25.7.11

El arte de contar historias

"Hablar de lo que supongo la más antigua forma de poesía: la épica. Ocupémonos de ella un momento"
Jorge Luis Borges: Arte poética, uno de su más raros libros compilados a partir de sus conferencias en inglés y traducido por Justo Navarro.foto:archivo.fuente:olvidada

Las distinciones verbales deberían ser tenidas en cuenta, puesto que representan distinciones mentales, intelectuales. Pero es una lástima que la palabra «poeta» haya sido dividida en dos. Pues hoy, cuando hablamos de un poeta, sólo pensamos en alguien que profiere notas líricas y pajariles del tipo de «With ships the sea was sprinkled far and nigh, / Like stars in heaven» («Con barcos, el mar estaba salpicado aquí y allá como las estrellas en el cielo»; Wordsworth), o «Music to hear, why hear'st thoumusic sadly? / Sweets with sweets war not, joy delights in joy» («¿Por qué, siendo tú música, te entristece la música? / Placer busca placeres, ama el goce otro goce»; Shakespeare). Mientras que los antiguos, cuando hablaban de un poeta –un «hacedor»–, no lo consideraban únicamente como el emisor de esas elevadas notas líricas, sino también como narrador de historias. Historias en las que podíamos encontrar todas las voces de la humanidad: no sólo lo lírico, lo meditativo, la melancolía, sino también las voces del coraje y la esperanza. Quiere decir que vaya hablar de lo que supongo la más antigua forma de poesía: la épica. Ocupémonos de ella un momento.
Quizá el primer ejemplo que nos venga a la mente sea La historia de Troya, como la llamó Andrew Lang, que tan certeramente la tradujo. Examinaremos en ella la antiquísima narración de una historia. Ya en el primer verso encontramos algo así: «Háblame, musa, de la ira de Aquiles». O, como creo que tradujo el profesor Rouse: «An angry man –that is my subject. («Un hombre iracundo: tal es mi tema»). Quizá Hornero, o el hombre a quien llamamos Homero (pues ésta es, evidentemente, una vieja cuestión), pensó escribir un poema sobre un hombre iracundo, y eso nos desconcierta, pues pensamos en la ira a la manera de los latinos: «ira furor brevis». La ira es una locura pasajera, un ataque de locura. Es verdad que la trama de la lliada no es, en sí, precisamente agradable: esa idea del héroe malhumorado en su tienda, que siente que el rey lo ha tratado injustamente, emprende la guerra como una disputa personal porque han matado a su amigo y vende por fin al padre el cadáver del hombre al que ha matado.
Pero quizá (puede que ya lo haya dicho antes; estoy seguro), las intenciones del poeta carezcan de importancia. Lo que hoy importa es que, aunque Homero creyera que contaba esa historia, en realidad contaba algo mucho más noble: la historia de un hombre, un héroe, que ataca una ciudad que sabe que no conquistará nunca, un hombre que sabe que morirá antes de que la ciudad caiga; y la historia aun más conmovedora de los hombres que defienden una ciudad cuyo destino ya conocen, una ciudad que ya está en llamas. Yo creo que éste es el verdadero tema de la lliada. y, de hecho, los hombres siempre han pensado que los troyanos eran los verdaderos héroes. Pensamos en Virgilio, pero también podríamos pensar en Snorri Sturluson, que, en su más joven edad, escribió que Odín –el Odín de los sajones, el dios– era hijo de Príamo y hermano de Héctor. Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados, y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas le corresponde a la victoria.
Tomemos un segundo poema épico, Podemos leerlo de dos maneras. Supongo que el hombre (o la mujer, como pensaba Samuel Butler) que la escribió no ignoraba que en realidad contenía dos historias: el regreso de Ulises a su casa y las maravillas y peligros del mar. Si tomamos la Odisea en el primer sentido, entonces tenemos la idea del regreso, la idea de que vivimos en el destierro y nuestro verdadero hogar está en el pasado o en el cielo o en cualquier otra parte, que nunca estamos en casa.
Pero evidentemente la vida de la marinería y el regreso tenían que ser convertidos en algo interesante. Así que, poco él poco, se fueron añadiendo múltiples maravillas. y ya, cuando acudimos a Las mil una noches, encontramos que la versión árabe de la Odisea, los siete viajes de Simbad el marino, no son la historia de un regreso, sino un relato de aventuras; y creo que como tal lo leemos. Cuando leemos la Odisea, creo que lo que sentimos es el encanto, la magia del mar; lo que sentimos es lo que el navegante nos revela. Por ejemplo: no tiene ánimo para el arpa, ni para la distribución de anillos, ni para el goce de la mujer, ni para la grandeza del mundo. Sólo busca las altas corrientes saladas. Así tenemos las dos historias en una: podemos leerla como un retorno a casa y como un relato de aventuras, quizá el más admirable que jamás haya sido escrito o cantado.
Pasemos ahora a un tercer «poema» que destaca muy por encima de los otros: los cuatro Evangelios. Los Evangelios también pueden ser leídos de dos maneras. El creyente los lee como la extraña historia de un hombre, de un dios, que expía los pecados de la humanidad. Un dios que se digna sufrir, morir, en la «bitter cross» («amarga cruz»), como señala Shakespeare. Existe una interpretación aun más extraña, que encuentro en Langland. La idea de que Dios quería conocer en su totalidad el sufrimiento humano, que no le bastaba con conocerlo intelectualmente, tal como le era divinamente posible; quería sufrir como un hombre y con las limitaciones de un hombre. Pero quien (como muchos de nosotros) no es creyente puede leer la historia de otra manera. Podemos pensar en un hombre de genio, un hombre que se creía un dios y al final descubre que sólo era Un hombre y que Dios –su dios– lo había abandonado.
Digamos que durante muchos siglos, estas tres historias –la de Troya, la de Ulises, la de Jesús–le han bastado a la humanidad. La gente las ha contado y las ha vuelto a contar una y otra vez; les ha puesto música, las ha pintado. Han sido contadas muchas veces, pero las historias perduran, sin límites. Podríamos pensar en alguien que, dentro de mil o diez mil años, una vez más volviera a escribirlas. Pero, en el caso de los Evangelios, hay una diferencia: creo que la historia de Cristo no puede ser contada mejor. Ha sido contada muchas veces, pero creo que los pocos versículos en los que leemos, por ejemplo, cómo Satán tentó a Cristo tienen más fuerza que los cuatro libros del Paradise Regained. Uno intuye que Milton quizá ni sospechaba la clase de hombre que fue Cristo.
Bien, tenemos estas historias y tenemos el hecho de que los hombres no necesitan demasiadas historias. Imagino que Chaucer jamás pensó en inventar una historia. No pienso que la gente fuera menos inventiva en aquellos días que hoy. Pienso que se contentaba con las nuevas variaciones que se añadían al relato, las sutiles variaciones que se añadían al relato. Esto, además, facilitaba la tarea del poeta. Sus oyentes y lectores sabían lo que iba a decir y podían apreciar las diferencias en su justa medida.
Ahora bien, la épica –y podemos considerar los Evangelios una especie de épica divina– lo admite todo. Pero la poesía, como he dicho, ha sufrido una división; o, mejor, por un lado tenemos el poema lírico y la elegía, y por otro tenemos la narración de historias: tenemos la novela. Uno casi siente la tentación de considerar la novela como una degeneración de la épica, a pesar de escritores como Joseph Conrad o Herman Melville. Pues la novela recupera la dignidad de la épica.
Si pensamos en la novela y la épica, nos vemos tentados a pensar que la principal diferencia estriba en la diferencia entre verso y prosa, entre cantar y exponer algo. Pero pienso que hay una diferencia mayor. La diferencia radica en el hecho de que lo importante para la épica es el héroe: un hombre que es un modelo para todos los hombres. Mientras, como Mencken señaló, la esencia de la mayoría de las novelas radica en el fracaso de un hombre, en la degeneración del personaje.
Esto nos lleva a otra cuestión: ¿Qué pensamos de la felicidad? ¿Qué pensamos de la derrota, de la victoria? Hoy, cuando la gente habla de un final feliz, lo considera una mera condescendencia hacia el público o un recurso comercial; lo consideran artificioso. Pero durante siglos los hombres fueron capaces –de creer sinceramente en la felicidad y en la victoria, aunque sentían la imprescindible dignidad de la derrota. Por ejemplo, cuando la gente escribía sobre el Vellocino de Oro (una de las historias más antiguas de la humanidad), oyentes y lectores sabían desde el principio que el tesoro sería hallado al final.
Bien, hoy, si se emprende una aventura, sabemos que acabará en fracaso. Cuando leemos –y pienso en un ejemplo que admiro – Los papeles de Aspern, sabemos que los papeles nunca serán hallados. Cuando leemos El castillo de Franz Kafka, sabemos que el hombre nunca entrará en el castillo. Es decir, no podemos creer de verdad en la felicidad y en el triunfo. Y quizá ésta sea una de las miserias de nuestro tiempo. Me figuro que Kafka sentía prácticamente lo mismo cuando deseaba que sus libros fueran destruidos: en realidad quería escribir un libro feliz y victorioso, y se daba cuenta de que le era imposible. Hubiera podido escribirlo, evidentemente, pero el público habría notado que no decía la verdad. No la verdad de los hechos, sino la verdad de sus sueños.
Digamos que, a fines del siglo XVIII o principios del XIX (para qué molestarnos en discutir las fechas), el hombre empezó a inventar tramas. Quizá podríamos decir que la empresa partió de Hawthorne y Edgar Allan Poe, aunque, evidentemente, siempre hay precursores. Como Rubén Darío señaló, nadie es el Adán literario. Pero fue Poe el que escribió que un relato debe ser escrito atendiendo a la última frase, y un poema atendiendo al último verso. Esto degeneró en el relato con truco, y en los siglos XIX y XX la gente ha inventado toda clase de tramas. Estas tramas son a veces muy ingeniosas; si nos limitamos a contarlas, son más ingeniosas que las tramas de la épica.
Pero, por alguna razón, notamos en ellas algo artificioso; o, mejor, algo trivial. Si tomamos dos casos –supongamos que la historia del doctor Jekyll y el señor Hyde, y una novela o una película como Psicosis–, puede que la trama de la segunda sea más ingeniosa, pero intuimos que hay más detrás de la trama de Stevenson.
En cuanto a la idea que formulé al principio, la de que sólo existe un número reducido de tramas, quizá deberíamos mencionar esos libros en los que el interés no radica en la trama sino en la variación, en el cambio, de múltiples tramas. Estoy pensando en Las mil y noches, en el Orlando furioso y otras por el estilo. Podríamos añadir también la idea de un tesoro maligno. La tenemos en la Völsunga Saga, y quizá al final de Beowulf: la idea de un tesoro que trae males a la gente que lo encuentra. Aquí podríamos llegar a la idea que intenté desarrollar en mi última conferencia, sobre la metáfora: la idea de que quizá todas las tramas correspondan sólo a unos pocos modelos. Hoy, por supuesto, la gente inventa tantas tramas que nos ciegan. Pero quizá flaquee tal ataque de ingenio y descubramos que todas esas tramas sólo son apariencias de un reducido número de tramas esenciales. Y esto, para mí, está fuera de discusión.
Hay que señalar otro hecho: los poetas parecen olvidar que, alguna vez, contar cuentos fue esencial y que contar una historia y recitar unos versos no se concebían como cosas diferentes. Un hombre contaba una historia, la cantaba; y sus oyentes no lo consideraban un hombre que ejercía dos tareas, sino más bien un hombre que ejercía una tarea que poseía dos aspectos. O quizá no tenían la impresión de que hubiera dos aspectos, sino que consideraban todo como una sola cosa esencial.
Llegamos ahora a nuestro tiempo, donde encontramos esta circunstancia verdaderamente extraña: hemos vivido dos guerras mundiales, pero, por alguna razón, no ha surgido de ellas una épica; excepto, quizá, Los siete pilares de la sabiduría. En Los siete pilares de la sabiduría encuentro muchas cualidades épicas. Pero el libro está lastrado por el hecho de que el héroe es el narrador, por lo que a veces debe empequeñecerse, humanizarse, hacerse verosímil en exceso. De hecho, se ve obligado a incurrir en los trucos del novelista.
Hay otro libro, hoy bastante olvidado, que leí, me parece, en 1915: una novela llamada Le Feu, de Henri Barbusse. El autor era pacifista; era un libro contra la guerra. Pero, en cierta medida, la épica atravesaba el libro (me acuerdo de una magnífica carga con bayonetas). Otro escritor que poseía el sentido de lo épico fue Kipling. Lo comprobamos en un relato tan maravilloso como «A Sahib's War», Pero, de la misma manera que Kipling nunca practicó el soneto, porque consideraba que podía distanciarlo de sus lectores, nunca cultivó la épica, aunque podría haberlo hecho. También recuerdo a Chesterton, que escribió «La balada del caballo blanco», un poema sobre las guerras del rey Alfredo contra los daneses. En él encontramos metáforas muy raras (¡me pregunto cómo me olvidé de citarlas en la charla anterior!): por ejemplo, «mármol como sólida luz de luna», «oro como fuego helado», donde el mármol y el oro son comparados con dos cosas que son aun más elementales. Son comparados con la luz de la luna y el fuego, y no con el fuego exactamente, sino con un mágico fuego helado.
En cierta manera, la gente está ansiosa de épica. Pienso que la épica es una de esas cosas que los hombres necesitan. De todos los lugares (y esto podría introducir una especie de anticlímax, pero es un hecho), ha sido Hollywood el que más ha abastecido de épica al mundo. En todo el planeta, cuando la gente ve un western –al contemplar la mitología del jinete, el desierto, la justicia, el sheriff, los disparos y todo eso–, creo que capta la emoción de la épica, lo sepa o no. A fin de cuentas, no es importante saberlo.
Ahora bien, no quiero hacer profecías, porque tales cosas son arriesgadas (aunque, a la larga, pueden convertirse en verdad), pero creo que, si la narración de historias y el canto del verso volvieran a reunirse, sucedería algo muy importante. Quizá empiece en Estados Unidos, pues, como ustedes saben, Estados Unidos posee un sentido ético de lo que está bien y lo que está mal. Quizá lo posean otros países, pero no creo que se dé tan evidentemente como lo descubro aquí. Si llegara a suceder, si pudiéramos volver a la épica, entonces se habría conseguido algo muy grande. Cuando Chesterton escribió «La balada del caballo blanco» obtuvo buenas críticas y esas cosas, pero los lectores no le fueron favorables. De hecho, cuando pensamos en Chesterton, pensamos en la saga del Padre Brown y no en ese poema.
Sólo he meditado sobre el asunto a una edad más bien avanzada; y, además, no creo haber ensayado la épica (aunque quizá haya dejado dos o tres líneas épicas). Es una tarea para hombres más jóvenes. y conservo la esperanza de que lo harán, porque evidentemente todos tenemos la sensación de que, en cierta medida, la novela está fracasando. Piensen en las principales novelas de nuestro tiempo, el Ulises de Joyce por ejemplo. Se nos han dicho miles de cosas sobre los dos personajes, pero no los conocemos. Conocemos mejor a los personajes de Dante o de Shakespeare, que se nos presentan –que viven y mueren– en unas pocas frases. No conocemos miles de circunstancias sobre ellos, pero los conocemos íntimamente. Eso, desde luego, es mucho más importante.
Pienso que la novela está fracasando. Pienso que todos esos experimentos con la novela, tan atrevidos e interesantes –por ejemplo, la idea de los cambios de tiempo, la idea de que la historia sea contada por distintos personajes–, todos se dirigen al momento en que sentiremos que la novela ya no nos acompaña. Pero hay algo a propósito del cuento, del relato, que siempre perdurará. No creo que los hombres se cansen nunca de oír y contar historias. y si junto al placer de oír historias conservamos el placer adicional de la dignidad del verso, entonces algo grande habrá sucedido. Quizá yo sea un anticuado hombre del siglo XIX, pero soy optimista y tengo esperanza: y, puesto que el futuro contiene muchas cosas –quizá el futuro contenga todas las cosas–, pienso que la épica volverá a nosotros. Creo que el poeta volverá a ser otra vez un hacedor. Quiero decir que contará una historia y la cantará también. Y no consideraremos diferentes esas dos cosas, tal como no las consideramos diferentes en Homero o Virgilio.

Borges, Jorge Luis, Arte poética. Editorial Crítica. Barcelona, 2001. Pags. 61-74. (Seis conferencias sobre poesía pronunciadas en inglés en la Universidad de Harvard durante el curso 1967-1968) Traducción de Justo Navarro.

21.7.11

El largo adiós a Susan Sontag

David Rieff, hijo de la ensayista y escritora estadounidense fallecida en 2004, mantuvo esta charla con el escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky en la intimidad de una galería de Buenos Aires
Íntimos e intelectuales. Edgardo Cozarinsky y David Rieff reunidos en la galería La Ruche de Jorge Mara.foto.fuente:Revista Ñ

Hace apenas dos semanas, en el soleado barrio de Recoleta, ocurre lo siguiente: en la trastienda de la galería La Ruche de Jorge Mara se juntan a conversar el escritor y cineasta argentino, Edgardo Cozarinsky y el periodista, escritor (y también hijo de Susan Sontag), David Rieff. Lo que sucederá es digno de una escena de una novela prousteana. Son dos intelectuales cosmopolitas que habitan múltiples ciudades sin tener que elegir una a exclusión de las otras: París, Nueva York, Buenos Aires. El diálogo es à propos de rien , salvo el placer de reunirse por unas horas para matar ese bache existencialmente muerto entre el desayuno y el almuerzo. En realidad, el mecenas de la conversación, Jorge Mara –amigo, también de ambos–, propone, como en un juego de salón, que el formato de la charla sea el de una entrevista; que Cozarinsky entreviste a Rieff sobre los diarios de Sontag que va editando y publicando (el primer volumen fue Renacida). Y la charla comienza así. Luego se bifurcará por varios caminos íntimos e intelectuales, como es de esperar También presente en la sala de la galería –un amplísimo cuarto bien iluminado, sin ventanas, con un sabor entre biblioteca de arte, archivo y bunker Zen– está la cámara de Ñ Digital. Lo mencionamos porque un video de la conversación estará online en el sitio de Ñ, pero también por cómo comienza la charla. Cozarinsky hecha una mirada cómplice a la documentalista Victoria Reale como para decir, "¿Ya estamos filmando?". Reale asiente con una mirada afirmativa. Entonces Cozarinsky mira fijo a la cámara y, levantando sus brazos, ejecuta un dramático pero escueto aplauso: una claqueta improvisada para marcar el comienzo del rodaje.

"Es el director en vos...", se ríe David Rieff (58 años), encorvado angularmente en su silla en una de las esquinas de la enorme mesa cuadrada de madera clara. Cozarinsky (72 años), que está sentado en la misma punta, pero al otro costado, no se saca la campera negra de invierno. Con el café recién servido entre los dos, el entrevistador comienza con una introducción sobre la historia de la relación entre ellos. Habla un inglés cosmopolita. La lengua internacional de este largo momento histórico que tal vez esté entrando ya en su crepúsculo.

"Yo conocí a David hace unos ya cuarenta años, una Nochebuena en París, cuando estaba visitando a su madre, Susan, una amiga mía de mucho tiempo. Aún era un teenager ."

-Edgardo Cozarinsky: Puedo decir que te consideraba un amigo antes, pero que nuestra amistad se fortaleció después de que Susan muriera. ¿Qué piensas de esto?

-David Rieff: Es verdad. Pero creo que siempre fui reticente con los amigos de mi madre. Pensaba que tenía que existir una división entre el estado y la iglesia, por decirlo así. Sino era demasiado incestuoso estar demasiado cerca de gente con la cual ella estaba muy cerca y cuya amistad preexistía a la mía... Al revés, a veces funcionaba: que amigos míos se hicieran amigos de ella. Pero en el caso de sus amigos –y vos eras íntimo de ella, especialmente en su período de París (de hecho vos apareces en los diarios)– sentía que tenía que haber una cierta distancia.

"Estos son una versión de sus diarios"

Uno nunca deja de ser el hijo de sus padres, aun cuando ellos mueren. El caso se exagera cuando el padre o madre es una eminencia de fama internacional. Más cuando uno trabaja en la misma profesión que ese padre o esa madre. Y más aún cuando uno asumió el trabajo de ser el curador de la obra póstuma del padre o la madre. Tal es el caso de David Rieff.

EC: Lo que me interesa –casi más como una situacion literaria que humana– es que estás editando los diarios de Susan. Seguramente ya sabías muchas de las cosas que cuenta en los diarios. Pero, ¿hubo cosas que te sorprendieron? No hechos, pero tal vez sentimientos, impresiones, opiniones... Porque ella comenzó los diarios cuando era una niña, antes de que nacieras. Entonces, ¿tuviste revelaciones editando los diarios? ¿O simplemente fue la confirmación de la imagen que ya tenías?

-DR: Ella no llevaba diarios de una forma tradicional. No escribía como los diaristas famosos que llegaban a casa después de una cena y escribían los eventos del día junto con emociones y especulaciones. Ella llevaba los diarios con intensidad intermitente y escribía más cuando estaba descontenta que cuando se sentía bien. Entonces, en los largos períodos en los que ella se sentía bastante bien hay muy poco escrito. Otra cosa es que hay un sinfín de listas. A ella le encantaban las listas. Eran una forma –entre muchas otras cosas– de seguir siendo un alumna, porque ella era una alumna perpetua. También eran una forma de mantener el mundo bajo su control, porque era una persona muy ansiosa. También las listas funcionaban como puntos de referencia. Eran libretas de trabajo: listas de libros que había leído, de libros que quería leer, películas que había visto, de grabaciones que escuchaba y quería escuchar... Al hacer los diarios, la primera cosa que tuve que hacer fue inventarles la forma. Tuve que decidir qué era lo importante. Y no sólo se trataba de elegir cuáles entradas publicar, sino que dentro de las mismas entradas tuve que hacer una edición.

No me gusta hablar mucho de estas cuestiones. Lo estoy haciendo porque es la Argentina, y siento que puedo hacer una excepción. Suelo no hablar del trabajo de mi madre, edito nada más. Es mi deber y mi honor hacerlo, pero no quiero presentarme como un gran experto sobre su trabajo. Podemos hablar sobre lo personal, porque eso es distinto, y en ese campo supongo que sí soy un experto. En cuanto a la edición: otra persona lo podría haber hecho de otra forma. Si ella hubiera vivido la larga vida que quería vivir, tal vez ella misma hubiera editado sus propios diarios. Hubiera tomado decisiones muy diferentes. Soy terriblemente consciente de eso. Pero no hay nada que se pueda hacer al respeto. Soy el único que quedó, entonces me toca a mí. Esta es sólo una versión de sus diarios. En cuanto a las sorpresas, a mí me llamó la atención cuán consistente eran sus ambiciones y sus puntos ciegos. De alguna manera ella fue ella misma a una edad muy temprana... Siempre estaba hablando sobre la transformación y la transformación era una parte central de mucho de su trabajo –las películas, tanto Duet for Cannibals y Brother Carl– son sobre la transformación. Y una de sus películas favoritas era Odet de Dryer, que es sobre un milagro...

EC: Ella dijo en algún momento que la posibilidad de un milagro era la única cosa que tenía importancia.

-DR: Bueno, si no hubiera sido una atea rigurosa, hubiera sido una buena mística cristiana. Desafortunadamente el materialismo mostró su fea cabeza.

EC: Era una atea pero también era, de alguna manera, culturalmente judía.

-DR: Sí. Tenía una relación muy complicada con eso.

EC: Ella dijo en algún lado que era una católica de placar.

-DR: Creo que ella quería ser una católica de placar. Baudelaire dice en algún lugar de sus diarios: "Siento el viento de las alas de la locura...". Y de alguna manera creo que le hubiera gustado ser una católica wildeana. Tú tal vez serás un converso pero ella no.

EC: Lo dudo, a esta edad tan tardía.

DR: Bueno, nunca se sabe... Roma sigue estando allí. Pero para contestar bien tu pregunta original. Me llama la atención la consistencia de interés, ambición y tambien, sus errores. Es interesante. Cuando ella era una mujer muy joven, huyó de su marido y de mí y de la niñera para irse a Europa, alrededor de 1956. Pasó más de un año entre Oxford y París. Me contó una vez que en un momento de ese período estuvo en Grecia y vio una representación de Medea al aire libre. Aún era el mundo premoderno... Mi madre recordaba que cuando Medea está por matar a sus hijos, la gente en la audiencia gritaba "¡No lo hagas, Medea!". Tengo que decir que tengo esta misma sensación una y otra vez cuando leo sus cuadernos, cuando hay una affaire después de otro. Y al editarlos, yo pensaba: "¡No lo hagas, Susan!".

En cuanto a las revelaciones:los primeros dos volúmenes que he publicado van desde que mi madre tuvo 14 años hasta que tuvo 31. Yo tengo 58 años, entonces he tenido la extrañísima experiencia de leer los diarios de un padre, pero también la de una persona vieja leyendo los diarios de una persona joven. Es extremadamente peculiar.

Memorias de un hijo

EC: Ahora, en este otro libro que publicaste en inglés, "Nadando en un mar de muerte, las memorias de un hijo", hablás de los últimos meses de la vida de Susan. Y es un libro, al parecer, contenido. Desde el punto de vista literario esto es un gran triunfo porque se ve la intensidad de los sentimientos, pero nunca llega a ser sentimental. ¿Cómo fueron para ti estos últimos meses de su vida?

-DR: Soy alérgico al sentimentalismo. Lo detesto. Creo que es el kitsch de las emociones y que destruye el pensamiento. No quería escribir un libro que llevase a que Oprah Winfrey me invitara a su programa, sino todo lo contrario: quería escribir un libro que desagrade a los lectores de Oprah Winfrey. Pero uno dice la verdad sólo hasta el punto en que uno lo entiende y es posible que uno haya malentendido algo. Pero también estaba limitado por mi decisión de no escribir sobre situaciones de las cuales no conocía la verdad entera como yo lo podría entender. Por ejemplo, no iba a hablar de la relación de mi mamá con Annie Leibovitz. Sí escribí una frase muy enojado sobre unas fotos que sacó Leibovitz después de la muerte de mi madre. Sentí que le debía ese comentario al lector. Y en cuanto a mi madre, los últimos diez años de nuestra conexión eran muy difíciles. Sentí que el lector se merecía tener esta información. Pero para contestar concretamente a tu pregunta sobre cómo me sentí, debo decir que cuando ella se enfermó con su tercer cáncer, después de haber sobrevivido a dos anteriores, entré en una especie de neutralidad emocional. Hay tanta administración en una enfermedad... Va sonar muy frío pero en ese momento creo que no sentí mucho. Soy bueno al momento de distanciarme. Pero tienes que serlo en este tipo de situación. Tú lo sabes bien con lo que pasó con tu madre.

EC: Es extraordinariamente claro lo que cuentas. En mi caso, brevemente, empecé a sentir que mi madre murió después de pagar las últimas cuentas. De alguna manera este trabajo de mantener todo en orden e interactuar con todas las personas involucradas en su tratamiento... Una vez que terminó eso había de repente un vacío. Y ese vacío era el vacío de su muerte.

-DR: Y después es un proceso. El libro, seguramente, era parte de ese proceso. No fue mi intención escribir el libro, pero escribí un artículo y de allí parecía que había algo para hacer. Espero que uno que no esté interesado en Susan Sontag pueda encontrar algo de interés en este libro, en cuanto que el libro pueda tener una narrativa más allá del momento periodístico. Tiene que ser sobre algo más grande. Y este libro trata sobre el tema de no estar reconcilado con la muerte. Y no encontrar manera de acomodar la idea de la extinción de uno mismo. Distintas personas tienen distintas capacidades para enfrentar la muerte. Y ella no lo tenía. Creo que yo tampoco la tengo. Pero al fin se convierte en un objeto que ya no te pertenece... Ahora, esto es un libro y la gente podrá hacer con ello lo que le parezca.


COZARINSKY BASICO
Buenos Aires, 1939
Escritor, cienasta y dramaturgo

Autor polifacético y de obra extraña, vivió durante muchos años en París. Su primer libro, "Vudu Urbano", que venía con prólogo de Susan Sontag, lo puso en un lugar destacado en el mapa literario de la época. Luego vinieron 12 libros más de narrativa. Dirigió también veinte películas, algunas de ellas en francés y otras en español. Fue también actor, y ha escrito obras para teatro. Recibió premios como el Konex de Platino. Su última novela es "La tercera mañana" (Tusquets, 2011).


RIEFF BASICO
Boston, 1952
Analista político y crítico

Licenciado en Historia en la Universidad de Princeton. Es miembro de The New York Institute for the Humanities y ha colaborado como editor en el World Policy Journal, en The New Republic y en Harper's Magazine. Ha publicado también siete libros, entre los que destacan los territoriales "Camino de Miami", "Los Angeles, Capital of the Third World" y "Slaughterhouse: Bosnia and the Failure of the West". Ha compilado los diarios de su madre, la gran Susan Sontag.

31.5.11

La educación intelectual

La edición de sus cuadernos de notas, escritos entre 1947 y 1964, permite rastrear el desarrollo de una de las figuras del pensamiento occidental
Sontag. Este sería el primer tomo de los diarios de la escritora.foto.fuente: Revista Ñ

¿Quién era Susan Sontag antes de convertirse en Susan Sontag? "Una autodidacta heroica", afirma ella misma, repasando sus comienzos en una entrevista con The Paris Review. En el epílogo a Contra la interpretación, amplía la definición a "esteta beligerante y moralista apenas disimulada" y, también, a "combatiente de nuevo cuño en una batalla muy antigua: contra el filisteísmo, contra la superficialidad y la indiferencia estéticas". Más allá de cierto ronroneo de vanidad, esas declaraciones tienen un problema fundamental: son retrospectivas, por lo que no dicen gran cosa sobre la formación del carácter, ni documentan el día a día del aprendizaje. Pero la publicación de sus diarios invierte la perspectiva. Los lectores encontrarán en ellos una descripción de la lucha literaria contemporánea a los hechos.

Sontag llevó un diario toda su vida adulta, desde los doce años hasta el año de su muerte, 2004. Para entonces había llenado un centenar de cuadernos, que se alineaban en el vestidor de su habitación junto a otros objetos personales como fotografías y recuerdos de familia. No formaban exactamente un proyecto secreto, pero sólo unos pocos amigos tuvieron conocimiento (indirecto) de esos escritos. La autora nunca publicó un extracto, ni dejó tampoco instrucciones precisas sobre qué debía hacerse con la colección cuando ella ya no estuviese. Su hijo y editor, David Rieff, recuerda una solo conversación sobre el tema durante la enfermedad final de Sontag. Las palabras maternas: "Ya sabes dónde están los diarios".

Saber dónde están los diarios, por supuesto, no es lo mismo que saber qué hacer con ellos. Pero Rieff, como explica en el prólogo sobrio a Renacida, no tuvo muchas opciones, porque el soporte material de los cuadernos no le pertenecía. Sontag había vendido su archivo a la biblioteca de la Universidad de California en Los Angeles y, por contrato, correspondía entregarlos con el resto de sus papeles, como se hizo. Si el hijo no publicaba, otro lo haría. Aunque es muy consciente de que la divulgación viola "la intimidad" de la autora, Rieff no parece haber dudado del valor intrínseco de los papeles. "Afirmar que estos diarios son reveladores es un drástico eufemismo", escribe, con lo que yo llamaría una pequeña hipérbole.

Hay que ser claros, entretanto, en cuanto a qué tipo de textos tenemos. Rieff los llama " diaries " (diario íntimo), lo que es un poco más personal que "journal" (diario), pero por momentos se acercan a los "cuaderno de notas", como por ejemplo los carnets de Camus, que Sontag reseñó. Las anotaciones son mayormente parcas e inconexas. Abundan las listas de palabras, títulos y nombres de autores. Más aún, las anécdotas jugosas o los autoanálisis de fondo comúnmente asociados con la escritura íntima están ausentes. Comparadas con los inspirados diarios de una Hélène Berr, por mirar a otra joven intelectual en ciernes, estas notas echan en falta amplitud. Sontag escribe además con la razón siempre encendida; no hay desarreglos emocionales ni destellos lingüísticos como los que aparecen, por dar otro ejemplo juvenil, en los diarios de Sylvia Plath (Sontag evalúa desarreglos, lo que es muy distinto). Aunque sorprendentemente madura, la prosa es casi siempre instrumental, por lo que rara vez alcanza a grandes diaristas de la lengua inglesa como Katherine Mansfield o Virginia Woolf. El interés del diario hay que buscarlo, más bien, en la historia de un aprendizaje.

Primero de tres volúmenes planeados, Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964 se extiende desde la adolescencia de la escritora hasta el año en que publica "Notas sobre lo camp", quizás su ensayo más famoso. Rieff tuvo el buen gusto de no poner "Continuará", pero calculó los cortes con la destreza de un folletinista. En el comienzo, Sontag es una chica de 14 años que desea escapar de las constricciones de la monótona vida de familia en compañía de su madre y su padre adoptivo, Nathan Sontag (su verdadero padre había muerto cuando ella tenía cinco años). Apenas si aparece la novela familiar; pero hay acotaciones elocuentes: "Malgasté la noche con Nat[han]. Me dio una lección de conducir y después lo acompañé y fingí que disfrutaba una película en Technicolor de sangre y truenos". Nada de compañía vulgar para esta quinceañera que ya está escuchando la grabación del director Fritz Bush de Don Giovanni y, al mismo tiempo, leyendo el diario de Gide: "Gide y yo hemos alcanzado tal perfecta comunión intelectual que siento los mismos dolores de parto de cada idea que alumbra".

Uno reconoce, por supuesto, la pretensión sin límites de frases como la anterior, pero la ambición intelectual de la diarista es tan urgente que enternece. Al mismo tiempo, su sensibilidad no está aún disociada en reacción emocional y evaluación razonada. La curiosidad de Sontag, que nunca la abandonaría, es por ahora impulsiva. Al anotar qué autores ha de leer, sinfonías de escuchar, u obras de teatro de ver, Sontag expone su deseo casi bulímico de consumir cultura, de apropiársela. En diciembre de 1948, por ejemplo, hace planes de lectura:

Los monederos falsos
–Gide
El inmoralista –"
Las aventuras de Lafcadio –"
Corydon –"
Tar – Sherwood Anderson
The Island Within –Ludwig Lewisohn
Santuario –William Faulkner
Esther Waters – George Moore
Diario de un escritor – Dostoievski
Al revés – Huysmans
El discípulo – Paul Bourget
Sanin – Mijail Artzybashev
Johnny cogió su fusil – Dalton Trumbo
La salvación de un Forsyte – Galsworthy
El egoísta – George Meredith
Diana de las encrucijadas –"
La ordalía de Ricardo Feverel –"

Hasta ahí, la prosa. Pero también le interesa la poesía: "Dante, Ariosto, Tasso, Tibulo, Heine, Pushkin, Rimbaud, Verlaine, Apollinaire". Y, naturalmente, el teatro: "Synge, O'Neill, Calderón, Shaw, Hellman..." Todavía no ha cumplido los dieciséis. Anota Rieff para dejar en claro la amplitud mental de su madre: "Esta lista prosigue otras cinco páginas y se mencionan más de un centenar de títulos". Quizás no es una impertinencia señalar que nadie sabe a cuántos de todos esos nombres ilustres Sontag leyó entonces. Pero aún así. ¡Mijail Artzybashev! A los dieciséis años, la lectora precoz parte a la Universidad de Berkeley, California. "Quiero escribir", anota a poco de llegar. Pero escribir no es un mero deseo profesional, sino que conlleva una reinvención de sí misma. De ahí el título elegido por Rieff, en alusión a una frase consignada en mayo de 1949: "RENAZCO EN LA EPOCA REFERIDA EN ESTE CUADERNO". De hecho, las listas como las anteriores son una afirmación de la personalidad, incluso de la voluntad. Por esa época despunta la convicción de Sontag de que un escritor no está atado a sus orígenes ni a una cultura en particular. Debe, antes bien, "interesarse por todo". Y cuando anota que va a concentrarse en "Aristóteles, Yeats, Hardy y Henry James", reconocemos el alba de la futura ensayista panóptica: he aquí a la joven Sontag frotando en la misma frase las connotaciones de un clásico y tres grandes modernizadores; sólo falta la mención de algún oscuro dramaturgo japonés para que lleguemos al mediodía de su método. Es también notable que, mientras se dedica a los escritores de la modernidad, sus opiniones sobre literatura empiezan a hacer eco de las vanguardias. "La técnica[...] la exuberancia verbal me atraen con gran intensidad" (01/03/49). Sontag no sólo quiere leer, oír y mirar; busca estar al día en sus apreciaciones.

La precocidad no siempre se vive felizmente. Sontag se refiere desde temprano a la "angustiosa dicotomía de cuerpo y mente", y no sorprende ver que, en su adolescencia, encuentra en el intelecto un refugio a sus "temores e inhibiciones". Anota con "renuencia" sus "tendencias lésbicas" (25/12/ 48), aunque en California descubre el sexo gozoso con una mujer a la que se refiere como H. Y exclama: "Ya conozco la verdad –sé cuán bueno y correcto es amar– se me ha dado, de algún modo, permiso para vivir". De pronto le parece "posible vivir a través del cuerpo y evitar todas esas horribles dicotomías". Hasta se permite exclamar: "Estoy viva... Soy hermosa... ¿hay algo más?" Y en la misma entrada: "Sé lo que quiero hacer con mi vida, todo esto es muy sencillo, pero en el pasado me era muy difícil saberlo. Quiero acostarme con muchas personas.Quiero vivir y aborrezco la muerte. No daré clases, ni obtendré un máster después de graduarme... ¡No tengo la intención de dejar que mi intelecto me domine, y lo único que no quiero es venerar el conocimiento o a la gente que lo posee!" Es uno de los pasajes más conmovedores del diario, precisamente porque ninguna de las autopromesas va a cumplirse. Sontag se embarcaría en relaciones largas y desgastantes, daría clases y obtendría no uno sino dos másteres (aunque nunca completaría su doctorado). Por supuesto, resulta de lo más irónico, en retrospectiva, que "la mujer más inteligente de Estados Unidos", como la llamó Jonathan Miller, se proponga no venerar a los poseedores de conocimientos. En 1949, Sontag se propone también "aceptar mi homosexualidad" y llevar una "vida desarraigada, frenética". Pero, una vez más, la historia le arruina los planes. En 1950, se cambia de la universidad de California a la de Chicago, donde se le ofrece "una maravillosa oportunidad–hacer algún trabajo de investigación para un profesor asociado de soc[iología] llamado Philip Rieff". En diciembre de ese año, con apenas 17 años, se casa con Rieff. Anota: "Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción".

Fechada el 3 de enero, la frase anterior es la única entrada de 1951. David Rieff anota que no ha encontrado, salvo ella, "ningún cuaderno correspondiente a 1951 o 1952". Y el silencio habla del comienzo de un período difícil, que se extenderá por siete años. Para Sontag, el matrimonio llegará a ser "una institución comprometida con el embotamiento de los sentimientos" (4/9/56) y la "perdida de la personalidad". (14/2/57). Leemos constantes alusiones a peleas y discusiones, aunque ninguna descripción de una, ni asignaciones de culpas. Característicamente, Sontag empieza a proyectar por esta época unas "notas sobre el matrimonio", que nunca recopila. De las desavenencias matrimoniales no la salva la escritura, pero sí el estudio. En 1958 una beca le permite partir a la universidad de Oxford, Inglaterra, desde donde a su vez seguirá camino a París y a la Sorbona.

En París llega la apoteosis de Sontag, una eurófila declarada. Y los años 1958-59 son quizás los más ricos del diario. En lo personal, Sontag retoma su relación, profundamente infeliz, con H. y conoce a la dramaturga Maria Irene Fornes, con quien conviviría de regreso a Nueva York a principio de los sesenta (para complicar las cosas Fornes y H habían sido amantes), tras divorciarse de Philip Rieff. Pero lo más interesante es que se acelera su maduración intelectual. Ya no leemos meras listas, sino despiertas observaciones críticas, algunas plenamente sontaguianas, como la siguiente sobre artes autoreferenciaes: "Pirandello, Brecht, Genet –para los tres, de un modo ejemplar y contrastante, el tema del teatro– es el teatro. En cuanto a los action painters , el tema de la pintura es la acción de pintar. Compárese Esta noche se improvisa [de Pirandello], Las criadas [de Genet], El círculo de tiza caucasiano …" Sontag, en efecto, no puede dejar de comparar: "Racine es más ajeno que el teatro Kabuki [...] La obra consiste en una serie de enfrentamientos de dos o a lo sumo tres personajes (¡sin derroches shakespearianos!); el medio intelectual no es ni el diálogo ni el soliloquio, pero algo intermedio, que me pareció desagradable – la diatriba".

Uno vuelve, al leer estas entradas, a la idea de que el escritor tiene que interesarse "por todo". Ahora, ¿qué quiere decir interesarse por todo, como escritor? En el caso de Sontag, estudiar sin pausa las diversas manifestaciones del arte, la música, la política, la historia, la filosofía, la historia de la religión... Pero David Rieff, quizá sin darse cuenta, introduce una salvedad importante al contrastarla con el novelista John Updike: "Es imposible imaginar que [ella] afirmara que debía 'contar todo sobre Tucson' [...] del mismo modo en que Updike afirmó respecto de sus comienzos como escritor que tenía que 'contar todo sobre Shillington [...]', su pueblo natal." El problema es que, al escribir para definirse, "en diálogo conmigo misma, con los escritores vivos y muertos que admiro, con los lectores ideales..." (1962), Sontag desatiendía su relación con el mundo material. Demostraba las mejores cualidades de un novelista al escribir ensayos, considerando las ideas como personajes y retratándolas amorosamente; por desgracia, no demostraba el mismo grado de curiosidad al escribir novelas. Escribo, dice Sontag en 1957, "por egotismo. Porque quiero ser ese personaje, una escritora, y no porque haya algo que deba decir", lo cual es una afirmación bastante extraña. Difícilmente se le oiría a Updike, que tanto tuvo que decir sobre Sillington.

Que Sontag era consciente de esas limitaciones lo prueba una entrada crucial de diciembre de 1961: "El escritor debe ser cuatro personas:
1) El loco, el obsédé.
2) El tarado
3) El estilista
4) El crítico
1 suministra el material; 2 permite que aflore; 3 es el gusto; 4 es la inteligencia. Un gran escritor es los cuatro – pero puedes ser aún un buen escritor con 1) y 2) solamente; son muy importantes."

La intimación que flota por sobre esa lista es la de saberse mayormente 3) y 4). Y ahí reside quizá la tragedia privada de Sontag. Los diarios, como nota Rieff, fluctúan entre "el dolor y la ambición": dolor personal, ambición intelectual. Pero está también el dolor de la ambición. En Renacida aparece, contra los pronósticos de la autora, no una gran escritora de ficción, sino una ensayista ejemplar, que en la época en que termina esta selección puede escribir un diagnóstico como el siguiente: "Es tiempo de que la novela se convierta en lo que no es en Inglaterra y Estados Unidos: una forma seria de arte que las personas de gusto serio y refinado en otras ramas del arte puedan tomarse en serio" ("Nathalie Sarraute y la novela", 1962). A Sontag, cuya mejor novela sería un romance histórico, El amante del volcán, no le tocaría participar de esa revolución estética; pero nadie como ella para apreciar la seriedad del mandato.

10.5.11

México en la piel

En pocos meses se publicaron en Argentina Tarde o temprano, su poesía reunida, la novela corta Las batallas en el desierto y ahora El principio del placer y otros cuentos, pero el mexicano José Emilio Pacheco recién se entera de que sus libros llegaron a nuestro país. Vive en el Distrito Federal, muy preocupado por la violencia y en una casa desbordada de libros. Con humor y bastante alejado de las promociones literarias, en esta entrevista repasa gran parte de su vida, incluyendo las insólitas historias familiares ligadas a la revolución y su actual estado precario de salud, mientras continúa escribiendo poesía y narrativa, los dos amores que se empecina en cultivar, aunque sus lectores hayan quedado partidos entre uno y otro género

Portada.Libro de cuentos de José Emilio Pacheco.foto.fuente:pagina12.com.ar

Y acá está: se publica por primera vez en la Argentina un libro de relatos de José Emilio Pacheco. El año pasado, cuando aparecían en este suplemento los comentarios acerca de Tarde o temprano, el volumen que reúne su poesía, y de Las batallas en el desierto, una novela corta que narra el enamoramiento fulgurante de un chico de diez años de la mamá de un compañero de escuela en la ciudad de México a fines de los años '40, ya se prenunciaba para 2011 la edición de El principio del placer y otros cuentos. Y es notable que el autor, desde el otro lado de la línea en Colonia Condesa, Distrito Federal, se entere de que han editado libros suyos aquí mientras transcurre esta entrevista. Tan notable, quizá, como que hayan pasado unos treinta/cincuenta años desde la publicación inicial de estas ficciones de Pacheco, que en 2009 recibió los premios Cervantes y Reina Sofía, unos reconocimientos que se enlazan con otros cuantos y que, a la vez, parecen guardar relación con su bienvenido desembarco en el Plata.

"Moderno, tradicional y si tal cosa existe, posmoderno, por lo menos en lo tocante a su gusto por los fragmentos, José Emilio Pacheco es todo lo que siempre quiso ser: un escritor fiel a su disciplina, su capacidad de renovación y sus obsesiones que siempre se adelantan a las obsesiones de todos nosotros." La definición es de Carlos Monsiváis, amigo de Pacheco durante décadas, y cierra un retrato de una obra en la que talla el desarrollo de un personaje poético "que huye del chantaje sentimental y de los laberintos psicoanalíticos" y corresponde "estrictamente a una ideología literaria".

"Un personaje escéptico y desencantado –sigue Monsiváis en este texto, publicado en Nexos–, que resiente los atropellos de la historia y obtiene los privilegios que la poesía contiene: el hallazgo del lirismo en la naturaleza, los ecos de la calle, el sendero de los epitafios que fueron instituciones, en suma, la música verbal. No es un cínico ni está de vuelta de los límites, no es un radical converso al mercado libre ni un rentista de la isla de Los últimos días, es un ser al que –con la ventaja de la perspectiva histórica– le tocó vivir en la peor y en la mejor de las épocas, en el ir y venir del desbordamiento de las fronteras." El revés o la continuidad de su desencanto es la lucidez, plantea Monsiváis, y no ser un ideólogo le posibilita "visiones únicas de la realidad planetaria". "Viaja de modo continuo a la alegría de la forma –concluye–, que bien puede corresponderse con la infelicidad de las situaciones descritas, y localiza la plenitud de la belleza de la palabra que contradice o anula los monólogos de la pesadilla de la historia."

Lírica, narrativa: son notorios los vasos comunicantes entre ambas en los poemarios y las ficciones de Pacheco.

"Yo no sé si en la Argentina se da una tragedia que noto en México, que siempre eres un ser dividido entre las personas que te leen los versos y otras que leen las narraciones –se oye al escritor en el teléfono–. Y tampoco puedo pedirle a nadie que lea las dos cosas, ¿no? Pasa muy frecuentemente que me digan 'Oye, no has publicado nada'; 'Cómo no, he publicado un libro de poemas, quiero que lo...'; 'No, no, yo de poesía no entiendo nada'. Eso la mayoría, pero también está el fundamentalismo de los poetas, que dicen: 'No, yo no leo narrativa, sólo leo poesía y ensayo'. Bueno."

No padece este tipo de fundamentalismo, usted.

–Creo que no. A mí me interesó todo como una unidad. Y no sé si estaba en verso o en prosa, yo leía todo. Y después quise escribir de todo sin hacer una diferencia. Pero oye, no me trates de usted, por favor, hablemos de tú o de vos.

INFANCIA Y ENTREVISTA

El principio del placer contiene, en rigor, dos libros de cuentos de Pacheco: uno que da nombre a éste (publicado en 1972) y El viento distante (de 1963). Es curioso, también, que El principio del placer, el relato en sí, sean fragmentos de un diario escrito por un pibe de doce o trece enamoradísimo de una chica un par de años mayor: como en Las batallas en el desierto, la zozobra del chico habilita un acercamiento a la angustia, la (des)ilusión y el humor, a la vez que retrata el imaginario, aquí, de la Veracruz de comienzos de los '50. A treinta años de su publicación, Las batallas... es un clásico que además de inspirar una película (Mariana, Mariana, de Alberto Isaac), una canción de Café Tacuba y una obra de teatro (estrenada hace unos días), sigue leyéndose mucho en México (estaba entre los libros más vendidos esta semana allí). "Se ha leído tanto que ya no me pertenece, es un libro de los lectores, no mío –dice Pacheco–. Cuando lo escribí, cuando salió, dije: "Esto le va a interesar a cinco personas que tengan mi edad y que hayan vivido en Colonia Roma en esos años, porque incluso tiene cosas de vocabulario que ya son incomprensibles. Y resulta que la mayor parte de sus lectores han sido jóvenes y fuera de México".

Varios de los relatos de El principio del placer enfocan en el desasosiego de niños o adolescentes: "Los únicos amores verdaderamente trágicos son los de los niños y los de los ancianos, porque no tienen ninguna esperanza", ha dicho Pacheco en alguna entrevista, pero hoy, cuando se le pregunta por su enfoque en el tema, dice: "Es que ahora hay millones de novelas y cuentos sobre adolescentes, pero en la época en que lo publiqué no había muchos, como que el tema no se había descubierto todavía –argumenta, casi como excusándose, y enseguida va a piantarle a cualquier teoría–. Uno no elige, a uno se le ocurre algo y luego escribe. Y después, ya con lo que dicen los críticos, hablas de eso como si hubiera sido un propósito preexistente. Ahora digo que no había cuentos para adolescentes, pero en aquel momento yo no había reparado en eso".

"Soy muy malo para las entrevistas –dice–. Llegué muy tarde; un escritor o una escritora jóvenes están acostumbrados, saben hablar. Pero yo no, porque en mis tiempos no existía. Uno escribía y nada más, no tenía por qué ser telegénico. Como con la computación: los jóvenes son los nativos y uno es un emigrante que llega al mundo de los medios y la electrónica." Sigue (y seguro ironiza, un poco): "Admiro tanto a esas personas que les haces unas preguntas y es como si oprimieras un botón: tienen todo que parece preparado. Me pasa como cuando escribo: si no veo lo que escribo, no sé pensar. Tengo que pensar escribiendo, estoy totalmente limitado a eso. Es mi único medio de expresión, y estoy tan acostumbrado a hacerlo que me sacas de eso y entonces me vuelvo un niño de siete años. Pero no un niño de ahora, que sabe de computación lo que uno no podría adquirir en una vida entera, ¿no?".

En varios de los relatos de El principio del placer lo fantástico se filtra en el cotidiano para incorporar ahí oscuridades, resplandores, exploraciones a la "alegría de la forma" de la que hablaba Monsiváis, con cuentos dentro de cuentos, rasgos de lo detectivesco, saltos imperceptibles entre tiempos y mundos, viajes a las entrañas de una ciudad fundada sobre la desolación de otra, la azteca, la arrasada, y tramas en las que laten masacres militares gringas y mexicanas.

La historia particular suele rozar, en estos relatos, la historia nacional. En "Virgen de los veranos", por seguir inventariando el repertorio de registros, es fabulosa la oralidad popular de su protagonista, Anselmo, un atorrante que curra unas temporadas con el cuento de una imagen milagrosa a la que veneran lugareños primero y peregrinos después. "Pues fíjate que ese relato me ha costado un trabajo fenomenal, y nadie jamás me ha dicho que lo ha visto o que lo ha analizado –dice Pacheco–. Claro, Anselmo es un pícaro, en el sentido de la novela española, la picaresca, a la que hace muchas referencias: el cura ahí se llama García Guerra, y así se llamaba el obispo que trajo a México a Mateo Alemán. Está lleno de esas cosas, que cayeron al vacío. Es muy curioso lo que sucede con la literatura."

HORROR CERCA, HORROR LEJOS

"A la edad que tengo, me temo, voy a tener que guardar el dinero del Cervantes para gastos de hospital", dijo cuando lo recibió, y fue premonitorio: "Estoy muy mal, no puedo caminar bien, y entonces me hacen unos tratamientos totalmente confusos –dice apenas se le pregunta cómo anda–. Llegué en perfecto estado de salud a los 70, pero después vino una caída absoluta. Trato de escribir, pero esto me ha destrozado, y tengo cosas muy atrasadas. Necesito de la producción, porque necesito pagar esto, que es una barbaridad de dinero y una pesadilla, porque un médico te manda otro, y otro al laboratorio. Recurrí a la seguridad pública, hice un examen allí, pero me dieron cita para agosto de 2012. Si espero a esa fecha me voy a morir". Pacheco tiene problemas de columna: casi le ha desaparecido una vértebra, dice. "En realidad es una enfermedad profesional –sigue–. La gente divide y dice trabajo individual-trabajo manual; escribir es un trabajo manual terrible, y esto lo demuestra, porque me ha desaparecido una vértebra por estar sentado escribiendo, o leyendo. Y eso que procuraba hacer ejercicio, caminar mucho. Pero estas cosas te pasan a esta edad por cualquier razón, por haber hecho ejercicio o por no haberlo hecho. No hay manera de escaparse de la vejez y la muerte; uno siempre lo tenía en mente, aunque como cosa lejana: es muy duro cuando se presenta. Pero en fin, me defiendo y trato de salir adelante."

Cuenta Pacheco que casi desde adolescente vive en esa casa de Colonia Condesa, un barrio que fue de clase media, decayó fuerte y ahora se puso de moda, dice, y está lleno de bares y restaurantes que convocan. "En algún momento, cuando decía dónde vivía, me miraban como diciendo 'este debe ser un escritor de séptima categoría, porque si fuera bueno viviría en San Angel o Coyoacán' –bromea–. Vivo en una casa pequeña que sobrevivió, porque casi todas las que había fueron reemplazadas por edificios durante el México de Cárdenas. Estoy, aquí, totalmente invadido por los libros. Y he acumulado tantos porque soy incapaz de deshacerme de ellos: alguien me manda uno y yo le agradezco mucho que se haya tomado la molestia de ir al correo: ¿cómo voy a deshacerme de ese libro? Es terrible, el asunto nos expulsó ahora del comedor, ya no podemos invitar a nadie. Se ha convertido este sitio en algo muy singular, un depósito de la memoria, con colecciones que ya no se consiguen en ningún lado. ¡Haría falta una beca para ordenar todo esto! Hace poco hicieron una serie sobre bibliotecas mexicanas y me pidieron retratarla, y les dije no, por favor, no vengan, porque el departamento de salubridad me va a cerrar la casa."

Pacheco está angustiado con la tremenda escalada de violencia en México, y no es para menos. "Ya se está hablando, aquí, del holocausto mexicano –dice–. Se descubren fosas con ciento cincuenta asesinados, masacrados. La causa principal es el consumo de drogas, el tráfico derivado sobre todo del mercado de Estados Unidos, para quien la situación es muy fácil, porque por una parte consumen y por otra yo nunca he visto allá detenciones, traficantes o enfrentamientos a balazos: a México le toca poner los muertos. La situación de los mexicanos es atroz, pero la mayoría de los muertos son inmigrantes muy pobres de países centroamericanos. La violencia y la opresión no tienen fin, y la verdad es que no observo ninguna solución a la vista. Es un mal momento para la entrevista, porque me tomas en una situación sumamente depresiva, ¿pero qué se puede hacer?" Comentarle que la gran mayoría de sus ficciones se sitúan en su país convoca a la excepción: "Bueno, pero mira qué curioso, porque tengo una novela que ahora desgraciadamente no está en circulación, que se llama Morirás lejos, y es sobre el Holocausto, transcurre en los campos de exterminio –dice Pacheco–. Se publicó en 1967: por entonces no había aquí nada sobre el tema, y me preguntaban: ¿pero por qué no escribes sobre cosas mexicanas? (se ríe). Y últimamente me dije que la novela vio lo que iba a pasar en México. Es interesante, porque no se parece al resto de la narrativa. Y los mejores críticos, quienes mejor apreciaron esa novela, fueron algunos lectores argentinos".

¿Se publicó acá, por los '60, entonces?

–No, nunca fue publicado. Hubo muchos intentos, y posibilidades, pero nunca publiqué nada allí. Es extraño, pero siempre terminaba pasando algo.

Hasta el año pasado, digamos.

–Pero no se ha publicado nada en Argentina, ¿no?

ARGENTINA EN EL RECUERDO

Pacheco ofrece mandar un cheque para recibir los volúmenes editados aquí, por mínimas que sean las diferencias respecto a la edición española. "Me encantaría tener eso –dice–. Es que durante mi infancia, mi adolescencia y mi juventud, para mí los libros eran los libros argentinos. Todo llegaba de Argentina, por la gran crisis de la industria editorial española. Era increíble, así como llegan hoy los españoles a las librerías, entonces eran los libros argentinos."

Refiere a los años '40 en adelante, quizás hasta la publicación de Cien años de soledad. "Sin ese poder de la industria editorial argentina Borges hubiera tardado mucho tiempo en ser reconocido –dice–. Y pienso en todas las traducciones que se hicieron, sobre todo en Sur y Sudamericana, que fueron las lecturas adolescentes de los que iban a ser los novelistas del llamado boom. Me parece que eso no está suficientemente estudiado, la cantidad y variedad de colecciones y traductores. Yo fui un gran beneficiario de todo eso. Y por eso me conmueve tanto que un libro mío se haya publicado allí."

Dice que no se considera un especialista sobre Borges (pero sí, sí), aunque ha dado unas cuantas conferencias sobre él: "Soy, en cambio, un lector muy antiguo suyo, lo leía cuando no era famoso". En aquel texto, Monsiváis se recuerda junto a él, de jovencitos, leyendo Historia universal de la infamia. "Y me enorgullezco –sigue Pacheco– de ser el único lector de mi generación que nunca lo entrevistó ni recibió de él el dictado de un poema 'mientras caminábamos por Buenos Aires', como dicen muchos. No, a mí no, nada." También pertenece, dice, a la minoría que prefiere, en Borges, su poesía.

"Me acuerdo de la emoción que fue encontrarme en la librería donde compraba Sur, en agosto de 1958, con un número que decía, en la tapa: 'Jorge Luis Borges - Sonetos'. Porque hacía muchos años que no escribía poemas."

"Tengo de Cortázar una historia muy bonita –cuenta–. En la librería Zaplana, a la que me llevaban mis padres a comprar los libros del Pato Donald y el Ratón Miguelito, después compré yo mis libros literarios, digamos. Y en el año 1951 llegaron tres o cuatro ejemplares de un libro de Sudamericana de un joven escritor argentino desconocido, que se llamaba Julio Cortázar. El libro se llamaba Bestiario. Cuatro años después voy a Zaplana y encuentro Bestiario. Eso sería imposible ahora: si no se vende, al libro lo hacen pedazos. Por eso siempre agradezco a la editorial Era, porque sin ella yo no existiría: mis libros vendían muy poco, pero me sostuvieron y pude seguir escribiendo."

EL RIO DE LA PIEDAD

Pacheco nació en 1939: su infancia estuvo impregnada de historias, imágenes y sensaciones de la Segunda Guerra Mundial, de la Guerra Civil Española y de sus exiliados. "Uno de mis primeros recuerdos –evoca– es el momento del incontenible avance japonés sobre el Pacífico, y la perspectiva de que los japoneses desembarcaran en México para atacar a los Estados Unidos. Pero no sé, al mismo tiempo, si esto es un recuerdo real o proviene de una historia ajena. En aquello estaban los apagones, los sacos de arena en las esquinas, la gente haciendo el servicio militar. No pasó nada, de eso me salvé, pero ahora estamos con esta violencia terrible, que es vivir en una guerra."

Se crió en una clase media que leía. "No sólo mis padres, sino todos los compañeritos de la escuela primaria: en cada casa había una biblioteca familiar –rememora–. Ir al teatro y a conciertos se consideraba como una parte normal de la vida. Siempre les agradezco mucho a mis padres que me llevaran a la sección infantil, me compraran un libro por semana y me dijeran 'cuando lo leas y nos digas de qué se trata, te compramos otro'. Por eso, creo yo, tomo ahora un libro y lo termino. O lo abandono definitivamente. Pero no leo cinco al mismo tiempo."

Su padre, el abogado José María Pacheco, intervino de lleno en la historia mexicana: estaba recién casado cuando lo instaron a falsear la ejecución, en octubre de 1927, del general revolucionario Francisco Serrano. "Le quisieron hacer firmar un documento con la fecha alterada –cuenta–, para asentar que había habido un consejo de guerra, pero él se negó y dijo que había sido un asesinato. Y entonces estuvo a punto de que lo fusilaran a él también. Gracias a eso, debido a eso, mi madre perdió a su primer hijo y a todos los que nacieron después, hasta que nací yo. Toda esta tragedia familiar fue muy determinante para mí, pero también este hombre que dijo no al poder. Después ya llevó una vida muy gris, tenía un despacho. Mi padre era muy pobre y para poder estudiar para abogado tuvo que hacerlo dentro del ejército, pero con esto se alejó y ya no volvió. Bueno, eso será el tema de un libro que no he terminado, quizás por demasiado ambicioso, sobre las cosas que se contaban en mi casa de todas las personas que habían participado en la revolución, lo que podríamos decir la visión de los vencidos."

¿Y le puso título a ese libro?

–Qué curioso hablar de esto; sí, le había puesto El río de la piedad. Es una locura lo que hicimos en la ciudad de México: un lugar que era totalmente lacustre se convirtió en un páramo. Este río corría donde se terminaba la ciudad, pero lo entubaron, como hicieron con todos aquí. La gente pasa por el viaducto que hicieron sobre él y no tiene la menor idea de que ahí está el río. Suele hablarse de la memoria del agua: hace unos días cayó una tromba y el cemento que lo encerraba estalló. Y mientras veía subir las aguas me decía esto me va a inundar la casa y adiós a los libros. Pero oye, sigues tratándome de usted, no consigo.

16.4.11

Alberto Manguel no cree en nacionalismos

Recorre en un libro su increíble vida, que lo ha llevado a residir en varios continentes y a acumular una biblioteca de casi 40.000 volúmenes, y que le ha hecho también no creer en fronteras y rechazar los nacionalismos exacerbados

El escritor argentino Alberto Manguel habló de su libro "Conversaciones con un amigo", en el que cuenta su increible vida y su pasión por la literatura.foto:EFE.fuente:lainformacion.com

"No creo en fronteras de ningún tipo, ni dogmáticas ni políticas ni literarias", aseguró hoy Manguel en una entrevista con Efe, en la que repasó algunos momentos de su vida, empezando por su "extraña infancia", y reflexionó sobre ciertas cuestiones a propósito del libro "Conversaciones con un amigo", publicado por Páginas de Espuma en coedición con el sello argentino "La Compañía".

El libro, que saldrá también en México, contiene una serie de conversaciones con su editor francés, Claude Rouquet, en las que Manguel habla de su pasión por los libros, defiende la necesidad de no quedarse callado "frente a las injusticias" y muestra una cierta culpabilidad por su falta de reacción ante la dictadura argentina.

"Yo no reaccioné como hubiese debido ante la dictadura, y como reaccionaron tantos otros que fueron torturados, asesinados y obligados al exilio", decía hoy Manguel, quien en su nueva obra resume su actitud con esta frase: "Yo fui sólo un turista en el infierno".

Este escritor, traductor, editor y antólogo, uno de los mayores expertos mundiales en la lectura, tuvo sus razones para comportarse así en aquellos duros años de la dictadura, y eso hace que se tome "mucho más tiempo antes de juzgar a los que no actúan en otras circunstancias".

La infancia de Manguel (Buenos Aires, 1948) fue "bastante extraña", reconoce el escritor. Su padre fue nombrado embajador de Argentina en el recién creado Estado de Israel y delegó la educación del niño en una niñera checa de familia judía alemana, llamada Ellin Slonitz, que hizo de "padre y madre" para el pequeño.

Ellin le hablaba en inglés y en alemán, le despertó el interés por la literatura y le enseñó también geografía, historia, matemáticas...

Los padres de Manguel hablaban español y algo de francés y durante los siete años que duró la estancia en Israel no intercambiaron palabra con su hijo ni lo harían luego con los otros dos hermanos que nacieron en aquel país y de cuya educación se encargó una gobernanta suiza que "pegaba horriblemente" a uno de los niños (de eso Manguel se enteraría de adulto) y que mimaba al otro.

Manguel se encontraba de vez en cuando con sus padres (la casa era inmensa) y les decía: "buenos días, señor; buenos días, señora". A sus hermanos apenas los veía. Jugaba con ellos "a veces, pero como se hace con los amigos", y se entendían en inglés.

Con el tiempo, su madre nunca pudo explicarle por qué no les enseñaron a los niños el castellano, una lengua que el escritor aprendería a partir de los siete años, cuando la familia regresó a Argentina. Fue entonces cuando empezó a tener una cierta relación con sus padres.

A pesar de todo, el autor de "Una historia de la lectura" aseguraba hoy que su infancia fue "muy feliz". "Podía hacer lo que yo quería y recibí una educación maravillosa. Tuve a una persona que hacía de padre y madre, que estaba conmigo 24 horas al día y que no tenía otra vida. Ahora veo esto último como algo muy cruel, pero, cuando niño, fue extraordinario".

Manguel tiene dos hijas y un hijo y va a ser abuelo muy pronto. El escritor no entiende "el comportamiento" de sus padres. No concibe "tener un hijo y estar separado de él durante siete años". Necesita saber qué hacen sus hijos y habla con ellos "casi todos los días".

Cuando fue creciendo, y tras esa experiencia enriquecedora de trabajar a los quince años como lector para Borges, que se había quedado ciego a principios de los cincuenta, Manguel empezó a cambiar de país como quien cambia de camisa y a lo largo de su vida ha vivido en Europa, Tahití y Canadá.

A Canadá le debe su carrera literaria y admira el civismo de sus ciudadanos. Le encanta tener la nacionalidad canadiense, aunque se siga diciendo de él que es un "escritor argentino".

Desde hace once años reside en Mondion (Francia), donde encontró el lugar adecuado para instalar su inmensa biblioteca. De adolescente quiso vivir rodeado de libros, y lo consiguió. La literatura le sirvió para "descubrir el mundo"·

En "Conversaciones con un amigo" Manguel critica con dureza cierto tipo de arte contemporáneo, "que son simples estafas contra las que no se alza ninguna voz", y rechaza con rotundidad "la mala literatura deliberada, al estilo de Paulo Coelho, Ángeles Mastretta o Michel Houellebecq"

13.4.11

Ultimas noticias de la ciencia ficción

País de espías, de William Gibson, el creador del cyberpunk, narra una historia que aborda de extraña manera los años posteriores al 11 de septiembre de 2001

William Gibson, considerado el padre del cyberpunk, en la ciencia ficción.Foto:internet.fuente:adncultura.com

Neuromante (1984), primera novela del norteamericano William Gibson (1948), fue mucho más que un libro. A través del término "cyberpunk" creó todo un concepto sugerente y elusivo que iba a influir en terrenos tan diversos como la música, el cine, la moda o el propio género de la ciencia ficción al que pertenecía, en ese entonces en crisis. Dio además un formato entre visual y de vocabulario al gran mundo digital en expansión (en especial a "la Red"), suspendido entre la mitología y el romanticismo profundo. Lejos de sentirse abrumado por el impacto de su primera obra extensa, la siguió con otras dos, Conde cero (1986) y Mona Lisa acelerada (1988): las tres formaron la "trilogía del Sprawl" (o ensanche), unidas a los cuentos de Quemando cromo (1986).

Una segunda trilogía se integraba con Luz virtual (1993), Idoru (1996) y Todas las fiestas de mañana (1999). A esas alturas, su voz y su estilo eran de los más reconocibles dentro de la ciencia ficción o de la literatura a secas en inglés: parecía tomar el pulso del presente en que vivía y proyectarlo al futuro con una sutileza de poeta para elaborar metáforas e imágenes exactas, y con una masa de datos monumental, que indicaba una permanente investigación y puesta al día. En todo caso esta "trilogía del Puente" no se alejaba hacia un futuro más lejano, sino que parecía acercarse de nuevo en el tiempo.

El salto clave lo dio Gibson con Mundo espejo (2003), donde una especialista en reconocer tendencias y calificar "logos" es contratada por una firma inglesa, a partir de lo cual se amplían sus movimientos hasta abarcar Rusia, la proyección fragmentada de un film en Internet, y otros hilos. A diferencia de las novelas anteriores, aquí Gibson trabajaba con el presente, pero manteniéndose en el filo mismo del avance tecnológico. Era una obra a la vez compleja y diáfana, ubicada en un territorio propio en el que la sorpresa ante los infinitos datos de marcas, sellos u objetos, lejos de caer en el esnobismo, respaldaban los momentos de emoción o avance de la trama.

País de espías (Spook Country, 2003) continúa de modo muy tenue la acción de aquel libro. En su afán de etiquetarlo todo, mucho comentario o publicidad ha hablado de una "novela pos 11 de setiembre". En parte lo es, pero de un modo muy peculiar. Los 84 breves capítulos que la componen siguen a tres grupos básicos de personajes, que sólo confluirán en las últimas páginas. Los que lideran los movimientos de cada grupo son Hollis Henry (ex cantante pop, actual periodista), un consumidor de drogas de diseño secuestrado por un misterioso señor Brown, y Tito, un latino de raíces chinas que suele ser auxiliado por "los Guerreros", un grupo de personajes entre alucinados y espirituales.

Cada grupo se mueve sin cesar. Gibson se ocupa de ir tensando los hilos de la trama, pero lo hace con un curioso distanciamiento. Los personajes caminan, corren, entran en aviones o helicópteros, hablan entre sí con el estilo telegráfico y lleno de sobreentendidos típico de su autor. Pero la trama parece, a pesar de todo ese movimiento, extrañamente detenida. En ese sentido, Mundo espejo conseguía crear auténticos personajes que rendían momentos verdaderos de cambio o profundidad emocional.

Una vez dicho esto tal vez sea hora de recordar el 11 de septiembre de 2001, y de percibir el modo extraño en que Gibson dibuja los años posteriores a esa fecha fatídica. De allí viene el título, que en inglés alude también a los espectros o fantasmas (spooks). La contradicción reside en la mirada que caracteriza a Gibson, quien describe en profundidad miedos o terrores, pero mantiene una actitud de fondo interesada, atenta, en última instancia más activa y optimista que depresiva y pesimista.

En la deriva por el mapa de Estados Unidos, sus personajes van registrando o captando de paso el crecimiento geométrico de los sistemas de seguridad, de vigilancia, incluso de detención ilegal o tortura: es el retroceso de las leyes básicas de una democracia. El capítulo 29 es el único explícito: "Una nación -dice un personaje- consiste en sus leyes. Una nación no consiste en su situación en un momento dado. Si la moral de un individuo es situacional, ese individuo carece de moral. Si las leyes de una nación son situacionales, esa nación no tiene leyes, y pronto no será una nación". Otro personaje, menos ético y preocupado, más insertado en la nueva realidad espectral, más frío, agrega por su parte: "Se basa en la misma característica de la psicología humana que permite a la gente creer que puede ganar la lotería. Estadísticamente, casi nadie gana nunca a la lotería. Estadísticamente, los ataques terroristas no suceden casi nunca".

El punto de llegada de las trayectorias de los personajes depende de una muy buena idea (desde luego no conviene revelarla aquí), que despista las expectativas por un lado y, por otro, inesperado, las colma. Pero las casi 400 páginas para llegar allí pueden resultarle lentas en extremo a quien no sea ya un lector habitual de Gibson. Con frases cortantes o frescas como aforismos, entregando decenas de datos o sorprendentes y cargados de humor o útiles a la trama, como en otros libros, les falta en cambio carnadura humana a los personajes. Incluso se podría hablar de un exceso de nombres a seguir, y de poca diferenciación entre los seres a quienes bautizan.

Un dato adicional es que dentro de un vaciamiento ya casi total del sello Minotauro a partir de su venta al grupo Planeta, Gibson fue uno de los nombres que se dejaron caer. Mundo espejo, la primera parte de esta trilogía, fue el último que formó parte de su catálogo. País de espías aparece en la colección Plata Negra del sello Plata.

Gibson tiene el coraje bien asentado de desarrollar lo que le interesa, sin pensar en el rendimiento económico como factor de estilo. La segunda novela de su primera trilogía, Conde Cero, también resultaba menor y un poco confusa en relación con Neuromante. Sería bueno que Plata no se amilane y dé a conocer también Zero History, el volumen que cierra la trilogía, aún no traducido.

Tal vez el propio Gibson, captador permanente del llamado "espíritu de la época", ahora que ese espíritu cambia cada tan poco tiempo, se reserve una gran décima novela, esta vez sí (como pensaba serlo al principio Mundo espejo) desprovista de continuaciones. Para quien no haya leído a Gibson conviene entrar en su mundo por su clásico, Neuromante, por el libro de cuentos Quemando cromo, o por ese giro importante que fue Mundo espejo. Un primer encuentro con cualquiera de esos libros es memorable.

Quien lo ha ido siguiendo a lo largo del tiempo, por el contrario, se internará con preocupación alterna en las páginas de País de espías, pero verá recompensada su relativa paciencia por fragmentos o cambios de dirección que están a la altura de su prestigio. Para estarlo del todo, tal vez tendría que haberse animado a escribir por una vez una novela corta, o hasta una combinación de tres relatos, uno por cada grupo en movimiento. Pero lo que hay es esto: 380 páginas de novela con mucho trabajo encima, pero poco de narrativa en su despliegue.

País de espías
Por Wiliam Gibson
Plata
Trad.: Rafael Marín
380 páginas
$ 89

7.3.11

Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa planearon un libro a cuatro manos

El tema no puede parecer más jugoso: la guerra entre Colombia y Perú que tuvo lugar en los años 1932 y 1933

Los dos premios Nobel vivos de la lengua española, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa en una foto de la época, en el auge del boom. También aparecen Jorge Edwards, José Donoso y Antonio Skármeta.foto:archivo.fuente:lavanguardia.es

García Márquez debía escribir la parte ambientada en Colombia, y Vargas Llosa hacerse cargo de la peruana

Los dos premios Nobel vivos de la lengua española, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa planearon, en los años sesenta, escribir una novela a cuatro manos, finalmente nonata. El tema no puede parecer más jugoso: la guerra entre Colombia y Perú que tuvo lugar en los años 1932 y 1933. García Márquez debía escribir la parte ambientada en Colombia, y Vargas Llosa hacerse cargo de la peruana. Las cartas que se conservan en los archivos de la Universidad de Princeton (Nueva Jersey, EE.UU), enviadas por el colombiano al peruano, otorgan luz sobre detalles de este proyecto que no arribó a buen puerto.

El propio Vargas Llosa contaba a este diario, poco antes de recibir el premio Nobel el pasado mes de octubre, que "en París, cuando trabajaba en la radiotelevisión francesa, un día recibí de la editorial Julliard la novela Pas de lettre pour le colonel, y así descubrí a García Márquez, en francés. Desde entonces supe de él. Al publicar yo La ciudad y los perros, recibí una carta suya, y empezamos a escribirnos, e incluso planeamos escribir esa novela a cuatro manos sobre la guerra peruano- colombiana, un proyecto que finalmente quedó en nada. Hablábamos de ello, cambiábamos ideas. Se trataba de una guerra fantochesca por un pedazo de la Amazonia, pero era más divertido hablarlo que realizarlo".

La idea fue de García Márquez, quien, el 20 de marzo de 1967, le revela a su amigo que, en septiembre, se trasladará a vivir en Barcelona. Le cuenta, asimismo, que ha acabado de corregir las pruebas de imprenta de Cien años de soledad y que, a última hora, ha cambiado la escena de un burdel de Macondo "sospechosamente parecida a cierto burdel de Piura", es decir, el que da título a La casa verde, obra amazónica del peruano que acababa de leer y que, por lo visto, le influyó demasiado. "La coincidencia del burdel –prosigue– me ha inspirado una idea que tarde o temprano tendremos que llevar a cabo tú y yo: tenemos que escribir la historia de la guerra entre Colombia y el Perú. En la escuela, nos enseñaron a romper filas con un grito: '¡Viva Colombia, abajo el Perú!'". Para convencer al joven Vargas Llosa, un persuasivo García Márquez le desgrana una serie de hechos reales que parecen extraídos de novelas del realismo mágico, y que habrían acabado siendo capítulos del libro: "La mayoría de las tropas colombianas que mandaron a la frontera se perdieron en la selva. Los ejércitos enemigos no se encontraron nunca. Unos refugiados alemanes de la primera guerra mundial, que fundaron Avianca, se pusieron al servicio del gobierno y se fueron a la guerra con sus aviones de papel de aluminio. Uno de ellos cayó en plena selva y las tambochas –hormigas venenosas de cabeza roja– le comieron las piernas: yo lo conocí más tarde, llevando sus condecoraciones en silla de ruedas. Los aviadores alemanes al servicio de Colombia bombardearon con cocos una procesión de Corpus Christi en una aldea fronteriza del Perú. Un militar colombiano cayó herido en una escaramuza, y aquello fue como una lotería para el gobierno: llevaron al herido por todo el país, como una prueba de la crueldad de Sánchez Cerro –el presidente peruano–, y tanto lo llevaron y lo trajeron, que al pobre hombre, herido en un tobillo, se le gangrenó la pierna y murió. Tengo dos mil anécdotas como estas. Si tú investigas la historia del lado del Perú y yo la investigo del lado de Colombia, te aseguro que escribimos el libro más delirante, increíble y aparatoso que se pueda concebir".

Vargas Llosa contestó que sí. El 11 de abril de 1967, Gabo le escribe: "...cuánto me alegra que te guste la idea del libro a cuatro manos. A mí me parece fascinante, y creo que difícilmente se puede concebir una fábula más inverosímil y desternillante que este esperpento histórico. La posibilidad de dinamitar la patriotería convencional es sencillamente estupenda. Hace muchos años tengo la idea en la cabeza, pero me negaba a ponerla en práctica mientras no encontrara un cómplice peruano, porque de estemodo la traición es completa, por partida doble, y simplemente sensacional".

García Márquez entra en consideraciones técnicas: "Hay que tratarlo con la tranquila objetividad de un reportaje, con recursos y técnicas puramente periodísticos, y con una seriedad y una abundancia de datos que dejen a los mojigatos clavados a la pared. Yo haré toda la historia del lado de Colombia y tú la del Perú. Prácticamente, lo único que tendremos que hacer en común es el cotejo de algunos episodios, para que no haya contradicciones".

La novela, ligada a los hechos, iba a estar sustentada en una teoría conspiratoria: "...es probable que Sánchez Cerro y nuestro Olaya Herrera –el presidente colombiano– se hubieran puesto de acuerdo para hacer esta guerra, que había de consolidarlos a ambos en el poder". Olaya Herrera, según explica García Márquez, "era el primer presidente liberal después de 45 años de hegemonía conservadora, y la guerra con el Perú le dio la oportunidad de unificar a los partidos en la excitación patriótica, y les puso a los decrépitos senadores de la oposición un uniforme de general de la república, y los mandó a morirse de paludismo en la selva. Hay una versión no confirmada de que el asunto lo arreglaron en un club de Lima políticos y diplomáticos de ambos países, que formaban parte de un equipo de polo internacional. ¡Fíjate (...)!".

Los dos escritores hablaron incluso de los asuntos prácticos. "El problema –decía García Márquez– es que ambos tenemos que irnos a nuestros respectivos países, y allí tomar los datos precisos. Yo pienso encerrarme en la redacción de El Tiempo a reconstruir los hechos día por día, y obtener en esa forma toda la versión oficial, que he de complementar con datos suministrados por la academia de historia. (... ) Imagínate que uno de los héroes de estas jornadas gloriosas es el poeta Juan Lozano y Lozano, que ahora es embajador de Colombia en Roma, y que fue enviado a pelear 'en representación de las letras colombianas'. Como él hay muchos. Nuestra ventaja es que ahora ellos se sienten próceres olvidados, y a la menor provocación soltarán la lengua, pensando que les vamos a hacer justicia. Piensa que Colombia trató de aniquilar al Perú con una delirante máquina aérea, llamada el sexquiplano, comprada en Londres y llevada a la bahía de Tumaco desarmada en piezas. El sexquiplano nunca se elevó más de 10 metros, y durante muchos años se utilizó para hacer giras turísticas, a ras de agua, en la bahía de Tumaco".

En un determinado momento, el colombiano habla incluso de fechas: "Yo no puedo ir a Colombia, con este fin, sino dentro de un año largo, a mi regreso de Europa, y después de haber escrito la novela del dictador –se refiere a El otoño del patriarca– (…)".

Vargas Llosa le debió de manifestar a su amigo algunas objeciones prácticas para conseguir datos, pues tenía en su contra a buena parte del estamento militar peruano, que había visto en La ciudad y los perros una feroz crítica a los valores castrenses. Gabo le responde aludiendo a "tu situación con los militares, la cual, supongo, sera peor cuando publiques tu novela sobre el guardaespaldas –se refiere a Conversación en La Catedral–. Pero creo que de veras el tema merece que se finja bajar la cabeza (...) para después soltar el cañonazo".

1.3.11

Silvina Ocampo inédita

A más de un cuarto de siglo de su muerte, se publica, por fin, La promesa, la conmovedora novela en la que la escritora trabajó durante años y donde se refleja nítidamente su propia vida

Silvina Ocampo.foto.fuente:adncultura.com.ar

En el mar tan amado por ella, quiso, odió y, convertida en profetisa, sembró la dicha y la desdicha. Los barcos fueron el escenario donde transcurrieron algunos de los momentos más importantes en la vida de Silvina Ocampo. En los lujosos transatlánticos de otras épocas, cruzó muchas veces el océano, de Europa a Buenos Aires, de Buenos Aires a Europa. Desde la cubierta contemplaba el mar, detrás de los anteojos negros de montura blanca, los típicos anteojos de las hermanas Ocampo, que le servían para protegerse del sol y para espiar a su esposo, el apuesto Adolfo Bioy Casares. Los salones de esos palacios flotantes fueron el escenario donde vivió historias de amor, reales e imaginarias, a menudo tortuosas. Sus ocasionales compañeras de travesía le pedían con temeridad que les leyera las manos, porque "todo Buenos Aires" sabía que ella era vidente. Y ella lo hacía, según la ocasión, maliciosa, sincera hasta la impiedad o embustera como una chica traviesa. En los oídos ávidos de sus compañeras de viaje dejaba caer palabras terribles o venturosas, con esa voz hecha de temblores y entrecortada, que subía y bajaba quebrada por espasmos, que a veces prolongaba las vocales en signo de asombro, de dolor o de fingida admiración: una voz y una elocución inimitables, en la vida y en la literatura, que todos quienes la conocieron han tratado de imitar alguna vez. De uno de esos viajes volvió a Buenos Aires con Marta, la hija de Adolfito con otra mujer, que pasó a ser la hija del matrimonio. El mar es el paisaje espléndido y desierto donde transcurre La promesa (Lumen), la novela inédita que Silvina terminó mientras luchaba contra la enfermedad que carcomía su lucidez y sus fuerzas.

La trama de La promesa es simple: una pasajera se cae de un barco al mar y le promete a santa Rita que, si la salva, escribirá un libro, a pesar de ser analfabeta. La pasajera es buena nadadora y se mantiene a flote nadando o haciendo la plancha. Para no desesperar y hundirse, hace una especie de diccionario de recuerdos, una serie de retratos de personas que ha conocido. En esa galería, los perfiles se encadenan hasta formar la narración que tenemos entre las manos. Hacia el final, el agua que entra, cada vez con más frecuencia, por la boca de la Scheherezade marina anuncia el final inminente mientras la memoria reitera, sin advertirlo, las mismas palabras y las mismas imágenes. El movimiento de la conciencia se atasca y adquiere la lógica siniestra de la agonía o de una demencia repetitiva. Como señala Ernesto Montequin, a cuyo cuidado estuvo la edición, en las últimas páginas la voz del personaje, en la ficción, y la voz de la autora, en la realidad, coinciden. Esas frases fueron algunas de las últimas que Silvina Ocampo escribió sobre el papel casi a modo de espejo. "Los espejos son las puertas por las que va y viene la Muerte" (Jean Cocteau).

Montequin dice que entre 1988 y 1989 la escritora corrigió y completó el texto en el que había trabajado con largas intermitencias durante veinticinco años. Sin saberlo -o más bien, con la intuición oscura pero implacable de quien presiente cuál ha de ser su destino- contaba la historia de la protagonista y, al hacerlo, no hacía sino narrar su propio naufragio.

Ella se consideraba fea, a pesar de la belleza de su cuerpo, que el baile había modelado. Se quejaba de su boca que, con los años, según sus propios ojos, se había vuelto obscena. Sus amigos José Bianco y Enrique Pezzoni, a la hora de hablar en privado de la "fealdad" de Silvina, decían que, por el contrario, era muy atrayente. Y lo decían porque ellos habían caído en distintas oportunidades bajo el influjo de esa especie de hechicera. Era cierto que Silvina podía ser atractiva de un modo irresistible, pero había tenido la mala suerte de nacer en una familia donde había mujeres de una hermosura más convencional, casi clásica, como la de su hermana Victoria Ocampo. Sin embargo, apenas uno la veía moverse y, sobre todo, cuando desplegaba sus juegos de seducción, en los que se mezclaban la gracia, el don de la réplica, el lirismo, las asociaciones delirantes y la atención aplicada con que escuchaba a su futura presa como si no hubiera nada más importante en el mundo que la persona que la enfrentaba, uno comprendía que debía de ser difícil escapar de esas redes si ella decidía echarlas al agua. Además era de una delicadeza extrema. Esa mujer debía de acariciar con una suavidad y una precisión inolvidables. Una muestra de La promesa : "El mar desviste a las personas como si tuviese enamoradas manos". A esas manos se refiere la poeta Alejandra Pizarnik en una carta a Silvina:

Oh Sylvette, si estuvieras. Claro es que te besaría una mano y lloraría, pero sos mi paraíso perdido. Vuelto a encontrar y perdido. [...] Yo adoro tu cara. Y tus piernas y surtout [sobre todo] tus manos que llevan a la casa del recuerdo-sueños, urdida en un más allá del pasado verdadero.

El amor, el sexo y el tormento de los celos recorren toda la obra de Silvina Ocampo. Ella, que admiraba al Proust de La prisionera y de La fugitiva , tuvo a su lado a Adolfo Bioy Casares, estímulo inagotable para que el deseo surgiera acompañado por el miedo a la traición. Fue la persona que más quiso en su vida, pero él, que correspondía a su modo esa pasión, no podía prescindir de la conquista continua de otras mujeres. Ella no terminó nunca de acostumbrarse a esas infidelidades, las toleraba, pero temía que él la dejara, algo imposible, porque ¿dónde podía encontrar Adolfito una mujer que pudiera compararse con Silvina? Por cierto, ella también tenía otros amores, como señaló su esposo en una entrevista (ya muerta Silvina), cuidadoso de que su esposa no apareciera como una más de las tantas víctimas de los maridos tradicionales.

Hoy, que se ha publicado buena parte de los Diarios de Bioy Casares y que siguen apareciendo obras inéditas de Silvina, resulta imposible no leer los textos de esa pareja literaria sin pensar en las referencias biográficas. Por ejemplo, en La promesa , se encuentra este pasaje: "Leandro necesitaba que Irene amara a otro ser que no fuera él mismo para interesarse un poco en ella. Es tan abrumador ser amado con exclusividad".

En el libro, hay un diálogo entre Leandro y su amante, Irene, que revela del modo más directo cómo amaba Silvina:

-¿Qué preferís: que te quieran o querer? -interrumpió Leandro [...].

-Querer-respondía Irene

-Quereme, entonces.

Y querer, en esas condiciones, es sufrir.

La definición del amor que se encuentra en La promesa no puede ser más cruda: "¿Qué es enamorarse? Perder el asco, perder el miedo, perder todo".

Para Silvina Ocampo, el asco era una sensación que acechaba amenazante en todo lo que la rodeaba, desde el olor de las flores marchitas de los velorios hasta la nata de la leche, que le provocaba arcadas. Pero esa colección de ascos también la atraía: le causaba curiosidad ver cómo los demás se comportaban ante las cosas "asquerosas". Y es cierto que el sexo, cuando no se desea, puede ser una experiencia repugnante, pero aun así produce fascinación. Gabriela, la niña de La promesa , piensa a menudo en esa experiencia por la que no ha pasado: "Lo que más deseaba en el mundo de su curiosidad era ver a un hombre y a una mujer haciéndolo". Esa misma curiosidad despertó la precocidad sexual y amorosa de Silvina Ocampo. En una entrevista que le hice en 1987 en la Revista de este diario, ella contaba:

Cuando tenía veinte años me decía: "Ay, cuándo tendré cuarenta o cincuenta para no enamorarme más, para no desear más a nadie, para vivir tranquila, sin preocupaciones, sin celos, sin angustias, sin ansiedad". Llegué a los cuarenta, a los cincuenta, y seguía enamorándome y deseando a la gente hermosa. Es terrible. Y ahora el sexo me resulta tan interesante como cuando era chica y acababa de descubrir lo que era. A mí me importó siempre. Ahora también. ¿Cómo puede dejar de importar? Es una condena y un placer.

Por el amor, no sólo el de la pasión sexual, los personajes de Silvina Ocampo pueden ser crueles y rencorosos, como ella lo podía ser en la vida. El miedo de ser dejada por los seres que quería la llevaba a utilizar todo tipo de artimañas, a veces dañinas, para retenerlos. Quizá eso ocurría porque le costaba dejar de querer a quienes había amado. Dice en La promesa : "Lo peor es no dejar de querer del todo".

Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo formaron durante mucho tiempo un trío literario que produjo la ejemplar Antología de la literatura fantástica . Pero Silvina nunca se sintió del todo cómoda en ese trío. Tenía una sensibilidad mucho más amplia y afinada que la de Borges y Bioy. A ellos sólo les interesaba la literatura; ella, en cambio, tampoco podía prescindir de la pintura ni de la música. La admiración declarada de Borges por el Réquiem alemán , de Brahms, no era sino una apropiación, no digerida, del gusto de Silvina por esa obra. Las Ocampo, o por lo menos tres de ellas (Victoria, Angélica y Silvina), tenían una pasión por Brahms, así como la tenían por Chopin.

Para Silvina Ocampo, había un solo modo de olvidarse de sus sospechas, de las "otras" que buscaban arrebatarle a Bioy, de los interludios amorosos con hombres y mujeres que la distraían del tormento de los celos: pintar y, sobre todo, escribir. En sus poemas, en sus relatos, ella era la que manejaba el destino de los personajes. Ella era la que les infligía la muerte, el ridículo o se asestaba a sí misma la puñalada de un recuerdo para después prodigar páginas de un humor invencible. Se convertía en la soberana de un reino cuyos habitantes tenían nombres improbables como Rodolfa, Cornelia, Cleóbula. En esa comarca imaginaria, todo era posible: la cursilería, la venganza, la impiedad, el impudor infantil o las enumeraciones caóticas en las que a una catedral y a un navío les sucedía la mención de los tallarines como una irrupción escandalosa.

Con todo, hasta en ese dominio, "su dominio", la reina sabía que estaba amenazada. La acosaba el temor de no llegar a terminar lo que estaba haciendo: un cuento, un poema, una fotografía no revelada, un retrato. "Siempre me pareció criminal dejar inconcluso algo que uno ha empezado", dijo alguna vez. Ése fue el temor que la llevó a terminar La promesa . En 1989, ya sabía que el olvido la asediaba y la llevaba a repetirse como a la narradora de su libro. El tiempo la castigaba con una traición inesperada: la de la memoria. Por eso conmueve leer el agradecimiento de esa mujer de La promesa que flota en el mar, ahogada por el agua de los recuerdos. "Gracias, Dios mío, por facilitarme la vida, por permitirme escribir hasta el último orgasmo y por haber escrito esta novela en tu honor." Dios debe de haberle abierto las puertas del Cielo de par en par ante ese homenaje estremecido.