11.7.15

Jorge Luis Borges: el axioma de la literatura argentina

Los lugares comunes algunas veces aciertan. Por ejemplo: es imposible pensar la literatura argentina sin Borges

 
Sarlo imagina que Borges no existió y reordena lo que queda./ Sophie Bassouls./adncultura.com
Pieza maestra del siglo XX, a partir de él se cruzan o se dispersan todas las líneas. Esto vale hasta comienzos de 1980. Desde entonces pasan cosas diferentes que darían lugar a otra nota, cuyo título podría ser "La literatura argentina después de Borges", cuando comenzó a funcionar de modo más "normal", menos volcánico; sigue siendo el Gran Escritor con quien, sin embargo, ya no todos ajustan cuentas y se trazan diagonales que Borges no pisó. La culminación absoluta y el apaciguamiento.
¿Cómo habría sido la literatura hasta los años ochenta sin Borges? Es difícil imaginar a Bioy Casares sin ese prólogo a La invención de Morel que escribió Borges. Pero podemos imaginar otros que, probablemente, habrían dibujado una cartografía distinta, despojada del "centro Borges". La pregunta permite pensar "en hueco", no como si algo faltara sino intentando imaginar su radical inexistencia. Si se lo pensara como un simple faltante, el ejercicio no valdría la pena.
En cambio, se trata de olvidar que existió y reordenar lo que queda. Los libros inaugurales de lo nuevo habrían sido Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), Calcomanías (1925) y Espantapájaros (1932), de Oliverio Girondo, y no la serie Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). Probablemente nadie habría releído a Evaristo Carriego, como lo hizo Borges, y la poesía argentina tendría en su centro operaciones más "vanguardistas", como las de Girondo. Y en lugar de las orillas porteñas, el barrio y las calles rectas hasta el horizonte, estaría el paisaje fluvial y fluyente de Juan L. Ortiz. En ausencia de Borges, probablemente ésas serían las dos grandes líneas poéticas de la primera mitad del siglo XX.
Martínez Estrada fue el gran escritor ideólogo; pero, sin Borges, no habría obstáculos para pensarlo, en soledad, como el gran ensayista del siglo. Por otra parte, sus relatos se correrían al centro del sistema. El prodigioso "Marta Riquelme", por ejemplo, habría inventado un espacio original, fantástico, laberíntico, arbitrario y terrible. "La inundación" sería el tributo que la literatura argentina, en ausencia de Borges, rindió a Kafka, el escritor que Borges admiró de modo incondicional. Pero algo estaría faltando. Martínez Estrada no es citable como lo es Borges, y una literatura es, entre otras cosas, un sistema de citas y reconocimientos, rebotes, préstamos y deformaciones.
Sin Borges, la forma más simple de ordenar la literatura de la primera mitad del siglo caería en pedazos. La servicial oposición en la que Borges fue lo que Arlt no pudo ser y viceversa le da un orden a los libros hasta 1950. Pero sin Borges, la originalidad de Arlt enlazaría directamente con la de Puig: dos escritores que escriben "desde afuera" de la literatura, aunque sea un mito sostener que no sabían literatura. Arlt escribe desde el periodismo, el folletín y la novela rusa (Borges detestaba la novela rusa y le gustaban, como una debilidad, sólo los folletines gauchescos); Puig escribe desde la novela sentimental y el imaginario del cine (Borges detestaba la novela sentimental, y le interesaba el cine, pero no a la manera de Puig: ponía sus distancias, hacía esguinces).
Probablemente Bioy no habría sido quien fue realmente sin Borges y a Silvina Ocampo se le reconocería una marca de originalidad muy fuerte. Ella no fue borgeana; su escritura tiene una turbiedad, una buscada imprecisión, una perversidad en el acople de palabras que no son borgeanas. Hay en Silvina Ocampo una especie de rebeldía a la racionalidad formal y a la trama bien compuesta, a la nitidez de lo complejo (la gran marca de Borges) que la coloca siempre como una outsider. Sin Borges, Silvina Ocampo habría sido una alternativa de primer plano, no una escritora extraña que, paradójicamente, estuvo cerca de Borges mucho tiempo.
Algunos escritores intocados por la ausencia de Borges: Leopoldo Marechal, por ejemplo. Poco habría cambiado. Adán Buenosayres está escrito en absoluta contemporaneidad con los grandes relatos de Borges, pero como si perteneciera a un sistema musical diferente, con otros tonos y escalas. La huella de Marechal habría sido probablemente la misma. Borges y Marechal no se escuchaban. Cortázar, en cambio, leía a Borges y declaró que quiso escribir en la lengua que Borges usaba. Como inventor de ficciones buscó lo que Borges rechazaba: el shock del surrealismo, el disparate de la patafísica. No estoy muy segura de que Borges le fuera indispensable del modo en que lo fue para Walsh o para Piglia. Lo fantástico de Cortázar no es una respuesta a Borges; es diferente.
Sin Borges, ¿qué habría sido Saer? Su primer libro, de 1960, En la zona, es tan borgeano como un homenaje o una ironía. Después, Saer (lector de Borges, de los mejores) se dedica a lo suyo, como si En la zona hubiera sido el paso necesario para mostrar que cualquiera imita a Borges, en un momento de copia necesaria y de competencia temeraria que, una vez atravesado, abre un territorio original. Copiar para exorcizar; copiar para ausentar.
Sin Borges, la literatura argentina no habría tenido un capítulo "anti-Borges" donde se discutieron las implicaciones entre figuración literaria e ideología política. AntiBorges es el título de la recopilación, hecha por Martín Lafforgue, de esos debates. Aunque parezca una discusión vieja, no lo es tanto y, a veces, vuelve en el momento menos pensado (precisamente porque es el momento en que se piensa menos). Sin Borges, el escritor de literatura fantástica más citado habría sido Cortázar, que presenta pocos problemas ideológicos después de su conversión a la revolución cubana. La oposición fantástico-realista habría tenido como objeto sus relatos.
Sin Borges, la teoría literaria no habría encontrado una obra que le permitiera alcanzar una autoconciencia argentina: pensar problemas teóricos con textos escritos acá, como si esos textos anticiparan aquellos problemas, los adivinaran y los dejaran abiertos. Y, aunque la lengua de Arlt y la de Saer llegan de geografías originales, sin Borges no se habría escrito en ese castellano rioplatense límpido, tan criollo como cosmopolita, que (al revés de los enigmas rebuscados pero banales) sólo muestra su dificultad magistral, su desafío a la inteligencia, una vez que el lector se ha acercado a comprenderla.

10.7.15

El libro que alumbró ‘Matar a un ruiseñor’: el regreso de Harper Lee

El martes se publica Ve y pon un centinela, la novela que dio origen a uno de los clásicos de la literatura de EE UU. Llegará con una tirada de tres millones de copias en ingles y español

Harper Lee, en una imagen de 2007. / Chip Somodevilla./elpais.com

Ven y pon un centinela de Harper Lee, en un lanzamiento mundial.

En cuatro días se romperá un silencio mítico. Un pitido fatigado anuncia que el tren se acerca bajo el calor inmisericorde de Maycomb. Ahí viene la señorita Jean Louise Finch, Scout de niña, procedente de Nueva York a visitar a Atticus, su padre. Los años 50 ya doblan la esquina y parece que el pasado ha quedado atrás, pero no es así. Ella tiene 26 años y él ronda los 70. La última vez que se supo de ellos fue en los años 30. Cuando llegue hablarán de muchas cosas, con el telón de fondo de la lucha por los derechos civiles, los disturbios políticos y la convulsión por la segregación racial en Estados Unidos, mientras ella tiene las ideas claras sobre la mujer contemporánea. Sombras, secretos, verdades y dudas aparecerán. El aire faltará por momentos. Nada será igual, ni pasado ni futuro. Nada. Ni para ella ni para los lectores, en el encuentro literario más esperado de los últimos tiempos: Ve y pon un centinela (Harper Collins Ibérica). Es la novela original que escribió Harper Lee pero que su editor pidió que reescribiera hasta dar como resultado Matar a un ruiseñor, Premio Pulitzer 1961, y con más de 40 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo
Todo se sabrá a partir del martes 14 de julio en Estados Unidos y Reino Unido, con tres millones de ejemplares (es el número uno en la preventa de Amazon) y en España y Latinoamérica al día siguiente, con una tirada inicial de 120.000 copias. Una historia que romperá el silencio de 55 años de Harper Lee (Monroville, Alabama, 1926) desde la publicación en 1960 de su única novela conocida hasta hoy, y convertida en clásico desde su nacimiento. Narra, bajo la mirada de Scout, la historia de un hombre negro juzgado y condenado a muerte por violación que es defendido por su padre, mientras ella, su hermano Jem y un amigo de ambos ven cómo las manzanas de su paraíso no son tan brillantes y sanas como parecen.

“La isla de cada ser humano, Jean Louise, el centinela de cada uno, es su conciencia”, le dice Atticus a su hija en Ve y pon un centinela, título que Harper Lee le puso desde el primer momento y que es sacado del Libro de Isaías del Antiguo Testamento. Una frase que sobrevuela no solo la misma historia que narra la novela, sino también su lanzamiento envuelto en dudas y polémicas. Primero porque muchos cuestionan la lucidez de Harper Lee y su autorización para la publicación del libro, ella vive en una residencia de ancianos en Monroville, su pueblo natal e inspiración para su condado de Maycomb; y, segundo, porque si el 3 de febrero, fecha del anuncio del hallazgo de este inédito, se afirmó que el manuscrito había aparecido en septiembre pasado, hace un par de semanas se dijo que el manuscrito fue visto en una subasta en 2011. Sea la fecha que sea, en febrero el mundo editorial peregrinó a Londres, durante dos semanas, a leer el original en la agencia literaria Andrew Nurnberg Asociados para participar en la puja por los derechos de publicación.
Preguntas reales, dudas reales que conviven con las que despierta Ve y pon un centinela. Todo indica que aquel mundo de Matar a un ruiseñor será distinto. Aquel fue narrado con los ojos de una niña. Y este con los de una adulta que ya sabe que los héroes son humanos y que los ideales hunden sus raíces en la Tierra.
Puede que la historia como tal guste más o menos, pero los resoplidos del tren que se acerca anuncian que es una gran novela. Lo que sí parece cierto es que esas 276 páginas desvelarán a una Harper Lee más realista, más política y más combativa y más directa y audaz a la hora de haber querido debutar en la literatura con 30 años que tenía en 1957 cuando presentó la obra a varios editores. ¿Acaso una novela escrita por un blanco, una mujer y del sur con las ideas tan claras sobre los derechos civiles, la segregación racial, la justicia, la convivencia y los derechos de la mujer en un Estados Unidos en plena vorágine de ideas y protestas de eso mismo era demasiado para el país? Nunca se sabrá.
Lo cierto es que su editora de entonces Tay Hohoff, la única mujer en la pequeña editorial Lippincott, en Nueva York, tras leer el original en el verano de 1957, le sugirió básicamente dos cosas: que potenciara la voz de la niña, Scout, y que contara los hechos como una larga evocación de ella sobre aquel suceso de los años 30. El libro hace referencia, según los medios anglosajones, a la sentencia de la Corte Suprema de 1954 que prohibió la segregación en las escuelas públicas. Ve y pon un centinela refleja el pulso real de lo que ocurría en Alabama en los años 50 y de lo que pensaba Harper Lee de eso y de la situación de la mujer frente a muchas cosas, en una mirada avanzada para la época.
Esa es la historia que ella quería contar de veras. Una hija que llega a visitar a su padre y ambos charlan sobre sus vidas y recuerdan los hechos ocurridos 20 años antes, mientras ese pasado político y judicial bulle en las calles al tiempo que van apareciendo los pliegues del padre, otrora héroe infantil. El que por la noche la sentaba sobre sus piernas y la arrullaba leyéndole libros hasta que se dormía y él callaba pero, entonces, ella decía desde el otro lado del sueño que siguiera leyendo... El mismo que le dijo que "solo poniéndose en el lugar de un hombre y viviendo como él se le llegaba a conocer".
Atticus es la clave en Ve y pon un centinela. Aquel padre ejemplar y abogado convertido en referencia para sus colegas en la vida real estadounidenses que al explicar a Scout, en Matar a un ruiseñor, por qué defendía a Tom Robinson si todos aseguraban que era culpable le dice: “Es algo que atañe a la esencia de la conciencia misma de un hombre… Scout yo no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si me negase a ayudar a ese hombre”. ¿Qué es lo que se sabrá, ahora, de este hombre negro condenado a muerte y que Harper Lee escribió en origen?
“Es un libro histórico que conecta dos épocas, los años 30 y los 50. Con personajes fantásticos. Y son dos libros distintos tanto en estructura, enfoque y tono narrativo. Lo que demuestra que Lee es una autora muy creativa”, afirma Luis María Pugni, Director de Harper Collins Ibérica, sello encargado de la publicación en España. La traducción, edición y lanzamiento de la novela se ha llevado con el máximo secretismo y con unas reglas propias para un libro de este calibre. María Eugenia Rivera, directora editorial de Harper Collins Ibérica, cuenta que el libro primero se tradujo al español en Estados Unidos, por la misma casa Harper Collins que tiene los derechos allí, luego se envió a España y algunos países de Latinoamérica para que a partir de ahí se hicieran los cambios o versiones acordes a cada región. En España jugaban con la ventaja de que hace un mes ellos hicieron una nueva traducción de Matar a un ruiseñor, con lo cual la historia, el lenguaje y el contexto histórico estaban frescos. “Hemos intentado captar lo que Harper Lee quería transmitir. La traducción ha sido un regalo para mí como editora. He podido ver el original, el embrión o padre de la historia, y comprobar los cambios que la autora hizo, el proceso creativo de cómo a partir de una novela crea otra distinta sin perder el espíritu”.
Uno de los aspectos más interesantes, dice Rivera, son los personajes, “ver la progresión de su cambio, su coherencia, su psicología, teniendo en cuenta que Harper Lee los crea primero en Ve y pon un centinela, ya mayores o muy mayores en el centro de una convulsión política y de cambios sociales en los años 50, y luego debe retrocederlos en el tiempo hasta los años 30, a los albores de parte de todo, para escribir Matar a un ruiseñor”.
El éxito fue tan apabullante, impulsado por la película homónima, que Lee casi se transformó en Boo, ese personaje creado por ella, enigmático y recluido en la Mansión Radley que despertaba el miedo y la curiosidad de todos por su silencio e imagen casi espectral.
Aquel silencio empezó hace 55 años, pero la historia que le devuelve la voz a Harper Lee es la primera novela que escribió. Donde empieza y termina todo. De aquello hace ya 58 años. Harper Lee tenía 30. Era enero de 1957 cuando empezó a escribir aquella visita que le hace Scout, en tren, a su padre Atticus a Maycomb, donde ella nació y creció con su hermano Jem, mientras ambos esperaban los veranos para jugar con su vecino Dill (inspirado en su amigo Truman Capote). Fue una historia diez veces rechazada hasta que en Lippincott creyeron en ella, pero con cambios que le aseguraron un sitio en los clásicos contemporáneos.
Harper Lee escribió Ve y pon un centinela entre enero y julio de 1957. Aquel verano se puso a reescribirla como Matar a un ruiseñor, y dejó aquellas 293 páginas en una carpeta olvidada… Ahora vuelven como un tesoro dispuesto a cambiarlo todo, y desde ese porche de su casa en Maycomb echa la vista atrás... Y se vuelven enigmáticas las palabras de Atticus Finch, cuando siendo ella una niña le dice: “Lo único que puedo decirte es que cuando tú y Jem seáis adultos, quizás recordaréis todo esto con cierta clemencia y con la sensación de que no os defraudé”.

9.7.15

Israel se queda con la memoria de Franz Kafka

Se celebra el natalicio del escritor de Praga Franz Kafka, que después de fallecer dejó encomendado a su mejor amigo: Max Brod la tarea de destruir todos sus manuscritos

Franz Kafka, autor checo de ascendiente judio, traicionado por su amigo, Max Brod, al no quemar sus manuscritos./elpais.com


Cuando el autor de La metamorfosis falleció había dejado encomendado a su mejor amigo que quemara todos sus manuscritos. Gracias a que Max Brod no cumplió su palabra, la obra en alemán del escritor judío de Praga Franz Kafka (1883-1924) pudo dejar su sello en la literatura universal con textos como El proceso o Carta al padre.La justicia israelí parece haber completado la misión de Brod 91 años después al dictaminar que sus manuscritos, en manos hasta ahora de los herederos de la secretaria del amigo y albacea, deben ser entregados a la Biblioteca Nacional de Israel para que puedan ser consultados por los investigadores y el público en general.
El Tribunal del Distrito de Tel Aviv ha ratificado esta semana el fallo de un tribunal inferior en 2012 favorable a la Biblioteca Nacional. Al desestimar el recurso de los titulares privados de los archivos —con duras palabras sobre su “conducta criminal”— la justicia cierra un largo y complejo pleito que hace honor a una de las novelas más conocidas del escritor.
Nacido bajo el Imperio Austro-Húngaro en la capital de la actual República Checa, Kafka apenas publicó un puñado de relatos durante su corta vida, marcada por las tribulaciones familiares y las enfermedades. Su amigo Brod se ocupó de buscarle a su pesar un lugar en la historia de la cultura mundial, pero tuvo que huir de Praga tras la invasión de la Alemania nazi en 1939.
El albacea del escritor judío acabó su peripecia en la Palestina bajo administración británica, adonde llevó consigo todos los manuscritos de Kafka. A su muerte en Israel en 1968, Brod legó todos sus papeles, incluidos los del autor de El castillo a su secretaria personal, Esther Hoffe, con la obligación de que los entregara a un archivo público: “La Universidad Hebrea de Jerusalén, la Biblioteca Municipal de Tel Aviv u otra institución similar en Israel o en el exterior”. Pero Esther y su hermana Ruth empezaron a gestionar entonces el legado provisional de documentos como una colección privada.
Hoffe tampoco cumplió con la voluntad póstuma y se dedicó a subastar manuscritos y documentos al mejor postor para conseguir elevadas sumas, que se cifran en millones de dólares. Muchas de las decenas de miles de páginas que recibió en custodia acabaron en manos del Archivo de Literatura Alemana, situado en la localidad de Marbach. El resto de los documentos se ocultaron de la vista del público en 10 cajas de seguridad situadas en bancos de Tel Aviv y Zúrich, así como en los muros de la casa de la secretaria.
A su muerte en 2007, Esther Hoffe legó los manuscritos y cartas a sus dos hijas. Fue entonces cuando la Biblioteca Nacional, amparada por el Gobierno de Israel, y las herederas hermanas Hoffe, apoyadas por el Archivo de Literatura Alemana iniciaron el complicado pleito que acaba de cerrarse.

Historia vendida al mejor postor en pública subasta

El tribunal de Tel Aviv que ha fallado a favor de la Biblioteca Nacional de Israel en el proceso sobre la propiedad de los archivos de Franz Kafka se ha expresado en términos inusualmente duros contra los hasta ahora poseedores de los documentos. “Causó una indignante injusticia con la forma en que gestionó el legado literario”, se afirma sobre la conducta de Esther Hoffe, la secretaria de Max Brod, albacea del escritor. Ella recibió el encargo de custodiar los documentos en 1968 a la muerte del mejor amigo del autor.
“Kafka no conoció a Hoffe y nunca habló ni se reunió con ella”, precisa la sentencia. “[La secretaria] No era una persona próxima ni con la que él tuviera una relación familiar”. El tribunal de Tel Aviv sostiene que, mientras el escritor había ordenado la destrucción de su obra tras su muerte, la secretaria de Brod, primero, y las hijas de esta, después, “se dedicaron a venderla al mejor postor en pública subasta”.
En otra argumentación algo más forzada, los jueces israelíes consideran que Brod, que tuvo que huir de Praga en 1939 y refugiarse en lo que hoy es territorio de Israel para escapar de los nazis, “difícilmente hubiese aceptado que su legado hubiese acabado en una institución alemana”. Esther Hoffe y sus hijas vendieron parte de los manuscritos de Kafka valorados en varios millones de dólares al Archivo Nacional de Literatura de Alemania.

8.7.15

Cuatro de cada diez españoles no ha leído ni un capítulo de "El Quijote"

Un 40'9% de los encuestados reconoce no haber leído la obra magna de Cervantes. La mitad de estos por falta de tiempo, por ser muy largo o porque no les gusta leer

Detalle de la portada de la 2ª edición de la primera parte del Quijote, impresa por J. de la Cuesta. Biblioteca Nacional./elmundo.es

Un 40,9% de los españoles reconoce no haber leído ni un capítulo de 'El Quijote' de Miguel de Cervantes y la mitad de ellos aseguran que el motivo es o bien porque no les gusta leer o porque es muy largo y no tienen tiempo, según el Avance de Resultados del Barómetro de junio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Además, el 54,3% no ha oído hablar del cuarto centenario de la publicación de la obra.
Frente a ese 40,9% de la población que no ha leído esta obra, un 21,6% dice que sí la ha leído completa y un 21,3% admite haber leído solo algunos capítulos. Además, la encuesta revela que un 7,4% de los entrevistados se quedó en la primera parte de 'El Quijote' y que un 4,5% ha leído una versión abreviada.
Entre los que no lo han leído, el 31,9% explica que el motivo principal ha sido que no les gusta leer; el 14,8% alega la falta de tiempo para leer un libro tan largo; un 11,4% dice que no le interesa la obra; y un 10,4% afirma que no le gusta la literatura clásica. Mientras, más de la mitad de aquellos que sí lo han leído dicen haberlo hecho en el colegio o la facultad y un 30%, por interés personal.
En general, el 51,3% de los encuestados consideran "más bien difícil" la lectura de 'El Quijote', sobre todo, por el lenguaje en el que está escrito (para un 66,2%) y porque es muy largo (para el 36,8%). Otra de las razones que cita un 16,4% de los entrevistados es "que se refiere a un época muy antigua".
Atendiendo a los personajes de la obra, los más conocidos por los españoles son Don Quijote, Sancho Panza, Dulcinea del Toboso, Rocinante --el caballo de Don Quijote-- y los molinos de viento. Además, más de un 80% de los encuestados no acierta o dice no saber cómo se llama realmente Don Quijote de La Mancha, Alonso Quijano.
En cuanto a la obligatoriedad de leer o no 'El Quijote' para los estudiantes de 15 a 18 años, la población española se muestra dividida, ya que un 37,5% piensa que "no debe ser obligatoria en ningún caso" frente a un 35,4% que piensa que sí debe serlo. En general, sobre los hábitos de lectura, el 34,1% de los encuestados admite no haber leído ningún libro en el último año, un 28%, entre dos y cuatro; y un 13%, de cinco a ocho.

7.7.15

Amarlo todo

Las dos autoras produjeron parte de su obra becadas en Yaddo, la residencia para artistas en una finca de 400 hectáreas, de la que John Cheever dijo que albergaba más actividad artística que cualquier otro lugar en el mundo


Flannery O’Connor,escritora estadounidense.

Carson McCullers, autora estadounidense./revistadeletras.net
1. Flannery O’Connor y Carson McCullers se odiaban. O al menos lo que en el mundo literario se conoce como tal: mientras la una –Flannery– andaba diciendo que El reloj sin manecillas era la peor novela que se haya escrito jamás, la otra –Carson– decía que su contrincante parece haber leído atentamente Frankie y la boda para aprender la lección y recitarla en el cuento El templo del Espíritu Santo. Las dos autoras crecieron a 200 km de distancia en ese sur norteamericano cuyos ejes –racismo, religión, campo–  han generado un plano tridimensional listo para albergar lo grotesco y delicado de ambas. Las dos autoras produjeron parte de su obra becadas en Yaddo, la residencia para artistas en una finca de 400 hectáreas, de la que John Cheever dijo que albergaba más actividad artística que cualquier otro lugar en el mundo. Las dos autoras padecían un contacto con la realidad más cercano de lo común.
2.
Un personaje de McCullers está sentado en una cafetería estilo Edward Hooper, de esas que abren toda la noche y reciben el día con las luces aún encendidas. Está sentado en el lugar donde presumiblemente bebió algunas cervezas. Afuera llovía y se aclaraba poco a poco cuando de repente entra un niño de doce años que reparte periódicos. El hombre le llama, le dice que le quiere, le invita a tomar algo. Le muestra la foto de una mujer que lo abandonó hace mucho tiempo. Pero no lo hace por lamentarse sino simplemente como preludio a lo que de verdad quiere contarle esa mañana. Porque ya está amaneciendo, dejan de caer las gotas y se termina el silencio: le quiere explicar la ciencia del amor.
“Hijo, ¿sabes cómo debería empezarse el amor? Un árbol. Una roca. Una nube”. Ese es el título del cuento: Un árbol, una roca, una nube. Separadas por puntos seguidos, porque el hombre lo hace separadamente, los ama separadamente. El problema, dice, es que siempre hacemos las cosas al revés: siempre empezamos por el final. Después de meditarlo con profundidad, tras el abandono de su esposa por otro -porque siempre es por otro- había comenzado con precaución. Cogía cualquier cosa de la calle y se la llevaba a la casa. Se concentraba en ella. La amaba. Ahora puede mirar una luz hermosa dentro mientras externamente ve una calle llena de gente. Cualquier cosa. Cualquier persona.
Un personaje de O’Connor, por su parte, escapa de la finca en la cual acaba de quemar el cuerpo muerto, aunque todavía tibio, de su tío abuelo. Tiene un poco más de doce años y lleva toda la vida sin ir a la escuela para no confundir su mente. Solamente ha estado al amparo de un familiar que se cree profeta: le ha enseñado un cristianismo que a veces de tan grotesco parece real. Es inevitable recordar también a la familia Glass, de J. D. Salinger, que empezaba a aparecer en estos años sesenta y  tampoco recibían la educación acostumbrada sino una puramente espiritual. El chico, con las llamas a sus espaldas, sale a la calle y busca que alguien lo lleve a la ciudad. Lo recoge un comerciante. Se ven, al fondo, las luces eléctricas que encienden el paisaje a medianoche.
“Hijo, ¿sabes cuál es la mejor táctica para vender tubos de cobre? El amor. Es la única táctica que da buenos resultados el noventa y cinco por ciento de las veces. No le puedes vender tubos de cobre a alguien que no ames”.
Algo así le decía el vendedor al adolescente recién conocido que tenía al lado. El chico de O’Connor olía a alcohol: había encontrado los depósitos de su tío abuelo profeta aprovechando su repentino fallecimiento mientras desayunaban. El comerciante seguía diciendo que primero tenía que saber la salud de la esposa de su potencial comprador, cómo estaban los hijos, los fallecimientos cercanos, etc. Todo lo anotaba en su libreta. Si no, el negocio no funcionaba.
3.
Flannery O’Connor había conocido a Maryat Lee en Georgia. Esta última la había visitado por recomendación de una amiga en común y allí nació la amistad cuyo testimonio es una abundante correspondencia. Años después sería la precursora del eco-teatro u obras montadas en las calles de Harlem con actores y –muchas veces– guiones improvisados. Se trataba de una licenciada en interpretación con una tesis doctoral sobre los orígenes del arte dramático en la religión. Aunque conversaron mucho en los alrededores de Andalusia –la granja en la que vivía O’Connor– ambas eran polos opuestos: mientras la una era una dama sureña de vestido que vivía con su madre, la otra andaba de pantalones, botas y gorro, siempre con una bolsa de cervezas, y vivía sola en un departamento que tenía la bañera en la cocina (fue parcialmente retratada en el escritor neoyorkino protagonista del cuento El escalofrío interminable publicado en Harper’s Bazaar).
En 1957 Maryat se casa con un australiano y se va de luna de miel a Japón. Allí, a finales de mayo, le escribe una carta de cuatro páginas a su amiga del sur de Estados Unidos en la que, aparte de contarle que se acaba de enamorar de un crítico de cine, le dice que también la quiere a ella, aunque solo en los setenta dirá abiertamente que –como McCullers– es bisexual. O’Connor responde:
“Todo ha de diluirse con el tiempo y la materia, incluso ese amor tuyo que debe llegar a muchos de nosotros para que pueda llegar. Es la gracia y es la sangre de Cristo, y, después de verte la primera vez pensé que estabas llena de ambos y que no sabías que hacer con ello, o tal vez qué era siquiera. Aunque ames a Faulkes, a Ritche, a mí, a Ammet, al hermano de Emmet y a su novia equitativa e individualmente, al final has de volcarlo en alguna parte”.
(Carta 9 de junio de 1957).

6.7.15

Todo lo que hubo

Cuando en 2013 dio a conocer Todo lo que hay, su última novela y primera que publicó en 35 años, era esperable que finalmente abandonara su puesto de escritor secreto. Pero no sin pasar por un breve y resonante momento de fama, pronto volvería a ocupar el digno lugar que lo había caracterizado a lo largo de su vida: el de escritor de escritores

 
James Salter, escritor estadounidense murió el pasado 19 de junio, dejando una obra  para leer./pagina12.com.ar
 A pocos días de cumplir los 90, James Salter murió el pasado 19 de junio. Piloto de aviación, había abandonado la Fuerza Aérea tras dar a conocer su primer libro. Con el tiempo, se convertiría en un escritor realista, elegante y refinado, clásico y a la vez ligado a cierta tradición secreta de la literatura norteamericana, como un extraño eslabón perdido entre Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald. Rodrigo Fresán lo despide haciendo un recorrido por sus obras más significativas.
En su introducción a The Collected Stories of James Salter (2013), el irlandés John Banville arranca celebrando la maestría del norteamericano para “conseguir uno de los efectos más complejos de la literatura: describir la realidad de todos los días”. Banville –con quien Salter compitió cabeza a cabeza por el premio Príncipe de Asturias del 2014– lo ubica junto a Chejov, Flaubert y al cotidiano y epifánico Joyce de Dublineses. Pero, también, dentro de un contexto Made in USA, Salter (1925-2015, nacido como James Arnold Horowitz, el alias fue adoptado para esconder su identidad ante camaradas y superiores de la fuerza aérea, donde pasó más de quince años) resulta alguien aún más interesante.
Ya lo dije, lo repito: Salter es el tercer hombre. Aquel que combina lo mejor de Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald. Prosa lírica y diálogos exactos, la guerra y el extranjero, la muerte del amor y la fascinación por los ricos. Pero mientras Hemingway es un aventurero de lo macho y Fitzgerald un sentimental de lo masculino, Salter se consagra como el gran romántico de la hombría alcanzando, además, una apasionada sexualidad que Nick Adams o Jay Gatsby jamás soñaron con experimentar (alguien comentó, con tan burlona como deslumbrada gracia, que “en los libros de Salter los hombres son hombres y las mujeres no trabajan, todos beben Chateau Margaux y Kirs y Calvados, ellas le lanzan a ellos entrecerradas y largas miradas y, cuando se juntan para hacer el amor, la tierra no se conforma con moverse; se estremece bajo el más poderoso de los terremotos”). Y Salter, sin caer en la bravuconada hemingwayana o en el crack-up fitzgeraldiano (nada cuesta imaginar a Salter fumando y escribiendo tranquilo en una mesa mientras contempla cómo Hemingway se agarra a golpes con el barman y Fitzgerald cae borracho al suelo), es un narrador mucho más sabio y preciso a la hora de establecer las justas coordenadas de las acciones y reacciones de sus personajes. La literatura de Salter es, al mismo tiempo, familiar en sus temas pero siempre novedosa en su maestría. Su prosa de mot juste –Salter atribuye esto a su lectura constante de Kawabata, Tanizaki, Mishima, Babel y Gogol; “pero los escritores que me influyeron ya no importan, porque han sido absorbidos”– es en apariencia de una soberana placidez para descubrirnos, enseguida, que ese lago en perfecta calma es en realidad mucho más profundo de lo que en principio pensábamos. No es casual su formación con japonés porque, de un extraño modo, su cadencia, aunque tan diferente, produce un efecto similar en el lector a la de Haruki Murakami: una especie de ensueño opiáceo que, al principio, suena un tanto imposible y hasta absurdo pero que en seguida te gana y te convierte en adicto a esa mezcla de maravilla constante y dolor inminente y obsesión por inmensas pequeñeces. Banville describe: “Sus personajes son afilados y conocedores del ambiente en el que se mueven, y se usan los unos a los otros. Es la segunda mitad del siglo americano y las Torres Gemelas aún están dibujadas en los planos. ¿Acaso algo puede salir mal? Y, sin embargo, casi todo sale mal... Y tan a menudo la atención del lector se atora en un detalle revelador, como una uña en la seda”.
Pero esa familiaridad es engañosa y esconde algo mucho más fino. Salter –absorbente cum laude– empieza y termina en sí mismo y su pericia al pilotear lo suyo queda en evidencia en los planeos de posibles aprendices que sólo parecen poder disparar sobre aspectos parciales de lo de su capitán. Por ejemplo: Michael Ondaatje se pasa en lo poético, Mark Helprin se pasa en lo cursi, Richard Ford se pasa en lo parco, David Gates se pasa en lo sórdido. Salter, en cambio, mantiene un perfecto equilibrio con todas las bolas en el aire.
“Soy, en verdad, un romántico y un clasicista. Casi me enamoré dos veces”, proclama un personaje en uno de los cuentos de Salter.
Pues eso.
Así, Salter como mutación para mejor y a ubicar como eslabón extraviado entre la Generación Perdida y –cerca, pero no al lado, de John Cheever y Richard Yates– el Realismo Sucio que, en su caso, siempre aparece impecable y bien vestido para la hora de los cocktails.
Y en sus memorias o, como prefiere definirlas, “recollection”, Quemar los días (1997), Salter recuerda –con modales muy parecidos a los de sus ficciones y donde apenas se detiene en su faceta de escritor y lo que escribió entre avión y avión y festejo y festejo– una vida que Papa Hem y Scott Fitz ya hubiesen querido para ellos. Y, sí, “no hay hombre que –si es honesto consigo mismo– pueda evitar el sentir envidia ante la biografía de Salter”, admitió John Irving. A saber: piloto de combate en Corea, muy apuesto e infiel seductor en serie (lo que, en ocasiones, en sus libros, se manifiesta como una misoginia delicada), guionista de cine de cierto prestigio (suyo es el guión del film de culto Downhill Racer, dirigido por Michael Ritchie, con Robert Redford como un esquiador casi existencialista), alma de toda fiesta, turista profesional, sibarita (llegó a recopilar un volumen de recetas propias y de amigos junto a sus esposa) y –last but not least– adorado por Susan Sontag, Julian Barnes, Edmund White, Tim O’Brien, Joseph Heller, Graham Greene, Harold Bloom, Tobias Wolff, Michael Ondaatje y Richard Ford, quien lo definió como “el mejor escritor de oraciones entre todos nosotros”. Un bon vivant con todas las (mejores) letras capaz de evocar con todos los sentidos cuando hacía el amor mientras el hombre llegaba a la luna en un televisor con el volumen bajo o (una hija de Salter murió electrocutada en un accidente doméstico, a eso le dedica apenas un puñado de líneas bruscas e incómodas y como anestesiadas) el dolor imposible de transferir y de poner por escrito: “Puede recitarse la muerte de reyes pero no la agonía de perder a un hijo”.

Un realismo vintage

Todo lo que hay (2013), su última y primera novela en treinta y cinco años –“Mi piano todavía suena afinado y me gustaría hacer sonar una última nota. Ya saben, los escritores nunca se retiran. El único modo de detenerlos es arrastrarlos afuera y pegarles un tiro”, sonrió en una entrevista– volvió a poner en evidencia el método y estilo de un escritor mucho más raro de lo que parece. Un realista practicando un realismo no anticuado pero sí vintage que tampoco es tan “real” y que volvía a esconder y revelar esquirlas de rareza singular y sólo suya. Allí, por más que parezca apenas un casi naturalista, hay un rasgo sutil pero auténticamente vanguardista en el modo en que se (des) ordena el paso del tiempo, se hace entrar y salir caprichosamente a secundarios de primera o, en determinados tramos, el personaje incluye tanto al narrador de la acción como al autor que contempla todo. Entonces, en Salter, la paradoja de valerse del realismo como de algo experimental: no el realismo clásico y calculado e irreal de Madame Bovary o Anna Karenina sino algo que escala los picos dramáticos pero también se demora en las llanuras inocurrentes y muertas y grises de esa travesía espasmódico que es toda una vida.
Conocemos a Bowman como hijo abnegado, soldado en la Segunda Guerra Mundial, editor querido por sus editados (con más de un rasgo del legendario Richard Seaver cuyas brillantes memorias póstumas, The Tender Hour of Twilight, se publicaron hace un par de años con prefacio de Salter), conocido y conocedor de celebridades (abundan los nombres propios que ya son de todos) y, por encima de todo y de todas, marido/amante en serie. Porque en lo que hace a la cuestión sexual, Bowman es una especie de contemplativo pero zen-sual depredador: ninguna se le escapa por más que luego lo abandonen. Lo suyo, hasta en el otoño y en el invierno de su satisfecho descontento, es una suerte de Cuan verde era y sigue siendo mi lecho. Así que, madres e hijas, están advertidas: donde el erotómano Bowman –“siempre al mando en la cama”– pone el ojo, pone la bala sin importarle que en más de un affaire el tiro le salga por la culata. Y es de estos casi compulsivos pasajes románticos y sexuales de donde la novela deja escapar sus risitas más bobas y nerviosas y renuncia a la perfección que llega a tocar, como a un cuerpo caliente, con la punta de los dedos. Una historia que en páginas consigue iluminarnos con esa luz verde al otro lado de su muelle (Salter y sus Homo Salter son siempre la luz verde; las mujeres son la luz roja a atravesar veloces pero que, sin embargo, pueden lanzar cuchillos del tipo “Oh, mi teoría... Mi teoría es que ellos te recuerdan por más tiempo si tú no los recuerdas”) o con el coraje producto de la gracia bajo presión navegando el Gran Río de Dos Corazones y por otros nos encandila con los fulgores artificiales de un episodio de Mad Men de esos que parecen como pensados por alienígenas retro-adictos a ciertos tiempos y modas de nuestra historia y especie. El resto –como siempre– es una maravilla. Volver entonces a disfrutar y paladear el modo en que Salter recupera a una Manhattan que ya no existe pero sigue allí, los gajes del oficio literario y los gajos de amistades y enemistades que se desprenden de él, el sabor de una comida o el perfume de un paisaje, la manera más de pintor que de escritor con que se nos describe la caída de una noche o el ascenso de un avión para que todos y todo se eleven, el calibrado preciso de un sentimiento con el que un hombre sienta cada vez más inalcanzable a su patria y más semejante a lo extranjero que no es otra cosa que, finalmente, la cada vez más inminente travesía hacia la muerte.
Cabe pensar que ciertos pasajes y reincidencias de Todo lo que hay (su título es, claro, una declaración de intenciones totalizadoras, de resumen de lo publicado, de summa ética y estética) podrían haber sido pulidos o recortados. Pero, de haberlo hecho, Todo lo que hay sería una novela menos rara. Así, como quedó y como nos recibe y nos deja, Todo lo que hay no es una obra maestra sino nada más y nada menos que –acaso por última vez, gracias por todo– otra obra de un maestro.
Todo lo que hay –de algún modo limitando con el universo de la ya mencionada y, en inmediata perspectiva, cada vez más absurda y sobrevalorada Mad Men– hizo pensar en que Salter, finalmente, disfrutaría de una despedida por todo lo grande y que dejaría de ser, como lo definió un crítico, “el más secreto de los escritores secretos”. Y, de acuerdo, fue muy bien reseñada (con alguno de esos reparos especialmente dolorosos). Y hasta arañó durante una semana la lista de best-sellers de The New York Times. Pero luego todo volvió a ser como era, como había sido hasta entonces. Y Salter –a quien siempre le preocupó el que no le fuese mejor de lo que le iba; ahora, por un rato, ¿justicia poética?, sus obituarios y revalorizaciones han disparado las ventas de sus libros en Amazon.com hasta lo más alto y compiten cuerpo a cuerpo con los jadeos torpes y posiciones absurdas del Grey de E. L. James– debió conformarse con seguir siendo un “escritor de escritores” y de lectores a los que les gustan los escritores de verdad.

Juego y Luz

Antes de esto, Salter ya había ido afinando su arte en novelas y relatos de tramas muy norteamericanas pero de resonancias universales y textura inconfundiblemente salteriana. La experiencia del soldado en combate (Pilotos de caza, 1957, y The Arm of Flesh, 1961, ambas reescritas a fondo a finales del siglo pasado para su reedición, contienen, seguro, las mejores descripciones del acto de volar junto a las de Antoine de Saint-Exupéry), el narrador poco confiable en el erotizante Viejo Mundo (la ya clásica Juego y distracción, 1967), el crepúsculo matrimonial (Años luz, 1975), los espacios abiertos y el deporte como rito de paso (En solitario, 1979, que salió de un guión sin filmar y que a Salter nunca le convenció demasiado pero que es, seguro, una más que lograda aproximación a la literatura de hombres en pugna). Especialmente interesante es –en tándem con Todo lo que hay– la relectura de Juego y distracción, para muchos su obra maestra, y su primera gran pirueta formal con el manejo del punto de vista.
La muy carnal y sudorosa Juego y distracción, publicada sin pena ni gloria en 1967 (la editorial la lanzó en su momento con una pegatina en la portada donde se advertía: ‘Atención, lectores, no es un libro sobre baseball’), ha ido adquiriendo, sin prisa ni pausa, la categoría de pequeño-gran clásico norteamericano. Un privilegio y condena que su inclusión en 1995 en la prestigiosa Modern Library así como su creciente número de admiradores casi consiguió cambiar por la de clásico a secas. Aquí, Salter aparentemente abarca muy poco –el romance caliente entre un turista norteamericano y una joven francesa; Juego y distracción es una de las cumbres y un tour de force del erotismo elegante y no por eso menos explícito, sexo anal incluido– para acabar apretándolo todo con una maestría que no hace más que confirmar el logro de lo que el autor, humilde, se había propuesto en un principio: “Escribir un libro que fuera seductor en todas y cada una de sus páginas y que contrastara lo ordinario con –aunque suene ilícito– lo divino”. Salter lo consiguió de sobra plantando una trama simple a la que rarifica –o vuelve técnicamente admirable– a partir de un narrador en primera persona que se define como “agent provocateur o doble agente” y “persigue” desde fuera la historia de un hombre y una mujer a través de lo que ve, pero, también, de lo que intuye o, quién sabe, de lo que se inventa porque entiende a sus sueños como “el esqueleto de la realidad”. Así, en sus primeras páginas, se nos advierte: “Nada de esto es verdad. He dicho Autun, pero igualmente podría haber dicho Auxerre. Estoy seguro que acabarán por darse cuenta de ello. Tan solo estoy asentando los detalles que me han atravesado, fragmentos que fueron capaces de abrir mi carne. Es la historia de cosas que jamás han existido aunque la más leve duda en cuanto a ello, la más pequeña posibilidad, arroja todo a las tinieblas. Tan solo quiero que todo aquel que lea esto lo haga con mi misma resignación. Ya hay suficiente pasión en el mundo”.
La maniobra es brillante y, de este modo, el lector de la novela lee a su vez a ese otro “lector” que es quien se la cuenta y que, quién sabe, tal vez no sea otro que el joven enamorado mirándose a sí mismo a través del tiempo y del espacio, desde muy lejos pero tan cerca. No falta ni sobra una palabra en esta novela cuyo único defecto –el único que se suele señalar a las auténticas e inequívocas obras maestras– es el de tener un final, el de terminar. Y que, en su amplitud y poder retroactivo, hasta nos permite pensar que el Phillip Dean de veinticuatro años que persigue y alcanza a Anne-Marie Costallat de dieciocho bien puede llegar a ser (con otro alias) un temprano Philip Bowman recordándose desde sus últimas páginas, las que siguen a Todo lo que hay.
Su tercer libro imprescindible entre todos sus libros imprescindibles, y para muchos salteristas el mejor de todos, es Años luz (1975). Actualización tanto en teoría como en práctica del Suave es la noche de Fitzgerald –Salter alguna vez tuvo el coraje de afirmar que El gran Gatsby estaba sobrevalorado y la sorpresa de elogiar a George Saunders y a David Foster Wallace, “el trágico joven príncipe del posmodernismo”– para narrar el ocaso del amor de un matrimonio y las mareas de una familia que obliga –como explica en uno de sus relatos– a “acostumbrarse al plural de las cosas”. Entonces, Salter se nutrió de los Rosenthal, un matrimonio amigo, para (como Fitzgerald lo hiciese con los Murphy) retratar su propia percepción del modo en que se acerca el otoño y el invierno de la pasión. Los Rosenthal, como los Murphy, se sintieron traicionados por su amigo con ojos de rayos x (quien los convirtió en los casi divinos y caídos Viri y Nedra Berland) y, claro, se divorciaron al poco tiempo casi siguiendo al detalle las instrucciones de la novela. Salter, por supuesto, también. Pero, ah, las rupturas y grietas (por ahí tiene un cameo Irwin Shaw, mentor y compañero de juergas europeas) se proyectan sobre un paisaje casi paradisíaco donde el infierno apenas se percibe como fuego ardiendo en las chimeneas. En el Mondo Salter suceden, siempre, cosas terribles pero consoladas por los placeres de un mundo ideal. Y lo que queda de todo es un perfume triunfal a pérdida, a aceptar que todo lo que viene lo hace sólo para poder irse: “No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos escurra entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños... Hay que ser irreflexivo, como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Porque cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como tirar piedras al mar. Hemos tenido hijos, pensó; nunca podremos no tener hijos. Hemos sido mesurados, jamás sabremos lo que es derrochar nuestra vida”, concluye uno de los protagonistas de la sombría Años luz cuyo final es de los más desgarradores pero reposados de toda la historia de la literatura y que incluye a la lentitud de una tortuga poniendo en evidencia lo rápido que pasa y se pasa todo.

Las últimas palabras

En una conversación con el escritor Dan Pope, primero publicada en la revista The Believer y más tarde incluida en el imprescindible The Believer Book of Writers Talking to Writers (2005), James Salter se refiere a lo que para él constituye lo mejor y lo peor del oficio de escritor.
Lo peor es: “Tener que hacerlo. Cualquiera te responderá lo mismo. O haberlo hecho y haber fallado”.
Lo mejor es: “La grandeza de ese mundo y sentirte parte de él. Hay una realidad en el mundo de la escritura que es mucho más grande que otras realidades, aunque no pueda reemplazarlas. Cuando lees algo que te parece maravilloso, no existe esa incómoda sensación de haber agotado algo. Siempre estará allí, esperando a que regreses. La emoción jamás desaparece”.
La muerte de Salter –puntilloso hasta el final, se informó de que su fallecimiento se produjo durante una visita al médico para un chequeo de rutina– hace de nuestro mundo un sitio más vacío y menos luminoso. Se extrañará esa perturbación al leerlo y provocando en uno, como tembló alguien, la desconsoladora sensación de no haber vivido lo suficiente y con la suficiente intensidad la grandeza de este mundo.
A falta de vida, la obra. Eso a lo que Salter se refería como a “juntar palabras”. En The Paris Review explicó que “me gusta frotar a las palabras entre ellas, como si las tuviera en una mano cerrada. Sentirlas dar vuelta, chocar, y después elegir nada más que a las mejores”.
“Charisma”, el relato inédito –tal vez lo último que escribió, incluido en la antología mencionada al principio de estas líneas– vuelve a ser buena muestra de esa inmejorable elección a la que, en el adiós, sólo cabe volver a agradecerle. Este cuento concluye con la voluntad de “partir hacia donde nunca puedan encontrarte” y de “escapar a las últimas preguntas”.
Buen viaje y nada pendiente a lo que responder, James Salter.
Todo lo que hubo fue bien vivido, mejor dicho, y perfectamente escrito.
En un momento de Quemar los días, una mujer, un tanto exasperada, le pregunta a Salter “¿Qué es lo que quieres?”
“Ser inmortal”, responde Salter sin dudarlo un segundo.
De nosotros depende ahora –el placer será nuestro y la recompensa será para nosotros– que ese deseo sea, al menos en parte, concedido y hecho realidad.
James Salter se lo merece.

4.7.15

45 libros colombianos que hay que tener en la biblioteca (según colombianos)

Hace unas semanas mi jefe, español en sus cincuentas, me pidió que le recomendara los mejores libros de autores colombianos, ojalá descontando a García Márquez, Mutis y Abad Faciolince. A ellos los leen hace muchos años aquí en España y sus ejemplares se consiguen con relativa facilidad

 
Cien años de soledad de Gabriel García Márquez./palabraseca.com
Venía armando una lista preliminar y se me ocurrió, para terminarla, preguntarle a la gente por Facebook y Twitter “cuál es su libro colombiano favorito”. Respondieron cientos –gracias-, coincidí con varios, con uno que otro no tanto y, como era lógico, vine a recordar y a descubrir una buena cantidad de títulos. Entonces pensé que al final la lista le será útil a mi jefe, a mí, a los que participaron y a cualquier desprevenido que pase por este post. Yo seguramente la consultaré la próxima vez que entre a una librería:

Cien años de Soledad  Gabriel García Márquez
Sin Remedio  Antonio Caballero
El Amor en los tiempos del cólera Gabriel García Márquez
Delirio  Laura Restrepo
El olvido que seremos  Héctor Abad Faciolince
La Luz difícil  Tomás González
Los Ejércitos  Evelio Rosero
El desbarrancadero  Fernando Vallejo
Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero  Álvaro Mutis
La Casa Grande  Álvaro Cepeda Samudio
El ruido de las cosas al caer   Juan Gabriel Vásquez
Los días azules  Fernando Vallejo
La Carroza de Bolívar  Evelio Rosero
La ceiba de la memoria   Roberto Burgos
El Karina  Germán Castro Caycedo
El país de la canela  William Ospina
El Flecha icon-play
David Sánchez Juliao
Satanás  Mario Mendoza
Cóndores no entierran todos los días  Gustavo Álvarez Gardeazábal
La tejedora de coronas  Germán Espinosa
La Vorágine  José Eustasio Rivera
La María Jorge Isaacs
Que viva la música! Andrés Caicedo
Flor del fango
  Jose María Vargas Vila
El Alcaraván   German Castro Caycedo
Después empezará la madrugada Fernando Soto Aparicio
Memoria por correspondencia  Emma Reyes
Guerras recicladas  Maria Teresa Ronderos
Donde no te conozcan   Enrique Serrano
Angelitos empantanados Andrés Caicedo
Lo que no tiene nombre Piedad Bonett
Los parientes de Ester Luis Fayad
Un beso de Dick   Fernando Molano Vargas
Desterrados: Crónicas del desarraigo Alfredo Molano
Ancha es Castilla  Eduardo Caballero Calderón
Hijos del tiempo  Raúl Gómez Jattin
Amanecer en el Valle del Sinú  Raúl Gómez Jattin
Ahí les dejo esos fierros  Alfredo Molano
La balada del pajarillo  Germán Espinosa
Tres ataúdes blancos  Antonio Ungar
Espuma y nada más  Hernando Téllez
Chambacú, corral de negros  Manuel Zapata Olivella
El cadáver insepulto  Arturo Alape
Cartas cruzadas  Darío Jaramillo
Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada Juan Rodríguez Freyle
Los impostores  Santiago Gamboa
El Rey Honka Monka Tomás González
Antología Nocturna  Julio Paredes
La otra raya del tigre Pedro Gómez Valderrama
Zoro  Jairo Aníbal Niño
Abraham al humor David Sánchez Juliao
(Ordenada por número de recomendaciones)

3.7.15

Una exposición acercará el mundo literario de Baltasar Porcel al gran público

Se inaugurará en noviembre en el Palau Robert y dará reconocimiento y visibilidad a su obra 

Baltazar Porcel, autor mallorquino a quien se le hace un homenaje en una exposición en Barcelona./lavanguardia.com

Justo el día en que se cumplen los seis años de la muerte del escritor Baltasar Porcel, se ha presentado la exposición retrospectiva que se inaugurará en noviembre sobre su mundo literario y se ha dado a conocer que sus fondos, cedidos al Arxiu Nacional de Catalunya, ya se pueden consultar.
El conseller de Cultura, Ferran Mascarell, acompañado por la viuda del autor mallorquín, Maria-Àngels Roque, y otras personalidades ha remarcado que Porcel, al que considera como una de las figuras "más relevantes" de la literatura catalana, dejó una "obra inmensa, extraordinaria".
El crítico literario Julià Guillamon, comisario de Baltasar Porcel. Mallorca, Barcelona, el mundo, ha comentado que la exposición que está preparando se exhibirá en el Palau Robert entre noviembre de 2015 y febrero de 2016 y después viajará al CaixaForum de Palma de Mallorca, entre junio de 2016 y enero de 2017.
La intención es introducir al gran público en el mundo del escritor, reconstruyendo todos los aspectos de su personalidad, así como dar reconocimiento y visibilidad a su obra, con títulos como Solnegre, Cavalls cap a la fosca, Les primaveres i les tardors y L'emperador o l'ull del vent.
Ha indicado que se estructurará en tres partes: El mito de Andratx (su población natal), El mundo y la Barcelona posmoderna.
Al inicio del recorrido expositivo, el visitante se encontrará con sus orígenes familiares y su interpretación en clave literaria a través del mito de Andratx, del que no son ajenos ni la piratería, ni el contrabando ni la emigración a Cuba de conciudadanos suyos. A través de objetos, fotografías o clips audiovisuales, Guillamon quiere destacar cómo estos elementos, "a través de su pluma, toman un carácter de mito literario".
En la segunda parte, presentará al Porcel joven que viaja a París, que hace de reportero en la China o que acude a cubrir la "Guerra de los Seis Días", junto con el fotógrafo Toni Catany, sin olvidar al que entrevistó a relevantes personalidades para las revistas Destino o Serra d'Or.
En la tercera parte de esta exposición, organizada por la Institució de les Lletres Catalanes y la Obra Social "la Caixa", Guillamon ha optado por centrarse en la Barcelona posmoderna", una vez ha concluido que la novela El divorci de Berta Barca, escrita antes de los Juegos Olímpicos de 1992, supuso un vuelco en su carrera literaria, puesto que le llevó a centrarse en la actualidad de la política, la cultura o los negocios.
Entiende el comisario que sus obras después de este título son "transversales" y pueden verse como un lienzo de la Catalunya del momento, en la que aparecen desde el entonces presidente de la Generalitat -Jordi Pujol- a empresarios o gente modesta.
La idea es acabar la muestra, en la que no se obvian sus columnas de los últimos años en La Vanguardia, con "un pequeño detalle" sobre Mallorca y el turismo. Guillamon ha reconocido que no cuenta con muchos objetos originales del fallecido novelista, pero ha prometido varias sorpresas relacionadas con una película que ha encontrado de los años veinte sobre contrabando o con algunos cuadros de Carlos Mensa y la novela Cavalls cap a la fosca.
Su viuda, Maria-Àngels Roque, ha agradecido el trabajo llevado a cabo por diferentes instituciones para este homenaje, ha recordado que, coincidiendo con la exposición, el Institut Europeu de la Mediterrània organizará cuatro conferencias con Tahar Ben Jelloun, Enric Juliana, Tomàs Alcoverro y Carme Riera, y ha ofrecido al Archivo Nacional nuevo material relacionado con su marido.
Precisamente, el director de esta institución, Francesc Balada, ha informado de que su fondo, que ya se ha catalogado y se puede consultar, está formado por 16,5 metros lineales de documentación, con un total de 646 unidades, y 49 libros.

2.7.15

Ficción envilecida

La fuerza inusitada de Rita Indiana, una santera y su mucama
La mucama de Omincunlé de Rita Indiana./Periférica

Rita Indiana, autora dominicana de La mucama de Omincunlé./elperiodico.com

Nacida en Santo Domingo en 1977, Rita Indiana se ha convertido en una figura importante de la literatura caribeña. Su obra es una suerte de totum revolutum en el que caben la música, la letra y la voz. En sus ficciones las letras cantan y la voz musicaliza una obra que guarda una estrecha relación con la tradición: «Tengo una fascinación especial por la música y la literatura del sur de Estados Unidos. El blues, el jazz, las canciones de trabajo. Richard Wright, Faulkner, Mark Twain, Carson McCullers. Este arte es producto, como el mío, de la cultura de plantación, de la trata negrera, y me resulta fácil identificarme».
Indiana ha dicho que sus historias «ocurren en una accidentada ruta entre islas diabólicas y ruidosas, ciudades saturadas de tecnología y demagogia. Lo fantástico en ellas no es bucólico, ni mágico, lo fantástico es una herramienta para definir el alcance del poder político y la corrupción». Pues aquí más de lo mismo, gracias a Dios. Porque si cabe un argumento en esta novela es el de una santera que asesora al presidente de la República Dominicana: Esther Escudero, a quien también llaman Omicunlé que significa el manto que cubre el mar. Pero la verdadera protagonista de este libro es Alcide Figueroa, su joven mucama, a quien Esther ha sacado de la prostitución con la ayuda de Eric Vitier.
Lo decisivo aquí es una suerte de ficción envilecida en la que caben tradiciones religiosas, ritmos musicales endiablados, los caprichos de Goya, los bucaneros del siglo XVII, los relatos orales de los esclavos africanos, las luchas intestinas de la política actual a la que tantos esfuerzos dedica Indiana en sus artículos periodísticos, la proliferación de lecturas políticas sobre el desastroso y calamitoso mundo del poder cuya mano mece la cuna de la corrupción. Todo ello, claro, aderezado con un lenguaje ciertamente subversivo, políticamente incorrecto y en muchas ocasiones violento, sexualmente violento.
Entienda como quiera el lector esta novela grotesca y efervescente. Si quiere puede leerla como una crítica desaforada contra los molinos de viento del capitalismo tercermundista bajo el manto genérico de la ciencia ficción. Pero sepa que la fuerza inusitada de esta escritora, provocadora y libérrima, le dejará intranquilo, apaciguadamente intranquilo: leer a Indiana es lo más parecido a ese grabado de Goya que llevaba por título El sueño de la razón produce monstruos.
LA MUCAMA DE OMICUNLÉ. Rita Indiana.Periférica.184 págs. 

1.7.15

Frío misterio: el boom de la literatura nórdica

Del policial al humor y el relato biográfico. La novela escandinava triunfa con Stieg Larsson, Karl Ove Knausgård y Jonas Jonasson
Stieg Larson, autor sueco, de la trilogía de Millenumm./latercera.com

Una inmensa sensación de felicidad. Las imágenes que guarda su memoria: levantar la mano para protegerse del sol o correr por un prado. No hay más recuerdos o quizá quedan muy pocos destellos. “Esos son mis primeros seis años”, escribe el autor noruego Karl Ove Knausgård (1968) sobre sus primeros años en la isla de Tromøya. 
“La memoria es pragmática, es insidiosa y astuta, pero no de un modo hostil o malicioso; al contrario, hace todo lo posible para satisfacer a su amo”, anota en La isla de la infancia, el tercer volumen de los seis que forman la serie Mi lucha, que ahora llega al país editado por Anagrama. 
El sincero y descarnado registro autobiográfico de Knausgård se ha convertido en un fenómeno mundial. “Desnudo frontal de cuerpo entero. Y encima lo hace con talento. Eso es ser un artista”, señaló el autor británico Hanif Kureishi del proyecto narrativo del autor noruego. 
Knausgård es la estrella del renovado interés que despierta la literatura nórdica. Si a inicios del siglo XX la narrativa de esos confines vivía momentos de esplendor con autores como Selma Lagerlöf, Knut Hamsun e Isak Dinesen, y luego  Jorge Luis Borges declararía su admiración universal por las sagas escandinavas, en la primera década del siglo XXI los escritores del norte de Europa reconquistan el mundo.
Uno de los pioneros de este auge es Henning Mankell con su serie sobre el inspector Wallander, que llevó más allá de sus fronteras casos de crímenes y violencia en Suecia. Pero fue Stieg Larsson quien  conquistaría definitivamente a los lectores: su trilogía Millenium suma ventas por más de 8o millones de copias y fue la que abrió las puertas para otros autores. 
Detrás de ellos llegaron más policiales, pero también historias de terror existencialista como Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist (1968), o incluso comedias:  El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson (1961), fue un bestseller en clave de humor. 
Justamente son los países nórdicos, integrados por Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia, los invitados de honor de la próxima Feria Internacional del Libro de Santiago, que se efectuará entre el 22 de octubre y el 8 de noviembre. 
No vendrá Knausgård, que ha comprometido su asistencia al ciclo La Ciudad y las Palabras de la UC el próximo año. Pero sí estará Kirsti Baggerhun, su traductora al español, quien dialogará con el escritor Kjartan Fløgstad, el que aparece varias veces citado en la saga Mi lucha. Otro escritor que vendrá a la Estación Mapocho es el sueco Johan Theorin (1963), quien vivió parte de su infancia en la isla de Öland, en el mar Báltico. Su serie policial El cuarteto de Öland, ambientada en distintas estaciones del año, cierra con la novela El último verano en la isla. Un balneario familiar es el de Öland, pero los tiempos han cambiado. Una serie de acontecimientos relacionados con los primeros clanes que habitaron la isla  hacen que varios huyan de ella. “La novela sueca del año, misteriosa y atmosférica. Theorin arrastra al lector a Öland, territorio mítico”, anotó el diario británico The Times.
Entre las figuras actuales destaca también Camilla Läckberg (1974), quien  construyó un mundo narrativo en su serie Fjällbacka, citando el pueblo de pescadores de la costa oeste de Suecia, donde ambienta sus libros asociados al género policial y  protagonizados por el matrimonio de la escritora Erica Falck y el policía Patrik Hedström. 
Läckberg acostumbra desarrollar en sus tramas secretos familiares, la vida en provincia y crímenes propiciados por la oscuridad del territorio. Son 10 libros que han vendido más de 12 millones de copias. Recién se tradujo al español, El domador de leones, donde la pareja deberá resolver el misterio de una joven que aparece muerta en la carretera con marcas en su cuerpo. Hace cuatro meses había salido de su hogar. 
Un acontecimiento editorial ocurrirá en agosto cuando llegue a librerías Lo que no te mata te hace más fuerte. Escrita por el periodista sueco David Lagercrantz quien, ha pedido de los herederos de Stieg Larsson, se basó en sus borradores para una cuarta entrega de su serie Millennium. 
Esta vez, sus protagonistas, Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander, se introducen en el mundo de los hackers y el tráfico ilegal de información confidencial. Salander esta vez duda y teme, porque participa en un ataque informático que le traerá consecuencias. Mientras, Blomkvist, periodista histórico de la revista Millennium, padece los cambios editoriales de los nuevos dueños de la publicación.

Derrumbe y muerte 

Suecia no es un paraíso. El  mensaje ya quedaba claro en los libros de la pareja sueca Maj Sjöwall (1935) y Per Wahlöö (1926-1975). Ellos fueron los precursores del policial nórdico con la serie sobre el inspector Martin Beck escrita entre 1965 y 1975. En títulos como El policía que ríe, El hombre que se esfumó y La habitación cerrada, la prosperidad de una sociedad ideal se derrumba con temas como la pedofilia y la corrupción. RBA ha rescatado sus obras.
Vendría luego Henning Mankell. El narrador nacido en Estocolmo, en 1948, puso a Kurt Wallander como protagonistas en 11 de sus novelas. El inspector pasado de kilos y fanático de la ópera se retiró en  Huesos en el jardín (2013). A inicios de 2014  Mankell sorprendió a sus seguidores con la noticia: padece cáncer. Y aborda el tema en Arenas movedizas, que saldrá en septiembre por el sello Tusquets. “¿Cómo nos enfrentamos a la muerte?, ¿Qué mundo dejaremos como herencia?”, se pregunta en su diario, que de seguro estará en la Feria del Libro de Santiago.