Hacete hombre habla de una sociedad en la que quizás hombres y mujeres
hayan quedado igualados como sujetos del consumo
Gonzalo Garcés reflexiona sobre la masculinidad y la perdida de la libertad./pagina12.com.ar
Hacete hombre de Gonzalo Garcés
Hombría y masculinidad
son algunas de las categorías en crisis que pone en escena este libro
en el que Gonzalo Garcés parte de un episodio autobiográfico para
abrirse a diversos registros narrativos, de la crónica de viaje a las
notas fragmentarias.
“Una
mañana de 2010 recibí un mensaje de texto de mi padre. ‘Tengo que pagar
una multa en Tupungato. ¿Me llevás?’ Tupungato está en la provincia de
Mendoza. Allá, si te confiscan el carnet, tenés que pagar la multa en el
lugar donde te lo sacaron. Como no tenés permiso para manejar, tenés
que usar el transporte público o hacer que alguien te lleve.” Gonzalo
Garcés está a punto de realizar junto a su padre y una hermosa y joven
mujer chilena uno de los viajes más intensos y determinantes de su vida.
“Tengo treinta y siete años, carajo. No puede ser que a estas alturas
tenga que competir con mi padre. ¿Pero hay competencia? Sí, hay
competencia. Obligarme a hacerte de chofer mientras viajamos por la Ruta
9 con una puta es lo más cercano –lo más parecido que permiten nuestras
costumbres– a comerse crudo a tu hijo.” Quizás sea el momento de hacer
una aclaración para que no se desprenda una primera impresión equívoca:
ni la palabra puta ni el verbo obligar pecan de inocencia o desatino.
Para entender cómo una palabra puede cambiar el rumbo de las cosas es
preciso llegar al final de esta historia que se impone desde su título
como una obligación, un imperativo que debiera estar sustentado sobre la
base de lo existente o lo posible. Y ése es justamente el punto de
partida de un libro que comienza con todo el tono de una crónica de
viaje pero es mucho más que eso, o para decirlo en los términos del
poeta Juan Ramón Jiménez: no corras, ve despacio, que al único lugar al
que tienes que ir es a ti mismo.
Hacete hombre es el título del nuevo libro de Gonzalo Garcés. Bien,
¿pero qué es un hombre? La respuesta, mejor dicho su búsqueda, no se
encuentra sólo en el viaje que emprenden los Garcés en compañía de una
mujer sino en su regreso. Si es cierto que comprender algo te cambia
para siempre, lo que hay que imaginar es el regreso de ese viaje; el
momento no está escrito en Hacete hombre pero surge de su composición:
el instante preciso en que el narrador y personaje Gonzalo Garcés se
encuentra solo en su casa, rodeado de sus libros, su música, su
computadora con archivos de series de televisión y mails nunca enviados,
escribiendo para intentar desentrañar algo más que la relación
problemática que mantiene con su padre, ya nunca más idealizada como en
la infancia ni caprichosamente cuestionadora como en la adolescencia
sino desde una mirada adulta, frontal, y muchas veces desgarradora como
una verdad que te persigue por herencia. “Yo tenía ocho años. Cuando
llegaste, una hora después, dije que tenía frío y hambre. Entonces te
pusiste furioso y gritaste. Cuando estábamos en la calle siempre me daba
mucha vergüenza que gritaras. Me daba miedo que viniera un policía y te
llevara. Gritaste que no aguantabas más mis exigencias. Gritaste que la
gente (en esos casos yo me convertía en un plural) no te dejaba vivir
tu vida.” Y lo que se hereda es la masculinidad mientras que la hombría
se define por la acción; al igual que la paternidad –dejar embarazada a
una mujer no te convierte en padre–: la paternidad hay que justificarla
constantemente en actos. Ahora bien, fuera de lo que podría parecer, no
hay tono de confesión ni mucho menos una intención de reproche. El hijo
mira a su padre como quien intenta desentrañar dónde estuvo la falla que
hace que ya no lo considere un hombre, lo ama y le reconoce íntimamente
un montón de virtudes pero también sabe que el último aprendizaje que
podrá recibir como hijo deberá encontrarlo él mismo y es de esa manera
que surge lo más importante de Hacete hombre, un libro concebido como
una interesante mezcla de géneros discursivos, desde la crónica al
ensayo, formatos de mail, reseñas y apuntes de historia y notas para una
novela, como un modo de reconstruir el universo intelectual y emocional
de un escritor que es al mismo tiempo hijo y padre y sobre todo un
ciudadano que se resiste a aceptar que “marcar los abdominales en el
gym, manejar un auto grande o cogerse a muchas mujeres es ser un hombre.
No se le ocurría verse a sí mismo como representante de una sociedad”. Rigurosamente escrito y con notables cambios de registro, en su
libro Gonzalo Garcés reflexiona fuertemente sobre la concepción de la
hombría separándola para siempre de la simple masculinidad. La hombría
guarda una relación directa con la libertad. La hombría es acción y se
traduce en un poder prometido (puede ser económico, moral, sexual, etc).
Ahora se trata de rastrear de qué modo las distintas representaciones
ponen en evidencia esa concepción ideológica y cultural, mudable con el
correr de la historia, y ahí están los mitos griegos, las ficciones
literarias, las series televisivas, las publicidades y las canciones,
porque “la hombría no existe. No existe como fenómeno natural. Igual que
los arquetipos de la mujer, las formas de la hombría son obra de la
imaginación colectiva”. ¿Podría desaparecer la hombría? En este punto es
donde estriba una de las ideas más interesantes que propone Hacete
hombre: en la medida en que desaparezca la libertad orientada a un
proyecto común, quedará reducida la concepción del hombre tal como se ha
entendido hasta la irrupción del capitalismo. Si el hombre
históricamente ha dominado y obligado a la mujer a desarrollarse bajo su
tutela, al punto de ser representada y obligada a verse ella misma como
objeto de contemplación, Gonzalo Garcés dialoga con Simone de Beauvoir y
postula que hay en la libertad conquistada por la mujer una coartada
falsa: ahora una pequeña elite dueña del poder económico ha reducido
tanto a la mujer como al hombre al mismo nivel de tutelaje histórico
(aquel sólo destinado a la mujer), ofreciendo una falsa idea de libertad
y por lo tanto de elección bajo el nombre de consumidores. Esta es una
de las claves de un libro intenso, que busca recuperar el verdadero
sentido de la palabra libertad en un mundo donde casi no quedan valores
que no hayan sido reducidos a meras mercancías.
Belén Gopegui se rebela ante la
escritura como mero entretenimiento y construye una novela contra el
poder, ajena al maniqueísmo y llena de connotaciones morales
Belén Gopegui. / Ricardo Gutiérrez./elpais.com
El comité de la noche de Belén Gopegui.
Recuerdo el deslumbramiento de la primera novela de Belén Gopegui (Madrid, 1963), La escala de los mapas.
Ese bisturí lírico con el que desentrañaba lo íntimo. Ese talento, ese
pulso, ese extrañamiento para ver desde fuera lo de dentro, como una
científica observando en el microscopio los coágulos de su propia
sangre. Nada de eso ha perdido Gopegui desde aquel 1993 hasta el día de
hoy a pesar del órdago con el que envidó a su literatura para ella misma
y sus lectores.
Leyendo El comité de la noche me ha venido a la mente una y otra vez el último disco de Nacho Vegas,Resituación.
Hay un motivo obvio, su posicionamiento político y ético, pero también
otros menos evidentes. Se trata de la rebelión ante su arte como mero
instrumento de entretenimiento y evasión. La cuestión no es menor. La
ficción novelesca ha dado engendros, monstruos y disparates al ponerse
el mono de trabajo o el antifaz de señorito de derechas, la esvástica o
el camarada de rigor. Sherezade trata de salvar la vida una noche más
narrando una historia que sea una alfombra voladora. Pocas noches
hubiera durado Sherezade si el objetivo hubiera sido venderte una
lavadora o recitarte el manual de instrucciones de cómo montar y
desmontar un reloj.
Pero tanto en el caso de Vegas como en el de Gopegui, además de un
posicionamiento, hay un riesgo y un acto generoso: renunciar al yo
íntimo por un nosotros más áspero, al resorte que funciona en aras de la
pertinencia social. El compromiso de Gopegui es el de renunciar a que
su obra literaria sea un mundo cerrado, hermoso, radical, inquietante o
dócil pero, por encima de todo, inútil. Un objeto sin otra función que
entretener, gustar y gustarse, conciliar a autor y lector con la idea de
animal pasivo de ambos, pero, eso sí, con la buena conciencia que da el
generar uno y embucharse cultura el otro. En mi opinión, eso naufragaba
tanto en Deseo de ser punk (2009) y, especialmente, en Acceso no autorizado (2011). Sin embargo, la literatura de la autora madrileña se rearma en El comité de la noche
acercándose —es un suponer— a lo que su autora pretende de un libro que
sirve para ser leído con intencionalidad como para ser lanzado contra
los escaparates del Poder. La novela parte de una noticia extraída de la
realidad: la oferta de una multinacional farmacéutica de comprar sangre
a los parados que acepten donarla. La paleta de connotaciones morales
se mostrará a lo largo de toda la novela, huyendo del maniqueísmo en la
medida que lo desea su autora, e insertando el dedo en el enchufe de la
privatización de la sanidad pública. Pero el zoom de Gopegui va
más allá: el Poder ha de ser fiscalizado y vigilado, combatido y
expurgado desde el compromiso social e individual. Por fortuna, la sopa
no nos la sirve Gopegui ni helada ni hirviendo.
La novela empieza a ritmo de elegante paseo automovilístico, marca de
la casa. En una primera parte, una mujer, Álex nos narra su aquí y
ahora. Treintañera, parada, con una hija a cuestas, debiendo regresar a
vivir con los padres, seres electrocutados como ella por la realidad y
el complejo de culpa que se nos ha inoculado. Surcando esta primera
parte, vives el hechizo de que solo con el lirismo de lo íntimo, de las
pequeñas cosas, de lo cotidiano puedes entender la magnitud de la
tragedia en la que estamos. Siguen siendo necesarios los poetas para
desentrañar la realidad, para alzar el velo. Dejen las grandes palabras,
los voceros, las estadísticas, el drama terrible está en cómo funciona
el mecanismo de destrucción de una clase media, en el remordimiento de
tomar o no un café, de regresar al hogar paterno, de escribir desde un
banco, ejército de zombis por parques y calles, la importancia de la
dignidad que se consigue en la Red al romper el autismo, la
individualidad atroz. Pero el coche en el que nos ha montado Gopegui se
va quedando sin trama, pero en fin, ésta llegar llega aunque tengamos
que hacer el último tramo a pie hasta la gasolinera.
La estructura narrativa funciona, la intriga también, el mensaje político
no es endosado con grosería
La segunda parte tiene otros personajes, Carla y el escribidor. La
primera acude a un escritor para que dé fe de su historia, un thriller
bien orquestado por la autora respecto del tema de la sangre comprada,
los conflictos éticos, una novela casi de espías en la guerra fría que
sucede en Bratislava. En esta segunda parte reaparece el personaje de
Álex. Aquí el tono de lo escrito es otro. Gopegui nos castiga y se
castiga al privarnos de su fino pinchazo respecto de las relaciones
íntimas, el yo más dentro de nosotros mismos. El castigo no es a cambio
de nada. La estructura narrativa funciona, la intriga también, el
mensaje político no te es endosado con grosería, sino con matices, a
blanco o negro. La figura del escribidor es un hallazgo y la novela,
notable, necesaria, está más que bien resuelta. En el debe, unos
diálogos a veces maquinales, casi instrucciones de uso, que hace que le
veas las tripas al libro, a cómo la escritora trata de venderte la
lavadora. Aceptarías ir al lado de Sherezade a matar vampiros, pero no a
que Pablo Iglesias te explique lo de la auditoría sobre la deuda
externa de un país tan extraño como la ciudad de Bratislava.
Arturo Pérez Reverte ha tenido a lo largo de su vida cinco perros
-Sombra, Mordaunt,..- y si algo ha aprendido de ellos, y de otros canes
ajenos, es que ningún ser humano vale lo que un buen perro
Arturo Pérez-Reverte, vuelve por sus fueros con los nobles perros./lainformacion.com
Perros e hijos de perra de Arturo Pérez-Reverte
"Cuando desaparece un perro noble y
valiente -quien escribe es el articulista Pérez Reverte- el mundo se
torna más oscuro. Más triste y más sucio".
De
"Perros e hijos de perra", así de contundente es el título, habla el
nuevo libro del periodista, novelista y académico de la Lengua Arturo
Pérez Reverte, que ha reunido en esta antología sus artículos escritos
entre 1993 y 2014 y que tienen a los canes como protagonistas
principales o secundarios.
Una exquisitez bibliográfica de apenas 150 páginas, ilustrada por el pintor Augusto Ferrer y editada por Alfaguara.
En
todos sus artículos, el escritor no escatima elogios y cariño hacia tan
fieles compañeros de viaje del ser humano, con los que ha convivido
durante la mitad de su vida, una convivencia que le ha enseñado "mucho"
de cuanto sabe, o cree saber, "sobre las palabras amor, desinterés y
lealtad", poco frecuentes, destaca, "entre los humanos, al menos las dos
últimas; y desde luego -escribe- tampoco la primera".
Para el
autor de la saga del capitán Alatriste o de novelas como "La Reina del
Sur" o "El tango de la vieja guardia", "no hay compañía más silenciosa y
grata" que la de un perro, "libertad más conmovedora como la de sus
ojos atentos, sus lengüetazos y su trufa próxima y húmeda". "Nada tan
asombroso -recalca- como la extrema perspicacia de un perro
inteligente".
Perros que son
medicina sanadora, el mejor alivio "para la melancolía y la soledad", de
una fidelidad extrema que, en muchos casos, se prolonga hasta después
de la muerte del amo. "Morirá por tí, sacrificándose por una caricia o
una palabra".
"Nunca conocí -relata- entre los seres humanos, como
en los cinco perros que hasta hoy pasaron por mi vida, un amor tan
desinteresado y tan leal. Tan conmovedoramente fiel".
Hay
recogidos en las páginas de este libro numerosos casos concretos de esa
fidelidad a prueba del paso del tiempo y de otras circunstancias, de ese
coraje que el autor atribuye a los perros. Pero también historias de
soledad, trágicas.
Historias de perros que, muerto su amo, siguen
esperándole a la puerta del hospital donde falleció, o la de aquel otro
que en la antigua Yugoslavia, recuerda el entonces reportero de guerra,
fue el único en defender a una mujer violada por los serbios ante la
pasividad de sus vecinos, y que peleo hasta que los agresores le mataron
de un tiro.
Y a la vuelta al hogar desde alguno de esos
"territorios comanches" en los que el reportero vio tantas veces el
rostro de la muerte y la maldad del ser humano, allí estaba Sombra, el
labrador que le hacía fiestas, que se enredaba entre sus piernas loco de
contento.
Escribe el autor de "El maestro de esgrima", "La piel
del tambor" o "El francotidador paciente", de momento su última novela,
sobre el abandono de perros en la cuneta de cualquier carretera
secundaria, cuando han dejado de ser el juguete caprichoso de los hijos,
o sobre la muerte colgados de una soga en mitad del campo cuando ya no
son útiles para la caza.
"Al abuelo -escribe- se le mete en un
asilo y al perro se lo lleva a un paraje lejano, se abre la puerta y se
le dice sal". Después un acelerón y "libre del jodío chucho". "El nunca
lo haría", como decía aquel slogan publicitario que perseguía
concienciar sobre hechos tan rechazables.
No recuerda Pérez
Reverte quien dijo aquello de que "cuanto más conozco a los hombres más
quiero a mi perro", pero sí tiene claro que "cada vez que desaparece un
animal silencioso, bueno y leal" este mundo "de mierda resulta menos
generoso, menos habitable y menos noble".
Pero no todas las
historias sobre las que escribe conducen a la tristeza, la indignación y
la melancolía. Las hay también esperanzadoras, felices, como la de
Sami, un perro callejero que vagabundeada por la capital mexicana. Un
chucho "a medio camino entre un zorrillo y un pastor alemán, con un
toque chusma, misántropo y poco sociable", al que un gran danés, de
dueño se supone que pudiente, le sacó un ojo en un ataque callejero.
Heridas
de las que Sami fue curado gracias a la generosidad del vecindario, que
sufragó los gastos del veterinario, y que lo devolvió a la calle. La
misma generosidad que poco después le salvó de un atropello, eso sí sin
cola, con la pelvis "hecha cisco" y cojo. "Hizo a todos mejores".
Con sinceridad total, con un dolor que no encuentra anestesia ni
consuelos, Julian Barnes abordó la pérdida de su compañera de treinta
años en un libro que, a la vez, vuelve a mostrarlo como un acerado
formalista. En Niveles de vida, tres relatos atomizados enhebran ficción
y sentimiento, memoria y literatura, para confluir en un conjunto
narrativo que obra como paréntesis de sus textos mayores pero que lo
muestra siempre un paso adelante en la búsqueda de un estilo propio
Julian Barnes entrega su nueva novela Niveles de vida./pagina12.com.ar
Niveles de vida de Julian Barnes
Títulos tan perfecta y prolijamente insertados dentro
de la tradición británica como Metroland (la novela generacional y de
iniciación), el díptico Hablando del asunto y Amor, etcétera (la novela
de parejas disfuncionales), Inglaterra, Inglaterra (la novela satírica),
Arthur & George (la novela histórica), El puercoespín (la novela
“extranjera” y alegórica) o la crepuscular y ganadora del Booker El
sentido de un final (la novela íntimo-modernista à la Ford Madox Ford y
E. M. Forster), hacen olvidar a menudo que Julian Barnes seguramente sea
el autor más audaz en lo formal dentro de su camada literaria. A pesar
de ese look donde parecen confluir rasgos de Bloomsbury y Carnaby
Street, Barnes –mucho más que Martin Amis, Ian McEwan o Salman Rushdie–
ha sido siempre un buscador de nuevos horizontes y un experto
manipulador de estructuras atómicas y atomizadas. Dan buena y excelente
cuenta de ello volúmenes de relatos unidos por un mismo tema o
sentimiento (Al otro lado del canal, La mesa limón, Pulso) así como
novelas “diferentes” –tal vez entre lo mejor de su obra– como La
historia del mundo en diez capítulos y medio y, muy especialmente, la en
su momento consagratoria El loro de Flaubert.
Y tres décadas más tarde, Barnes (Leicester, 1946) revisita los
modales y el tono elegíaco de esta última, seguro, sin quererlo ni
desearlo, sin que estuviese en sus planes. Porque en Niveles de vida
–organizado en tres partes– vuelve a contraponerse una vez más la
historia pública (una exquisita crónica de la conquista de los cielos
durante el siglo XIX a cargo de los pioneros de la navegación celeste y
aerostática incluyendo a nombres como los del fotógrafo Nadar, la actriz
Sarah Bernhardt y el coronel y aventurero Fred Burnaby) con la historia
privada: el lamento roto en pedazos de otro viudo que aquí no es un ser
de ficción sino el propio Barnes.
Incapaz de superar el dolor por la muerte de su compañera de treinta
años, la agente literaria Pat Kavanagh (fallecida a finales de 2008
apenas treinta y siete días después de que se diagnosticara un tumor
cerebral), Barnes comienza a acercarse a ese dolor intolerable con
cautela y la elegancia de costumbre. Pero ahora –luego de haberlo hecho
lateralmente en el estremecedor relato “Las líneas del matrimonio”,
incluido en Pulso– sin artificio ni anestesia, aunque sin resignar
tampoco las marcas de su casa, que hacen de Niveles de vida algo muy
diferente a testimonios más o menos recientes de la soledad del cónyuge
sobreviviente como los de John Bailey, Joan Didion o Joyce Carol Oates.
Aún desfigurado por el dolor, a Barnes le sigue preocupando el
trazado de figuras, de establecer conexiones, de señalar motivos
recurrentes y dibujos en las nubes, de hacer lo suyo y de las suyas.
Así, las dos primeras secciones de Niveles de vida –“El pecado de la
altura” y “En lo llano”– se leen primero con un cierto desconcierto.
Barnes nos advierte de entrada que “Juntas dos cosas que no se habían
juntado. Y el mundo cambia”. E insiste con un “Juntas dos cosas que no
se habían juntado antes; y a veces funciona y otras veces no”. Hasta
desembocar –en ese pesaroso journal que es el tercer y muy
autobiográfico tramo “La pérdida de profundidad”– en lo que en realidad
quiere discutir luego de habernos tenido flotando, en el aire, lejos de
la tierra y como con ganas de dejarse llevar o dejarse ir en caída
libre. Ascender lentamente lleva implícita la posibilidad de descender
muy rápido, nos recuerda y nos advierte Barnes. Y todo confluye en un
“Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. A veces es como
el primer intento de acoplar un globo de hidrógeno a otro de aire
caliente: ¿prefieres estrellarte y arder o arder y estrellarte? Pero a
veces funciona y se crea algo nuevo. Después, tarde o temprano, en algún
momento, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que
desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá
matemáticamente imposible, pero emocionalmente posible”.
Una vez alcanzada esta certeza, no hay para Barnes (quien no
menciona el nombre de Kavanagh en todo el texto porque, se intuye, no
tiene fuerzas para ponerlo en letras) consuelo alguno. Y no le queda
otra que enfrentar lo inevitable. Porque Niveles de vida –suerte de
secuela involuntaria a su memoir necrológica Nada que temer– no tiene
nada del tono saltarín y sinuoso de aquélla. Y no demora en informarnos
de algo que todos sospechamos pero que preferimos no averiguar: es mucho
más sencillo asumir la propia muerte (que si hay fortuna no dura más de
un segundo) que el tener que soportar la eterna e inmortal muerte de
los otros, de los seres queridos, de las personas imposibles de
sustituir. Para Barnes –solo y sin “el alma de mi vida; la vida de mi
alma”– ya no hay cielos azules, todo pesa, nada se eleva. “Lloro su
pérdida de un modo muy simple y absoluto”, “Los que lloran al amado son
autónomos”, “Toda historia de amor es una potencial historia de
aflicción” son algunas de las oscuras iluminaciones y clínicas
definiciones que redacta un aforístico y epifánico Barnes –confesando
juguetear con la idea del suicidio– como si pensara en voz alta y, en
más de una ocasión, incomodando a amigos y a conocidos con la potencia
de su dolor y a los que, impotentes, sólo se les ocurre recomendarle que
se compre un perro o se vaya de viaje. Barnes –para bien o para mal–
eligió hacer lo que mejor hace: escribir.
Porque queda claro –más allá de que todo el libro también pueda
considerarse como sincera obra menor de un obrero mayor, reflexiva
catarsis refleja y automática o un impulsivo capricho en la mejor
acepción del término– que Barnes, con su prosa exquisita de costumbre,
como un Orfeo sin Eurídice, se alza aquí como un verdadero y muy triste
experto en el arte de vivir la muerte.
Como escritor, su estilo está claramente
dominado por el cinismo y la ironía, una ironía despiadada, con un
humor ácido y mordaz. La misantropía y el pesimismo son dos
características de su personalidad que saltan a la vista
indefectiblemente al leer sus obras
Ambrose Bierce, escritor estadounidense que se perdióen plena revolución mexicana./revistadeletras.net
Ambrose Bierce, con
diecinueve años, se alistó como voluntario en el ejército de la Unión,
incorporándose al noveno regimiento de Infantería de Indiana. La Guerra
de Secesión (1861-1865) le ofreció el espectáculo de una humanidad
estúpida y cruel y, como resultado, el joven soldado quedó estremecido
por la capacidad de los seres humanos para buscar con avidez la manera
de masacrar a sus semejantes con mayor eficacia.
Además, fue un hombre marcado por una
infancia repleta de represiones junto a sus doce hermanos (él fue el
décimo de los trece hijos) puesto que sus padres eran granjeros de
profunda fe calvinista y se esforzaron con tenaz afán en instaurar un
ambiente puritano en su familia. Durante toda su vida conservó un fuerte
desprecio para con todos los suyos, tomando especial relevancia el odio
sentido hacia su padre que trató de exorcizar en su escritura con la
descripción de varios parricidios.
Como escritor, su estilo está claramente
dominado por el cinismo y la ironía, una ironía despiadada, con un
humor ácido y mordaz. La misantropía y el pesimismo son dos
características de su personalidad que saltan a la vista
indefectiblemente al leer sus obras.
En su faceta de periodista (principalmente bajo el patronazgo de W. R. Hearst,
primero en San Francisco y más tarde en Washington) Ambrose Bierce
ejerció como crítico corrosivo de la corrupción política en Estados
Unidos, siendo, sin lugar a dudas, un lúcido observador del caótico
devenir de la humanidad durante el tiempo que le tocó vivir. En sus
cuentos reincide en estos temas, posicionándose con claridad como un
escritor que descree, sin ambages, de la bondad humana, supuesta
cualidad, loada por siglos, que atesoramos los hombres y las mujeres.
Destacamos Cuentos de soldados y civiles (1892), libro plagado de sombrías historias (posteriormente publicado bajo el título En el medio de la vida), ¿Puede ocurrir esto? (1893) y Fábulas fantásticas (1899). Asimismo, cultivó el relato macabro y de terror, como en Un suceso en el puente sobre el río Owl (1891), El clan de los parricidas, La cosa maldita (1894) y Partida de ajedrez (1909), lo que permite situarlo cerca de sus compatriotas Poe y Lovecraft en el género terrorífico.
Se casó el 25 de diciembre de 1871 con Mollie Day.
Tuvieron tres hijos, Day, Leigh y Helen. Los dos varones murieron
prematuramente, en 1889 y en 1901, respectivamente. El matrimonio se
rompió un año antes de la muerte del primogénito al encontrar el
escritor unas epístolas comprometedoras entre su mujer y un pretendiente
danés. Sin embargo, no consiguió el divorcio hasta 1904. Durante toda
su vida adulta arrastró problemas de salud, sobre todo debidos al asma y
a las secuelas de las heridas recibidas en la guerra, una de ellas en
la cabeza. Así, en su vejez vive solo y enfermo, pero encuentra
suficientes fuerzas para trabajar con determinación en sus Obras completas (The collected works of Ambrose Bierce), que se publican entre 1909 y 1912.
En una carta fechada el 1 de octubre de
1913, cuando Ambrose Bierce contaba con setenta y un años, escribió las
siguientes palabras:
«Adiós. Si oyes que he sido
colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta
convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una
manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la
enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo
en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!».
En su cabeza, con seguridad, estaba la
idea, poco después llevada a la práctica, de cruzar por El Paso (Texas) a
México para unirse a las tropas de Pancho Villa, hecho
que tuvo lugar en Ciudad Juárez. Sin embargo, solo hay constancia de
que acompañase al revolucionario hasta la ciudad de Chihuahua. En
diciembre de 1913 su rastro desaparece envuelto en un misterio que
podría haber servido de inspiración para escribir uno de sus cuentos. Se
suele considerar como la fecha de su defunción el 11 de enero de 1914
porque lo más probable es que Ambrose Bierce muriese en la Batalla de
Ojinaga, batalla en la que Pancho Villa tomó esa ciudad poniendo fin al
último reducto del ejército Federal en el norte de México.
En cuanto a El diccionario del Diablo
(The Devil’s dictionary) hay que subrayar que es la obra más conocida
de Ambrose Bierce y que no fue concebida como libro sino años después de
que los primeros aforismos sulfurosos aparecieran en el semanario The Wasp, en 1881, y allí continuasen hasta 1886. En 1887 reaparecieron las sarcásticas definiciones en The Examiner. En 1906, finalmente, es publicado por Doubleday, Page and Company en forma de libro bajo el título The cynic´s word book,
un título que fue impuesto por prejuicios religiosos ajenos al
escritor. Ambrose Bierce, no obstante, pudo desquitarse en 1911, pues en
el Volumen 7 de sus Obras Completas remató el diccionario de
1906 (que contenía quinientas palabras, A-L) con quinientas palabras más
(M-Z) eligiendo su título preferido, The Devil’s dictionary.
De este modo, se obtuvo una versión completa con mil voces en la que no
cabe la piedad para con el género humano y donde Ambrose Bierce se
muestra como un eximio tocador de llagas, adelantado a su tiempo en
muchos aspectos y sin temor ni miramientos para exponer bajo auténtica
luz a la humanidad, que también está poblada de pústulas, con sus
vicios, debilidades y taras. La primera traducción, elaborada por Jacques Papy en 1955, fue al idioma francés e incluía un prefacio de Jean Cocteau.
Para obtener una cierta idea de cómo es
este asombroso, lúcido y, en ocasiones, hiriente diccionario, se
transcribirán veinticinco voces, una por cada letra del alfabeto
anglosajón. Es posible vislumbrar en este breve acercamiento que Ambrose
Bierce afrontó armado del Cinismo un combate, en principio perdido,
contra el Poder. No obstante tan desigual batalla, el escritor todavía
no ha perdido la contienda porque The Devil’s dictionary continúa siendo editado y leído.
Es decir, la pelea no ha acabado.
“Amistad, s.- Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta”.
“Belladona, s.- En italiano, hermosa mujer; en inglés, veneno mortal. Notable ejemplo de la identidad esencial de ambos idiomas”.
“Cerdo, s.- Ave
notable por la universalidad de su apetito, y que sirve para ilustrar la
universalidad del nuestro. Los mahometanos y judíos no favorecen al
cerdo como producto alimenticio, pero lo respetan por la delicadeza de
sus costumbres, la belleza de su plumaje y la melodía de su voz. Esta
ave es particularmente apreciada como cantante: una jaula llena, puede
hacer llorar a más de cuatro. El nombre científico de este pajarito es Porcus Rockefelleri. El señor Rockefeller no descubrió el cerdo, pero se lo considera suyo por derecho de semejanza”.
“Desobediencia, s.- Borde plateado de una nube de servidumbre”.
“Empujón, s.- Una de las dos cosas que llevan al éxito, especialmente en política. La otra es el tirón”.
“Fidelidad, s.- Virtud que caracteriza a los que están por ser traicionados”.
“Gramática, s.- Sistema de trampas cuidadosamente preparadas en el camino por donde el autodidacto avanza hacia la distinción”.
“Hombre, s.- Animal
tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser, que
olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el
exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso,
se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo
habitable, además del Canadá”.
“Imbecilidad, s.- Especie de inspiración divina o fuego sagrado que anima a los detractores de este diccionario”.
“Justicia, s.-
Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a
cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales”.
“Kilt, s.- Traje que suelen usar los escoceses en Norteamérica y los norteamericanos en Escocia”.
“Libertad, s.- Uno
de los bienes más preciosos de la Imaginación, que permite eludir cinco o
seis entre los infinitos métodos de coerción con que se ejerce la
autoridad. Condición política de la que cada nación cree tener un
virtual monopolio. Independencia. La distinción entre libertad e
independencia es más bien vaga, los naturalistas no han encontrado
especímenes vivos de ninguna de las dos”.
“Mujer, s.- Animal
que suele vivir en la vecindad del Hombre, que tiene una rudimentaria
aptitud para la domesticación. Algunos de los zoólogos más viejos le
atribuyen cierta docilidad vestigial adquirida en una antigua época de
reclusión, pero los naturalistas del postfeminismo, que no saben nada de
esa reclusión, niegan semejante virtud y declaran que la mujer no ha
cambiado desde el principio de los tiempos. La especie es la más
ampliamente distribuida de todas las bestias de presa; infecta todas las
partes habitables del globo, desde las dulces montañas de Groenlandia
hasta las virtuosas playas de la India. El nombre que se le da
popularmente (mujerlobo) es incorrecto, porque pertenece a la
especie de los gatos. La mujer es flexible y grácil en sus movimientos,
especialmente la variedad norteamericana (Felis pugnans), es omnívora, y puede enseñársele a callar”.
“Noviembre, s.- Decimoprimer duodécimo del tedio”.
“Ociosidad, s.- Granja modelo donde el diablo experimenta las semillas de nuevos pecados y promueve el crecimiento de los vicios básicos”.
“Plebiscito, s.- Votación popular para establecer la voluntad del amo”.
“Quórum, s.- En un
cuerpo deliberativo, número de miembros suficiente para hacer su
voluntad. En el Senado norteamericano, se forma quórum con el presidente
de la Comisión de Finanzas y un mensajero de la Casa Blanca; en la
Cámara de Representantes, bastan el presidente del cuerpo y el demonio”.
“Riqueza, s.- Don
del Cielo que significa: “Este es mi hijo bien amado, en quien he puesto
toda mi complacencia” (John D. Rockefeller). Recompensa del esfuerzo y
la virtud (J.P.Morgan). Los ahorros de muchos en las manos de uno
(Eugene Debs). El inspirado lexicógrafo lamenta no poder agregar nada de
valor a estas excelentes definiciones”.
“Satanás, s.- Uno
de los lamentables errores del Creador. Habiendo recibido la categoría
de arcángel, Satanás se volvió muy desagradable y fue finalmente
expulsado del Paraíso. A mitad de camino en su caída, se detuvo,
reflexionó un instante y volvió.
—Quiero pedir un favor —dijo. —¿Cuál? —Tengo entendido que el hombre está por ser creado. Necesitará leyes. —¡Qué dices, miserable! Tú, su enemigo señalado, destinado a
odiar su alma desde el alba de la eternidad, ¿tú pretendes hacer sus
leyes? —Perdón; lo único que pido, es que las haga él mismo. Y así se ordenó”.
“Tierra, s.- Parte
de la superficie del globo, considerada como propiedad. La teoría de que
la tierra es un bien sujeto a propiedad privada constituye el
fundamento de la sociedad moderna, y es digna de esa sociedad. Llevada a
sus consecuencias lógicas, significa que algunos tienen el derecho de
impedir que otros vivan, puesto que el derecho a poseer implica el
derecho a ocupar con exclusividad, y en realidad siempre que se reconoce
la propiedad de la tierra se dictan leyes contra los intrusos. Se
deduce que si toda la superficie del planeta es poseída por A, B y C, no
habrá lugar para que nazcan D, E, F y G, o para que sobrevivan si han
nacido como intrusos”.
“Urraca, s.- Ave cuya inclinación al robo ha sugerido a algunos la posibilidad de enseñarle a hablar”.
“Verdad, s.-
Ingeniosa mixtura de lo que es deseable y lo que es aparente. El
descubrimiento de la verdad es el único propósito de la filosofía, que
es la más antigua ocupación de la mente humana y tiene buenas
perspectivas de seguir existiendo, cada vez, más activa, hasta el fin de
los tiempos”.
“Wall Street, s.-
Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los demonios. Que
Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que todo
ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al cielo”.
“Yugo, s.-
Implemento, mi estimada señora, a cuyo nombre latino, jugum, debemos una
de las palabras más esclarecedoras de nuestro idioma: la palabra que
define con precisión, ingenio y perspicacia la situación matrimonial”.
“Zeus, s.-
Rey de los dioses griegos, adorado por los romanos como Júpiter, y por
los norteamericanos como Dios, Oro, Plebe y Perro. Algunos exploradores
que han tocado las playas de América, entre ellos uno que pretende
haberse internado una considerable distancia, piensan que esos cuatro
nombres representan a cuatro divinidades separadas, pero en su inmortal
obra sobre Creencias Supérstites, Frumpp insiste en que los
nativos son monoteístas, y que ninguno tiene otro dios que sí mismo, a
quien adora bajo muchos nombres sagrados”.
Se publica en español la apasionante biografía dedicada al filósofo francés, una de las figuras más influyentes del siglo XX
Jacques Derrida, El Deconstructor/Motavali/ Opale/ Dachary./adncultura.com
Un filósofo, ¿tiene una vida? ¿Podemos escribir su
biografía? La pregunta se planteó en octubre de 1996, en un coloquio
organizado en la Universidad de Nueva York. En una intervención
improvisada, Jacques Derrida comenzó recordando:
Como ustedes saben, la filosofía tradicional excluye la
biografía, considera la biografía como algo externo a la filosofía.
Ustedes recordarán la frase de Heidegger respecto de Aristóteles: "¿Cuál
fue la vida de Aristóteles?". Pues bien, la respuesta necesita de una
sola frase: "Nació, pensó, murió". Y todo el resto es mera anécdota.
Sin embargo, no era ésta la posición de Derrida. Ya en 1976, en una conferencia sobre Nietzsche, escribía:
Ya no entendemos la biografía de un "filósofo" como un
corpus de accidentes empíricos que dejan un nombre y una firma fuera de
un sistema que sí se ofrecería a una lectura filosófica inmanente, la
única en ser considerada como filosóficamente legítima.
Derrida llamaba entonces a inventar "una nueva
problemática de lo biográfico en general y de la biografía de los
filósofos en particular" para repensar la frontera entre "el corpus y el
cuerpo". Esta preocupación nunca lo abandonó. En una entrevista tardía,
insistió en el hecho de que "la cuestión de la 'biografía'" no lo
incomodaba para nada. Incluso podría decirse que le interesaba mucho:
Yo soy de aquellos -pocos- que lo hemos señalado de
modo constante: es bien necesario (y es necesario hacerlo bien) volver a
llevar a escena la biografía de los filósofos y el compromiso firmado,
en particular el compromiso político, con su nombre propio, ya sea que
estemos hablando de Heidegger o de Hegel, Freud o Nietzsche, de Sartre o
Blanchot, etcétera.
De hecho, Derrida no temió recurrir a materiales
biográficos en sus propias obras, cuando hubo de referirse a Walter
Benjamin, Paul de Man y algunos otros. En Glas, por ejemplo, cita
profusamente la correspondencia de Hegel, mencionando sus vínculos
familiares y preocupaciones económicas, sin considerar esos textos como
menores ni como ajenos a su trabajo filosófico.
En una de las últimas secuencias de la película que le
dedicaran Kirby Dick y Amy Ziering Kofman, Derrida incluso se atreve a
llegar más lejos, al responder de manera provocadora a la pregunta sobre
qué le gustaría descubrir en un documental sobre Kant, Hegel o
Heidegger:
Me gustaría escucharlos hablar de su vida sexual. ¿Cuál
es la vida sexual de Hegel o de Heidegger? [...] Porque es algo de lo
que ellos no hablan. Me gustaría escucharlos mencionar algo acerca de
aquello de lo que no hablan. ¿Por qué los filósofos se presentan en su
obra como seres asexuados? ¿Por qué borraron su vida privada de su obra?
¿Por qué nunca hablan de cosas personales? No digo que haya que hacer
una película porno sobre Hegel o Heidegger. Quiero escucharlos hablar
del lugar que ocupa el amor en sus vidas.
De manera aún más significativa, la autobiografía -la
de los demás, principalmente la de Rousseau y la de Nietzsche, pero
también la suya- fue para Derrida un objeto filosófico como cualquier
otro, digno de consideración en sus generalidades y más aún en sus
detalles. Para él, incluso, la escritura autobiográfica era el género
por excelencia, aquel que primero le había provocado deseos de escribir,
aquel que nunca dejará de perseguirlo. Desde la adolescencia soñaba con
una especie de inmenso diario de vida y de pensamiento, con un texto
ininterrumpido, polimorfo y -por decirlo de algún modo- absoluto:
En el fondo, las Memorias -aunque con una forma que no
sería lo que en general llamamos "Memorias"- son la forma general de
todo lo que me interesa, el deseo irrefrenable de conservarlo todo, de
reunir todo en el idioma de uno. Y la filosofía -en todo caso, la
filosofía académica-, para mí, siempre estuvo al servicio de ese
designio autobiográfico de memoria.
En
1981, Derrida fue detenido en Praga, adonde había ido a dar seminarios
clandestinos a disidentes. Aquí, junto a su mujer Marguerite en la Gare
de l''Est, en París, tras su demorada liberación. Foto: AFP / Joel
Robine
Derrida nos brindó esas Memorias que no lo son,
diseminándolas en muchos de sus libros. "Circonfesión", La tarjeta
postal, El monolingüismo del otro, Velos, Mémoires d'aveugle* [Memorias
de ciego], La contre-allée y muchos otros textos, entre ellos muchas
entrevistas tardías y las dos películas que le fueron dedicadas, dibujan
una autobiografía fragmentaria, pero rica en detalles concretos y, en
algunos casos, muy íntimos, que Derrida llegó a designar como "opus
autobiotánatoheterográfico". [...]
Durante mucho tiempo, los lectores de Derrida no
supieron nada de su infancia ni de su juventud. Apenas tenían acceso al
año de su nacimiento, 1930, y al lugar, El Biar, un suburbio de Argel.
Si bien es cierto que en Glas y sobre todo en La tarjeta postal se
presentan alusiones autobiográficas, se encuentran tan sometidas a los
juegos textuales que se mantienen radicalmente inciertas y como
irresolubles.
Es en 1983, en una entrevista con Catherine David para
Le Nouvel Observateur, cuando Jacques Derrida acepta por primera vez dar
algunos detalles fácticos. Lo hace de un modo irónico y vagamente
exasperado y con un estilo cuasi telegráfico, como si estuviera apurado
por desembarazarse de esas preguntas imposibles:
-Hace un momento usted hablaba de Argelia, fue allí donde para usted comenzó.
-Ah. usted quiere que le diga cosas como
"Nací-en-El-Biar-en-la-periferia-de-Argel-familia-judía-pequeño-burguesa-asimilada-pero.".
¿Es necesario? No lo lograré, necesito ayuda.
-¿Cómo se llamaba su padre?
-Caramba... Mi padre tenía cinco nombres. Todos los
nombres de la familia están encriptados, junto con algunos otros, en La
tarjeta postal. En algunos casos son ilegibles para las mismas personas
que los llevan, a menudo sin mayúscula, como uno haría con "aimé" o
"rené".
-¿A qué edad dejó Argelia?
-Sin lugar a dudas. Llegué a Francia a los 19 años.
Nunca me había alejado de El Biar. Guerra de 1940 en Argelia, por lo
tanto, primeros rugidos subterráneos de la guerra de Argelia.
En 1986, en un diálogo con Didier Cahen en el programa
de France-Culture Le bon plaisir de Jacques Derrida, renueva las mismas
objeciones, al tiempo que reconoce que la escritura probablemente
permitiría abordar estas cuestiones:
Me gustaría que hubiera un relato posible. Por el
momento, no es posible. Sueño con llegar un día, no a hacer el relato de
esa herencia, de esa experiencia pasada, de esa historia, sino a
convertirlo al menos en un relato entre otros posibles. Pero, para
lograrlo, necesitaría realizar un trabajo, lanzarme en una aventura de
la que hasta ahora no he sido capaz. Inventar, inventar un lenguaje,
inventar modos de anamnesis.
''Argel,
la Blanca'' para la época en que Derrida vino al mundo. El futuro
filósofo vivió allí hasta los diecinueve años, cuando se trasladó a
París para continuar sus estudios. Foto: Corbis
Poco a poco, las alusiones a la infancia se van
volviendo menos reticentes. En Ulises gramófono, en 1987, cita su nombre
de pila secreto, Élie, el que le fue dado en el séptimo de sus días. En
Mémoires d'aveugle [Memorias de ciego], tres años después, evoca su
"celo herido" respecto de los talentos de dibujante que la familia
reconocía en su hermano René.
El año 1991 marca un vuelco, con el volumen Jacques Derrida
, que se publica en la colección Les Contemporains de Seuil: no
solamente la contribución de Jacques Derrida, "Circonfesión", es de
punta a punta autobiográfica, sino que además, en el "Curriculum Vitae"
que sigue al análisis de Geoffrey Bennington, el filósofo acepta
plegarse a lo que designa como "la ley del género", aunque lo hace con
una diligencia que su coautor califica púdicamente como "desigual". Pero
claramente la infancia y la juventud son las partes privilegiadas, al
menos en lo que se refiere a notaciones personales.
A partir de este momento, las páginas autobiográficas
se hacen cada vez más numerosas. Como reconoce Derrida en 1998, "durante
las dos últimas décadas [.], de un modo a la vez ficticio y no
ficticio, los textos en primera persona se han ido multiplicando: actos
de memoria, confesiones, reflexiones sobre la posibilidad o la
imposibilidad de la confesión". A poco de comenzar a reunirlos, estos
fragmentos proponen un relato notablemente preciso, aunque también es
repetitivo y lagunoso a la vez. Se trata de una fuente inapreciable, la
principal para este período, la única que nos permite evocar esa
infancia de manera sensible y como desde el interior. Pero estos relatos
en primera persona -cabe recordarlo- deben ser leídos ante todo como
textos. Deberíamos acercarnos a ellos con tanta prudencia como a las Confesiones
de san Agustín o de Rousseau. Y, de todas maneras -como reconoce
Derrida- se trata de reconstrucciones tardías, tan frágiles como
inciertas: "Intento recordar, más allá de los hechos documentados y las
referencias subjetivas, qué era lo que podía pensar, sentir, en aquel
momento, pero esos intentos casi siempre fracasan".
Lamentablemente, las huellas materiales que uno puede
agregar y confrontar con este abundante material autobiográfico son
pocas. Gran parte de los papeles familiares parece haber desaparecido en
1962, cuando los padres de Derrida dejaron precipitadamente El Biar. No
encontré ninguna carta del período argelino. Y, a pesar de mis
esfuerzos, me fue imposible echar mano al más mínimo documento en las
escuelas a las que asistió. Pero tuve la oportunidad de poder recoger
cuatro valiosos testimonios de aquellos lejanos años: los de René y
Janine Derrida -el hermano mayor y la hermana de Jackie-, el de su prima
Micheline Lévy y el de Fernand Acharrok, uno de sus más íntimos amigos
de aquel entonces.
En 1930, el año de su nacimiento, Argelia celebra con
gran pompa el centenario de la conquista francesa. Durante su viaje, el
presidente de la República, Gaston Doumergue, celebra "la admirable obra
de colonización y civilización" realizada desde hacía un siglo. Ese
momento es considerado por muchos como el apogeo de la Argelia francesa.
Al año siguiente, en el bosque de Vincennes, la Exposición Colonial
recibirá a 33 millones de visitantes, mientras que la exposición
anticolonialista pensada por los surrealistas apenas logra un muy
modesto éxito.
Con sus 300 mil habitantes, su catedral, su museo y sus
grandes avenidas, "Argel la Blanca" se muestra como la vidriera de
Francia en África. Todo busca recordar las ciudades de la metrópoli,
empezando por el nombre de las calles: avenida Georges Clemenceau,
bulevar Gallieni, calle Michelet, plaza Jean Mermoz, etc. Allí, los
"musulmanes" o "indígenas" -como se llama generalmente a los árabes- son
levemente minoritarios respecto de los "europeos". La Argelia donde
crecerá Jackie es una sociedad profundamente desigual, tanto en el plano
de los derechos políticos como en el de las condiciones de vida. Las
comunidades se codean pero casi no se mezclan, sobre todo cuando se
trata de casarse.
Como muchas familias judías, los Derrida llegaron desde
España mucho antes de la conquista francesa. Desde el comienzo mismo de
la colonización, los judíos fueron considerados por las fuerzas de
ocupación francesas como auxiliares y aliados potenciales, lo cual los
alejó de los musulmanes, con los que hasta entonces se mezclaban. Otro
acontecimiento va a separarlos aún más: el 24 de octubre de 1870, el
ministro Adolphe Crémieux da su nombre al decreto que naturaliza en
bloque a los 35 mil judíos que viven en Argelia. Pero esto no impide que
a partir de 1897 se desencadene el antisemitismo en Argelia. Un año
después, Édouard Drumont, el tristemente famoso autor de La Francia judía , es elegido diputado de Argel.
Una de las consecuencias del decreto Crémieux es la
creciente asimilación de los judíos en la vida francesa. Se conservan
las tradiciones religiosas, pero en un espacio exclusivamente privado.
Se afrancesan los nombres judíos o, como en la familia Derrida, se los
relega a una discreta segunda posición. Se habla de "templo" antes que
de "sinagoga", de "comunión" antes que de " bar mitzvah ". El
propio Derrida, mucho más atento a las cuestiones históricas de lo que
se suele pensar, era muy sensible a esta evolución:
Participé de una extraordinaria transformación del
judaísmo francés en Argelia: mis bisabuelos todavía eran muy cercanos a
los árabes por la lengua, la ropa, etc. Después del decreto Crémieux
(1870), a fines del siglo XIX, la generación siguiente se aburguesó: mi
abuela [materna], aunque se había casado casi clandestinamente en el
patio trasero de una alcaldía de Argel a causa de los pogromos (en pleno
caso Dreyfus), ya criaba a sus hijas como burguesas parisinas (buenos
modales del 16e arrondissement , clases de piano, etc.). Luego
vino la generación de mis padres: pocos intelectuales, sobre todo
comerciantes, modestos o no, de los cuales algunos ya explotaban la
situación colonial convirtiéndose en representantes exclusivos de
grandes marcas metropolitanas.
El padre de Derrida, Haïm Aaron Prosper Charles,
llamado Aimé, nació en Argel el 26 de septiembre de 1896. A los 12 años
entra como aprendiz en la casa de vinos y licores Tachet, donde
trabajará toda su vida, como lo había hecho su propio padre, Abraham
Derrida, y como lo había hecho el de Albert Camus, también empleado en
una casa de vinos, en el puerto de Argel. En el período de entreguerras,
la vid es la primera fuente de ingresos de Argelia y su viñedo es el
cuarto del mundo.
El 31 de octubre de 1923, Aimé se casa con Georgette
Sultana Esther Safar, nacida el 23 de julio de 1901, hija de Moïse Safar
(1870-1943) y Fortunée Temime (1880-1961). Su primer hijo, René
Abraham, nace en 1925. Un segundo hijo, Paul Moïse, muere a los 3 meses
de edad, el 4 de septiembre de 1929, menos de un año antes del
nacimiento de quien se convertirá en Jacques Derrida. Seguramente esto
hará de él -escribirá en "Circonfesión"- "un preciado pero muy
vulnerable intruso, un mortal de más, Élie amado en lugar de otro".
Jackie nace al amanecer, el 15 de julio de 1930, en El
Biar, en los altos de Argel, en una casa de vacaciones. Su madre se negó
hasta último momento a interrumpir una partida de póker, un juego que
seguirá siendo la pasión de su vida. El primer nombre del niño
seguramente fue elegido en honor a Jackie Coogan, que tenía el papel
protagónico en The Kid. En el momento de la circuncisión, le dan también
un segundo nombre, Élie, que no se inscribe en el registro civil,
contrariamente al de su hermano y hermana.
Hasta 1934, la familia vive en la ciudad, salvo durante
los meses de verano. Viven en la calle Saint-Augustin, lo cual puede
parecer demasiado bello para ser verdad, cuando se sabe la importancia
que tendrá el autor de las Confesiones en la obra de Derrida. De esta
primera vivienda, donde sus padres pasaron nueve años, sólo conserva
imágenes muy vagas: "Un vestíbulo oscuro, un almacén debajo de la casa".
Poco antes del nacimiento de un nuevo hijo, los Derrida
se mudan a El Biar -"el pozo", en árabe-, un suburbio más bien
acomodado donde los niños podrán respirar. Se endeudan por largos años y
compran un modesto chalé, en el número 13 de la calle Aurelle de
Paladines. Situado "al borde de un barrio árabe y de un cementerio
católico, al final del camino del Reposo", cuenta con un jardín que más
adelante recordará como "el Vergel", el " Pardès " o "pardes",
como le gusta escribir, imagen tanto del Paraíso como del Gran Perdón y
lugar esencial en la tradición de la Cábala.
El nacimiento de su hermana Janine se corresponde con
una anécdota que se hizo famosa en la familia, la primera "frase" de
Derrida que llega hasta nosotros. Cuando sus abuelos lo hacen entrar en
la habitación, le muestran un baúl, que contenía los elementos
necesarios para un parto de la época, diciendo que su hermanita había
venido de allí. Jackie se acerca a la cuna y mira a la beba antes de
declarar: "Quiero que la pongan de nuevo en su valija".
A los 5 o 6 años, Jackie es un niño muy simpático. Con
un pequeño sombrero de paja en la cabeza, canta canciones de Maurice
Chevalier durante las fiestas familiares. Suelen apodarlo le Négus [el
negro], por la negrura de su piel. Durante toda su primera infancia, la
relación de Jackie y su madre es especialmente simbiótica. Georgette,
que había tenido una nodriza hasta los 3 años, no era muy tierna ni
demostrativa con sus hijos. Pero esto no impidió que Jackie sintiera
verdadera adoración por ella, similar a la del pequeño Marcel de En
busca del tiempo perdido. Derrida se describirá como "ese niño con quien
los grandes se divertían haciéndolo llorar porque sí o porque no", ese
niño "que hasta la pubertad todas las noches exclamaba 'Tengo miedo,
mamá', hasta que lo dejaban dormir en un diván cerca de sus padres".
Cuando lo llevan a la escuela, se queda hecho un mar de lágrimas en el
patio, con el rostro pegado contra la reja.
Recuerdo muy bien la angustia de la separación de mi
familia, de mi madre, mis llantos, los gritos en el jardín de infantes.
Vuelvo a ver las imágenes de cuando la maestra me decía "Tu mamá vendrá a
buscarte" y yo le preguntaba "¿Dónde está?". Ella me decía "En la
cocina" y yo imaginaba que en ese jardín [.] había un lugar donde mi
madre cocinaba. Recuerdo las lágrimas y los gritos de la entrada y las
risas a la salida. [.] Llegué a inventar enfermedades para no ir a la
escuela, pedía que me tomaran la temperatura.
El futuro autor de "Tímpano" y "L'oreille de l'autre"
[La oreja del otro] sufre repetidas otitis, que provocan gran
preocupación en la familia. Lo llevan de médico en médico. Los
tratamientos de la época son violentos, con lavados de agua caliente que
perforan el tímpano. En un momento, incluso le quitan el hueso
mastoides, una operación muy dolorosa, pero muy frecuente por entonces.
En este período ocurre un drama infinitamente más
grave: su primo Jean-Pierre, que es un año mayor, muere atropellado por
un auto, delante de su casa de Saint-Raphaël. El shock se acrecienta
porque al principio en la escuela le anuncian, por error, que quien
acaba de morir es su hermano René. Derrida quedará muy marcado por este
primer duelo. Un día le dirá a su prima Micheline Lévy que le tomó años
comprender por qué había llamado Pierre y Jean a sus dos hijos.
Derrida
Benoît Peeters FCE Las más de seiscientas
páginas escritas por el belga Peeters sobre el filósofo franco-argelino
siguen el modelo de biografía anglosajona. Ampliamente documentado, es
un texto ineludible sobre la figura de Derrida, pero también sobre los
avatares del pensamiento francés de la segunda mitad del siglo pasado.
"Al igual que el coronel
Aureliano Buendía, también García Márquez fue a conocer el hielo,
por supuesto no el témpano textual, sino el de las leyendas de
la infancia"
Gabriel García Márquez sosteniendo el peso de Cien años de soledad
"Muchos años después,
frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía
había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a
conocer el hielo". Así empieza Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez que integra, desde ahora (con Rayuela, de Cortázar, y La casa verde,
de Vargas Llosa), el tríptico más creador de la última narrativa
hispanoamericana. Al igual que el coronel Aureliano Buendía,
también García Márquez fue a conocer el hielo, por supuesto no el
témpano textual, sino el de las leyendas de la infancia, ese que hizo
que confesara a Luis Harss : "Se me están enfriando los mitos"[1].
Afortunadamente, más o menos por la misma época de esa
confesión, decidió reanimarlos, volverlos a la vida, mediante el
simple recurso de acercarles un poco de delirio.
Gabriel García Márquez nació en Aracataca, el 6 de marzo
de 1928. En 1955, cuando publicó su primera novela La hojarasca, ya era conocido por su cuento Un día después del sábado,
que obtuviera el primer premio en el concurso de cuentos
convocado por la Asociación de Escritores y Artistas de su país.
La novela, que desde el primer momento tuvo buena acogida de la
crítica, sólo en 1960, al ser publicada por la Organización
Internacional de los Festivales del Libro, se convirtió en un best-seller (en Colombia se vendieron treinta mil ejemplares). En 1961, publicó una segunda novela, El coronel no tiene quien le escriba; en 1962, un volumen de notables cuentos, Los funerales de la Mamá Grande, y en 1963 una nueva novela, La mala hora,
publicada en España por una editorial que, probablemente con el
afán de anticiparse a la censura, "se permitió libertades que
sacaron de quicio al novelista y motivaron las enérgicas
protestas de quien ya no se reconocía en la criaturas" [2].
Casi todos los relatos de García Márquez
transcurren en Macondo, un pueblo prototípico, tan inexistente
como el faulkneriano condado de Yoknapatawpha o la Santa María de
nuestro Onetti, y sin embargo tan profundamente genuino como uno
y otra. No obstante, de esos tres puntos claves de la geografía
literaria americana, tal vez sea Macondo el que mejor se imbrica
en un paisaje verosímil, en un alrededor de cosas poco menos que
tangibles, en un aire que huele inevitablemente a realidad; no,
por supuesto, a la literal, fotográfica, sino a la realidad más
honda, casi abismal, que sirve para otorgar definitivo sentido a la
primera y embustera versión que suelen proponer las apariencias. En
Yoknapatawpha y en Santa María las cosas son meras referencias, a
lo sumo cándidos semáforos que regulan el tránsito de los
complejos personajes; en Macondo, por el contrario, son
prolongaciones, excrecencias, involuntarios anexos de cada ser
en particular. El paraguas o el reloj del coronel (en El coronel no tiene quien le escriba), las bolas de billar robadas por Dámaso (en En este pueblo no hay ladrones), la jaula de turpiales construida por Baltazar (en La prodigiosa tarde de Baltazar), los pájaros muertos que asustan a la viuda Rebeca (en Un día después del sábado), el clarinete de Pastor (en La mala hora), la bailarina a cuerda (en La hojarasca),
pueden ser obviamente tomados como símbolos, pero son mucho más
que eso: son instancias de vida, datos de la conciencia,
reproches o socorros dinámicos, casi siempre testigos
implacables. Por otra parte, el novelista
crea elementos de nivelación (el calor, la lluvia) para emparejar
o medir seres y cosas. (Por lo menos el primero de esos rasgos
ha sido bien estudiado por Ernesto Volkening [3]. En La hojarasca, en El coronel,
en alguno de los cuentos, el calor aparece como un caldo de
cultivo para la violencia; la lluvia, como un obligado
aplazamiento del destino. Pero calor y lluvia sirven para inmovilizar
una miseria viscosa, fantasmal, reverberante. El calor,
especialmente, hace que los personajes se muevan con lentitud,
con pesadez. Por objetiva que resulte la actitud del narrador,
hay situaciones que, reclutadas fuera de Macondo o quizá del
trópico, se volverían inmediatamente explosivas; en el pueblo
inventado por García Márquez son reprimidas por la canícula.
(Quizá valdría la pena comparar el machismo urgente de las novelas mexicanas con el machismo sobrio
de García Márquez). Claro que, entonces, la parsimonia de esas
criaturas pasa a. tener un valor alucinante, un aura de delirio,
algo así como una escena de arrebato proyectada en cámara lenta.
Es así que pocos relatos de García Márquez
incluyen escenas de violencia desatada. Colombia es el. país
latinoamericano donde, en obediencia a la vieja ley de la oferta y
la demanda, se han escrito más tratados sobre la violencia
(hasta un sacerdote, Germán Guzmán Campos, es coautor de un libro sobre
el tema) ; en un medio así, la economía de ímpetus que aparecen
en estos cuentos y novelas, puede parecer inexplicable. La verdad
es, sin embargo, que la violencia queda registrada, aunque de
una manera muy peculiar. Ya sea como cicatriz del pasado o como
amenaza del futuro, la violencia está siempre agazapada bajo la
paz armada de Macondo. En estos relatos, el presente (que sirve
de soporte a una impecable técnica del punto de vista) es un mero
interludio entre dos violencias. En La hojarasca,
por ejemplo, lo actual es la lenta asunción de un cadáver, los
morosos prolegómenos de su entierro; sin embargo, el pasado del
médico suicida está sembrado de conminaciones, de condenas
públicas, de infiernos privados, y la trayectoria del ataúd, que "queda flotando en la claridad, como si llevaran a sepultar un navío muerto", no es por cierto más segura. En El coronel,
ese viejo matrimonio que se va hundiendo en la miseria y que
diariamente hace el patético escrutinio de sus negociables
pertenencias, registra una devastación de su pasado (el hijo fue
acribillado en la gallera, por distribuir información
clandestina) y la última línea de la novela está ocupada por una
rutilante palabrota que abre la puerta a nuevos estragos. Pero entre uno
y otro extremo sólo existe, bordeada por el calor y la lluvia,
una calma eléctrica, amenazada, tensa, húmeda. Aun el gallo, que
es de riña (es decir, de violencia), heredado del hijo muerto, es
no sólo un símbolo, sino un ejecutante de ese destino, pero
habrá de ejercerlo una vez que termine la novela, cuando llegue
la estación de las riñas; mientras tanto, es apenas un testigo.
No es, sin embargo, casual que, en el país de la
violencia, los relatos de García Márquez transcurran por lo
general en las escasas treguas. Tal vez ello muestre, por parte
del novelista, la voluntad de obligarse a ser lúcido en una
región donde cl hervor y el arrebato han instaurado un nuevo nivel de
expiaciones y una nueva ley que no es necesariamente ciega. García
Márquez no es un escritor de obvio mensaje político; su
compromiso es más sutil. Acaso por eso elija las treguas:
porque esos lapsos son probablemente los únicos en que la mirada
del colombiano tiene ocasión de detenerse sobre los hechos
escuetos, sobre la sangre ya seca, sobre la angustia siempre
abierta. Sólo durante las treguas es posible llevar a cabo el
balance de los estallidos. García Márquez no intenta extraer
consecuencias históricas, políticas o sociológicas; se limita a mostrar
como son los colombianos (al menos, los hipotéticos colombianos
de Macondo) entre uno y otro fragor, entre una y otra redada
letal. El balance se hace espontáneamente, mediante las duras
compensaciones de la vida que vuelve a transcurrir. Durante esas
paces precarias, el coronel (que "no tiene quien le escriba"
acerca de la pensión que reclama como ex-combatiente de la guerra
de los mil días) reinicia su espera infructuosa, vuelve a
sumergirse en su incurable optimismo, reactualiza el parco amor
que lo une a su mujer. No obstante, en la última línea reasume su
belicoso desencanto, pronuncia la agresiva palabrota como una
forma de sentirse vivo. Algunos de los cuentos que integran el volumen Los funerales de la Mamá Grande pueden contarse entre las muestras más perfectas que ha dado el género en América Latina. La siesta del martes, La prodigiosa tarde de Baltazar, Un día después del sábado,
y el que da título al libro (formidable empresa en la que García
Márquez usa el estilo y los lugares comunes de la
glorificación, precisamente para destruir un mito), son relatos
de una concisión admirable y sobre todo de un excepcional
equilibrio artístico. Volkening ha reconocido con acierto el carácter fragmentario
de estos cuentos, pero tengo la impresión de que se equivoca al
atribuir ese carácter a la "visión de un mundo inconcluso" [4].
La verdad es que, pese a tal fragmentarismo, García Márquez no
pierde nunca de vista las claves y el sentido que el conjunto le
otorga. Habría que decir que, en su caso particular, los árboles
no le impiden ver el bosque. Por cierto me parece más atinada la
observación de Angel Rama: "El sistema fragmentario le ha servido
justamente para componer los diversos paneles de tal modo que en
el esfuerzo del lector por rearmar el cuadro, estableciendo las
vinculaciones no dichas, sólo sugeridas, cobre existencia
autónoma la obra revelándose el sentido último de la creación. A
pesar de que estamos ante un determinisino social muy acusado,
esta obra convoca la libertad del lector, la hace posible por su
participación creadora"[5]. Precisamente es en La hojarasca
donde esa tesis empieza a comprobarse, no ya mediante el cotejo,
con otros relatos, sino dentro del sistema contrapuntístico usado
en la propia novela. Frente al cadáver del médico francés que se ha
ahorcado, tres personajes (que son además tres generaciones: el
abuelo, la hija, el nieto) piensan por turno acerca del suicida o
de sí mismos, barajan imágenes y recuerdos, enfocan doble o
triplemente algún hecho único, singular. El tiempo externo de la
novela es aproximadamente una hora; pero en cambio es enorme el
lapso abarcado por el tríptico mnemónico. También aquí la
construcción se hace en base a fragmentos, pero (a diferencia de
lo que acontecerá con los cuentos) el todo está a la vista, rompe
los ojos. En La hojarasca, García Márquez todavía no tiene la mano segura que escribirá los mejores cuentos y El coronel.
Todavía se nota demasiado el implacable trazado de zonas, la
excesiva preocupación por los cruces peripécicos, cierta
intención de distanciamiento que, en algunos capítulos,
desvitaliza a los personajes. Aun con tales descuentos, no deben ser
muchos los escritores latinoamericanos que hayan inaugurado su
carrera literaria con un libro tan bien estructurado, tan
austeramente escrito y tan artísticamente válido. Luego vendrá El coronel no tiene quien le escriba,
un relato en tercera persona que transcurre casi en línea
recta. La sobriedad expositiva es llevada al máximo; el narrador,
que se prohibe hasta los menores lujos verbales, contrae (y
cumple) la obligación de no tomar partido por los personajes, y
de exponer diversas (aunque no todas) etapas del expediente a fin de
que el lector use su propia imaginación para crear los complementos
y extraer luego sus conclusiones. La novela tiene un ritmo tan
peculiar que, sin él, la historia perdería gran parte de la
fascinación que ejerce sobre el lector. Para contar esas
incesantes idas y venidas del coronel (del usurero al sastre, del
correo al abogado, del médico al sacerdote, y siempre regresando
donde su mujer y su gallo), para relatar ese tránsito cansino
pero sostenido, es imposible imaginar otra prosa que no sea ésta,
sustancial, despojada, precisa, sin un adjetivo de más ni una verdad
de menos. En La mala hora, la
violencia es una presencia agazapada. Todas las mañanas, las paredes
del pueblo aparecen con pasquines que revelan detalles ignominiosos
de la vida del pueblo. Pero también es una presencia literal. "Usted no sabe", le dice el peluquero, a Arcadio, el juez, "lo
que es levantarse todas las mañanas con la seguridad de que lo
matarán a uno, y que pasen diez años sin que lo maten". "No lo
sé", contesta Arcadio, "ni quiero saberlo". Pero en La mala hora,
el crimen es algo más que un recuerdo. Ya en sus comienzos,
César Montero oye el clarinete de Pastor, que trae a su mujer el
recuerdo de la letra: "Me quedaré en tu sueño hasta la muerte". Y en realidad se queda, porque Montero sale y lo mata de un tiro de escopeta. Los personajes de La mala hora
constituyen suerte de coro, una mala una conciencia plural que
con vierte al pueblo en una gran olla de rencor. Los adulterios, las
estafas, los resentimientos, ceban la muerte, pero también
encarnizan la acusación anónima. "Quiero que pongas el naipe", dice el alcalde a Casandra, la templada adivina del circo, "a ver si puede saberse quién es el de estas vainas". Ella calcula bien las consecuencias, antes de echar las cartas q interpretarlas con precisa lucidez: "Es todo el pueblo y no es nadie". La novela no llega al nivel de El coronel,
quizá porque García Márquez se pasa aquí de austero. Los
personajes son lacónicos, la trama es ambigua, el hilo anecdótico
es mínimo, los personajes son vistos casi siempre desde fuera.
El autor sortea casi todos esos riesgos, pero de a ratos la novela
parece inmovilizarse, no dar más de sí. Al contrario de lo que sucede
con Un día después del sábado, que parece un cuento con tema de novela, La mala hora podría ser una novela con tema de cuento.
Llegados a este punto, sin embargo, habrán de
caerse todos los peros. La más reciente novela de García Márquez,
Cien años de soledad, es una empresa que en su mero
planteo parece algo imposible y que sin embargo en su realización
es sencillamente una obra maestra. "Las cosas tienen vida propia", pregona el gitano Melquiades en su primera irrupción, "todo es cuestión de despertarles el ánima".
No otra cosa hace García Márquez, que en un largo arranque que
tiene mucho de vertiginosa, incontenible inspiración [6], pero
también mucho de tenaz elaboración previa, despierta no sólo a
las cosas y a los seres, sino también a los fantasmas de unas y
otros. Todos los libros anteriores, aun los más notables (como Los funerales de la Mamá Grande y El coronel no tiene quien le escriba),
se convierten ahora en un intermitente borrador de esta novela
excepcional, en la trama de datos más o menos verosímiles que
servirán de trampolín para el gran salto imaginativo.
Aparentemente cada uno de los libros anteriores fue un fragmento
de la historia de Macondo (aun los relatos que no transcurren en
ese pueblo, se refieren a él e integran su mundo) y éste de
ahora es la historia total. Pero esta historia total abre puertas y
ventanas, elimina diques y fronteras. Siempre se trata de Macondo,
claro, y ese pueblo mítico, aun en los libros anteriores, fue
quizá una imagen de Colombia toda; pero ahora Macondo es
aproximadamente América Latina; es tentativamente el mundo.
Asimismo, la novela es la historia de los Buendía, pero también
del Hombre, que lleva no cien sino miles de años de soledad. A
través de un siglo, los personajes van entregando y recogiendo
nombres como postas, y los Aurelianos y los Arcadios, las Ursulas
y las Amarantas, se suceden como cielos lunares. Claro que, en definitiva, lo que menos importa es la alegoría. Cien años de soledad
es sobre todo (anunciémoslo sin vergüenza y con orgullo) una
novela de lectura plenamente disfrutable. Y eso en todos sus
niveles: en el de la anécdota, que es sorpresiva, novedosa,
incalculable; en el del lenguaje, que es terso, claro, sin
anfractuosidades; en el de la estructura, que es imponente y sin
embargo no hace pesar su descomunalidad; en el de su buen humor,
verdadero armisticio de estas criaturas longevas, alarmantes y
contradictorias; en el de su simbología, ya que aquí hay señas y
contraseñas para todas las lupas; y por último, en el de su
espléndida libertad creadora, ya que en esta novela de realidades
y de ensoñaciones, el legado surrealista vuelve por sus fueros e
impregna de gloriosa juventud, de imaginativa dispensa, de
aptitud sortílega, de cautivante diversión, un contexto como el
colombiano, cuya acrimonia, ira y desecación (al menos en su literatura)
son proverbiales. Si tuviera que
elegir una sola palabra para dar el tono de esta novela, creo que esa
palabra sería: aventura. La aventura invade la peripecia y el
estilo, el paisaje y el tiempo, la mente y el corazón de
personajes y lectores. El autor aparece como un mero instigador
de tanta disponibilidad aventurera como posee la historia, como
propone la geografía, como tolera la nosomántica. Incluso el
elemento fantástico está prodigiosamente imbricado en esa
trabazón aventurera. Asistimos con el mismo desvelo a la (muy
verosímil), doble vida sentimental de Aureliano Segundo, que a la
subida al cielo en cuerpo y alma de la bella Remedios Buendía. Todo, lo
creíble y lo increíble, está nivelado en la obra gracias a su
condición aventurera. El azar cae del cielo tan naturalmente como
la lluvia, pero no hay que olvidar que una sola lluvia macondiana
dura cuatro años, once meses y dos días. Allá por su cuento (tan difundido en antologías) Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, García Márquez hablaba del "dinamismo interior de la tormenta". Pues bien, en Cien años de soledad
ese dinamismo por fin se exterioriza, y arrolla con todo: los
techos, las paredes, la razón, los pronósticos. La nueva novela
tiene numerosas referencias a personajes de las otras instancias
de Macondo que figuran en La hojarasca, en Los funerales, en El coronel, en La mala hora,
pero basta comparar la austera credibilidad de aquellas figuras
con la desembarazada, casi loca articulación que ahora mueve a
los mismos personajes, para advertir que si el Macondo de los otros
libros transcurría a ras de suelo, éste de ahora transcurre a ras
de sueño. Los ojos abiertos que, tácitamente, el novelista
reclama del lector, son en cierto modo los de una vigilia dentro
del sueño. Por algo, la más famosa enfermedad que atraviesa el
libro, es la peste del insomnio. ¿Dónde es permitido mantenerse
inexorablemente despierto? ¿en qué región que no sea la del sueño
es posible la vigilia total, inacabable? Justamente, varios de
los pasajes más notables de la obra (por ejemplo, la posesión de
Amaranta Ursula por el último Aureliano) son aquellos en que las
cosas acontecen no exactamente como en la embridada realidad, sino
como suelen transcurrir en la dimensión imprevisible de los sueños,
cuando el inconsciente aparta por fin todas las convenciones y
prójimos que molestan, todos los códigos, rituales y miradas que
impiden el cumplimiento de los deseos más raigales. "En el
fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Ursula
comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan
irracional, que habría podido despertar las sospechas del marido
contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de
evitar". Sí, Amaranta Ursula lo comprende, y evidentemente
se trata de uno de esos lúcidos alcances que sobrevienen dentro
del sueño, porque un silencio así, tan compacto, tan fragante,
tan fértil, entre dos que hacen peleada y furiosamente el amor,
puede sobrevenir, en el plano de la mera comprensión, como un deseo
que tiene conciencia de las distancias; pero sólo puede realizarse
en esa desenvoltura, inmune y resuelta, que crea el ensueño.
En una dimensión así, donde todo parece
levemente distorsionado pero no irreal, cada premonición ocurre
como vislumbre, cada palabrota suena como un canon, cada muerte
viene a ser un tránsito deliberado. Quizá ahí esté el más
recóndito significado de estos pavorosos, desalados, mágicos,
sorprendentes Cien años de soledad. Porque la verdad es que nunca se está tan solo como en el sueño. (1967) Por Mario Benedetti Letras del continente mestizo, Arca, 1972 Notas
[1] Luis Harss: Los nuestros, Buenos Aires, 1966. [2] Así informó la revista Eco, Bogotá, N° 40, agosto 1963. [3] Ernesto Volkening: Gabriel García Márquez o el trópico desembrujado, en revista Eco, Bogotá, N° 40, agosto 1963. [4] Art. cit. [5] Angel Rama: García Márquez: la violencia amena, en semanario Marcha,
Montevideo, N° 1201, 17 de abril Montevideo, N° 1201, 17 de
abril de 1964.[6] Según cuenta Luis Harss (ver nota 1), García Márquez
le escribió en noviembre de 1985: "Estoy loco de felicidad.
Después de cinco años de esterilidad absoluta, este libro está
saliendo como un chorro, sin problemas de palabras".
Gabriel García Márquez: Homenaje: 85.45.30* Cien años de soledad o El Embrujo de la Palabra en la Novela Total
*85 años de Gloria. 45 años de la publicación de Cien años de soledad. 30 años del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura.