subjetividad, me acuerdo de un compañero de colegio que una vez, jugando a las escondidas, cuando lo descubrieron gritó: ¡No, yo no estoy acá! Si eso fue motivo de risa durante toda la primaria, no veo por qué merece menos quien intenta ganar autoridad desapareciendo detrás de la figura pétrea del Custodio de la Cultura.
Pero su par argentino no lo hace mucho mejor. Es curioso cómo, partiendo de un tono muy distinto, termina por causar un efecto bastante similar. El crítico argentino típico se reconoce por un rasgo: no critica. Si formula reparos, lo hace sobre el final y como por cumplir, se queja de la falta de agilidad de algún diálogo o la insuficiente definición de un personaje, y nunca como problema a indagar. Por lo demás, procura exponer lo que cree la intención de la obra, omitiendo cuanto puede los juicios de valor. Si la autoridad a la que aspira el crítico español es la del árbitro del gusto, la que busca el argentino está más ligada a cierta pretensión positivista, la autoridad del profesor. Este modelo también tiene sus peligros.
¿Cómo construye sus reseñas el crítico argentino? Típicamente, el primer párrafo anuncia la "propuesta". Se hace una descripción del estilo, se menciona una tendencia general en la que se inscribe o se parafrasea una de las escenas. Leemos: "La saga familiar parece haberse vuelto una tradición literaria hindú..." (Nina Jäger, Página/12, para introducir una novela de Anuradha Roy). "Escenas breves, mínimas iluminaciones y un estilo seco, despojado." (Susana Rosano, Ñ, para introducir un libro de James Salter). "Alonso Cueto [...] profundiza en las ramificaciones de la culpa y la persistencia del pasado." (Clara Albertengo, ADN cultura). En la revista online El Interpretador, una reseña de un libro de Alan Pauls, firmada por Micaela Cuesta y Mariano Zarowsky, se abre con una cita de Rodolfo Walsh: "Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante".
Nada que objetar a todo esto. El malestar empieza al comprobar que el autor de la reseña no procede a examinar en qué medida esas propuestas o modelos tutelares se realizan, o no. Hablo de la falta de una estructura retórica ("Parece que hay esto; ¿es lo que parece?") que, aunque no hiciera otra cosa, ofrecería una ilusión de indagación en acto; pero en realidad ofrece mucho más. Parece mentira que haga falta recordarlo, pero en política, en arte, en el mercado, en el sexo, las relaciones de poder están marcadas por el intento de unos por parecer algo, y el intento simétrico de otros por discernir la verdad detrás de esa apariencia. Barthes escribió que la función de la escritura no es sólo comunicar o expresar, sino imponer "un más allá del lenguaje que es al mismo tiempo la Historia y el partido que tomamos en ella." ¿Y cuál sería la primera función del crítico, si no es discernir ese partido tomado que la escritura delata, pero que el escritor prefiere ocultar, o derechamente ignora?
Pero el crítico promedio en este país, por alguna razón, se prohíbe especular sobre las intenciones del autor (o la generación, o el género sexual, o la clase social, o el grupo editorial) activas detrás del libro. Hace como si la intención o el anuncio o el programa fuera lo mismo que el resultado. En el desarrollo de las reseñas que cité antes, resulta que el libro de Cueto, en efecto, profundiza en las ramificaciones, que la novela de Roy es en efecto una saga familiar, que los cuentos de Salter en efecto son secos y despojados, y que la novela de Pauls, en efecto, responde bastante bien a la frase de Walsh. ¿Y cómo iba a ser de otro modo, si todo el esfuerzo del crítico estuvo consagrado a afirmar esas relaciones? Es como buscarle formas a las constelaciones y después felicitarse de haber descubierto que en el cielo hay un centauro.
Como se ve, esto excluye toda posibilidad de hacer crítica real. Si el crítico cree que toda su misión consiste en glosar la forma en que la obra ilustra una consigna formulada por un prócer literario, o las supuestas intenciones del autor, entonces tiene todo el interés del mundo en ayudar activamente al libro a rendir, como frutos esperados, esas ilustraciones. Esto se llama colusión de intereses. El libro le provee al crítico la ocasión de mostrar su buena formación, y éste, a cambio, lo presenta como un artefacto inobjetable, sin fisuras, un sistema de correspondencias tan perfecto como un crucigrama resuelto o un dibujo de Pictionary . No digo nada de lo apasionante que resulta, presentada de esta forma, la literatura.
Dos versiones de Ford
Quizá no es necesario que sea así. Tengo a mano dos reseñas de la novela Acción de gracias , de Richard Ford. La primera apareció en el diario español El Mundo y la firma José Antonio Gurpegui; la otra la escribió A.O. Scott para el New York Times.
La reseña de Gurpegui es representativa. Desde la primera frase descarta la crítica en favor del cholulaje: "Richard Ford fue uno de los invitados estrella durante la última edición de la feria de Francfort." Siguen tres párrafos de sinopsis; en el cuarto, se afirma que cierta frase del protagonista de Acción de Gracias "podía haberla pronunciado el inefable Conejo Armstrong de Updike, o el singular Nat Zuckerman de Philip Roth". Que Ford se parece a Roth y Updike es una de esas ideas que corren por las redacciones y se repiten a falta de opiniones propias. Gurpegui no intenta someterla a examen. Sobre el final, advierte que hay en la novela personajes "que plantean complejos interrogantes": se refiere al tibetano Mike Mahoney. Dicho lo cual, cambia de tema. Por lo visto, los interrogantes son tan complejos que mejor ni tocarlos.
Son 706 palabras. No hay una que no pudiera estar en la solapa del libro.
La reseña de Scott toca casi los mismos puntos que Gurpegui. Pero ahí donde el español reproduce acríticamente, Scott indaga. En realidad, basta el primer párrafo para establecer –y, de nuevo, no hay crítica sin esto– que estamos ante un problema. Scott cita del libro: "Ojalá pudiera decir que tengo una fórmula para convertir la cualidad de lo grande en pequeño." Esta frase resume una voluntad muy presente en la novela: presentar lo cotidiano como lo que vale la pena narrar de la experiencia humana. Frank Bascombe, el protagonista, insiste en presentarse como un tipo normal. Scott toma nota, pero duda. En la práctica —dice—, el autor amplía hasta lo monumental lo que normalmente sería pequeño. Cada sándwich que se come, cada subida a la autopista, está tratada como un hecho épico. Pese a las protestas de normalidad, el mundo de Frank tiende al gigantismo. Scott nota que esto puede ser halagador para los lectores, que se encuentran, al mismo tiempo, con un personaje excepcional y con permiso para considerarlo como su igual:
"Aquellos de nosotros que somos menos modestos que Frank nos complacemos en proclamarlo un Hombre Representativo, un Héroe Cotidiano, un reluciente ejemplar del Gran Cualunque Americano."
En menos de una página tenemos una discusión en marcha acerca de la identidad colectiva, los arquetipos nacionales, la noción consensual de "normalidad" y los juegos más o menos diestros que un escritor puede intentar a partir de esto. Sería absurdo sostener que esto agota lo que una reseña puede hacer; decir que no resulta más estimulante que el ejercicio publicado por el español sería mala fe.
Por otra parte, la reseña de Scott pone de manifiesto, por contraste, las inhibiciones que paralizan al sistema crítico argentino: la repugnancia a preguntarse por la recepción, por las teclas que el libro tocará en el lector común, y la renuencia a tomarse a sí mismo como campo de pruebas válido para inferir esa recepción. Ni siquiera aceptamos el concepto de "público"; nos resulta demagógico, sospechoso de mercantilismo. Pero el público, sin preocuparse de lo que pensemos, existe; y en cambio el libro no existe plenamente hasta que entra en contacto con él. Considerado esto, que el crítico tome sus propias reacciones como aceptablemente representativas y las incluya como prueba de cargo, sin esconder su necesaria subjetividad, sin el "nosotros" clerical ni la impostación positivista, no es un acto de soberbia sino de humildad, apropiada y provechosa humildad. Cuando el crítico se resigna a decir "yo", se puede empezar a construir algo.
En el caso de Scott, le permite plantear la disparidad entre la cosa que Acción de gracias pretende ser y lo que resulta en la lectura. Bascombe (concluye Scott) no es un personaje representativo; como a una persona real, sólo podemos aceptarlo o rechazarlo como ser humano. Yo no estoy seguro de compartir esa conclusión. Lo cual, si algo prueba, es que una reseña ni siquiera necesita convencer para resultar interesante.
30.4.10
El verdadero Raymond Carver
El popular Stephen King escribe sobre una biografía de Carver y su relación con el editor Gordon Lish, quien al parecer es responsable de gran parte del famoso estilo carveriano. Y como anticipo, un cuento sin correcciones editorialesCARVER. Según King, se decía que el editor del cuentista "minimalista" se jactaba de que éste era su "criatura". De hecho, modificó sus cuentos bastante.fOTO;fUENTE:Revista Ñ
"Raymond Carver, sin duda el cuentista estadounidense más importante de la segunda mitad del siglo XX, hace una temprana aparición en la exhaustiva –y en ocasiones extenuante– biografía de Carol Sklenicka [Raymond Carver. A Writer's Life, Scribera, todavía no traducida al español] a los tres o cuatro años de edad y con correa. "Claro que me veía obligada a tenerlo con correa", dijo mucho después su madre, Ella Carver, al parecer sin ironía alguna. La Sra. Carver podría haber tenido la idea adecuada. Al igual que los perplejos bebedores de clase media que pueblan sus relatos, Carver nunca parecía saber dónde estaba ni por qué se encontraba ahí. Una y otra vez me hacía pensar en un pasaje de Fantasmas, de Peter Straub: "El hombre simplemente manejaba, distraído por esa interminable telenovela de subordinados de los Estados Unidos".
Carver nació en Oregón en 1938 y pronto se mudó con su familia a Yakima, Washington. En 1956, los Carver se trasladaron a Chester, California. Un año después, Carver y un par de amigos andaban de juerga por México. A partir de ahí, los traslados se aceleraron, y eso nos lleva sólo hasta 1977, el año en que Carver tomó su último trago.
Durante la mayor parte de esos primeros años de constantes viajes, arrastró a sus dos hijos y a su sufriente esposa, Maryann, la heroína a la que por lo general no se le hace honor en el relato de Sklenicka. Los llevaba a los tres detrás de sí como latas atadas al paragolpes de una catramina que ningún concesionario en su sano juicio aceptaría. No es extraño que sus amigos bautizaran el auto con el nombre de Perro Corredor. Tampoco lo es que su madre le pusiera una correa cuando lo llevaba al centro de Yakima.
Si bien Ray Carver era brillante y talentoso, también era el tipo de bebedor destructivo que toca fondo y luego sigue enterrándose. Los asiduos concurrentes a Alcohólicos Anónimos saben que los borrachos como Carver son maestros de la curación geográfica que se niegan a admitir que si se sube a un tomador descontrolado a un avión en California, será un tomador descontrolado el que se baje en Chicago, Iowa o México.
Hasta mediados de 1977, Raymond Carver estaba fuera de control. Cuando dio clase en el Taller de Escritores de Iowa junto a John Cheever se convirtieron en compañeros de copas. "Lo único que hacíamos era tomar", dijo Carver haciendo referencia al semestre de otoño de 1973. "No creo que ninguno de los dos haya sacado nunca la funda de las cuatro máquinas de escribir que teníamos". Como Cheever no tenía auto, Carver ponía el transporte para las excursiones que hacían dos veces por semana. Les gustaba llegar al bar en el momento en que estaba abriendo. Cheever señaló en su diario que Carver era "un hombre muy bueno". También era un tomador irresponsable que solía irse sin pagar de los restaurantes, por más que seguramente sabía que era la camarera la que tenía que pagar la cuenta de semejantes clientes. Después de todo, su esposa a menudo trabajó como camarera para mantenerlo.
Era Maryann Burk Carver la que ganaba el pan en aquellos años mientras Ray tomaba, pescaba, estudiaba y empezaba a escribir los relatos que una generación de críticos y docentes calificaría erradamente de "minimalistas" o de "realistas sucios". El talento literario suele tener sus propias reglas, pero los escritores cuyo trabajo deslumbra por su profundidad y misterio a menudo son monstruos prosaicos en su casa. Maryann conoció al amor de su vida –o su calvario; Carver parece haber sido ambas cosas– en 1955, cuando trabajaba en un Spudnut Shop de Union Gap, Washington. Tenía catorce años. Cuando ella y Carver se casaron en 1957 le faltaban dos meses para cumplir 17 años y estaba embarazada. Antes de cumplir 18 descubrió que estaba embarazada otra vez. Durante los siguientes veinticinco años fue camarera en bares y restaurantes, vendedora de enciclopedias y maestra. Poco después de casarse pasó dos semanas envasando fruta para comprarle a Carver su primera máquina de escribir.
Ella era hermosa; él era tosco, posesivo y, en ocasiones, violento. Carver consideraba que sus propias infidelidades no justificaban las de ella. Cuando Maryann incurrió en un "flirteo" luego de haber bebido un poco en una comida en 1975 –época para la cual el alcoholismo de Carver se encontraba en su apogeo–, la golpeó en la cabeza con una botella de vino. Le cortó una arteria cerca del oído y casi la mata. "Necesitaba 'una ilusión de libertad'", escribe Sklenicka, "pero no podía soportar la idea de que ella estuviera con otro hombre". Es uno de los pocos momentos en que Sklenicka da muestras de solidaridad con la mujer que mantuvo a Carver y que nunca pareció dejar de amarlo. Si bien Sklenicka transmite cierta veneración por Carver escritor y sin duda entiende la influencia destructiva que tuvo el alcohol en su vida, prácticamente no abre juicio en lo relativo a Carver como borracho desagradable y marido desagradecido (además de, en ocasiones, peligroso). Cita a la novelista Diane Smith (Letters from Yellowstone), que dijo "Fue una mala generación de hombres", y deja las cosas ahí. Cuando cita declaraciones de Maryann, que se calificaba de "Cenicienta literaria que vive en el exilio en aras de la carrera de Carver", la primera esposa aparece sólo como una ex mujer quejosa. Ray y Maryann estuvieron casados veinticinco años, y fue durante esos años que Carver escribió el grueso de su obra. El tiempo que pasó con la poeta Tess Gallagher, la única otra mujer importante de su vida, fue menos de la mitad que eso.
Sin embargo, fue Gallagher la que cosechó los beneficios personales de la sobriedad de Carver (dejó de tomar un año antes de que ambos se enamoraran), así como también los económicos. Durante el juicio de divorcio, el abogado de Maryann dijo –eso me incomoda y en cierto grado atenta contra mi capacidad de disfrutar de los cuentos de Carver– que sin un acuerdo judicial digno, la vida de Maryann luego del divorcio sería "como una bolsa de picaportes que no abrirían puerta alguna".
La respuesta de Maryann fue: "Ray dice que va a mandar dinero todos los meses, y yo le creo". Carver cumplió la promesa, con cuotas de protesta. Cuando murió en 1988, sin embargo, la mujer que lo había sostenido económicamente descubrió que había quedado al margen del cobro del producto de la venta de los populares tomos de cuentos del escritor.
Tan sólo los ahorros de Carver sumaban casi 215 mil dólares en el momento de su muerte. Maryann recibió unos diez mil. La madre de Carver obtuvo aun menos: a los setenta y ocho años de edad, habitaba una vivienda del estado en Sacramento y se ganaba la vida como "abuela asistente" en un colegio primario. Sklenicka no califica eso de trato indigno, pero me complace hacerlo por ella.
Es como crónica del crecimiento de Carver como escritor que el libro de Sklenicka resulta muy valioso, sobre todo después de que el camino del escritor se cruzó con el del editor Gordon Lish, apodado "Capitán Ficción". Los lectores que duden de la funesta influencia que ejerció Lish en los cuentos de De qué hablamos cuando hablamos de amor, seguramente cambiarán de opinión con el revelador panorama que presenta Sklenicka de esa relación difícil y amarga. Los que aún no se sientan convencidos, pueden leer los cuentos de Principiantes.
En 1972, Lish cambió el título del segundo cuento de Carver para Esquire –que editó profusamente– de "Are These Actual Miles?" (interesante y misterioso) a "What Is It?" (aburrido). Cuando Carver, ansioso por publicar en una revista importante, decidió aceptar los cambios, Maryann lo acusó "de ser una puta, de venderse al sistema". John Gardner le había dicho una vez a Carver que no se podían aceptar cambios. Carver puede haberlo aceptado –lo hace la mayor parte de los escritores que se muestran dispuestos a someterse al proceso de edición–, pero los cambios que hizo Lish fueron extensos y profundos. Carver sostuvo que "publicar en una revista importante valía la pena la concesión". Lish, que trató sin éxito de editar a Leonard Gardner (que siguió escribiendo Ciudad dorada) con similar mano de hierro, se salió con la suya en el caso de Carver. Fue el comienzo.
¿Gordon Lish era un buen editor? Sin duda. Curtis Johnson, un editor de manuales que presentó a Lish y a Carver, asegura que Lish tenía un "gusto infalible en cuanto a la ficción". Sin embargo, como temía Maryann, era mucho mejor para descubrir que para desarrollar, por lo menos en el caso de Ray Carver, del que obtuvo lo que quería. Tal vez percibió en él una debilidad esencial (los alcohólicos lo llaman "complacer a los demás"). Tal vez fue la extraña opinión elitista que parece haber tenido respecto de la escritura de Carver: calificaba a los personajes de "del todo ineptos" y hablaba de "su completa ignorancia, algo de lo que el propio Carver no tenía conciencia". Eso no le impidió atribuirse el mérito del éxito de Carver. Se dice que Lish se jactaba de que Carver era "su criatura", y lo que aparece en la parte posterior de la sobrecubierta de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), el primer tomo de cuentos de Carver, no es la fotografía de Raymond Carver sino el nombre de Gordon Lish.
El recuento que hace la biógrafa de los cambios que sufrió el tercer libro de cuentos de Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), es meticuloso y desesperante. Según dice, hubo tres versiones: A, B y C. La versión A fue el manuscrito que Carver envió. Se titulaba "Tanta agua tan cerca de casa". La versión B fue el primer manuscrito que Lish le mandó de vuelta. Cambió el nombre del cuento "Principiantes" por "De qué hablamos cuando hablamos de amor", y ese pasó a ser el nuevo título del libro. Si bien Carver se sintió molesto, de todos modos firmó un contrato (sin representante) en 1980. Poco después, la versión C –la que conoce la mayor parte de los lectores– llegaba al escritorio de Carver. Las diferencias entre B y C lo "dejaron perplejo". "Había instado a Lish a meter mano en los cuentos", escribe Sklenicka. "No se esperaba (...) una picadora de carne." Carver era inseguro y llevaba sólo tres años de sobriedad luego de dos décadas de embriaguez. Su correspondencia con Lish sobre los cambios a su trabajo alternaba entre el servilismo ("eres maravilloso, un genio") y suplicar que se volviera a la versión B. No sirvió de nada. Según Tess Gallagher, Lish se negó por teléfono a restablecer la versión anterior, y si había algo que Carver entendía era que Lish ostentaba el "poder del acceso a la publicación".
Ese dilema de hierro es lo que alienta Raymond Carver: A Writer's Life. Cualquier escritor podría preguntarse qué haría en esa situación. Yo lo hice, por cierto. En 1973, cuando se aceptó la publicación de mi primera novela, me encontré en una encrucijada similar: joven, siempre borracho, tratando de mantener a mi esposa y mis dos hijos, escribiendo por la noche, ansioso por tener un desahogo. El desahogo llegó, pero hasta que leí el libro de Sklenicka pensaba que se había tratado del anticipo de 2.500 dólares que Doubleday pagó por Carrie. Ahora me doy cuenta de que puede haber sido no tener a Gordon Lish como editor.
No hace falta más que leer los cuentos de Principiantes y los de De qué hablamos cuando hablamos de amor para notar el cambio: la prosa de Principiantes consiste en densos pasajes de narración en los que se intercalan golpes de diálogo. En De qué hablamos... hay tanto espacio en blanco que algunos de los cuentos ("Después de los tejanos", por ejemplo) casi parecen capítulos de una novela de James Patterson. En muchos casos, el hombre que no permitía que los editores modificaran su propio trabajo destruía el de Carver. A ese respecto, Sklenicka expresa una indignación que no parece dispuesta o capaz de articular en defensa de Maryann y califica de "una usurpación" la edición que hizo Lish de los textos de Carver. Impuso su propio estilo a los cuentos de Carver, y el minimalismo que se le atribuye al escritor era en realidad obra de Lish. "Gordon (...) llegó a pensar que no sabía nada", dice Curtis Johnson. "Se volvió pernicioso."
Sklenicka analiza muchos de los cambios, pero el lector inteligente abrirá el libro y los buscará por sí mismo. Dos ejemplos desoladores: "Si ello te place" y "Algo sencillo y bueno" ("Después de los tejanos" y "El baño", respectivamente en De qué hablamos...)
En "Si ello te place", James y Edith Packer, una pareja mayor, llega al bingo local y descubre que sus lugares habituales están ocupados por una joven pareja hippie. Peor aún, James observa que el hombre hace trampa (por más que no gana, su novia lo hace). En el transcurso de la tarde, Edith le susurra a su esposo que está "manchando". Más tarde, ya en la casa, le dice que la hemorragia es seria y que tendrá que consultar a un médico al día siguiente. En la cama, James se esfuerza por rezar (una herramienta de supervivencia que tanto James como su creador adquirieron en las reuniones diarias de A.A.), al principio de forma vacilante, luego "empezando a articular palabras en voz alta y rezando con fervor. (...) Rezaba por Edith, para que estuviera bien". Las plegarias no lo alivian hasta que agrega a la pareja hippie en sus meditaciones y hace a un lado los sentimientos negativos anteriores. El cuento termina con una nota de esperanza ganada con esfuerzo: "Si ello te place, dijo en las nuevas oraciones para todos, los vivos y los muertos." En la versión editada por Lish no hay oraciones y, por lo tanto, tampoco revelación; tan sólo un marido preocupado y resentido que quiere decirles a los hippies irritantes lo que pasa "después de los tejanos", después de los juegos. Es una completa reescritura, y es un engaño.
El contraste entre "El baño" (editado por Lish) y "Algo sencillo y bueno" (original de Carver) es aún menos digerible. El día del cumpleaños de su hijo, la madre de Scotty encarga una torta que nunca se va a comer. Un auto atropella al chico cuando va del colegio a su casa y termina en coma. En ambos relatos, el repostero hace insistentes llamados a la madre y a su esposo mientras el chico se encuentra al borde de la muerte en el hospital. El repostero de Lish es una figura siniestra que simboliza el carácter inevitable de la muerte. Lo escuchamos por última vez por teléfono mientras exige que se le pague. En la versión de Carver, la pareja –cuyos integrantes son personajes y no sombras– va a ver al repostero, que pide disculpas por su crueldad no deliberada cuando comprende cuál es la situación y sirve café y sándwiches a la afligida pareja. Los tres toman esa comunión juntos y hablan hasta la mañana siguiente. "Comer es algo sencillo y bueno en un momento como éste", dice el repostero. Esta versión tiene una simetría satisfactoria de la que carece la versión recortada de Lish, pero tiene algo más importante: corazón.
"Lish podía (...) hacer un muñeco de nieve a partir de un montón de nieve", es lo que dice Sklenicka sobre su versión de los relatos de Carver, pero no se trata de una metáfora. Es más convincente cuando habla sobre los cambios que hizo Lish en un pasaje de "No son tu marido" (en ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?), donde señala que la versión de Lish es "más mezquina, más tosca y en cierto modo desmerece a ambos personajes". Carver lo dice mejor. Cuando el narrador de "La aventura" por fin admite que no tiene afecto ni consuelo que brindar a su padre, dice de sí: "Yo era todo superficie pulida sin nada dentro excepto vacuidad". En última instancia, eso es lo que tienen de malo los cuentos de Carver tal como Lish los presentó al mundo, y eso es también lo que hace que estas ediciones sean una corrección necesaria y bienvenida.
Traducción de Joaquín Ibarburu (c) The New York Times y clarín
Escritor.
Falleció en pleno apogeo y reconocimiento de su carrera de escritor, tanto en Estados Unidos como internacionalmente. Vivió en docenas de lugares, tuvo infinidad de trabajos y siempre estuvo agobiado por la falta de dinero. Aparte de varios libros de poemas (que pueden conseguirse en español), publicó cuatro libros de relatos, un género en el que ha quedado consagrado como uno de los grandes escritores de las últimas décadas: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral y Tres rosas amarillas todos publicados en Anagrama, al igual que la antología Short Cuts. Vidas cruzadas y el libro póstumo Si me necesitas, llámame. Además publicó un breve libro con cinco ensayos autobiográficos y una meditación titulado La vida de mi padre (que en español publicó Norma).
12.4.10
Tierra de la memoria
El último 24 de marzo, Carlos Gamerro participó en Leipzig junto con Laura Alcoba y Pablo Ramos de una mesa titulada "Los hijos de la memoria" –organizada por el comité para la participación argentina en la Feria de Frankfurt–, en la que se debatió acerca de la literatura escrita durante y después de la dictadura militar, relacionada con el período histórico y sus aspectos centrales en materia de memoria y derechos humanos. Este texto reconstruye esa presentación, incorporando reflexiones y conversaciones mantenidas entre los autores participantes (Tununa Mercado y Félix Bruzzone, además de los ya mencionados) y con el público presente.
Por Carlos Gamerro
fOTOS;fUENTE:RADARlibros
Como soy narrador, antes que ensayista o conferencista, voy a empezar hablando de tres descubrimientos que hice mientras trabajaba en algunas de mis novelas. Cuando estaba escribiendo Las Islas, que trata, entre otras cosas, de la Guerra de Malvinas, quise entrevistar a los soldados que habían participado en ella. En su ensayo Experiencia y pobreza, Walter Benjamin famosamente dijo que durante la Gran Guerra los hombres "volvían mudos del campo de batalla" y, agregaba, "no enriquecidos sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable". De eso que había pasado en las trincheras, los soldados que volvían no podían hablar, eso que habían vivido nunca había pasado antes. Jorge Luis Borges nos recuerda, una y otra vez, que el lenguaje, para comunicar, requiere de experiencias compartidas. Palabras como "rojo", "verde" o "violeta" nada pueden decirle a un ciego de nacimiento; ciegos también, y sordos, eran los oyentes de los soldados que volvían de las trincheras, educados por tres milenios de literatura épica y relatos orales a concebir la guerra como el terreno privilegiado donde se desplegaban valores como el honor, la gloria o la hombría. Mi descubrimiento personal fue que los soldados volvían de Malvinas no mudos sino lacónicos. Me miraban como si supieran de antemano que yo no iba a entender, que las mismas palabras significarían, para nosotros, cosas diferentes. Entre ellos, en cambio, se entendían perfectamente. Cada palabra que usaban, como "frío", "pozo de zorro", "balas trazadoras", "bombardeo naval", desbordaba de paisajes, situaciones y vivencias definidas y precisas, infinitamente ricas y sugerentes, aterradoras, intolerablemente vívidas. Uno de ellos las pronunciaba; los otros asentían, generalmente mudos. Para hablar conmigo, todas las palabras parecían insuficientes; para comunicarse entre ellos, las palabras eran casi innecesarias: lo mismo valían los silencios y los gestos.
Yo me había acercado a ellos con timidez, casi con vergüenza. ¿Cómo iba a escribir yo, que no había estado en la guerra, desde el punto de vista de un ex combatiente? ¿No estaban ellos, los que habían estado, mucho más capacitados para hacerlo? Pero estos encuentros que tuve con los ex combatientes paradójicamente sirvieron para infundirme confianza. Tuve una intuición en ese momento. Sentí: ellos no necesitan hacer real esa experiencia mediante el lenguaje. Yo, que no estuve allí, yo, el que nada ve y el que nada siente ante esas pobres palabras en que destila todo lo que vieron y vivieron, me veo obligado a construir esa experiencia con las palabras; debo hacerla verdadera para mí, primero, y si lo logro, hay una buena probabilidad de que logre hacerla verdadera para mis lectores; y quizá, quién sabe, verdadera, de modos nuevos, incluso para ellos, los que estuvieron. Ese fue mi primer descubrimiento, obvio tal vez, pero una de esas verdades que sólo valen si uno las descubre por su cuenta: que la pobreza de la experiencia puede ser suplida por la riqueza de la imaginación y, sobre todo, por el trabajo de la escritura, que no siempre el que ha tenido la experiencia será el que mejor la cuente.
Se cuenta, entonces, una experiencia que no es enteramente propia; pero para tener la urgencia de contarla –y sin esta urgencia no hay literatura posible– tampoco debe ser completamente ajena. ¿Por qué quería yo contar la Guerra de Malvinas? Hasta donde alcanzo a ver, mis motivaciones personales no eran ningún misterio. Soy clase '62, la clase que fue a Malvinas. No fui a Malvinas. Malvinas, en ese sentido, me dejó la sensación de una vida, quizá también una muerte, paralela, fantasmal (la mía, si me hubiera tocado ir a la guerra). La ficción no sólo existe en la literatura, existe en cada uno de nosotros, en esas otras vidas posibles que se desarrollan paralelamente a la que nos tocó, o elegimos. Ese fue mi segundo descubrimiento: que la literatura puede ser autobiográfica en negativo: la historia no de lo que nos pasó sino de lo que nos pudo haber pasado.
Cuando mis novelas ya fueron varias, y mi afición a tratar en ellas el pasado reciente una rutina, un lector se acercó a preguntarme: "¿Y? ¿Para cuándo la novela del corralito?". Me hice la pregunta a mí mismo. La época sin duda me había marcado, como a la mayoría de nosotros. Viví cada una de las angustias de ese tiempo, mis padres perdieron sus ahorros, yo perdí mi casa. Y, sin embargo, es algo que no caló con la profundidad necesaria: me lastimó la piel, me magulló los músculos, pero no se revolvía en mis tripas, ni se me alojaba en la médula de los huesos. La escritura necesita de raíces más profundas. Se nutre sobre todo de lo que no logramos percibir o entender en su momento; por eso éstas se hunden tantas veces en la adolescencia, la infancia temprana, e incluso la época anterior a nuestro nacimiento; luego, esas vivencias que nos convierten en otro, que nos cambian para siempre. Este fue mi tercer descubrimiento: hay experiencias que nos afectan, y experiencias que son la materia misma de la que estamos hechos. Estas últimas son el más poderoso motor de la escritura.
La literatura argentina sobre la dictadura pasó por cuatro etapas, etapas más lógicas que cronológicas. La primera (que por excesivo énfasis en el tema de la memoria de la dictadura obvié en mi presentación en Berlín, omisión que me ayudó a remediar Sergio Chejfec, presente entre el público) fue la literatura producida durante la dictadura, cuando cualquier revelación sobre lo que estaba sucediendo sería no sólo censurada sino castigada con la muerte. Las estrategias habituales para eludir la censura: la elipsis, el desplazamiento, la alegoría más o menos evidente, se extremaron en esta situación de censura de muerte. Ejemplar en este sentido es Respiración artificial de Ricardo Piglia (1980), novela tan críptica e inteligente que estaba garantizado que los militares no podrían entenderla, y en la cual la desaparición forzada de las personas, ya que no podía decirse, se realiza haciendo desaparecer a un personaje del texto de la novela. La literatura del período necesariamente debe haber tenido una elaboración diferente en los escritores que vivían en el exilio (obligado o voluntario) y publicaban en el extranjero. Pero en Nadie nada nunca (1980) de Juan José Saer o en Cuarteles de invierno (1982) de Osvaldo Soriano también se optó por versiones más o menos indirectas o metafóricas: como señaló Laura Alcoba, los exiliados, por solidaridad mimética, podrían haber limitado su propia libertad de expresión a imagen y semejanza de los que se habían quedado en situación de riesgo.
La etapa siguiente estuvo marcada por la producción discursiva de los participantes directos: militantes y sobrevivientes de los campos de concentración de la dictadura. La forma privilegiada fue el testimonio: lo sucedido en aquellos años había sido escamoteado, negado, borrado, desaparecido; era esencial rescatar la historia, oponer la verdad a las ficciones de la dictadura. En lo discursivo, recordemos, la dictadura y el periodismo cómplice fueron sobre todo creadores de ficciones: estábamos librando la tercera guerra mundial contra el comunismo, los desaparecidos estaban vivos en Europa, estábamos ganando día a día la Guerra de Malvinas. Frente a las ficciones del poder, la literatura se vio obligada a ocupar el lugar de la mera verdad: la imaginación era innecesaria, casi irreverente. El Nunca Más fue el texto fundamental del período: un informe, cuyo fin principal era el de establecer la verdad de los hechos, pero también una colección de relatos, que funda un género discursivo: el Decamerón o Las mil y una noches de los años oscuros. En esta etapa aparecen también novelas que oscilan entre la ficción y el testimonio, como Recuerdo de la muerte de Miguel Bonasso (1984), y ese otro Decamerón, ahora de los años de la militancia, que es La voluntad de Martín Caparrós y Eduardo Anguita (1997-1998). Posteriores, pero asimilables en algunos aspectos a la producción de esta etapa, fueron Villa de Luis Gusman (1995) y El fin de la historia de Liliana Heker (1996), novelas en las cuales la novedad está en haberles dado voz y adoptar el punto de vista de los victimarios –como el médico que trabaja para López Rega en la novela de Gusman–, o de una militante que pasa a colaborar con la represión, como en la de Heker.
Paralelamente empieza a elaborarse la literatura de los que podríamos llamar los testigos, aunque quizá les convenga mejor la palabra inglesa bystanders, que designa al testigo-observador más que al testigo–participante; niños o como mucho adolescentes cuando aquel fatídico 24 de marzo de 1976, demasiado jóvenes para la militancia y mucho más para la guerrilla; testigos a veces directos, como Laura Alcoba en La casa de los conejos (2008), novela que narra, desde la perspectiva de una nena de siete años, la vida cotidiana en una casa operativa de Montoneros; a veces meramente testigos de los silencios, las verdades a medias, o directamente las mentiras que nuestros mayores nos impartían. En esta etapa regresa la mirada indirecta, los testimonios sesgados y refractados de la primera, pero ahora no por necesidad práctica sino por elección estética, como la más adecuada a la naturaleza incompleta, bloqueada, turbia de la experiencia: como en las novelas Dos veces junio (2002) y Ciencias morales (2007) de Martín Kohan, con su énfasis en las actitudes de los que, como un colimba o una preceptora de escuela, habitan rincones remotos del aparato represivo, o La ley de la ferocidad de Pablo Ramos (2007), en la cual la violencia exterior es referida, metafórica o más bien metonímicamente –porque no se trata de un juego de analogías sino de contagios mutuos–, por la cadena de violencia familiar, y donde el orden moral se trastrueca cuando el hijo sometido a la violencia del padre se regodea de que éste, preso por la dictadura, deba "sentir en carne propia la ferocidad interminable de un sistema invencible".
Y por último –por ahora– llegó la literatura de los que no tienen recuerdo personal alguno; que saben porque escucharon las historias familiares, o leyeron, o investigaron, o imaginaron lo sucedido. Albertina Carri en la película Los rubios (2003) o Félix Bruzzone con 76 (2007) y Los topos (2008). Los caminos parecen dividirse: en algunos casos, el de un furor investigativo, de llegar a la verdad, reponer lo elidido o desaparecido de la memoria o los relatos familiares y sociales. Pero esta investigación no logra a veces más que hacer presente la ausencia, como sucede en el documental-ficción de Carri. Otras veces, la imaginación se sacude todo imperativo de verdad y rellena y aun desborda los huecos de la historia, que parece ser la estrategia de Los topos.
Suele decirse que para entender un período histórico, sobre todo si es traumático, se necesita dejar pasar el tiempo, a veces una o dos generaciones (o tres o cuatro, subirán la apuesta los interesados en que nunca suceda). Pero el tiempo no pasa solo, hay que hacerlo pasar: no es tiempo de espera sino de trabajo incesante. La distancia no se crea con silencio sino a fuerza de escritura. Si se dejan pasar treinta años a la espera de ese momento adecuado, estaremos, treinta años después, todavía al comienzo. Cada escritor se apoya en lo que han hecho los anteriores; porque lo han hecho, puede pasarse a una segunda etapa, o a una tercera. En este proceso inciden todas las prácticas de la sociedad, no sólo la literatura. No importa cuánto tiempo ha pasado, lo que importa es lo que ha pasado en ese tiempo. En la Argentina, en los últimos 34 años desde el golpe, se realizaron los Juicios contra las Juntas, que continúan ahora con los otros responsables; se reivindicó y reparó, en la medida de lo posible, a las víctimas, se restableció la identidad a muchos cuerpos, se recuperaron muchos chicos arrebatados a sus familias. Si no hubiera sucedido todo eso, la literatura seguiría atada a las funciones más básicas del testimonio y la denuncia. El discurso de los derechos humanos, por su vinculación necesaria con la Justicia, es, necesariamente, un discurso de verdad; la literatura no lo es, no necesariamente, y puede, si no oponerse, hacer otra cosa. Cualquier cosa, como dijo Beatriz Sarlo a propósito de Los topos, novela cuya deriva, más que decurso, lleva al protagonista, hijo de desaparecidos, desde una vinculación a regañadientes con la agrupación H.I.J.O.S. hacia planes de venganza personal que lo impulsan a convertirse en travesti y, eventualmente, a convivir en cálida felicidad conyugal con el Alemán, un sádico-tierno, amante-torturador de travestis quizá vinculado con la dictadura. El protagonista, cuyo padre le fue señalado por la propia familia como topo (doble agente), se convierte a su vez en otro topo-traidor que intenta desmarcarse de lo que los discursos oficiales le impondrían, y a quitarle a la palabra H.I.J.O.S. las mayúsculas y los puntos.
Los discursos de la ficción adquieren, en la obra de estos autores, máxima independencia de discursos como los de la militancia o los de los derechos humanos, que pueden considerarse solidarios, pero no por eso rectores. No es que la literatura esté por encima, ni que se constituya en discurso soberano (en todo caso estará al costado, en un lugar marginal, o menor). Esta independencia respecto de los discursos de verdad va de la mano con otra: la independencia de los discursos de la experiencia y los de la memoria, subsidiarios de aquélla. Y no nos parece adecuada esta etiqueta de "hijos de la memoria": contra la visión necesariamente maniquea del discurso de los derechos humanos, que opone la necesidad de la memoria al discurso del olvido interesado, la construcción de una memoria en los discursos de ficción parte de la comprobación de que el olvido, lejos de ser el opuesto de la memoria, es su componente creativo; que la memoria no es igual al registro del pasado sino una versión de éste, siempre cambiante, urdida en función de las necesidades del presente, la más acuciante de las cuales es la de la construcción de la identidad. No hay –lo señala Beatriz Sarlo en su Tiempo pasado– diferencia fundamental entre la construcción de la memoria por parte de los protagonistas, de los testigos, de los que no tienen experiencia directa para recordar: cada memoria personal es un constructo hecho de recuerdos personales, relatos oídos, los discursos de la historia y los medios masivos, sólo que en la obra de estos últimos autores esto se vuelve más evidente que nunca antes. En contra del sentido común, que nos dice que son los protagonistas, o los testigos, los más indicados para recordar y contar la historia, ellos indagan de manera absolutamente novedosa y potente en una época que no vivieron, pero que los gestó en su vientre; tienen pleno derecho a hacer lo que quieren con ella, porque ella los hizo; la mudez no es problema para ellos, porque no están volviendo del campo de batalla: en él nacieron.
4.4.10
La flor de la vanguardia

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Por Juan Pablo Bertazza
"Yo dedico este libro a mis enemigos, los perros que me han ladrado i me siguen ladrando en mi camino de gloria y Porvenir, enemigos para los cuales guardo siempre un Colt en el bolsillo de la cartera."
"Ya no tengamos pena. Vamos viendo los barcos ¡el mío es más bonito de todos! con los cuales jugamos todo el santo día, sin pelearnos, como debe de ser: han quedado en el pozo de agua, listos, fletados de dulces para mañana."
Lo primero es la bravucona dedicatoria que Alberto Hidalgo –junto a José María Eguren, uno de los poetas de Lima, Arequipa y Trujillo que dieron el puntapié inicial a la poesía peruana de vanguardia– eligió para arrancar a todo trapo su libro Arenga lírica al emperador de Alemania (1916). Lo segundo es una estrofa del poema III de Trilce (1939) de César Vallejo, considerado unánimemente el cenit y zenit de la poesía de vanguardia de ese país.
Mientras el tono altanero, jactancioso, sin ambages, bélico y metálico de la dedicatoria hacen recordar directamente a los postulados del futurismo de Marinetti, la estrofa de Vallejo se muestra mucho menos altisonante y soberbia, tal vez más pacífica, íntima; en busca de una libertad contraria a cualquier dogma. Las distancias de tono, estilo, contenido y voz dan cuenta, por lo tanto, de las múltiples diferencias que caracterizaron la poesía de vanguardia peruana –seguramente de las más destacadas en Latinoamérica junto a las de Brasil y Chile– que, en cierta forma, nació tímidamente luego de la Primera Guerra Mundial, todavía como eco de la literatura europea y cuyo final está menos claro: no sólo porque mientras algunos proponen que 1930 es el año final del vanguardismo poético de Perú, otros señalan que a ese período de auge le sigue otro de persistencia; sino también porque, como sucede con todos los grandes eventos literarios, el fenómeno todavía tiene su eco, su permanencia en el presente. En el medio, esa poesía de vanguardia pasaría por una transformación que la hizo tremendamente propia aunque no sea fácil navegar entre sus múltiples facetas y puertos. Si bien las lecturas críticas, académicas, bohemias, poéticas y prosaicas sobre esta poesía tardaron varios años en aparecer, y seguramente terminaron de conformarse gracias a la consagración mundial de César Vallejo, hoy sigue constituyendo un tema apasionante y, en algún punto, poco transitado incluso en Perú, donde acaba de editarse una obra excepcional de la Pontificia Universidad Católica del Perú a cargo de Luis Fernando Chueca que recupera, en dos tomos, ediciones facsimilares de los libros más emblemáticos –Trilce, de César Vallejo; El perfil de frente, de Juan Luis Velázquez; Ande, de Alejandro Peralta; Una esperanza i el mar, de Magda Portal; 5 metros de Poemas, de Carlos Oquendo de Amat; Descripción del cielo, de Alberto Hidalgo; Poemas vanguardistas, de Martín Adán; Hollywood, de Xavier Abril; Cinema de los sentidos puros, de Enrique Peña Barrenechea; Abolición de la muerte, de Emilio Adolfo Westphalen, y La tortuga ecuestre, de César Moro– junto a una reseña crítica que clarifica un poco los tantos. Al menos, son dos grandes tendencias las que podrían empezar a identificarse en la poesía peruana de vanguardia, aunque habría que tener en cuenta que su definición choca aun con más complejidad, dimisiones, intersecciones, puntos de contacto y líneas de fuga de lo que sucede con nuestras vanguardias de Florida y Boedo: la primera, que estaría representada por esta primera etapa de Hidalgo (el mismo Hidalgo, sin ir más lejos, luego daría un brusco volantazo a su obra), se caracteriza por un marcado entusiasmo hacia las técnicas nuevas, las máquinas, las armas, aunque sin un cambio de sensibilidad que metabolice esos hallazgos: "Yo soi un bardo nuevo de concepto y de forma,/ Yo soi un visionario de veinte años de edad,/ Yo traigo en el cerebro la luz la luz inmensa y pura/ Que alumbrará la senda por donde se ha de andar,/ Yo soi un empresario vidente del futuro,/ Y por eso os hablo, poetas, escuchad".
Esa falta de humanismo y de nueva sensibilidad es lo que le criticaron los vanguardistas de la otra tendencia, justamente los que eran liderados, sin querer queriendo, por Vallejo, quien buscó la libertad poética yendo hasta el límite no sólo del lenguaje sino de su propia individualidad, a partir de una búsqueda existencial que hacía caso omiso a las líneas de renovación que venían de Europa. Sí, seguramente había leído Un golpe de dados de Mallarmé pero casi todas las semblanzas sobre el gran poeta coinciden en que tuvieron mucho mayor peso a la hora de hacer este libro la muerte de su madre, sus complejas relaciones amorosas y la reclusión en la cárcel de Trujillo, "una angustia existencial en carne viva"; algo que lo ubicó de manera definitiva en la búsqueda de la libertad y autenticidad absolutas. Si la primera postura era estruendosa y algo contradictoria, la segunda (abanderada en la poesía de Vallejo) consistía en un estruendo mudo –es decir, no propugnaba tanto el gesto vanguardista ni proponía pautas formales– pero, paradójicamente, mucho más elocuente. En Trilce aparece de verdad lo nuevo, algo que, de tan novedoso resultaba imposible transmitir de manera unívoca y panfletaria porque no podía sino ser incierto. La gran virtud de Vallejo fue, entonces, patear el tablero –con piezas, cartas, fichas, dados y todo lo demás– sin desentenderse de su propia patada, es decir, incorporando, al mismo tiempo, un cáliz humano que brillaba por su ausencia en la poesía anterior
Por este camino, un camino de vanguardia que no pretendía, por lo tanto, el parricidio ni la ruptura de todo lo anterior sino la posibilidad de conciliar voluntariamente la novedad con la tradición, transitarán otros grandes poetas vanguardistas como Velázquez, Oquendo, los hermanos Peralta y César Moro.
Claro que, a pesar de esa extrema individualidad, la renovación gradual del contexto social peruano había generado el humus para que se diera un milagro como el de Trilce: tanto el proletariado urbano como algunos sectores más progresistas de las clases medias limeñas manifestaban el ansia de cambio y la búsqueda de un proyecto de modernidad distinto al propuesto desde 1919 por el gobierno de Augusto Leguía y su discurso de la Patria Nueva que no había respetado demasiado ese programa que consistía, básicamente, en democratizar el régimen político nacional a través del voto plebiscitario, en oposición a la ya extinta República Aristocrática.
Una especie de comodín y padrino absoluto de esta línea vallejiana de vanguardia fue José Carlos Mariátegui, quien, al regresar en 1923 de Europa, expresó el entusiasmo que le generaban algunas de estas obras en una serie de artículos que fueron apareciendo al año siguiente, tratando de mostrar que el descubrimiento de un nuevo arte podía coincidir con la búsqueda de una nueva sociedad.
Del lado de enfrente podría nombrarse a la revista Flechas, que nació en 1924 dirigida por Magda Portal y Federico Bolaños. Si bien contribuyó a la consolidación de la vanguardia, tal como aquel libro de Hidalgo, también padece cierto exceso programático: "queremos que desaparezca tanta farsa, tanta chotez literaria, tanto fantoche de papel, tanta vejez conservadora, tanto roña mental", decían en su primer número aunque luego no se sonrojaran ni un poco al rendir homenajes a destacados representantes de la generación del 900 como Ventura García Calderón, o al arremeter en una reseña de El perfil de frente de Juan Luis Velázquez (el tercer libro emblemático de la vanguardia peruana) contra "ciertos malabares en la forma y la expresión y cierta influencia vallejiana".
El año 1925 marca uno de los triunfos de la segunda tendencia, la de Vallejo, a partir de revistas como Hélice, dirigida en Huancayo por Julián Petrovick y un nuevo poemario que aparece en Argentina de Alberto Hidalgo, en el que teoriza y pone en práctica su propio ismo –la abundancia de la metáfora con la menor cantidad posible de palabras, las pausas y el despojo retórico–, acercándose mucho al ultraísmo que Borges había importado de España pocos años atrás.
Pero, sin lugar a dudas, es el período que va desde 1926 hasta 1930 el de mayor actividad en la poesía vanguardista peruana: se instalan con muchísima fuerza las revistas Amauta de Mariátegui en Lima, el Boletín Titikaka de los hermanos Peralta en Puno y Trampolín-rascacielos-timonel, una publicación cuyo nombre cambiaba de entrega a entrega, conducida por Magda Portal, Serafín Delmar y Julián Petrovick. En París, mientras tanto, Vallejo coeditó con Juan Larrea Favorables-París-Poema (cuyos más importantes colaboradores eran, nada menos, que Tzara, Huidobro, Gerardo Diego y Pablo Neruda) y también apareció el Indice de la nueva poesía hispanoamericana firmado por Borges, Huidobro e Hidalgo, una antología también publicada en Buenos Aires que reflejaba la activa participación peruana en el momento vanguardista continental.
Pero es en el tercer número de Amauta (noviembre de 1926) donde Mariátegui inaugura explícitamente una polémica que aún hoy tiene consecuencias, al meter el dedo en la distinción entre las dos supuestas líneas de vanguardia: "No todo el arte nuevo es revolucionario ni tampoco verdaderamente nuevo. En el mundo contemporáneo coexisten dos almas, las de la revolución y la decadencia. Sólo la presencia de la primera confiere a un poema o a un cuadro valor de arte nuevo. No podemos aceptar como nuevo un arte que no nos trae sino una nueva técnica. Eso sería recrearse en el más falaz de los espejismos actuales". Como si quedara algún tipo de dudas, en el mismo número, Vallejo enfatizaba lo apuntado por Mariátegui en un artículo titulado "Poesía nueva": "La poesía nueva a base de palabras o de metáforas nuevas, se distingue por su pedantería de novedad y, en consecuencia, por su complicación y barroquismo. La poesía nueva a base de sensibilidad nueva es, al contrario, simple y humana y a primera vista se la tomaría por antigua o no atrae la atención sobre si es o no moderna". Meses más tarde en "Contra el secreto profesional", Vallejo ahondaba su idea de una manera más violenta: "Acuso, pues, a mi generación de continuar los mismos métodos de plagio y de retórica de las pasadas generaciones, de las que ella reniega. Ese Jorge Luis Borges, verbigracia, ejercita un fervor bonaerense tan falso y epidérmico, como lo es el latinoamericanismo de Gabriela Mistral y el cosmopolitismo a la moda de todos los muchachos americanos de última hora. Hay un timbre humano, un latido vital y sincero, al cual debe propender el artista, a través de no importa qué disciplinas, teorías o procesos creadores. La autoctonía no consiste en decir que se es autóctono, sino en serlo efectivamente, aun cuando no se diga".
El crítico Mirko Lauer, por su parte, se posiciona del lado de enfrente al criticar las objeciones de Vallejo y Mariátegui en La polémica del vanguardismo: "Mariátegui, Vallejo, Huidobro y los demás críticos están intentando moderar lo que perciben como una euforia irreflexiva de los vanguardistas. Su principal objetivo es advertir contra lo que piensan que no es posible hacer, es decir, contra el intento vanguardista de inducir la modernidad a partir de los engañosos hechos que son las máquinas y las palabras". Por su parte, Magda Portal –primera mujer vanguardista y autora del excepcional Una esperanza i el mar que, junto a Descripción del cielo, de Alberto Hidalgo, 5 metros de poemas, de Carlos Oquendo de Amat, y La casa de cartón, de Martín Adán, constituyen la primera línea en la producción vanguardista del segundo lustro de los 20– en el número cinco de la misma Amauta pareció poner punto final al debate con su defensa de la línea vanguardista de Vallejo: "El pasado lleno de taras es un cadáver en putrefacción que debemos incinerar cada momento para no contagiarnos".
13.1.10
Consumo, crispación y pies descalzos
"Ya no hay heladerías, ni ropa, ni vehículos de lujo, ni bebidas, ni libros sino denominaciones industriales que los sustituyen", asegura el autor de Grasa tras un recorrido crítico por la costa bonaerense. "En lugar de la cosa, ahora está el nombre".
LA PLAYA DOMINADA por las marcas. La marca: el hit del verano que impregna todos los paisajes. fUENTE Revista Ñ
"Desde la mirada rapaz del Google Earth puede verse la costa bonaerense como un borde eléctrico en el que los accidentes de la tierra son apenas vibraciones filtradas por las nubes. Pero si se baja más, si el ojo satelital se digna a sobrevolar la superficie en incursiones rasantes se verá, ya a otra escala –la escala de una verdad mayor– una composición más nítida de su realidad geográfica. Esa composición tiene nombres y materia. Va de los asfaltos posnucleares de Santa Teresita a los bosques importados de Cariló, en cuyas sombras se hallan comunidades de pájaros autóctonos, aficionados al coro vocacional y a los servicios indeseables de bicho-despertador, una cierta arquitectura de la vanidad –poco racionalismo, mucho casa FOA– y los rallys espontáneos de Divisadero a espaldas de la vigilancia.
Más allá, Mar del Plata, la ciudad total; la de toda la oferta y toda la demanda del mundo, resumida en un número (dos millones de visitantes por temporada alta, que en movimiento se convierten en dos billones), una serie de nombres plateados: Toledo, Manolo, Montecatini, Boston, Casino, Rambla, Peatonal, Puerto y Farándula; y un nombre dorado que ya no nos pertenece en los hechos pero sí le pertenece a nuestros corazones: Havanna. Y por debajo del nombre consagrado que se alarga, fluorescente, en tipografías de neón retorcido, el verdadero punto de encuentro entre veraneante y verano: la cultura de la cola. Esperar, padecer, donar el tiempo del ocio a la máquina de consumo, prestarse nuevamente al disgusto de la postergación aun en vacaciones, como respondiendo a la nostalgia del trámite –el vicio más frecuentado del año civil–, para obtener a cambio una docena de churros rellenos o un frasco de sardinas apretadas como personas en vagón de subte. O una suprema a la Maryland, el tesoro gourmet de la cadena de felicidad gastronómica Montecatini, en cuyas superficies enormes se arrumban contingentes enteros del llamado turismo gremial que saben hacer valer la sociomoneda de su república: el patrón voucher.
Es cierto que en Mar del Plata no hay puntos de vista superiores al de La Normandina, el Manolo de la costa o Waikiki. Más que puntos de vistas son hermosos sueños marinos en los que actúan embarcaciones de pesca al borde del naufragio, perfiles más bien tiesos de buques mercantes con sus popeyes irascibles por la abstinencia de todo lo que se tiene en tierra y generaciones completas de surfers esperando el desarrollo completo del día: olas, puesta de sol, delivery de marihuana.
Enconado con esas versiones exteriores del veraneo, el paisaje de Montecatini obliga a mirar hacia adentro, hacia un interior prácticamente quemado por las luces de artificio en el que el turista tradicional podrá hacer lo que más le gusta: sentirse como en casa. Es, si se acepta la asociación, un feed lot para humanos que nada tiene que envidiarle en densidad demográfica, rendimiento industrial y caja al West Lake de Changsha, China, un restaurante para cinco mil comensales sentados que ordenan a la carta decenas de platos en forma simultánea. Montecatini es la maqueta o el hermano sudamericano de ese negocio de locos, una especie de monumento a la mandíbula batiente en el que comer es un espectáculo que se da, y en el que ver comer es el plato principal de un teatro mudo de la abundancia.
Pero si se cortara con una plancha de acero esa escena en el centro de Mar del Plata, su zona más comprimida y desdeñosa de la naturaleza, como si un pánico inexplicable de sus habitantes pasajeros no pudiera admitir que la naturaleza se les presente sin la compañía de elementos hiperurbanos como el hacinamiento, la contaminación ambiental y la molestia, y saltáramos al Bosque Peralta Ramos, o al shopping horizontal en el que se convirtió la calle Güemes, o a las playas al sur del faro, ¿qué veríamos de diferente? Veríamos otra gente, es decir otro mercado, pero una misma dificultad para abandonar la cultura que se trae de casa.
Las bikinis que se lucen, cada cual a la altura del cuerpo que la lleva, en las caminatas del parador Honu Beach, por ejemplo, ¿son clásicas o modernas? Porque es cierto que la moda dice que estamos en una temporada de animal print, texturas metalizadas, hebillas, bordados y detalles que resplandezcan –lentejuelas, strass, trenzas de titanio, hierros de obra niquelados, rieles ferroviarios: cualquier cosa–, pero hace falta detenerse a mirar y a recordar un minuto para advertir que, en efecto, los trajes de baño de hoy son más actuales que los de la última temporada, pero también son más antiguos que los de hace veinte años.
El parador es un paraíso de insolación donde duermen densas monas de sardina los avatares de Danny De Vito y Néstor Kirchner. Un desierto sin carpas ni techos de juncos que defiendan al bañista de las tormentas ultravioletas que nos están matando. Mar y playa, y personas casi desnudas buscándose con la mirada como en una orgía que todavía no empezó (estamos en la fase del casting). ¿Nada más? Mucho más, tanto más que para simplificar habría que usar la única palabra capaz de incluir el todo ofrecido a la vista: marcas. De bebidas nocturnas, claro –que se hacen diurnas en la playa–, pero sobre todo de vehículos de doble tracción, verdaderos predadores de naturaleza que en la temporada del dolce far niente y el consumo empujado por la inercia que gobierna los túneles mentales de los manirrotos, el consumo porque sí (porque sobra plusvalía, o porque el consumo en verano es un entretenimiento), se justifican, digamos, existencialmente.
La imagen general de esos brillos de bicapa expuestos al sol es un espejo de lo que sucede en La Frontera, la playa salvaje de Pinamar de la que hace varias temporadas salen en estampida los autos de lujo ante la llegada de ARBA, la tormenta de arena fiscal que dispersa a los beduinos en sus cápsulas climatizadas. Porque si la marca es algo que se desea y se consume para ofrecerla en verano como un blasón seriado (un blasón maldito que tanto podemos tener nosotros como nuestros vecinos), también es algo que, llegado el caso, se defiende del modo en que la mamá leona defiende a sus leoncitos del clan de hienas que planea sonsacarlos del nido y convertirlos en bifes de gran felino.
La marca: el hit del verano que impregna todos los paisajes. Está en los parasoles, en las sombrillas, en los vasos de chopp, en las frases que cuelgan del timón de los aviones que van y vienen, suben y bajan, sobre los vientos enrulados del Atlántico; y en las llamadas promociones donde el beneficiario rugbier armará su tocata con una guinda marca Kevingston, así como el jubilado entrenará con tejos marca Ibupirac 600. Pero ni el centro cívico de Cariló, ni la calle Alem de Mar de Plata –donde bailar es consumir en movimiento varias cosas, además de ofertar una imagen llena de marcas– tendrán un núcleo de incitación al consumo tan intenso e insoportable como el cruce de Bunge y Libertador de Pinamar. Es el punto en el que se muere todo lo que pueda considerarse un fenómeno genérico. No hay heladerías, ni vehículos de lujo, ni ropa, ni bebidas, ni libros sino denominaciones industriales que los sustituyen. En lugar de la cosa, el nombre. El veraneante, que podrá descansar del trabajo pero ya no de la obligación de la compra, ¿se preguntará dónde empezó todo esto? Una ráfaga de memoria trae en oleadas un poco turbias la vieja escollera del Club de Pesca Mar del Plata y los nombres pioneros que se alzaron años ha: Balcarce, Celusal, Quilmes, los primeros interventores del paisaje marítimo que un día podría faltar si se lo reemplaza por un buen artificio."
26.12.09
La novela americana
¿Estamos frente a una sintesis de la Comedia Humana? Se lo pregunta el autor de Contagiosa paranoia, quien a veinte años de Los Simpson, define, tajante: "Seguramente la gran ficción estadounidense ya nosea Moby Dick"
“NOCHEBUENA EN FAMILIA”. Max Cachimba (Rosario, 1969):una particular atmósfera entre inocente y cínica. fUENTE Revista Ñ¿Cultura Simpson? Digámoslo de otro modo: ante todo se trata de una creación muy efectiva para intentar entender uno de los comportamientos culturales más potentes y significativos de nuestra época. Comencemos admitiéndolo: nos referimos a un fenómeno sin precedentes. Al menos en su escala. ¿Recuerdan "Simpsonize Me", el software que hace poco menos de tres años nos invitaba desde la Web a conocer nuestro presunto aspecto en la percepción de un ciudadano de Springfield? Esta podría ser una buena pista. Una muestra y un síntoma de cómo opera la "Cultura Simpson", incluso una clave de su funcionamiento e incesante proliferación.
Un espejo-Simpson: la sensación de que el mundo que habitamos imita más y más algo que comenzó en la mente del historietista Matt Groening. En septiembre pasado, Ñ
Identidad del usuario
Incontrolable. Similar a tantas fanfictions (ficciones personales y amateurs escritas por los fans de una serie televisiva o película o historieta) pero en una escala –sobre todo industrial– inusitada. Un producto cultural de primera magnitud con miles y miles de usuarios Simpson.
Doy un ejemplo. Estoy en una ciudad balnearia, de vacaciones, antes de que comience la temporada. En muy pocas vidrieras ya contabilicé más de cinco docenas de remeras con diferentes motivos Simpson: Homero como el Che Guevara, como el Indio Solari, como Bob Marley, bebiendo cervezas locales, con la casaca boquense y de otros tantos clubes, citando y entrometiéndose en una multitud de referencias incomprensibles para quien no conozca la actualidad y pasiones argentinas.
Por supuesto, esto no se limita sólo a remeras: estamos rodeados de toda una inmediatez simpsonizada. Es imposible caminar dos cuadras por cualquier centro comercial sin toparse con múltiples referencias al universo Simpson: tenemos la impresión de que no existe mayor merchandising que el inspirado en esta familia. Desde juegos de ajedrez a colchonetas inflables a linternas y destapadores: todo lo que podamos imaginar. Y más también.
Apropiaciones de apropiaciones. El detournement preconizado por el situacionista Guy Debord (como su vulgarizada consecuencia digital, el defacing) popularizándose en miles de usufructuarios sin nombre. Resulta claro: en su inmensa mayoría estamos frente a versiones piratas que eluden los derechos de propiedad intelectual incursionando en numerosísimas referencias por demás alejadas a los contenidos de la serie.
Esta sigue un esquema de producción centrado en 16 escritores, responsables de las ideas que organizan cada capítulo. Mientras ellos trabajan, miles de creadores de rostros difusos reinventan a "Los Simpson" en inacabable expansión. Versiones de versiones. Lecturas de lecturas y más lecturas.
Hibridaciones
Ya sabemos, entre los fans, estudiosos y curiosos persisten quienes analizan la actualidad de cada miembro de la familia a modo de arquetipo, proponiendo una suerte de sociología pop. Identificaciones con el modelo Homero, con el modelo Bart o Lisa. O con los innumerables personajes secundarios. No hay más que darse una vuelta por plataformas de intercambio y discusión como Taringa o la especializada Púdrete Flanders! para informarnos sobre las diferentes etapas y oscilaciones de cada uno. Pero más me interesa observar el mix de mitologías contemporáneas que alimentan toda bizarría: ya cité la mixtura de Homero con el Che Guevara ¿una revisión anónima de los íconos de la historia contemporánea desde la perspectiva Simpson? Significativa hibridación: ¿quién fagocita a quién?
¿A qué se debe tanta aceptación, tanta seducción?
Por lo expuesto resulta evidente: de todos los miembros del clan, el favorito es sin dudas Homero. Hace una década posiblemente lo fue Bart, pero hoy papá Simpson parece no tener competencia.
Hace apenas unas semanas, para una nota en la versión digital de Ñ me preguntaban cómo Groening, prototipo de artista estadounidense, podía participar como expositor de una exhibición como Argentrash (que tuvo lugar en el Fondo Nacional de las Artes): una exploración de las posibilidades de existencia de un trash de cuño argentino. Sin embargo, la respuesta ya estaba en Groening cuando inventó la serie y trazó una perspectiva (y una política) de sus alcances, hace dos décadas. Es célebre que entonces declaró que su intención fue ofrecer otras opciones al mainstream trash que la televisión ofertaba por esos días. Si el status quo es trash, nada mejor que intervenir activamente desde ese trash. Un paso más allá en una brillante perversión.
Springfield, la ciudad ficcional imaginada por Groening, está en todas partes, como el trash.
Puede parecer abusivo y de hecho lo es: resulta por demás conocida la historia de la cerveza Duff, que comenzó como una parodia –es la marca de cerveza que consumen Homero y sus amigos– y hace años dejó de ser una fantasía y se comercializa en muchos sitios del mundo. Ficción y realidad entremezcladas.
Otro interrogante: ¿habrá imaginado alguna vez Groening que su familia, en quienes se inspiran sus personajes, se instalaría en semejante mitología viral?
Generación S
Vayamos por la segunda hipótesis: el éxito de estas múltiples apropiaciones se debe a que estalla tanto más allá de sus contundentes efectos comerciales: se trata de una propiedad inconsciente que afecta a más de una generación.
Tengo en mente a los miembros del grupo "Un Faulduo". Jóvenes artistas argentinos (no alcanzan aún los 25 años), no recuerdan un solo momento de sus vidas en el que "Los Simpson" no existieran. Para ellos (así como para todos los que tienen su edad y aún menos) la célebre familia disfuncional es un clásico tan eterno como el Ratón Mickey o el Pato Donald. Por ninguna otra razón les resulta natural utilizarlos como materia prima para sus elucubraciones y empujarlos a un trash aún más extremo. Por momentos tan retorcido y cándido que el mismo Groening terminó por interesarse en ellos.
Esta sensación de pertenencia no es para nada nueva; ya expone su no breve tradición. La atracción con la familia fue tan inmediata que muy tempranamente Frank Zappa se comunicó con los realizadores de la serie manifestándoles su deseo de aparecer en ella como personaje. Una ambición que se vería multiplicada en los años siguientes. Cuando a Meg White, baterista del dúo de rock White Strippes, la consultaron sobre sus deseos incumplidos, sin dudarlo contestó: "Aparecer en los Simpson". Por supuesto, ahí estuvo. Otro tanto sucedió con Michael Jackson. ¿Quién no quiere aparecer en los Simpson? Hasta Fogwill le hizo saber a Groening que quería tener su participación.
Dije fenómeno cultural. Necesito precisar: fenómeno de medios. Pero no en la antigua concepción de inspiración adorniana que se dirime en una crítica a la denominada industria cultural, sino más exactamente un modelo dinámico y pluralista, propio de la Era Web.
El ojo del equipo de Groening no escatima un sabio cinismo. No sólo se apropia de todo tipo de referencia cultural del modo más irreverente (famosas son las protestas y censuras por el contenido de los capítulos que tematizan una cultura en particular, recordemos las quejas del ex diputado Lorenzo Pepe por la "ofensa a la memoria histórica" en el episodio en el que se mencionaba a Juan Domingo Perón) sino que parece disfrutar y reutilizar la mitologización viral de la que vengo dando cuenta.
¿Estamos frente a una suerte de nueva Comedia Humana?
a propagación de un virus informático.
Gran novela americana
Al menos no con un Balzac, sino con miles de narradores, clonados y anónimos: como toda mitología, el relato resulta invariablemente plural por sobreextendido.
Seguramente, la gran ficción norteamericana ya no sea Moby Dick.
Alguna vez leí que las novelas de Thomas Pynchon muestran a los Estados Unidos como a una gigantesca nave espacial fuera de control. Desde que este autor fue parte de una de las historias de "Los Simpson" nos parece un producto más de este virus multiplicante.
Nos criamos viendo a "Los Picapiedras", "Los Supersónicos" incluso "La Familia Ingalls". Sin embargo, ninguna saga sigue atesorando la misma actualidad. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué los vuelve tan actuales después de tantas temporadas de emisión? Tercera hipótesis: si el pop nació como bastante más que una estética en el sentido clásico, esto se debe a que desde su origen fue advertido como un procedimiento de reutilización estética de cualquier dato cultural. Tantos años después, ya no existe en nuestro presente quién no se apropie indiscriminadamente de sus consecuencias y derivaciones.
"Los Simpson" llevan este modelo tanto más lejos en sus efectos. Si no son pocos los que se quejan de que los nuevos episodios ya no sorprenden, sin duda se debe a que su mitologización viral ya fue por demás naturalizada. Estamos sumergidos en ella.
La razón está a la vista: hay tantas o más ideas en la mitología viral de "Los Simpson" que en muchísimas obras y trayectorias del arte de nuestros días. Venimos escuchando hace bastante tiempo que en las series de televisión de la última década (como "Six Feet Under" o "Doctor House" o "Lost") encontramos más ideas y talento que en la gran mayoría de las películas de Hollywood del mismo período. Compartamos o no esta opinión, es indudable que ninguna llegó tan lejos como "Los Simpson".
Si creemos y afirmamos que son una cultura es porque la cultura hace tiempo utiliza los mismos recursos que ellos siguen exhibiendo.
Larga vida a "Los Simpson".
Rafael Cippolini
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