19.11.09

Marías: “Siento una especie de desdén hacia lo que ya he logrado”

ENTREVISTA "He empezado una nueva novela, quizá la más pesimista de las que he escrito"
Javier Marías, en el despacho de su casa. / gorka lejarcegi

Javier Marías tiene un cuadro que cobra vida en el salón de su casa madrileña. Es un pueblo decimonónico envuelto en las sombras de la noche a orillas de un río, pero que dependiendo de la luz y de dónde se mire desvela detalles de su mundo. Debajo de este Keller-Reutlingen, el escritor y académico, con gafas redondas y sentado en el borde del sofá con los codos apoyados en las rodillas, da pistas sobre la nueva novela que ha empezado, “la más pesimista de todas”, narrada y protagonizada por una mujer, y se explaya acerca de Tu rostro mañana (Alfaguara), traducida a 16 idiomas, que se edita por vez primera en un solo volumen.

Un proyecto literario que empezó a publicar en 2002 y que a medida que escribía fue creciendo hasta convertirse en tres partes, en 2007, y es considerado por muchos como su obra cumbre. Esta nueva edición de 1.328 páginas coincide con la salida del tercer tomo en otras lenguas, como inglés, holandés o francés. Las críticas siguen la línea elogiosa de los dos anteriores. Entre ellas se cuenta la del escritor Anthony Beevor para The Sunday Telegraph.

Con voz pausada, Marías (Madrid, 1951) habla de su obra y de sus proyectos. Una especie de monólogo que bien podría dividirse en las siete palabras que conforman los subtítulos con que fueron publicadas las tres partes de Tu rostro mañana.

» Fiebre. “Es bueno leer el libro como en gran medida es, una sola novela. Siempre dije que no era una trilogía, sino una misma obra en tres partes. Si he dicho que no es del todo una sola novela es porque el comienzo de cada tomo me supuso un esfuerzo equiparable al de empezar una nueva novela. Ha habido ahora alguna pequeña enmienda, alguna errata que se había despistado, y uno o dos errores que había cometido. El libro es el mismo para los lectores a los que les gustan las novelas largas, a mí no”.

» Lanza. “Cuando escribía Tu rostro mañana tenía la sensación de estar haciendo algo difícil, que me costaba esfuerzo… sin saber que iban a resultar tres volúmenes, y pensaba: ‘Esperemos que lo logre terminar’. Ahora, al cabo de dos años de haberla concluido, no puedo evitar la sensación de que no ha sido suficiente… Me suele ocurrir que el mero hecho de haber terminado un libro lo disminuye a mis ojos, le quita valor, porque me digo: ‘Si lo he logrado no debía de ser tan difícil, ni tanta la complicación como me parecía, por lo cual tampoco tendrá tanto mérito’. Envidio a otros escritores que están satisfechísimos”.

» Baile. “Uno siempre agradece los elogios, estimulan. Pero no se pueden tomar en serio. A veces no puedo por menos que verlos como una exageración. Siento una especie de desdén hacia lo que ya he logrado. Tiene que ver, aunque no exactamente, con la frase de Groucho Marx: ‘No pertenecería a un club que estuviera dispuesto a admitirme como miembro’. Uno tiene que aceptar lo que digan los demás sobre lo que publica, y no protestar, aunque en casa pueda decir lo que quiera”.

» Sueño. “Nunca busco temas literarios o que queden bien. Siempre escribo sobre las cosas que me preocupan. Todo el mundo se ha interesado por la naturaleza del secreto, el engaño, la persuasión, el azar, la mentira o la sospecha, que es muy desasosegante. Quién no ha sufrido una traición o la ha cometido con pequeñas cosas o defraudado o decepcionado. Y la traición está ahí. Pero hay que ir de buena fe. En mayor o menor grado las relaciones humanas están expuestas a la decepción y también a la ratificación de lo bueno. Hay cosas que nunca son transparentes, ésas son las zonas que me interesa explorar, y quizá también las que dan una dimensión dramática. Soy de los que cree, como Faulkner, que los escritores seguimos escribiendo sobre lo mismo desde Homero”.

» Veneno. “Veo el mundo muy decadente. Basta con mirar alrededor. Berlusconi, Sarkozy, los Kirchner, Chávez o la corrupción en España. Gente mediocre y desfachatada. Tengo la sensación de un envilecimiento general de las poblaciones. Ojalá no tenga nada que ver con lo que se produjo en los años treinta. Ahora hay una especie de pragmatismo, de falta de escándalo; una tendencia a darle importancia a lo que no lo tiene y a no dársela a lo que quizá sí”.

» Sombra. “He empezado una nueva novela y me siento muy inseguro. Es de dimensiones normales, sencilla, quizás la más pesimista de las que haya escrito. Tal vez por haber estado ocho años en compañía de los personajes de la anterior y su mundo, ahora tengo la sensación de extrañeza frente a estos nuevos. No me preocupa que se siga hablando de Tu rostro mañana como una obra de referencia mía. Uno nunca sabe lo que va a quedar, si es que queda algo, porque no importa el esfuerzo o pasión que ponga el autor en cada uno de sus libros, no depende de él”.

» Y adiós. “En Reino de Redonda sigo publicando dos o tres libros anuales. En la Academia estoy a gusto, y desde la comisión donde estoy hemos logrado salvar alguna palabra del diccionario. Uno de los problemas es que está en desuso casi todo. El vocabulario de la gente es más limitado de lo que ha sido nunca. Sería bueno que se empezara a usar palabras olvidadas para recuperar varias de ellas”.

fuente: elpais.com

18.11.09

Una metáfora de la peste

ENTREVISTA

La salvación a través de la literatura es lo que narra el escritor colombiano en "Necrópolis", ganadora del premio La Otra Orilla 2009. Al autor le interesa encontrar la belleza en lo sórdido.

UNA CIUDAD SITIADA. Fue la primera imagen del autor para esta novela, un diálogo con “Las mil y una noches”
Santiago Gamboa dibuja en el aire un tendido eléctrico, como si desplegara unos cables invisibles, unos faroles encendidos. Habla de la luz y compara Buenos Aires con Roma, donde vivió muchos años. Habla de una luz que también inventa sombras, una zona de oscuridad en las dos ciudades. "Noches de un tinte dorado", dice. Nacido en Colombia, Gamboa ganó, con Necrópolis, el Premio de Novela La Otra Orilla 2009, entregado en septiembre por un jurado integrado por los escritores Jorge Volpi, Roberto Ampuero y Pere Sureda. "Es la primera vez que gano, siempre había sido finalista", dice Gamboa en Buenos Aires, en el marco de una gira que hizo la semana pasada para presentar su novela.

En una entrevista posterior a la entrega del premio, Ud. comentó que "Necrópolis" era un intento de experimentación.

Necrópolis es para mí, efectivamente, un tipo de territorio literario que no había explorado antes, y que sigue un poco en línea el trabajo de una novela anterior, El síndrome de Ulises. En esta he querido ir un poco más allá, darles más lugar a las voces de los personajes. Cuando me refería a experimentación, lo hacía en relación a un tipo de arquitectura de novela que yo no había hecho hasta ahora, y que consiste en crear una historia que a su vez contiene otras y que es como un carrusel de voces. Pensé que era la mejor manera de contar esta historia, porque yo tenía en mente una historia de voces, muy global, con una mirada bastante nihilista y descreída del mundo contemporáneo.

¿Cuál fue la primera imagen de "Necrópolis"?

La imagen más fuerte es la de la ciudad sitiada, con columnas de humo y ruido de sirenas. Es una imagen que no se corresponde con la Jerusalén presente sino con una Jerusalén histórica. Una ciudad mártir. Pero también está la idea de un grupo de personas cercadas por la peste, reunidas en un espacio cerrado contando historias, que evidentemente proviene del Decamerón. Esa peste ya no existe, pero hay otras.

¿Cómo fue el trabajo con los personajes?

Según ideas muy clásicas de la literatura. La literatura que me gusta, y que admiro, trata una serie de temas que son siempre los mismos y son importantes tanto en la literatura como en la vida: la lealtad, la traición, el amor, el sexo, la fragilidad, la búsqueda de un destino, la venganza. Así empecé a establecer un diálogo con ciertas obras. Por ejemplo, "El sobreviviente" es una historia colombiana, pero evidentemente es una relectura de El conde de Montecristo, en Colombia. Es una historia de traición y de venganza y de lo que queda al final: las manos vacías y la vida sin sentido.

Pero está bien extrapolado... La historia que cuenta, ¿es real?

No, aunque un día, leyendo la prensa, encontré el caso de una persona que había vivido una gran injusticia. A partir de esa noticia se organizó la historia. Luego está el reverendo Maturana. En casi todas mis novelas hay siempre una pregunta por el absoluto, que puede ser religiosa. Aunque no soy creyente, me interesa mucho la poética de las religiones. Me pareció interesante construir un personaje que tuviera esas preocupaciones porque desconocía su origen, pero que además fuera una voz muy fuerte que originalmente yo quería que resumiera toda América latina. Y que fuera una suerte de latinoamericano tirado en una calle de Miami buscando su origen. Un hombre violento y al mismo tiempo, tierno. Finalmente, este personaje se quedó en el área del Caribe. Otra, "Jardín de flores raras", es una historia muy dura, de una mujer muy frágil, pero que al final se convierte en una especie de diosa, en una persona sabia y fuerte, y todo esto a través del sexo.

¿Por qué es un sexo tan desesperado, tan poco velado?

Horacio Quiroga decía "toma a los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final". Los personajes de Necrópolis son marginales, de una gran fragilidad, que buscan un lugar en el mundo, pero que no lo encuentran con facilidad. Me parece que en esos espacios duros, el sexo es uno de los grandes elementos vitales. Pero claro, como es una vida violenta y dura, es un sexo violento y duro, que tiene a veces connotaciones de crueldad, de humillación.

Uno de los personajes dice "lo que debemos hacer mientras estemos en este agujero es contarnos cosas". Los personajes viven mientras cuentan o escuchan relatos. Una suerte de "Las mil y una noches": el relato les sirve para mantenerse vivos.

Claro, en Necrópolis también se establece un diálogo con Las mil y una noches. Lo que sucede es que hay un grupo de personas que están asediadas por algo que puedes llamar el mal, una guerra metafórica. Sí, es una especie de salvación a través de las historias y de las palabras. Que a mí me parece algo metafórico también de lo que es la vida, incluso de lo que ha sido mi vida. A mí me han salvado las historias, el mundo en el que yo vivo, que es el mundo de la literatura, de los libros. Es el único mundo en el que yo podría haber vivido. De otra manera me habría ausentado hace rato.

¿Por qué?

Porque no soy una persona excesivamente fuerte, segura. Para mí la belleza de la humanidad está en la literatura. En las historias, en el trabajo de pulido de la palabra. A mí eso me conmueve. El resto de la vida tiene muchas cosas bellas y difíciles, pero también duras y jodidas. Estos personajes brillan a través de las historias.
Otro de los personajes dice que "nadie comprende ni sabe nada". ¿En qué medida "Necrópolis" le sirvió para comprender algo más de lo que ya sabía o entendía?
Una de las cosas maravillosas de la literatura es que te transmite experiencias que no tienes. Y te das cuenta de que una vida es poca vida. Cada libro, cada lectura que te llega a lo profundo no es una lectura solamente, es como si te hubiera ocurrido. Un buen libro te pasa. No sólo lo lees, te sucede. Entonces escribir es una aventura extrañísima, porque tú estás creando algo que no existe y, por lo tanto, nadie necesita. A mí me ha cambiado mucho la literatura, cierto libro en el momento que más lo necesitaba. Para mí, y por eso lo cito en el prólogo, la obra de Bukowski ha sido importantísima, porque fue como una especie de cataclismo encontrar que alguien pudiera lograr tanta belleza partiendo de un mundo tan sórdido, tan triste.

En la novela hay una marca muy fuerte de la extraterritorialidad. Los personajes son de distintas partes del mundo. Y a veces conectan en algún lugar. El nombre Ebenezer se repite a lo largo del libro, tomando distintas personalidades o cumpliendo distintas funciones. También se repiten los sándwiches de pollo y las coca diet. Son como un personaje que viene, de algún modo, a curar.

Es algo bien sencillo. Casi un artilugio. Las historias son totalmente diferentes unas de otras y yo quería que el lector sintiera que esas historias estaban relacionadas, a pesar de lo distintas que son. Entonces pensé "pues voy a poner como pequeñas lucecitas...". Imaginé que, en algún momento, todos tenían una situación muy humana y muy de la soledad, que es estar uno sentado en una alfombra en un hotel, solo, esperando a alguien o esperando que suene el teléfono, o sencillamente esperando que amanezca, y entonces pides un sándwich de pollo con una coca. El nombre, Ebenezer, genera una especie de transmigración de una persona a través de las diferentes historias.

La descripción que hace de un congreso de literatura es la de un "bazar de humanidades". ¿Por qué elegió ese tono?

Porque eso también me permite ser un poco cínico e ironizar sobre ciertas cosas que no me gustan.

¿Qué es lo que no le gusta?

Por ejemplo, ese editor arrogante, ese trato displicente con los autores. Hay algunas experiencias negativas que tuve en mi vida como escritor; que las conté para señalar la gran distancia que hay entre autores y editores. Y también hay una cierta ironía sobre los propios escritores, una especie de sátira sobre el propio mundo. Hay que reírse también de uno mismo. Los congresos muchas veces se convierten en eso, en un bazar extraño de egos.

¿Qué hay de Ud. en la novela? Esa enfermedad extraña que sufre el escritor, por ejemplo.

Pues son como pequeños guiños, porque al fin y al cabo el protagonista es un escritor colombiano que vive en Roma, como viví yo. Son guiños, y tienen que tener mucho con mi vida, pero hasta cierto punto. El protagonista estuvo enfermo mucho tiempo y yo también lo estuve en una época, un tiempo no tan largo pero estuve enfermo de algo muy raro. De hecho, el médico vino un día y me dijo "tengo que hablar contigo". Yo quedé paralizado de miedo. Cuando a uno le hablan así... nunca es nada bueno. Entonces me explicó que quería mi autorización para publicar en una revista médica la radiografía de mis pulmones, porque era una cosa muy rara.

Ahora vive en Nueva Delhi, ¿se siente en su sitio?

Sí, moverse es también una forma de estar en el propio lugar. Trabajo, tengo a mi familia, y por las noches escribo y leo. Nueva Delhi es como un enorme pueblo, donde por las noches se escuchan las cigarras y, al atardecer, los pájaros. Es como vivir en un pueblo: tú puedes ir por una avenida y encontrarte con un señor que va manejando un tractor por el centro de una avenida. Es, también, una ciudad sucia. Tú llegas a Europa y las ciudades, en la superficie, son bellísimas. Pero con el tiempo va apareciendo el horror, que tiene que ver con esas actitudes de sociedades que han crecido en la abundancia, en la seguridad de que son absolutamente necesarias para el resto del mundo. En cambio, en ciudades como Delhi, la superficie es horrible; está llena de mugre, de gente enferma, pero lentamente va surgiendo una cierta belleza también en la gente, también a través de la gente. Hoy prefiero esa otra belleza.

Sin revelar el final de la novela, pensaba en el amor como una salida a tanta desilusión.

Claro, pero el amor tiene la desdicha de imponer condiciones muy especiales. En mi novela se apuesta más por la amistad, porque la amistad, por definición, es recíproca; tú no puedes ser amigo de alguien que no sea amigo tuyo, pero en cambio, sí puedes amar a alguien que no te ama. Pero el amor es un producto costoso; la amistad es más democrática y, en términos económicos, digamos que tiene una relación calidad-precio muchísimo más interesante. El amor a veces te mata... casi siempre te mata.

Gamboa Básico
Estudió literatura y es licenciado en Filología Hispánica. Entre sus novelas, "Páginas de vuelta", "Perder es cuestión de método", "Vida feliz de un joven llamado Esteban", "Los impostores" y "El síndrome de Ulises". Es autor del libro de viajes "Octubre en Pekín" y del libro de relatos "El cerco de Bogotá". Participó de las antologías "McOndo" y "Líneas aéreas", de nueva narrativa latinoamericana. Vivió en París, en Roma y actualmente reside en Nueva Delhi, India, donde es agregado cultural en la Embajada de Colombia.
fuente: Revista Ñ

16.11.09

Una novela para el dolor

La Mujer de los Sueños Rotos revela el pasado-presente de una sociedad atropellada por sus ambiciones
María Cristina Restrepo
María Cristina Restrepo deja en su novela su mirada de mujer, su visión de niña-bien y su vida resquebrajada por tres décadas de historia de su ciudad, de muchas ciudades

Jaimison Ocampo y Laura Martínez han emergido desde los silencios que la ciudad ha impuesto a su historia reciente para quedarse como parte (¿o víctimas?) de una historia comúnmente vivida y colectivamente no nombrada: la de la ciudad que cayó en la tentación del dinero y sufrió en la trampa de la violencia.

Ellos llegaron de la mano de María Cristina Restrepo, novelista, experta en literatura, y mujer sensible que puso su alma en la obra.

Fueron presentados el viernes en evento que encabezó el alcalde Alonso Salazar.

En “De una vez y para siempre” y en “Amores sin tregua” usted escribió novela histórica con mucho éxito. Con “La mujer de los sueños rotos” ¿abandona ese género o se da un espacio para explorar otras opciones?

Efectivamente, “La mujer de los sueños rotos” no cabe dentro de la clasificación de novela histórica. Sin embargo, al igual que con mis anteriores novelas, tuve que recurrir a los archivos, a los documentos, a la fotografía, en suma, a la investigación. Incluso conté de nuevo con la ayuda de un historiador quien me colaboró con la localización de documentos. Podría decirse que he explorado otras opciones, pues en ella hay un nuevo elemento, dado que la narración ocurre en un tiempo vivido personalmente. En este caso apelé también a la memoria, y como siempre que se escribe una novela, bien sea histórica o no, fue preciso echar mano de la imaginación a cada momento”.

¿Se puede decir que esta es una novela de época?

“Yo diría que sí. La novela pinta de manera específica un momento particular de la vida de la ciudad, a través de los miembros de tres familias que se mueven en ese ambiente de guerra y paz, de altruismo y de mezquinas pasiones”.

En todas sus novelas se revelan algunos hombres con muchas dificultades para amar a las mujeres que depositan en ellos sus esperanzas y terminan frustradas por el desamor que viven. ¿Ese desencanto frente al amor es una denuncia?

“Nunca lo había pensado así. En mis novelas hay hombres que encuentran difícil amar. Que no saben asumir ese compromiso. Pero también hay otros que aman sin cobardía. En “La mujer de los sueños rotos”, la historia de amor de la protagonista, quién además se embarca en una aventura prohibida, la lleva al mismo desencanto que en un comienzo la había llevado su marido.

Pero en ese mismo libro hay una bella relación amorosa. La de doña Zoila y don Pedro, el techador. Aunque no se habla mucho de ella, creo que el lector puede quedar con esa doble idea: hay amores que triunfan y otros, quizás la mayoría, que conducen a la desilusión.

“Quiero dejar en claro que cuando escribo no me propongo ni denunciar, ni tampoco rescatar nada. No escribo novelas de tesis. Trato de mostrar un fragmento de vida. El lector, que lee con toda su carga de experiencias, saca sus propias conclusiones”.

Usted es una experta en la obra “En busca del tiempo perdido” ¿No es esta una novela en busca de la ciudad perdida?

“La novela establece un paralelo entre ambas ciudades, la de ayer y la de hoy, cuando los problemas que se plantean todavía siguen vigentes. Era necesario mostrar ese contraste para que el argumento tuviera sentido. Creo que en ningún momento se idealiza la Medellín de ayer, o se sataniza la ciudad de la cual se ocupa la novela. Entre otras cosas, porque en la primera estaba sembrado el germen de lo que ocurriría luego. Y en la ciudad asediada también hay oasis de calma, como el concierto de música sacra en una iglesia del centro, por ejemplo”.

En la novela, usted aborda las contradicciones de los individuos de distintos grupos sociales que protagonizaron la historia local en los años sesenta a comienzos de los noventa. ¿Cómo los estudió?

“A través de mucha investigación, pero también a través de la observación. Tratando de recordar a cada momento lo visto, lo oído, lo leído. Un escritor debe trabajar constantemente, aunque no esté escribiendo. Debe mantenerse alerta, registrar en su mente lo que ve, lo que oye, lo que observa. Tratar de desentrañar ese misterio que es la naturaleza humana. Y como no lo va a lograr, intentar conocer el mayor número posible de rasgos y características de sus congéneres.

Prestar atención a lo que hablan, a lo que callan y que quizás sea más importante, a las fuerzas que los mueven, a los temores que los paralizan. Debe mirar cómo se comportan frente a los demás, cómo lo hacen cuando creen que nadie los está observando. Este pequeño cúmulo de conocimientos se traslada luego a los personajes de ficción”.

¿Existe una metodología para escribir una novela?

“Cada escritor debe inventarse la suya. Hay algo esencial, que es el hecho de sentarse a escribir. Conozco algunos escritores en ciernes que sienten el deseo de hacerlo, pero les falta cumplir ese propósito.

Por mi parte, considero que lo primero es tener un tema. Aunque sea un esbozo del mismo. Luego hay que pensar en los personajes que podrían ayudar a darle vida a ese tema. Allí es donde me concentro, antes de comenzar a escribir la novela propiamente dicha. Les levanto un perfil a todos y cada uno de ellos, los conozco profundamente antes de permitirles actuar.

Después, son ellos los que en cierta media guían mi mano.

Cuando desarrollo la trama, escribo muy poco, unas tres páginas al día. Luego viene el período de corrección, de profundización. Ahí sí me sumerjo durante horas en la escritura.”

Sobre sus personajes, ¿usted por qué dota de tanta ternura a un ser tan terrible como Jaimison Ocampo?

“No creo que haya seres humanos absolutamente terribles, ni seres humanos completamente buenos. Somos, todos, una mezcla de bien y mal.

Ángeles y Demonios al mismo tiempo. Considero que un personaje que pueda mostrar esa personalidad compleja, contradictoria, es más verosímil que un malevo puro y simple. O que un santo. De otro lado, Jaimison Ocampo fue irguiéndose solito, sin mayor intervención de mi parte. Terminó mostrándose tal cual era. Terrible y tierno”.

¿Y por qué dio tanta dureza a los hombres que Laura amó?

“Laura, también sin mucha intervención de parte mía, terminó envuelta en dos relaciones que la dejaron en el aire. Primero amó a un hombre superficial, poseído por el afán de figurar, de labrarse una vida fácil, amena. Después se enamoró de uno temeroso, hasta el ridículo. Un hombre que tenía miedo de su mujer, miedo de su amante, miedo de los nuevos ricos, miedo de la vida. Más que duros, considero que son débiles. ¿Por qué resultaron así en la novela? Realmente, no lo sé. Tal vez, como dije durante la presentación, en una historia de tanta desmesura, una relación de amor predecible, feliz, habría sido una nota discordante. La única pareja que verdaderamente se ama en el libro son don Pedro, el techador, y doña Zoila. Quizás de ahí provenga también la ternura que a veces es capaz de manifestar Jaimison Ocampo”.

¿Están las mujeres antioqueñas: las Lauras protegidas o las Mory Francy desechables, condenadas a la ruptura de sus sueños?

“Están condenadas a la ruptura de sus sueños, peor aún, a no poder formularlos, todas aquellas mujeres, antioqueñas o no, que carecen de acceso a la educación. Las demás, protegidas o desechables, si cuentan con una educación, verán derrumbarse muchos sueños, pero siempre podrán tejer otros”.

Todo Medellín, como dirían las tías, queda mal parado en su novela. ¿Usted fue provocadora o sincera?

“No creo que todo Medellín quede mal parado en la novela. Quedan así dos personajes que se equivocaron, representantes de un pequeño pero influyente sector de la sociedad. Queda mal parada la tradicional familia antioqueña, con su innecesaria dureza. Queda al descubierto el desmedido amor al dinero, que tanto dolor nos ha traído.

“En la novela también hay ejemplos de solidaridad, de generosidad, de amor desinteresado. Hay madres que se preocupan por los hijos, hijos, que a pesar de su maldad, tienen una fibra de compasión en su alma, no sólo hacia los suyos, sino hacia sus enemigos, como en el caso de Jaimison Ocampo. Hay ejemplos de amistad, de solidez en las relaciones. Hay un padre que está dispuesto a perderlo todo con tal de salvar la vida de la hija. Esposas que a pesar de no ser felices, son absolutamente leales.”

Esta parece una novela local ¿puede ser leída en el mundo?

“Me atrevo a decir que cualquier novela, salvo que sea una mala novela, puede ser leída en cualquier parte del mundo.

Tenemos que superar ese complejo de inferioridad que nos lleva a creer que lo local, riñe con lo universal. ¿Hay algo más local que el imaginario universo de Yoknapatawpha, un pequeño condado rural en el Sur de los Estados Unidos, donde se desarrollan las magníficas novelas de Faulkner?

Por no hablar de Aracataca…

“Tenemos que dejar de creer que la localización geográfica despoja a la novela de su carácter universal, que nada tiene que ver con la geografía, ni con el número de habitantes de una ciudad. Toda novela tiene que ver con la condición humana. Y esa condición no es menos, o más, por el hecho de narrarse en Medellín, en lugar de hacerlo en París, en Tokio o en Nueva York. O en Bogotá”.

Cuando el lector se sienta con sus novelas, queda atrapado en sus páginas. ¿A qué atribuye esa seducción?

“Supongo que al gusto con el cual escribo. No conozco el terror de la página en blanco, tal vez porque al terminar una de esas tres páginas diarias, dejo anotada en negrillas lo que voy a comenzar a escribir al día siguiente. En algún momento de la escritura de la novela, comienza la etapa de la obsesión, que es la que más placer me produce. Entonces empiezo a vivir, incluso a dormir con la novela, porque en sueños se me ocurren soluciones a algunos problemas que se van planteando. En el día pienso en descripciones, oigo los diálogos en mi cabeza.

Claro que también hay momentos de frustración, que hay que superar a punta de tesón”.

¿Aplica usted normas del lenguaje para escribir?

“No. Trato de escribir utilizando el buen castellano que aprendí en mi casa. En la etapa de corrección, utilizo el diccionario”.

Si usted no escribiera, ¿qué estaría haciendo?

“Leyendo”.

María Cristina, ¿qué sigue en su obra?

“Por ahí me ronda una novela situada a finales de los años treinta en Medellín. Vamos a ver qué resulta”.

Pensar ¿Se repite la historia?

En su conversación con Alonso Salazar durante la presentación de su obra, usted relató las dificultades para reconstruir hechos de la guerra del narcotráfico que afectaron a la clase alta local. ¿Existe voluntad de olvido en Medellín?

“No sé si sea voluntad expresa, o simple deseo de protegerse de tanto dolor como el que vivimos. En ciertos círculos sociales de Medellín hay una costumbre de no nombrar las enfermedades, los fracasos, los problemas que aquejan toda vida humana. Puede ser también parte de esa cultura del silencio. Lo que no se menciona, no ocurrió. Es como una especie de conjuro”.

Si existe, ¿a dónde nos va a llevar esa desmemoria?

“La desmemoria, el olvido, sobre todo cuando es voluntario, lleva a la repetición de los hechos. Considero que toda sociedad tiene el deber de pensar y replantearse lo ocurrido, hacer y repasar su historia. Sin embargo, veo que a la humanidad, la historia le ha servido muy poco. Pensemos por ejemplo en el fenómeno de la guerra. Es algo que sigue dándose, aun cuando la memoria nos demuestra que en ella no hay ganadores.”

¿Quiere usted que Medellín no tenga amnesia de aquellos años?

“No sé si pueda hablar en nombre de toda la ciudad. Yo no quiero olvidar los años difíciles de Medellín. Entre otras cosas, porque de ellos salieron muchas cosas buenas, tanto para la ciudad, como para mí, a título personal. La ciudad no sucumbió a las fuerzas terribles que la asolaban. Se crearon vínculos solidarios a nivel institucional, y también personal. Las relaciones se fortalecieron, las instituciones hicieron lo mismo, salimos con un sentido de la belleza de la vida, que peligraba tanto.”

Esta historia que estamos escribiendo en la actualidad ¿es reescritura de la relatada en La Mujer de los sueños rotos?

“Mucho me temo que seguimos en las mismas, consecuencia de un problema aún no resuelto. Me asombro cuando oigo frases como las pronunciadas en los ochenta y noventa, cuando aparecían los jóvenes baleados en cualquier parte: se trata de ajuste de cuentas entre criminales, problema de rivalidad entre las bandas, etc. ¿Será que en términos históricos dos, tres décadas son muy poco?”

El alcalde ve al doctor Martínez como ejemplo de quienes se atemperaron para detener la invasión de la nueva cultura y la nueva riqueza y con esa actitud ética protegieron la ciudad. ¿Existen aun doctores Martínez?

“Sí. Creo que existen muchos doctores Martínez, no sólo en su restringido círculo social, sino en todos los estratos y estamentos de la ciudad.

Son los hombres y mujeres de bien, que abundan, los jóvenes con su entusiasmo, quienes han mantenido y mantendrán a la ciudad. Es más, son quienes garantizan su progreso”.



fuente: elmundo.com

Inagotable profusión de Fuentes

Adán en Edén tuvo su presentación "mundial" en la Feria del Libro de Santiago. A sus ochenta y un años (cumplidos durante su viaje a Chile), el reconocido escritor mexicano sigue tan activo como en sus mejores momentos, viajando y preparando sus próximas obras.


Patricio Tapia

Celebrado, criticado, homenajeado, hostigado, Carlos Fuentes (1928) prosigue escribiendo, como si los ataques (que son más espaciados) no le quitaran ánimo ni los agasajos (más comunes), tiempo. En noviembre del año pasado, con ocasión de cumplir los 80 años, se planearon y efectuaron diversas actividades, desde reediciones y colecciones de sus obras hasta una serie de festejos (que requirieron comités de organización) para una trayectoria tan amplia como distinguida. Fuentes no sólo es uno de los grandes supervivientes del boom de la literatura latinoamericana y uno de los escritores más célebres en el mundo, sino también un autor comprometido en causas políticas, cuya movida vida pública (conferencias, entrevistas) explican, tal vez, su figuración más allá de lo estrictamente literario.

De la narración al cine

La obra de Fuentes es amplia, considerando que ha escrito en una variedad de géneros: teatro, guiones de cine, periodismo, memorias, ensayos, desde los literarios a los de artes plásticas (en el proyecto de Obras reunidas que está publicando el Fondo de Cultura Económica en catorce gruesos volúmenes, hay uno dedicado al teatro y cuatro al ensayo). Tan sólo en el ámbito narrativo, su producción comienza en 1954 con Los días enmascarados y desde entonces ha publicado un conjunto de relatos y novelas tanto experimentales como clásicos, que pueden ser muy breves o larguísimos, relacionando el realismo con lo mítico, las situaciones individuales con las nacionales, e ir de las referencias ultraliterarias a las del melodrama. Las dimensiones crecientes y desbordantes de esta labor lo llevaron a intentar darle un orden a su obra narrativa, englobando el conjunto de ella bajo la denominación "La edad del tiempo" y organizándola en ciclos (que ahora son 15), integrando los libros anteriores y presentando cada nuevo título como una entrega más del total en progreso. En 2008 publicó una gran novela -cuando menos en extensión, pues tiene más de 500 páginas-, La voluntad y la fortuna , seguramente importante para el propio Fuentes, pues configura ella sola el ciclo VIII de "La edad del tiempo" y que es, entre otras cosas, la historia de dos amigos, Josué -cuya cabeza cortada hace las veces de narrador- y Jericó, que crecen muy unidos, pero se separan cuando uno se adentra en el mundo empresarial mientras el otro se dedica a la política. Un año después publica una novela más breve, Adán en Edén -cuarta parte del ciclo XII, "El tiempo político"-, en donde un arribista, Adán Gorozpe, que ha logrado trepar al poder económico, explora la posibilidad de entrar en la arena política, instigado por otro Adán (un levemente siniestro encargado nacional de seguridad). En ambas novelas la suspensión voluntaria de la incredulidad de que hablaba Coleridge, se lleva una gran golpiza. Ambas, por otra parte, están atravesadas por temas comunes.

La presentación de Adán en Edén en la Feria del Libro de Santiago es "mundial", la primera, incluso antes que en México. Al efecto, Fuentes emprendió su viaje a Chile, el mismo día de su cumpleaños (un 11 de noviembre). A los 81, luce tan jovial y lúcido como siempre.

-Aunque los medios de transporte son más rápidos, salió de México con 80 años y llegó a Santiago con 81.

-Sí, gané un año, o perdí uno, ¿quién sabe? Pero como llegué a Chile cuando tenía once años, siento que nunca me he ido.

-¿Y hubo alguna celebración o ya está harto de ellas?

-Sólo una muy íntima, con mi esposa, en el avión: tomamos una copa de champagne y listo. Ella se extraña de que siga celebrando mi cumpleaños porque las mujeres ya no lo hacen.

-¿Qué prefiere: la voluntad o la fortuna?

-Ambas. El título se basa en la tríada de Maquiavelo: la voluntad, la necesidad y la fortuna. Pero "necesidad" es una mala palabra para un título. Cuando la pensaban traducir al inglés proponían un título en una traducción literal, Will and Fortune , que más bien parecía el título de un dúo de vaudeville. Pero luego tuve un encuentro con el historiador Eric Hobsbawm y él me sugirió otro, Determination and Destiny . Así quedó, y claro que es un mejor título.

-Sus dos últimas novelas están narradas en primera persona, lo que no es común en su obra. ¿Alguna explicación?

-No tengo ninguna explicación. Fue una exigencia del libro. La novela le habla a uno, le exige cosas. Así como Aura me exigió la segunda persona y me exigieron la tercera otras novelas mías, estas dos me han reclamado la primera persona y, cómo no, se las he dado.

-En ambas hay problemas que se repiten: las relaciones (a veces demasiado íntimas) entre el mundo económico y el político, la presencia del narcotráfico, el recurso autoritario en aras de la seguridad.

-Son, creo yo, problemas fundamentales. Y tal vez principalmente el último. En América Latina, terminadas las dictaduras militares -apoyadas muchas de ellas por Estados Unidos en el clima de la Guerra Fría- se han establecido democracias que han creado instituciones y procedimientos para tratar de saldar una cuenta pendiente con quienes viven en la pobreza y la desprotección. Pero en el intento por cumplir las obligaciones para superar ese déficit social, nuestras democracias podrían caer en la tentación autoritaria para lograrlo más rápidamente, pero los autoritarismos han demostrado que no solucionan nada y normalmente empeoran las cosas.

-Aunque "La voluntad y la fortuna" es narrada por una cabeza, su tono es más bien épico, pero "Adán en Edén" tiene mucho de farsa...

-A decir verdad, quise que tuviera mucho de periodismo. Pero es cierto que hay un primer plano de farsa o cómico para nivelar el fondo oscuro, criminal y trágico del narcotráfico. Pero no quería escribir un documental sobre el contrabando o el narcotráfico y por eso aparecen las figuras algo cómicas del suegro del protagonista, el Rey del Bizcocho, o su esposa, la Reina de la Primavera, que da bofetadas a sus sirvientas sin motivo alguno. Es también la farsa propia de los malhechores, de su actuación criminal y farsesca.

-En los dos libros hay un personaje que se repite, Filopáter.

-Eso responde a mi admiración por Balzac, en cuyas novelas reaparecen los personajes, cambiados por el paso del tiempo. Es un recurso muy propio de la novela y más aún en una novela, como la mía, que se encaja en un mural más amplio, llamado "La edad del tiempo". Filopáter es un sacerdote colombiano, que será maestro de varios guerrilleros.

-Es de suponer que su novela sobre Carlos Pizarro, el guerrillero colombiano, estará avanzada.

-Está terminada e interminable. Nunca acaban de ocurrir cosas en Colombia que cambian la perspectiva. Carlos Pizarro era parte de una guerrilla muy heroica, muy ideológica, previa a la contaminación del movimiento guerrillero con el narcotráfico. Y como no cesan de ocurrir cosas que cambian la forma de mirar los hechos, tengo que detenerme en algún momento, en la muerte de Pizarro, pero aún no llego a ese punto.

-Habrá que esperar entonces para "Prometeo o el precio de la libertad", su novela de ambiente chileno.

-Esa me cuesta más todavía. En realidad tengo varias novelas "prometidas", pero lo próximo que publicaré es una recopilación de ocho novelas breves, con el título de Carolina Grau , y un libro de ensayos en inglés sobre la novela latinoamericana.

-¿Será este libro en inglés una puesta al día de "La nueva novela hispanoamericana"?

-En parte, sí, pero añado mucha gente nueva: a varios autores colombianos, a Arturo Fontaine, a Tomás Eloy Martínez. El libro me lo pidió la Universidad de Texas y reúno textos antiguos y nuevos. Es una selección mía, según mis lecturas. No abarca tanto como Jorge Volpi en su último libro, que menciona a escritores que yo no he leído siquiera.

-En su "Geografía de la novela" también se ocupaba de autores europeos. ¿Podría indicar algunos "accidentes geográficos" interesantes en la novelística mundial?

-El gran crítico francés Roger Caillois señaló alguna vez que la novela de la primera mitad del siglo XIX correspondía a los europeos; la segunda mitad del XIX, a los rusos; la primera mitad del XX, a los estadounidenses y la segunda mitad del XX, a los latinoamericanos. Pero no es tan así, pues la segunda mitad del siglo XX también pertenece a los sudafricanos, los hindúes, los paquistaníes, los árabes, etc. Hay, por supuesto, grandes escritores europeos, como Günter Grass o Juan Goytisolo, pero no existe la centralidad de un solo lugar, y la novela en parte se ha desplazado hacia el Tercer Mundo.

-En "Adán en Edén" aparece un personaje, un gran poeta, de apellido monosilábico, que dictamina sobre las letras del país, que tiene revistas y camarillas de seguidores. ¿Está inspirado en alguien real o es sólo un producto de la imaginación?

-Está inspirado en muchos. Está inspirado en los caracteres de La Bruyére, quien delineó los diversos tipos humanos en la Francia de Luis XIV. Yo intenté hacer algo parecido. En su momento un señor hizo su agosto identificando los caracteres de La Bruyére: éste es tal y ése cual. Espero que no se haga lo mismo con mi novela. El poeta al que va a ver el personaje Abelardo, y que posibilitaría su inserción en el mundo literario, está inspirado en muchos tipos humanos, la mayor parte de ellos imaginarios. Y es, por lo demás, un episodio menor dentro del libro.

-El artista Francisco Toledo, ¿tiene acaso una muy buena memoria? Usted le dedica "Adán en Edén", dice, "por la memoria de ochenta elefantes".

-Lo que pasa es que él me regaló ochenta elefantes dibujados por él. En memoria de ese regalo, le he dedicado la novela.

-En un momento del libro aparecen conversando los escritores Tomás Eloy Martínez y Sergio Ramírez. Uno de ellos comenta: "Una novela interesante se le escapa de las manos al autor". ¿Cree que eso le ha pasado un poco a usted en su libro?

-Espero que me pase. No creo mucho en las novelas que tienen fin. Creo en la obra abierta (como la llama Umberto Eco), la obra que no se cierra y que le permite al lector, de alguna forma, terminar la novela. Es lo que ocurre con Don Quijote y por eso digo que cada lector de Don Quijote es su primer lector. Me interesa dejar ese espacio de apertura, que tiene que ver con la lección cervantina.

-¿Considera que el fracaso es más literario que el éxito?

-No, qué va. Cada quien tiene su vida. Hay escritores que fracasan, otros que prosperan, otros que prosperan y se suicidan (como en el caso de Hemingway). Y, por otro lado, una cosa es la vida literaria y otra la personal.

fuentes:elmercurio.com
Revista Ñ

13.11.09

Carta al seis mil millonésimo ciudadano del mundo

El escritor británico Salman Rushdie, condenado en 1989 en Irán, dirige esta reflexión al habitante del mundo que acaba de nacer. Le advierte que las "historias" de la religión le agradarán, pero a poco descubrirá que se le exigirá que viva sometido a sus leyes e iniquidades. De este modo, inicia una crítica laica a la fe.


GUERRAS SANTAS. Militantes de Hamas en Líbano, en 2001. "Convierten sus cuerpos en bombas de Dios", dice el escritor perseguido.


Salmán Rushdie
Querida pequeña persona viva número seis mil mi­llones: Como miembro más reciente de una especie sabi­damente inquisitiva, es probable que no tardes mucho en empezar a hacerte las dos preguntas de los sesenta y cuatro mil dólares con las que los otros 5.999.999.999 humanos venimos lidiando desde hace tiempo: ¿Cómo hemos llega­do hasta aquí? Y ahora que esta­mos aquí, ¿cómo vamos a vivir?

Curiosamente –como si no nos bastara con seis mil millones de congéneres–, casi con toda segu­ridad te insinuarán que para en­contrar respuesta a la pregunta del origen es necesario que creas en la existencia de un Ser más, invi­sible, inefable, presente "en algún sitio por ahí arriba", un creador omnipotente a quien nosotros, pobres criaturas limitadas, somos incapaces siquiera de percibir, y menos aún de comprender. Es decir, te alentarán con insistencia a imaginar un cielo con al menos un dios residente. Este dios-cielo, dicen, creó el universo revolviendo su materia en una olla gigante. O bailó. O vomitó la Creación de sus propias entrañas. O simplemente pronunció unas palabras para dar­le existencia y, ¡zas!, existió.
En algunas de las historias de la creación más interesantes, el dios-cielo único y poderoso se subdivide en muchas fuerzas menores: deidades subalternas, avatares, "ancestros" metamórfi­cos gigantescos cuyas aventuras crean el paisaje, o los panteones caprichosos, arbitrarios, entro­metidos y crueles de los grandes politeísmos, cuyas desaforadas hazañas te convencerán de que el motor verdadero de la creación fue el anhelo: de poder infinito, de cuerpos humanos que se rompen con excesiva facilidad, de nubes de gloria. Pero justo es añadir que hay asimismo historias que transmiten el mensaje de que el impulso creador primigenio fue, y es, el amor.

Muchas de estas historias se te antojarán sumamente hermosas y, por tanto, seductoras. Ahora bien, por desgracia, no te exigirán una respuesta a ellas puramente litera­ria. Sólo las historias de religiones "muertas" pueden valorarse por su belleza. Las religiones vivas te exigen mucho más. Te dirán, pues, que la fe en "tus" historias y la adhesión a los rituales de ve­neración que se han desarrollado en torno a ellas deben convertirse en parte esencial de tu vida en este mundo abarrotado de gente. Las llamarán el corazón de tu cultura, incluso de tu identidad individual. Puede que en algún punto las sientas como algo de lo que es im­posible escapar, imposible escapar no como de la verdad, sino como de la cárcel. Acaso en algún punto dejen de parecerte textos en los que unos seres humanos han in­tentado resolver un gran misterio y te parezcan, en cambio, los pre­textos para que otros seres huma­nos debidamente ungidos te den órdenes. Es cierto que la historia humana está llena de esa opresión pública forjada por los aurigas de los dioses. En opinión de las per­sonas religiosas, no obstante, el consuelo íntimo que procura la religión compensa con creces el mal obrado en su nombre.

A medida que ha aumentado el conocimiento humano, ha que­dado claro asimismo que toda na­rración religiosa sobre cómo llega­mos aquí está totalmente equivo­cada. En última instancia, esto es lo que tienen en común todas las religiones: no acertaron. No hubo revoltillo celestial, ni danza del hacedor, ni vómito de galaxias, ni antepasados canguros o serpien­tes, ni Valhalla, ni Olimpo, ni un truco mágico de seis días seguido de un día de descanso. Todo mal, mal, mal. Pero en este punto nos encontramos algo realmente extra­ño. El error de los relatos sagrados no ha mermado el fanatismo del devoto. Es más, el simple delirio inconexo de la religión conduce al religioso a insistir de manera cada vez más estridente en la importan­cia de la fe ciega.

De resultas de esta fe, dicho sea de paso, en muchas partes del mundo ha sido imposible impe­dir el alarmante crecimiento del número de seres humanos. Cul­pemos de la superpoblación del planeta, por lo menos en parte, al deplorable sentido de la orien­tación de los guías espirituales de la especie. En tu propio tiempo de vida, bien puede ocurrir que seas testigo de la llegada del nueve mil millonésimo ciudadano del mun­do. Si eres indio (y tienes una entre seis posibilidades de serlo), aún estarás vivo cuando, gracias al fracaso de la planificación fa­miliar en ese país pobre y dejado de la mano de Dios, su población supere a la china. Y si como resul­tado de las restricciones religiosas sobre el control de la natalidad nacen demasiadas personas, tam­bién morirán demasiadas perso­nas, porque la cultura religiosa, negándose a afrontar las reali­dades de la sexualidad humana, también se niega a luchar contra la propagación de enfermedades de transmisión sexual.

Hay quienes dicen que las grandes guerras del nuevo siglo volverán a ser guerras religiosas, yihads y cruzadas, como en la Edad Media. Aunque, desde hace ya años, suenan en el aire los gri­tos de guerra de los fieles mientras convierten sus cuerpos en bombas de Dios, y también los alaridos de sus víctimas, me he resistido a creer en esta teoría, o al menos en el sentido que le da la mayoría.

Llevo tiempo afirmando que la teoría del "choque de las civili­zaciones" de Samuel Huntington es una simplificación excesiva: que la mayoría de los musulma­nes no tienen el menor interés en participar en guerras religiosas, que las divisiones en el mundo musulmán son tan profundas como sus elementos comunes (si te cabe alguna duda de que esto es así echa una ojeada al conflicto suní-chií en Irak). Apenas puede encontrarse nada que se parezca a un objetivo islámico común. In­cluso cuando la OTAN no islámi­ca libró una guerra a favor de los albaneses kosovares musulmanes, el mundo musulmán fue remiso a la hora de ofrecer la muy necesa­ria ayuda humanitaria.

Las auténticas guerras religio­sas son las guerras que las reli­giones desatan contra ciudadanos corrientes dentro de su "esfera de influencia". Son guerras de los píos contra los prácticamente indefensos: los fundamentalistas estadounidenses contra los médi­cos partidarios de la libre elección, los mulás iraníes contra la mino­ría judía de su país, los talibanes contra el pueblo afgano, los fun­damentalistas hindúes de Bombay contra los musulmanes cada vez más asustados de la ciudad.

Y las auténticas guerras reli­giosas son asimismo las guerras que las religiones desatan contra los no creyentes, cuya intolerable incredulidad se recalifica como de­lito, como razón suficiente para su erradicación.

Pero con el paso del tiempo me he visto obligado a reconocer una cruda realidad: que la masa de los llamados musulmanes corrientes parece haberse dejado embaucar por las fantasías paranoicas de los extremistas y parece dedicar una mayor parte de su energía a la movilización contra caricaturistas, novelistas o el Papa, que a conde­nar, privar de derechos civiles y expulsar a los asesinos fascistas que habitan entre ellos. Si esta mayoría silenciosa permite que se libre una guerra en su nombre, se convertirá finalmente en cómplice de esa guerra.

Por tanto, quizá sí se ha inicia­do, al fin y al cabo, una guerra re­ligiosa, porque está permitiéndose a los peores de nosotros dictar las prioridades de los demás, y por­que los fanáticos, que no se andan con chiquitas, no encuentran opo­sición suficiente entre "su propio pueblo".
Y si eso es así, los vencedores de dicha guerra no deben ser los estrechos de miras que, como siempre, marchan a la batalla con Dios de su lado. Elegir la in­credulidad es elegir el espíritu so­bre el dogma, confiar en nuestra humanidad y no en todas esas peligrosas divinidades. Así pues, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? No busques la respuesta en las narraciones "sagradas". Puede que el imperfecto conocimiento humano sea un camino lleno de baches y hoyos, pero es el único camino a la sabiduría digno de seguirse. Virgilio, que creía que el apicultor Aristeo podía generar espontáneamente abejas nuevas a partir de una vaca muerta en des­composición, estaba más cerca de la verdad sobre el origen que todos los libros venerados de la Antigüedad. Las sabidurías an­cestrales son tonterías modernas. Vive en tu tiempo, utiliza lo que sabemos, y cuando crezcas, quizá la especie humana haya crecido por fin contigo.

Como dice la canción: "Es fácil si lo intentas".

En cuanto a la moralidad, la se­gunda gran pregunta –¿cómo vi­vir?, ¿cuál es la actuación correcta y cuál la incorrecta?– se reduce a tu predisposición a pensar por ti mismo. Sólo tú puedes decidir si quieres que la ley te sea entrega­da por sacerdotes y aceptar que el bien y el mal son cosas de algún modo externas a nosotros. A mi juicio, la religión, incluso en su forma más elaborada, en esencia infantiliza nuestra identidad ética estableciendo árbitros infalibles de la moral y tentadores irredimi-blemente inmorales por encima de nosotros: los padres eternos, el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el reino sobrenatural.

¿Cómo, pues, vamos a tomar decisiones éticas sin un regla­mento divino o un juez? ¿Es aca­so la incredulidad el primer paso en la larga caída hacia la muerte cerebral del relativismo cultural, conforme al que muchas cosas insoportables –la circuncisión femenina, por citar sólo un ca­so– pueden disculparse por mo­tivos culturalmente específicos, y la universalidad de los derechos humanos puede también pasarse por alto? (Esta última muestra de negación moral encuentra parti­darios en algunos de los regíme­nes más autoritarios del mundo, y también, inquietantemente, en las páginas de opinión del Daily Telegraph.)

Bien, pues no lo es, pero las ra­zones para dar esta respuesta no están claramente definidas. Sólo una ideología de línea dura está claramente definida. La libertad, que es la palabra que empleo para la posición ética secular, es ine­vitablemente más confusa. Sí, la libertad es ese espacio donde pue­de reinar la contradicción; es un debate interminable. No es en sí misma la respuesta a la pregunta de la moralidad, sino la conversa­ción sobre esa pregunta.

Y es mucho más que simple relativismo, porque no es simple­mente una tertulia interminable, sino un lugar donde se toman de­cisiones, se definen y defienden valores. La libertad intelectual, en la historia europea, ha represen­tado sobre todo libertad respecto a las restricciones de la Iglesia, no del Estado. Esta es la batalla que libró Voltaire, y es también lo que nosotros, los seis mil millones, podríamos hacer por nosotros mismos, la revolución en la que cada uno de nosotros podría des­empeñar nuestro pequeño papel, una seis mil millonésima parte del total. De una vez por todas, po­dríamos negarnos a permitir que los sacerdotes, y las ficciones en cuyo nombre afirman hablar, sean la policía de nuestras libertades y nuestro comportamiento. De una vez por todas, podríamos devolver las historias a los libros, devolver los libros a las estanterías y ver el mundo sin dogmas y en toda su sencillez. Imagina que el cielo no existe, mi querido seis mil millo­nésimo, y de inmediato no habrá más límite que el cielo.

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Pamuk:"En todas las novelas se envidia la realidad"

ENTREVISTAEn Harvard, el escritor turco, Premio Nobel de Literatura, habla de su última novela y de su insólita idea metaliteraria: construir un museo real con recuerdos de mentira.

UN AMOR DE PRIMAVERA. En “El Museo de la Inocencia”, Pamuk cuenta la historia de Kemal, que vive durante dos meses y recuerda durante treinta años el romance con su prima pobre y adolescente.
En El Museo de la Inocencia, la nueva novela de Orhan Pamuk, un personaje colecciona 4.213 colillas fumadas por la mujer que ama. En la entrada del Museo de la Inocencia, el museo real que Pamuk inaugurará el año que viene en Estambul, habrá una caja de vidrio de cinco metros por tres metros con 4.213 puchos verdaderos dentro. En la novela, Pamuk cuenta la historia de Kemal, que vive durante dos meses y recuerda durante treinta años el romance de primavera que le cambió la vida. En una esquina del barrio de Çukurkuma, en la mitad europea de Estambul, Pamuk ha construido un museo y lo ha llenado con los objetos, las fotos y los sonidos con los que Kemal homenajea a Füsun, la prima lejana y pobre que en 1975 interrumpió la placidez de su vida burguesa.

"Esto", dice Pamuk, sin aclarar si se refiere a la novela o el museo, "no es un monumento a la vida de Kemal, sino un monumento a su amor por Füsun". Sentado en el living de la casa que la Universidad de Harvard le alquiló para vivir este cuatrimestre, Pamuk, Nobel de Literatura en 2006, enumera entusiasmado los contenidos del monumento: "La cosas que ella toca, las cosas que él le va robando a lo largo de los años... Habrá fotos y sonidos de los barrios que visitan, y una sala especial para el salón del hotel Hilton donde Kemal hizo su fiesta de compromiso". De pronto, una mueca extraña se congela en la cara, y su obsesión se confunde con la de su personaje: "En cualquier caso, el museo no va a estar terminado hasta que yo me muera. Quiero decir: llevo diez años coleccionando objetos para este museo y creo que lo seguiré haciendo mucho tiempo más".

El Museo de la Inocencia , narrado en el mismo tono lírico-melancólico que ha hecho famoso a Pamuk, es sencillo y por momentos conmovedor. Pero también es un libro clásico y organizado, que no está nada interesado en expandir el arte de la novela o hacer tartamudear los géneros. Su costado más vanguardista es, sin dudas, la idea insólita y extrañamente metaliteraria de construir un museo con ladrillos de verdad y recuerdos de mentira, con visitantes reales que sólo si han leído el libro comprenderán qué significan esos saleros y esas entradas de cine. Pamuk, sin embargo, en esta tarde de otoño en Cambridge, dice de pronto que no quiere hablar del museo. Quiere hablar del Museo, la novela que se lanza este mes. "Hablemos del museo más tarde", pide, sentado en el borde del sofá y moviendo mucho las manos. "No quiero que los lectores confundan un museo con el otro".

Pamuk se pone de pie y ofrece té. Tiene el pelo gris un poco despeinado, más largo que en las solapas de sus libros, y un uniforme de escritor de entrecasa compuesto por pantalones grises y un suéter azul que le queda grande. Unos anteojos rectangulares de marco plateado encuadran dos ojos chiquitos pero traviesos, que apenas pueden esconder su frustración hacia las preguntas que ya ha contestado mil veces o develar su entusiasmo con las preguntas que le interesan.

Dos temas sobre los que a Pamuk no le gusta hablar son el Nobel y su situación judicial en Turquía, donde sus denuncias sobre el genocidio armenio y su campaña a favor del ingreso de Turquía a la Unión Europea han provocado la ira de distintos grupos nacionalistas, que llevan media década persiguiéndolo y amenazándolo. "No es importante", dice con sequedad. "Ultimamente ha habido pocos cambios en el proceso legal". Sí se permite contar cómo logró mantener la calma en años tan intensos. "Una de las cosas que me salvó fue este libro", reconoce, agarrando de la mesa ratona y dándole una palmada a un ejemplar en inglés. "Estaban pasando muchas cosas: las denuncias políticas, las amenazas de muerte, mis viajes, el Nobel... En todos estos años mi vida fue muy activa, pero a todos lados llevaba conmigo esta novela. Este libro me permitió sobrevivir, y me convirtió en una mejor persona".

Cuando recibió el Nobel, Pamuk ya tenía lectores en todo el mundo y estaba envuelto en un enorme embrollo político-judicial en Estambul, donde desde entonces vive protegido por una custodia de cuatro guardaespaldas. Además, al ser un ejemplo de musulmán refinado y cosmopolita, se había convertido en una esperanza de puente cultural entre Oriente y Occidente. Con tanta importancia encima, Pamuk podría haber escrito una gran novela que combinara su estilo tristón y abigarrado con grandes ideas sobre la vida, la política, la religión y la literatura. Prefirió no hacerlo: escribió una novela de amor y personajes que sufren la represión y el clasismo de la Turquía semioccidental y semimoderna de los '70 y los '80. "Es una novela en la que he puesto mucho trabajo", dice Pamuk. "Y también es una novela muy personal, donde están todos mis recuerdos de cómo era la vida en la Turquía de mi juventud".

Hace diez años, cuando recién comenzaba su proyección internacional, Pamuk empezó a darle forma en su cabeza al personaje de Kemal, intuyó que su amor monumental por Füsun se parecía a un museo y, en una decisión que todavía no puede explicar del todo, compró el terreno donde dentro de unos meses estará su museo de verdad. ¿De dónde surge una idea así? ¿En qué momento saltó la idea del museo desde las páginas de la novela al mundo de la ciudad real? "La verdad es que no lo sé", responde, sonriendo e intenta una explicación psicológica: "El hecho de que, antes de ser escritor, fracasé como pintor, probablemente ha tenido algo de influencia". Después, más interesante, es su acercamiento literario: "También creo que en todas las novelas hay una envidia de la realidad, sobre todo con las cosas visuales". En cualquier caso, estas respuestas no lo convencen: "Simplemente me pareció algo gracioso e interesante. No puedo explicarlo más".

Arte poética

La Universidad de Harvard organiza casi todos los años las Conferencias de Poesía Charles E. Norton, en las que un artista –poetas o novelistas, pero también músicos, pintores y arquitectos– explica su visión del mundo, la vida y el arte. En 1967, Borges provocó una conmoción: sus charlas, tituladas con una cita de Yeats, "Este oficio del verso", se publicaron hace unos años (Arte Poética). En 2006 le tocó a Daniel Barenboim y este año a Pamuk, que ahora está mostrando, alineadas a lo largo de la mesa del comedor, los borradores –escritos por él en turco, traducidos por su asistente al inglés, marcados en inglés por él con lápiz– de sus seis conferencias magistrales. Su ciclo se llama "El escritor ingenuo y sentimental", un título que resume el espíritu de El Museo de la Inocencia, una novela que se hace más bien pocas preguntas sobre cómo es o debe ser la literatura. "Cuando era joven, estaba más interesado en la experimentación", dice Pamuk. "Creía que no hacía falta saber nada de la vida para escribir buenas novelas. Mis amigos y mis parientes me decían: '¡Cómo vas a escribir una novela vos, si tenés 20 años, no sabés nada de la vida!' Y yo les contestaba: '¿Ustedes creen que las novelas deben ser sobre la vida? ¡Están equivocados! ¡Las novelas son sobre mi idea de la literatura!' En esa época, mi edad de oro como lector, yo leía a todos. Borges estaba vivo, Calvino publicaba sus mejores obras, García Márquez, Perec, Cortázar, ¡Rayuela! Los leía y me preguntaba: '¿Para qué necesito la vida? Si leo todos estos libros, ya podré escribir mi novela'."

Tres décadas como autor parecen haberlo hecho cambiar de opinión. Pamuk baja el tono de voz: "Ahora, en cambio, que tengo 57 años, me doy cuenta de que sé mucho sobre la vida y sobre el oficio de escribir novelas. Por eso, la motivación para escribir sobre la vida, para un autor maduro, es mucho más atractiva". Pamuk cita a Hemingway y dice que cada vez que uno quiere ser un buen novelista debe pelearse con los mejores: Tolstoi, Flaubert, Dostoievski. ¿Aún si han pasado más de cien años desde que escribieron sus obras? ¿No debería uno, cien años después, intentar hacer algo distinto? La pregunta lo irrita un poco. "En esta novela están presentes, por supuesto, los placeres de la novela decimonónica: hay un tipo que cuenta cómo es la vida, pasa el tiempo, uno muestra otras cosas, pasa más tiempo. Pero yo traté de hacerlo de una manera distinta, y creo que lo he conseguido". Y agrega, con una sonrisa: "Por otra parte, la historia de la literatura está llena de los cadáveres de escritores que quisieron hacer cosas demasiado distintas".

Uno de los elementos posmodernos que ha usado Pamuk para diferenciarse de los autores del siglo XIX es el blanqueo de la identidad de sus narradores. Así, con la aparición de un narrador que se hacía cargo de las páginas anteriores, terminaban Nieve y Me llamo Rojo (2003), y así también termina El Museo de la Inocencia, cuyos últimos capítulos están contados por un narrador llamado Orhan Pamuk que se parece mucho al Pamuk de carne y hueso. En las primeras 600 páginas, la única voz que conocemos –algo llorona y malcriada al principio; sabia y emotiva después– es la de Kemal. Al final nos enteramos de que todo el libro ha sido escrito por el Pamuk narrador, después de una docena de entrevistas con Kemal y el aporte de otras fuentes. "En los últimos veinte o treinta años", explica el Pamuk terrícola, "el arte de la novela ha evolucionado hacia una dirección en la que es habitual hacer visible quién es el narrador, quién es el lector y cuál es la relación entre ambos. Los escritores ya no tenemos problemas en decir "¡Esto es una novela!". Hace cien años, los lectores no querían ver al narrador en la novela". No los querían ver, en parte, porque ni siquiera sabían de su existencia, o de que pudiera ser posible dudar del narrador. Hasta hace no mucho, los lectores creían todo lo que les decían los narradores anónimos de las novelas de Dickens o Balzac. Y también creían lo que les decían sus maestros en las escuelas, los curas en las iglesias y los políticos en los púlpitos. Ahora, en una época en la que ya nadie le cree nada a nadie, menos razones hay para creer en los trucos de los novelistas, fabuladores desde siempre. "Exacto", responde Pamuk, al fin de acuerdo. "Por eso ahora la aparición del narrador está más aceptada. Y para nosotros los escritores es una buena manera de ser más convincentes".

Hace un año, cuando se publicó la versión original de El Museo de la Inocencia, los periodistas turcos sólo querían saber una cosa: ¿es cierto que Orhan Pamuk, el Premio Nobel, dejó a su prometida por el amor de una prima adolescente? Los periodistas probablemente sabían que entre Kemal y Pamuk hay muchas diferencias, pero las coincidencias los ponían como locos: ambos habían crecido en la burguesía turca de la posguerra –modernizante pero elitista, secular pero encapsulada–, habían sido alumnos del bilingüe Robert College y ambos, después de disfrutar con culpa los beneficios de la clase alta, habían decidido, como el Zavalita de Conversación en la Catedral, abandonarla. Pamuk, paternal, reconoce el interés –"está en la naturaleza de la novela que el lector crea que tú eres el héroe", dice– y niega los rumores, pero admite su cariño por Kemal: "Es un tipo normal, inteligente, burgués. Yo era así", recuerda Pamuk, otra vez sentado en su sillón. "Pero algo pasó, me caí de esa clase. Primero fui izquierdista, después elegí el camino de la cultura. Pero sobre todo elegí ser un individuo, diciendo mis cosas, haciendo mis cosas. En eso me identifico con Kemal, porque él también hizo lo que quiso. Prefirió ser un individuo antes que seguir las reglas y los privilegios de una clase social".

En la página 629 del libro hay un dibujo de un rectángulo donde dice, arriba, "Museo de la inocencia", y, abajo, "Válido para una sola visita". A partir de julio de 2010, quienes compraron el libro podrán ingresar al museo usando su ejemplar como entrada. Pamuk, que finalmente se ha reconciliado con la idea de hablar del museo, se divierte abriendo un ejemplar: "¡Esta es la entrada!", dice, riéndose, golpeando la página con un ruido sordo. "¡Los que compraron el libro, los que van a entender los objetos que estarán ahí adentro, tienen entrada gratis!". El entusiasmo de Pamuk es conmovedor: el novelista, ese imitador del mundo, por fin ha cruzado el umbral.
fuente: Revista Ñ

Fogwill, a los escritores: "Si les da terror la página en blanco, pongan una porno en Internet"

Fiel a su estilo, el escritor argentino abona sus frases polémicas en la Feria del Libro de Santiago, Chile. Esta vez, criticó a los autores que no logran escribir con rapidez y facilidad. "Si uno tiene algo para decir, lo puede hacer en 20 minutos", dijo.


Provocador Fogwill admitió que alguna vez fue un escritor "prostituto", pero que eso quedó atrás.
De visita en la feria del libro chilena, el autor argentino Rodolfo Fogwill criticó a los escritores que no logran escribir con facilidad y rapidez. En el marco de su visita a la Feria Internacional del Libro de Santiago, dijo: "Esos boludos, esos huevones que dicen que tienen 'el terror de la página en blanco', aunque ahora se usa la pantalla, y que la llenen con los dedos, no sé, que dibujen algo, que pongan una porno en Internet si les da terror una página en blanco".

Autor de "Vivir afuera" y "Runa", Fogwill aseguró que "si uno tiene algo para decir, lo puede decir en 20 minutos". Sobre lo mismo, alardeó que en su vida tuvo etapas de escribir diez horas al día, especialmente cuando "trabajaba mucho haciendo informes de opinión pública de marketing, de desarrollo de productos, discursos de diputados, cualquier pavada, por dinero".

El escritor admitió que en esa época fue "bien prostituto" en sus convicciones, pero que de aquel período le quedó "la cosa de escribir ocho o doce horas, lo que en literatura es inútil". Los alardes de Fogwill circularon por la Feria del Libro de Santiago paradójicamente después que el también escritor argentino César Aira dijera que en su país todo hombre es un megalómano.
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Fuente: DPA.

Herta Müller: por una literatura menor

Premio Nobel

Rafael Lemus
En el principio fue el desconcierto. ¿Por qué ella, Herta Müller, y no uno de esos escritores –guapos, viejos, prolijos– que todos conocemos? Luego, cuando empezaron a difundirse los primeros datos, fue la decepción. Otra europea: nacida en Rumania pero de lengua alemana. Otra narradora: responsable de cuentos y novelas breves, presuntamente minimalistas, nada que ver con las Grandes Obras de los Voluminosos Autores que todos admiramos. El colmo: una escritora –ay, de prosa poética– y no una Figura Pública habituada a manosear, ante el Gran Público, los Grandes Temas.

Ahora, después de haber leído En tierras bajas (1982) y El hombre es un gran faisán en el mundo (1986), además de algunos cuentos sueltos y un par de entrevistas con la autora, sé que el que busque algo grande y pesado en la vida y la obra de la nueva Premio Nobel se llevará un merecido chasco. Lo que hay, para empezar, es una minoría –un pequeño grupo de ciudadanos suabos, esos individuos de origen alemán que emigraron, a partir del siglo XII, a la ribera del Danubio y entre los que nació, en 1953, Müller. Lo que hay es un modesto pedazo de tierra –el Banato rumano, en la frontera con Serbia y Hungría, escenario de buena parte de sus ficciones. Lo que hay, finalmente, son lacónicas estampas de la vida de esos suabos, campesinos miserables y maltratados después de la derrota del nazismo, en la Rumania de Nicolae Ceauşescu. No mucho más que eso. Suficiente.

Sé, también, que lejos, bastante lejos, de estos libros están los delirios posmodernos, el optimismo del modernism o la largueza de las creaciones decimonónicas. Sé que aquí el timbre narrativo es beckettiano, que es como decir: áspero, agónico. Son pocas las palabras y a menudo parecen balbuceadas o escupidas. Son escuetos, descarnados, los párrafos y rara vez se comunican armónicamente unos con otros. Son, sobre todo, muchas y tajantes las prohibiciones que se impone Müller: la prosa no debe fluir dócilmente; la trama no debe envolver a los lectores; el tono no debe optar, nunca, por la magnificencia.

Sé, por último, que no hay en estos libros un grano de épica. Como si también eso, el heroísmo romántico, se negara Müller. Aunque se conoce que ella fue una aguerrida opositora de la dictadura de Ceauşescu, y que por lo mismo tuvo que abandonar Rumania en 1987 para instalarse, ya definitivamente, en Berlín, no parece haber, al menos no a primera vista, nada abiertamente sedicioso en estas páginas. La dictadura aparece al fondo, mirada al sesgo y retratada con algunas imágenes de feroz poesía (“El manzano tiembla. Sus hojas son orejas que están a la escucha”). Los personajes son, podrían ser, cualquier cosa salvo inflamados rebeldes –en medio de la dictadura sobreviven atónitos, fatigados, esperando el pasaporte que les permita abandonar el país (El hombre es un gran faisán en el mundo) o rumiando amargamente su enfado (en los cuentos de En tierras bajas). En el Banato rumano, por otra parte, nada, ninguna chispa, está por encenderse. Más bien al revés: es una tierra casi baldía, salpicada de ancianos y sin lugar para niños y jóvenes.

¿Por qué se impone Müller este voto de pobreza? ¿Por qué su acritud? Tal vez porque lo contrario, la obesidad y las falsas ilusiones, son cosa de las mayorías, del Estado, de la dictadura. Tal vez porque lo que ella pretende escribir, una literatura deliberadamente menor, es al fin y al cabo la solución más subversiva. Ya lo advertían Gilles Deleuze y Félix Guattari en su clásico sobre Kafka: la literatura de veras perturbadora es, hoy, aquella que una minoría escribe maliciosamente dentro de una lengua –o un discurso– mayor.

Así, como piezas menores, minoritarias, marginales, actúan las obras de Müller.

Por ejemplo: para involucrarse en la tradición rumana, la escritora decide emplear su lengua materna –el alemán– y no el rumano que aprendió a los quince años.

Por ejemplo: cuando escribe el alemán, no lo hace como una nativa sino como una intrusa –pensando en rumano y escarbando en el idioma hasta encontrar “su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su desierto” (Deleuze y Guattari dixit).

Por ejemplo, y sobre todo: en vez de reproducir la grandilocuente retórica estatal, trabaja una lengua privada, una prosa elemental y pequeña iluminada por repetidos fogonazos. (“Del jardín de la iglesia alzan el vuelo unas palomas silvestres. Son grises como la luz. Sólo el ruido permite diferenciarlas”).

Digamos, para terminar, que la misma lógica impera en su retrato de la Rumania de Ceauşescu: la condensación, no la holgura. Antes que entregar relatos edificantes –más bien propios del realismo socialista– sobre la disidencia, Müller compone oscuras miniaturas, detalladas estampas –canciones, supersticiones y refranes incluidos– de la vida rural suaba. Para decirlo con un disparate, piénsese en Marc Chagall; en el Marc Chagall de los años previos a la Primera Guerra Mundial; en sus folclóricas pinturas sobre las aldeas judías de Bielorrusia; en La lluvia (1911), por ejemplo, pero aún más sombría:

Algo así, por lo pronto. ~

fuente: Letras Libres

12.11.09

Todorov alerta de nuevos muros

El filósofo francés atisba tics totalitarios en las democracias occidentales "Era parte básica de su supervivencia, pero nunca la legalizaron" Palestina, Bagdad, barrios marginales, fronteras calientes, inmigración...

Branev y Todorov, al mirarse, ven su destino cambiado: uno frusró su vocación de cineasta al quedarse en Sofía; el segundo logró la celebridad mundial al exiliarse / Roser Vilallonga

Los nazis estuvieron en el poder doce años; el comunismo dominó el Este europeo cuatro décadas y Rusia, 74 años. Para Tzvetan Todorov (Sofía, 1939), que habló anteanoche en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) y ayer junto al escritor Vesko Branev, la caída del Muro "es uno de los acontecimientos más significativos de la historia europea, y mundial, de los dos últimos siglos".

El pensador búlgaro, nacionalizado francés, considera que "el comunismo es la gran religión secular de los tiempos modernos, la que ha orientado la historia durante 150 años", un mesianismo que en lugar de ofrecer el paraíso futuro, creó un infierno en la tierra, "no sólo crímenes narrados por escritores de vidas extremas, como Solzenitsin o Eugenia Ginzburg, sino también una sociedad de personas marcadas por pequeños crímenes cotidianos, ya sea por cobardía o por debilidad, que al final del día no permitían mirarte en el espejo con la conciencia tranquila, en la que nadie era culpable porque todos lo eran y en la que se destruía el alma de las personas por dentro". Todorov habló en el CCCB de los nuevos muros: los visibles (Palestina, Mauritania, la zona verde de Bagdad, un barrio de mala reputación de Padua), los fronterizos de países en conflicto (Corea, Cachemira, Chipre) y los invisibles (los que detienen a los "nuevos bárbaros", la inmigración: frontera mexicana, Ceuta y Melilla...). Veinte años después de la caída del muro de Berlín, ¿qué tics totalitarios ve en las democracias occidentales? Todorov cree que renace "una nueva forma de mesianismo. En nombre de la defensa de los derechos humanos y de la democracia, los países occidentales han emprendido guerras contra países estratégicamente importantes para imponerles la democracia". Para Todorov, una tentación totalitaria de las democracias es el intento de los gobiernos por domesticar el poder judicial. "En general, la justicia funciona independiente de los gobiernos, pero hay una tendencia cada vez más fuerte del poder ejecutivo en presionar por todos los medios a los jueces para obtener sentencias que se acomoden a sus intereses". Otro eco totalitario que Todorov ve en las democracias "es la legalización de la tortura. En los estados totalitarios - recuerda-se torturaba cotidianamente e incluso era parte básica de su supervivencia, pero nunca la legalizaron. Occidente tiene que erradicar la tentación de practicar la tortura de forma legal". A pesar de la desconfianza hacia el poder omnímodo de los estados, Todorov dice que si queremos aprender una lección de la crisis financiera es la necesidad de no dejar que el mundo sea gobernado sólo por las reglas y valores de la economía. "Es necesario - sostiene-que los gobiernos y los parlamentos vuelvan a orientar las políticas para conseguir el bien común de los ciudadanos".
Branev, el hombre vigilado
En la larga noche totalitaria no todos los gatos son pardos", dijo ayer Todorov al presentar El hombre vigilado (Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores) de su compatriota Vesko Branev, a quien elogió como hombre que vivió "con decencia y dignidad" el día a día de una sociedad envilecida por el comunismo. Todorov es un pensador célebre y multipremiado y Branev, un aspirante frustrado a director de cine. El primero se exilió a París en 1963 y el segundo, tras una fuga fallida al Berlín Occidental en 1957, regresó a su país para enfrentarse al día a día de una población primero sometida y después cómplice con una burocracia asfixiante y a ratos absurda. Los dos se miran ante el mismo espejo búlgaro y Todorov ve en Branev lo que hubiera sido de haberse quedado y Branev ve en Todorov lo que hubiera sido de haberse largado del país. Branev acabó emigrando a Canadá, caído ya el comunismo, pero - dice-"todos los que han vivido bajo el totalitarismo quedan marcados de por vida". El pasado les persigue como un fantasma y, para espantarlo, la gran mayoría se hacen acróbatas de la amnesia. Branev no. Él salió, dolorosamente, al encuentro de su sombra y se hizo con el dossier de 800 páginas que la policía había ido acumulando con laboriosidad surrealista durante quince años. Y volvió a repasar su vida, vista por sus espías. Descubrió la traición de sus amigos, la delación de su propio cuñado, su propia debilidad. Ahora ha abierto una web en la que da la oportunidad a sus compatriotas de que descarguen anónimamente su conciencia y confiesen sus pequeños o grandes crímenes.
fuente: lavanguardia.es

10.11.09

Hernán Lanvers: "África es el delirio más salvaje de Dios"

Admirador de Wilbur Smith y enamorado del continente negro, el escritor cordobés lleva vendidos, con sus dos primeras novelas, más de 40 mil ejemplares. Reivindica el derecho del lector a no aburrirse y cuenta las amenazas que recibió por citar versículos del Corán.


DENUNCIA CON ENTRETENIMIENTO. "Hoy en África hay millones de esclavos a los que les debe molestar ser vendidos, violados, o tratados del modo en que se lo hace", dice Lanvers, que no duda en describir en sus novelas la realidad de millones de personas.

Por: Guido Carelli Lynch
Hernán Lanvers no habla como escritor, no tiene divismos, ni grandes aspiraciones. Hernán Lanvers hasta hace poco ni siquiera, de hecho, escribía. A esta altura del partido, la historia es conocida. Lanvers, cordobés, médico de profesión, viajero apasionado y enamorado de África, financió la publicación de su primer libro y agotó seis ediciones en su provincia. Empujado por el éxito de su colega y coprovinciana Cristina Bajo, les mandó un ejemplar a cada uno de los empleados del coloso editorial Random House Mondadori. La apuesta le salió bien. El primer libro África. Hombres como dioses vendió 30 mil ejemplares. El segundo Harenes como piedras, va por los 10 mil.

Hoy Lanvers es sinónimo de best seller impensado, una suerte de su admirado Wilbur Smith, pero made in Argentina. Todavía desacostumbrado a que los medios se fijen en él, se desentiende tímido, con una metáfora -la primera pero no la última- a imagen y semejanza de su escritura, en absoluto pretenciosa, no responde tampoco como lo haría el buenazo de Wilbur, un verdadero militante de las causas sociales. "Que me entrevisten los suplementos culturales siendo un autor de novelas de aventura es como si siendo jugador de fútbol 5 -y de los que juegan sólo los sábados- Maradona me llamara para jugar un partido oficial de la selección", asegura.

¿Le molesta que se lo identifique como un autor de best-sellers? ¿Adónde crées que radica su éxito de ventas?
-No me molesta. Yo escribo para ser leído. Sé que hay autores que escriben solo para ellos pero no es mi caso. Yo escribo para que la gente me lea y se entretenga. Decir que lo hago sólo para mí sería ser tan mentiroso como una joven muchacha que se ponga, para salir, una minifalda y digo que lo hace porque así se siente cómoda y no para gustar y llamar la atención. Y sería tan falso como si esa chica se indignara cuando, al pasar por una obra en construcción, los albañiles le gritaran groserías. ¿Adónde radica el éxito? No lo sé muy bien. Quizás en el hecho de que escribo de un modo simple, sin palabras raras, sin necesidad de interpretaciones difíciles. Quizás porque mis personajes no son héroes extraordinarios sino personajes comunes que sólo tienen de extraordinaria su voluntad y su sentido de la amistad y porque los malos, en mis novelas, pagan por sus maldades aquí y ahora, no en el Más Allá, o en otra vida, como creo yo que en la realidad debería ser

-¿Le alcanza que la literatura sea sólo un medio para entretener? ¿No cree que sus libros provocan otras cosas además?
-Sí, me alcanza. Yo no puedo hacer literatura profunda, porque no soy una persona profunda. No puedo hacer literatura de "vanguardia", porque ni sé muy bien ni siquiera lo que quiere decir. Solo aspiro a que la gente me diga "Leí tu libro en dos días. Me entretuve como loco. Y encima, de África, aprendí un montón". Por otra parte, mis libros pueden provocar otras cosas, como Harenes de piedra, que ya hizo que me llamaran varías veces por teléfono gente de la comunidad musulmana para insultarme y/o amenazarme por citar versículos del Corán y por su contenido. No era mi intención denunciar nada. Sólo soy un aspirante a novelista de aventuras. Si en esta novela pareciera que me fui un poco hacia la denuncia es porque después de hablar y conocer a un esclavo, hay cosas que uno no puede evitar hacer o contar. Y si a alguien le molesta, que le moleste. Hoy en África hay millones de esclavos a los que les debe molestar ser vendidos, violados, o tratados del modo en que se lo hace.


Ese misterio llamado África

Punto intermedio. África es el continente ignorado. Por todo el mundo occidental, por el oriental y también por esa otra rareza de semi-ignorados, los habitantes del "extremo occidente" -nosotros, los latinoamericanos. A pesar incluso de los 2 millones de descendientes de afroargentinos que las comunidades instaladas en el país señalan.

Hernán Lanvers no está de acuerdo. Para él los argentinos y los occidentales en general siempre se han sentido interesados por África, un continente donde siempre han sido extranjeros y de donde siempre han sido expulsados. "Quizás -asegura- sea porque en África aún se puede ver el mundo tal como era hace siglos. Aún allí un guerrero massai, para tranformarse en hombre, debe matar, armado de una lanza a su primer león. Aún allí, el Monte Kilimanjaro se alza, con su cima cubierta de nieve y sus laderas tapadas de selva, en donde de noche los rugidos de los leopardos nos recuerdan quién es, con la caída del sol, el que todavía es quien manda en ese lugar. Con sus piratas aún vigentes en Somalia o sus traficantes de esclavos, África sigue aún llena de misterios. Es el ultimo bastón de la aventura, en su estado más puro, que le ha quedado al hombre actual", y termina Lanvers en un pantallazo de su propuesta estética. Una muy clara -poco pretenciosa- pero sugerentemente clara.

Para concluir, Lanvers recuerda el componente humano el colonialismo todavía presente, tan parecido, tan "igual" al pasado sumado a "la peor de las pobrezas: la que se podría evitar, porque es, quizás, el más rico continente de los cinco".

Tiene arranques de político de campaña, y como tal, convence. Habrá que ver si cumple, nomás. "Sólo aspiro a escribir de aventuras en África. Quizás porque no me alcanzará la vida para conocer ese lugar lo suficiente. Quizás porque quiero mucho a su gente, allí tengo buenos amigos y porque las mujeres que más he amado han sido africanas de raza negra. Quizás porque, para mí, África es la fantasía más alucinante de la Naturaleza. Quizás porque creo que África es el delirio más salvaje de Dios", dice Lanvers y la verdad es quizás, que a pesar del miedo que pudiera infringir el Todopoderoso, dan ganas de viajar a África. De cualquier manera, es curioso que esa mirada fascinada y perturbada que observa esa suerte de paraíso biblíco, olvidado, donde comenzó la humanidad hace 4,4 millones de años, Y Lanvers, con las metáforas y todo, se convierte en el gran protagonista de sus propias historias.
  • El derecho del lector a no aburrirse
    Fanático de El corazón de las tinieblas, de Conrad, dice que ya lo lleva leído varias veces, pero que no termina de comprenderlo. Cuando tiene que hablar de sus preferencias no duda. "Me gustan Jack London, Stevenson, Emilio Salgari y de los actuales, Sydney Sheldon, Thomas Harris, Mario Puzo. De los argentinos, hay una novela de aventuras magnífica que es La logia de Cádiz, de Fernández Díaz y leo también a la cordobesa Cristina Bajo. Me interesan los libros que me entretengan desde su comienzo. Creo en el derecho del lector a no aburrirse", declara.
    Lanvers Básico
  • Córdoba, médico y escritor
    Es médico cirujano. Escaló, so­lo, las dos montañas más altas de Africa: el Kilimanjaro y Kenia. Para la investigación de sus li­bros realizó más de cinco viajes a Africa y convivió durante un tiem­po con los zulúes de la región de Natal. Vive en Córdoba y "Africa. Hombres como dioses" fue su pri­mera novela y vendió 30 mil ejemplares. La segunda, África. Harenes de piedra, va por los 10 mil.
    La damajuana de Duhalde
    Las anécdotas de Lanvers en el continente negro son imperdibles y confirma que si de exotismos hablamos, basta con pensar a la argentina como extranjeros.

    Los africanos nunca han entendido mucho a los blancos y siempre han creído que estamos todos mal de la cabeza, por más que algunos aspectos tecnológicos nos hayan imitado.
    Yo recuerdo que cuando escalaba el Monte Kilimanjaro con 3 miembros de la tribu chaggas, una noche, junto al fuego, hablamos de este tema.
    Ellos, muy orgullosos, me contaban que el presidente de ese país, Tanzania, tenía entre sus 8 esposas, a una mujer miembro de su tribu, los chaggas.
    Yo les dije que ellos tenían un país muy rico, pero lo que les faltaba, para salir de la gran pobreza en que viven, era manejarse un poco más con seriedad.
    Me miraron sorprendidos.
    Uno de ellos me preguntó: _ ¿En tu país tienen rey o presidente?
    Era justo el verano en que se fue De La Rúa del Gobierno, y yo intenté contarles como había sido ese momento tan particular para Argentina.
    Cuando les dije que, en una semana habíamos tenido 5 presidentes distintos, me preguntaron que quería decir la palabra "seriedad", en nuestro país.
    Para cambiar de tema, les ofrecí mostrarle fotos de la Argentina.
    Yo siempre viajo con dos o tres revistas de acá y algunos libros en español, para,cada tanto leer algo en mi idioma.
    Empecé a mostrarles las fotos de las revistas y uno de ellos miró la tapa de una Noticias en la que aparecía Eduardo Duhalde, con una damajuana de vino en la cabeza, bailando con una odalisca árabe, en una fiesta.
    Kisaka, el guía, me preguntó: _ ¿Y este quién es?
    Le dije:_ Es nuestro actual presidente. De esos cinco que tuvimos esa semana éste ya lleva quince días de mandato. Y está encaminando el país.
    Me preguntó, sorprendido: _O sea que éste es el más serio de los cinco?
    Yo traté de explicarle un poco más, pero sus risotadas no me permitieron hablar.
    Me acuerdo que se levantaron todos y se fueron.
    Lo único que alcancé a escuchar, mientras se iban, era que uno le decía otro algo así como:
    "Estos blancos son unos caraduras"
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  • Un territorio sin aventura