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20.8.10

El mito fabulado

RESEÑA

A partir de la invención de un mito primigenio, se desarrolla la fabulación de una saga cosmológica, que nos lleva de la mano hasta la ciudad de Aydebarke: ciudad de ciudades, donde se condensan las formas de la arquitectura humana de las más diversas culturas. Recrea, en buena parte, el mundo de la selva, de los Iseike, la última tribu nómade primitiva cuyo descubrimiento causa sensación en un grupo de investigadores, desde periodistas hasta la propia iglesia. El relato se va contando, con una prosa clara, precisa, impregnada de un lirismo en clave cuyo narrador se desdobla en varias voces narrativas que cuentan la fusión desde los más remotos orígenes de la humanidad a los más intrincados mundos tecnológicos de la ciencia ficción, donde el mito primigenio y su naturaleza está latente como una fuerza metafísica y de conversión de los tiempos históricos de la realidad a un mundo fantástico.

Un ejemplar de esta fabulosa novela- porque realmente lo es- llegó a nuestras manos bajo una serie de episodios intrigantes para deleitarme con su lectura. El autor pareciera otro ser salido de la propia entraña del relato que ofrece al lector, "porque afirma haber nacido en la segunda mitad del siglo XX. Vivió entre las sombras, las luces, los sonidos y los olores de las selvas y las montañas donde no se conocen las fronteras trazadas por el hombre. Sin embargo, en la actualidad, es un peatón anónimo en las grandes urbes del mundo donde se solaza y sufre con la cultura global".

SACRILEGIO

Simón Jánicas

Diente de León Editor

276 páginas

49.999 pesos

www.simonjanicas-sacrilegio.blogspot.com

Puedes adquirir la novela en el Portal de la Librería de la U

11.3.10

Entrevista inédita e insólita a Eduardo Caballero Calderón

En 1966, el autor de esta nota envió un cuestionario al gran escritor cuyo centenario natal se celebra este mes. Caballero lo respondió, pero había permanecido engavetado hasta ahora
fOTO: Obra de Luis Caballero.fUENTE:Credencial

En aquel tiempo -mediados de los años sesenta- quien esto escribe (QEE) era consagrado lector y admirador de la obra de Eduardo Caballero Calderón (ECC). Aún lo soy, pero ocurre que aquel tiempo era la década dorada de ECC y ahora, en cambio, estamos celebrando el centenario de su nacimiento el 6 de marzo. En 1962 había publicado Manuel Pacho, un relato que contó con el definitivo aval de la censura del rector del colegio donde yo estudiaba y donde había estudiado ECC medio siglo antes (el rector era tío del novelista, por si acaso); en 1964 habían salido a la luz sus deliciosas Memorias infantiles; y en 1965 había ganado el Premio Nadal con El Buen Salvaje, una historia de picaresca posmoderna escrita en primera persona -como corresponde al género- que recoge las tribulaciones parisinas de un estudiante colombiano siempre a punto de convertirse en escritor.

Estos tres libros publicados en aquel tiempo se sumaban a algunas de las mejores prosas escritas en Colombia, mezcla de ensayo, crónica y memorias -Ancha es Castilla, Tipacoque y Diario de Tipacoque- y a dos obras fundamentales en el género nacional de la Novela de Violencia Partidista y Germen del Conflicto Social: El cristo de espaldas (1952) y Siervo sin tierra (1954).

QEE empezaba en aquel tiempo a trabajar como reportero de El Tiempo y se empecinó en buscar una entrevista con Caballero Calderón. A raíz del éxito de El Buen Salvaje a ECC lo habían entrevistado repetidamente en los últimos meses, pero QEE estaba interesado en una entrevista distinta, mezcla de preguntas ligeras e inesperadas que exploraran el reconocido ingenio del personaje, preguntas que propusieran un tema para explayarse y preguntas de mayor calado que explotaran su vena de ensayista. Eso, al menos, era lo que pretendía QEE, dispuesto a revolucionar el periodismo. Imbuido del espíritu tenaz y ambicioso del pichón de reportero, conseguí la dirección de ECC, que en aquel tiempo era diplomático colombiano ante una agencia internacional, y le envié a la dirección pertinente (49, Rue de Courcelles, París, VIII, Francia) un cuestionario cincelado con primor de relojero suizo.

Corría marzo de 1966, y por fin, al cabo de un mes y pico, llegó el sobre de París cuyo origen postal era la Delegación de Colombia ante la Unesco. Tardé menos en desilusionarme que en abrirlo. En apenas una página y 326 palabras (cinco Padrenuestros y medio), ECC salía de mi cuestionario con una mezcla de desdén, soberbia y mala leche que fueron para QEE su primer nocáut como periodista. Con el curso de los años, uno aprende en esta profesión a desencantarse, a perseverar, a besar la lona, a levantarse y a calzar los guantes de nuevo. Pero aquella entrevista era el primer costalazo y dolió mucho.

Releída después de 44 años, la cosa no parece tan grave, el cuestionario no parece tan malo, las respuestas no parecen tan groseras (algunas eran francamente interesantes) y la entrevista merece publicarse por lo que revelaba sin proponérselo, más que por lo que ECC contestaba. Pero el espejo se había roto y QEE decidió, erguido en su orgullo de los veinte años, que si el personaje que tanto admiraba lo trataba a patadas en sus respuestas, él aún podía ejercer el pequeño poder de no publicarlas nunca. Que se jodiera ECC.

Así fue como guardé durante casi medio siglo mis veintiuna preguntas a ECC y sus veintiuna respuestas. Pero al cumplirse el centenario de su nacimiento, QEE quiso hacer un homenaje a uno de los autores que mejores ratos le ha ofrecido con sus libros y entonces rebuscó la entrevista entre sus archivos y la ofrece aquí, tal como la respondió ECC el 18 de abril de 1966 antes de firmarla con el autógrafo que aparece transcrito. Y sin la mínima cortesía de despedirse.

QEE- ¿Cuál es el libro que más ha influido en usted?

ECC- Los libros que han influido en mí de acuerdo con las distintas épocas: de niño, el Pinocchio de Collodi, que fue el primero que leí de un tirón; poco más tarde, los cuentos de Perrault; de adolescente, Julio Verne; en los años finales del colegio, el Quijote; en mi primera juventud, A la recherche du temps perdus, de Proust. Después, otros muchos han tenido influencia sobre mí, a veces una influencia perdurable, como Tolstoi y Dostoievsky, las hermanas Brönte, etc.

QEE- ¿Cuál es el libro suyo que más le gusta?

ECC- Manuel Pacho.

QEE- ¿Qué opina sobre El Buen Salvaje?

ECC- Me parece, con su perdón, inoportuna la pregunta sobre un libro que acabo de escribir.

QEE- Si fuera Presidente de Colombia, ¿qué cargo le daría a Gonzalo Arango (con quien en aquel tiempo sostenía una polémica)?

ECC- No me interesa la pregunta.

QEE- ¿Cree que existe una Novela colombiana?

ECC- ¿Usted no cree? Yo me limito a escribirlas, como muchos compatriotas míos.

QEE- El día que se decrete destruir todas las obras musicales del mundo excepto una, ¿cuál salvaría usted?

ECC- Es una pregunta para revista de modas.

QEE- ¿Qué prefiere entre un libro de Rafael Pombo y una corrida de toros?

ECC- Es una pregunta para revista de peluquería.

QEE- Entre el ensayo y la novela, ¿cuál es su favorito?

ECC- El ensayo.

QEE- ¿Por qué no ha escrito poesía?

ECC- Porque no soy poeta.

QEE- ¿Cuál era su actividad preferida cuando niño?

ECC- Leer; ahora, escribir.

QEE- ¿Qué fue de Siervo Joya?

ECC- Ahora anda caminando en ruso por tierras comunistas, y a fin de este año comenzará a caminar en Francia y en francés.

QEE- ¿Qué país prefiere para vivir?

ECC- El mío; y, dentro del mío, Boyacá; y, dentro de Boyacá, Tipacoque.

QEE- ¿Cuál es, a su juicio, el personaje más importante en la historia del mundo?

ECC- Jesucristo.

QEE- ¿Y el que más admira en la historia de Colombia?

ECC- Bolívar.

QEE- ¿Cuál es el gremio que estima menos

ECC- Nunca me he detenido a pensarlo.

QEE- ¿Cuál es el escritor que detesta con mayor cordialidad?


ECC- Hay escritores a quienes leo, otros a quienes todavía no he leído y otros a quienes ni leo, ni he leído, ni me interesaría leer. Eso es todo.

QEE- ¿Sobre qué le gustaría escribir?


ECC- Sobre la mística, que es una tercera forma de conocimiento: un conocimiento que no se basa en el raciocinio, como las matemáticas, ni tampoco en la experiencia, como las ciencias naturales. Me gustaría escribir la autobiografía, no la biografía de Santa Teresa de Jesús, pero no me atrevo.

QEE- ¿Qué está escribiendo actualmente?


ECC- Nada. En los últimos cuatro años he escrito tres libros (Manuel Pacho, Memorias infantiles y El Buen Salvaje) y ahora necesito descansar.

QEE- ¿Qué fue del movimiento revolucionario que fundó hace muchos años con Eduardo Carranza?


ECC- Se acabó por falta de adherentes y no de ideas. En cambio, al ex dictador Rojas Pinilla le sobran los primeros y le faltan las últimas.

QEE- ¿Le gustaría ser el primer terrícola que llegue a la Luna?


ECC- La Luna dejó de interesarme aún como poesía.

QEE- ¿Qué opina de la Academia de la Lengua

ECC- A mí me eligieron académico hace 20 años y me sentí muy honrado. ¿A usted le gustaría que lo eligieran?

EPÍLOGO

Unos años después de esta entrevista frustrada, que yo siempre recordé como una piedra en el zapato y a ECC seguramente se le olvidó cinco minutos después de meter el papel en el sobre, conocí personalmente al personaje. Había regresado de París y se vinculaba de nuevo como columnista de El Tiempo bajo el seudónimo de Swann. QEE había sido promovido al cargo de asistente del director y, como tal, disponía de una pequeña oficina al lado del despacho del inolvidable Roberto García-Peña.

Muchos de los colaboradores del periódico que pasaban a saludar a García-Peña hacían una pequeña escala en mi oficina. Entre ellos estaba ECC. Resultó ser distinto a lo que había mostrado en la entrevista: mucho más cordial, mucho más ocurrente, mucho más gracioso. García-Peña le tenía franco aprecio y lo llamaba irónicamente "el Rápido", porque cojeaba. Nunca QEE le mencionó la famosa (sólo para mí) entrevista. Muchas veces charlé con ECC. Me tomaba el pelo aludiendo a tíos míos que habían sido sus condiscípulos y proveía noticias de su hijo Antonio, mi amigo desde los tiempos escolares. Conservo algunos libros de ECC que me regaló y dedicó. Acudí varias veces a las tardes de salón abierto en su apartamento de Residencias El Nogal, donde se hablaba de literatura y política. Y en 1969, cuando lo nombraron primer alcalde de Tipacoque, me invitó especialmente a la gran ceremonia que iba a celebrarse en aquella hacienda matriculada en los mitos literarios de QEE. Allí compartí cuarto y desvelos con mi maestro, Lucas Caballero Calderón, Klim. Cubrí la noticia para El Tiempo y le hice una larga entrevista a ECC.Ocho años después él y su primo Enrique Caballero Escovar, un estupendo escritor y un cachaco adorable, se retiraron de El Tiempo cuando de sus páginas salió Klim, censurado. Lo vi menos entoncesAl morir ECC, en 1993, QEE ya vivía en una tierra que aprendió a querer, antes que todo, en sus libros. "Porque -decía ECC- lo mejor del mundo es España, y España es Castilla, y ancha es Castilla".

Por Daniel Samper

9.2.10

Triunfo Arciniegas, revisitado


"Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana, un despistado. Me inquieta el amanecer como a los vampiros, temo a la soledad y el olvido. De pocos amigos y pocas palabras, busco la niebla y los lugares solitarios".

Así comenzaba el retrato hablado que Triunfo me mandó por correo desde Pamplona cuando lo entrevisté para la revista Espantapájaros hace muchos, pero muchísimos años. (En esa época, aunque ahora parezca inconcebible, no existía Internet y sus palabras llegaron en un sobre lleno de estampillas). Lo curioso era estar ahora, después de tanto tiempo, recordando aquella profesión de fe: "Soy un imaginador, es mi oficio". Cómo se las arreglan ciertas frases para grabarse en la memoria, pensé, a medida que desempolvaba los viejos ejemplares que sobrevivieron a los trasteos y a las manos de los niños. ¿Cuántos cumpleaños habían pasado? ¿Cuántas historias, cuántos inventos, cuántos sueños?

Guiada por la necesidad de reconstruir el autorretrato de mi amigo, me fui detrás de aquel rastro de palabras. Y quiso la fortuna que, entre los pocos números de la revista Espantapájaros que conservo —en papel, aclaro, porque cada página sigue guardada en mi memoria—, apareciera el ejemplar número 11, fechado en 1992. Habían pasado 17 años desde aquella entrevista y habíamos cambiado de milenio, pero los rasgos esenciales del retrato se mantenían idénticos. Como solemos decir, casi siempre en tono adulador a quienes reencontramos después de muchos años, sentí la tentación de repetir la frase hecha: "pareces un retrato". Y no se trata de una simple anécdota ni de un dato aleatorio, porque una de las características que asocio con Triunfo Arciniegas es esa coherencia a toda prueba; esa envidiable claridad para saber qué es y qué no es, sin extraviarse en las trampas de la falsa popularidad ni de los trabajos por encargo. Aun en los momentos más difíciles, la terquedad de Triunfo, o quizás la fuerza de su nombre —pues nunca fue tan cierto que el nombre modifica lo nombrado—, lo ha hecho perseverar en el oficio de imaginador, sin concesiones ni imposturas.

Con la revista entre las manos, seguí leyendo sus palabras: "Quisiera volar de noche, tocar el saxofón y conocer París con una mujer. Soy piscis y detesto los cumpleaños. Tengo infinidad de gustos: dibujar, escribir cartas, leer historias de amor, coleccionar libros y revistas, el jugo de mandarina, el chocolate con galletas, el ron con Coca Cola, la comida de mar. Me gusta perder el tiempo. Quisiera ser un gato". Pensé que quizás lo único que le había faltado en el inventario de gustos y deseos de esos años era su afición por la fotografía y, más exactamente, por las fotos de personas. O quizás no, pues otro rasgo de Triunfo es esa manera suya de ir por la vida, poco importa si lo hace armado de una cámara o de un lápiz, robando rostros y conversaciones y observando detalles de los que nadie se percata, hasta que luego salen a la luz. Es un peligro andar con él y es un peligro verlo tan callado, como esos niños que guardan silencio en el cuarto de al lado, pues su silencio "triunfal" suele ocultar alguna travesura. Recuerdo que una vez nos invitaron a almorzar a la casa de unos amigos en Coyoacán y Triunfo, cámara en mano, nos iba retratando. Yo, que suelo ponerme nerviosa con las fotos, no me di cuenta de que, entre plato y charla, él fue robándonos el alma. Tal vez es eso lo que hace con los niños de las veredas por las que viaja haciendo talleres de literatura y de teatro: les saca la expresión, les roba el alma.

"La exploración del alma", como él mismo la llama en el folleto de presentación de una muestra fotográfica de niños que hizo en 2007 y que saltó también, entre mi colección particular de objetos de Triunfo que atesoro, puede brindar algunas pistas para entender su arte poética: "La fotografía es memoria y encierra miles de palabras...", escribió. "De pronto olvidamos la máscara, la pose, el artificio, y en una foto se nos escapa el alma. Alguien nos sorprende con una lágrima a punto de escapar, con los ojos al borde del abismo, visitando los cuartos de la vida cerrados para siempre". En esos cuartos de la vida por los que Triunfo Arciniegas merodea como un gato, apenas sin ser visto, se oculta el material de sus historias. Alguna vez me confesó que aprendió a escribir diálogos por física necesidad vital, pues era un niño extremadamente tímido. (Algo me dice que todavía lo es). Entonces quería saber cómo se las arreglaba la gente para tener conversaciones cotidianas y se sentaba a hurtadillas detrás de sus compañeros, tratando de robar esas palabras con las que todo el mundo llena horas enteras de charla intrascendente. Y así, copiando en un papel lo que decía la gente, descubrió la materia prima de la que están hechos también sus personajes. A veces pienso que Triunfo escribe con las orejas, pero no me refiero a un facilismo para hacer frases "sonoras y bonitas", sino de una sutil habilidad para captar matices con un oído fino, como escudriña rostros cuando anda con su cámara: "La foto es puro ojo. De nada sirve una cámara si no se tiene el ojo. Sigiloso y paciente, como el cocodrilo, espero que se olviden de la cámara. Espío y espero". Ojo avizor y oído atento: quizás es eso mismo lo que hace cuando escribe.

Sus libros son tantos que requieren un anaquel completo de la biblioteca. En la mía, están organizados por orden de estatura, pues hay desde libros para bebés, hasta otros que conviene mantener lejos del alcance de los niños. Aquí entre nos —y que no salga de estas páginas—, algo me dice que lo mejor de Triunfo Arciniegas aún está sin editar debidamente y que se oculta entre los pliegues de esa sonrisa suya, medio sonrisa y medio mueca, en la que no han reparado los editores, por esa manía de etiquetarlo en la categoría de "literatura infantil", que a tantos nos resulta tan difícil traspasar. Quizás es esa mueca la que captan los niños y la que le agradecen, pues él los trata como "gente", y no como las tiernas criaturitas que han fabricado los adultos. De nuevo, sus palabras ayudan a ilustrarlo: "Si bien en algunas tomas los niños enfrentan la cámara y se saben observados, en otras atrapo a hurtadillas el instante, la puerta entreabierta a otros mundos, el rastro que dejan los ángeles cuando nos visitan". Yo añadiría que no sólo de ángeles están pobladas sus ficciones, sino que más de un demonio se oculta detrás de esas "puertas entreabiertas a otros mundos" que ofrece Triunfo a los adultos y a los niños. Y pienso que la edad es un dato irrelevante para él, pues todo indica que escribe para esa categoría de gente que responde a un vocablo más flexible y más liberador: el de lectores.

De vez en cuando me da por mirar las palabras y los dibujos puestos por Triunfo en las dedicatorias de los libros que me ha regalado y, aunque sospecho que a todas sus amigas les escribe las frases perfectas para hacerlas sentir tan únicas como esa rosa que cuidaba el principito en su planeta, me resulta inevitable ceder a los encantamientos de este imaginador, como si fuera una de las Mujeres muertas de amor de sus "cuentos para adultos". Ahora mismo, desde mi mesa de trabajo, evoco el ritmo incierto que marca sus apariciones y el ritmo también impredecible de sus desapariciones, y me pregunto en dónde andará: si está sumido entre la niebla de Pamplona, si está de viaje en Buenos Aires, o si tropezaré con él en alguna feria del libro, vaya uno a saber en qué lugar. Tal vez cuando aparezca me contará, como hace siempre, que estuvo viviendo en un pueblo de México o la Pampa, con una mujer que lo albergó unos meses. Y aunque confieso que jamás he sabido bien qué creerle, mi única certeza es que, en esa bisagra entre ficción y realidad, nos la hemos apañado para inventar una complicidad extraña que nos ayuda a compartir las preguntas y los fantasmas de este oficio solitario. Me gusta verlo llegar, como si fuera un marinero, trayendo mil historias que amarra como las cuentas de un collar hecho con piedras de sitios remotos, y siempre con un libro nuevo bajo el brazo, que vuelve a regalarme y me vuelve a dedicar. Y a pesar de que han pasado tantos años, a veces pienso que apenas lo conozco y a veces pienso exactamente lo contrario: con él, uno no sabe nunca a qué atenerse. Quizás, parodiando al mismo Triunfo, cabe la posibilidad de que me lo haya inventado. A fuerza de desconocerlo y de reconocerlo en lo que escribe, entre la magia y el silencio, cabe la posibilidad de que haya tenido que inventármelo para escribir este retrato.

fOTO; fUENTE:Letralia.com

Bogotá, mayo de 2009

27.1.10

Intimidad de nueve mujeres solas

ENTREVISTA

En Hay cosas que una no puede hacer descalza , primer libro de relatos de Margarita García Robayo, la periodista colombiana explora los aspectos ocultos del mundo femenino

García Robayo, de la crónica a la ficción Foto: JUANA GHERSA.fUENTE: adnCULTURA

Por Martín Lojo

"Es difícil adivinar la oscuridad y la melancolía de las historias que se ocultan tras la vivaz mirada morisca y el suave acento colombiano de Margarita García Robayo (Cartagena, 1980). En su primer libro de relatos, Hay cosas que una no puede hacer descalza , la joven periodista, autora de las crónicas "La ciudad de la furia" en el diario Crítica , desnuda la intimidad de nueve mujeres solitarias, abandonadas por los demás y por sí mismas, con la esperanza puesta en un destino redentor que nunca llega. En la calidez de su casa, en la provincia de Buenos Aires, García Robayo cuenta a adncultura cómo tramó estos relatos de mínimos detalles cotidianos, en los que devela los aspectos más vulnerables de la subjetividad femenina.

-Comencé a escribir los cuentos en un momento muy particular, cuando me mudé a Buenos Aires. Me dedicaba al periodismo, pero quise escribir algo de ficción para hablar del desarraigo y la soledad, en ese momento muy presentes en mi vida. Entonces hurgué en los recuerdos de mi familia y de mi cultura. Siempre he tenido la idea de que el rol de las mujeres en el Caribe es tan ambiguo como importante: se muestran muy sumisas, pero en el fondo es una estrategia para manipular su entorno. Al pensar en las mujeres de mi familia y en esa situación de desarraigo, surgieron personajes funcionales para hablar de la soledad.

-¿Quiénes son las mujeres de tus relatos?

-Son una mezcla de personas que conozco. Mujeres solas que atraviesan situaciones cotidianas adversas. No les pasa nada muy grave o muy particular, están afligidas de una manera existencial. Creo que los cuentos suceden en ese momento en que las relaciones de los personajes con su entorno ya están malogradas y lo que queda es la resignación vital; aunque eso les permite sobrellevar sus circunstancias de soledad.

-¿Qué personaje sentís más cercano?

-Miriam. En ese cuento se pone en escena la disparidad, casi siempre cruel, de la relación entre padres e hijos. Es una mujer viuda que espera impaciente cada noche a que el reloj marque las ocho en punto, porque a esa hora llega su hija del trabajo y la puede llamar por teléfono. Para la hija, Diana, (a su vez personaje de otro cuento) la llamada es una tortura con la que tiene que lidiar sólo porque eso es lo que hacen los hijos por sus padres. Diana no disimula el fastidio y Miriam hace todo lo posible por no molestarla. Pero al final cede al impulso de decir alguna ridiculez que sabe que ofuscará a su hija. Los cuentos narran una pequeña situación que puede tornarse trascendente o desgarradora para ciertos personajes. La relación entre padres e hijos es uno de los temas fuertes. No es un libro feliz, pero es un libro intenso que tiene la pretensión de condensar en pocas páginas una serie de sensaciones que pueden coexistir, aunque no sin cierta incomodidad, como el desasosiego y la desesperanza, combinadas con el humor, la ironía y la ternura.

-Aunque el estilo directo y fresco podría parecer propio de la típica literatura femenina sentimental, tus relatos exponen a estas mujeres en situaciones muy oscuras y humillantes.

-Que me pudieran encasillar en la chic lit fue en algún momento un temor importante, del que creo haberme liberado. Hoy ser mujer y elegir personajes femeninos te encasilla inmediatamente en esa onda, y es terrible, porque las etiquetas en la literatura funcionan como los prejuicios en la vida real. Al final entendí algo que debe de ser obvio para alguien con más experiencia que yo en estas lides: que los libros no son tan vulnerables como uno piensa. Encuentran su camino, sus lectores, y no necesitan que uno salga a defenderlos.

-¿Por qué decidiste narrar ese aspecto de lo femenino?

-Me interesan los personajes oscuros, me interesan las perversiones, la crueldad, la desesperanza. También me interesan las situaciones menores, mínimas, que pueden revelar algo muy complejo de la condición humana. Una de las circunstancias que posibilita este tipo de relatos es la soledad. Y en ese sentido los personajes femeninos me parecían ideales para hablar de estos temas. No es una cuestión de militancia de género. Me gusta la manera en que una mujer expresa su soledad, me gusta esa dignidad con la que sobrelleva situaciones duras. En cambio creo que los personajes masculinos tiran más hacia el patetismo. Quería mostrar personajes más bien lánguidos, que se regodearan en su soledad con cierto morbo resignado y triste. Quería que los personajes revelaran esos aspectos oscuros de la condición humana, femenina en particular, que al mismo tiempo son tan naturales e irremediables cuando se convive todos los días con lo peor de uno mismo: los miedos, la frustración.

-Fuiste columnista de cine y profesora de análisis fílmico. ¿Qué creés que hay de tu experiencia con el cine en tus cuentos?

-Mi relación con el lenguaje cinematográfico es de amor profundo. Suelen decirme que mis relatos y columnas son muy visuales, y eso debe tener que ver con el hábito de mirar los detalles estéticos de una escena, detenerme en ciertos planos más que en otros para dibujar la historia a mi antojo. Los detalles son el esqueleto de una narración sólida. Es importante saber elegirlos: no es lo mismo caricaturizar un personaje, que despreciarlo o tratar de darle cierta dignidad, aun cuando no se la merezca. En la literatura tienes sólo la palabra para mostrar lo que quieres, y aunque inviertas muchísimo en detalles de caracterización y contexto, al final cada lector decide qué quiere ver. Eso podría ser angustiante para quien escribe, pero no, es fascinante. Cada vez que alguien se acercó a darme su versión de algún personaje del libro le agregó detalles nuevos, algunos de ellos sorprendentes."

© LA NACION

14.1.10

Invitados de peso al Hay Festival

Conozca quiénes asistirán al encuentro literario en Cartagena de Indias del 28 al 31 de enero.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa será uno de los invitados especiales a la próxima edición del Hay Festival, en Cartagena. Foto: Efe. fUENTE VIVE.IN

"El escritor peruano Mario Vargas Llosa y el canadiense Michael Ondaatje (El paciente inglés) encabezan la lista de invitados internacionales que llegarán a Cartagena para participar en el Hay Festival, del 28 al 31 de enero.

Junto a ellos estarán, también, Raul Zelik, de Alemania; Zoé Valdés, de Cuba; Judith Thurman y Jon Lee Anderson, de Estados Unidos; Mathias Enard, Oliver Guez y Francis Pisani, de Francia; Paolo Giordano, de Italia; Joumana Haddad y Habib Selmi, del Líbano; Mario Bellatín, Michael Christopher Domínguez, Chloe Aridjis, Guillermo Fadanelli y Jordi Soler, de México; Ibrahim Nasrallah, de Palestina; Sergio Dahbar y Francisco Suniaga, de Venezuela, y el músico camerunés Manu Dibango.

Por su parte, la delegación colombiana supera los 30 participantes, entre periodistas, escritores, historiadores y promotores culturales (ver nota anexa).

A ella, se unen las otras dos representaciones de invitados más numerosas: la del Reino Unido y la de España.


Paolo Giordano (Italia)

El joven escritor Paolo Giordano (Turín, 1982) saltó a la fama en el 2008 con su novela La soledad de los números primos, con la que ganó los premios Campiello a la mejor Ópera Prima, Fiesole Narrativa Under 40 y el Strega. A sus 26 años, es el escritor más joven en ganar este último galardón. Según el suplemento del diario La Stampa, la novela de Giordano se convirtió en el libro más vendido en el 2008, al superar el millón de copias.

Ibrahim Nasrallah (Palestina)


El poeta Nasrallah (1954) se ha desempeñado también como periodista, pintor y fotógrafo. Estudió en las escuelas de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente próximo. Fue profesor dos años en Arabia Saudí y trabajó como periodista entre 1978 y 1996. A su regreso a Jordania, colaboró para varias publicaciones.

Mario Bellatín (México)

Mario Bellatín (1960) es considerado una de las voces literarias mexicanas más interesantes de los últimos años, según la crítica de varios medios internacionales. Estudió Teología y Ciencias de la Comunicación, en Lima (Perú). En Cuba realizó cursos de guión cinematográfico en el taller de García Márquez. Su primera novela fue Mujeres de sal (1986). En el 2008 ganó el Premio Mazatlán de Literatura por su novela El gran vidrio.

Zoé Valdés (Cuba)

Una novelista obsesionada con los secretos que esconden los cuadros del Museo de Louvre es la protagonista de la novela más reciente de la escritora cubana Zoé Valdés, otra de las invitadas este año al Hay.
Valdés (La Habana, 1959) ha hecho parte de la delegación cubana ante la Unesco en París y trabajó como subdirectora de la revista Cine Cubano de 1990 a 1995, cuando se exilió en la capital francesa, en donde vive en la actualidad.

En el 2004, ganó el premio Ciudad de Torrevieja con su novela La eternidad del instante.
Es autora, además, de La ficción Fidel (2008), La cazadora de astros (2007) y Bailar la vida (2006).

Joumana Haddad (Líbano)

La poeta Haddad (Beirut, 1970) es también periodista y traductora y coordina las páginas culturales del periódico An Nahar. Es además la administradora del premio Booker árabe y la redactora jefe de la revista Jasad. Entre sus libros, se encuentran Con ladrones del fuego, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Malas costumbres y Espejos de la pasante en el sueño.


Michael Ondaatje (Canadá)

El poeta y novelista canadiense Michael Ondaatje es considerado como uno de los renovadores de la lengua inglesa, junto a sus colegas británicos Martin Amis o Ian McEwan.
Nació en 1943, en Colombo (Sri Lanka), estudió en Inglaterra y a los 19 años se trasladó a Canadá, en donde ha vivido desde entonces.
Poseedor de una gran obra, es más conocido, quizás, por su novela El paciente inglés (1992), con la que ganó el premio Booker y que fue llevada al cine por el fallecido director Anthony Minghella.
Otras de sus novelas son En la piel de un león (1987) y El fantasma de Anil (2000), con la que ganó el premio Medici de novela.
En el campo poético es autor de Los monstruos cotidianos (1967) y El hombre con siete dedos en los pies (1969).
En la actualidad, Ondaatje ejerce la cátedra en la Universidad de York (Toronto).

Jon Lee Anderson (E.U.)

El periodista estadounidense Jon Lee Anderson (California, 1957) es un profundo analista de América Latina. De hecho, su biografía sobre el mítico Che Guevara es uno de los libros más estudiados en las cátedras de perfil periodístico, en diferentes universidades. Junto a los temas regionales, Anderson es un curtido reportero de guerra. En los últimos años se ha dedicado a investigar los conflictos bélicos posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Numerosa delegación colombiana

Con periodistas, escritores e historiadores, entre otros, la representación colombiana será una de las más numerosas en el Hay.

Entre los participantes se encuentran los periodistas Roberto Pombo, director de El Tiempo; Daniel Samper Pizano; Alejandro Santos Rubino, director de la revista Semana; Jaime Abello Banfi, de la Fudación Nuevo Periodismo; además de Juan David Correa, Juan Gossaín, Mario Jursich, Marianne Ponsford, Catalina Gómez y Marcos Schechtman.

Los acompañarán los escritores William Ospina, Enrique Serrano, Darío Jaramillo Agudelo, Juan Gabriel Vásquez,Óscar Collazos, David Sánchez Juliao, Héctor Abad Faciolince, Ramón Cote, Yolanda Reyes, Celso Román, Hugo Chaparro, Carolina Andújar, Susana Castellanos y los wayuu Vicenta Siosi y José Ángel Fernández.

La presencia colombiana la cierran los historiadores Carlos José Reyes y Eduardo Posada Carbó, el genetista Jaime Bernal Villegas, el antropólogo Weidler Guerra Curvelo, las investigadoras Esthercita Simancas y Margarita Valencia, los promotores culturales Guido Tamayo y Tatiana Jaramillo, el cineasta Sergio Cabrera y el libretista Juan Carlos Pérez Flórez."

9.1.10

Entrevista con Peter Florence, director del Hay Festival

ENTREVISTA
Este reconocido hombre de las letras habla de la aventura de llevar literatura a diferentes ciudades.

Peter Florence, director y creador hace 19 años de uno de los festivales literarios más reconocidos del mundo entero, el Hay Festival. fOTO, fUENTE: EL ESPECTADOR


Primero fue la suerte. Una partida de póquer le dio a Peter Florence el dinero para arrancar su idea de crear un festival literario en su ciudad natal, Hay-on-Wye, en Gales. Un año después el Hay empezó a contar con reconocidos escritores, como Arthur Miller, Martin Amis, Salman Rushdie, y con notas en el New Yorker y el New York Times que lo calificaron como una de las fiestas literarias más divertidas e influyentes de toda Europa.

Luego vino la inquietud. Era hora de explorar las voces de otras latitudes y de otros países, y después de llevar el Hay Festival a Londres, Italia y España, Peter Florence envió a sus emisarios para buscar una ciudad en América Latina donde pudiera radicar su festival. Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes jugaron sus cartas para lograr que la ganadora fuera Cartagena, y es por esta suma de eventos: suerte, inquietud y buenas letras que desde hace cuatro años Colombia tiene el privilegio de asistir a un festival en donde afamados escritores con camisa de manga corta, sandalias y con el ánimo desprevenido por la brisa caribeña hablan sobre esos mundos de los que escriben.

En esta cuarta versión y como ya es costumbre, llegan del 28 al 31 de enero personajes internacionales de la talla del escritor británico Ian McEwan, el peruano Mario Vargas Llosa, el director mexicano Alejandro González Iñárritu, el italiano Paolo Giordano, el saxofonista camerunés Manu Dibango y Daniel Mordzinski, El fotógrafo de los escritores, quien trae una muestra que reúne más de 180 imágenes de escritores iberoamericanos.

Hablamos con Peter Florence, el hombre de letras, el entrevistador elegido por grandes escritores y el creador y director, desde hace 19 años, de esta fiesta de la literatura.

¿Cuáles han sido los mayores logros conseguidos durante estas tres versiones que han pasado del Festival?

Nosotros hemos explorado la literatura de todo el mundo hispanoamericano, hemos descubierto nuevas voces y compartido historias que pueden cambiar vidas. Lo mejor que pueden hacer los escritores es lograr que sus lectores entiendan el mundo de nuevas maneras. Y lo mejor que puede hacer un festival es hacer que ese placer, ese nuevo entendimiento sea un poco más accesible. Lo maravilloso de los festivales es que nunca sabes qué es lo que puede pasar o qué es lo que va a ser más inspirador, de tal forma que cualquier persona que venga a Cartagena será afectada de manera diferente. Es siempre una sorpresa, una aventura.

¿Cómo seleccionan año tras año los invitados a este festival?

Nosotros seleccionamos a esos escritores cuyo trabajo más admiramos y tratamos de traerlos a una fiesta.

¿Qué le deja un festival literario a una ciudad?

La lectura, que es un placer al que las invitamos, pero además la conversación, el juego, los romances y los pensamientos cotidianos son todos enriquecidos por libros y escritores que se abren ante una audiencia. Pero Cartagena, de todas las ciudades del mundo, ya sabía de eso, de esa cotidianidad afectada por la fantasía y la poesía de Gabriel García Márquez. En realidad, nosotros sólo hemos construido sobre su legado. Los escritores están llenos de mundos interiores fantásticos y lo maravilloso de reunirlos en una pequeña ciudad es que esos mundos se hacen públicos de una manera espontánea e irrepetible.

¿Cómo fue el acercamiento con Ian McEwan para que viniera a Colombia?

McEwan es el escritor británico más exportado por estos días, es caballero de la orden del Imperio Británico y ganador del Booker Prize. Nosotros aspiramos a esa calidad de invitados de todas las culturas y países. Además la reputación de Cartagena como ciudad de ideas y sueños hace muy atractiva nuestra proposición para los escritores de todo el mundo. Pocos se rehusarían a conocer una de las ciudades más bellas del Caribe.

¿Qué es lo que lo alienta a seguir en esta ardua tarea de llevar literatura por tantas ciudades del mundo?

Los escritores dicen verdades que van más lejos que los periodistas o los medios. Ellos cuentas las historias íntimas de la vida de la gente, así que la literatura es siempre intrigante, fascinante y es la mayoría de las veces la mejor forma de conocer acerca de otras culturas.

¿Qué caracteriza e identifica a Cartagena de los otros Hay Festivals que se celebran en el mundo?

Crucialmente el clima, pero lo más importante es la rica mezcla de audiencias.

Ha entrevistado a grandes personajes. ¿Cómo se prepara para esa exigente tarea?

Lo que yo realmente quiero cuando entrevisto a un personaje es perfilarlo a él y casi olvidarme de mí mismo. Cuando uno entrevista a un escritor quiere darle a la audiencia una idea de quién es esa persona, pero además necesita retratar la mayoría de sus trabajos publicados, y tratar sobre todo de obtener de ellos alguna confidencia, alguna confesión sobre su escritura que nunca hayan dicho antes. También es tu obligación hacer de esa entrevista algo divertido para el escritor.

En un hora de entrevista, uno tiene en promedio 12 preguntas, así que tienes que juzgar hacia dónde está yendo la entrevista. La flexibilidad es vital. Esta gente es muy estructurada y brillante, la mitad de las veces sólo tienes que iniciar la conversación y conducirla con gracia.

Invitados del Hay Festival

Manu Dibango. Nacido en Duala (Camerún) en 1933. Saxofonista, director de orquesta, autor, compositor y cantante. Conocido humanista y luchador contra las desigualdades sociales. Manu Dibango fue condecorado en 2004 por el Director General de la UNESCO, Koichiro Matsuura, como "Artista de la UNESCO para la paz" en reconocimiento a su contribución al desarrollo de las artes, de la paz y del diálogo entre las culturas del mundo. Creador del género musical conocido como makossa.

Ian McEwan. Nació el 21 de junio de 1948 en Aldershot (Inglaterra). Novelista británico, apodado en sus inicios "Ian Macabro", debido a la naturaleza de sus primeras obras, que novela a novela se ha convertido en uno de los más solventes de su generación. La primera de sus obras que salió a la luz fue la colección de relatos Primer amor, últimos ritos (1975). En 1997 publicó Amor perdurable, considerada por muchos como una obra maestra. En 1998, y causando gran controversia, le fue concedido el Booker Prize por su novela Amsterdam.

Mario Vargas Llosa. Arequipa, 28 de marzo de 1936. Vargas Llosa es uno de los más importantes novelistas y ensayistas de Latinoamérica, así como uno de los principales autores de su generación. Vargas Llosa subió a la fama en la década de 1960 con novelas como La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1965), y la monumental Conversación en La Catedral (1969). Aún continúa escribiendo prolíficamente en una serie de géneros literarios, incluyendo crítica literaria y periodismo.

4.1.10

García Márquez va al dentista

CRÓNICA
¿Qué busca un Premio Nobel con caries en un doctor de provincia? La amistad entre el autor de El otoño del patriarca y Jaime Gabazón contesta esa pregunta

García Márquez va al dentista
DETRÁS DE ESA SONRISA. El odontólogo del célebre colombiano dice que "no puede esconder" lo que hubo entre él y el escritor
Foto: LATS / EL PAÍS/ GORKA LAJARCEGUI. fUENTE adn

Por Julio Villanueva Chang

El doctor Jaime Gabazón abrió la puerta de su clínica dental de Cartagena de Indias y descubrió a García Márquez tan solo como un astronauta en su sala de espera. Eran las dos y treinta de la tarde del 11 de febrero de 1991 y el paciente había llegado puntual a su primera cita. "En siete años nunca llegó tarde", me contaría tiempo después el odontólogo. En su mesa de centro, había literatura de consultorio de dentista, unas cuantas revistas para bostezar la espera y empezar a caer bajo los efectos sedantes de una música de fondo. El doctor Gabazón parecía muy despierto bajo sus anteojos de lector de dentaduras. Tenía esa bonhomía que transpira la gente de la costa de Colombia y unos bigotes que se esmeraban por competir con su sonrisa simétrica. Aquella primera vez -me contaba en 1999- García Márquez había llegado hasta allí en su automóvil con chofer, en un barrio de la ciudad cuyo nombre es perfecto para un dentista: Bocagrande.

Cuando el odontólogo salió a recibirlo, el escritor acababa de completar de puño y letra la ficha de su historia clínica: "Nombre del paciente: Gabriel García Márquez. ¿Cuál es su ocupación? Paciente vitalicio. Número de teléfono: Cortado por falta de pago. Si es casado, ocupación de su esposa: Sí, no hace nada. ¿Para qué compañía trabaja su esposa? Ya quisiera yo saberlo. Nombre de la persona responsable por el pago del tratamiento: Gabo, el hijo del telegrafista. ¿Tiene usted alguna molestia o dolor? Molestia sí, el dolor vendrá después. ¿Nos podría decir quién lo recomendó al doctor? Su fama universal". Fue lo que García Márquez había escrito en esa primera dramática visita que tarde o temprano todos hacemos al consultorio de un sacamuelas. "Un cuento es lo que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras aguardas tu cita con él", dijo John Cheever.

Los primeros siete años de consulta el odontólogo trató a García Márquez con el respetuoso vocativo de maestro. Luego empezó a llamarlo compadre. Cuando se enteró de que la esposa del doctor estaba embarazada de su sexto hijo, García Márquez le preguntó con el entusiasmo de un cura recién ordenado: "¿Y cuándo lo bautizamos?". Iba a ser el primer hijo varón del dentista. Pero no entendió esa pregunta hasta que alguien que había vivido en México le explicó que en ese país, donde el escritor tiene residencia, a veces el honor de ser padrino se pide a los padres y no al revés. El día del bautizo, García Márquez y su esposa Mercedes Barcha fueron los primeros en llegar a la iglesia.

-No creo que nada sea casual -me diría su dentista-. Fue un bautizo macondiano.

Aquella ceremonia no fue la primera coincidencia familiar. El doctor Gabazón recordaba que las familias de ambos habían sido vecinas en el barrio de Pie de la Popa y que la hermana de García Márquez iba a jugar a su casa con la suya. Por entonces el dentista era un bebé de un año y el escritor debía ser un veinteañero que andaba mamando gallo, ese modo tan caribeño de tomarte el pelo y vacunarte contra toda solemnidad. Eran de generaciones distantes: cuando García Márquez ganaba el Nobel de Literatura, Gabazón hacía un postgrado de Rehabilitación Oral en Ohio State University. La primera vez que el paciente visitó la casa de quien iba a ser su compadre, el novelista entró por la puerta principal y salió por la de la cocina para saludar a las muchachas de servicio.

Desde entonces ningún dentista había callado tanto sobre la boca abierta de un escritor que detesta las entrevistas. Según el médico, a García Márquez le gustaba repetirle que cada vez que llegaba a Cartagena de Indias era a él al primero que telefoneaba. Desde que lo visitó en su consultorio, la vida del doctor Gabazón sufrió una metamorfosis. El odontólogo era invitado a leer un fragmento de Cien años de soledad en el Museo Naval de Cartagena. Sus amigos le enviaban libros para que García Márquez se los dedicara. Una firma. Un garabato. Por favor. Las señoras le rogaban fotografiarse con él. Una sola vez. Un minuto. Por favor. Los pacientes que llegaban a su consultorio veían, frente al sillón negro donde se acostaban, un cuadro con una fotografía del paciente ilustre y su odontólogo envidiado.

El escritor aparecía recostado en el mismo sillón que ellos y llevaba una camisa negra y las manos tan juntas como si el dentista lo hubiese maniatado. Quienes veían aquel retrato en colores creían que podía ser la travesura de una computadora caribeña, el burdo montaje electrónico de un fanático. Lo cierto es que el cuadro parecía servir al dentista como una primera anestesia para sus pacientes. De un golpe de vista se olvidaban de sus muelas y cualquier mueca de dolor se enderezaba en la pregunta de siempre. ¿Qué hacía García Márquez sentado allí?

***

Cinco años después de conocerlo en su consultorio de Cartagena de Indias, el doctor Gabazón abrió ante mí un maletín negro que guardaba bajo una clave de seguridad. Se acababa de mudar con su familia a Tampa, Florida, luego de haber tenido que partir de Colombia, donde él y su esposa eran militantes evangelistas de una comunidad cristiana. Ambos predicaban en barrios populares donde no eran bienvenidos por la guerrilla de ese país. Era una noche de otoño y el dentista vestía una camisa negra poblada de árboles. Estaba de pie, frente a la mesa del comedor de su nueva casa, buscando algo en el maletín que acababa de abrir. Su mudanza a Estados Unidos no terminaba. En el piso, aún había cajas por desempacar. Por debajo de la mesa, se paseaba Blackie, un perro pincher en miniatura de quien el dentista decía que sólo le faltaba hablar. En las paredes colgaban pinturas de su esposa, la artista plástica Ángela Schiappa. En los meses posteriores a su llegada, el doctor Gabazón aún no podía ejercer de odontólogo en Florida. Mientras tanto trabajaba de ceramista dental en un laboratorio de prótesis molares. Se había vuelto un escultor de dientes de porcelana.

Ya era la medianoche y el dentista extrajo del maletín una minúscula bolsa de terciopelo azul, parecida a esas donde los joyeros guardan metales preciosos para protegerlos de los rasguños y del maltrato del tiempo. En uno de los cuartos, Jaime Enrique de Jesús, su hijo menor y ahijado del escritor, se había quedado dormido. Había visto una fotografía en la que García Márquez y su mujer estaban con él frente al cura en el instante del bautizo. Entonces era un bebé y ahora tenía siete años. Si le preguntaba sobre su padrino, no recordaría más que lo que sus padres le contaron. Pero esa noche el doctor Gabazón parecía estar dispuesto a mostrarme lo que no me había confiado cinco años atrás, cuando lo conocí en su consultorio de Bocagrande. En esa bolsa de terciopelo azul guardaba un secreto.

No fueron nada novelescas las razones que llevaron a García Márquez al consultorio del doctor Gabazón. Un odontólogo de Bogotá había operado una corrección en la dentadura del escritor, y éste le recomendó al ortodoncista Luis Eduardo Botero para que continuase su tratamiento en Cartagena de Indias. Era una operación de rutina con uno de esos especialistas que te enderezan los dientes en mala posición. El ortodoncista devolvió la dentadura del escritor a su sitio pero le diagnosticó un mal periodontal. En buen castellano, un dolor de encías. Era la especialidad del doctor Gabazón, y el ortodoncista se lo recomendó a García Márquez. Fue así como aquella tarde de febrero de 1991 descubrió al hijo del telegrafista en la sala de estar de su consultorio de Bocagrande, luego de que éste escribiera los datos de su historia clínica en una ficha de cartón que le había entregado su secretaria Onira Madera.

-Fue como un mandato de Dios -me dijo Gabazón trece años después en su casa de Florida.

Durante las consultas, García Márquez se volvía más terrenal cuando hablaba de política. Un día el dentista se atrevió a comentarle algo sobre Dios.

-Gabo hizo lo que cualquier persona -recordó-. Dio un muletazo y pasó a otro tema.

El odontólogo entendió que debía evitar asuntos divinos en sus conversaciones con el novelista. Pero había una pregunta metafísica: qué diablos iba a hacer con sus recuerdos cuando García Márquez se muriera.

-Uno nunca sabe -me dijo-. Hasta uno se puede morir antes que él.

-Los dentistas no van al cielo -le advertí.

-Fíjate que yo sí voy -respondió.

No está mal saber que uno va siempre hacia alguna parte. Sentirse un hombre bueno parecía ser la única soberbia en el doctor Gabazón. Tenía apuntada en su historia dental la última vez que atendió a García Márquez: 20 de enero de 1999. Fue un miércoles. El dentista también recordaba haber recibido una llamada telefónica del escritor en diciembre de ese año apocalíptico.

Gabriel García Márquez se iría de Cartagena de Indias al siglo siguiente. Por entonces, un cáncer linfático se asomaba a su vida. Según el dentista, hubo el rumor de que el cantante Julio Iglesias quería comprar la casa del escritor. Antes de mudarse a Estados Unidos, el doctor Gabazón había dejado una carta a uno de los hermanos del escritor con el expreso pedido de que éste la leyese. También, una caja de galletas preparadas por la suegra del dentista. Esa noche de otoño en Florida, cuando el odontólogo estaba a punto de enseñarme lo que guardaba en su maletín negro, el doctor Gabazón me dijo que aún no recibía respuesta.

***

No había razones obvias para explicar por qué García Márquez lo eligió su dentista y luego su compadre. El doctor Gabazón era un odontólogo de provincia. En los estantes de su consultorio de Cartagena de Indias no se asomaba ninguna novela, apenas clásicos de la dentadura anglosajona como Periodontal Disease , dolorosa literatura para odontólogos. El doctor Gabazón no había leído la novela Anestesia local , de Günter Grass, ni el cuento "El dentista", de Alfred Polgar. Tampoco un episodio de Memorias del subsuelo , donde Dostoievski escribe sobre la voluptuosidad de un dolor de muelas. El doctor Gabazón sí había leído el poema "Desiderata", que por entonces colgaba de una pared del consultorio, por encima de un mueble con enjuagues bucales y dentaduras postizas. Sobre su escritorio había una calavera que nada tenía que ver con Hamlet. Era la escenografía de un sacamuelas, el lugar común de la castración dental.

El doctor Gabazón tenía una teoría elemental: García Márquez lo había elegido su compadre para romper la rutina de famoso. Hablaba del escritor con familiaridad, admiración y sin falsas reverencias. "La gente -me dijo- se olvida de que Gabo es un ser humano." Pero la gente también se olvidaba de que el dentista era un ser humano y le preguntaba cuánto se le podía cobrar a un compadre así. "¿Podría decir quién le recomendó al doctor? Su fama universal", había escrito García Márquez en su ficha de paciente.

***

El odontólogo me seguía contando anécdotas del Premio Nobel de Literatura mientras revisaba el maletín donde guardaba sus más íntimos recuerdos. La historia clínica del paciente García Márquez, retratos de familia con García Márquez, recortes de prensa sobre García Márquez, una muela de García Márquez. Sí. El tesoro del dentista era un molar con tres raíces y una incrustación de oro. Sólo de saber que había pertenecido al novelista, aquella muela adquiría una apariencia de ficción y lucía más horrenda en el acto de extraerla de una bolsa de terciopelo. Ver cualquier muela fuera de su boca hace que uno pasee su lengua para verificar si las suyas siguen allí, dispuestas a masticar y morder. El molar de un genio se ve tan espantoso como el de cualquiera y crea la ilusión de que todos somos iguales bajo las tenazas de un dentista. Pero una muela de García Márquez en tus manos es más que eso. Es la historia secreta de una sonrisa.

Desde años atrás en García Márquez ya habitaba cierta inexplicable predilección por el tema dental. Había dedicado algunos episodios de su obra a lo indefenso que uno puede estar ante un dolor de muelas y a la fascinación que puede causar una dentadura. En "Un día de estos", uno de sus cuentos más memorables, Aurelio Escovar, un dentista sin título, extrae sin anestesia la muela que ha torturado por cinco días a su opositor, el alcalde de un pueblo sin nombre. Por suerte, García Márquez nunca quiso ser alcalde y Gabazón es un odontólogo titulado. Años después, en Cien años de soledad , el novelista escribió un episodio premonitorio de su primera visita al odontólogo: "Vieron [los habitantes de Macondo] un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano". En resumen, Melquíades terminó sacándose los dientes y envejeciendo de pronto, pero luego se los puso otra vez y sonrió con el poder restaurado de su juventud. El hombre envejece cuando sus dientes no se reponen. García Márquez lo sabía bien. Perder un diente era también una metáfora de la caída del poder.

No había sido el primer escritor en fascinarse por las muelas. Joyce y Nabokov habían perdido la dentadura antes de cumplir los cincuenta años, y no se ahorraron palabras para retratarlas en sus libros como algo más que un rasgo fisonómico. Martin Amis, otro escritor del club de los desdentados, ensayó en su libro Experiencia una explicación sobre la comunidad de escritores de dientes postizos: "¿Qué más tenían en común Nabokov y Joyce aparte de la pésima dentadura y una soberbia prosa? El exilio y décadas de una precariedad económica cercana a la indigencia. Y una compulsiva tendencia al exceso. Y la desmedida sumisión que merecidamente les inspiraban sus esposas". Cualquier parecido con García Márquez era pura coincidencia.

-Es como un Dios de la literatura. Todo el mundo está interesado en cualquier cosa que hace -me dijo el dentista esa noche-. Gabo sabe que yo no puedo esconder lo que pasó entre nosotros.

El último día que lo vio en su consultorio de Cartagena de Indias, el único diente que le faltaba a García Márquez era la muela de juicio. Pero años antes, aquella primera tarde de 1991, en su consultorio de Bocagrande, Gabriel García Márquez tenía una caries y el doctor Gabazón había decidido operar: le inyectó anestesia local, le extrajo un molar, suturó la herida, y tiempo después colocó un implante en su lugar. Según el dentista, el escritor nunca se quejó. Sin embargo, desde esa primera cita hubo una pérdida. En la historia de la literatura, siempre ha sucedido: Homero fue ciego, a Cervantes le faltaba un brazo, García Márquez tenía caries.

-El hilo dental es más importante que el cepillo -me advirtió el doctor Gabazón.

Este texto forma parte del libro Elogios criminales (Planeta Perú, Lima, 2009)

6.12.09

Seducido por los hechos


LIBROS
Héctor Abad publica por estos días un nuevo libro, una compilación de tres ensayos bajo el título de Traiciones de la memoria. Nicolás Morales lo entrevista para SEMANA.
Héctor Abad Faciolince alcanzó fama mundial con su libro El olvido que seremos

SEMANA: A propósito del nuevo libro, lo siento muy cómodo escapando de la ficción y volviendo al ensayo autobiográfico…

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE: Sí, es cierto. De hecho, la novela que estoy escribiendo en este momento también está llena de elementos de no ficción y está hecha a partir de los recuerdos de un personaje, de un cura que yo conocí hace unos 30 años y que fue muy amigo mío. Tal vez, he descubierto que me siento más cómodo en algo que es no ficción o que es ficción en el sentido de que es mala memoria.

SEMANA: Sospecho que es recíproco y que el público también se siente más cercano a sus relatos autobiográficos que a la ficción. Me parece que su último libro de cuentos no fue propiamente un suceso editorial.

H.A.F.: El amanecer es un libro de cuentos y estos son menos comerciales. Sin embargo, para un libro de este tipo ha sido bueno porque ha tenido seis ediciones. Claro que no es nada comparable con El olvido que seremos. Creo que tiene razón y que es recíproco. Soy muy malo para decir mentiras. Ni siquiera cuando la ficción es pura verdad, me creen. Es que con esta cara de pelota, siempre tengo que decir la verdad.

SEMANA: Anda diciendo que quiere pasar la página de 'El olvido que seremos' y, a renglón seguido, nos sorprende con un apéndice del mismo…

H.A.F.: Sí, hay una contradicción evidente. La página, realmente, intenté pasarla en el libro de cuentos. Aunque, en el primero hay una madre que se muere y muchas personas les dieron el pésame a mis hermanas porque creyeron que seguía contando la historia de mi familia. En este caso, me resultó ineludible de todas maneras contar esa cola que le salió a El olvido. Espero que ya no haya ningún cabo suelto. Que El olvido sea un libro de mi pasado y que a mí mismo se me olvide..

SEMANA: ¿Cuál fue el propósito de reunir estos ensayos?

H.A.F.: Más de la mitad del libro es para contar esa investigación que me obsesionó durante un año, que fue la búsqueda del poema de El olvido. Es la historia de esa pesquisa. Creo que tiene un valor tanto biográfico como filológico, en cierto sentido, porque muestra algo que es importante, en el sentido pequeño de la historia de la obra de un gran poeta. También, quería hacer las cuentas con el pasado de mi estada en Italia, sobre todo del primer momento, que fue tan difícil. Y, en el último relato, trato de enfrentarme con el futuro, ya no con el pasado, con esa incertidumbre de lo que podemos llegar a ser y de lo que no llegamos a pesar de que en algún momento de nuestras vidas pensamos que pudimos.

SEMANA: Superó muy rápidamente ese 'tour de force' con Harold Alvarado y se volvió una obsesión con usted mismo y con Borges…

H.A.F.: La pelea con Harold es una parte, un episodio que prácticamente se me olvidó y que no es lo más importante del libro. Lo que quería hacer es una especie de novela policíaca donde no se buscaba un asesino, sino que se buscaba el autor de un poema. Y es un poco también una parodia de las investigaciones filológicas de los profesores, que son interesantes pero muchas veces aburridas. También, quería imitar algunos libros que acompañan el texto con imágenes. En esta época en que se combina tanto la imagen, la multimedia y la pantalla me parecía bonito incluir los documentos y las imágenes que soportaban la investigación.

SEMANA: Con el segundo ensayo, sentí un ejercicio muy nostálgico donde, en el fondo, me da la impresión de que añora un poco a ese Héctor que deambuló por Italia, visiblemente sin conexiones y que pone los cuernos…

H.A.F.: Este relato tiene que ver con la experiencia de volver a Italia obligado, aunque nunca voy a calificarlo de exilio o refugio político. Tuve dificultades, aunque también mucha suerte. El elemento central ahí es el odio por ser compadecido. Y, por eso mismo, postergué tanto la escritura de El olvido que seremos. Porque era un libro que podía despertar compasión. Trato de mostrar por qué ni yo ni los colombianos debemos perseguir la compasión de nadie. Debemos enfrentar nuestra historia y nuestro destino. Puede que con alguna tristeza y rabia, pero sin autoconmiseración, en el fondo, fuera muy contraproducente.

SEMANA: Hay una cosa que me llama la atención y es que de nuevo intenta con este libro proponer una escritura exigente, pero destinada a públicos más amplios que los de pequeñas elites intelectuales.

H.A.F.: Sí, hay algo que a mí no me gusta de algunos de mis colegas y es la prosa demasiado limada, demasiado pulida, que se vuelve casi relamida y, marcada por una intención de complacer a lectores, supuestamente más cultos y más inteligentes que el corriente que se acerca a leer una historia y a pasar un rato agradable…

SEMANA: Pero, al mismo tiempo, la no ficción en Colombia vive un momento muy lúgubre con los narco-bestsellers, los libros de secuestrados y las tetas…

H.A.F.: Creo que este año se nos viene una avalancha nueva de libros de secuestrados. A esos libros les veo una dignidad y es ineludible que alguien, después de una experiencia tan dura, quiera escribir o apoyarse en un periodista o en un escritor para publicar su vivencia. La receta es repetitiva, pero aquí hay tantos secuestrados que… qué se va a hacer. Respeto esos libros y respeto menos los que tratan de chuparle rueda a las telenovelas de la mafia, aunque, en el fondo, no son otra cosa que guiones previos para futuros melodramas.

SEMANA: Ha pasado de autor marginal a 'best seller', de editor de revista académica a editor de prensa; de intelectual desconocido a portada de revistas. Michel Houellbecq decía que, para él, toda esa 'vedettización' fue el comienzo del fin de su escritura…

H.A.F.: Debe ser la cosa más desagradable del mundo. No sólo no la quiero, sino que me parece un anticipo del infierno. A lo mejor por eso los tres grandes escritores colombianos -García Márquez, Mutis, Vallejo- viven en México. Allá pueden ir tranquilos por la calle.

SEMANA: Pero la 'vedettización' puede tener dimensiones bien interesantes como, por ejemplo, en su caso, ganar influencia sobre la redacción de un periódico.

H.A.F.: Que le den a uno la oportunidad de opinar o de poner un titular más parecido a lo que piensa alguien que está a favor del aborto que alguien que lo persigue no me parece poca cosa. Ojalá eso no vaya de la mano con una vedettización. Aunque es un poco irremediable...

SEMANA: En su nuevo libro, juega con el Héctor que pudo ser y no fue. Le reboto un poco la pregunta con una sensación: en el fondo lo siento muy cómodo con su destino.

H.A.F.: Me encuentro en un momento muy bueno. Durante mucho tiempo, no sé por qué pensaba que era una persona amarga e infeliz. Y, últimamente, cada día me doy más cuenta de que la amargura y la infelicidad ya quedaron atrás y que no debo expiar ninguna culpa como para estar todo el tiempo declarándome desgraciado. No, estoy viviendo una conversión, no a ninguna religión. Estoy convertido a cierta serenidad y a un goce de la existencia. No soy un escritor desesperado y horrorizado con el mundo.

SEMANA: El olvido que seremos es una obra mayor de la no ficción en Colombia. Pero hay quienes pronostican una suerte de maldición el tener un libro de este calibre.

H.A.F.: Si eso significa que voy a dejar de escribir, no. Voy a seguir escribiendo. Tengo muchas historias que quiero contar. Si eso significa que no voy a escribir nunca un libro que va a llegar tan profundamente a los lectores, puede que pase. Pero qué importa llegar con un solo libro al corazón de los lectores. La mayoría de los escritores no llega con ninguno. Llegué con uno, no puedo sentirme desgraciado por eso. Esto va a ser siempre una fortuna.

fuente: semana.com

18.11.09

Una metáfora de la peste

ENTREVISTA

La salvación a través de la literatura es lo que narra el escritor colombiano en "Necrópolis", ganadora del premio La Otra Orilla 2009. Al autor le interesa encontrar la belleza en lo sórdido.

UNA CIUDAD SITIADA. Fue la primera imagen del autor para esta novela, un diálogo con “Las mil y una noches”
Santiago Gamboa dibuja en el aire un tendido eléctrico, como si desplegara unos cables invisibles, unos faroles encendidos. Habla de la luz y compara Buenos Aires con Roma, donde vivió muchos años. Habla de una luz que también inventa sombras, una zona de oscuridad en las dos ciudades. "Noches de un tinte dorado", dice. Nacido en Colombia, Gamboa ganó, con Necrópolis, el Premio de Novela La Otra Orilla 2009, entregado en septiembre por un jurado integrado por los escritores Jorge Volpi, Roberto Ampuero y Pere Sureda. "Es la primera vez que gano, siempre había sido finalista", dice Gamboa en Buenos Aires, en el marco de una gira que hizo la semana pasada para presentar su novela.

En una entrevista posterior a la entrega del premio, Ud. comentó que "Necrópolis" era un intento de experimentación.

Necrópolis es para mí, efectivamente, un tipo de territorio literario que no había explorado antes, y que sigue un poco en línea el trabajo de una novela anterior, El síndrome de Ulises. En esta he querido ir un poco más allá, darles más lugar a las voces de los personajes. Cuando me refería a experimentación, lo hacía en relación a un tipo de arquitectura de novela que yo no había hecho hasta ahora, y que consiste en crear una historia que a su vez contiene otras y que es como un carrusel de voces. Pensé que era la mejor manera de contar esta historia, porque yo tenía en mente una historia de voces, muy global, con una mirada bastante nihilista y descreída del mundo contemporáneo.

¿Cuál fue la primera imagen de "Necrópolis"?

La imagen más fuerte es la de la ciudad sitiada, con columnas de humo y ruido de sirenas. Es una imagen que no se corresponde con la Jerusalén presente sino con una Jerusalén histórica. Una ciudad mártir. Pero también está la idea de un grupo de personas cercadas por la peste, reunidas en un espacio cerrado contando historias, que evidentemente proviene del Decamerón. Esa peste ya no existe, pero hay otras.

¿Cómo fue el trabajo con los personajes?

Según ideas muy clásicas de la literatura. La literatura que me gusta, y que admiro, trata una serie de temas que son siempre los mismos y son importantes tanto en la literatura como en la vida: la lealtad, la traición, el amor, el sexo, la fragilidad, la búsqueda de un destino, la venganza. Así empecé a establecer un diálogo con ciertas obras. Por ejemplo, "El sobreviviente" es una historia colombiana, pero evidentemente es una relectura de El conde de Montecristo, en Colombia. Es una historia de traición y de venganza y de lo que queda al final: las manos vacías y la vida sin sentido.

Pero está bien extrapolado... La historia que cuenta, ¿es real?

No, aunque un día, leyendo la prensa, encontré el caso de una persona que había vivido una gran injusticia. A partir de esa noticia se organizó la historia. Luego está el reverendo Maturana. En casi todas mis novelas hay siempre una pregunta por el absoluto, que puede ser religiosa. Aunque no soy creyente, me interesa mucho la poética de las religiones. Me pareció interesante construir un personaje que tuviera esas preocupaciones porque desconocía su origen, pero que además fuera una voz muy fuerte que originalmente yo quería que resumiera toda América latina. Y que fuera una suerte de latinoamericano tirado en una calle de Miami buscando su origen. Un hombre violento y al mismo tiempo, tierno. Finalmente, este personaje se quedó en el área del Caribe. Otra, "Jardín de flores raras", es una historia muy dura, de una mujer muy frágil, pero que al final se convierte en una especie de diosa, en una persona sabia y fuerte, y todo esto a través del sexo.

¿Por qué es un sexo tan desesperado, tan poco velado?

Horacio Quiroga decía "toma a los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final". Los personajes de Necrópolis son marginales, de una gran fragilidad, que buscan un lugar en el mundo, pero que no lo encuentran con facilidad. Me parece que en esos espacios duros, el sexo es uno de los grandes elementos vitales. Pero claro, como es una vida violenta y dura, es un sexo violento y duro, que tiene a veces connotaciones de crueldad, de humillación.

Uno de los personajes dice "lo que debemos hacer mientras estemos en este agujero es contarnos cosas". Los personajes viven mientras cuentan o escuchan relatos. Una suerte de "Las mil y una noches": el relato les sirve para mantenerse vivos.

Claro, en Necrópolis también se establece un diálogo con Las mil y una noches. Lo que sucede es que hay un grupo de personas que están asediadas por algo que puedes llamar el mal, una guerra metafórica. Sí, es una especie de salvación a través de las historias y de las palabras. Que a mí me parece algo metafórico también de lo que es la vida, incluso de lo que ha sido mi vida. A mí me han salvado las historias, el mundo en el que yo vivo, que es el mundo de la literatura, de los libros. Es el único mundo en el que yo podría haber vivido. De otra manera me habría ausentado hace rato.

¿Por qué?

Porque no soy una persona excesivamente fuerte, segura. Para mí la belleza de la humanidad está en la literatura. En las historias, en el trabajo de pulido de la palabra. A mí eso me conmueve. El resto de la vida tiene muchas cosas bellas y difíciles, pero también duras y jodidas. Estos personajes brillan a través de las historias.
Otro de los personajes dice que "nadie comprende ni sabe nada". ¿En qué medida "Necrópolis" le sirvió para comprender algo más de lo que ya sabía o entendía?
Una de las cosas maravillosas de la literatura es que te transmite experiencias que no tienes. Y te das cuenta de que una vida es poca vida. Cada libro, cada lectura que te llega a lo profundo no es una lectura solamente, es como si te hubiera ocurrido. Un buen libro te pasa. No sólo lo lees, te sucede. Entonces escribir es una aventura extrañísima, porque tú estás creando algo que no existe y, por lo tanto, nadie necesita. A mí me ha cambiado mucho la literatura, cierto libro en el momento que más lo necesitaba. Para mí, y por eso lo cito en el prólogo, la obra de Bukowski ha sido importantísima, porque fue como una especie de cataclismo encontrar que alguien pudiera lograr tanta belleza partiendo de un mundo tan sórdido, tan triste.

En la novela hay una marca muy fuerte de la extraterritorialidad. Los personajes son de distintas partes del mundo. Y a veces conectan en algún lugar. El nombre Ebenezer se repite a lo largo del libro, tomando distintas personalidades o cumpliendo distintas funciones. También se repiten los sándwiches de pollo y las coca diet. Son como un personaje que viene, de algún modo, a curar.

Es algo bien sencillo. Casi un artilugio. Las historias son totalmente diferentes unas de otras y yo quería que el lector sintiera que esas historias estaban relacionadas, a pesar de lo distintas que son. Entonces pensé "pues voy a poner como pequeñas lucecitas...". Imaginé que, en algún momento, todos tenían una situación muy humana y muy de la soledad, que es estar uno sentado en una alfombra en un hotel, solo, esperando a alguien o esperando que suene el teléfono, o sencillamente esperando que amanezca, y entonces pides un sándwich de pollo con una coca. El nombre, Ebenezer, genera una especie de transmigración de una persona a través de las diferentes historias.

La descripción que hace de un congreso de literatura es la de un "bazar de humanidades". ¿Por qué elegió ese tono?

Porque eso también me permite ser un poco cínico e ironizar sobre ciertas cosas que no me gustan.

¿Qué es lo que no le gusta?

Por ejemplo, ese editor arrogante, ese trato displicente con los autores. Hay algunas experiencias negativas que tuve en mi vida como escritor; que las conté para señalar la gran distancia que hay entre autores y editores. Y también hay una cierta ironía sobre los propios escritores, una especie de sátira sobre el propio mundo. Hay que reírse también de uno mismo. Los congresos muchas veces se convierten en eso, en un bazar extraño de egos.

¿Qué hay de Ud. en la novela? Esa enfermedad extraña que sufre el escritor, por ejemplo.

Pues son como pequeños guiños, porque al fin y al cabo el protagonista es un escritor colombiano que vive en Roma, como viví yo. Son guiños, y tienen que tener mucho con mi vida, pero hasta cierto punto. El protagonista estuvo enfermo mucho tiempo y yo también lo estuve en una época, un tiempo no tan largo pero estuve enfermo de algo muy raro. De hecho, el médico vino un día y me dijo "tengo que hablar contigo". Yo quedé paralizado de miedo. Cuando a uno le hablan así... nunca es nada bueno. Entonces me explicó que quería mi autorización para publicar en una revista médica la radiografía de mis pulmones, porque era una cosa muy rara.

Ahora vive en Nueva Delhi, ¿se siente en su sitio?

Sí, moverse es también una forma de estar en el propio lugar. Trabajo, tengo a mi familia, y por las noches escribo y leo. Nueva Delhi es como un enorme pueblo, donde por las noches se escuchan las cigarras y, al atardecer, los pájaros. Es como vivir en un pueblo: tú puedes ir por una avenida y encontrarte con un señor que va manejando un tractor por el centro de una avenida. Es, también, una ciudad sucia. Tú llegas a Europa y las ciudades, en la superficie, son bellísimas. Pero con el tiempo va apareciendo el horror, que tiene que ver con esas actitudes de sociedades que han crecido en la abundancia, en la seguridad de que son absolutamente necesarias para el resto del mundo. En cambio, en ciudades como Delhi, la superficie es horrible; está llena de mugre, de gente enferma, pero lentamente va surgiendo una cierta belleza también en la gente, también a través de la gente. Hoy prefiero esa otra belleza.

Sin revelar el final de la novela, pensaba en el amor como una salida a tanta desilusión.

Claro, pero el amor tiene la desdicha de imponer condiciones muy especiales. En mi novela se apuesta más por la amistad, porque la amistad, por definición, es recíproca; tú no puedes ser amigo de alguien que no sea amigo tuyo, pero en cambio, sí puedes amar a alguien que no te ama. Pero el amor es un producto costoso; la amistad es más democrática y, en términos económicos, digamos que tiene una relación calidad-precio muchísimo más interesante. El amor a veces te mata... casi siempre te mata.

Gamboa Básico
Estudió literatura y es licenciado en Filología Hispánica. Entre sus novelas, "Páginas de vuelta", "Perder es cuestión de método", "Vida feliz de un joven llamado Esteban", "Los impostores" y "El síndrome de Ulises". Es autor del libro de viajes "Octubre en Pekín" y del libro de relatos "El cerco de Bogotá". Participó de las antologías "McOndo" y "Líneas aéreas", de nueva narrativa latinoamericana. Vivió en París, en Roma y actualmente reside en Nueva Delhi, India, donde es agregado cultural en la Embajada de Colombia.
fuente: Revista Ñ

16.11.09

Una novela para el dolor

La Mujer de los Sueños Rotos revela el pasado-presente de una sociedad atropellada por sus ambiciones
María Cristina Restrepo
María Cristina Restrepo deja en su novela su mirada de mujer, su visión de niña-bien y su vida resquebrajada por tres décadas de historia de su ciudad, de muchas ciudades

Jaimison Ocampo y Laura Martínez han emergido desde los silencios que la ciudad ha impuesto a su historia reciente para quedarse como parte (¿o víctimas?) de una historia comúnmente vivida y colectivamente no nombrada: la de la ciudad que cayó en la tentación del dinero y sufrió en la trampa de la violencia.

Ellos llegaron de la mano de María Cristina Restrepo, novelista, experta en literatura, y mujer sensible que puso su alma en la obra.

Fueron presentados el viernes en evento que encabezó el alcalde Alonso Salazar.

En “De una vez y para siempre” y en “Amores sin tregua” usted escribió novela histórica con mucho éxito. Con “La mujer de los sueños rotos” ¿abandona ese género o se da un espacio para explorar otras opciones?

Efectivamente, “La mujer de los sueños rotos” no cabe dentro de la clasificación de novela histórica. Sin embargo, al igual que con mis anteriores novelas, tuve que recurrir a los archivos, a los documentos, a la fotografía, en suma, a la investigación. Incluso conté de nuevo con la ayuda de un historiador quien me colaboró con la localización de documentos. Podría decirse que he explorado otras opciones, pues en ella hay un nuevo elemento, dado que la narración ocurre en un tiempo vivido personalmente. En este caso apelé también a la memoria, y como siempre que se escribe una novela, bien sea histórica o no, fue preciso echar mano de la imaginación a cada momento”.

¿Se puede decir que esta es una novela de época?

“Yo diría que sí. La novela pinta de manera específica un momento particular de la vida de la ciudad, a través de los miembros de tres familias que se mueven en ese ambiente de guerra y paz, de altruismo y de mezquinas pasiones”.

En todas sus novelas se revelan algunos hombres con muchas dificultades para amar a las mujeres que depositan en ellos sus esperanzas y terminan frustradas por el desamor que viven. ¿Ese desencanto frente al amor es una denuncia?

“Nunca lo había pensado así. En mis novelas hay hombres que encuentran difícil amar. Que no saben asumir ese compromiso. Pero también hay otros que aman sin cobardía. En “La mujer de los sueños rotos”, la historia de amor de la protagonista, quién además se embarca en una aventura prohibida, la lleva al mismo desencanto que en un comienzo la había llevado su marido.

Pero en ese mismo libro hay una bella relación amorosa. La de doña Zoila y don Pedro, el techador. Aunque no se habla mucho de ella, creo que el lector puede quedar con esa doble idea: hay amores que triunfan y otros, quizás la mayoría, que conducen a la desilusión.

“Quiero dejar en claro que cuando escribo no me propongo ni denunciar, ni tampoco rescatar nada. No escribo novelas de tesis. Trato de mostrar un fragmento de vida. El lector, que lee con toda su carga de experiencias, saca sus propias conclusiones”.

Usted es una experta en la obra “En busca del tiempo perdido” ¿No es esta una novela en busca de la ciudad perdida?

“La novela establece un paralelo entre ambas ciudades, la de ayer y la de hoy, cuando los problemas que se plantean todavía siguen vigentes. Era necesario mostrar ese contraste para que el argumento tuviera sentido. Creo que en ningún momento se idealiza la Medellín de ayer, o se sataniza la ciudad de la cual se ocupa la novela. Entre otras cosas, porque en la primera estaba sembrado el germen de lo que ocurriría luego. Y en la ciudad asediada también hay oasis de calma, como el concierto de música sacra en una iglesia del centro, por ejemplo”.

En la novela, usted aborda las contradicciones de los individuos de distintos grupos sociales que protagonizaron la historia local en los años sesenta a comienzos de los noventa. ¿Cómo los estudió?

“A través de mucha investigación, pero también a través de la observación. Tratando de recordar a cada momento lo visto, lo oído, lo leído. Un escritor debe trabajar constantemente, aunque no esté escribiendo. Debe mantenerse alerta, registrar en su mente lo que ve, lo que oye, lo que observa. Tratar de desentrañar ese misterio que es la naturaleza humana. Y como no lo va a lograr, intentar conocer el mayor número posible de rasgos y características de sus congéneres.

Prestar atención a lo que hablan, a lo que callan y que quizás sea más importante, a las fuerzas que los mueven, a los temores que los paralizan. Debe mirar cómo se comportan frente a los demás, cómo lo hacen cuando creen que nadie los está observando. Este pequeño cúmulo de conocimientos se traslada luego a los personajes de ficción”.

¿Existe una metodología para escribir una novela?

“Cada escritor debe inventarse la suya. Hay algo esencial, que es el hecho de sentarse a escribir. Conozco algunos escritores en ciernes que sienten el deseo de hacerlo, pero les falta cumplir ese propósito.

Por mi parte, considero que lo primero es tener un tema. Aunque sea un esbozo del mismo. Luego hay que pensar en los personajes que podrían ayudar a darle vida a ese tema. Allí es donde me concentro, antes de comenzar a escribir la novela propiamente dicha. Les levanto un perfil a todos y cada uno de ellos, los conozco profundamente antes de permitirles actuar.

Después, son ellos los que en cierta media guían mi mano.

Cuando desarrollo la trama, escribo muy poco, unas tres páginas al día. Luego viene el período de corrección, de profundización. Ahí sí me sumerjo durante horas en la escritura.”

Sobre sus personajes, ¿usted por qué dota de tanta ternura a un ser tan terrible como Jaimison Ocampo?

“No creo que haya seres humanos absolutamente terribles, ni seres humanos completamente buenos. Somos, todos, una mezcla de bien y mal.

Ángeles y Demonios al mismo tiempo. Considero que un personaje que pueda mostrar esa personalidad compleja, contradictoria, es más verosímil que un malevo puro y simple. O que un santo. De otro lado, Jaimison Ocampo fue irguiéndose solito, sin mayor intervención de mi parte. Terminó mostrándose tal cual era. Terrible y tierno”.

¿Y por qué dio tanta dureza a los hombres que Laura amó?

“Laura, también sin mucha intervención de parte mía, terminó envuelta en dos relaciones que la dejaron en el aire. Primero amó a un hombre superficial, poseído por el afán de figurar, de labrarse una vida fácil, amena. Después se enamoró de uno temeroso, hasta el ridículo. Un hombre que tenía miedo de su mujer, miedo de su amante, miedo de los nuevos ricos, miedo de la vida. Más que duros, considero que son débiles. ¿Por qué resultaron así en la novela? Realmente, no lo sé. Tal vez, como dije durante la presentación, en una historia de tanta desmesura, una relación de amor predecible, feliz, habría sido una nota discordante. La única pareja que verdaderamente se ama en el libro son don Pedro, el techador, y doña Zoila. Quizás de ahí provenga también la ternura que a veces es capaz de manifestar Jaimison Ocampo”.

¿Están las mujeres antioqueñas: las Lauras protegidas o las Mory Francy desechables, condenadas a la ruptura de sus sueños?

“Están condenadas a la ruptura de sus sueños, peor aún, a no poder formularlos, todas aquellas mujeres, antioqueñas o no, que carecen de acceso a la educación. Las demás, protegidas o desechables, si cuentan con una educación, verán derrumbarse muchos sueños, pero siempre podrán tejer otros”.

Todo Medellín, como dirían las tías, queda mal parado en su novela. ¿Usted fue provocadora o sincera?

“No creo que todo Medellín quede mal parado en la novela. Quedan así dos personajes que se equivocaron, representantes de un pequeño pero influyente sector de la sociedad. Queda mal parada la tradicional familia antioqueña, con su innecesaria dureza. Queda al descubierto el desmedido amor al dinero, que tanto dolor nos ha traído.

“En la novela también hay ejemplos de solidaridad, de generosidad, de amor desinteresado. Hay madres que se preocupan por los hijos, hijos, que a pesar de su maldad, tienen una fibra de compasión en su alma, no sólo hacia los suyos, sino hacia sus enemigos, como en el caso de Jaimison Ocampo. Hay ejemplos de amistad, de solidez en las relaciones. Hay un padre que está dispuesto a perderlo todo con tal de salvar la vida de la hija. Esposas que a pesar de no ser felices, son absolutamente leales.”

Esta parece una novela local ¿puede ser leída en el mundo?

“Me atrevo a decir que cualquier novela, salvo que sea una mala novela, puede ser leída en cualquier parte del mundo.

Tenemos que superar ese complejo de inferioridad que nos lleva a creer que lo local, riñe con lo universal. ¿Hay algo más local que el imaginario universo de Yoknapatawpha, un pequeño condado rural en el Sur de los Estados Unidos, donde se desarrollan las magníficas novelas de Faulkner?

Por no hablar de Aracataca…

“Tenemos que dejar de creer que la localización geográfica despoja a la novela de su carácter universal, que nada tiene que ver con la geografía, ni con el número de habitantes de una ciudad. Toda novela tiene que ver con la condición humana. Y esa condición no es menos, o más, por el hecho de narrarse en Medellín, en lugar de hacerlo en París, en Tokio o en Nueva York. O en Bogotá”.

Cuando el lector se sienta con sus novelas, queda atrapado en sus páginas. ¿A qué atribuye esa seducción?

“Supongo que al gusto con el cual escribo. No conozco el terror de la página en blanco, tal vez porque al terminar una de esas tres páginas diarias, dejo anotada en negrillas lo que voy a comenzar a escribir al día siguiente. En algún momento de la escritura de la novela, comienza la etapa de la obsesión, que es la que más placer me produce. Entonces empiezo a vivir, incluso a dormir con la novela, porque en sueños se me ocurren soluciones a algunos problemas que se van planteando. En el día pienso en descripciones, oigo los diálogos en mi cabeza.

Claro que también hay momentos de frustración, que hay que superar a punta de tesón”.

¿Aplica usted normas del lenguaje para escribir?

“No. Trato de escribir utilizando el buen castellano que aprendí en mi casa. En la etapa de corrección, utilizo el diccionario”.

Si usted no escribiera, ¿qué estaría haciendo?

“Leyendo”.

María Cristina, ¿qué sigue en su obra?

“Por ahí me ronda una novela situada a finales de los años treinta en Medellín. Vamos a ver qué resulta”.

Pensar ¿Se repite la historia?

En su conversación con Alonso Salazar durante la presentación de su obra, usted relató las dificultades para reconstruir hechos de la guerra del narcotráfico que afectaron a la clase alta local. ¿Existe voluntad de olvido en Medellín?

“No sé si sea voluntad expresa, o simple deseo de protegerse de tanto dolor como el que vivimos. En ciertos círculos sociales de Medellín hay una costumbre de no nombrar las enfermedades, los fracasos, los problemas que aquejan toda vida humana. Puede ser también parte de esa cultura del silencio. Lo que no se menciona, no ocurrió. Es como una especie de conjuro”.

Si existe, ¿a dónde nos va a llevar esa desmemoria?

“La desmemoria, el olvido, sobre todo cuando es voluntario, lleva a la repetición de los hechos. Considero que toda sociedad tiene el deber de pensar y replantearse lo ocurrido, hacer y repasar su historia. Sin embargo, veo que a la humanidad, la historia le ha servido muy poco. Pensemos por ejemplo en el fenómeno de la guerra. Es algo que sigue dándose, aun cuando la memoria nos demuestra que en ella no hay ganadores.”

¿Quiere usted que Medellín no tenga amnesia de aquellos años?

“No sé si pueda hablar en nombre de toda la ciudad. Yo no quiero olvidar los años difíciles de Medellín. Entre otras cosas, porque de ellos salieron muchas cosas buenas, tanto para la ciudad, como para mí, a título personal. La ciudad no sucumbió a las fuerzas terribles que la asolaban. Se crearon vínculos solidarios a nivel institucional, y también personal. Las relaciones se fortalecieron, las instituciones hicieron lo mismo, salimos con un sentido de la belleza de la vida, que peligraba tanto.”

Esta historia que estamos escribiendo en la actualidad ¿es reescritura de la relatada en La Mujer de los sueños rotos?

“Mucho me temo que seguimos en las mismas, consecuencia de un problema aún no resuelto. Me asombro cuando oigo frases como las pronunciadas en los ochenta y noventa, cuando aparecían los jóvenes baleados en cualquier parte: se trata de ajuste de cuentas entre criminales, problema de rivalidad entre las bandas, etc. ¿Será que en términos históricos dos, tres décadas son muy poco?”

El alcalde ve al doctor Martínez como ejemplo de quienes se atemperaron para detener la invasión de la nueva cultura y la nueva riqueza y con esa actitud ética protegieron la ciudad. ¿Existen aun doctores Martínez?

“Sí. Creo que existen muchos doctores Martínez, no sólo en su restringido círculo social, sino en todos los estratos y estamentos de la ciudad.

Son los hombres y mujeres de bien, que abundan, los jóvenes con su entusiasmo, quienes han mantenido y mantendrán a la ciudad. Es más, son quienes garantizan su progreso”.



fuente: elmundo.com