15.1.10

Kafka y los kafkianos





Trotta y Alba editan dos ensayos sobre la obra del autor checo

[foto de la noticia]

"Durante el periodo de entre guerras, en el Barrio Viejo de Praga ("Jerusalén de Europa", se llamó) florecen dos antiquísimos mitos judíos que se renuevan en la cumbre de la fantasía más alucinógena del siglo XX. Gustav Meyrink despierta al golem del rabino Loew, Franz Kafka aporta entre otras cosas la parábola cabalística del castillo. Moisés Maimónides (s. XII) la usaba al final de su 'Guía de perplejos' (capítulo 51 de la parte tercera): el rey (Dios) en el interior del castillo, y, desperdigados, en estancias más o menos apartadas, los vasallos, errabundos, en su busca.

Aunque la obra de Kafka es tan grande, tan universal que sin querer se puede uno enfangar en controversias hermenéuticas. La herencia hebrea del escritor es un tema complicado, un tema de matices, de bibliografía fina y notas de pie de página (Benjamin, Arendt, Buber, Canetti...). Recientemente, 'Kafka y el holocausto' (Trotta), de Álvaro de la Rica, y 'El mundo formidable de Franz Kafka' (Alba), de Louis Begley, dan cuenta de esto.

Entonces, ¿el laberinto que se extiende entre el desasistido agrimensor y el distante conde Westwest en 'El castillo' es alegoría de un Dios ausente, o de la hipertrofia burocrática del Imperio Austrohúngaro? ¿El relato 'En la colonia penitenciaria' recoge algo del "caso Dreyfus"? Es como si todas las hipótesis se hicieran banales al lado del concienzudo enigma estético que albergan sus pesadillas, descontextualizadas, frías y atroces. Los exégetas De la Rica y Begley toman temas similares (los temas típicos del kafkismo), citan en ocasiones las mismas cartas: a su padre, a su dos veces prometida Felice, a Brod. Aunque sus propuestas son diferentes.

'Kafka y el Holocausto' es un ensayo poco ceñido a una sola temática contra lo que parece por el título. Si bien, De la Rica insiste en la calidad profética del corpus kafkiano. Emparenta al novelista con Juan de Patmos y con Daniel de Judá. Su obra, dice, es el "primer apocalipsis moderno". El checo, que murió tuberculoso, jubilado con sólo 40 años, se salvó (por la vía trágica) del auge antisemita. El III Reich se comió sus tres hermanas (Valli, Elli, Ottla), y algunos conocidos y amantes. Adiós Jerusalén de Europa.

Pero no hay una documentación fiable que permita asumir que tal asociación (obra y antisemitismo) haya sido pretendida. Al fin y al cabo, como dice De la Rica, se trata de "un mundo surrealista que pertenece más al sueño que a la vigilia, a lo que está fuera de la realidad ordinaria, aunque venga directamente de ella". Joseph K. y el escarabajo Samsa entran en escena al despertar (acaso sólo aparentemente)de un sueño.

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Begley y De la Rica ponen de manifiesto las vinculaciones fronterizas que tiene su hombre con los diversos sectores de la extinta Bohemia. Él era un germanohablante, judío asimilado a la cultura Occidental, cosmopolita, con sueños de publicar como sus precoces compañeros nocturnos y de instalarse en Berlín, autónomo, lejos del influjo de los Kafka. Reniega del "judaísmo de la comunidad aldeana", como le escribe a su padre.

Para completar el cuadro, Begley trata largamente sus tensiones sexuales y su vida amorosa con base en su correspondencia. Los kafkianos se deben congratular por el riquísimo material epistolar que fue acumulando noche tras noche, a la vuelta del Instituto de Seguros de Accidentes de los Trabajadores.

'Claustrofobia de avances'

Begley habla de una "claustrofobia de avances" del escritor, según él, poco puesto en los pasos que por entonces, tiempos de expresionismo y cabaret, daba la nueva literatura. A pesar de su raíz onírica, Kafka sólo se entiende en las lúgubres zozobras de su tiempo. La Ley no es, como para los clásicos, una creación de libertad, sino, al contrario, una restricción de oxígeno, una normativa hostil, profundamente ajena, que aquí (en Kafka) asume la forma pesadillesca de una postergación indefinida. Acuérdense de 'Ante la Ley' (parábola incluida en 'El proceso': en la película se Welles sirve de bello inicio): "...esta entrada era sólo para ti. Ahora voy a cerrarla".

Sus pasivos personajes se someten a una perversa necesidad, a una culpa que es misterio pues tampoco la falta es conocida. Una sofisticada renovación y amalgama de imaginarios y géneros (burocracia, terror, surrealismo, profecía...), una alegoría que no remite a nada, porque justamente es la alegoría de un absurdo radical. Mientras los comentaristas (como los agudos De la Rica o Begley) buscan asediar el castillo kafkiano, la obra permanece inexpugnable a las referencias, muda en su altanero cosmos de silencio."

Álvaro Cortina | Fotos/fUENTE:ElMundo.es


'Kafka y el Holocausto', de Álvaro de la Rica. Trotta. 139 páginas.
'El mundo formidable de Franz Kafka', de Louis Begley. Alba. 227 páginas.

14.1.10

Invitados de peso al Hay Festival

Conozca quiénes asistirán al encuentro literario en Cartagena de Indias del 28 al 31 de enero.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa será uno de los invitados especiales a la próxima edición del Hay Festival, en Cartagena. Foto: Efe. fUENTE VIVE.IN

"El escritor peruano Mario Vargas Llosa y el canadiense Michael Ondaatje (El paciente inglés) encabezan la lista de invitados internacionales que llegarán a Cartagena para participar en el Hay Festival, del 28 al 31 de enero.

Junto a ellos estarán, también, Raul Zelik, de Alemania; Zoé Valdés, de Cuba; Judith Thurman y Jon Lee Anderson, de Estados Unidos; Mathias Enard, Oliver Guez y Francis Pisani, de Francia; Paolo Giordano, de Italia; Joumana Haddad y Habib Selmi, del Líbano; Mario Bellatín, Michael Christopher Domínguez, Chloe Aridjis, Guillermo Fadanelli y Jordi Soler, de México; Ibrahim Nasrallah, de Palestina; Sergio Dahbar y Francisco Suniaga, de Venezuela, y el músico camerunés Manu Dibango.

Por su parte, la delegación colombiana supera los 30 participantes, entre periodistas, escritores, historiadores y promotores culturales (ver nota anexa).

A ella, se unen las otras dos representaciones de invitados más numerosas: la del Reino Unido y la de España.


Paolo Giordano (Italia)

El joven escritor Paolo Giordano (Turín, 1982) saltó a la fama en el 2008 con su novela La soledad de los números primos, con la que ganó los premios Campiello a la mejor Ópera Prima, Fiesole Narrativa Under 40 y el Strega. A sus 26 años, es el escritor más joven en ganar este último galardón. Según el suplemento del diario La Stampa, la novela de Giordano se convirtió en el libro más vendido en el 2008, al superar el millón de copias.

Ibrahim Nasrallah (Palestina)


El poeta Nasrallah (1954) se ha desempeñado también como periodista, pintor y fotógrafo. Estudió en las escuelas de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente próximo. Fue profesor dos años en Arabia Saudí y trabajó como periodista entre 1978 y 1996. A su regreso a Jordania, colaboró para varias publicaciones.

Mario Bellatín (México)

Mario Bellatín (1960) es considerado una de las voces literarias mexicanas más interesantes de los últimos años, según la crítica de varios medios internacionales. Estudió Teología y Ciencias de la Comunicación, en Lima (Perú). En Cuba realizó cursos de guión cinematográfico en el taller de García Márquez. Su primera novela fue Mujeres de sal (1986). En el 2008 ganó el Premio Mazatlán de Literatura por su novela El gran vidrio.

Zoé Valdés (Cuba)

Una novelista obsesionada con los secretos que esconden los cuadros del Museo de Louvre es la protagonista de la novela más reciente de la escritora cubana Zoé Valdés, otra de las invitadas este año al Hay.
Valdés (La Habana, 1959) ha hecho parte de la delegación cubana ante la Unesco en París y trabajó como subdirectora de la revista Cine Cubano de 1990 a 1995, cuando se exilió en la capital francesa, en donde vive en la actualidad.

En el 2004, ganó el premio Ciudad de Torrevieja con su novela La eternidad del instante.
Es autora, además, de La ficción Fidel (2008), La cazadora de astros (2007) y Bailar la vida (2006).

Joumana Haddad (Líbano)

La poeta Haddad (Beirut, 1970) es también periodista y traductora y coordina las páginas culturales del periódico An Nahar. Es además la administradora del premio Booker árabe y la redactora jefe de la revista Jasad. Entre sus libros, se encuentran Con ladrones del fuego, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Malas costumbres y Espejos de la pasante en el sueño.


Michael Ondaatje (Canadá)

El poeta y novelista canadiense Michael Ondaatje es considerado como uno de los renovadores de la lengua inglesa, junto a sus colegas británicos Martin Amis o Ian McEwan.
Nació en 1943, en Colombo (Sri Lanka), estudió en Inglaterra y a los 19 años se trasladó a Canadá, en donde ha vivido desde entonces.
Poseedor de una gran obra, es más conocido, quizás, por su novela El paciente inglés (1992), con la que ganó el premio Booker y que fue llevada al cine por el fallecido director Anthony Minghella.
Otras de sus novelas son En la piel de un león (1987) y El fantasma de Anil (2000), con la que ganó el premio Medici de novela.
En el campo poético es autor de Los monstruos cotidianos (1967) y El hombre con siete dedos en los pies (1969).
En la actualidad, Ondaatje ejerce la cátedra en la Universidad de York (Toronto).

Jon Lee Anderson (E.U.)

El periodista estadounidense Jon Lee Anderson (California, 1957) es un profundo analista de América Latina. De hecho, su biografía sobre el mítico Che Guevara es uno de los libros más estudiados en las cátedras de perfil periodístico, en diferentes universidades. Junto a los temas regionales, Anderson es un curtido reportero de guerra. En los últimos años se ha dedicado a investigar los conflictos bélicos posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Numerosa delegación colombiana

Con periodistas, escritores e historiadores, entre otros, la representación colombiana será una de las más numerosas en el Hay.

Entre los participantes se encuentran los periodistas Roberto Pombo, director de El Tiempo; Daniel Samper Pizano; Alejandro Santos Rubino, director de la revista Semana; Jaime Abello Banfi, de la Fudación Nuevo Periodismo; además de Juan David Correa, Juan Gossaín, Mario Jursich, Marianne Ponsford, Catalina Gómez y Marcos Schechtman.

Los acompañarán los escritores William Ospina, Enrique Serrano, Darío Jaramillo Agudelo, Juan Gabriel Vásquez,Óscar Collazos, David Sánchez Juliao, Héctor Abad Faciolince, Ramón Cote, Yolanda Reyes, Celso Román, Hugo Chaparro, Carolina Andújar, Susana Castellanos y los wayuu Vicenta Siosi y José Ángel Fernández.

La presencia colombiana la cierran los historiadores Carlos José Reyes y Eduardo Posada Carbó, el genetista Jaime Bernal Villegas, el antropólogo Weidler Guerra Curvelo, las investigadoras Esthercita Simancas y Margarita Valencia, los promotores culturales Guido Tamayo y Tatiana Jaramillo, el cineasta Sergio Cabrera y el libretista Juan Carlos Pérez Flórez."

13.1.10

Consumo, crispación y pies descalzos

"Ya no hay heladerías, ni ropa, ni vehículos de lujo, ni bebidas, ni libros sino denominaciones industriales que los sustituyen", asegura el autor de Grasa tras un recorrido crítico por la costa bonaerense. "En lugar de la cosa, ahora está el nombre".

LA PLAYA DOMINADA por las marcas. La marca: el hit del verano que impregna todos los paisajes. fUENTE Revista Ñ


"Desde la mirada rapaz del Google Earth puede verse la costa bonaerense como un borde eléctrico en el que los accidentes de la tierra son apenas vibraciones filtradas por las nubes. Pero si se baja más, si el ojo satelital se digna a sobrevolar la superficie en incursiones rasantes se verá, ya a otra escala –la escala de una verdad mayor– una composición más nítida de su realidad geográfica. Esa composición tiene nombres y materia. Va de los asfaltos posnucleares de Santa Teresita a los bosques importados de Cariló, en cuyas sombras se hallan comunidades de pájaros autóctonos, aficionados al coro vocacional y a los servicios indeseables de bicho-despertador, una cierta arquitectura de la vanidad –poco racionalismo, mucho casa FOA– y los rallys espontáneos de Divisadero a espaldas de la vigilancia.

Más allá, Mar del Plata, la ciudad total; la de toda la oferta y toda la demanda del mundo, resumida en un número (dos millones de visitantes por temporada alta, que en movimiento se convierten en dos billones), una serie de nombres plateados: Toledo, Manolo, Montecatini, Boston, Casino, Rambla, Peatonal, Puerto y Farándula; y un nombre dorado que ya no nos pertenece en los hechos pero sí le pertenece a nuestros corazones: Havanna. Y por debajo del nombre consagrado que se alarga, fluorescente, en tipografías de neón retorcido, el verdadero punto de encuentro entre veraneante y verano: la cultura de la cola. Esperar, padecer, donar el tiempo del ocio a la máquina de consumo, prestarse nuevamente al disgusto de la postergación aun en vacaciones, como respondiendo a la nostalgia del trámite –el vicio más frecuentado del año civil–, para obtener a cambio una docena de churros rellenos o un frasco de sardinas apretadas como personas en vagón de subte. O una suprema a la Maryland, el tesoro gourmet de la cadena de felicidad gastronómica Montecatini, en cuyas superficies enormes se arrumban contingentes enteros del llamado turismo gremial que saben hacer valer la sociomoneda de su república: el patrón voucher.

Es cierto que en Mar del Plata no hay puntos de vista superiores al de La Normandina, el Manolo de la costa o Waikiki. Más que puntos de vistas son hermosos sueños marinos en los que actúan embarcaciones de pesca al borde del naufragio, perfiles más bien tiesos de buques mercantes con sus popeyes irascibles por la abstinencia de todo lo que se tiene en tierra y generaciones completas de surfers esperando el desarrollo completo del día: olas, puesta de sol, delivery de marihuana.

Enconado con esas versiones exteriores del veraneo, el paisaje de Montecatini obliga a mirar hacia adentro, hacia un interior prácticamente quemado por las luces de artificio en el que el turista tradicional podrá hacer lo que más le gusta: sentirse como en casa. Es, si se acepta la asociación, un feed lot para humanos que nada tiene que envidiarle en densidad demográfica, rendimiento industrial y caja al West Lake de Changsha, China, un restaurante para cinco mil comensales sentados que ordenan a la carta decenas de platos en forma simultánea. Montecatini es la maqueta o el hermano sudamericano de ese negocio de locos, una especie de monumento a la mandíbula batiente en el que comer es un espectáculo que se da, y en el que ver comer es el plato principal de un teatro mudo de la abundancia.

Pero si se cortara con una plancha de acero esa escena en el centro de Mar del Plata, su zona más comprimida y desdeñosa de la naturaleza, como si un pánico inexplicable de sus habitantes pasajeros no pudiera admitir que la naturaleza se les presente sin la compañía de elementos hiperurbanos como el hacinamiento, la contaminación ambiental y la molestia, y saltáramos al Bosque Peralta Ramos, o al shopping horizontal en el que se convirtió la calle Güemes, o a las playas al sur del faro, ¿qué veríamos de diferente? Veríamos otra gente, es decir otro mercado, pero una misma dificultad para abandonar la cultura que se trae de casa.

Las bikinis que se lucen, cada cual a la altura del cuerpo que la lleva, en las caminatas del parador Honu Beach, por ejemplo, ¿son clásicas o modernas? Porque es cierto que la moda dice que estamos en una temporada de animal print, texturas metalizadas, hebillas, bordados y detalles que resplandezcan –lentejuelas, strass, trenzas de titanio, hierros de obra niquelados, rieles ferroviarios: cualquier cosa–, pero hace falta detenerse a mirar y a recordar un minuto para advertir que, en efecto, los trajes de baño de hoy son más actuales que los de la última temporada, pero también son más antiguos que los de hace veinte años.

El parador es un paraíso de insolación donde duermen densas monas de sardina los avatares de Danny De Vito y Néstor Kirchner. Un desierto sin carpas ni techos de juncos que defiendan al bañista de las tormentas ultravioletas que nos están matando. Mar y playa, y personas casi desnudas buscándose con la mirada como en una orgía que todavía no empezó (estamos en la fase del casting). ¿Nada más? Mucho más, tanto más que para simplificar habría que usar la única palabra capaz de incluir el todo ofrecido a la vista: marcas. De bebidas nocturnas, claro –que se hacen diurnas en la playa–, pero sobre todo de vehículos de doble tracción, verdaderos predadores de naturaleza que en la temporada del dolce far niente y el consumo empujado por la inercia que gobierna los túneles mentales de los manirrotos, el consumo porque sí (porque sobra plusvalía, o porque el consumo en verano es un entretenimiento), se justifican, digamos, existencialmente.

La imagen general de esos brillos de bicapa expuestos al sol es un espejo de lo que sucede en La Frontera, la playa salvaje de Pinamar de la que hace varias temporadas salen en estampida los autos de lujo ante la llegada de ARBA, la tormenta de arena fiscal que dispersa a los beduinos en sus cápsulas climatizadas. Porque si la marca es algo que se desea y se consume para ofrecerla en verano como un blasón seriado (un blasón maldito que tanto podemos tener nosotros como nuestros vecinos), también es algo que, llegado el caso, se defiende del modo en que la mamá leona defiende a sus leoncitos del clan de hienas que planea sonsacarlos del nido y convertirlos en bifes de gran felino.

La marca: el hit del verano que impregna todos los paisajes. Está en los parasoles, en las sombrillas, en los vasos de chopp, en las frases que cuelgan del timón de los aviones que van y vienen, suben y bajan, sobre los vientos enrulados del Atlántico; y en las llamadas promociones donde el beneficiario rugbier armará su tocata con una guinda marca Kevingston, así como el jubilado entrenará con tejos marca Ibupirac 600. Pero ni el centro cívico de Cariló, ni la calle Alem de Mar de Plata –donde bailar es consumir en movimiento varias cosas, además de ofertar una imagen llena de marcas– tendrán un núcleo de incitación al consumo tan intenso e insoportable como el cruce de Bunge y Libertador de Pinamar. Es el punto en el que se muere todo lo que pueda considerarse un fenómeno genérico. No hay heladerías, ni vehículos de lujo, ni ropa, ni bebidas, ni libros sino denominaciones industriales que los sustituyen. En lugar de la cosa, el nombre. El veraneante, que podrá descansar del trabajo pero ya no de la obligación de la compra, ¿se preguntará dónde empezó todo esto? Una ráfaga de memoria trae en oleadas un poco turbias la vieja escollera del Club de Pesca Mar del Plata y los nombres pioneros que se alzaron años ha: Balcarce, Celusal, Quilmes, los primeros interventores del paisaje marítimo que un día podría faltar si se lo reemplaza por un buen artificio."
Juan José Becerra

12.1.10

Lojo: "Sobre héroes y tumbas narra una experiencia única de Buenos Aires"

La ensayista, narradora e investigadora, presenta una nueva edición crítica del libro de Ernesto Sábato. Allí analiza también el contexto del escritor y dice que la obra narra una experiencia única de la ciudad.

EN SANTOS LUGARES. "Las novelas de Sábato exhiben la ambigüedad de una realidad que no se puede reducir a fórmulas simplificadas", dice Lojo. fUENTE Revista Ñ

"Sobre héroes y tumbas, gótico surrealista y argentino, galería de fantasmas familiares, geología fantástica, perverso libro de viajes fabulosos en el corazón de lo cotidiano, nos ofrece la ilusión de recobrar un tesoro siniestro", escribe la investigadora María Rosa Lojo en la nota liminar a la reciente edición crítica de la gran novela de Sabato, que acaba de editar la Colección Archivos de la UNESCO junto a la Dirección General de Asuntos Culturales de Ministerio de Relaciones Exteriores de la Nación.

La flamante edición de Sobre héroes y tumbas (Alcion) de más de mil páginas, coordinada por Lojo, incluye estudios cronológicos, análisis de la historia del texto, su recepción y el posicionamiento de su autor, además de diversas lecturas que permiten, según dice en esta entrevista su coordinadora, un reposicionamiento del texto en el ámbito académico nacional e internacional. Justo cuando el nombre de Ernesto Sabato vuelve a sonar para el Premio Nobel de Literatura 2010, tras la reciente propuesta de candidatura del autor -la cuarta consecutiva-, enviada a la Academia Sueca por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) de España.

¿Por qué una edición crítica de "Sobre héroes y tumbas" en en este momento?

Bueno, digamos que no se trata precisamente de una idea surgida "en este momento". El trabajo de la edición crítica me fue encomendado por Amos Segala, fundador y entonces director de la Colección Archivos de la UNESCO, hace ya más de diez años. Uno de los objetivos de esta colección era (y es) presentar ediciones de excelencia de clásicos hispanoamericanos. Aunque los autores considerados como "clásicos" suelen estar muertos, primero, atento a la ya avanzada edad de Sabato (que había cumplido los 87) y a los reconocimientos internacionales recibidos por su obra (entre ellos, el Premio Cervantes), Amos Segala decidió que era oportuno emprender la edición crítica de esta novela, que yo comencé entonces, convocando a un equipo integrado por otros diecisiete especialistas de universidades argentinas y extranjeras. Nuestro trabajo se prolongó durante siete años. A ellos hay que agregarle tres más de espera, ya que el sistema de financiamiento de la colección fue interrumpido por diversas crisis, entre ellas, claro, la crisis argentina de 2001. En suma: que no se trata de algo súbito ni repentista ni oportunista, sino de un proyecto de muy largo aliento, iniciado hace más de una década.

¿Cree que esta edición puede favorecer una relectura del texto en el ámbito académico? ¿Y entre los lectores en general?

Sin duda que favorecerá la relectura de Sabato en el ámbito académico; ése constituye su principal objetivo y sus "lectores modelo" serán los estudiantes y estudiosos especializados. El público en general no está excluido, pero tiene a mano la obra en ediciones normales en todas las librerías, ya que Sabato es un autor que no ha dejado de publicarse.

¿Se podría considerar que "Sobre héroes y tumbas", publicado en 1961, es un libro de su tiempo?

Por supuesto, como todos los libros, en tanto reverberan en ellos, de manera inevitable, las obsesiones, preocupaciones y deseos que cruzan la época en la que fueron gestados.

¿Podría pensarse que se trata una obra que ha envejecido?

¿En qué sentido? En todos los libros hay aspectos que "envejecen" y que tienen que ver con su momento histórico. Hoy sería difícil imaginar a una mujer occidental que se suicidase por los mismos motivos que Anna Karenina. Pero la culpa y la situación de condena social son sentimientos y circunstancias que siguen existiendo. Lo que cuenta es la potencia con la que una obra expresa y resignifica la condición humana.

En pocos años, como consta en varios de los estudios presentes en la edición, esta obra de Sabato alcanzó cifras de ventas récord. ¿En qué medida considera que eso estuvo relacionado con el "boom" editorial de la década del 60 en la Argentina y cuánto con la obra en sí?

Seguramente el boom editorial creó las condiciones para que la obra fuera bien difundida y publicada. El resto lo hizo el interés despertado por esa novela en particular. No todas las ficciones impresas en los mismos años alcanzaron la misma repercusión, ni por los mismos motivos.

Respecto de la recepción de "Sobre héroes y tumbas" en la Academia, ¿cree que con el tiempo el libro y el autor cayeron en desgracia en los claustros?

Puede que esto haya ocurrido en algunos claustros dentro de la Argentina. En el exterior, en cambio, esta novela nunca dejó de ser considerada como una obra fundamental de la literatura hispanoamericana contemporánea. Y me consta que en la actualidad profesores universitarios de diversos países están escribiendo libros sobre Sabato.

Tal como se cita en uno de los estudios de la edición, en 1962 la revista "El escarabajo de oro" se refiere a Sabato como "uno de los intelectuales, más valiosos que tiene nuestro país". ¿Podría, hoy, decirse lo mismo del autor?

Creo que la cuestión está fuera de lugar, ya que, como sabemos, hace tiempo que Sabato, casi centenario y de salud frágil, está fuera de la vida pública activa y tampoco escribe ficción. No por eso el aporte que realizó en su momento es menos importante y significativo.

En el artículo de Karl Kohut se cita a Bernardo Canal-Feijoo cuando afirma que "Sobre héroes y tumbas quiere ser la novela de Buenos Aires". ¿Lo ha logrado?

Creo que sí, y que junto con otras obras, como Adán Buenosayres o Los siete locos, Sobre héroes y tumbas narra una inolvidable experiencia de la ciudad, única, personalísima, y a la vez compartible.

En varios de los análisis, se afirma que "Sobre héroes y tumbas" refleja las antinomias de la identidad cultural argentina. ¿Le ha tocado al libro caer en esas mismas antinomias de las que da cuenta?

Justamente mi tesis de doctorado estuvo dedicada a demostrar de qué manera, a través de una compleja construcción simbólica basada en los ejes luz/oscuridad, visión/ceguera, la novelística sabatiana exhibe la impureza y turbiedad de todas las antinomias, la ambigüedad y la ambivalencia de una realidad que no se puede reducir a fórmulas simplificadas, a pesar de lo que parecen creer, con obstinación maniática, algunos de sus personajes como Fernando Vidal Olmos."

9.1.10

La 'vuelta a la vida' de Harold Pinter

Lady Antonia Frasier, que compartió 35 años con el autor y es por sí misma una consagrada biógrafa e historiadora

Antonia Fraser, viuda de Pinter, en la presentación de su libro en Ciudad de México. | Efe

Antonia Fraser, viuda de Pinter, en la presentación de su libro en Ciudad de México. | Efe fUENTE EL Mundo

Harold Pinter, el dramaturgo británico galardonado con el Nobel de Literatura en 2005 y fallecido de cáncer tres años después, es recordado por su viuda en el libro 'Must you go? My life with Harold Pinter', presentado este viernes en México en primicia.

Lady Antonia Frasier, que compartió 35 años con el autor y es por sí misma una consagrada biógrafa e historiadora, recordó con amor y humor la figura de su marido, en un acto que suscitó la atención de la comunidad intelectual de Ciudad de México.

La frase que da título al libro alude a la que Pinter (Londres, 1930-2008) le expresó la noche que ambos se conocieron, cuando ella iba a partir de una cena en la que ambos habían tomado parte, a raíz del estreno de una obra del dramaturgo dirigida por el hermano de Frasier.

El libro, que se publicará en Reino Unido este mes, está conformado a partir del diario que ha venido escribiendo Frasier a lo largo de su vida y de comentarios a posteriori, realizados específicamente para el volumen.

"Después de su muerte me sentí oscura y llena de desesperación, y pensé que no podía seguir así, que tenía que hacer algo, y por eso decidí escribir", apuntó Frasier.

Los años recogidos están nutridos de pequeñas anécdotas, como la de la primera noche que ambos pasaron casados en su domicilio. "Él me leyó algunos de sus textos, y yo me quedé dormida; más tarde hablé con su primera esposa y me dijo que cuando no podía dormir, le pedía a Harold que le leyera", narró.

La última parte del libro narra los casi siete años que el autor estuvo luchando contra el cáncer, hasta que perdió la batalla, y la experiencia por la que pasó su mujer cuidándolo.

Un autor con vocación reivindicativa

Frasier negó que su esposo, conocido por expresar sus opiniones políticas con firmeza, fuese antiestadounidense por haber criticado repetidamente a los Gobiernos de ese país.

"Si no (hubiera hecho esas críticas) su vida en Estados Unidos no hubiese tenido sentido", dijo, y matizó que Pinter se había pronunciado en contra de la política exterior, no de la sociedad de EE.UU.

Para ilustrarlo, relató como el Nobel fue interrogado en el aeropuerto de Miami cuando volvía a su país desde Nicaragua, en la época del encono de EE.UU. contra los sandinistas.

A punto de perder los nervios por las preguntas incesantes de la agente, ésta se declaró admiradora de su obra y le dio la bienvenida al país. "Es una historia que ilustra la diferencia entre un Gobierno y sus ciudadanos", concretó.

"También criticaba al Gobierno británico", añadió sobre el activismo político de Pinter.

Frasier apuntó que su marido escribía solo cuando le llegaba la inspiración, y nunca trabajaba motivado únicamente por un interés económico.

"Pasó un año leyendo a Proust para hacer un guión de 'La mujer del teniente francés', pero nunca se llevó a cabo", rememoró.

Pinter es autor de piezas teatrales como 'La habitación' (1957), 'La fiesta de cumpleaños' (1958), 'El portero' (1959), 'La colección' (1962), 'El amante' (1963), 'Regreso a casa' (1965) y 'El silencio' (1969).

Por su parte, su viuda tiene en su haber biografías de María Estuardo, reina de Escocia, de Carlos II, de Oliver Cromwell, diversos libros históricos y ocho novelas policíacas.

Entrevista con Peter Florence, director del Hay Festival

ENTREVISTA
Este reconocido hombre de las letras habla de la aventura de llevar literatura a diferentes ciudades.

Peter Florence, director y creador hace 19 años de uno de los festivales literarios más reconocidos del mundo entero, el Hay Festival. fOTO, fUENTE: EL ESPECTADOR


Primero fue la suerte. Una partida de póquer le dio a Peter Florence el dinero para arrancar su idea de crear un festival literario en su ciudad natal, Hay-on-Wye, en Gales. Un año después el Hay empezó a contar con reconocidos escritores, como Arthur Miller, Martin Amis, Salman Rushdie, y con notas en el New Yorker y el New York Times que lo calificaron como una de las fiestas literarias más divertidas e influyentes de toda Europa.

Luego vino la inquietud. Era hora de explorar las voces de otras latitudes y de otros países, y después de llevar el Hay Festival a Londres, Italia y España, Peter Florence envió a sus emisarios para buscar una ciudad en América Latina donde pudiera radicar su festival. Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes jugaron sus cartas para lograr que la ganadora fuera Cartagena, y es por esta suma de eventos: suerte, inquietud y buenas letras que desde hace cuatro años Colombia tiene el privilegio de asistir a un festival en donde afamados escritores con camisa de manga corta, sandalias y con el ánimo desprevenido por la brisa caribeña hablan sobre esos mundos de los que escriben.

En esta cuarta versión y como ya es costumbre, llegan del 28 al 31 de enero personajes internacionales de la talla del escritor británico Ian McEwan, el peruano Mario Vargas Llosa, el director mexicano Alejandro González Iñárritu, el italiano Paolo Giordano, el saxofonista camerunés Manu Dibango y Daniel Mordzinski, El fotógrafo de los escritores, quien trae una muestra que reúne más de 180 imágenes de escritores iberoamericanos.

Hablamos con Peter Florence, el hombre de letras, el entrevistador elegido por grandes escritores y el creador y director, desde hace 19 años, de esta fiesta de la literatura.

¿Cuáles han sido los mayores logros conseguidos durante estas tres versiones que han pasado del Festival?

Nosotros hemos explorado la literatura de todo el mundo hispanoamericano, hemos descubierto nuevas voces y compartido historias que pueden cambiar vidas. Lo mejor que pueden hacer los escritores es lograr que sus lectores entiendan el mundo de nuevas maneras. Y lo mejor que puede hacer un festival es hacer que ese placer, ese nuevo entendimiento sea un poco más accesible. Lo maravilloso de los festivales es que nunca sabes qué es lo que puede pasar o qué es lo que va a ser más inspirador, de tal forma que cualquier persona que venga a Cartagena será afectada de manera diferente. Es siempre una sorpresa, una aventura.

¿Cómo seleccionan año tras año los invitados a este festival?

Nosotros seleccionamos a esos escritores cuyo trabajo más admiramos y tratamos de traerlos a una fiesta.

¿Qué le deja un festival literario a una ciudad?

La lectura, que es un placer al que las invitamos, pero además la conversación, el juego, los romances y los pensamientos cotidianos son todos enriquecidos por libros y escritores que se abren ante una audiencia. Pero Cartagena, de todas las ciudades del mundo, ya sabía de eso, de esa cotidianidad afectada por la fantasía y la poesía de Gabriel García Márquez. En realidad, nosotros sólo hemos construido sobre su legado. Los escritores están llenos de mundos interiores fantásticos y lo maravilloso de reunirlos en una pequeña ciudad es que esos mundos se hacen públicos de una manera espontánea e irrepetible.

¿Cómo fue el acercamiento con Ian McEwan para que viniera a Colombia?

McEwan es el escritor británico más exportado por estos días, es caballero de la orden del Imperio Británico y ganador del Booker Prize. Nosotros aspiramos a esa calidad de invitados de todas las culturas y países. Además la reputación de Cartagena como ciudad de ideas y sueños hace muy atractiva nuestra proposición para los escritores de todo el mundo. Pocos se rehusarían a conocer una de las ciudades más bellas del Caribe.

¿Qué es lo que lo alienta a seguir en esta ardua tarea de llevar literatura por tantas ciudades del mundo?

Los escritores dicen verdades que van más lejos que los periodistas o los medios. Ellos cuentas las historias íntimas de la vida de la gente, así que la literatura es siempre intrigante, fascinante y es la mayoría de las veces la mejor forma de conocer acerca de otras culturas.

¿Qué caracteriza e identifica a Cartagena de los otros Hay Festivals que se celebran en el mundo?

Crucialmente el clima, pero lo más importante es la rica mezcla de audiencias.

Ha entrevistado a grandes personajes. ¿Cómo se prepara para esa exigente tarea?

Lo que yo realmente quiero cuando entrevisto a un personaje es perfilarlo a él y casi olvidarme de mí mismo. Cuando uno entrevista a un escritor quiere darle a la audiencia una idea de quién es esa persona, pero además necesita retratar la mayoría de sus trabajos publicados, y tratar sobre todo de obtener de ellos alguna confidencia, alguna confesión sobre su escritura que nunca hayan dicho antes. También es tu obligación hacer de esa entrevista algo divertido para el escritor.

En un hora de entrevista, uno tiene en promedio 12 preguntas, así que tienes que juzgar hacia dónde está yendo la entrevista. La flexibilidad es vital. Esta gente es muy estructurada y brillante, la mitad de las veces sólo tienes que iniciar la conversación y conducirla con gracia.

Invitados del Hay Festival

Manu Dibango. Nacido en Duala (Camerún) en 1933. Saxofonista, director de orquesta, autor, compositor y cantante. Conocido humanista y luchador contra las desigualdades sociales. Manu Dibango fue condecorado en 2004 por el Director General de la UNESCO, Koichiro Matsuura, como "Artista de la UNESCO para la paz" en reconocimiento a su contribución al desarrollo de las artes, de la paz y del diálogo entre las culturas del mundo. Creador del género musical conocido como makossa.

Ian McEwan. Nació el 21 de junio de 1948 en Aldershot (Inglaterra). Novelista británico, apodado en sus inicios "Ian Macabro", debido a la naturaleza de sus primeras obras, que novela a novela se ha convertido en uno de los más solventes de su generación. La primera de sus obras que salió a la luz fue la colección de relatos Primer amor, últimos ritos (1975). En 1997 publicó Amor perdurable, considerada por muchos como una obra maestra. En 1998, y causando gran controversia, le fue concedido el Booker Prize por su novela Amsterdam.

Mario Vargas Llosa. Arequipa, 28 de marzo de 1936. Vargas Llosa es uno de los más importantes novelistas y ensayistas de Latinoamérica, así como uno de los principales autores de su generación. Vargas Llosa subió a la fama en la década de 1960 con novelas como La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1965), y la monumental Conversación en La Catedral (1969). Aún continúa escribiendo prolíficamente en una serie de géneros literarios, incluyendo crítica literaria y periodismo.

7.1.10

La desolación

El escritor venezolano, Premio Herralde 2006, acaba de publicar un volumen de cuentos donde recorre los temas de la violencia, el miedo y el delito. Critica a Chávez y también reflexiona sobre la historia y literaturas latinoamericanas.
BARRERA TYSZKA: "Para entrar a América Latina, lo único que sirve es que nos miren desde la complejidad y no desde la simpleza." fUENTE Revista Ñ

Langostinos. Alberto Barrera Tyszka no quiere otra cosa. Unos días en Guadalajara pudieron resquebrajarle el estómago a base de picantes y tequila. Por eso este mediodía propone almorzar algo liviano en El Carnal. Nacido en Caracas en 1960, Barrera Tyszka pertenece a esa tradición venezolana de escritores, guionistas de telenovela y columnistas políticos en la que se cuentan a José Ignacio Cabrujas e Ibsen Martínez. Ganador del Premio Herralde de novela en 2006 con La enfermedad, un relato seco que logra producir desolación, acaba de publicar un volumen de cuentos, Crímenes, donde la violencia se traduce también en una prosa contenida.

-Hay algo que recorre todos los cuentos de "Crímenes" y es la cuestión del deseo. ¿Qué encuentra en ese territorio?

-Es un territorio ambiguo donde la literatura puede desarrollarse. En este libro hay un interés especial desde donde se mueve la narración, que tiene que ver con el deseo, con el miedo y con la culpa. Incluso, en algunos textos, el lector podría preguntarse si el delito realmente existe o si es parte de la mala conciencia. ¿Dónde está el delito? ¿Está en la memoria? ¿Está en el miedo del personaje o realmente está en su deseo? Pienso en un cuento concreto: un hombre que se despierta luego de una gran borrachera y ve en el guardabarro de su coche un pantalón y piensa que ha matado a un indigente. Lo acompañamos en un intento de búsqueda y estamos acompañándolo a recorrer un miedo y un gran deseo. Y finalmente, en la literatura se hace posible que terminemos pensando que si no lo mató, lo va a matar después del punto final. Es la literatura la que construye y le puede dar forma a ese deseo.

-¿Qué descubrió con respecto a un tema tan latinoamericano como la violencia?

-Me gustó encontrar una diversidad de violencias. Pero siempre intento escapar o sabotear aquello que podemos esperar de la literatura latinoamericana asociada al tema de la violencia. ¿Dónde hay más violencia, en un guerrillero y una historia de violencia social o en una relación padre e hijo?

-Eso se plantea en su cuento "Las venas abiertas". ¿Cómo fue el proceso de escritura?

-Ese cuento surge cuando descubro un dato muy interesante: que la publicación de Las venas abiertas de América Latina se da el mismo año que Juan Gabriel saca su primer disco. Son dos eventos. Dos símbolos. Dos representaciones latinoamericanas que me llevaron a recordar la anécdota de un guerrillero amigo mío, de la única tarde que le dieron libre en un año y que todos los combatientes se pusieron a cantar "Querida". A partir de ahí empiezo a mezclar cosas, como el tema del regreso del guerrillero, que es algo que le tocó a mi generación. De esa manera voy complejizando la historia. Y esa sí es una búsqueda del escritor latinoamericano: cómo podemos escribir una literatura que se escape de lo que se cree que debe ser la literatura latinoamericana. Para entrar a América Latina, lo único que sirve es que nos miren desde la complejidad y no desde la simpleza.

-¿Ese cuento refleja su visión sobre lo que le pasó a su generación en los setenta?

-Sí. Y tiene mucho que ver con que nosotros recibimos a unos supuestos héroes que se pacificaron.

-Carlos Monsiváis, en "Aires de familia", habla de cómo el heroísmo se consolida en las guerras de independencia y se pregunta si hoy pueden existir héroes en el continente.
¿Usted qué piensa?

-Creo que ese es el gran problema de Hugo Chávez: la falta de épica. No tenemos épica o la única épica es mediática. El tiempo de las guerras, de las grandes invasiones, que es el tiempo heorico de Fidel, ya parece haber pasado. Chávez es un hombre que está desesperado buscando esa épica y no la consigue. Bush era perfecto para él por eso. Chávez tiene un discurso que quiere ser glorioso, pero es un hombre de armas, es de la gente que todavía piensa que la historia la hacen los hombres que están a caballo. Vivimos en una retórica gloriosa, heroica. Tenemos un presidente que nos dijo: "A nosotros, los venezolanos, nos toca una tarea más difícil que la que le tocó a Bolívar: tenemos que salvar al planeta".

-¿Se cree un dios?

-¿Cómo se vive con una obligación de ese tipo? Los venezolanos somos muy paganos, por eso supongo que no lo tomamos demasiado en serio.

-¿Usted se siente un intelectual de izquierda?

-Prefiero pensarme sólo como escritor, y el término "izquierda" es un problema. Es casi imposible definir izquierda o derecha. Un amigo dice que somos liberales de izquierda y anticomunistas. Una cosa paradójica.

-¿Cómo cree que se reencarnarán estas ideologías muertas?

-Es complicadísimo. Chávez acaba de proponer que se organice la V Internacional Socialista. Habla del Socialismo del siglo XXI, pero estoy convencido de que no existe un país más diferente al resto de Sudamérica que Venezuela. El Socialismo del siglo XXI es un invento retórico: sólo es posible con el petróleo y con los 800 mil millones de dólares que le entraron al país en los últimos diez años. ¿De qué izquierda estamos hablando si Venezuela, en los últimos años, vivió un festival del consumo?

-Junto a Cristina Marcano escribió "Hugo Chávez sin uniforme", ¿por qué no hablaron con Chávez para esa biografía?

-En Venezuela todo el mundo quería opinar de Chávez. Para decir que era la reencarnación de Bolívar o la reencarnación de Hitler. Fueron tres años de investigación en los que hablamos con todas las personas que tuvieron relación con él, empezando por su madre, y por todos los medios intentamos que nos concediera una entrevista. Nunca lo hizo. Pero creo que fue mejor. El libro hubiera tenido 400 páginas más con su versión de los hechos. Chávez construye diariamente su biografía, todo el día habla de él y además su discurso trabaja con parábolas y cuentos donde siempre el ejemplo es él cuando era chico o jugaba al béisbol. Eso tiene una cosa fascinante: de un mismo hecho tenemos cuatro versiones distintas, cada vez más heroicas, obviamente. Porque él quiere entrar a la liga del Che Guevara y no sabe cómo. El ex presidente brasileño José Sarney tiene una frase lapidaria. Una vez le preguntaron si Chávez se parecía a Fidel y respondió: "Le falta historia y le sobra petróleo". Es un poco la tragedia de Chávez.

-Pero podemos decir que es un buen escritor.

-Es un comunicador extraordinario. Tiene características de fabulador, cuentero. Y además canta, baila. No tiene miedo al ridículo.

-Volvamos a la literatura. El elemento de la sangre, en el cuento "La nada", se relaciona de alguna forma con "Las venas abiertas". Hay gotas de sangre que nadie sabe de dónde vienen. Y tampoco las entendemos.

-Esa interpretación es perfecta. Detrás de nosotros a veces hay una violencia y unos restos de violencia que no sabemos manejar porque hay que aprender a vivir. Y es inútil buscarle ciertas lógicas. Esa violencia está ahí. En "La nada", que relata el descubrimiento de unas gotas de sangre en el departamento de una pareja, primero se le echa la culpa al gato y después a unos murciélagos. En ese cuento la idea es que por más que busques, siempre te quedas con lo que hay. Nosotros somos esta nada, somos nosotros esta sangre que está goteando. Hay una frase de Paul Valéry: "Dios ha hecho todo de la nada. Pero la nada persiste". Esa idea está montada en el cuento: tienes un paraíso, una utopía, tienes una moral, un camino e incluso instituciones que instrumentalizan todo, pero ¿qué haces con la nada, con lo que seguimos siendo?

6.1.10

Murió el caricaturista David Levine

Sus retratos de autores, intelectuales, figuras históricas y políticas adornaban las páginas del periódico literario The New York Review of Books hace casi cincuenta años. Tenía 83 años de edad y su muerte fue causada por un cáncer de próstata. Aquí, reproducimos una nota del gran dibujante Hermenegildo Sábat, sobre Levine, publicada en Clarín en el 2005.



JORGE LUIS BORGES según David Levine. fUENTE Revista Ñ


David Levine: la realidad dibujada

Esta obra, sobre la que Levine trabajó dos años y que encierra múltiples significados, forma parte de la serie "Coney Island". El autor se reencontró con ella hace unos días en Portugal.

Por Hermenegildo Sábat
(publicada orignialmente en la Revista Ñ, el 7 de mayo del 2005)

Acostumbrado a exponer sus dibujos, acuarelas y óleos en la Forum Gallery, de Nueva York, David Levine vive preocupado por los deadlines que le impone The New York Review of Books, donde ha publicado sus magníficos dibujos durante cuarenta años. Si bien la casi exclusiva mayoría de los encargos han sido, y siguen siendo, personalidades literarias, musicales o de las artes plásticas, sus opiniones más fuertes (y memorables) han tenido como modelos a los políticos, en particular los presidentes de su país.

Ese detalle no lo singularizaría en un ámbito acostumbrado a dedicar diariamente espacios a caricaturistas políticos. Las diferencias que ha aportado Levine tienen que ver con sus dotes artísticas, la formación original —que lo llevó a estudiar incluso con el gran pintor alemán Hans Hoffman— y un ámbito familiar donde se sostenían ideas de izquierda.

Su puntería para expresar esas ideas sin palabras permanece en la memoria colectiva de varios millones de compatriotas, y de muchos admiradores extranjeros. Cuando Lyndon Johnson se sometió a una operación intestinal, mostró ante fotógrafos su abdomen tejano cruzado por una cicatriz. El dibujo de Levine fue lapidario: la herida era el mapa de Vietnam. Cuando se estrenó la primera versión de El Padrino, tampoco vaciló y osmotizó a Marlon Brando con el entonces presidente Richard Nixon.

Los años han pasado, se han acumulado distinciones —entre otras, es Caballero de la Legión de Honor en Francia— y a los 78 años David Levine sigue opinando como cuando lloró, siendo un niño, el avance de las tropas de Francisco Franco sobre los republicanos españoles. Pero ahora es testigo de censuras a sus dibujos tanto en la New York Review of Books como en The New Yorker. John Updike ha afirmado que "sus ojos han sido informados por una inteligencia que no entró en pánico". Otro intelectual sugiere que si fuese escritor, "sería Chejov".

El propio Levine no necesita adjetivos o comparaciones: "Soy un pintor sostenido por sus caricaturas", dice.

El año pasado, Levine realizó una nueva exposición en la Forum Gallery, ubicada en la Quinta Avenida de Manhattan. Entre dibujos, acuarelas, carbonillas y óleos, llamaba la atención una tela horizontal de dos metros por un metro titulada "The Front". Por distintas razones, especialmente porque no quería separarse de una obra sobre la que trabajó durante dos años, imaginó, confió que la tela no sería vendida. Pero ya se sabe que las telas nunca se venden; se compran o no. La obra combina la simpatía del autor por Coney Island, playa que adora y a la que ha dedicado durante años muchas otras creaciones, con la visita semanal —desde hace 45 años— a un taller de artes plásticas en su Brooklyn donde dibuja del natural modelos vivos. La superposición de individuos tirados unos encima de otros evoca, desde ya, el verano en Nueva York y en cualquier otra ciudad con playa, pero ese hacinamiento es sospechoso y puede aludir a campos de concentración, matanzas colectivas o rascacielos derribados. Las sugerencias están abiertas y no generarían confusiones ni sospechas. Como suele suceder en las películas emocionantes, las expresiones de deseos de David Levine fueron contrariadas por Luis Ricciardi, un agente de bolsa portugués, que pagó muchos miles de dólares por "The Front" y la trasladó hasta su casa en Estoril, ubicada dentro de cuarenta hectáreas que pertenecieron a Antenor Patiño, el "rey del estaño" de Bolivia.

Cuando Ricciardi ubicó la tela en el living de su casa, advirtió que no estaba firmada, detalle que no singulariza a Levine, si bien lo vincula con Velázquez, con Tiziano y hasta con Mark Rothko, que no solían rubricar sus obras. Velázquez no lo necesitaba: los reyes eran testigos de su genio; sería difícil encontrar a alguien que trate de imitar a Rothko, artista único. Ricciardi persuadió a Levine para que se trasladara hasta Portugal para que inicialara o firmase y allá marcharon David y Kathy Hayes, su esposa, nurse "diplomada", que aconseja tomar mucha agua cuando se tose, y se desempeña como representante de artistas en Nueva York.

El encuentro de Levine con su cuadro fue similar al de familiares que no se han visto durante mucho tiempo. No lloró, pero la procesión fue interna. Tampoco sugirió recomprarla; la melancolía que alcanzó en ese momento podría ser cantada por alguna discípula de Amalia Rodríguez, la reina del fado.

El momento deseado por Ricciardi llegó luego de la cena. Levine había ido preparado con pinceles y óleos y después de observar su obra decidió que la firmaría en el sector inferior derecho de la tela. Intentó una vez y debió borrar lo que estaba haciendo, ya que su entusiasmo lo conducía a pintar, no a firmar. Finalmente, eligió un bermellón y firmó, pero admitió que es más fácil, para él, estampar su nombre en un papel.

Hubo momentos felices y memorables en Lisboa, durante las visitas a tres magníficos museos. Levine, como cualquier amante del arte que se precie, rechaza observar obras en medio de jaurías turísticas que no disfrutan pero vaya si molestan. El museo de la Fundación Calouste Gulbenkian es la colección personal de un magnate que se enamoró con ese país, y que poseyó no sólo una fortuna sino también excepcional rigor, cultura exquisita y habilidad para seleccionar obras maestras. En ese festival visual, donde no hay espacio para reaccionarios u ordinarios, Levine disfrutó con Frans Hals, con Rembrandt, con el autorretrato de Edgard Degas, con los pequeños —y prodigiosos— paisajes de Corot, y se permitió repetir los espacios dedicados a las esculturas egipcias.

Consciente de que es peligroso cansar la vista con muchas obras, visitó el Museu da Arte Antiga, en la Rua das Janelas Verdes, la mañana siguiente. Allí vio a Piero della Francesca, a Hyeronimus Bosch, y también a Alberto Durero. El tercer día, el Museo Antropológico do Carmo sirvió para observar una iglesia que fue destruida por el terremoto de 1755 y recuperada para que sirvera de reunión de tumbas de reyes, reinas y colecciones de piezas primitivas de nuestro continente.

Cuando salimos después de tres días de furiosa ingestión artística, David Levine comenzó a caminar las ondulantes calles lisboetas y luego de observar una rara discusión entre dos individuos que agitaban sus brazos, recordó una situación que le ocurrió en un parque de La Habana. Después de observar un furioso altercado con puños en alto, en lo que parecía ser una batalla dialéctica afín a la revolución cubana, se acercó al grupo, esperando participar, o por lo menos escuchar argumentos. "En todos lados es lo mismo, discutían sobre el resultado de un partido de baseball".

4.1.10

García Márquez va al dentista

CRÓNICA
¿Qué busca un Premio Nobel con caries en un doctor de provincia? La amistad entre el autor de El otoño del patriarca y Jaime Gabazón contesta esa pregunta

García Márquez va al dentista
DETRÁS DE ESA SONRISA. El odontólogo del célebre colombiano dice que "no puede esconder" lo que hubo entre él y el escritor
Foto: LATS / EL PAÍS/ GORKA LAJARCEGUI. fUENTE adn

Por Julio Villanueva Chang

El doctor Jaime Gabazón abrió la puerta de su clínica dental de Cartagena de Indias y descubrió a García Márquez tan solo como un astronauta en su sala de espera. Eran las dos y treinta de la tarde del 11 de febrero de 1991 y el paciente había llegado puntual a su primera cita. "En siete años nunca llegó tarde", me contaría tiempo después el odontólogo. En su mesa de centro, había literatura de consultorio de dentista, unas cuantas revistas para bostezar la espera y empezar a caer bajo los efectos sedantes de una música de fondo. El doctor Gabazón parecía muy despierto bajo sus anteojos de lector de dentaduras. Tenía esa bonhomía que transpira la gente de la costa de Colombia y unos bigotes que se esmeraban por competir con su sonrisa simétrica. Aquella primera vez -me contaba en 1999- García Márquez había llegado hasta allí en su automóvil con chofer, en un barrio de la ciudad cuyo nombre es perfecto para un dentista: Bocagrande.

Cuando el odontólogo salió a recibirlo, el escritor acababa de completar de puño y letra la ficha de su historia clínica: "Nombre del paciente: Gabriel García Márquez. ¿Cuál es su ocupación? Paciente vitalicio. Número de teléfono: Cortado por falta de pago. Si es casado, ocupación de su esposa: Sí, no hace nada. ¿Para qué compañía trabaja su esposa? Ya quisiera yo saberlo. Nombre de la persona responsable por el pago del tratamiento: Gabo, el hijo del telegrafista. ¿Tiene usted alguna molestia o dolor? Molestia sí, el dolor vendrá después. ¿Nos podría decir quién lo recomendó al doctor? Su fama universal". Fue lo que García Márquez había escrito en esa primera dramática visita que tarde o temprano todos hacemos al consultorio de un sacamuelas. "Un cuento es lo que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras aguardas tu cita con él", dijo John Cheever.

Los primeros siete años de consulta el odontólogo trató a García Márquez con el respetuoso vocativo de maestro. Luego empezó a llamarlo compadre. Cuando se enteró de que la esposa del doctor estaba embarazada de su sexto hijo, García Márquez le preguntó con el entusiasmo de un cura recién ordenado: "¿Y cuándo lo bautizamos?". Iba a ser el primer hijo varón del dentista. Pero no entendió esa pregunta hasta que alguien que había vivido en México le explicó que en ese país, donde el escritor tiene residencia, a veces el honor de ser padrino se pide a los padres y no al revés. El día del bautizo, García Márquez y su esposa Mercedes Barcha fueron los primeros en llegar a la iglesia.

-No creo que nada sea casual -me diría su dentista-. Fue un bautizo macondiano.

Aquella ceremonia no fue la primera coincidencia familiar. El doctor Gabazón recordaba que las familias de ambos habían sido vecinas en el barrio de Pie de la Popa y que la hermana de García Márquez iba a jugar a su casa con la suya. Por entonces el dentista era un bebé de un año y el escritor debía ser un veinteañero que andaba mamando gallo, ese modo tan caribeño de tomarte el pelo y vacunarte contra toda solemnidad. Eran de generaciones distantes: cuando García Márquez ganaba el Nobel de Literatura, Gabazón hacía un postgrado de Rehabilitación Oral en Ohio State University. La primera vez que el paciente visitó la casa de quien iba a ser su compadre, el novelista entró por la puerta principal y salió por la de la cocina para saludar a las muchachas de servicio.

Desde entonces ningún dentista había callado tanto sobre la boca abierta de un escritor que detesta las entrevistas. Según el médico, a García Márquez le gustaba repetirle que cada vez que llegaba a Cartagena de Indias era a él al primero que telefoneaba. Desde que lo visitó en su consultorio, la vida del doctor Gabazón sufrió una metamorfosis. El odontólogo era invitado a leer un fragmento de Cien años de soledad en el Museo Naval de Cartagena. Sus amigos le enviaban libros para que García Márquez se los dedicara. Una firma. Un garabato. Por favor. Las señoras le rogaban fotografiarse con él. Una sola vez. Un minuto. Por favor. Los pacientes que llegaban a su consultorio veían, frente al sillón negro donde se acostaban, un cuadro con una fotografía del paciente ilustre y su odontólogo envidiado.

El escritor aparecía recostado en el mismo sillón que ellos y llevaba una camisa negra y las manos tan juntas como si el dentista lo hubiese maniatado. Quienes veían aquel retrato en colores creían que podía ser la travesura de una computadora caribeña, el burdo montaje electrónico de un fanático. Lo cierto es que el cuadro parecía servir al dentista como una primera anestesia para sus pacientes. De un golpe de vista se olvidaban de sus muelas y cualquier mueca de dolor se enderezaba en la pregunta de siempre. ¿Qué hacía García Márquez sentado allí?

***

Cinco años después de conocerlo en su consultorio de Cartagena de Indias, el doctor Gabazón abrió ante mí un maletín negro que guardaba bajo una clave de seguridad. Se acababa de mudar con su familia a Tampa, Florida, luego de haber tenido que partir de Colombia, donde él y su esposa eran militantes evangelistas de una comunidad cristiana. Ambos predicaban en barrios populares donde no eran bienvenidos por la guerrilla de ese país. Era una noche de otoño y el dentista vestía una camisa negra poblada de árboles. Estaba de pie, frente a la mesa del comedor de su nueva casa, buscando algo en el maletín que acababa de abrir. Su mudanza a Estados Unidos no terminaba. En el piso, aún había cajas por desempacar. Por debajo de la mesa, se paseaba Blackie, un perro pincher en miniatura de quien el dentista decía que sólo le faltaba hablar. En las paredes colgaban pinturas de su esposa, la artista plástica Ángela Schiappa. En los meses posteriores a su llegada, el doctor Gabazón aún no podía ejercer de odontólogo en Florida. Mientras tanto trabajaba de ceramista dental en un laboratorio de prótesis molares. Se había vuelto un escultor de dientes de porcelana.

Ya era la medianoche y el dentista extrajo del maletín una minúscula bolsa de terciopelo azul, parecida a esas donde los joyeros guardan metales preciosos para protegerlos de los rasguños y del maltrato del tiempo. En uno de los cuartos, Jaime Enrique de Jesús, su hijo menor y ahijado del escritor, se había quedado dormido. Había visto una fotografía en la que García Márquez y su mujer estaban con él frente al cura en el instante del bautizo. Entonces era un bebé y ahora tenía siete años. Si le preguntaba sobre su padrino, no recordaría más que lo que sus padres le contaron. Pero esa noche el doctor Gabazón parecía estar dispuesto a mostrarme lo que no me había confiado cinco años atrás, cuando lo conocí en su consultorio de Bocagrande. En esa bolsa de terciopelo azul guardaba un secreto.

No fueron nada novelescas las razones que llevaron a García Márquez al consultorio del doctor Gabazón. Un odontólogo de Bogotá había operado una corrección en la dentadura del escritor, y éste le recomendó al ortodoncista Luis Eduardo Botero para que continuase su tratamiento en Cartagena de Indias. Era una operación de rutina con uno de esos especialistas que te enderezan los dientes en mala posición. El ortodoncista devolvió la dentadura del escritor a su sitio pero le diagnosticó un mal periodontal. En buen castellano, un dolor de encías. Era la especialidad del doctor Gabazón, y el ortodoncista se lo recomendó a García Márquez. Fue así como aquella tarde de febrero de 1991 descubrió al hijo del telegrafista en la sala de estar de su consultorio de Bocagrande, luego de que éste escribiera los datos de su historia clínica en una ficha de cartón que le había entregado su secretaria Onira Madera.

-Fue como un mandato de Dios -me dijo Gabazón trece años después en su casa de Florida.

Durante las consultas, García Márquez se volvía más terrenal cuando hablaba de política. Un día el dentista se atrevió a comentarle algo sobre Dios.

-Gabo hizo lo que cualquier persona -recordó-. Dio un muletazo y pasó a otro tema.

El odontólogo entendió que debía evitar asuntos divinos en sus conversaciones con el novelista. Pero había una pregunta metafísica: qué diablos iba a hacer con sus recuerdos cuando García Márquez se muriera.

-Uno nunca sabe -me dijo-. Hasta uno se puede morir antes que él.

-Los dentistas no van al cielo -le advertí.

-Fíjate que yo sí voy -respondió.

No está mal saber que uno va siempre hacia alguna parte. Sentirse un hombre bueno parecía ser la única soberbia en el doctor Gabazón. Tenía apuntada en su historia dental la última vez que atendió a García Márquez: 20 de enero de 1999. Fue un miércoles. El dentista también recordaba haber recibido una llamada telefónica del escritor en diciembre de ese año apocalíptico.

Gabriel García Márquez se iría de Cartagena de Indias al siglo siguiente. Por entonces, un cáncer linfático se asomaba a su vida. Según el dentista, hubo el rumor de que el cantante Julio Iglesias quería comprar la casa del escritor. Antes de mudarse a Estados Unidos, el doctor Gabazón había dejado una carta a uno de los hermanos del escritor con el expreso pedido de que éste la leyese. También, una caja de galletas preparadas por la suegra del dentista. Esa noche de otoño en Florida, cuando el odontólogo estaba a punto de enseñarme lo que guardaba en su maletín negro, el doctor Gabazón me dijo que aún no recibía respuesta.

***

No había razones obvias para explicar por qué García Márquez lo eligió su dentista y luego su compadre. El doctor Gabazón era un odontólogo de provincia. En los estantes de su consultorio de Cartagena de Indias no se asomaba ninguna novela, apenas clásicos de la dentadura anglosajona como Periodontal Disease , dolorosa literatura para odontólogos. El doctor Gabazón no había leído la novela Anestesia local , de Günter Grass, ni el cuento "El dentista", de Alfred Polgar. Tampoco un episodio de Memorias del subsuelo , donde Dostoievski escribe sobre la voluptuosidad de un dolor de muelas. El doctor Gabazón sí había leído el poema "Desiderata", que por entonces colgaba de una pared del consultorio, por encima de un mueble con enjuagues bucales y dentaduras postizas. Sobre su escritorio había una calavera que nada tenía que ver con Hamlet. Era la escenografía de un sacamuelas, el lugar común de la castración dental.

El doctor Gabazón tenía una teoría elemental: García Márquez lo había elegido su compadre para romper la rutina de famoso. Hablaba del escritor con familiaridad, admiración y sin falsas reverencias. "La gente -me dijo- se olvida de que Gabo es un ser humano." Pero la gente también se olvidaba de que el dentista era un ser humano y le preguntaba cuánto se le podía cobrar a un compadre así. "¿Podría decir quién le recomendó al doctor? Su fama universal", había escrito García Márquez en su ficha de paciente.

***

El odontólogo me seguía contando anécdotas del Premio Nobel de Literatura mientras revisaba el maletín donde guardaba sus más íntimos recuerdos. La historia clínica del paciente García Márquez, retratos de familia con García Márquez, recortes de prensa sobre García Márquez, una muela de García Márquez. Sí. El tesoro del dentista era un molar con tres raíces y una incrustación de oro. Sólo de saber que había pertenecido al novelista, aquella muela adquiría una apariencia de ficción y lucía más horrenda en el acto de extraerla de una bolsa de terciopelo. Ver cualquier muela fuera de su boca hace que uno pasee su lengua para verificar si las suyas siguen allí, dispuestas a masticar y morder. El molar de un genio se ve tan espantoso como el de cualquiera y crea la ilusión de que todos somos iguales bajo las tenazas de un dentista. Pero una muela de García Márquez en tus manos es más que eso. Es la historia secreta de una sonrisa.

Desde años atrás en García Márquez ya habitaba cierta inexplicable predilección por el tema dental. Había dedicado algunos episodios de su obra a lo indefenso que uno puede estar ante un dolor de muelas y a la fascinación que puede causar una dentadura. En "Un día de estos", uno de sus cuentos más memorables, Aurelio Escovar, un dentista sin título, extrae sin anestesia la muela que ha torturado por cinco días a su opositor, el alcalde de un pueblo sin nombre. Por suerte, García Márquez nunca quiso ser alcalde y Gabazón es un odontólogo titulado. Años después, en Cien años de soledad , el novelista escribió un episodio premonitorio de su primera visita al odontólogo: "Vieron [los habitantes de Macondo] un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano". En resumen, Melquíades terminó sacándose los dientes y envejeciendo de pronto, pero luego se los puso otra vez y sonrió con el poder restaurado de su juventud. El hombre envejece cuando sus dientes no se reponen. García Márquez lo sabía bien. Perder un diente era también una metáfora de la caída del poder.

No había sido el primer escritor en fascinarse por las muelas. Joyce y Nabokov habían perdido la dentadura antes de cumplir los cincuenta años, y no se ahorraron palabras para retratarlas en sus libros como algo más que un rasgo fisonómico. Martin Amis, otro escritor del club de los desdentados, ensayó en su libro Experiencia una explicación sobre la comunidad de escritores de dientes postizos: "¿Qué más tenían en común Nabokov y Joyce aparte de la pésima dentadura y una soberbia prosa? El exilio y décadas de una precariedad económica cercana a la indigencia. Y una compulsiva tendencia al exceso. Y la desmedida sumisión que merecidamente les inspiraban sus esposas". Cualquier parecido con García Márquez era pura coincidencia.

-Es como un Dios de la literatura. Todo el mundo está interesado en cualquier cosa que hace -me dijo el dentista esa noche-. Gabo sabe que yo no puedo esconder lo que pasó entre nosotros.

El último día que lo vio en su consultorio de Cartagena de Indias, el único diente que le faltaba a García Márquez era la muela de juicio. Pero años antes, aquella primera tarde de 1991, en su consultorio de Bocagrande, Gabriel García Márquez tenía una caries y el doctor Gabazón había decidido operar: le inyectó anestesia local, le extrajo un molar, suturó la herida, y tiempo después colocó un implante en su lugar. Según el dentista, el escritor nunca se quejó. Sin embargo, desde esa primera cita hubo una pérdida. En la historia de la literatura, siempre ha sucedido: Homero fue ciego, a Cervantes le faltaba un brazo, García Márquez tenía caries.

-El hilo dental es más importante que el cepillo -me advirtió el doctor Gabazón.

Este texto forma parte del libro Elogios criminales (Planeta Perú, Lima, 2009)

Castillo" La verdad, esté donde esté"

"Lo que faltan hoy son hombres terriblemente éticos, que no hagan ninguna concesión" dice Castillo en la siguiente entrevista, recordando la muerte de ese gran escritor francés Albert Camus que cumple 50 años de su absurda muerte.

ABELARDO CASTILLO. Prepara una antología de sus ensayos. Sentía las ideas de Camus como incorporadas a él de manera connatural.fUENTE Revista Ñ
La lluvia contiene el aliento con paciencia de francotirador. Es una de esas noches previas a la Navidad en Buenos Aires –sobre mugrosa, mojada– y en calles no lejanas se duerme y se muere entre cartones que envolvieron baratijas venidas de Taiwán. El absurdo del mundo acecha, como dice Camus, "a la vuelta de cualquier esquina", y el calor evoca vaticinios de fin del mundo, parece imponer a los seres humanos de su destino colectivo, de su inescapable historicidad: la certeza de que finalmente todos –los de la sartén por el mango y los que han vivido y sufrido para echar en ella los frutos de la tierra, y los que han recibido las sobras del banquete, y los que han mirado hacia otra parte– nos coceremos en el mismo caldo recalentado. Y sin embargo, ventanas adentro, hay todavía la posibilidad de un ámbito sereno, un estudio pulcro y ordenado, con sus cuatro paredes barrocamente recubiertas por el tesoro de los libros venerables y queridos, donde un escritor cita de memoria y casi sin error un párrafo de El mito de Sísifo, el famoso ensayo de 1942 en el que Albert Camus fundamentaba su filosofía del absurdo: "Suele suceder que los decorados se derrumben. Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo, es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Pero un día..."

Seguramente es ya un "derrumbe de los decorados" lo que a su manera oscura prefiguraba el genio de Kafka en 1915 (cuando Camus era apenas un pichón de pied noir) y que podría colocarse, con toda naturalidad, a continuación de aquella cláusula del "pero un día": "[Pero] una mañana, Gregor Samsa despertó de un sueño intranquilo y se encontró convertido en un enorme insecto".

Y el hombre que día tras día se levanta y toma el tranvía podría ser el mismo que, antes y después de El mito de Sísifo, despojaba Beckett de todo menos la remota nostalgia de un sentido: "[Pero] el sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo" (Murphy, 1938); "[Pero] pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto" (Malone muere, 1952). Ese reconocimiento atraviesa toda la cultura de nuestra época.

Pero, pero, pero... pocos, entre nosotros, han hecho tan explícitamente suyo ese "pero" como Abelardo Castillo, quien en 1961 –apenas un año después de la muerte "absurda" de Albert Camus en un accidente automovilístico el 4 de enero de 1960– incluía en su primer volumen de cuentos, Las otras puertas, el memorable relato "Also sprach el señor Núñez" (clara alusión al Nietzsche que hay detrás de todo Camus bien leído), el cual arranca precisamente así:
"Pero un lunes, sin aviso previo, Núñez llegó a la Pirotecnia con una valija, o tal vez era un baúl grandioso, descomunal, pasó por la portería a las diez y media, no marcó tarjeta, no subió al guardarropa. Abrió la puerta vaivén de un puntapié y dijo:
–Buen día, miserables."
"Lo que está antes del 'pero' es la frase de Camus –declara Castillo en la calma de su estudio, en la vieja casa donde él y su pareja, Sylvia Iparraguirre, han construido un doble refugio de vida en común y escrituras solitarias–; frase que yo todavía no había leído, eso es lo curioso, pero que sentía con mucha fuerza. Es la irrupción del absurdo, dice Camus: 'Pero un día surge el por qué y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro'. Es como si en ese momento, con ese movimiento de la conciencia, cambiara todo. También es el momento en que se empieza a ser consciente del tiempo y de la propia precariedad."

Los argelinos

Venir a hablar de Camus con Abelardo Castillo no es una arbitrariedad impuesta por la efeméride o por el ingenio contorsionista de un editor a la caza de un "tratamiento periodístico". Camus murió hace cincuenta años y, aquí y ahora, cuando su nombre parece haber dejado de acudir a los labios de quienes enumeran influencias, hay pocas memorias tan lúcidas como la del autor de El que tiene sed y Crónica de un iniciado a las que apelar en busca de una visión especular de aquello que, desde mediados del siglo XX, marcó debates políticos y culturales decisivos a ambos lados del Atlántico. Si de efemérides se trata, poco antes y poco después de la muerte de Camus se concentran, para Castillo, algunas fechas decisivas. En 1959 era premiado con la publicación y representación de su primera obra teatral, El otro Judas (donde el tema de la traición y la culpa pone en acto la cuestión de la responsabilidad individual, tema tan afín a los del existencialismo y el propio Camus); ese mismo año fundó junto con Arnoldo Liberman, Humberto Constantini y otros la revista de literatura El Grillo de Papel, de la que llegaron a aparecer seis números antes de que, en 1960, el gobierno de Arturo Frondizi la prohibiera por su clara filiación marxista. En 1961, Castillo reincidió al fundar –junto con Liliana Heker– la revista El Escarabajo de Oro, que aparecería hasta 1974 y que llegó a ser una de las publicaciones más influyentes y representativas de aquella época, como en la década anterior lo había sido Contornos. El escarabajo de oro puso en circulación textos de Miguel Angel Asturias, Cortázar, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Beatriz Guido, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sabato, Dalmiro Sáenz; y dio por primera vez espacio a Liliana Heker, Ricardo Piglia, Miguel Briante, Alejandra Pizarnik, Haroldo Conti. En el marco de la "Biblioteca El Escarabajo de Oro", en 1964, Castillo y Heker editaron en un volumen hoy casi inhallable la famosa Polémica Sartre/Camus que había tenido lugar en 1951 en Les Temps Modernes, dirigida por Sartre, a raíz de una crítica a El hombre rebelde de Camus escrita por Francis Jeanson, y que por el 53 o el 54 Castillo había leído en las páginas de Capricornio, otra revista mítica que supo dirigir Bernardo Kordon.

"Mi primera lectura de Camus fue casi simultánea con el descubrimiento de Sartre –dice Castillo–. Yo tenía 18 o 19 años, y con un amigo de San Pedro leíamos la polémica Sartre/Camus a la sombra de un árbol. Lo que da la medida de la irradiación que tenían esos nombres en esa época. Porque no es Buenos Aires, no es el Petit Café o El Aguila donde estaban los existencialistas, o la Facultad de Filosofía; es un pueblo de la provincia de Buenos Aires que no se caracteriza por sus relaciones con la filosofía contemporánea. Eso llegaba casi a todos lados de una manera muy inmediata, se publicaban ciertas cosas en Francia y acá salían en las revistas literarias. Sartre me llevaba treinta años, y Camus veintitantos, pero uno los sentía como a sus contemporáneos. Esa cercanía empieza con la generación de Contorno, tal vez los primeros lectores de Sartre aquí, aunque ellos tomaron más el Sartre de la noción del compromiso en literatura, cosa que a mí nunca me interesó demasiado. Yo me interesé en la filosofía existencialista, en el Sartre posterior, que relee la noción de compromiso. Con él aprendí a pensar, y saqueé sus libros porque quería esa influencia. La influencia de Camus, por lo menos en mí, fue menor que la de Sartre; pero por una razón paradojal. Es como si yo ya hubiera venido influido por Camus. No necesitaba su influencia, porque su visión del mundo era algo que me era constitutivo. Pertenecía a mi propia experiencia. Hoy citaba Sylvia (Iparraguirre) ese pasaje de El primer hombre en que el narrador habla de su padre: 'Lo que odiaban de él era el argelino'. Es algo que yo he sentido muy fuertemente dentro de la intelectualidad de Buenos Aires. Siempre me sentí como una especie de argelino, uno venido de afuera, que se las arregla como puede.

La edición de la polémica por El Escarabajo de Oro, además de las cartas de Camus a Sartre y de Sartre a Camus, reponía la reseña crítica de Jeanson y un epílogo de éste a la controversia, cuyo detonante fue la reacción de Camus a las críticas recibidas por su libro y que marcó el distanciamiento de esas dos personalidades de la cultura francesa. Además, incluía el texto que años más tarde dedicaría Sartre a la memoria del antiguo amigo y camarada y que se reproduce en estas páginas (véase "El cartesiano del absurdo"). "Siempre se le ha criticado a Camus, sobre todo en su último año, la ruptura con la llamada 'izquierda'. Camus se atrevió a decir cosas que en ese momento yo también criticaba –confiesa Castillo– porque entonces quería estar más cerca de Sartre, aunque espiritualmente me sentía más cerca de Camus. Llegó a decir: 'Si la verdad estuviera a la derecha, yo iría a buscarla ahí'. Era una especie de blasfemia, en el mundo de la posguerra, en el mundo de Sartre, decir eso. Pero es de la mayor lucidez, porque las verdades están en cualquier parte y hay que ir a buscarlas donde estén, no de acuerdo con un presupuesto ideológico previo. Lo que separa a Camus de Sartre no es en absoluto la filosofía o su relación con el mundo o su actitud ante la vida; es una cuestión meramente política. La discusión de ellos pasa por esto: ¿era prudente o no hablar entonces de los campos de concentración soviéticos? Ese era el nudo de la cuestión."

Para el 64, el editor de El Escarabajo de Oro ya no era el adolescente que quería dejarse influir por la irradiación del pensamiento sartreano, y a la hora de rescatar la discusión entre Camus y Sartre en su propia revista podía ver un anuncio de sus propias controversias: "En el 59 o 60 se desata la polémica mía con Héctor Agosti. Lo que se discutía era si era razonable y conveniente discutir con el Partido Comunista en ese momento, cuando era perseguido; si era hacerle el juego a la derecha o no. Esa polémica la publiqué tiempo después, en un libro que se llama Discusión crítica a 'La crisis del marxismo', porque en ese momento, aunque Liberman decía que había que publicarla y que las verdades deben ser dichas en el momento, yo sostenía que no era oportuno, digamos, porque era como darle a la derecha una herramienta servida en bandeja. Discusión permanente de los intelectuales argentinos, que no necesitan ser sólo argentinos ni sólo intelectuales. Todos estábamos como cargados de responsabilidad; no estaría mal que volviera un poco eso porque dan escalofríos, hoy, la falsa responsabilidad y la banalización de las ideas".

Es posible que Camus necesitara librarse de la enorme sombra proyectada por Sartre a su alrededor. Castillo señala ese párrafo de El mito de Sísifo donde Camus habla del absurdo como "lo inhumano" que "también los hombres segregan": "Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta 'náusea', como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo". "Es notable –dice Castillo– que en este libro se cite con nombre y apellido a Malraux, a Jaspers, a Husserl, a Heidegger, a Kierkegaard, y que a su amigo Sartre no lo haya nombrado. Decir 'náusea' es decir Sartre; pero todo lo que nosotros buscábamos acá, ser sartreanos, ser existencialistas ateos, ser camuseanos..., a Camus parece que le molestaba mucho. Sin duda el peso de Sartre debe haber sido en Francia más o menos como el peso de Borges en la Argentina o el de Neruda en Chile. Y Camus era un hombre demasiado singular, que no tenía ningún interés en que lo confundieran con los otros, que no quería parecerse a nadie."

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio", escribió Camus. La radicalidad de la declaración que inicia El mito de Sísifo tenía que tener necesariamente un eco en el espíritu afín de Castillo. "La irrupción de Camus en mi generación –dice el escritor argentino–, es a partir de ese libro. Pero uno de los errores de interpretación más frecuentes al leerlo es decir que se trata de una especie de exaltación del suicido, o una defensa del suicidio, cuando es todo lo contrario. Lo que Camus se proponía era mostrar que, pese a que tal vez la vida no merece ser vivida, la elección de la vida es un acto de soberana libertad. Como él señala, casi nunca los grandes pensadores pesimistas, los que han abominado de la vida, se han matado. El caso típico es Schopenhauer; también podríamos mencionar a Cioran. Y sí suelen matarse los grandes amadores de la vida. Esa canción que dice: 'Gracias a la vida / que me ha dado tanto' fue escrita por una suicida. Maiacovsky, el gran exaltador de la vida, termina matándose. Es el que idealiza el mundo el que va a sufrir la desilusión más terrible. Lo que Camus hace es demostrar las razones por las que un hombre debe vivir. Y a su manera lo consigue."

Si Sartre definió a Camus como un cartesiano de la moral, no deja de haber en ello –aun en el marco del panegírico– un señalamiento crítico. Aunque Sartre estaba en desacuerdo con los maoístas, en cierto momento juzgó oportuno poner su prestigio de ese lado. "Camus nunca hubiera hecho eso porque Camus necesitaba que la verdad fuera un absoluto –dice Castillo–. Tal vez era más ingenuo en ese sentido, y mucho menos práctico. Pero creo que ése es el gran legado de Camus. Porque lo que nos falta hoy son hombres terriblemente éticos que no hagan ninguna concesión, que vayan a buscar la verdad adonde esté, no en el eslogan o en la ideología previa".

Un poco de literatura

Si se trata del contacto primordial entre el escritor Camus y el lector Castillo, en términos más estrictamente literarios, las opiniones de Castillo tienen la misma contundencia que los debates ideológicos. "Lo primero de Camus que me dio vuelta del revés fue Calígula. Sigo creyendo que es una de las tres o cuatro grandes obras de teatro del siglo XX junto con Galileo Galilei de Brecht, El diablo y Dios de Sartre y alguna más, y de las más grandes entre las piezas de corte histórico. Contiene todos los grandes temas de Camus. En la última escena de mi obra Israfel, cuando Israfel frente al espejo tira la botella, no hace falta ser un lince para darse cuenta de que hay una influencia poderosa del Calígula de Camus, que dice frente al espejo: 'estoy vivo todavía'. Esa última frase es como la corporización del mito de La peste, por entonces aún no escrita. Es la peste que siempre está latente, dispuesta a surgir en cualquier momento. Cuando Camus le hace decir a Calígula 'estoy vivo todavía', en realidad está haciendo hablar a lo que Calígula significa en la pieza; es decir: 'yo soy la peste'. Después cayó en mis manos El extranjero, que no es el libro de Camus que más me gusta. Siempre me ha gustado mucho más La caída. El extranjero revolucionó las letras de su tiempo, pero entonces yo ya había leído La náusea y no podía dejar de cotejarlo: sentía que La náusea era mucho más poderoso. Sin embargo, hoy no sabría decir cuál de los dos escritores era mejor creador literario, porque para juzgar a Camus tenés que leer no sólo El extranjero sino también La caída, La peste, los relatos de El exilio y el reino, y sobre todo la obra que se encuentra después de la muerte de Camus, El primer hombre, que para mí es su mejor obra, de alguna manera mejorada por el hecho de que Camus no la pudo terminar. Camus tenía tendencia a ornamentar demasiado, y eso se nota en su prosa ensayística. Pienso que obras como El primer hombre, como Calígula o La caída se escriben muy rara vez en la historia".

Castillo prepara hoy, bajo el título de Desconsideraciones, una edición de sus propios ensayos que no casualmente incluirá un texto suyo sobre Camus, "El argelino silencioso". El texto busca en la muerte de Camus las claves para leer su vida y su obra: "Cuando Camus, absurdamente, se mató en un accidente automovilístico tenía 46 años. Absurdamente: escribir que esta muerte prematura fue absurda no es intercalar un adverbio emotivo, sino aceptar las leyes del mundo espiritual de Camus. En un universo absurdo, la muerte, si no se la ha elegido, es una contingencia tan irrazonable como la vida. [ ...] Justamente por absurda, la muerte de Camus se constituyó como destino. Cuando tenía treinta años, escribió: 'Existe un hecho evidente que parece enteramente moral: un hombre es siempre presa de sus verdades. Una vez que las reconoce no puede apartarse de ellas. No hay más remedio que pagarlas'. Tuberculoso desde la adolescencia, sobreviviente de la miseria africana, de la guerra, del suicidio –escribió un libro entero para justificar el no matarse y exaltar la esperanza en un mundo que afirma la desesperación y niega la vida–, parecía inmunizado contra la muerte. Sólo podía matarlo el azar. Pero, si es cierto que siempre pagamos por nuestras verdades, el azar es una forma secreta del destino. 'Mi obra no ha comenzado', solía decir. En Estocolmo, en su discurso ante la academia sueca, se describió a sí mismo como un hombre 'cuya obra está todavía en el telar'. Se tiene la tentación de creerle. El extranjero, La peste, La caída, unas pocas piezas de teatro, de las cuales sólo una (Calígula) puede ser considerada definitiva, algunos relatos y ensayos impecablemente escritos, conforman la obra total de Camus", escribe Castillo, en consonancia con la invitación de Sartre, que afirmaba: "Habrá que aprender a ver esta obra mutilada como una obra total".