15.5.15

Con el alma a cuestas

Una novela inédita en castellano y la reunión de sus cuentos permiten asomarse al universo de Cynthia Ozick, marcado por las tensiones del judaísmo moderno

Joven judío ortodoxo en el barrio de Brooklyn, Nueva York. / David Turnley /elpais.com

Los papeles de Puttermesser de Cynthia Ozick.

Cynthia Ozick, autora estadounidense, de Los papeles de Puttermesser.
Como extensión del segundo mandamiento —“No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra”— los judíos no se autorizan a creer en los actos de magia. El Talmud afirma que el Mago es Uno y sólo Él puede realizar milagros de prestidigitación, el no menor de los cuales fue la creación del mundo. Tal interdicción presenta un grave problema para el escritor judío. ¿Cómo inventar historias y personajes sin contravenir la terrible orden autoral? ¿Cómo responder a la advertencia talmúdica que afirma que, después de la muerte, quien se haya atrevido a construir una semejanza de algo de carne y hueso tendrá que darle vida y, al hacerlo, será castigado por terribles demonios. “Todo lo que no es ley es frivolidad”, reconoce uno de los personajes de Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), atrapado entre la implacable prohibición de crear y el irresistible impulso de hacerlo.
Quizás detrás de la orden divina yazga un reconocimiento de la pobreza del lenguaje. “La palabra humana”, confesó Flaubert, “es como una olla cascada sobre la cual tamborileamos melodías para hacer bailar a los osos, mientras que lo que deseamos es enternecer a las estrellas”. Esta ansiedad frustrada, este valiente persistir, esta maravillosa invención de un Autor celoso que no permite competidores son las inquietantes nociones sobre las cuales Ozick ha construido casi toda su ficción. Si bien en sus obras mayores —en novelas como El Mesías de Estocolmo, La galaxia caníbal, El chal— se exploran estas cuestiones creativas, es en sus cuentos donde Ozick halla su voz más cáustica y más directa, más trágica y más cómica a la vez. La diferencia, novela o cuento, la dicta, según la escritora, el argumento que lo inspira. “Pienso que es una simple cuestión de elegir un tema, o dejar que el tema se elija a sí mismo, y dejarlo dictar su extensión”, confesó en una entrevista en la Paris Review. “No me interesa mi propia voluntad, si de eso se trata. ‘El rabino pagano’, por ejemplo, es un cuento que escribí hace mucho, y explora un tema muy vasto: el compromiso estético opuesto al compromiso moral. Incluso un tema tan profundo puede cernirse a un espacio pequeño”.
‘El rabino pagano’, una de las 19 piezas que integran esta asombrosa colección publicada por Lumen, es quizás el cuento que mejor expone las preocupaciones de Ozick y su exquisito estilo, vertido al castellano, con inteligencia, por Eugenia Vásquez Nacarino. El rabino que protagoniza esta historia se siente atrapado en las mismas preguntas que Job lanza a su Dios pero, al contrario de su lejano y sufrido antepasado, encuentra un cierto consuelo en nociones más antiguas, anteriores al monoteísmo de Moisés. Preguntándose por qué debemos recurrir “a la filosofía, a la religión, a todas nuestras fabulaciones” para encarar nuestra condición humana, el rabino propone la siguiente respuesta: “La razón es simple, y es nuestra tragedia: llevamos el alma a cuestas, el alma nos habita, somos su receptáculo, cuando ahondamos en el interior del alma debemos ahondar en nosotros mismos. Ver el alma, hacerle frente, en eso consiste la sabiduría divina. Y aun así, ¿cómo podemos ver el interior de nuestro oscuro ser? El ser de las otras especies está dispuesto de otro modo. El alma de una planta no reside en la clorofila, puede vagar a su antojo si lo desea, puede elegir cualquier forma o molde que le plazca. De ahí que las otras especies, gracias a que tienen un alma libre y son capaces de contemplarla, pueden vivir en paz. Ver la propia alma es saberlo todo, saberlo todo es ser dueño de la paz que nuestras filosofías tratan inútilmente de concebir. En la tierra residen dos categorías: el alma libre y el alma que mora en el interior. A los seres humanos nos maldijeron con un alma que mora dentro de nosotros”.
Porque es prisionera, porque necesita expresarse, nuestra alma busca la palabra, incierta, ineficaz, mentida, pero, al fin y al cabo, nuestra única herramienta. Ozick, heredera de aquella antigua lengua germánica, el yidis, hace que varios de sus personajes (en ‘Envidia’, ‘Del cuaderno de notas de un refugiado’, ‘Usurpación) se pregunten si es posible continuar usando el idioma de sus antepasados, idioma que, como ellos, fue víctima de los pogromos y de las cámaras de gas. Ozick, ciudadana anglófona de Estados Unidos, sugiere que tal vez el nuevo yidis sea el inglés y se pregunta si el inglés americano no haya permitido la resurrección del yidis bajo una máscara diferente, dando nueva vida a una forma de pensar y de sentir el mundo de aquel pueblo que inició su viaje de expulsado en el jardín del edén y lo prosiguió hasta la Europa del siglo XX, pasando por la Babilonia de Nabucodonosor, el Egipto de los faraones, la España de los almohades y de los Reyes Católicos, la Rusia de los zares. “Cualquiera que mantenga vivo el yidis está muerto”, dice un personaje en ‘Envidia’. Ozick demuestra, contra los argumentos de su ficción, que esta afirmación es una mentira.
Dado que, como afirma el Talmud, Dios dio el poder de la palabra tan sólo a los seres humanos (ni a los otros animales ni a los ángeles), con el yidis, con el inglés, con cualquiera de las lenguas heredadas después de Babel y a pesar del segundo mandamiento, los escritores han intentado, una y otra vez, recrear la vida a través del lenguaje. Ozick compara la audaz y conmovedora empresa de la literatura a la de los cabalistas, como aquel rabino de Praga, creador del fatídico golem. Y dado que estos discípulos del Autor del universo han sido siempre hombres, Ozick inventa para nuestro siglo una cabalista femenina, la asombrosa Ruth Put­ter­messer, cuya biografía cuenta en cinco episodios que recorren su asombrosa vida. Publicada por primera vez en 1997, muy bien vertida ahora al castellano por Ernesto Montequín, Los papeles de Puttermesser es una de las mejores novelas de Ozick, es decir, una de las mejores novelas de la literatura norteamericana contemporánea.
Cynthia Ozick. Cuentos reunidos. Traducción de Eugenia Vásquez Nacarino. Lumen. Barcelona, 2015. Los papeles de Puttermesser. Traducción de Ernesto Montequín, Mardulce. Buenos Aires, 2014.

Un 'selfie' monumental

Tercera entrega de la primera gran catedral literaria de este siglo, desmedida y provocadora
La trilogía de Karl Ove Knausgård.

Karl Ove Knausgård. Escritor noruego.

Se nos anuncia como la primera gran catedral literaria del siglo XXI. Igual que las más importantes del XX, se inserta en la frontera entre lo real y su relato ficticio, y al hacerlo desafía el etiquetaje genérico. Lo vamos a llamar ficción documental para acercarnos al propósito aparente de Knausgård: contar su vida rechazando las herramientas clásicas del artificio novelesco, proyectando una especie de cinta continua de vídeo en la que las palabras, a modo de fotogramas casi sin editar, muestran todo lo que se ve. Un autorretato monumental en los tiempos del selfie. Un detallismo elefantíaco en la época del Twitter.
El primer rasgo distintivo es su aparente antiestrategia narrativa, que consiste en contravenir las normas habituales a la hora de decidir lo que se muestra o se esconde al lector: aparece todo lo que podría molestar o indignar a los coetáneos, lo que entorpece la lectura, lo que ralentiza el avance narrativo. El material favorito de Knausgård es el que más aterraría a cualquier otro novelista por estar contaminado de cotidianeidad. Él, en cambio, lo usa sin el menor pudor y el lector, una vez superada la perplejidad, queda fascinado por esta redefinición compleja del concepto de heroísmo novelesco que en resumidas cuentas, lleva lo heroico a las arenas movedizas de la vida cotidiana. Y lo entierra en ellas. La negación del artificio es un artificio en sí misma. Y fingir que se escribe sin estilo es una eficacísima herramienta estilística. El lector español, al principio, podrá preguntarse erróneamente si tal vez hay un problema de traducción. El tono parece desmañado, la vocación de lucimiento estilístico es nula. Pasadas las páginas suficientes, comprendido al fin que, también en lo estilístico, la elección se rige por la renuncia, ese antiestilo se vuelve microscópico y poderoso.
La otra gran transgresión está en el libérrimo descaro estructural. El narrador se detiene donde le dé la gana y si emprende una digresión filosófica no retomará el hilo narrativo (suponiendo que exista) cuando parezca conveniente por razones de eficacia, sino cuando haya agotado ese camino y, si se tercia, las bifurcaciones secundarias que se presenten. El viaje entre el suceso recordado y el momento en que se recuerda está lleno de recodos imprevisibles y atroces emboscadas.
Con esas herramientas habíamos conocido hasta ahora el proceso de deterioro de un padre alcohólico y despiadado en el primer volumen y, en el segundo, las frustraciones del autor ante las mediocridades de su vida cotidiana como padre de familia. Llega por fin la tercera entrega: La isla de la infancia. Como lo que cuenta es estrictamente eso, los años primeros, marcados por el traslado de la familia a la isla de Tromøya, Knausgård prescinde de sus características digresiones radicales, de sus bifurcaciones estructurales. El mundo familiar es el mismo. Incluso comprenderemos mejor cómo era ese padre terrible y seguirá extrañándonos el papel de la madre en la sombra. Pero esta vez el autor elige contar los sucesos tal como los percibe la mente de un niño, sin especulación, con la cercanía más absoluta. Tal vez los lectores más fanáticos de la serie lo consideren una traición, pero no podrán negar la coherencia de adaptar las herramientas narrativas a los sucesos narrados. Para ellos, un pequeño consuelo: el cuarto tomo ha aparecido ya en idiomas más cercanos y podemos avanzar que retoma los conceptos estructurales de los dos primeros. Queda para otros espacios un debate que exigiría las más de 3.000 páginas que tiene el proyecto de Mi lucha en los seis tomos de su edición original: ¿existe el artefacto sin artificio? ¿La desnudez frontal y absoluta es el disfraz más opaco? ¿El único mecanismo creíble de la memoria es la invención? Como todos los grandes novelistas, Knausgård ha comprendido que reelaborar esas preguntas es más interesante que darles respuesta. Ávidos, esperamos la cuarta entrega ya.
MI LUCHA 3. LA ISLA DE LA INFANCIA / LA MEVA LLUITA 3. L'ILLA DE LA INFANTESA
Karl Ove Knausgård
Trad. Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo / Alexandra Pujol Skjønhaug
Anagrama / L'Altra.

6.5.15

Vargas Llosa desgrana los secretos de Onetti en una lección magistral

El Nobel de Literatura evoca un viaje conjunto por EE UU en un acto en la Fundación Juan March

El escritor Juan Carlos Onetti, en su casa en marzo de 1981. / Antonio Tiedra./elpais.com

Si hay algo que va a veces más allá del Vargas Llosa escritor, es el Mario lector. Cuando durante 50 minutos desgranó ayer en la Fundación Juan March las claves de Juan Carlos Onetti —acompañado por Juan Cruz, adjunto a la dirección de EL PAÍS—, por momentos, la clarividencia del autor que busca desentrañar todas las claves de aquel a quien admira para digerirlo, en esa necesaria distancia, se dejaba llevar por la pasión de quien vislumbra el hallazgo de muchas dotes y un buen puñado de abismos.
“En todos los cuentos de Onetti, se esconde un secreto”, aseguraba el premio Nobel ante dos salas llenas, una que lo disfrutó en vivo y, otra, por medio de pantalla. “Y ese secreto escondido no se puede contar. En esas supresiones radica muchas veces el éxito de una narración”. Bien lo saben los escritores, como ellos, que no desprecian al lector, que le dan herramientas para construir a su lado, mundos propios, conclusiones divergentes.
En el caso de Onetti, muchas veces, quizás buscara conducir a sus seguidores hacia el lado oscuro. De una manera radicalmente moderna, en telepatía directa desde la recóndita Uruguay de los años treinta y cuarenta a la Francia de los existencialistas. “En un libro como El pozo, su primera obra, existen muchísimas similitudes con El extranjero, de Camus. Pero es asombroso, porque en la época en que lo escribió no pudo haberlo leído”, comentaba Vargas Llosa.
Sí leyó a William Faulkner o a Louis-Ferdinand Céline. Del primero, como todo el boom latinoamericano posterior, “sacamos la construcción de los puntos de vista, los enfoques narrativos o la organización del tiempo que necesitábamos para contar nuestra realidad. De Céline, muchas veces extrae, lo que yo denomino su estilo crapuloso. Onetti insultaba, ridiculizaba por medio del narrador a sus personajes, tan alejado de la objetividad flaubertiana. Es lo que hace Céline, pero dentro de esa crueldad con la que los trataban, ahondan en una profunda verdad que a veces no queremos ver y que nos atañe a nosotros”.
Es lo que ocurre en obras maestras como El infierno tan temido —un relato que Emilio Gutiérrez Caba leerá en el mismo escenario mañana jueves— o Bienvenido Bob. Una esencia en Onetti, como esa constante salvación por medio de la ficción de la terrible realidad que nos circunda, que son una constante en obras suyas como La vida breve, El astillero o Juntacadáveres.
El hombre parco, huraño, el espectador que fue compañero de viaje de un joven Vargas Llosa por Estados Unidos, se sentía cerca por el auditorio, donde estuvo su viuda Dolly. Parecía haber saltado de su cama en la casa más o menos cercana de la Avenida de América para colarse, silencioso, por un rincón.
O no. Apenas le gustaba socializar. “En ese viaje a San Francisco, donde nos encontramos con el poeta Allen Gingsberg, que nos llevó en plena época hippy a conocer jóvenes que consumían peyote y LSD, Onetti, observaba aquello callado y, estoy convencido, seguro que le parecía una payasada, de la que algo iba a sacar”.
Recomendaba lecturas penosas a los jóvenes que le pedían consejo. Lo hacía para ver si se daban cuenta. Despistaba con maldades y sarcasmos. “Una vez le comentó a Ramón Chao cuando fue hacerle una entrevista: ‘Ya sé por qué se ríe usted al verme, porque sólo me queda este diente. No es que el resto los haya perdido, es que se los he prestado a Vargas Llosa”.

Así inventé a Montalbano

A raíz de la inminente edición conjunta de las tres primeras novelas protagonizadas por su popular detective, el escritor italiano recuerda cómo le urdió

Andrea Camilleri, en su casa, en Roma. /Antonello Nusca:/elmundo.es

Todo surgió a raíz de una novela 'histórica' que había empezado a escribir en 1993 y que se editaría años después, La ópera de Vigàta. Mientras trabajaba en aquel libro me di cuenta de que mi forma particular de contar una historia era, por así decirlo, bastante desordenada.
Me explico: todo lo que había escrito hasta el momento había nacido de un fuerte impulso (el recuerdo de un hecho que me habían contado, un episodio histórico...), y siempre había comenzado a componer mis narraciones partiendo precisamente de esos impulsos, de esas ideas, que luego, una vez acabada la novela, no conformaban ni mucho menos el primer capítulo, sino que encontraban su lugar una vez que la trama estaba encauzada. Al final, el primer capítulo al que metía mano acababa siendo el quinto o el décimo, a saber.
Así fue como me hice una pregunta: ¿era capaz de escribir una novela empezando por el primer capítulo y siguiendo el hilo, sin saltos temporales ni lógicos, hasta el último? Me contesté que quizá lo sería si lograba adentrarme en una estructura narrativa lo bastante sólida.
Llegado a ese punto, me vino a la cabeza un texto de Leonardo Sciascia sobre la novela negra, sobre las reglas que debe respetar un autor policíaco. Al mismo tiempo, recordé una afirmación de Italo Calvino, según el cual era imposible ambientar una novela negra en Sicilia. Y de ese modo decidí aceptar un doble reto: contra mí mismo y contra el iluso de Calvino. De todas maneras, antes de poner negro sobre blanco reflexioné largamente sobre la elección del protagonista, del investigador.
Tenía ya mucha práctica con el relato policíaco, porque, en calidad de delegado de producción de la RAI, había sido, entre otras cosas, responsable de todo el 'Maigret' televisivo y de una serie de Sheridan. Y también había dirigido otras producciones policíacas. Pero, por encima de todo, me había influido la manera que tenía el dramaturgo Diego Fabbri de adaptar a la pequeña pantalla las obras de Simenon: las desestructuraba como novelas y las reestructuraba como guiones para la televisión. Estar a su lado era como ir al taller de un relojero y verlo desmontar un reloj para volver a montarlo adaptándolo a una caja nueva, con otra forma.
Estoy convencido de que allí aprendí ese arte y, sin darme cuenta, lo guardé en un rincón. En consecuencia, mi investigador se perfiló enseguida no como un detective privado o un 'husmeabraguetas', como los llaman los americanos, sino como un policía institucional, como un inspector o un comisario. ¿Por qué no un suboficial o un oficial de los 'carabinieri'? Durante mucho tiempo estuve tentado de elegir como protagonista a un subteniente de ese cuerpo, puesto que precisamente uno había sido el investigador de mi primera novela,  El curso de las cosas.
Al final me decidí por un comisario porque me pareció que estaba menos obligado a someterse a determinadas reglas de comportamiento de las que los miembros del cuerpo de carabinieri no pueden prescindir.
¿Qué rasgos característicos debía tener ese personaje? Tengo que confesar que los vi claros desde el principio: debía ser un hombre inteligente, fiel a su palabra, reacio a los heroísmos inútiles, culto, buen lector, que razonara con sosiego y que careciera de prejuicios. Un hombre al que se pudiera invitar tranquilamente a una cena familiar. Un hombre que «cuando quería entender una cosa, la entendía», como escribí ya en el primer libro.
Tenía pensados dos nombres: Cecè Collura y Salvo Montalbano, ambos muy comunes en Sicilia. Elegí ponerle Montalbano en agradecimiento a Manuel Vázquez Montalbán, ya que su novela El pianista me había sugerido la estructura definitiva de  La ópera de Vigàta.
Una vez que aclaré esas cosas, escribí mi primera obra policíaca ateniéndome a las reglas que me había impuesto (de hecho, el primer capítulo comienza al amanecer y así sucedería en todas las entregas posteriores). La editorial Sellerio la publicó en 1994 con una cubierta exquisita.
Tras haber superado con claridad el primer reto, el que me había puesto a mí mismo, y muy probablemente también el segundo, el de Calvino, mi impulso inmediato fue dejarlo ahí.
No le hice caso porque no estaba completamente satisfecho con cómo había quedado la figura del comisario. Tenía la impresión de que no lo había dibujado del todo, de que había antepuesto la labor de investigador, pasando por alto algunos aspectos de su carácter.
En resumen, me parecía que sólo lo había resuelto a medias. Y dejarlo a medias me molestaba mucho. Siempre intento concluir lo que empiezo. Así pues, por una especie de escrúpulo artesanal, decidí escribir una segunda novela sobre aquel comisario y terminar mi breve carrera de escritor de género negro.
Creo que, ya desde las primeras líneas, hay algo que salta a la vista, una diferencia sustancial entre la primera novela y la segunda: en una, el amanecer lo ven dos basureros, mientras que en la otra lo ve Montalbano. Así sucedería en todas las novelas posteriores.
Cabe señalar que, a partir de la segunda entrega, todo lo que ocurre se ve a través de los ojos de Montalbano, tenemos siempre el punto de vista de una cámara subjetiva; es decir, no sucede nada ajeno a él: o lo ve o se lo cuentan. De ese modo, el lector siempre tiene en las manos las mismas cartas que el comisario.
Decidí que también la segunda novela debía centrarse en una investigación sui géneris: si el primer caso se basaba en esencia en un delito de imagen, el segundo iba a centrarse en la memoria, en un crimen sucedido muchísimos años antes y ya prescrito. Con la publicación de aquella segunda novela, El perro de terracota, en 1996, daba definitivamente por concluida mi incursión en el campo de la narrativa policíaca. No obstante, y por motivos que aún hoy me resultan inexplicables, el personaje cosechó un gran éxito. Y no sólo eso: su éxito sirvió de acicate para mis obras anteriores, hasta el punto de que la editorial Sellerio tuvo que reeditarlas.
Empecé a recibir decenas, centenares de cartas que me invitaban, más o menos perentoriamente, a seguir escribiendo sobre Salvo Montalbano. También es cierto que el personaje no necesitaba el respaldo de los lectores para hincharme las narices constantemente. Empezó a aparecérseme incluso cuando menos convenía, apremiante. Había leído que determinados autores decían estar obsesionados con algunos de sus personajes y lo había achacado a una afectación literaria.
Sin embargo, constaté que aquello podía suceder de verdad. Acabé en la absurda tesitura de sólo poder pensar en una novela 'histórica' con la condición de pensar al mismo tiempo en un nuevo caso de Montalbano. De otro modo no podía seguir adelante.
Y así me vi 'obligado' a escribir, y además con cierta urgencia, la tercera novela, El ladrón de meriendas, en la que favorecí un aspecto del comisario completamente personal.
Una vez más, me hice ilusiones de haber puesto punto final. La verdad es que no me apetecía ser escritor de novela negra, y menos de una serie con un mismo personaje.
Sin embargo, fue como echar gasolina al fuego.

4.5.15

Walter Benjamin regresa a la urbe

La  Obra de los pasajes  del filósofo alemán se completa con su segundo volumen. Indaga en la nueva religión de la ciudad del siglo XX, el desarrollo técnico

El Berlín de Walter Benjamin a comienzos del siglo XX, cuyo progreso inspiraría parte de sus tesis. / Culver Pictures (The Picture Desk)./elpais.com

Hace año y medio, en enero de 2014, di cuenta de la aparición del primer volumen de la Obra de los pasajes, nombre que toma en la edición de Abada el célebre Das Passagen-Werk,magno trabajo inacabado de Walter Benjamin. Allí anunciaba la publicación del segundo volumen en unos meses. Han sido bastantes más de los que suponía, pero por fin aquí está el cierre de la obra. Nadie que comprara el primero puede quedarse sin el segundo y aquellos que prefirieron esperar a que la obra estuviera completa, ya pueden ir a la librería con una maleta. Los dos volúmenes suman 1.662 páginas. Una edición colosal en inmejorable traducción de Juan Barja.
Ustedes se preguntarán si es éste el momento idóneo para entrar en una obra semejante, inmensa cantera donde se acumulan los materiales y las herramientas anhelantes del obrero que es cada lector y de quien se espera trabajo, reflexión, imaginación y esfuerzo. Sí, así lo creo. No se me ocurre mejor momento que éste, cuando todo aquello de lo que habla Benjamin está balanceándose en el filo del precipicio.
El primer volumen comenzaba con esa pieza seminal que ha dado lugar a un replanteamiento general del juicio sobre las grandes ciudades industriales, las diversas metrópolis cuyo modelo inicial fue París. En aquel París, capital del siglo XIX, había mayor número de ideas en aluvión y sin apenas desbroce que en toda la obra de los urbanistas hasta ese día. A esas escasas páginas le han nacido las doce tribus del pensamiento sobre la ciudad contemporánea. Lo asombroso es que el breve artículo era sólo el anuncio de un trabajo extenso e intenso sobre los orígenes del capitalismo para el que Benjamin acumuló tal cantidad de materiales que su pura presencia impidió la realización del proyecto. Parece un cuento de misterio: cuando Benjamin ya lo supo todo sobre la fantasmagoría capitalista del XIX, se desentendió del asunto principal.
Walter Benjamin. / Effigie/Leemage.
Como el condenado a muerte de Borges, el cual, tras observar con suma atención la piel del jaguar que va a devorarlo vivo, descubre la escritura secreta del universo, lo que le permite leer el firmamento estrellado y averiguar el plan universal de los dioses de manera que ya la muerte no le importa, así también Benjamin, tras acumular en las que llamó Notas y materiales miles de citas, comentarios, fragmentos, ideas y esquemas, dejó de ocuparse en aquel asunto vagamente marxista sobre el capitalismo y pasó a consideraciones de mayor calado sobre la existencia de los humanos y su historia. Los alemanes le facilitaron la salida. Dado que iban a matarle y estaba condenado a muerte, prefirió suicidarse en Portbou.
En el segundo volumen prosigue la edición de las Notas y materiales. Son otras 800 páginas sobre los asuntos esenciales de su investigación. Hay capítulos sobre el desarrollo técnico, que iba a ser la nueva religión de las metrópolis hasta el día de hoy. Las vías férreas, la litografía, la fotografía o la escuela politécnica emergen como embriones del futuro (y actual) desarrollo del Titán. Fourier, Saint-Simon, Marx son los barbudos abuelos veterotestamentarios. Victor Hugo, Daumier, el Jugendstil, los momentos de iluminación del capitalismo de las catacumbas. Y así sucesivamente.
Como en el anterior, ocupa un lugar privilegiado el ocioso paseante que es el nuevo actor de la representación urbana, el flâneur que escruta, observa, vigila, advierte, las peculiaridades de esa sociedad apiñada en espacios exiguos. Este es el padre del investigador moderno, sociólogo, etnólogo, antropólogo, novelista, detective privado o asesino en serie, pues todo irá naciendo del primer flâneur, desde el criminal que aprovecha el anonimato metropolitano para degollar prostitutas, hasta el poeta que se sumerge en las ondas embriagadoras de la multitud, como escribió Baudelaire.
Hay capítulos sobre el desarrollo técnico, que iba a ser la nueva religión de las metrópolis hasta el día de hoy. Las vías férreas, la litografía, la fotografía o la escuela politécnica emergen como embriones del futuro (y actual) desarrollo del Titán.
Justamente, para júbilo de los benjaminianos, merece la pena informar de que se acaba de editar el libro del amigo de Benjamin que inspiró la figura del flâneur, Franz Hessel, cuyos Paseos por Berlín (errata naturae) escritos en 1929 son el modelo de lo que el filósofo explicará largamente en los Pasajes. Y también es un maravilloso viaje por la metrópolis de hace casi cien años que nos permite descubrir, no ya los cambios, sino las metamorfosis de la vida berlinesa.
Desde que la obra de Benjamin comenzó a divulgarse con una cierta seriedad, tan tarde como en los años sesenta del siglo pasado, su figura ha ido creciendo hasta hacerse inevitable. En la actualidad estudian a Benjamin en los centros de negocios, en los departamentos de Arquitectura, de Ingeniería, de Teología, de Sociología, de Economía, de Bellas Artes, en fin, en todos los departamentos menos en los de Filosofía. Exagero, también en los de Filosofía, aunque algo más tarde. El retraso se debió al marxismo de Benjamin, que viene a ser como el cubismo de Morandi, o sea, nulo, lo que irritaba a los profesores progresistas, que son legión. En la actualidad, Benjamin ha permeado ya hasta las redacciones de las revistas de peluquería. Es algo preocupante.

Vida y escritos

Walter Benjamin nació en Berlín el 15 de julio de 1892 y se suicidó en Portbou (Girona), el 27 de septiembre de 1940.
Fue filósofo, crítico literario, analista de la sociedad, traductor y ensayista.
Pertenece a la Escuela de Fráncfort.
Entre sus libros más destacados figuran: El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán (1917), Capitalismo como religión (1921) Libro de los pasajes (1927, inacabado), Franz Kafka (1934), La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936) y Tesis sobre la filosofía de la historia (1959).
Justamente por su enorme popularidad, apenas hay obra contra Benjamin o crítica con sus posiciones. Sólo de vez en cuando alguien se atreve a poner en duda algunos de sus juicios. En un reciente trabajo de Joan DeJean (How Paris became Paris), por ejemplo, se corrige que el plan de Haussmann para la remodelación de la urbe respondiera a las ideas tan avanzadas y racionales que supone Benjamin. Sorprendentemente para el criterio actual, DeJean afirma que quizás se trataba de completar la reforma de Luis XIV, las grandes avenidas y bulevares construidos bajo su reino en las viejas defensas devenidas, obsoletas por el avance de la artillería. Paradoja: habría sido una continuación tradicionalista del diseño monárquico y no una invención revolucionaria. Una golondrina no hace verano. Estamos aún a la espera de una visión en verdad crítica de esta obra inmensa, caótica, imaginativa, onírica, que tanto se parece a nuestra propia época. Quizás por eso la amamos tanto.
La edición se completa con una extensa sección en la que el editor explica la composición de Pasajes mediante cientos de cartas de Benjamin a Adorno, a Scholem, a Horkheimer, a Hanna Arendt, con decenas de respuestas. Es una antología epistolar del filósofo, imprescindible para cualquier aficionado. Admirable e imprescindible edición.

2.5.15

Novelas imperdibles de la FILBo

Presentamos una selección de las mejores novelas y reediciones de este año: Echeverri, Davis, Kunikida, Kuroshima y Bejarano


Portada Marea de ratas de Arturo Echeverri Mejía./revistaarcadia.com
ENTRE VIOLENCIAS
Conrado Zuluaga
La muerte de Arturo Echeverri Mejía, a los 46 años, llevó a más de uno a exclamar que se había truncado una ilusión y que su escasa obra era el producto de una vocación tardía. Olvidaron, con una facilidad asombrosa, que hasta un recién nacido –lo dijeron los griegos– ya tiene edad (condición) para morir.
En el caso del escritor antioqueño bastaron los 32 años que median entre el momento en que a los catorce años salió de su casa materna, en 1932, y su fallecimiento en 1964, para experimentar las más diversas condiciones: soldado, suboficial del ejército, teniente de la infantería de marina, navegante, héroe nacional, empresario, colonizador y, por supuesto, escritor.
La primera edición de Marea de ratas es de 1960 hecha por Alberto Aguirre, el mismo editor de la primera edición de El coronel no tiene quien le escriba al año siguiente. Luego vinieron tres más, una de ellas una edición, crítica en 1994. De suerte que una nueva edición veinte años después, en El Peregrino Ediciones, es un hecho que hay qué celebrar.
Marea de ratas es una novela de la violencia que, a diferencia de la casi totalidad de ficciones que generó ese período, es una obra sin sangre y sin el consabido catálogo de atrocidades. Esa es una de sus características más sobresalientes. Al autor, como a García Márquez, no le interesa la insania de unos hechos violentos, le interesan la amenaza, la atmósfera encubierta de violencia que se cierne como nube agorera sobre un personaje o una comunidad.
El otro elemento fundamental de esta ficción, y de toda su obra, es el diálogo. Todos los personajes están en comunicación, opinan, conjeturan. A veces es más lo que ocultan que lo que expresan, pero los diálogos son rápidos, breves, ágiles y propician un desarrollo de los acontecimientos que el lector percibe como hechos irreversibles.
Marea de ratas es una novela fundamental en el panorama de las letras colombianas, como lo son las otras de Arturo Echeverri Mejía, Antares, El hombre de Talara y Bajo Cauca. Hay que confiar en que aparezcan nuevas ediciones en los próximos años.
Marea de ratas
Arturo Echeverri
El Peregrino

EL DISCURSO AMOROSO
Gloria Esquivel
La narradora de El final de la historia quiere escribir una novela en donde pueda retratar, de la manera más fiel posible, los altibajos emocionales que vivió durante los meses en los que sostuvo un romance con un hombre doce años menor que ella. Hurga en sus recuerdos hace un inventario de las peleas que tuvieron, reconstruye con minucia cada palabra que su examante pronunció (o no pronunció), las pocas veces que salieron en público. Desentraña cada uno de los gestos de ese hombre. Se pregunta, hasta el agotamiento, qué circunstancias la llevaron al fracaso amoroso y cada uno de estos interrogantes inevitablemente la hacen pensar sobre el oficio de la escritura.
“Si alguien me pregunta de qué trata la novela, le diré que de perder a un hombre porque no sé qué decir”, admite de manera lacónica, mientras guía al lector por un relato construido a partir de elipsis y silencios en donde la historia del fracaso se ve alternada y, muchas veces, interrumpida por reflexiones sobre la creación literaria y la imposibilidad de convertir esa pena de amor en prosa organizada, estructurada y coherente.
El final de la historia es la única novela de la cuentista norteamericana Lydia Davis. Publicada originalmente en 1995, es considerada una excepción formal dentro de la prolífica carrera de esta escritora que se ha destacado por el uso de un lenguaje preciso y transparente que posibilita que la extrema brevedad de su narrativa se asemeje más al fragmento autorreflexivo que al relato tradicional.
En esta narración, por ejemplo, escritora y amante se superponen. “No sabía si escribía tanto sobre él porque había superado el dolor, o si escribía para intentar superarlo”, admite la narradora, con toda la rabia, el deseo y la esperanza de una amante que intenta desenmarañar su propia historia. El lector se enfrenta a un juego doble. Por un lado, la enumeración de detalles minuciosos (a veces tediosos), que componen una cotidianidad de pareja que intenta sublimarse por medio de la creación. Por otro, una trama que es puesta en duda constantemente con cada recuerdo narrado y la posibilidad de que sea una invención.
Es claro que el proyecto de la novela que quiere escribir la narradora, el proyecto mismo de esta novela, resulta paradójico pues el dolor y el desgarramiento de una separación pertenecen al terreno de lo indecible. Sin embargo, en El final de la historia, Davis logra materializar, con gran lucidez, la idea de que el amor no es nada más, sino una ficción que se construye en soledad.
El final de la historia
Lydia Davis
Alpha Decay

CUENTOS PARA UN CAMBIO DE ERA
Sebastián Chalela Morris
El final de la era Tokugawa en el Japón, conocido por imponentes hechos militares y políticos, no solo develó millares de misterios guardados por costumbres tradicionalistas, férreas políticas de aislamiento y la lenta aceptación de todo lo occidental, sino que también sacudió al mundo de la literatura nipona, produciendo tesoros que son una fortuna de encontrar.
Kunikida, nacido cuatro años después de dicho periodo, creció de la mano de la transformación de su país: una revolución que hizo tambalear las costumbres, el espíritu y los corazones del pueblo japonés. El estudio de la filología inglesa y los intereses literarios del momento llevaron a permear su alma por las obras de autores como Wordsworth y Tolstoi. De allí que en su estilo se deje ver la influencia del romanticismo y del naturalismo sin que encaje definitivamente en una u otra corriente; de allí que sea único en el mundo literario de su tiempo.
Los cuentos de Musashino nos ofrecen fotografías vivas llenas de detalle y maestría. Su representación de la naturaleza hace posible no solo ver, sino experimentar con todos los sentidos, un mundo de imponentes paisajes naturales en cuya belleza palpita un espíritu trascendente. Con igual claridad plasma los caminos por los que deambula el hombre en busca de sentido y realización, y aquellos que le construyen desde su interior, a veces armonizando con su ambiente y otras condenándolo a una vida truncada en el mismo. Su prosa nos conduce a la contemplación, manteniéndonos en el momento presente donde el mundo se revela como un particular regalo de los dioses, tan lleno de belleza, como incomprensible.
La naturaleza, la cotidianidad, los encuentros fortuitos, los misterios del infortunio, son todos pozos de potencial narrativo que el autor explora haciendo uso de la sorpresa, capacidad que considera, como Okamoto, personaje de uno de sus cuentos, “lo único capaz de salvar al hombre de sí mismo”.
Musashino
Doppo Kunikida
Ardicia

RECLAMOS PATRIÓTICOS
Sebastián Chalela Morris
Dos hombres japoneses corren despavoridos y desnudos por la estepa nevada, traicionados por la sangre de un conejo siberiano. Un comandante henchido por los celos condena a toda una compañía a olvidar el calor de las mujeres rusas, enviándolos a buscar un riachuelo perdido entre los árboles cargados de nieve. Un anciano de dientes amarillos que hiede a opio y miedo se retuerce como un gusano en un agujero en la tierra. Un trabajador cae intoxicado en la fábrica de soya donde su padre y su abuelo murieron y lo embarga el temor de que a sus hijos y nietos los aceche el mismo destino maldito. Estas y muchas otras escenas reverberan como una súplica al olvido, un grito de alarma a la ignorancia, un reclamo tajante a la inconciencia de una patria cuyo sistema aplasta al proletariado y le condena a sufrir por siempre su condición desigual, tanto en los campos de batalla agrícola nacionales, como en los de combate sangriento en el extranjero.
El autor nipón Denji Kuroshima, nos presenta con sencillez y sobriedad una mirada íntima al mundo del soldado japonés en la época de la Intervención Siberiana y a la vida de los campesinos en suelos locales, ambos condenados a muerte por la obediencia impuesta por tradición y la deshonestidad de un sistema imperial que les atrapa y les consume, marchitándolos sin remedio. “La guerra no depende de la voluntad de los soldados”, nos dice, concluyendo finalmente que dicha voluntad no existe y que es decapitada de inmediato allí en donde se atreve a asomar la cabeza; ha sido erradicada por la historia de un
Japón bélico en el que los ricos y poderosos han mandado la partida siempre, enviando a los necesitados a perecer en los distintos frentes de batalla que presenta la vida. La colección pone en evidencia la cuchilla helada de los acomodados y el desvalimiento del trabajador común que se ve obligado, incluso por los de su misma condición, a enterrar sus sueños y todo anhelo de superación, guardando como único tesoro su dignidad.
Una bandada de cuervos
Denji Kuroshima
Ardicia


UN EXPERIMENTO CUÁNTICO
Álvaro Robledo

Tartamudo es la ópera prima de la editorial bogotana Animal Extinto y de su autor, Sebastián Bejarano. Es un libro refrescante dentro del panorama nacional, ajeno a las modas y los embelecos de las grandes editoriales y de los escritores que algunos llamarán consagrados. Después de leerla, me atrevería a decir que, tal vez, es también la primera novela cuántica que ha nacido en estas latitudes.

Bejarano nos habla de las posibilidades del lenguaje desde el lenguaje mismo: no es un libro de hondas disquisiciones sesudas, sino que utiliza la palabra y su posible origen, el juego, “mirar el juego como un juego”, en el campo de la potencia, de lo que puede ser para dejar de serlo una vez es definido. Esto puede sonar discursivo o incluso tonto, pero como el mismo autor nos lo dice: “uno nunca sabe cuáles son los misterios que se esconden detrás de las cosas tontas”.

La novela, si de una novela se trata, aun cuando es un texto con mayores alcances y mayores imbricaciones que los de una simple narración lineal, nos invita a preguntarnos por el núcleo de uno de los elementos que nos hacen humanos: las palabras y su forma de nombrar el mundo. A lo largo de las páginas, nos incita a “creerle a las ideas, a la intuición de que hay algo más. Creerle a las preguntas simples”. Es, en últimas, una larga y variable pregunta en torno al silencio, un silencio que “no está en el texto, sino en el lector”.

Uno de los personajes centrales de la narración es el físico bogotano Luis Alberto Barco, quien postula la palabra cuántica: “las palabras, las sílabas y las letras podían estar en dos lugares a la vez, experimentando saltos de energía o cuantos”. Es él quien propone la posibilidad de ser hablante y mudo a la vez, “una nueva especie de tartamudez poética”.

Con este, su primer libro, Sebastián Bejarano trae una corriente de aire fresco, una voz distinta que no pretende otra cosa que seguir las huellas de las palabras que cita de Jean Cocteau: “desencantado de las letras, quise superar la literatura y vivir mi obra”.

Tartamudo
Sebastián Bejarano
Animal Extinto

30.4.15

La mano que mece la olla

La cocina, los sabores y las recetas no fueron una simple distracción o hábito culinario en la vida de Marguerite Yourcenar. Fue más bien una tarea paralela y cruzada con la de la escritura de sus grandes libros y una seña de identidad tan fuerte como la lengua francesa. De todo esto trata La mano de Marguerite Yourcenar, con recetario recopilado y ensayos escritos en conjunto por las investigadoras Michele Sarde y Sonia Montecino

 
La mano de Marguerite Yourcenar.

Marguerite Yourcenar, sutil cocinera de sus  comidas y textos ./pagina12.com.ar

Un libro de recetas no es un diario íntimo, pero se le parece bastante. De puño y letra, confeccionado a lo largo de décadas, con sus esquinas dobladas por el uso, ubicado en un lugar siempre cercano y fácil de encontrar. El recetario de Marguerite Yourcenar no escapa a esa descripción y es así de elocuente e íntimo. Y lo que narra es, justamente, una serie de cuestiones bastante desconocidas acerca de esta tan popular y distinguida dama emblema de la literatura francesa. Su afición por la cocina, su estilo culinario, la comensalidad que brindó en su sencilla casa en Mount Desert Island, con recetas de los orígenes más disímiles, que fueron delicadamente registradas en su recetario.
Esto es lo que explora La mano de Marguerite Yourcenar, volumen que además de tener como corazón el recetario propiamente dicho, incluye dos ensayos en torno a la relación entre la cocina y la literatura en esta autora. Las encargada de llevar a cabo la tarea fueron Michèle Sarde y Sonia Montecino; la primera, profesora, ensayista y biógrafa francesa, especialista en estudios yourcenarianos, autora del estudio biográfico M. Y. La pasión y sus máscaras, además de participar en la edición de las cartas de la autora editadas por Gallimard. Montecino, por su parte, es doctora en Antropología, titular de la cátedra de Estudios de género de la Unesco, que ejerce actualmente en la Universidad de Chile.
Cada una abordó siguiendo su especialidad un asunto diferente: Montecino analiza el recetario desde la óptica del género a lo largo de la historia. Una escritura privada, típicamente realizada por mujeres y transmitida de generación en generación. Sarde hace una biografía del gusto, atendiendo a las prácticas y devociones culinarias de Marguerite en su vida y sus viajes. Atiende también toda vez que en sus escritos se roza la cuestión, poniendo en alguno de sus personajes –Adriano, Zenón– una prédica sobre este tipo de intereses.
El estudio parte de la infancia de Marguerite Crayencour –su verdadero nombre con el que luego construirá el anagrama Yourcenar–, de su padre francés y su madre belga, de los primeros años viviendo en el castillo Mont Noir en el norte de Francia, con su abuela paterna. El recuerdo es cómo la pequeña Marguerite se escabullía para ir hacia la gran cocina a sentarse en la mesa del personal doméstico. El aroma de los guisos sencillos que se cuecen a fuego lento, los ruidos del lugar donde se pica, machaca, fríe, cautivan a la niña. De estas primeras épocas la autora construye el sino de su cocina: comidas simples y naturales, originadas en el campo o el vergel.
Con la juventud llegan la bohemia y el vagabundeo, iniciado con su padre y continuado en soledad. Recorre el mediterráneo: sur de Francia, Italia, España y Grecia. Convertida en mujer, vive con libertad sus deseos, su sensualidad, en el entorno de la mitología y las leyendas. A esos aprendizajes les corresponde otro modo de alimentarse. Marguerite descubre en territorio helénico, los pequeños cafés donde se deleita con ensaladas, pescados y verduras asadas, bebiendo raki. Esta sensibilidad voluptuosa y trágica, es retomada en su libro Fuegos, de amores mitológicos. Otra familia de sabores simples, contundentes, adopta de allí. Pasa tiempo en París y luego, con su fortuna notablemente disminuida y la segunda guerra en ciernes, decide instalarse de forma definitiva en Estados Unidos. Junto a Grace Frick, a quien conoció pocos años antes y será su compañera toda la vida.
Si bien los sabores ocupan un lugar fundamental en la vida de Yourcenar, es una vez instalada en su casa de Estados Unidos que bautizó Petite Plaisance, que la autora va a dedicarse más plenamente a cocinar. Realizaba ella misma todas las comidas. El tiempo de la escritura se interrumpía a media mañana para ir a buscar hierbas de su huerto y luego preparar el almuerzo. Lo mismo ocurría en la cena, y en algunas oportunidades, también para un té que se servía en el jardín.
¿Cuáles eran esos saberes y esos sabores? La de Yourcenar es una cocina vegetariana –comía carne sólo dos veces por semana– y una cocina expatriada. Puntuada por alimentos que conoció en sus viajes o en sus lecturas, inseparables de las culturas Orientales. El recetario de todos modos no reúne lo más exótico, sino las recetas más comunes –y probablemente las más repetidas–, el núcleo de la identidad de esta escritora fuera de su patria. Junto con las cocinas belgas, francesas y estadounidenses, figuran recetas neerlandesas, suecas, italianas, australianas, rusas, chinas e indias. Muchos alimentos dulces, una variadísima oferta de panes dulces y salados con distintos tipos de especias y preparaciones, pasteles, roscas muffins, scones. Salsas, suflés, bebidas a base de café, alcohol, especias.
Como afirman sus biógrafas culinarias, Yourcenar conservó el núcleo de su identidad mediante su idioma –que nunca abandonó, pese a escribir la mayor parte de su obra rodeada de otra lengua– y la cocina. De eso se trata este libro.

29.4.15

Preocupa la salud de Ricardo Piglia

El escritor y teórico literario padece esclerosis lateral amiotrófica,ELA. Se puede firmar un petitorio para aprobar un nuevo medicamento para tratar la enfermedad

Ricardo Piglia, autor argentino de El camino de Ida; padece ELA, ayuda solidaria con tu firma./estandarte.com,lavoz.com.ar

En las últimas horas se conoció la noticia de que el escritor argentino Ricardo Piglia padece esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad degenerativa que requiere de un tratamiento  complejo, y que en su momento también afectó al genial humorista Roberto Fontanarrosa.
Fue el sello Ediciones de la Flor el que dio a conocer la información, con un comunicado titulado "Ediciones de la Flor pide tu ayuda para Ricardo Piglia".
"Adjuntamos un link para firmar una petición acerca de un nuevo medicamento diseñado para tratar la Amyotrophic lateral sclerosis (ALS) por sus siglas en inglés -Esclerosis lateral amiotrófica-, ELA y necesita aprobación. Con un millón de firmas se podría presentar esta petición ante FDA (Food and Drug Administration, USA) para acelerar los procesos que conlleva y poder acceder a este nuevo tratamiento. Apoyemos esta oportunidad. Gracias", dice el comunicado de la editorial, acompañado de un link con el petitorio, que ya lleva cerca de 500 mil firmas.
Para firmar, se puede ingresar acá.
El sello independiente argentino Ediciones de la Flor, en el que han publicado Umberto Eco, Liniers, Silvina Ocampo o Quino, ha lanzado en estos días un llamamiento para ayudar al escritor Ricardo Piglia. Piglia, aquejado de esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Por una triste casualidad, la enfermedad también afectó al escritor Roberto Fontanarrosa.
Ediciones de la Flor nos conmina a firmar una petición en Change.org, relativa a un nuevo medicamento diseñado para tratar la ELA, pero que todavía necesita la aprobación de la Food and Drug Administration (FDA), en Estados Unidos. Si el proceso se acelerare, los enfermos de ELA podrían acceder a este nuevo y efectivo tratamiento.
La ELA es la misma enfermedad que, meses atrás, tuvo eco gracias al famoso Ice Bucket Challenge, el reto del cubo. Otra vez lejos de la primera plana, los enfermos continúan necesitando nuestro apoyo. Quizá una firma no sea tan viral como un vídeo en Youtube, pero en este caso resulta igualmente necesaria.
Ricardo Emilio Piglia Renzi nació en 1941 y es argentino. Después de la caída de Perón (1955), su padre, que era partidario de este, se fue con su familia de Adrogué y se instaló en Mar del Plata. Piglia estudió Historia en la Universidad Nacional de La Plata, ciudad donde vivió hasta 1965. Después trabajó durante una década en editoriales de Buenos Aires, y dirigió la Serie Negra. Comenzó a escribir en la segunda mitad de los años cincuenta del siglo XX en Mar del Plata su diario, y lo ha continuado durante toda su vida. Recibió una mención especial en el VII concurso Casa de las Américas, Cuba, y ello significó la publicación de su primer libro, los cuentos reunidos en Jaulario.
Pero el reconocimiento internacional lo debe a su primera novela, Respiración artificial, de 1980. Desde entonces Piglia ha escrito pausadamente. Publicó en sus inicios en pequeñas editoriales, y en los últimos años la Editorial Anagrama publica toda su obra, en Argentina, México y España. Piglia es, además, crítico, ensayista y profesor académico. Ha escrito sobre su propia escritura (que está ligada a la crítica) y ha elaborado ensayos sobre escritores argentinos. Entre 1977 y 1990 fue profesor visitante en diversas universidades de Estados Unidos, como las de Princeton y Harvard. En los últimos años ha enseñado en Princeton.
Piglia, autor de obras como Plata quemada y La ciudad ausente, es uno de los escritores y teóricos literarios más respetados de Argentina. Entre sus últimas producciones se destaca la adaptación televisiva de las novelas Los siete locos y Los lanzallamas, de Roberto Arlt, para la Televisión Pública.

Fernández Cubas: "Con el cuento aún no ha podido nadie"

La escritora, una de las cultivadoras más destacadas del género, publica un nuevo volumen de relatos, La habitación de Nona

Cristina Fernández Cubas. /Julián Lineros./elcultural.es
La escritora Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945), una de las cultivadoras del relato breve más destacadas de nuestra lengua desde hace tres décadas, regresa al género con La habitación de Nona (Tusquets), un volumen de relatos para adultos en los que la realidad se enriquece con los procesos mentales de sus protagonistas, que guían la narración y se revelan mucho más importantes que los hechos objetivos. La identidad, la memoria, la percepción y el paso del tiempo son algunos de los temas centrales de estos seis cuentos, cuyas claves nos da su autora.

-Después de su libro La puerta entreabierta, en el que daba rienda suelta a su parte más desenfadada con el seudónimo de Fernanda Kubbs, ¿con qué actitud ha escrito este nuevo libro de cuentos?
-Con la actitud de siempre. Dispuesta a sorprenderme, a inquietarme, a responder algunas preguntas, a plantearme otras... Y, sobre todo, a pasármelo bien y a pasármelo mal. A veces de algún relato doloroso se sale renacida.

-Si obviamos la novela La puerta entreabierta, la antología Todos los cuentos y su cuento infantil De mayor quiero ser bruja, hacía bastante que no publicaba relatos nuevos. ¿Por qué?
-Vida y escritura van siempre de la mano y hay momentos en que no se tiene la capacidad de concentración necesaria, ni tampoco las ganas. Pero luego todo regresa. Y en eso estoy. De todas formas, mi ritmo de publicación nunca ha sido vertiginoso. Me tomo mi tiempo, convivo con mis relatos, los dejo reposar... No me gusta imponerme fechas u obligaciones. En realidad, la frecuencia de publicación la marcan los propios libros.

-En los cuentos de La habitación de Nona ahonda en los laberintos de la psique y parece más importante lo que sucede en la mente de los protagonistas que la realidad objetiva. ¿Está de acuerdo con esta impresión?
-Desde luego. Para ellos lo que pasa por su mente es sencillamente su realidad. De eso se trata. Y también de que me interesa penetrar en sus pensamientos y moverme en un mundo de claroscuros donde todo, en cualquier momento, puede ponerse en cuestión.

-La identidad (en “La habitación de Nona”) y la memoria (“La nueva vida” y otros) aparecen como algo difuso. ¿Considera realmente que estos dos pilares que constituyen el “yo” son así de frágiles? ¿Qué podemos hacer al respecto?

-Yo no los llamaría “frágiles” ni muchísimo menos. La identidad, natural o adquirida, es el eje precisamente de uno de los relatos, y de la memoria se dice en otro que “no es una tumba de alta seguridad”. De nada sirve, pues, enterrar recuerdos porque ella, al menor estímulo, se encargará de resucitarlos.

-¿Diría que la memoria y la percepción son el hilo conductor de estos cuentos?
-Cada cuento es independiente y ha nacido con voluntad de vivir su vida. Pero hay pasillos muy sutiles entre ellos. Citas, direcciones, objetos y, desde luego, la memoria, la percepción, lo engañoso de ciertas apariencias, los préstamos entre pasado y presente... Por algo cito al principio la frase de Einstein: “La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente”.

-Usted siempre ha defendido que no hay que edulcorar los cuentos a los niños. ¿Cree que crecen más sanos o mejor preparados psicológicamente si no les ocultamos las partes más crudas de la vida?
-Bueno, no soy tan drástica ni pretendo tampoco elevar mi experiencia a la categoría de verdad universal… Lo que sí he hecho ha sido recordar los cuentos que me contaban de niña, los libros que leí en mi adolescencia y sorprenderme de lo que está ocurriendo ahora: la progresiva infantilización de las lecturas. La isla del tesoro, por ejemplo: ¿era necesario abreviarla y simplificarla? En los libros que leíamos entonces había un montón de palabras que no podíamos entender pero, o bien las preguntábamos, o bien, a medida que avanzábamos, terminaban por explicarse a sí mismas. Todavía recuerdo algunas especialmente intrigantes como “linterna sorda”... ¿Qué podía ser una linterna o lámpara “sorda”? Y cuando lo averiguabas, te gustaba todavía más. Un farol de mano, de uso común, que permitía ver sin ser visto, algo así como el viejo sueño de la invisibilidad.

-¿Cómo suelen venirle las ideas para sus relatos? ¿Se nutre mucho de experiencias cotidianas y vivencias propias? Por ejemplo, la historia de “Interno con figura” parece inspirada en una experiencia verídica. ¿Es así?
-Sí. “Interno...” nace de una sensación poderosa. El cuadro de Cecioni, que descubrí en la exposición de los Macchiaioli en la Fundación Mapfre, me impresionó. La habitación casi desnuda, la cama descomunal, la extraña niña acurrucada junto a la cama... Era un cuadro con secreto. Con historia. Regresé a Madrid un mes después, volví a visitarlo y supe enseguida que un día u otro lo convertiría en cuento... Pero no siempre el punto de partida viene de una emoción intensa. En la lista de posibles estímulos entran los sueños o, mejor, ciertas imágenes entrevistas en sueños. La curiosidad. El deseo de recuperar escenarios perdidos o todo lo contrario: viajar a lugares donde no has estado nunca. La necesidad de responder a algunas preguntas o por lo menos intentarlo... Y la imaginación pura y dura, no lo olvidemos.

-¿Cómo ve el estado de salud del relato breve actualmente en la literatura en lengua española y en España especialmente?
-En España, a diferencia de algunos países de América Latina, el cuento ha pasado por tiempos adversos. Pero el lector de relatos es un lector muy fiel y los tiempos, además, están cambiando. Hoy existen editoriales dedicadas exclusivamente al género y un montón de excelentes cultivadores. Con el cuento, en definitiva, todavía no ha podido nadie.

-¿Por dónde va a seguir ahora? ¿Veremos más novelas de Fernanda Kubbs o más cuentos infantiles?
-La verdad es que me siento todavía en la habitación de Nona y alguna que otra noche sueño con los Wasi-Wano... Estoy, pues, disfrutando del momento y no tengo un plan concreto, pero sí todos los planes. Es decir, seguir con mis relatos no excluye ninguna otra posibilidad. Al contrario: creo que se complementan.

27.4.15

Mendoza: "Al principio pensé que todo había sido un malentendido, ¿de verdad era tan buena la novela?"

Se publica una edición conmemorativa de la ya legendaria primera novela de Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta

Eduardo Mendoza. /Antonio Moreno./elcultural.es

Eduardo Mendoza tenía 26 años cuando publicó el libro que, en sus propias palabras, le cambió la vida. Por entonces había estado haciendo "un poco de todo", era esa época en la vida de un escritor en la que tiene que alternar sus noches ante la máquina de escribir, o el cuaderno, como era el caso de Mendoza, con un trabajo. El suyo era un trabajo en un banco. "Estaba estudiando Derecho", recuerda. Luego se fue a Nueva York. Pero antes de eso publicó el libro en cuestión, que, en un primer intento, fue interceptado por la censura, a la que no le pareció en absoluto bien el título que había elegido (Los soldados de Cataluña), y que además, lo consideró "un novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza". He aquí La verdad sobre el caso Savolta. "Nunca he sido bueno para los títulos, ni entonces ni ahora. Pere me ayudó", recuerda Mendoza. Pere es Pere Gimferrer, que está a su lado y asiente. "Estoy convencido que con este otro título", dice, y señala el ejemplar de la edición conmemorativa de la novela que hay sobre la mesa, "la novela habría tenido una vida muy distinta", añade.

De hecho, dice, la novela es hoy "muy distinta" de como era entonces. "Yo también lo soy. No sólo cambia el mundo, también cambiamos nosotros, y cambian las novelas, la forma en que las percibimos. Por ejemplo, entonces Cataluña no significaba nada. Era una parte del mapa del colegio. Hoy es algo muy distinto", expone el escritor, que jamás olvidará cómo, a su regreso de Nueva York, un año después de que el libro se hubiera publicado, y sin ser consiciente aún de su repercusión ("la vida del libro entonces era muy larga, la primera crítica salió un año y media después de que se hubiera publicado, porque era lo normal", recuerda), se fue directo al banco, pensando que, con lo que le hubiera ingresado la editorial por los derechos, podría invitar a una cena a sus amigos. "Al llegar allí le pedí al cajero que me diera lo que tuviera en la cuenta y él me miró extrañado: ‘¿Todo?', preguntó. Resulta que había un millón de pesetas", explica. La historia de Javier Miranda y Savolta, el industrial catalán que se dedicaba a vender armas a los aliados, estaba lista para dar la vuelta al mundo. Y eso fue lo que hizo.

"El éxito era algo insólito en aquel momento para un escritor. Un éxito así era impensable. Que no sólo se vendiera si no que estuviera bien considerada, que me dieran, como ocurrió, el Premio de la Crítica, que hoy no es tan importante, pero entonces lo era, y mucho, hizo que, de repente, verdaderas divinidades del mundo literario quisieran charlar conmigo, y yo estaba muerto de miedo", asegura el autor de La ciudad de los prodigios.

"Lo peor vino después. Porque de la timidez pasé a la angustia y el agobio, ¿cómo iba a ser capaz de escribir algo que no defraudara a toda esa gente? Fue por eso que cambié de estilo. Estuve mucho tiempo dándole vueltas a cómo continuar, y entonces fue cuando empecé con las novelas de humor", recuerda Mendoza, que pensaba "que todo aquello era un malentendido, que no podía haberme hecho tan famoso con una novela, y que no podía ser tan buena".

De hecho, aún hoy, 40 años después, le parece "sorprendente" que se hable de ella. Seix Barral ha preparado una edición especial que conmemora las cuatro décadas y en la que, además de la novela, por primera vez llegará a librerías con el título original (aquel Los soldados de Cataluña que no le pareció en absoluto apropiado al censor), se incluyen los informes de la censura y artículos de Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalbán, Félix de Azúa y el propio Mendoza.

"Ahora hay otra generación leyéndolo. Para mí, hoy ya es como si fuera algo que no es mío. Porque, ya lo he dicho, yo tampoco soy aquel chico de 26 años. Lo de recuperar el título y la portada es un pequeño homenaje pero en ningún caso quiero que se recuerde con este título. Las cosas son como son y han de pertencer a su momento. Y La verdad sobre el caso Savolta ya tuvo su momento", dice. Un momento al que, cada vez que se abre un ejemplar del mismo, se regresa, como si el libro fuera una máquina del tiempo.

16.4.15

Amos Oz, el siglo de Israel

Se publicará en una nueva colección la obra completa del escritor israelí. En abril salen a la venta Quizás en otro lugar, Una historia de amor y oscuridad y La bicicleta de Sumji

Amos Oz, autor israelí que se publica en español toda su obra./elcultural.es

Un día, cuando tenía seis años, su padre le hizo un hueco en la estantería y le dejó trasladar allí sus libros. "Fue un gran día para mí", escribe Amos Oz en su autobiografía. "Para ser exactos, me cedió unos treinta centímetros, más o menos un cuarto de la superficie del estante de abajo. Abracé todos mis libros, que hasta ese día habían estado tendidos en una banqueta junto a mi cama, los llevé en brazos a la vitrina de mi padre y los puse de pie, como es debido, de espaldas al mundo exterior y de cara a la pared".

Pues bien. Lo mismo que hizo el pequeño Amos con sus primeras lecturas se podrá hacer a partir de ahora con los libros que ha escrito él. Y será gracias a la editorial Siruela, su sello en España desde 1998, que publicará su obra completa en una nueva colección. La editorial dirigida por Ofelia Grande eleva así al israelí a la altura de otros puntales de su catálogo, como Italo Calvino, Jostein Gaarder o Clarice Lispector. Y empieza ya, este mes, con la publicación de Quizás en otro lugar, su primera novela; Una historia de amor y oscuridad, su autobiografía novelada; y La bicicleta de Sumji, la historia de un niño israelí de once años que vive en el Jerusalén posterior a la Segunda Guerra Mundial. También este año, en noviembre, se publicará su último libro, Judas.

Oz es un escritor utilísimo para entender Israel, y más atrás, las décadas posteriores a la creación del Estado, las raíces de sus conflictos con los pueblos vecinos y las tensiones entre las diferentes comunidades hebreas. Ofelia Grande aconseja comenzar a leer su obra por Una historia de amor y oscuridad, en donde "están presentes todas las inquietudes personales y literarias del escritor". El libro recorre el último siglo de Israel a partir de la vida del escritor, parte de cuya familia de askenazíes emigró a Palestina, en circunstancias muy diversas, durante las primeras décadas del siglo XX.

El hogar de Amos Oz da la medida del pueblo que intentaron exterminar nazis: su casa estaba llena de libros; su padre, un bibliotecario que no consiguió acceder a la docencia universitaria, hablaba once idiomas y leía en diecisiete; su madre hablaba cuatro o cinco y leía en siete u ocho; y en las tertulias de su tío Yosef conoció, entre otros, a Shmuel Yosef Agnon, futuro Premio Nobel de Literatura. "Los judíos eran los únicos europeos en los años veinte y treinta", escribe el autor de La colina del Mal Consejo. Y sobre el proverbial antisemitismo en el viejo continente, apunta: "Hoy Europa ha cambiado mucho. Cuando mi padre era joven y vivía en Vilna, en las paredes de Europa ponía: "Judíos, marchaos a Palestina". Hace unos cincuenta años, cuando mi padre volvió a visitar Europa, las paredes le gritaron: "Judíos, marchaos de Palestina". Además de Una historia..., Raquel García Lozano, traductora y profesora de Lengua y Literatura Hebrea en la Complutense, recomienda Quizás en otro lugar, en donde ya aparecen algunos personajes, o tipos, presentes en el resto de su obra.

La literatura de Amos Oz debe tanto a la cultura patrimonial judía como a la nueva cultura israelí. "Es una literatura apegada a la tradición textual y cultural hebrea de miles y miles de años, y también apegada al lugar y al tiempo en el que surge. Pero, sobre todo, es una literatura personal, íntima y familiar", dice la traductora, para quien el sentido universal de la obra de Oz se debe, precisamente, a ese carácter íntimo, de círculo cerrado, en el que sitúa a sus personajes para "enfrentarlos a sus contradicciones".

Y aquí en España, ¿es valorada su obra? Amos Oz recibió el Premio Príncipe de Asturias en 2007, así que parece que, al menos oficialmente, sí. Según Ofelia Grande, el premio le dio un nuevo brillo a sus libros. De hecho, dice, un título del catálogo de Siruela que funcionó especialmente bien en 2014 fue Los judíos y las palabras, de Amos Oz y su hija, la historiadora Fania Oz-Salzberger. Raquel García Lozano, que actualmente trabaja en la traducción de Judas, lamenta que la influencia del escritor en España siga siendo "más política que literaria". "A la prensa y a la opinión pública españolas todavía les resulta difícil distinguir entre las opiniones políticas y la obra literaria de un autor cuando este procede de un país como Israel".

Amos Oz nunca ha evitado hablar de la realidad de su país, ha escrito varios ensayos sobre el dilema moral que vive su pueblo, además de cientos de artículos políticos, y muchas veces ha manifestado estar favor de un entendimiento entre judíos y palestinos. Lo hizo también durante el último verano de conflicto en la zona. Entonces calificó de "excesiva, pero justificada" la intervención militar israelí y volvió a apoyar la solución de los dos estados con "la coexistencia de Israel y Cisjordania: dos capitales en Jerusalén, una modificación territorial aceptada por ambas partes y retirada de la mayor parte de los asentamientos judíos en Cisjordania".