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6.9.10

Valenzuela:"Mis novelas son caminos de búsqueda"

Luisa Valenzuela habla de su nueva novela El Mañana (Seix Barral) en la que el secuestro de dieciocho narradoras que viajan a bordo de un barco le sirve para reflexionar sobre la relación de la mujer con la palabra escrita
Luisa Valenzuela, escritora argentina.foto:internet.fuente:adncultura

Como un ejército silencioso, los rostros de diablos, animales y seres mitológicos custodian el misterio de la escritura en el estudio de Luisa Valenzuela. Las decenas de máscaras reunidas en sus viajes por América latina -"Sólo me faltan de Paraguay", aclara orgullosa la escritora- se revelan como una puesta en escena de sus novelas y relatos, en los que la superficie narrativa, las extrañas peripecias y transformaciones que transitan sus personajes ocultan las razones que les dan origen y el secreto del lenguaje que las moldea.

Tal es el caso de El Mañana , su última novela, en la que dieciocho narradoras que navegan en un barco son secuestradas y puestas bajo arresto domiciliario a causa del peligroso poder que esconden en su trato con la lengua. Elisa Algañaraz, una de las escritoras detenidas, aventura diversas hipótesis sobre los motivos de sus secuestradores, hasta que la llegada de Ómer, un traductor israelí con el que vivirá una intensa pasión, le brinda la posibilidad de escapar. De allí en más, su huida le deparará singulares aventuras en las que el encuentro con los otros y sus voces le permitirá poner en cuestión su identidad y redefinirla. En su casa del barrio de Belgrano, la autora de Cola de lagartija dialogó con adncultura sobre la singular experiencia que le brinda la escritura.

-Escribí esta novela a lo largo de, por lo menos, siete años. La interrumpía todo el tiempo, tenía muchos viajes, conferencias, cursos, notas que dar y que escribir, ensayos y demás. Nunca sabía cómo iba a seguir. Era muy difícil volver al mundo que se armó en la novela, pero a lo largo de los años la fui retomando y encontró su propio derrotero.

-¿Cuál fue la motivación inicial?

-Comenzó con la imagen de una escritora encerrada en arresto domiciliario. Creo que en ese momento me sentía un poco excluida. A partir de esa idea del encierro y el aislamiento que silencia la voz, empecé a indagar los problemas de lenguaje que me sugería. ¿Hay una lengua de mujeres? ¿Son distintas las voces femeninas y las masculinas? Al acercarse, la palabra es la misma, pero la carga erótica, la carga eléctrica, la carga emocional son otras. Hice funcionar esta maquinaria narrativa en torno al secuestro de un grupo de escritoras para explorar eso. Casi todas mis novelas son caminos de búsqueda y conocimiento.

-¿Con quiénes identificaría al grupo de escritoras que son secuestradas?

-Son escritoras que trabajan dentro de la literatura, no aquellas que cuentan anécdotas. Me interesan los escritores, hombres y mujeres, que trabajan dentro de la escritura, que toman el lenguaje como principal protagonista de lo que van a decir. Por supuesto que lo que dicen también es importante. Escribir una historia atrapante es interesante aun para uno mismo mientras trabaja. Pero si no se lo hace con las palabras y el tono de voz que corresponden a esa historia o a cada personaje, ya no me interesa. Por eso el número de escritoras es acotado, son pocas en el mundo las que tienen esa conciencia literaria.

-En la novela, Elisa Algañaraz, la protagonista, critica a las escritoras que se adecuan a las "reglas impuestas", y escriben sobre "recetas de cocina, mundos mágicos, amores edulcorados, tropicalidades y viejas historias de amantes de próceres". ¿Es la huida de Elisa una metáfora de la búsqueda de una literatura femenina comprometida con el lenguaje y la realidad?

-No hace falta buscarla porque la hay. Hace falta un reconocimiento mayor. La mirada de la mujer es interesante porque se produce desde otro lugar. Así como ahora el erotismo en la literatura femenina está aceptado, la cuestión política sigue siendo tomada con pies de plomo. No en el periodismo de investigación, pero sí en la literatura. El periodismo pone las cosas en claro, en cambio, en la literatura se producen aguas mezcladas, medios tonos, insinuaciones de cosas que no son visibles pero están; puede calar más hondo en un sentido más inquietante. Creo que las mujeres trabajan con habilidad esa zona desde hace mucho tiempo: ya está en Virginia Woolf o Clarice Lispector. En el presente también hay escritoras que lo hacen muy bien. Hay algunas narradoras jóvenes que me interesan, como Pola Oloixarac y Samanta Schweblin. También otras mujeres, más grandes, como Susana Romano y Susana Cella, tienen unos libros políticos extraños, que trabajan el lenguaje desde lugares muy particulares, y no se las reconoce mucho.

-La novela comienza con un acto de represión, el encierro de las escritoras, pero nunca queda del todo en claro el motivo de la censura. Se sugiere que las escritoras han descubierto un secreto en el lenguaje, pero ni ellas mismas saben de qué se trata. ¿Por qué decidió mantener oculta la causa de su persecución?

-El secreto es uno de los temas que me gusta explorar. Detesto las grandes certidumbres. Sólo quienes quieren tener el poder dicen ser dueños de la verdad. La verdad es multifacética y el hombre no puede conocer todas sus caras. El secreto va mucho más allá, porque se funda en el misterio del lenguaje, del que hablé en mi libro de ensayos Escritura y secreto . El secreto no puede ser develado; una vez que se conoce, deja de existir. Hay otro misterio que se esconde dentro de ése y nunca se llega al origen. Recuerdo que, cuando tenía un taller de escritura en inglés, en Estados Unidos, les señalaba a los alumnos, con una mirada muy latinoamericana, cosas que aparecían en sus relatos. Cuando les mostraba alguna relación oculta entre sus personajes y ellos me preguntaban si debían explicitarla, yo les decía siempre que no. Mi consejo era que lo contornearan y siguieran adelante, porque ellos ya sabían lo que ocurría entre líneas. No hay que matar el secreto porque permite ver por qué surgió eso y cómo se va desarrollando. Pero sólo se logra conservando lo no sabido.

-El Mañana también es una novela de pasajes. La situación opresiva del encierro le permite a Elisa escaparse y refugiarse en Villa Indemnización, donde conoce la realidad de una clase social muy distinta de la suya. ¿Cómo pensó esa transformación del personaje?

-No lo sé. No pensé esa transformación a priori . Uno se propone mil cosas sobre cómo cambian sus personajes, pero después no funcionan porque están contra las reglas de lo que son, de lo que han hecho antes. Hay un hilo oculto que seguir, un hilo sutil de la historia que está a priori de manera inconsciente, no se sabe dónde. Hay que respetarlo aunque sea muy difícil. Hay que tirar de él y sacarlo de a poco. Si tirás muy fuerte, se rompe y si tirás muy despacio, se enreda y se pierde. Tengo que respetar el asunto en sí, no mi idea del asunto. Ésa es la fascinación de la escritura. La solución tiene que surgir de lo que ya está planteado. Por ejemplo, cuando hacia el final de la novela Elisa vuelve a mencionar a Juana Azurduy, me sorprendí, porque ya había dejado a un lado esa referencia.

-¿Por qué eligió a Juana Azurduy como ícono del despertar de Elisa?

-Era una figura que me habitaba desde mucho tiempo atrás. Es mi personaje más admirado de todas las figuras históricas. Las mujeres tenemos pocos modelos femeninos, pocas imágenes que inspiren valentía. Lo interesante de Juana Azurduy, dentro de las pequeñas anécdotas de su vida que menciono, es que era combatiente pero al mismo tiempo era muy madre. Parió en una batalla y salió con sus hijos a pelear. Se le murieron casi todos y los tuvo que enterrar ella misma. Sólo le quedó una, pero siguió peleando por su causa. No eligió; hizo, como pudo, las dos cosas. Su causa interna y su devoción por la libertad fueron enormes, pero también lo fue su espíritu maternal. Era una mujer de un coraje muy grande, reconocida por los próceres que pelearon con ella, como Belgrano.

-En la novela, además de la voz de Elisa, aparecen las voces de los miembros del equipo que intenta rescatar a las mujeres: Esteban, el experto en informática; Rosalba, su mujer, que sufre de una ceguera progresiva, y Ómer, el traductor israelí de origen árabe y ex agente del Mossad. ¿Cómo surgieron esos personajes?

-Conocí una Rosalba que me pareció muy interesante. Era una compañera mía de colegio que tenía retinitis pigmentosa, como Borges. Cuando la conocí veía perfectamente y nadie sabía lo que le iba a ocurrir. Ahora murió. Era una mujer muy valiente, que tomaba su enfermedad con indiferencia. Andaba en bicicleta o podaba la hiedra de su casa con muy poca vista, hasta que llegó a la ceguera casi total. Sin embargo, salió adelante. Pero sólo tomé la posibilidad de la ceguera, yo inventé toda la anécdota.

-Su historia es la que menos se vincula con la trama de la novela. ¿Por qué decidió incorporarla?

-El recuerdo de la verdadera Rosalba me llevó a pensar en qué es lo que se puede leer a ciegas, detrás de un vidrio oscuro. Son diferentes maneras de entender los lenguajes. Aunque te falte la vista, tenés otras maneras de acceder al conocimiento. Al informático, el hacker , le interesa la narración oral. Se sienta en una plaza de Marrakech a escuchar una lengua que no conoce, porque es un decodificador de lenguajes. Ómer está basado en un estudiante israelí de literatura, que era muy crítico de la posición oficial de Israel. Luego me fui informando sobre el asunto. Investigué qué pasaba con los servicios secretos, sobre todo con los traductores que trabajan con documentos reservados. Es un judío gnóstico, un traductor, que finalmente vuelve a pensar en Dios desde el lugar de la negación, desde el Dios absconditum . Todos buscan lenguajes distintos a través de las situaciones que se crean en la novela. Son los intérpretes móviles para llegar a una gran indagación sobre los cruces de lenguajes. Yo no sé qué decir. Nacen por una necesidad de la narración. Si creás un mundo, lo tenés que poblar, pero no podés imponer los pobladores desde afuera. Surgen, aparecen, se presentan. Ése es el secreto del narrador. Hay escritores que hacen un plan; yo no lo hago porque me aburro, no cobra vuelo la narración. Sigo la dinámica de la palabra, de esa composición gramatical que se estructura con un ritmo, una respiración, un impulso que te lleva al otro lado. Pero es mi manera de ver el mundo. Cada quien estructura su mundo mental como se lo dictan sus neuronas. Espero que me lo sigan dictando como hasta ahora.

-¿Qué importancia tiene esta novela en el conjunto de su obra?

-Es muy importante para mí. Aquí hay exploración directa con el lenguaje. En Novela negra con argentinos exploré la escritura con el cuerpo, porque creo que se escribe físicamente. En Travesía exploré las traslaciones, el exilio voluntario, los cambios de lugar y la pérdida de identidad. Aquí exploré, como siempre, el lenguaje. En este momento, es mi novela más importante porque toco el meollo de lo que me interesa como exploración. Es como un ars poetica . Hay otras novelas de una ruptura más explícita, pero ésta es una investigación sobre el lenguaje común y corriente y las diferencias lingüísticas entre géneros y clases sociales. También una indagación en el dominio de los otros a través del lenguaje.

-Se acaba de editar en la Argentina el libro de cuentos Tres por cinco (La Compañía-Páginas de Espuma), que escribió también en estos últimos diez años. ¿Cómo se diferencia su escritura de relatos de la de novelas?

-Los cuentos nacen enteros. A veces en un solo día, y te sorprenden. Creo que quizá ya están escritos en alguna parte del cerebro. Cortázar decía: "Yo me siento ante la máquina de escribir como quien se saca una alimaña de encima". En el libro de cuentos hay uno, "Fin del milenio", que comencé una mañana, al despertar, en ese momento en que afloran cosas que vienen, posiblemente, de los sueños. Me encontré con dos personajes: un cardiólogo enfermo del corazón que toma Viagra y una enfermera de mala vida. Me senté a escribir tranquilamente. Mandé al tipo a Comodoro Rivadavia, donde se encuentra con la enfermera. Tenía que ir a almorzar a casa de unos amigos. Los llamé y les dije que me esperaran para el café, que no llegaba a almorzar, y seguí escribiendo. Luego llamé y dije que no llegaba para el café sino para el té. A mi tercer llamado, ya no quedaba nadie. Seguí escribiendo y terminé el cuento ese mismo día. Mi plan era enfrentar a dos personas siniestras para que pasara algo tremendo, y terminó siendo una especie de historia de amor indirecta. Fue una sorpresa para mí. Estos cuentos los escribí a lo largo del tiempo, más o menos en el período en que escribía El Mañana . El libro comienza con relatos de mujeres que desaparecen, es muy raro eso, sentía que había algo cerca de mí que estaba desapareciendo.

-Tiene una obra extensa, con más de veinte libros publicados, ¿qué siente que cambió en su escritura desde sus comienzos?

-Creo que el manejo de la trama es lo que más se aprende a elaborar. No tomo recursos de otros escritores como ejemplo, aunque sí hay cierta influencia ajena de obras que uno lee y luego olvida. Aprendí a manejar el material y a ajustar los tornillos sueltos. A corregir con más confianza. La experiencia enriquece en ese sentido. Sin embargo, a veces me asombro de mis primeras novelas. Me sorprende el hilo conductor que las une. Creía que eran muy diferentes pero noto que hay una investigación común. Hay una polifonía que viene desde el principio en la que veo un estilo reconocible: la búsqueda dentro de la palabra. Es la manía exploratoria de ver qué hay más allá, de dar el otro paso.

10.8.10

Las palabras secretas

La última novela de Luisa Valenzuela, El Mañana, se publicó mientras ella estaba internada, recuperándose de una meningitis viral. Al principio no quería ni ver el libro. Con el tiempo, ya recuperada, se fue reconciliando con esta historia de dieciocho escritoras que navegan río arriba, intercambiando experiencias, hasta que son atacadas, acusadas de terroristas y condenadas al arresto domiciliario

La escritora Luisa Valenzuela. foto.fuente:pagina12.com.ar

Una novela llena de peripecia y delirio, pero que finalmente acaba preguntándose qué es el lenguaje, qué dice más allá de lo que se sabe. Qué encontraron esas mujeres que resultó tan amenazante para el poder: quizás el lenguaje exclusivo de las mujeres, quizá la verdadera voz humana.

"¿Qué habrán dicho estas mujeres para desatar semejante represión?" La pregunta late a lo largo de las páginas de El Mañana, reconcentrada en la experiencia interior y exterior de Elisa Algañaraz, su protagonista. El asunto empieza así: dieciocho escritoras remontan un río a bordo de un barco en el que desarrollan el Primer Encuentro Confidencial de Narradoras. "Nos cayeron encima cuando las desavenencias ya habían sido limadas, cuando ya nos habíamos peleado con el lenguaje y habíamos jugado con él y nos habíamos revolcado y hasta chapoteado en las palabras como en tiempos preverbales, y para festejarlo bailábamos como locas meneando la cintura", se lee. Y entonces llegaron ellos, vestidos de negro, al abordaje, para plantarles armas y drogas y acusarlas de terroristas, para confinarlas a unos arrestos domiciliarios, en soledad, incomunicadas.

"Yo creo que ésta es mi novela más importante, porque es mi ars poética", dice Valenzuela en su casa de Belgrano. "Lo que me asombra es ver con claridad desde mi primer libro una línea que tiene que ver con qué es el lenguaje, qué va diciendo más allá de lo que ya sabés, aquello que casi no puede percibirse y está latiendo en todo. Mis libros son muy diferentes en lo anecdótico, y también desde el punto de vista de la escritura, pero hay una búsqueda intrínseca que se percibe entre uno y otro y tiene que ver con esto, con buscar el límite de aquello que no puede ser dicho, lo inefable, que en El Mañana aparece como tal; eso mismo buscaba por el lado del teatro en Novela negra con argentinos o a través de la pintura en Travesía, distintas instancias del arte. Lo veo en los ensayos que se escriben sobre mis textos, no en mi propia experiencia. Y me alegra, porque creo que hay una constancia y una coherencia latente. Mi manera de percibir el mundo es a partir de la comprensión indirecta de las cosas, algo a lo que estoy abierta. Y escribir me permite entender, o al menos organizar cosas que de lo contrario no podría percibir."

Aunque El Mañana sea, también, el nombre del barco que conduce al conjunto de escritoras a su desgracia, la novela trata fundamentalmente del encierro de la protagonista, sus secuelas, sus derivaciones, su fuga y su refugio en otro mundo: Villa Indemnización. Está recluida en un piso 13 sin biblioteca, sólo puede escribir en una vieja laptop cuyos archivos son borrados una vez a la semana por una cancerbera implacable, es sacada a pasear con un velo que le cubre la cara por un vareador los lunes y los jueves por la madrugada. Desesperante. Pero, y esto es una marca constitutiva en la escritura de Valenzuela, se trata de una desesperación entreverada con el humor. "Yo creo que el humor es redentor, que te salva de muchas cosas. Es lo que me está salvando. El humor negro, feroz, puede ser cáustico. Uno va en línea recta, ya con un camino trillado, ¿y qué te pone al costado, qué te permite ver otro panorama? El humor es una bisagra fantástica para moverte y descubrir cosas laterales que no tenés incorporadas."

"La acción transcurre en un futuro indefinido e imperfecto", se lee, en el que se entrevé una Buenos Aires ominosa, derrumbada, de drástica desigualdad social. Al rescate de la protagonista llega Omer Katvani, un traductor israelí que estuvo en el ejército, al que conoció en alguno de sus viajes: su arribo al piso 13 y sus pericias técnicas remiten de algún modo al Harry Tuttle que interpretó Robert DeNiro en Brazil. Pero este además es un caballero con sensibilidad literaria, tocado por las ideas sobre el lenguaje de Elisa. A la par de su historia la novela va contando también la de Esteban, un hacker argentino radicado en Estocolmo que también conoció a Elisa e ideó el plan de rescate y averiguación, y la de su chica, Rosalba. Omer le pide a la apresada, antes de irse, que retome su trabajo sobre Juana Azurduy, un personaje que, dice Valenzuela, le prestó a su protagonista. "En el acto de escribir aparecen las ilaciones, las asociaciones mentales, las metáforas. Yo escribo mucho mentalmente, también, y luego voy al papel, a la máquina. Pero después de la enfermedad no se me ocurría esa forma de pensar: son sistemas de pensamientos. Eso había desaparecido. Y el día que se me volvió a ocurrir un cuentito, una pavadita que entreví para un relato, me pareció milagroso. Porque hasta ese momento había un vacío: 'Sí, el lenguaje está, y todo lo demás, pero falta esta forma asociativa de tratar de delegar un sentido de las cosas'."

Viaje al fin de la noche

Los planes de Valenzuela para este año parecían idílicos, pero fueron, literalmente, de terror. Tenía programado un viaje soñado desde hace mucho por Birmania, Tailandia y Camboya y, a poco de partir, cayó y se fracturó la muñeca derecha. "Yo creo que desde ahí empecé a boicotearme", dice. Se fue igual, aunque se le hizo pesadísimo, muy cuesta arriba. Incluso estando allá se fisuró la muñeca de la otra mano. Volvió muy débil. Iba a publicar El Mañana en abril (la había terminado a mediados de 2009), pero el 13 de marzo empezaron a ser evidentes los síntomas de lo que resultaría una meningoencefalitis. "Estuve internada un mes y medio, fuera del mundo", dice Valenzuela. "Cuando desperté era como si hubiera vuelto del planeta Mongo y dije 'esto me lo pesqué por ahí'. Y me dijeron que no, que había sido acá. Mi hija me contó que también se lo había pescado Saccomanno. Me crucé con un virus, por suerte era un virus, con lo cual quedás limpio, ¿no? Vamos a tomar esto, así nos sentimos más fuertes para hablar de este horror."

Sobre una mesa bajita hay una botella de vino tinto, queso, galletas y pan. Siete y algo de la noche, luces tenues dentro de la casa. Tres perras merodean: una boxer atigrada de diez años, una blanquinegra retacona que se fue afincando de a poco, una doradita pelilarga que rescató, moribunda, de una plaza. "Estuve mucho tiempo sin conciencia, o diciendo pavadas de las que no me acuerdo", retoma Valenzuela. "Al volver tenía mucho miedo, pero ahora me resulta total y absolutamente fascinante. Porque se te descuajeringa el cerebro, se te desarma como un puzzle de no sé cuántas miles de piezas y crácate, se reestructura de nuevo como antes. Eso es mágico. Y entonces quiero explorar. Me puse a escribir. Ahora, porque al principio no podés."

Volvió a su casa a fines de abril, pero hasta fines de mayo estuvo "hecha un trapo, muy medicada", dice. No podía siquiera leer. "Ahí no querés nada, no te gusta nada, no quería ver ni a las perras. Tenía un miedo muy grande, ambiguo. Y una relación con el cuerpo muy extraña. Sigo sin querer escuchar música. Fue un viaje, un viaje al fondo de la noche. En la única visión que me acuerdo, porque estaba en coma, iba caminando por una cosa muy oscura, pero era placentero. Y llego a una parte donde hay una cortina negra, negra carbón. Y digo: 'Tengo que atravesar eso y desaparezco. Yo no creo en Dios. ¿Cómo que no creo en Dios? Si no creo en Dios ni en nada, desaparezco y no quiero, no me quiero morir, no puedo morirme ahora. Es la muerte. No puedo morirme ahora porque tengo que escribir esto y esto'. Una lista de cosas que era muy ridícula. Y entonces salí de eso, o me desperté, o me fui a otro lado. No tengo más memoria que de esa escena. Después me contaron que hubo un momento en el que entré en convulsiones. Fue acá, porque estuve internada, vine a casa tres días y volvieron a llevarme. Y los que vinieron de emergencia decían 'la perdemos, la perdemos'. Yo quiero saber si la visión aquella coincidió con este momento, pero es imposible. Se lo conté a Alberto Díaz (el editor) y me dijo 'podés escribir un best-seller'. Y enseguida corrigió: 'Ah, no, si es negro no, porque tiene que ser blanco, como Sueiro'."

Y se ríe con ganas Valenzuela, y dice que también temió haber perdido el sentido del humor. El neurólogo que fue a consultar en los últimos días le sugirió hablar, explorarlo, acaso en terapia. "No, psicoanálisis no", respondió ella. Le interesa, en cambio, seguir abordando el asunto desde el lado de la neurología, charlando con este médico, que le recomendó que todavía no escribiera sobre el tema. Retruca: "Y yo me dije: '¿Qué me viene a contar, éste?' Si toda mi vida me metí en los espacios oscuros, quise explorar zonas prohibidas. Empecé a leer todos los partes médicos, me metí en Internet, leo, quiero saber todo. Al principio no podés ni caminar, tenía unos ataques de nervios infernales, como nunca. Me parece que el cuerpo adquiere otra dimensión cuando está herido, no podían ni tocarme. Ahora me canso fácilmente, nada más, me siento bien. El cerebro quedó bien. Es asombroso cómo recuperás: un día llamo por teléfono a un gran amigo en Nueva York y de golpe tomé conciencia: 'Estoy hablando en inglés como siempre, el inglés está ahí, intacto'. El peligro fue grave y tenía noción de eso, pero ahora me resulta una aventura más. ¿Uno quiere explorar zonas oscuras? Bueno, ¡al carajo que las explora! Ojalá me acordara de más ensoñaciones."

Lo más impresionante "es lo premonitorio que es eso", dice Valenzuela y señala, como si no quisiera nombrarlo, un ejemplar de El Mañana que está también sobre la mesa. "Todo ese encierro, el arresto domiciliario, la parte del sueño en la villa miseria, no lo quería ver", dice. Página 259: "Mejor seguir deshilachando viejas bolsas de arpillera en vez de poner en marcha las meninges. Tantas veces se rebeló contra el mandato oscuro ¡No pienses! y ahora no se le ocurre mejor sosiego que ése. No pensar. Deshilachar. Migajas. Si pensara tendría que ponerse a reflexionar en tantas cosas, en sus compañeras de infortunio, en el ataque a traición, en el encierro que a ella se le hizo doble porque del domiciliario fue derechito a caer en otro y aquí mismo donde se supone que está la protección también está el rechazo de quienes sospechan de ella. Una leprosa de la mente, así se percibe. Mejor la atención puesta en los sueños, donde no hay rechazo alguno y no hay un amor perdido ni una hija por venir, es decir soledad por los cuatro costados."

En sus últimos días en el sanatorio le mandaron un ejemplar desde la editorial: no quería ni tocarlo. Luego le mandaron tres más a su casa: le dio uno a su hija, otro a su nieto y el tercero a una investigadora norteamericana estudiosa de su obra que vino de visita. "Vos mencionás la palabra meningitis", le dijo esta mujer, y ella respondió: "Noooo, no creo". Fue a buscar: estaba "meninges". "Eso es lo que más miedo me da, porque ella estaba con la orden de 'no pensar'", dice Valenzuela. "¿Qué pasa con la escritura y la realidad, dónde está la ficción, cuál es la premonición? ¿Provocás las cosas, las prevés? ¿Cómo se ponen en funcionamiento? Porque me ha pasado muchas veces. Y no es que no quisiera ver el libro porque tuviera conciencia de que era premonitorio: simplemente, no quería. Y otro día, charlando con una amiga psicoanalista, me dice a ver, contame de qué trata. Le cuento un poco y me dice 'estás contando tu historia, el encierro'. Qué curioso. Eso también quiero explorar. En este libro puse a funcionar mi búsqueda de qué pasa con el lenguaje, y mi única forma de averiguar es a través de la ficción. Uno se separa de los libros, pero con éste, por esta historia, me cuesta."

El Mañana Luisa Valenzuela Planeta 382 páginas

Escritoras silenciadas

Recuerdo que en varias situaciones decías que estabas empantanada con esta novela. Y vi, leyéndola, que esas marcas de bloqueo están incorporadas a la escritura, para avanzar.

–Claro, para dar una vuelta de tuerca y seguir. Esta novela me llevó años, me empantanaba a cada rato. No sé hacer un plan previo, y en la medida en que lo tengo, me aburro. Por lo general uno está como en un estado, y aunque hagas otras cosas va cocinándose a fuego lento, in the back of the mind, como dicen los ingleses. Pero acá no, me desprendía completamente, me iba de viaje, daba conferencias, escribía otros libros y me olvidaba. Entonces me costaba muchísimo volver y entrar, cómo sigue. Era complicado retomar el hilo.

Hay mucho trajín sobre esta línea que separa dos campos: la literatura replegada sobre sí misma y en el lenguaje, de un lado, y el relato de historias, la aventura, etc., del otro. ¿Hay una búsqueda por conjugar ambos en El Mañana?

–Yo creo que no son dos cosas aparte: qué pasa como thriller y qué pasa dentro del lenguaje. Pueden considerarse las dos líneas, pero yo creo que no existiría la peripecia si no hubiera existido el cuestionamiento constante sobre el lenguaje. Es una novela de conjeturas al respecto. También me interesa la acción, porque es un libro de aventuras, ¿pero cómo la explicitás, cómo lo ponés en acto, eso? Meterte en el lenguaje es una aventura en sí. Son dos caras de una misma moneda. El lenguaje te lleva por vericuetos rarísimos, inesperados, insospechados y peligrosos, eventualmente, pero si lo explicás es un bodrio.

Juana Azurduy juega un papel muy importante en El Mañana.

–Sí. Me sorprendió cuando reaparece, ya cuando ella está en la villa. Creí que la había abandonado en mitad de camino, cosa muy mal hecha, porque va en contra de todos los preceptos de la buena literatura. Es la pistola de Chéjov, ¿no?, que tiene que dispararse al final.

Que haya sido sorpresivo incluso para el autor quizá otorgue mayor contundencia al relato.

–Lógico, sí, porque ahí entendés la razón de ser, por qué estaba al principio. Porque al principio es una bisagra que lleva a otra instancia: que ella se identifique con alguien heroico y que no salga de su situación de víctima. Cuando eso vuelve, de golpe, adquiere otra resonancia. Y también al final, ¿no?

¿Por qué te interesa Juana Azurduy?

–Quería escribir un libro sobre Juana, ésa es la verdad de la milanesa, explorar ese contacto entre la mujer y el lenguaje indígena, los mundos unificados, otra manera de ver la realidad desde la palabra. ¿Qué tiene ella para convencer a estos indios que son sus soldados? La palabra, arengarlos. Y esa arenga, hecha por una mujer, creo que va a ser muy distinta a la de los hombres. Los indios empiezan a llamarla Pachamama, "nuestra madre", y ella los llama Los Leales. Ellos pelean por algo que les importa un reverendo cacahuete, por decirlo en mexicano, porque con Independencia o no, siempre van a estar atrapados en una situación horrible. Es verídico: ella tenía ese ejército, no le daban criollos. No le hubieran llevado el apunte. Por esto de machos, viste. Y acá habría otra dinámica de lenguaje. Eso quería contar en ese libro sobre ella, pero me dio la sensación de que al escribir el primer capítulo ya había contado todo. Porque como conozco su historia, no tengo por qué abundar en detalles. Después Pacho O'Donnell se apuró, sacó la de él y ahí abandoné la empresa. Es un personaje fabuloso Juana: salva al marido, toma pendones, rescata la cabeza de Padilla de la picota, le corta la cabeza a Eloyza en medio del río. Su historia es maravillosa.

El punto de partida tuvo que ver con esa idea de escritoras secuestradas, acalladas. Con una respuesta humorística a eso.

–Puede ser, pero mi idea primigenia fue tomarme en serio una época en la que no me daban mucha bola. (Se ríe.)

¿Y veías que era una actitud hacia las escritoras en general?

–Hacia ciertas escritoras, porque hay toda una línea de la escritura femenina muy aceptada y aplaudida, que no amenaza el statu quo. Yo creo que a las periodistas de investigación las respetan. Pero las escritoras de ficción que se metieron con el tema político en profundidad, con buena escritura, tuvieron un rechazo muy especial dentro de las mismas editoriales. ¿Cuánto tiempo tardaron en este país en publicar mi Cambio de armas, que es del '72? Veinte años. Es mi caso y el de otras, puedo citar a varias: Susana Romano Sued, Susana Cella, Liliana Heer, Elvira Orpheé, Elsa Osorio. Hay una especie de anteojeras para ver esta cosa política en las mujeres.

Ni malos ni buenos

Ha dicho Valenzuela que, en general, la escritura de la mujer es menos maniquea que la del hombre. Que en la escritura de las mujeres aparecen zonas de ambigüedad, donde los malos no son tan malos ni los buenos tan buenos. Y que eso incomoda mucho. "Por eso investigo tanto si existe o no un lenguaje femenino, si podemos decir otra cosa", dice. "No hay duda de que podemos mirar desde otro lugar, como los oprimidos. Quizá por eso ella va a la villa. Pensá que las mujeres estuvieron fuera del lenguaje; ya lo dijo Lacan, un poco brutalmente. No te incluyen en los plurales, está invisibilizado eso. Bueno, percibimos la realidad desde un cuerpo distinto."

"Conviene escribir –anota en El Mañana– como quien se tira de cabeza a la piscina sin averiguar si hay o no agua"; Valenzuela dice que es cierto y se ríe. Hay mucho de ella en la protagonista, dice. Y, también, que el personaje no le cae bien. Que prefiere a los hombres, a Omer, y al Viejo de los Siglos, o Saldívar, dos tipos que Elisa conoce en la villa y serán centrales en el encuentro consigo misma.

Cincuenta años atrás terminaba su primera novela, Hay que sonreír. Toma nota del dato y dice: "¡Qué horror! Tenía 21 cuando la escribí, sí. Cuando se cumplieron 40 me quería morir, imaginate. Me acuerdo patente de cuando la escribía, en París. Tenía un bebito que dormía la siesta y yo extrañaba mucho la Argentina. Se me ocurrió el principio y el final y pensé que sería un cuento; yo había publicado cuentos y creía que no podría hacer novelas. Pero después empezó a salir. Cuando terminé, noté que estaba un poco cruda, que había que pulirla. Volví a Buenos Aires y pensé que no tenía sentido del humor la novela, me amargué. Seis años después la saqué a relucir y me reí a mares: ni la pulí, era tan arquetípica, un Buenos Aires tan falso, que el palacio del tango, el parque Retiro, otra época. Me causó una gracia absurda. Ahí se publicó. Pero en su momento no me di cuenta, no lo podía calibrar. Y me acuerdo de descubrir esa fascinación por la escritura de ficción: cómo en perspectiva las cosas adquieren una dimensión distinta de lo que parece a simple vista".

Por estos días se publica también en Buenos Aires el volumen de cuentos Tres por cinco, editado inicialmente por Páginas de Espuma en España el año pasado. Valenzuela enseña además una edición casera de ABC de las microfábulas, unos textos que machacan con humor sobre la letra inicial que nombra a una serie de animales. Y un librito llamado Acerca de Dios (o aleja), que trata de su vínculo en la infancia con el barba, diría Diego. "De chica tenía una relación muy particular", dice Valenzuela, que se define primero atea y luego animista. "Me puse a analizar eso y llegué a la conclusión de que ahora no creo. Y me perturbó, te diré, en su momento, en esa visión, no tener una relación. Decir: 'Qué divina, me voy a morir, voy a encontrarme con Dios'. Ay, pucha, no me encuentro con nadie, qué espanto, no quiero desaparecer."

Te perturbó, pero tal vez eso mismo te dejó de este lado.

–Sí, no pude cambiar de parecer. Al mismo tiempo necesitaba como un mantra, una cosa para rezar, para concentrar el pensamiento. Y las oraciones que yo sé son las católicas, las cristianas. Entonces rezaba y decía "bueno, pero estoy falseando". Fue concentrar la energía en algo, en un momento en que estaba muy dispersa, como si se hubiera ido del alma. No sé si hay un alma, qué sé yo. En esa visión, una de las cosas que yo me imponía para hacer era un libro de viajes, contarlos, porque he hecho viajes divinos, con un montón de anécdotas que tengo ganas de contar. Y ahí me dije: "Bueno, éste es otro viaje y el medio de transporte es el virus. ¡Te lleva al carajo! Pero es un vehículo. Y si es un virus, con suerte, en algún momento se va a morir".