La mitad de los brasileños es pobre o muy pobre, pero el país de Lula es el segundo mercado mundial de las lapiceras Montblanc y el noveno comprador de autos Ferrari, y las tiendas Armani de Sao Paulo venden más que las de Nueva York.
Pinochet, el verdugo de Allende, rendía homenaje a su víctima cada vez que hablaba del "milagro chileno". El nunca lo confesó, ni tampoco lo han dicho los gobernantes democráticos que vinieron después, cuando el "milagro" se convirtió en "modelo": ¿qué sería de Chile si no fuera chileno el cobre, la viga maestra de la economía, que Allende nacionalizó y que nunca fue privatizado?
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En América nacieron, no en la India, nuestros indios. También el pavo y el maíz nacieron en América, y no en Turquía, pero la lengua inglesa llama turkey al pavo y la lengua italiana llama granturco al maíz.
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El Banco Mundial elogia la privatización de la salud pública en Zambia: "Es un modelo para el Africa. Ya no hay colas en los hospitales". El diario The Zambian Post completa la idea: "Ya no hay colas en los hospitales, porque la gente se muere en la casa".
Hace cuatro años, el periodista Richard Swift llegó a los campos del oeste de Ghana, donde se produce cacao barato para Suiza. En la mochila, el periodista llevaba unas barras de chocolate. Los cultivadores de cacao nunca habían probado el chocolate. Les encantó.
Los países ricos, que subsidian su agricultura a un ritmo de mil millones de dólares por día, prohíben los subsidios a la agricultura en los países pobres. Cosecha récord a orillas del río Mississippi: el algodón estadunidense inunda el mercado mundial y derrumba el precio. Cosecha récord a orillas del río Níger: el algodón africano paga tan poco que ni vale la pena recogerlo.
Las vacas del norte ganan el doble que los campesinos del sur. Los subsidios que recibe cada vaca en Europa y en Estados Unidos duplican la cantidad de dinero que en promedio gana, por un año entero de trabajo, cada granjero de los países pobres.
Los productores del sur acuden desunidos al mercado mundial. Los compradores del norte imponen precios de monopolio. Desde que en 1989 murió la Organización Internacional del Café y se acabó el sistema de cuotas de producción, el precio del café anda por los suelos. En estos últimos tiempos, peor que nunca: en América Central, quien siembra café cosecha hambre. Pero no se ha rebajado ni un poquito, que yo sepa, lo que uno paga por beberlo.
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Carlomagno, creador de la primera gran biblioteca de Europa, era analfabeto.
Joshua Slocum, el primer hombre que dio la vuelta al mundo navegando en solitario, no sabía nadar.
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Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos comen basura en McDonald's.
El progreso infla. Rarotonga es la más próspera de las islas Cook, en el Pacífico sur, con asombrosos índices de crecimiento económico. Pero más asombroso es el crecimiento de la obesidad entre sus hombres jóvenes. Hace 40 años eran gordos 11 de cada 100. Ahora, son gordos todos.
Desde que China se abrió a esta cosa que llaman "economía de mercado", el menú tradicional de arroz con verduras ha sido velozmente desplazado por las hamburguesas. El gobierno chino no ha tenido más remedio que declarar la guerra contra la obesidad, convertida en epidemia nacional. La campaña de propaganda difunde el ejemplo del joven Liang Shun, que adelgazó 115 kilos el año pasado.
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La frase más famosa atribuida a Don Quijote ("Ladran, Sancho, señal que cabalgamos") no aparece en la novela de Cervantes; y Humphrey Bogart no dice la frase más famosa atribuida a la película Casablanca (Play it again, Sam).
Contra lo que se cree, Alí Babá no era el jefe de los 40 ladrones, sino su enemigo; y Frankenstein no era el monstruo, sino su involuntario inventor.
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A primera vista, parece incomprensible, y a segunda vista, también: donde más progresa el progreso, más horas trabaja la gente. La enfermedad por exceso de trabajo conduce a la muerte. En japonés se llama karoshi. Ahora los japoneses están incorporando otra palabra al diccionario de la civilización tecnológica: karojsatsu es el nombre de los suicidios por hiperactividad, cada vez más frecuentes.
En mayo de 1998, Francia redujo la semana laboral de 39 a 35 horas. Esa ley no sólo resultó eficaz contra la desocupación, sino que además dio un ejemplo de rara cordura en este mundo que ha perdido un tornillo, o varios, o todos: ¿para qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo humano de trabajo? Pero los socialistas perdieron las elecciones y Francia retornó a la anormal normalidad de nuestro tiempo. Ya se está evaporando la ley que había sido dictada por el sentido común.
La tecnología produce sandías cuadradas, pollos sin plumas y mano de obra sin carne ni hueso. En unos cuantos hospitales de Estados Unidos los robots cumplen tareas de enfermería. Según el diario The Washington Post, los robots trabajan 24 horas por día, pero no pueden tomar decisiones, porque carecen de sentido común: un involuntario retrato del obrero ejemplar en el mundo que viene.
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Según los evangelios, Cristo nació cuando Herodes era rey. Como Herodes murió cuatro años antes de la era cristiana, Cristo nació por lo menos cuatro años antes de Cristo.
Con truenos de guerra se celebra, en muchos países, la Nochebuena. Noche de paz, noche de amor: la cohetería enloquece a los perros y deja sordos a las mujeres y los hombres de buena voluntad.
La cruz esvástica, que los nazis identificaron con la guerra y la muerte, había sido un símbolo de la vida en la Mesopotamia, la India y América.
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Cuando George W. Bush propuso talar los bosques para acabar con los incendios forestales, no fue comprendido. El presidente parecía un poco más incoherente que de costumbre. Pero él estaba siendo consecuente con sus ideas. Son sus santos remedios: para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente; para salvar al pueblo de Irak, vamos a bombardearlo hasta hacerlo puré.
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El mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a poco los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no falten el pan ni el agua.
24.2.08
PARADOJAS
17.2.08
HACE 24 AÑOS SE NOS FUE JULIO CORTÁZAR
Hace veinticuatro años se nos fue Cortázar, el 12 de febrero de 1984, en el hospital Saint- Lazare, en París, un domingo radiante después del medio día. "Estaban con él Aurora Bernárdez (su primera esposa) y Luis Tomasello –cuenta el argentino Mario Goloboff, uno de sus mejores biógrafos-. El 14 por la mañana, el coche que se dirigía desde la rue Martel al cementerio de Montparnasse describió un extraño itinerario. El trayecto habría podido ser casi directo, pero una suerte de rayuela involuntaria lo condujo hacia los jardines de Luxemburgo y a pasar por la plaza donde se levanta la estatua de Balzac. La mañana era especialmente fría, húmeda, silenciosa. Depositaron el cajón en la tumba de Carol (su última esposa). No hubo discursos, ni un solo rito particular. Salvo el de la flor, que cada uno de los asistentes fuimos depositando encima. Llamaba la atención la presencia de mucha gente joven, y ese silencio que no se podía contener"
[1]. Se ha especulado mucho sobre la muerte de Cortázar.
Se ha llegado incluso a afirmar que Carol Dunlop lo contagió de sida. Se afirma que Carol la adquirió de unas transfusiones sanguíneas que le practicaron y luego la pasó al maestro. Lo cierto es que murió de dos dolencias: de leucemia y de amor. Cortázar no pudo superar la muerte de Carol. Se le fue el 2 de noviembre de 1982 víctima, a su vez, de la terrible leucemia (es difícil creer lo del sida. Esta enfermedad acababa de ser detectada el año anterior, en 1981, en Los Ángeles. Ni siquiera tenía características de epidemia en Estados Unidos) ¿Quién era Cortázar? Dejemos que el chileno Volodia Teitelboim (recientemente fallecido) nos haga un resumen: "Medía más de un metro noventa. Un aire de perpetuo adolescente. Cara de muchacho bueno, de escocés pecoso, dijo alguien. Tenía un niño en la mirada, agregó otro. La leucemia lo había sentenciado y él lo sabía. Un infarto cardíaco fue el tiro de gracia en el hospital Saint- Lazare, donde había sido internado diez días antes... A los 69 años se fue a dormir cerca de la tumba de Baudelaire en el cementerio de Montparnasse. Acababa de aparecer Los autonautas de la cosmopista, publicado en colaboración con su última esposa, Carol Dunlop (...) Cortázar hizo paradoja literaria, y su vida no estuvo exenta de paradojas: argentino nacido en Bruselas el 26 de agosto de 1914, y murió técnicamente como ciudadano francés"
[2] A propósito de su muerte decía García Márquez: "En las muchas veces que nos vimos años después, lo único que había cambiado era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido". Manuel Pereira cuenta que una vez le dijo Lezama Lima: "Julio posee una envidiable enfermedad llamada efebicia que lo mantiene joven al precio de que sus huesos crecen desmesuradamente. "
[3] Cortázar nació en Bruselas cuando su padre, Julio José, fungía de agregado comercial en la embajada argentina en Bélgica. Es significativo el hecho de que Cortázar experimentase una inmensa admiración por Lautréamont. Que entre los dos se diese una especie de reflejo especular. Lautréamont nació en Montevideo de padres diplomáticos franceses. Uno de sus mejores cuentos, según García Márquez, "El otro cielo", está virtualmente dedicado a él. Lo divide en dos grandes secciones, cada una de las cuales se inicia con un epígrafe en francés (en donde no se cita al autor) de los Cantos de Maldoror, obra cumbre de Lautréamont. En este cuento lo describe como un sudamericano "con la expresión de siempre, hermosa y ausente y alunada". El personaje central del cuento sale de la Galería Güemes de Buenos Aires en 1.945 y desemboca, en el siglo antepasado, en la Galería Vivienne de París, en cuyos alrededores vivió y murió Lautréamont. La Maga, su personaje entrañable de Rayuela, era de Montevideo. Edith, que según Goboloff, fue la mujer en que se inspiró para la Maga, era judía de nacionalidad alemana , llegó a la Argentina de niña con sus padres, huyendo del nazismo, y vivió en Buenos Aires hasta los 23 años. Ese lado de acá y ese lado de allá, definen el espacio en que se moverá Cortázar y sus personajes fundamentales en gran parte de su obra. Su familia se estableció en Argentina, de nuevo, cuando tenía cuatro años. Hablaba en francés. Borges, su maestro, cuando era niño hablaba en inglés, porque su abuela que era británica lo impuso como idioma en la casa. Cuenta Rodríguez Monegal en su biografía de Borges, que a principios del siglo XX, en Buenos Aires, las capas medias y altas de la población sólo hablaban en inglés y francés, el español se consideraba de mal gusto y sólo lo hablaban los estratos muy bajos. No deja de ser irónico que este par de monstruos de la literatura hayan desarrollado y perfeccionado hasta límites extremos el español. Se instalaron en Banfield, población suburbana de Buenos Aires. Vivió con su muy querida madre doña María Herminia Descotte y su hermana Ofelia, porque, según Goboloff, el padre los abandonó por otra mujer e, incluso, cuando Cortázar tuvo cierto reconocimiento le envió una carta en donde le prohibió usar su nombre. Tales hechos originaron la muerte histórica de este personaje que siempre ignoró Cortázar. En 1938 aparece su primera publicación: Presencia, un libro de poemas, bajo el seudónimo de Julio Denis. ¿Por qué poemas en un prosista excepcional? Así le responde a Ernesto González Bermejo: "Es conocido: uno repite individualmente el proceso de la especie humana, sus historias. Las primeras obras de la humanidad fueron poéticas. Los primeros textos filosóficos son poemas. Los presocráticos, por ejemplo, los grandes metafísicos; Parménides es un poeta; Platón puede ser considerado un poeta; los grandes textos cosmogónicos son poemas. A la prosa se llega después."
[4] En Los reyes, su segundo libro, "poema dramático" como él mismo lo llamó (1949), está la semilla de sus grandes planteamientos, de sus obsesiones metafísicas, a despecho de lo que el mismo Cortázar expresó: que este libro "no tiene nada o muy poco que ver con lo que escribí después". Tiene mucho que ver con "El perseguidor" , cuento que contiene la simiente de lo que después sería Rayuela. En ese libro, referido al tema mitológico de Teseo y el Minotauro, se invierte la leyenda: Teseo representa el mundo convencional. El Minotauro personifica al héroe, al poeta, al trasgresor de los valores establecidos, hecho que le valió el encierro. Ariadna, su hermana, le profesa un amor enfermizo. Convence a Teseo de que mate al monstruo, con el oscuro convencimiento de que será al revés y de que el Minotauro accederá a su pasión. Este ni siquiera se defiende, agacha su cerviz para facilitar la estocada letal de Teseo y muere para eludir el incesto y partir en busca de su "reino incontable". En "El perseguidor" , Teseo será Bruno, el intelectual, el biógrafo, el fiel representante de la "normalidad" burguesa. Johnny Carter/Charlie Parker, será el monstruo, "esa masa negra informe, sin manos y sin pies", "ese chimpancé enloquecido" , como le dice Bruno. En Rayuela Oliveira es intelectual y monstruo. La Maga tendría que ser ese dulce e inolvidable Minotauro que seguramente se ahogó en un "río metafísico". El "reino incontable" es el mismo reino que desesperada como infructuosamente buscarán sus personajes en la obra ulterior. Es el reino de las notas vibrantes del jazz de Johnny Carter en "El Perseguidor" ; es "el otro cielo" donde incursiona Lautréamont; es el Mandala, el Ygdrassil vertiginoso, el kibuttz del deseo de Oliveira; es el salirse de la "mancha negra" en Libro de Manuel, es ese movimiento incontenible "al otro lado", a esa "segunda realidad", a su entrañable otredad , a ese reino que niega la miseria, la soledad y la desdicha. En su patria tuvo muchos enemigos. Se lo tachó de escritor afrancesado. Que sea Juan Gelman, uno de los más grandes poetas argentinos, el que diga la última palabra: "nunca nos traicionaste. "en corrientes y esmeralda, en otros tiempos, vi pasar a escritores que nunca dejaron el país y escribían como un francés cualquiera. yo entendí mejor a buenos aires leyendo lo que vos escribías en parís. así es tu grandeza, así tu amor."
[5] Luego de su muerte aparecen sus últimas obras: Los autonautas de la cosmopista, Salvo el crepúsculo, Nicaragua tan violentamente dulce, Alto el Perú. Cortázar fue el hombre de la trasgresión, la autenticidad y el amor y solidaridad por los pueblos del lado de acá. Fue un ciudadano latinoamericano, y con Proust, Joyce y Musil, uno de los escritores más grandes del siglo XX.Bibliografía:1.- Mario Goloboff, "Julio Cortázar, la biografía", Bogotá, Planeta Colombiana editorial S. A. 1998, p., 287. El resto de citas de Goloboff se hacen por esta edición. 2.- Revista "Casa de las Américas", Julio- Octubre de 1984, p., 47 3.- Ibid 4.- Ernesto González Bermejo, "Conversaciones con Cortázar", Barcelona, Edit. Edhasa, 1.978, p., 16 5.- Juan Gelman, "Carta a Julio" en Queremos tanto a Julio, Ed. Nueva Nicaragua. Managua, 1984
15.2.08
“UNA FORMA PRIVADA DE LA UTOPIA”

Alfonso Carvajal
En el arte de la novela, que algunos consideran una especie en extinción, hay que recorrer nuevas trochas. Seguramente audaces. La novela del escritor Ricardo Piglia*, Prisión Perpetua, teje con lucidez narrativa el vacío que se cuela por los orificios de la existencia.
El Narrador comienza un diario que se transforma en otras voces, creando una polifonía escrita.Del recuerdo pasamos a la anécdota, a la reflexión, y de la suma de personajes que aparecen en el texto se urde una trama que puede ser infinita. El narrador nos aproxima al misterio: “La literatura es una una forma privada de la utopía”. Toda utopía es búsqueda, en sayo de la perfección. Un acto de soledad.
Y en escena surge Steve Ratliff, un hombre nacido en Nueva York, que sólo publicó cuatro relatos en su vida. “Después quedó atrapado en una obsesión que lo hundió en el silencio y lo llevó a la muerte”, que rememora a la pulsión negativa de escribir del Bartleby y compañía de Vila-Matas. El narrador se sirve de Steve para hacer literatura dentro de la literatura y leemos que la novela moderna “es una novela carcelaria. Narra el fin de la experiencia...el vacío se cubre con el tejido persecutorio de las conexiones perfectas, la estructura cerrada, le mot juste”. La celda del escritor es su lugar de trabajo: la escritura.
En el fragmentado argumento nos topamos con Stephen Stevensen, que creía que la verdad es “un artefacto microscópico que sirve para medir con precisión milimetrica el orden del mundo”: otra modalidad del Aleph borgiano. O un hombre cuyo único hábitat ha sido la prisión y al salir libre parece “ un hombre sin pasado, sin historia, que viene de otro planeta, como si todo lo viera por primera vez”. El Pájaro, otro personaje la pasión de lo que está por venir”
Prisión perpetua es el permanente preguntarse por el arte de escribir. Quizá narrar “es incorporar a la vida de un desconocido una experiencia inexistente que tiene una realidad mayor que cualquier cosa vivida”. La novela dividida en dos relatos logra unificarse en un solo ente narrativo. Piglia(1940) experimenta y de la ficción hace un acto de taumaturgia, una triangulación pensante sobre la literatura. Este sesgo, esta particularidad, le permite narrar iriginalmente “ el fluir de la vida”. La literatura está en los bordes, en los límites, y su racionalidad se alimenta del vértigo de la imaginación.
Prisión perpetua, 151 páginas. Editorial Anagrama.
1.2.08
A LOS HOMBRES FUTUROS
1
Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
Revela insensibilidad. El que ríe
Es que no ha oído aún la noticia terrible,
Aún no le ha llegado.
¡Qué tiempos estos en que
Hablar sobre árboles es casi un crimen
Porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle,
¿Lo encontrarán sus amigos
Cuando lo necesiten?
Es cierto que aún me gano la vida.
Pero, creedme, es pura casualidad. Nada
De lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara, estaría perdido.)
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿cómo puedo comer y beber
Si al hambriento le quito lo que como
Y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.
Me gustaría ser sabio también.
Los viejos libros explican la sabiduría:
Apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
Sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia,
Dar bien por mal,
No satisfacer los deseos y hasta
Olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
2
Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
Cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
Y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
Que me fue concedido en la tierra.
Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atención
Y contemplé la naturaleza con impaciencia. Así pasé el tiempo
Que me fue concedido en la tierra.
En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
Se sentían más tranquilos sin mí. Lo sabía
Así pasé el tiempo
Que me fue concedido en la tierra.
Escasas eran las fuerzas. La meta
Estaba muy lejos aún.
Ya se podía ver claramente, aunque para mí
Fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
Que me fue concedido en la tierra.
3
Vosotros, que surgiréis del marasmo
En el que nosotros nos hemos hundido,
Cuando habléis de nuestras debilidades,
Pensad también en los tiempos sombríos
De los que os habéis escapado.
Cambiábamos de país como de zapatos
A través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
Donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
Que también el odio contra la bajeza desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
Pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
Que queríamos preparar el camino para la amabilidad
No pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
En que el hombre sea amigo del hombre,
Pensad en nosotros
Con indulgencia.
Bertolt Brecht,
Alemania
9.1.08
EL VALOR DEL LIBRO

Polonio y la biblioteca
Por Alberto Manguel
¡Oid! Nunca ha habido una edad artística.
Nunca han existido los amantes del arte.
(Stéphane Mallarmé, Le “ten o’clock” de M. Whistler).
¿De dónde viene la patética imagen del escritor como un ser pobre y apartado del mundanal ruido? ¿Cuál es la relación entre la literatura y el dinero? El autor de “Una historia de la lectura” desmonta muchos de los tópicos en torno de la soledad del artista y propone algunas estrategias para reivindicar la dignidad de los escritores, los libros y las bibliotecas.
No sabemos qué libros lee Hamlet. El melancólico príncipe rechaza la pregunta de Polonio con un desdeñoso “palabras, palabras, palabras” que no nos dice gran cosa, pero sospechamos que no le resultarían ajenos ciertos libros que debieron de gustar al propio Shakespeare: por ejemplo, la traducción de Montaigne realizada por Florio y la versión inglesa de las vidas paralelas de Plutarco que hizo North. Quiero imaginarme a un Hamlet que es generoso con sus libros hasta el descuido, que impone sus favoritos a Horacio para pasar las largas horas de vigilia nocturna, que se lleva a la biblioteca pública de Elsinore brazadas de títulos que rara vez devuelve, ávido como está de leer historias que le partan el corazón, que hielen su joven sangre y hagan que sus ojos, como luceros, se le salgan de las órbitas.
Por su parte, Polonio, ese granuja estúpido y charlatán, es muy escrupuloso acerca de lo que lee. No pisa la biblioteca. Está por encima de todas esas cosas. Probablemente considera que llevar un carné de lector sería algo semejante a lo que él mismo define como “embotar su mano agasajando”, y Polonio es un hombre demasiado serio como para divertirse. Su consejo de hecho, es funesto para las bibliotecas: “No tomes ni des prestado”. Estoy seguro de que no aprobaría el hecho de pagar impuestos de ninguna clase. Lo que nos dice es “escucha el juicio de todos, y guárdate el tuyo”; o, expresado de otro modo, “toma pero no des”. Ésa parece ser su divisa. No es de extrañar que tenga un puesto en la Administración.
Hamlet, sin embargo, sabe que no podría pasar sin bibliotecas. Su intención es decirle a Horacio(aunque no lo expresé así) que sabe que las bibliotecas contienen más cosas sobre el cielo y la tierra de las que Horacio y su filosofía puedan llegar a imaginar. Como diría cinco siglos después el gran bibliotecario Jorge Luis Borges, “los límites de una biblioteca coinciden con los límites del universo”. Por expresarlo con brevedad, Hamlet puede considerarse a sí mismo rey de un espacio infinito. En contra de lo que puedan opinar los críticos, eso no es necesariamente nada malo.
Recuerdo con una mezcla de ternura y aprensión el universo de mis días de estudiante. Recuerdo en especial la biblioteca del Colegio Nacional de Buenos Aires, mi alma mater: sus imponentes puertas de madera, su acogedora penumbra, las lámparas con pantallas verdosas que me recordaban vagamente a las luces de los coches cama, las hileras aparentemente interminables de libros -muchos de ellos sin tocar durante décadas- elevándose hasta las sombras del techo. Me acuerdo de ese silencio, roto continuamente por retazos de conversaciones en voz baja y risas nerviosas, y del suspicaz bibliotecario, siempre tratando de encontrar alguna excusa para no entregar el título solicitado, y de las páginas prohibidas por las que se abrían espontáneamente ciertos libros: el Romancero gitano de García Lorca por “La casada infiel”, La Celestina por el pasaje del burdel, los premios de Cortázar por el capítulo en el que el muchacho es seducido por el horrible marino. En cierto sentido, aquella biblioteca era mucho más pujante que nuestras aulas, e incluso que la vida misma. Allí aprendíamos política, educación sexual, las aplicaciones del lenguaje amoroso; siempre encerraba una promesa de aventuras y cosas prohibidas.
Libros subversivos
Toda biblioteca, como aquella de hace tanto, contiene textos secretamente subversivos que burlan la vigilancia del bibliotecario; porque la subversividad- de forma muy parecida a lo que ocurre proverbialmente con la belleza- está en el ojo del espectador. A la edad de siete años, los libros de caballería que Santa Teresa de Jesús lee en la biblioteca paterna la impulsan a desafiar a sus padres y escaparse de su hogar con la intención(aunque la encontraron a un par de kilómetros escasos de allí y la enviaron de vuelta a casa) de “buscar el martirio entre los infieles, en tierra de moros”. Los poemas de Auden que leía Joseph Brodsky durante el tiempo que pasó en Siberia, condenado a trabajos forzados en los campos, fortalecieron su decisión de desafiar a sus carceleros y sobrevivir en espera de una libertad a duras penas vislumbrada. De la misma forma, aquellos que se echan sobre las espaldas la tarea de guardar el acceso a los fondos de la biblioteca encuentran peligros donde otros no los ven. Es sabido que el general Pinochet prohibió El Quijote en las bibliotecas chilenas porque creyó encontrar en dicha novela un argumento en pro de la desobediencia civil; también, que hace algunos años el ministro de Cultura japonés puso reparos a Pinocho por contener imágenes poco halagüeñas para los disminuidos físicos, la del gato que se hace pasar por ciego y la del zorro que simula estar lisiado. Razones igual de personales e intransferibles se han aducido para prohibirlo todo, desde El mago de Oz (un semillero de creencias paganas) hasta El guardián del centeno (un peligroso modelo conductual para los adolescentes).
Pero en vista de que contienen todo lo que la sociedad rechaza –aunque luego tenga que volver a introducirlo por la puerta trasera-, como nos permiten descubrir lo que ignorábamos que teníamos y lo que ignorábamos que éramos, como son el baluarte de la memoria social y el manantial de futuras revelaciones, las bibliotecas son indispensables para la vida de cualquier país que se tenga por culto; y, por su parte, los ciudadanos de ese país tienen la obligación moral de ayudar a sufragarlas. Es una verdad que convendría repetirse a menudo.
¿Por qué no resulta obvio todo esto? Probablemente, la respuesta estriba en ciertas suposiciones multiseculares sobre las bibliotecas, los libros y el negocio de escribir en general.
Hace un siglo, Thomas Carlyle describió al escritor en estos términos: “Con sus derechos o sus tuertos de autor, en su mísera guardilla, con su ropa raída; rigiendo(porque esto es lo que hace) desde su tumba, después de muerto, naciones y generaciones enteras que quisieron, o no quisieron, proporcionarle el pan mientras vivía”. Como todos sabemos, es más que probable que no quisieran.
De modo que el autor, o la autora, se sienta frente a una mesa pequeña con los ojos clavados en una pared desnuda-o, para el caso, atestada de chismes, postales, fotos, caricaturas y dichos memorables- como si se tratase del muro de una prisión de la que no hay escapatoria posible. Sobre la mesa están los aperos del oficio. Antes eran el papel y la pluma, o bien una desvencijada máquina de escribir; pero, como es lógico, hoy día es el procesador de textos del ordenador, cuya pantalla, aparte de despedir un extraño fulgor verdoso como de kriptonita, chupa toda la energía de nuestro supermán( o superwoman). ¿Qué más hay encima de la mesa? Una colección de figuras totémicas que supuestamente traen suerte y guardan de los malos espíritus de la distracción, la indolencia o el síndrome del “tienes-que-sacar-ahora-mismo-la-ropa-de-la-lavadora”; objetos mágicos que protegen contra el Wendigo de las gélidas cuartillas en blanco.Una taza de té o café vacía. Una pila de facturas por pagar.
Pobres escritores
¿De dónde viene esta patética imagen del escritor?
Tanto en Grecia como en Roma ha habido escritores que aparentemente estaban solos y en las mayor de las penurias, como el cínico Diógenes con su barril o el poeta Ovidio, desterrado en Tomes. Pero se trata de casos concretos cuya mísera situación se debía a circunstancias asimismo concretas: porque renunciaron a las comodidades de la vida moderna, como Diógenes, o porque les castigaron por decir la verdad, como le ocurrió a Ovidio.
Probablemente fue en la Edad Media cuando cuajo el estereotipo del amanuense paupérrimo: aterido de frío, encaramado en lo alto de su taburete, inclinado sobre el pergamino, forzando la vista para aprovechar la escasa luz...Venga de donde venga esta imagen, el hecho es que ha permanecido. El escritor recluido en su rincón, lejos del mundanal ruido. Y, por supuesto, el escritor pobre. La pobreza- un concepto compartido por los primeros cristianos y los estoicos griegos- es esencial. En la imaginación popular, la pobreza y la mortificación de la carne permitían comulgar con el Espíritu Santo o con la musa.
De nada sirve objetar que hay cientos de autores a quienes no son apicables estos criterios tan lúgubres. Ahí están los escritores del camino, como los poetas provenzales o Jack Kerouac; los gregarios, como André Maulraux y Scott Fitzgerald; los que nadan en la abundancia (cierto que son los menos), como Somerset Maugham o Barbara Cartland. Pero lo cierto es que se sembró esta idea, y que ha echado profundas reíces en la imaginería popular: que el escritor es un ser solitario, gruñón y más pobre que una rata.
La cuestión es, ¿por qué es tan sugestivo este tópico?
Como tantas otras creaciones literarias debidas en origen a un rasgo de genialidad, pero que con el tiempo se acaban convirtiendo en aburridos clichés( el dilema de Hamlet entre ser o no ser, la carga de Don Quijote contra los molinos de viento), la idea del escritor confinado en su buhardilla empezó siendo un simple ardid literario, sin duda, destinado a describir, en alguna novela o poesía perdida hace ya mucho, a un escritor determinado en una época determinada; pero el tiempo la ha transformado en el cliché que tanto nos intriga hoy. Los escritores se reirán entre dientes ante esta imagen de sí mismos, pero el público(esa vasto producto de la imaginación) la toma por cierta y se siente libre de hacer suposiciones; por ejemplo, que los escritores son todos unos misántropos, que sólo en las condiciones más miserables e incómodas pueden desplegar su creatividad, o que la mugre y la miseria les encantan.Y lo más importante de todo: que la pobreza, ha si como siempre ha sido parte integrante del estereotipo del santo cristiano, también caracteriza hasta cierto punto la personalidad del escritor, por lo que sería un crímen o un pecado contaminar las límpidas fuentes de la creación literaria con algo tan vil y despreciable como el dinero.
Y, sin embargo, hay escritores que se convencen a sí mismos de la exactitud de esta imagen y que aceptan sin rechistar el papel de pobre marginado. Hay una especie de gratificación masoquista en el hecho de batallar con la vida por amor al arte; hay algo en ello que recuerda a la máxima puritana de que es preciso sufrir para alcanzar la gloria.
Cuando cierto escritor francés muy conocido oyó decir que Balzac era una joven promesa de las letras, decidió ofrecerle dos mil francos por la siguiente novela que escribiese. Así pues, buscó sus señas y descubrió que residía en un barrio parisiense digamos que vendió a menos; en vista de que su presa no era lo que se dice un hombre acaudalado, decidió reducir la oferta a mil francos. Pero al llegar allí comprobó que Balzac vivía en el ático, en una vulgar “chambre de bonne”, así que decidió rebajar de nuevo la cantidad y ofrecerle sólo quinientos francos. Por último, cuando llamó a la puerta y entró en la modesta vivienda, viendo que Balzac estaba tomando por toda comida un trozo de pan y un vaso de agua, el editor abrió los brazos de par en par y exclamó: “¡Señor Balzac, soy su más ferviente admirador y me gustaría ofrecerle por su próximo libro la bonita suma de doscientos francos!”.
Conozco a un poeta –uno de los mejores de Canada- que, tras toda una vida de trabajo inestimable e imperecedero, está entrando en la vejez con apenas lo bastante para vivir y a quien ofrecen- y eso cuando se lo ofrecen- cincuenta dólares por poema. Otro caso es el de una novelista a quien consideramos uno de nuestros clásicos y que se vio obligada a abandonar la ciudad en la que había residido la mayor parte de su vida para irse a un lugar donde poder disponer de la caritativa ayuda de sus amigos. Y otro más: una de las mejores escritoras de nuestro tiempo tuvo que esperar hasta que el azar le deparó un premio en metálico para poder darse el gusto, por una vez en su vida, de saber que tenía asegurado el pago del alquiler durante todo un año. Lo peor de todo es que estos casos, por tristes y vergonzosos que sean, no nos conmueven. Forman parte de la imaginería social: se da por sentado que el escritor – y sobre todo el poeta- es pobre- ¿Acaso no lo son?.
Se me ocurre que todo el problema gira en torno a una falacia.
Cuenta la leyenda que en una ocasión el magnate cinematográfico Sam Goldwin trató de comprar los derechos de una de las obras de Shaw para llevarla al cine. Naturalmente, dado su carácter, Goldwin no dejó en ningún momento de regatear el precio hasta que, por último, el dramaturgo dijo que rehusaba vender. Goldwin no podía entender el por qué. “El problema, señor Goldwin”, respondió Shaw, “es que a usted sólo le interesa el arte, mientras que a mí sólo me interesa el dinero”.
Por amor al arte
Arte “versus” dinero; una contradicción tan vieja como la vida misma y que por supuesto, entraña una falacia. Es cierto que el amor al dinero, tal como lo expuso un autor de gran éxito, es “la raíz de todos los males”. También es cierto que nuestra sociedad ha perdido por completo la noción de lo que es valioso y que ha tomado el sentido metafórico del dinero (algo creado en calidad de imagen para representar el concepto de valor, algo a lo que Byron llamó “la invención más pura”) para establecerlo como valor en sí mismo. Es algo semejante a hacer el amor con un soneto de Donne o comerse un libro de Julia Child. En ese sentido, naturalmente, es verdad que la literatura (o sencillamente el arte) y el dinero no se compaginan, porque están en distintos planos de la existencia.
La literatura se compone de hechos, es el instrumento cognoscitivo que nos permite hacernos una idea de qué o quiénes somos, de por qué estamos aquí, en este castigado planeta. El dinero es inmaterial, no tiene existencia real; lo único existente son los trozos de papel y metal que utilizamos. Puede comprobarlo quemando un billete de 100 euros y un libro de poemas de Jaime Gil de Biedma. Del billete no quedará más que un montoncito de cenizas, y usted será 100 euros más pobre; pero, sobre los restos calcinados del libro de Biedma, podrá usted seguir declamando de memoria estos versos: “Aunque la noche, conmigo,/no la duermas ya,/ sólo el azar nos dirá/ si es definitivo”.
En un sentido estrictamente material, es cierto que el dinero y la literatura no se compaginan porque, como ya dije antes, el primero no tiene entidad física. Según la nación de que se trate, esta metáfora de valor se ha reservado a ciertas conchas marinas, a grandes piedras redondas, a la sal, etcétera.; exactamente lo mismo que hacemos nosotros con nuestros rectángulos de papel y nuestros pequeños discos metálicos. Tal vez haya existido una época en la que un poema o una buena historia tuviese el valor tuviese el valor que hoy día atribuimos a un billete de 20 euros. Hay una novela de Juan Carlos Onetti en la que el protagonista, un poeta, se gana la vida escribiendo poemas por encargo. Pero ése no es el destino de la mayoría. En los tiempos que corren, habiendo establecido un “sistema” de valores en el que la función del dinero es transmitir la “imagen” de valor, la cuestión para nosotros es si, como sociedad, atribuimos algún valor a la literatura y, en caso afirmativo, cómo lo determinamos. Una vez obtenida la respuesta, todo lo que se necesita es traducir ese valor a la bella y convencional metáfora que es el euro. El propio Polinio se mostraría de acuerdo con nosotros, pues no le cuesta nada aceptar que una misma nube puede parecerse a un camello, una comadreja o una ballen. Cuando se trata del vil metal, los burócratas siempre se apresuran a dejar de lado su escepticismo.
Pero no es probable que dicha traducción tenga lugar. Creo que podría argumentar convincentemente que si nuestra sociedad tiene alguna característica distintiva, es la que “no” premia aquello que tiene auténtico valor. Pero no se trata de que no sepa reconocer las cosas valiosas. No se priva de lo que, a falta de términos mejores, denominaré alto arte y alta literatura. Disfruta de ellos; pero no los recompensa. No paga nada a cambio; no asume sus obligaciones como sociedad, no suelta la mosca por aquello que utiliza.
¿Qué se puede hacer frente a tales debilidades?
Una buena táctica es la empleada por aquella antigua colega nuestra, la Sibila Cumea, que ofreció sus nueve libros proféticos a Tarquino el Soberbio, último de los siete reyes de Roma, a cambio de dinero. Tarquino, siendo como era un hombre negocios, puso el grito en el cielo ante el precio solicitado. La Sibila, entonces, arrojó uno de los libros al fuego y acto seguido ofreció al rey los ocho restantes por el mismo precio. Éste volvió a echarse atrás, con lo que la Sibila empezó a quemar un libro tras otro hasta que Tarquino, finalmente, accedió a pagar por los tres últimos el precio que ella le había pedido al principio por los nueve. Que tengamos redaños o no para encomendar nuestra obra a las llamas con objeto de chinchar a un editor, o que éste dé o no muestras de consternación, ya es otro cantar. Polonio, que sin duda habría encontrado trabajo en cualquier multinacional de la publicidad, declara que está dispuesto a prestar oídos a todos los hombres, pero su voz a pocos. Ya sabemos lo que quería decir con esto.
Por amor al comercio
Un método alternativo para cobrar lo que se nos debe, aunque tal vez no sea del todo práctico, es emplear las mismas tácticas comerciales de quienes nos explotan y empezar a cargarles a ellos un precio por todo. Piense, por ejemplo, en los derechos por préstamo y por fotocopia, tan arduamente conquistados; pues bien, cobre a los editores por pasar a máquina sus manuscritos, por el papel que gasta para imprimirlos, por los libros que precisa para investigar, por los billetes que adquiere para desplazarse entre su casa y la editorial. Cóbreles el tiempo que les dedica durante esas sesiones seudopsicoanalíticas en las que se ve obligado a escuchar todas y cada una de las sesudas razones por las que es indispensable suprimir esa línea del capítulo seis. Cobre derechos de autor a las revistas, los periódicos, la radio y la televisión por usar su nombre cada vez que soliciten su opinión sobre cualquier materia, sea lo que sea( generalmente se tratará de temas que no tienen nada que ver con la literatura): lo que ellos denominan “publicidad gratuita” no es más que un modo de llenar de llenar sus columnas en blanco y su tiempo en antena disponible, y usted está proporcionándoles el texto de balde.
Contra el domino público
Llevemos las cosas aún más lejos. Acabe con la noción de dominio público. Localice a los herederos de Shakespeare y págueles derechos por autorizar el uso de la marca de cigarros Hamlet. Cobre a los políticos por usar para sus propios fines las palabras de usted. Vada vez que un político diga “crimen y castigo”, divida el importe entre Dostoievski y Agatha Christie. Cada vez que un político hable de “derechos humanos”, divida el importe entre Tom Paine y Lord Byron. Cada vez que un político emplee la palabra “honor”, págule los derechos correspondientes a Miguel de Cervantes.
¿llegará alguna vez el momento de que la obra de un escritor sea reconocida por lo que es, un valor que no se mide en términos de ventas ni de modas, sino como la sustancia de lo que se nutre el alma de una sociedad, una sustancia que se fortalece por acumulación, por tanteo y error, por reverberación, por la transmisión de las palabras de generación en generación y de escritorzuelo en escritorzuelo hasta que llegan al rarísimo
y precioso genio literario? ¿Veremos alguna vez llegado ese momento? No es probable.
El novelista canadiense Mordecai Richler dijo en una ocasión que los escritores no deberían quejarse tanto de que las editoriales no les reclutaran, porque son voluntarios. Pues bien, creo que no es verdad. Tal ves algunos se enrolen voluntariamente, pero otros se meterán en la escritura como quien se alista en la Legión Extranjera: por la necesidad de huir o de cambiar. Tal vez los haya que sólo pretendan hacer ver que los han reclutado y se dediquen a perder el tiempo en casa haciendo garabatos. Pero, en general, si uno escribe es porque sabe que en este mundo de locos es la única cosa sana que puede hacer para no hundirse. Tal vez esto no sea cierto del todo, tal vez no se cumpla en todos los casos; pero el hecho es que, para la mayoría de quienes nos consideramos escritores, la escritura es el único refugio saludable y seguro; aun cuando algunos de nosotros se vuelvan locos tratando de reivindicarla.
Tal vez sí podíamos hacer algo: cambiar el estereotipo del escritor enclaustrado. Asumamos nuestras responsabilidades políticas. Desoigamos el consejo de Polonio: prestemos y pidamos prestado deliberadamente, siendo plenamente conscientes del valor de lo que estamos prestando y recibiendo en préstamo. Por lo menos, no seamos zopencos, tal como nos advirtió Jhonson cuando dijo que “ salvo los zopencos, nadie ha escrito nada jamás por algo que no fuese dinero”. Hagamos demandas, reclamemos. En su ingenioso diálogo “hipis mayor”, Platón pone en boca de Sócrates la afirmación de que, según la creencia popular, el hombre que es sabio debe serlo sobre todo por su propio bien; y que el criterio para determinar tal sabiduría es, en definitiva, la capacidad de ganar dinero.
Espero que a este lado de la tumba nosotros también seamos merecedores, en el más amplio sentido de la palabra, de esa sabiduría.
18.12.07
¿LATINOAMERICANOS O ‘HISPANICS’?
Los derroteros de la actual literatura latinoamericana se alejan de las tendencias representadas por el boom de los años sesenta a favor de las exploraciones literarias de los jóvenes escritores. El resultado es un estilo más internacional que no se olvida del todo de sus raíces y que ha sido reconocido en los últimos años con importantes premios literarios. Autores latinoamericanos reflexionan sobre la situación de la lengua y analizan el presente y el futuro de las letras hispanas.
El escritor chileno Alberto Fuguet recordaba cómo el español fue para él una lengua tardía. Fuguet vivió en California sus primeros 12 años, y allí “todo era en inglés, sin subtítulos”.
Convencidos de que no iban a regresar a Chile, sus padres lo protegieron de la cruz de ser inmigrante omitiendo de su vida el español. Luego, ya en Chile, en los años más negros del pinochetismo, Fuguet tuvo que aprender español rápidamente. “Hablarlo no era tan complicado”, recuerda, “sólo estaba el tema del maldito acento. Leerlo y escribirlo, en cambio, me parecía sencillamente canallesco”. En la escuela obligaban a Fuguet a leer novelas que no entendía, “novelas que transcurrían en tiempos inmemoriales, en un lugar llamado España donde se hablaba el español de una manera rara y, lo que era peor, lo escribían a la antigua”. Del encono contra esa lengua “muerta, mentirosa, difícil y cerrada en sí misma”, y de su necesidad de hacerla habitable, arrancaría Fuguet la determinación de convertirse en escritor.
La experiencia de Alberto Fuguet es extrema, pero muy elocuente a la vista de una tendencia que él mismo ilustra ejemplarmente. Se trata de una nueva forma de resolver la problematicidad que, en cuanto lengua literaria, el español ha supuesto y sigue suponiendo para los escritores hispanoamericanos.Frente a quienes e llenan la boca refiriéndose al español como una superpotencia lingüística, Juan Villoro habla de una lengua literariamente débil, de la que el escritor latinoamericano, por lo menos aquel que cotidianamente convive con otras lenguas distintas del español(las de las comunidades indígenas), no se sentiría depositario absoluto. Por ahí se explicaría, al menos en parte, la tendencia a escribir en un lenguaje que diverge del habla común, un lenguaje en cierto modo abstraído de su propios localismos. Desde este punto de vista cabría hablar, con relación al conjunto de la literatura hispanoamericana, de una corriente profunda que, ya desde su orígenes, apuntaría a la creación de una especie de koiné literaria, de una suerte de superlingua ,o latin, forjada a partir de un determinado nivel de autoconciencia a la vez cultural e idiomática. La tensión entre esta corriente y aquella otra, de sentido contrario, que mueve a trabajar con los elementos más íntimos y privados de la lengua, habría establecido una dialéctica en función de la cual podría intentarse todo un recorrido por las literaturas del continente.
En esa dialéctica, sin embargo, se habría ido infiltrando progresivamente, sobre todo en las últimas décadas, un elemento distorsionador, consistente, por un lado, en la superposición de un imperativo comercial al imperativo cultural de esa koiné literaria, y consistente asimismo en la creciente colonización de esa koiné por parte de parte de una lengua y una cultura hegemónica como es la anglosajona (que actuaría asimismo de koiné , pero a escala planetaria).
A propósito de la publicación, en 1999, de Líneas aéreas (Lengua de Trapo), voluminosa muestra de la joven narrativa hispanoamericana, se destacó desde éstas mismas páginas lo insólito que resultaba que un área idiomática que comprende decenas de países y 400 millones de hablantes produjera una lengua literaria al parecer tan escasamente colorida, con tan pocas variantes dialectales, tan uniforme, léxica y sintácticamente.
No puede caber duda de que, aquí y allá, has escritores que trabajan sobre referencias y problemáticas de las que se suelen tachar, imbécilmente, la mayor parte de las veces, de locales. Pero no hay duda tampoco de que los circuitos editoriales están cada vez más filtrados por exigencias y expectativas que tienden a obviar estas líneas de trabajo, y que la justificable voluntad de incorporarse a dichos circuitos incentiva entre los jóvenes escritores una estandarización de la lengua y una estereotipificación de los planteamientos narrativos que actúa en la misma dirección en que influyen los modos de vida urbanos y su codificación por parte de la industria cultural, en especial a través de la televisión, el cine y la música.
Con ocasión de la publicación de McOndo (Mondadori), tendenciosa selección de jóvenes narradores de España e Hispanoamérica presentada por Alberto Fuguet y Sergio Gómez, se tuvo ya oportunidad de señalar la proliferación de lo que, en contraste con las consignas de un desvirtuado cosmopolitismo, cabe denominar como "estilo internacional". Se aludía con esta etiqueta a la uniformidad referencial, temática y estilística de la mayor parte de unos relatos reunidos bajo la invocación de una patria común, Macondo, de la que en la presentación del libro se decía, en beligerante contraposición con el Macondo de García Márquez, que es un país "más grande, sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas, metro, televisión cable y barriadas". "En McOndo hay McDonald's, computadores Mac y condominios, ámen de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos", se añadía. Y con ello se pretendía simbolizar una identidad "bastarda","híbrida", deliberadamente desmarcada de "lo indígena, lo folclórico, lo izquierdista".
Rodrigo Fresán afirma que "la patria de un escritor es su biblioteca". Pero importa detenerse a pensar hasta qué punto esa biblioteca no constituye una patria mucho más colonizable, mucho más uniforme que la determinada por el lugar de nacimiento. Por su parte, Juan Villoro reniega, como ya hacían los paladines de McOndo , o más los muchachos del llamado crack mexicano, del exostismo impuesto al escritor latinoamericano.Pero también aquí conviene preguntarse si, con todos sus lastres, ese exotismo, arraigado en una genuina vivencia de la lengua y del entorno propios, no constituyó, en definitiva, el reclamo con el que toda una literatura, compuesta por varias, adquirió frente al mundo carta de naturaleza y alcanzó difusión internacional.
Parece claro que mientras la onda del boom de los años sesenta y setenta alcanzó a imponerse en el circuito internacional nuevos paradigmas de creación verbal e imaginativa, las nuevas promociones de jóvenes escritores latinoamericanos vienen a proveer unos circuitos comerciales que más bien tienden a a predeterminar los productos que se disponen a lanzar. El ascendente de los mass media y la uniformización de la vida urbana, tanto como el eclipse de las utopías revolucionarias y la consecuente asunción de un cierto cinismo político(dicho sea en un sentido muy amplio), han optado por el denominado "estilo internacional", es decir, hacia una mansa modalidad del ecleticismo, el potencial creativo de esa mencionada koiné , que tuvo un paradigma radical y delirante en la translengua y en la mitología forjadas por Valle Inclan en su Tirano Banderas.
En un desolador artículo publicado no hace mucho a propósito de la crisis argentina, Rodolfo Fogwill, haciendo el balance de lo que cabría hacer pasar en la actualidad por identidad iberoamericana, concluía en los siguientes términos:"Nos queda la cultura:pensarse como una identidad lingüística ya que nunca alcanzaremos la identidad política, racial ni religiosa.Pero la cultura también es un mercado y, a la vista de la tendencia a la concentración de discursos, libros en español, canciones en español, emisiones electrónicas de programas y de sites en español, todos procesados bajo el liderazgo de corporaciones noratlánticas, el encuentro de esa improbable nueva identidad cultural no nos convertirá sino en hispanics. No hay mejor forma de diagnosticar la tesitura en la que se encuentra hoy, en las dos orillas, la literatura en lengua española."
23.11.07
¿HA MUERTO LA NOVELA?

Don Carlos Fuentes contribuyó con sus reflexiones como novelista a una pregunta recurrente, que de tanto en tanto, y casi sin oficio, se hacen los enterradores del género, que expiden partidas de defunción del arte de la novela. Mejor los dejó con sus propias palabras.
“Sin embargo, ¿qué es la imaginación sino la transformación de la experiencia en conocimiento? ¿no requiere esa transformación un tiempo, una pausa y un deseo?...Los escritores, por serlo y para serlo, siempre se han sentido solos, incompletos, enajenados- Catulo como Proust-, seducidos y abandonados por el contacto directo con el público –Flaubert y James y sus incursiones en el teatro-, quebrantados por su aislamiento –Poe- o alegremente desafiantes de las fuerzas de la publicidad y el dinero-Balzac-.
La verdadera tiranía de nuestro tiempo es la alianza de la información y el poder, una alimentando la razón de ser del otro; ambos, simulacros- cito de nuevo a Braudillard- en los que la circularidad masiva se instala, identificando al emisor con el receptor en una forma de comunicación irreversible, sin respuesta...
El problema se desplazó de la pregunta “¿Ha muerto la novela?”, a la pregunta ¿”Qué puede decir la novela que no puede decirse de ninguna otra manera?”.¿Le toca al novelista decir lo que no dicen los medios de información? Esto sí debe inquietarnos a todos y muy particularmente al escritor que vive en el tiempo lento, sedimentado, que la información feliz nos niega pero que la escritura y la lectura novelesca reclaman...¿Vale la pena, por imposible que parezca, intentar múltiples proyectos de comunicación narrativa a fin de diseminar las excepciones a la tiranía circular y simulada de la información y el poder? ¿Puede la literatura contribuir, junto con los medios de información que pueden ser mejores y más libres, a un orden de socialización creciente, democrático, crítico, en el que la realidad de la cultura creada y portada por la sociedad determine la estructura de las instituciones que deberían estar al servicio de la sociedad y no al revés? Tiempo y deseo. Pausa para transformar la información en experiencia y la experiencia en conocimiento. Tiempo para reparar el daño de la ambición, el uso cotidiano del poder, el olvido, el desdén. Tiempo para la imaginación. Tiempo para la vida y para la muerte...Necesita tiempo para morir su vida...El autor de novelas continuaría enfrentándose al territorio de lo no-escrito, que siempre será, más allá de la abundancia o parquedad de la información cotidiana, infinitamente mayor que el territorio de lo escrito. Lo sabía Tristam Shandy, cuyo problema era escribir diez veces más rápido de lo que había vivido y cien veces más rápido de lo que estaba viviendo a fin de admitir su vida en su obra: así, se condenaba a escribir como un esclavo y a dejar de vivir. Pero lo sabe también cualquier ciudadano del mundo actual: Lo no-dicho sobrepasa infinitamente a todo lo dicho o mal dicho en el discurso cotidiano de la información y de la política. ¿Qué puede decir la novela que no puede decirse de otra manera? ¿Cuántas veces, en nuestros países, la realidad más vasta, la que incluye no sólo al mundo objetivo, sino a la individualidad subjetiva y a la individualidad colectiva, no fue sacrificada al documento chato, sin imaginación ni realidad- objetiva, subjetiva o colectiva-por miedo a la fantasía, el sueño, el delirio y otros pecados contra el canon realista? ¿Cuántas veces se entendió que el nacionalismo era una especie de calendario de fiestas patrias y ofrendas florales, que no al pie de las letras, olvidando la saludable advertencia de Wole Soyinka: Ejercer la crítica de la nación es una forma de optimismo; solo el silencio es pesimista; y la crítica , como la caridad, empieza por casa? Cuántas veces, en fin, el compromiso político, se entendió como triunfo fehaciente de las buenas intenciones? La exigencia realista nos decía que la novela debía ser el reflejo fiel de una supuesta realidad que, de serlo, debería bastarse a sí misma sin necesidad alguna de libros. La exigencia progesista proponía que el arte debería avanzar junto con el progreso de la sociedad, la política, las ideas y el desarrollo material. La literatura habría de ser el postre de un bamnquete de “anagnórisis”, buenos sentimientos, grandes ilusiones respecto al futuro y promesas de felicidad en la historia. Los grandes novelistas del siglo XIX, está de más decirlo, siempre frustraron este programa bienhechor. Más que nadie, Dostoievski.
Una violencia acumulada sobre violencia, exigió a la novela someterse a una ideología política y servir como medio para los fines totalitarios. Otra, en el extremo opuesto de la frivolidad, consignó a la novela la función de entretener, de alimentar a lo que Wright Mills llamó “the cheerful robot”, el alegre robot de la sociedad consumista, dispuesto a morirse de la risa, a divertirse hasta la muerte. En fin, corriendo el riesgo del nihilismo, una tercera posición se atrevió a mirar el rostro de la novela y encontró en él un espejo vacío: la nada. El sujeto era un espacio vacío. “Yo no existo” dice el personaje de Beckett. “El hecho es evidente.”
La cárcel del realismo es que por sus rejas sólo vemos lo que ya conocemos. La libertad del arte consiste, en cambio, en enseñarnos lo que no sabemos. El escritor y el artista no saben: imaginan. Su aventura consiste en decir lo que ignoran. La imaginación es el nombre del conocimiento en literatura y en arte. Quién sólo acumula datos veristas. Jamás podrá mostrarnos, como Cervantes o como Kafka, la realidad no visible y sin embargo tan real como el árbol, la máquina o el cuerpo.
La novela ni muestra ni demuestra al mundo, sino que añade algo al mundo, refleja el espíritu dl tiempo...
Lo cierto es que el proceso de saturación de noticias quizás atentó contra la voz de la novela, pero acaso, también contribuyó a darle una nueva voz a la novela. Abrió un nuevo capítulo de la historia de la novela: también inauguró una nueva geografía de la novela, disolviendo la frontera artificial entre “ realismo” y “fantasía” y situando a los novelistas, más allá de sus nacionalidades, en la tierra común de la imaginación y la palabra. De nueva cuenta, ¿ qué le proporciona un escritor a su nación, sino lo mismo que se exige a sí mismo: imaginación y lenguaje? ¿Puede una nación existir sin una u otro? Su compromiso carece de importancia literaria si no llega acompañado de imaginación y lenguaje. Pero la ausencia de una militancia política no sustrae el valor social o político a una obra narrativa, pues ésta , mientras más valores literarios reúna, mejor cumple la función generosa que Milan Kundera le atribuye: redefinir perpetuamente a los seres humanos como problemas, en vez de entregarlos, mudos y atados de pies y manos, a las respuestas prefabricadas de la ideología.
Dicho de otro modo: el punto donde la novela concilia sus funciones estéticas y sociales se encuentra el descubrimiento de lo invisible, de lo no-dicho, de lo olvidado, de lo marginado, de lo perseguido, haciéndolo, además, no en necesaria consonancia, sino, muy probablemente, como excepción a los valores de la nación oficial, a las razones de la política reiterativa y aun al progreso como ascenso inevitable.¿es separable el contenido de una novela de la forma en que responde a la pregunta acerca de cómo traducir la experiencia de la realidad en formas específicas? ¿No es la historia de toda novela una evocación de la historia más que una correspondencia con la historia?
La novela siempre se ha dirigido hacia el porvenir. La novela de mundos que se están haciendo o por hacerse. La novela es la voz de un mundo nuevo en proceso de crearse. Esta noción dinámica de la novela es, por otra parte, idéntica a la naturaleza incompleta del género: Arena del lenguaje en la que nadie ha dicho la última palabra. La historia no ha concluido. El reino de la justicia aún no se alcanza. Abierta hacia el futuro, la novela exige, para serlo plenamente, idéntica “apertura hacia el pasado”. ..La tradición y el pasado sólo son reales cuando son tocados- y a veces avasallados- por la imaginación poética del presente...Pero lo es, sobre todo, de su apertura simultánea hacia el futuro y el pasado a través de la imaginación verbal... ¿Qué es entonces, aquello que la novela dice y que no puede decirse de ninguna otra manera? La relación con el pasado es fundamental en este proceso de novelar simplemente porque todos los nuevos novelistas nos dicen lo que esperaba ser dicho, pero no sólo lo que es nuevo, como quería la vanguardia; no sólo lo que es real, ni lo que es políticamente correcto, o religiosamente aceptable, o nacionalmente glorificable, o sentimentalmente reconfortante Sí, otra vez ha triunfado Don Quijote: Todo es relativo, y la novela proclama la universalidad de lo posible.
La literatura potencial y conflictiva de nuestro tiempo trata de darnos, pues, la parte no escrita o no leída del mundo. Pero, como lo dijo y comprendió supremamente Borges, las grandes obras del pasado son parte del futuro. Están siempre esperando ser leídas por primera vez Don Quijote y Tristam Shandy son novelas que aguardan a sus lectores porque, aunque fueron escritas en el pasado, fueron escritas para ser leídas en el presente. La nueva novela, igualmente, nos dice que el pasado puede ser la novedad más grande de todas.El cruce de la novela potencial, crítica, omnívora que ha dado nueva vida a un género que se consideraba moribundo, se encuentra, acaso, en este mestizaje del tiempo con el acto de escribir, y del tiempo con el acto de leer.
El tiempo de la escritura es finito.
Pero el tiempo de la lectura es infinito.
Y así, el significado de un libro no está detrás de nosotros: su cara nos mira desde el porvenir...La novela es una pregunta crítica acerca del mundo, pero también acerca de ella misma. La novela es, a la vez, arte del cuestionamiento y cuestionamiento del arte. No han inventado las sociedades humanas instrumento mejor o más completo de crítica global, creativa, interna y externa, objetiva y subjetiva, individual y colectiva, que el arte de la novela. Pues la novela es el arte que gana el derecho de criticar al mundo sólo si primero se critica a sí misma. Y lo hace con la más vulgar, gastada, común y corriente de las monedas: La verbalidad, que es de todos o no es de nadie. ¿Qué dice la novela? Búsqueda de la novela, búsqueda de la segunda historia, del otro lenguaje, del conocimiento mediante la imaginación; búsqueda, en fin, del lector y de la lectura: Vicio impune, dijo Gide, admirador de las novelas que crean lectores.
Leer una novela: Acto amatorio, que nos enseña a querer mejor.
Y acto egoísta también, que nos enseña a tener conversaciones espléndidas con nosotros mismos.
Geografía de la novela. Carlos Fuentes. México. Fondo de Cultura Económico. 1993.178 páginas.
BOLAÑO AL CUBO

HOMENAJE
Tres de las personas más cercanas al chileno Roberto Bolaño, reconstruyen la historia de su última novela,2666
“Largo tiempo hemos vivido sin saber que existía un chileno perfecto para nosotros: barroco pero breve, erudito sin ser pedante, trágicamente metafísico y auténticamente bromista, loco por la poesía pero dotado de una eficacia narrativa sin falla alguna. Una especie de fenómeno entre Woody Allen y Lautréamont, Tarantino y Borges” Así describe Fabrice Gabriel a Roberto Bolaño en la revista francesa Les inrockuptibles con motivo de su muerte.
Desafortunadamente, como destaca su editor y amigo Jorge Herralde, Bolaño no sólo era desconocido para los lectores franceses, también lo era para muchos lectores en español por lo menos hasta finales de los 90, cuando primero el mismo Herralde, al otorgarle el Premio Herralde de Novela en 1998, y luego los jurados del Premio Rómulo Gallegos en 1999 advirtieron de la presencia de un escritor latinoamericano excepcional.
Sin embargo, con la clara excepción de Los detectives salvajes, la obra que mereció los dos galardones ya nombrados, todavía había muchos que no habían leído a este escritor chileno, pero tras la conmoción que causó su muerte, no menos repentina por anunciada, las antenas de críticos y lectores de todo el mundo se han dirigido hacia su obra. Lo que no es, en últimas, una casualidad pues póstumamente se han publicado tres libros suyos: El gaucho insufrible, Entre paréntesis y 2666.
Bolaño tenía la idea de escribir una novela que se llamara 2666 desde hace muchos años. Ya en 1999 la menciona en sus entrevistas y habla constantemente de su deseo de escribir "una novela de ciencia ficción", que es una de las maneras como define a 2666. Sin ir más lejos, en los detectives salvajes, cuando Ulises Lima y Arturo Belano(los protagonistas) se encuentran, por fin, con Cesárea Tinajero, ésta habla del año dosmil seiscientos y pico y en Amuleto, Auxilio Lacouture, la protagonista, habla de “un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o no nato”.Bolaño se sentó a redactar esta novela, calcula Ignacio Echavarría, hacia el año 2000. En su estudio quedaron quedaron varios manuscritos, notas, posibles desarrollos de la trama de la novela que atestiguan su trabajo, cada vez más apresurado, en la carrera contra el tiempo que ya se ha vuelto un tópico citar. Pero, a pesar de su “escritura nocturna y lanzada al abismo”(Fresán), cuando hablaba de su novela nunca decía mucho, “me hablaba por ejemplo, -Comenta Herralde- de sus númerosas consultas vía “mail” a Sergio González Rodríguez, el escritor mexicano que investigó los crímenes de Ciudad Juárez
, y que también aparece como personaje en la cuarta parte de la novela”. “Le gustaba discutir más sobre lo que leía, y lo que escribía era una discusión íntima y esporádicamente en voz alta”- dice por otra parte el escritor argentino Rodrigo Fresán-. “Mi relación con 2666 es modesta. Bolaño me llamó un par de veces para hacerme un par de preguntas”: Ignacio Echavarría, crítico literario de El País y amigo íntimo de Bolaño, cuenta que con él hablaba de la novela pero no de su contenido: “Es verdad que un momento dado se comenzó a preocupar por la envergadura y empezó a trabajar de una manera cada vez más intensa. Sufrió un poco el agobio de que las páginas de la novela siguieran aumentando, las pocas veces que hablábamos de eso decía “va a tener mil” y esto por un lado le asustaba un poco porque la escritura se hacía ingobernable. De hecho él se concedió varios descansos entre tanto y fue así como surgieron “El gaucho insufrible” y otra serie de trabajos de descomprensión”.Bolaño que sufrió en carne propia lo que era la pobreza y que sabía que su muerte era muy próxima (“Yo soy el escritor latinoamericano con menos futuro” le dijo con bastante humor negro a la revista Playboy en la última entrevista que concedió), no quería que sus hijos, Lautaro y Alexandra, pasaran por lo mismo. Por eso, previendo que su estado de salud se complicara, dio por bueno un manuscrito que entregó a su esposa Carolina López, y le comunicó a ella y a su editor su intención de dividir la novela en cinco partes-los cinco capítulos- para que cada una fuera publicada de manera independiente. “Sin embargo –dice Herralde- su idea inicial había sido que 2666 se publicara en un solo tomo. Analizando pros y contras con Ignacio Echavarría, la desición fue publicarla según dicho próposito, para subrayar lo que Echavarría (en su Nota a la primera edición) define como su “insensata vocación de totalidad”. Decidimos publicarla, pues, en un tomo contundente, inapelable”:
“El manuscrito estaba muy limpio, yo prácticamente no tuve que decidir nada”- dice Ignacio Echavarría, a quien Bolaño nombró como una especie de albacea literario-. “Aunque el manuscrito que entregó a Carolina lo dio por bueno, esto no significa que de haber vivido no hubiera continuado escribiendo. Es una novela relativamente terminada, pero de todas maneras, es una novela inacabable”. Destaca. Evidentemente 2666 es una obra abierta como, por otra parte, es la obra completa de Bolaño, pero también es una novela inacabada. Y es que después de leer 2666 sólo se puede envidiar a todos aquellos que no han empezado a leerla, porque todavía les quedan por delante las maravillosas últimas páginas de Bolaño, “el broche de oro” de su literatura. “Leyendo 2666 uno vuelve a ser ese lector absoluto e inocente y sin red que fue cuando era un niño, cuando la literatura era ese otro planeta que estaba en este, y en el que uno no dejaba de preguntarse una y otra vez “¿qué va a pasar ahora?”Los días 20, 21 y 22 de octubre la revista Lateral de Barcelona llevó a cabo el primer congreso académico que se organiza sobre la figura de Roberto Bolaño.Los tres días de conferencias coincidieron con el lanzamiento de 2666 y el certamen resultó ser una especie de inauguración de “los bolananianos”: académicos, críticos, escritores y jóvenes estudiantes congregados para hablar sobre Bolaño, para buscar a Bolaño, de la misma manera en que Pelletier, Espinosa, Norton y Morini se reúnen para encontrar a Archimboldi en 2666. Y aunque queda claro que ante Bolaño lo único que se puede hacer es leer a Bolaño, hubo en ese congreso dos trabajos, dos lecturas, sorprendentes entre todas la lecturas posibles de 2666: las de Rodrigo Fresán E Ignacio Echavarría. El primero, de quien Bolaño hace una mención en la primera parte del libro, “La parte de los críticos, cierra así conferencia con la pregunta que nos tiene a todos atrapados:
“Hace mucho que no se publica una novela en español tan trascendente y asombrosa. Y poco y nada importa – salvo porque una página más de Bolaño siempre será motivo de alegría- el perfil inacabado de su fachada: 2666 es uno de esos libros que han llegado para quedarse, para permanecer. Bolaño, para nuestra felicidad, y con modales de faraón todopoderoso pero mortal, ha erigido esta pirámide que lo sobrevive y lo honrará por siempre y que- como suele suceder con las pirámides- nosotros, afortunados testigos, turistas privilegiados, no dejaremos nunca de preguntarnos, una y otra vez, cómo cuernos fue que lo hizo”
Por Carolina Vallejo. Editora colombiana. Tomado de Semana Libros. 2.
14.11.07
CANONICEMOS A LAS PUTAS

Santoral del sábado: Betty, Lola, Margot, vírgenes perpetuas, reconstruidas, mártires
provisorias llenas de gracia, manantiales de generosidad.
Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas
miserables. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los
lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la
reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno
a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente,
Experta, atribulada, sabia, sin rencor.
No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no
discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color; soportas las
agresiones del orgullo, las asechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes,
estímulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula de los
desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho
del que no tiene reposo.
Has educado tu boca y tus manos, tus músculos y tu piel, tus vísceras y tu alma. Sabes
vestir y desvestirte, acostarte, moverte. Eres precisa en el ritmo, exacta en el gemido,
dócil a las maneras del amor.
Eres la libertad y el equilibrio; no sujetas ni detienes a nadie; no sometes a los recuerdos
ni a la espera. Eres pura presencia, fluidez, perpetuidad.
En el lugar que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel
elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y
un vaso de agua y un pan.
Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te reconozco, te
canonizo a un lado de los hipócritas y de los perversos, te doy todo mi dinero, te corono
con hojas de yerba y me dispongo a aprender de ti todo el tiempo.
JAIME SABINES (México, 1926-1999)
12.11.07
Discurso de William Faulkner al recibir el Nobel

Don William desgrana unos consejos muy útiles para los escritores.
Pienso que este premio no se otorga a mi persona sino a mi trabajo; el trabajo de una vida en el sudor y la agonía del espíritu humano, no por la gloria, y menos que nada por la ganancia, sino por crear, a partir de los materiales del espíritu humano, algo que no existía antes. Así que este premio sólo se me confía. No será difícil encontrar un destino a su parte monetaria que sea adecuado al propósito y significado de su origen. Pero quisiera hacer lo mismo con la proclama, al emplear este momento como una cumbre desde la cual pueda ser escuchado por los hombres y mujeres jóvenes que ya se dedican a la misma labor y angustia, entre los cuales se encuentra ya aquel que ocupará el lugar que ahora ocupo yo. Nuestra tragedia hoy es un miedo físico general y universal, sostenido por tanto tiempo que incluso podemos sopesarlo. Ya no hay más problemas del espíritu. Sólo existe la pregunta: ¿Cuándo me barreran? Por este motivo, el hombre o mujer joven que escribe hoy ha olvidado el problema del conflicto del corazón humano consigo mismo, que es lo único que puede lograr la buena escritura porque es lo único sobre lo que vale la pena escribir; sólo eso merece el sudor y la agonía. Él debe aprenderlo otra vez. Debe enseñarse así mismo que tener miedo es lo más bajo que hay; y al enseñarse eso, olvidar el miedo para siempre, y no dejar espacio en su taller a nada que no sean las viejas verdades y realidades del corazón; las viejas verdades universales sin las cuales una historia es efímera y está condenada a morir: amor y honor y caridad y orgullo y compasión y sacrificio. Mientras no haga eso, trabajo bajo una maldición. No escribe de amor sino de lujuria, de derrotas en las que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanza, y lo peor de todo, sin caridad ni compasión. Sus aflicciones no se duelen en huesos universales, no dejan cicatrices. No escribe del corazón sino de las glándulas. Hasta que vuelva a aprender estas cosas, escribirá como si asistiera al fin del hombre y lo contemplara. Me rehuso a aceptar el fin del hombre. Es bastante fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque perdurará: prevalecerá. Es inmortal, no porque sea el único espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, es escribir acerca de éstas cosas. Es un privilegio aligerar el corazón del hombre para ayudarlo a resistir, al recordarle el valor y honor y orgullo y esperanza y compasión y caridad y sacrificio que han sido la gloria de su pasado. No es necesario que la voz del poeta sea un mero registro del hombre, puede ser uno de los apoyos, de los pilares para ayudarlo a perdurar y prevalecer.
Palabras que William Faulkner pronunció al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1950
11.11.07
MIS SUBRAYADOS ERÓTICOS (4)

.
“Nuestro primer encuentro, en mi piso, fue algo dantesco. Yo estaba loco de deseo y ella me miraba con los ojos muy abiertos, pasmada y jadeante. Tuve que quitarle la ropa y tumbarla desnuda en la cama, suntuosa, el pelo negro y la piel blanca relucientes, y entonces ocurrió algo aterrador: mi pene quedó inerte, se encogió. No puede ocurrirle al hombre desgracia mayor. Empecé a sudar de pánico, besándola, acariciándola de una manera angustiosa que no hacía más que aumentar mi impotencia. Ella intentó ayudarme, pero se puso también nerviosa, y se asustó, pues pensaba, como me dijo luego, que había alguien oculto bajo la cama. Se levantó y fue al cuarto de baño. Me quedé en la cama, manoseándome desesperado el pene, inútilmente, durante largo tiempo, hasta que me eché a llorar. Imagínate, un hombre gordo y desnudo llorando tendido en la cama, intentando afanosamente que se le enderece el cacharro. Al fin, enjugue los ojos, me puse la bata y fui a ver qué estaba haciendo en el cuarto de baño.
Estaba sentada en la tapa del retrete, con las piernas cruzadas, desconsolada, mirándose las uñas, medio acurrucada; hasta una barriguita adiposa surgía en su vientre impoluto; se le había corrido la pintura de los ojos y se me quedó mirando patéticamente. Encendí el gas del calentador, pensando quizá que un baño nos purificaría, nos haría olvidar aquel horror y volvería a llenar de sangre mi pene. Súbitamente, el calentador explotó (véase Fonseca). Me tiré sobre ella para protegerla, caímos al suelo y, en aquel infierno de fuego y humo, nuestros cuerpos se conciliaron en una cópula excelsa y delirante. Hasta la noche no me di cuenta de que tenía el cuerpo lleno de quemaduras. Creo que fue entonces cuando decidí, al comprobar la superioridad del orgasmo sobre el dolor, escribir Bufo & Spallanzani. Hasta con el cuerpo embadurnado de picrato, dejando jirones de piel en las sábanas, empecé a encontrarme con ella todos los días, mas potente yo que Simenon y Maupassant juntos.
Diariamente hacia la una de la tarde, llegaba a mi casa , tras pasar por el gimnasio, donde hacía sus ejercicios. Mientras no llegaba, yo iba y venía ansioso de un lado a otro, sintiendo con los dedos la erección de mi pene, hablando solo. Cuando aparecía, yo agarraba su cuerpo con fervor demente y jodíamos en pie, en el hall, sin que se hubiera quitado la ropa, metiéndosela por la pernera de las bragas mientras la alzaba sujetándola por el trasero, aplastándola contra la pared. Luego, la llevaba a la cama y nos pasábamos jodiendo. Hasta entonces no había tenido un orgasmo en su vida. En las pausas le leía poemas. Le gustaba particularmente uno de Baudelaire que habla de un cunilingus: “la très-cherè était nue, et, connaissant mon coer”ª, etc. Siempre le leía el poema cuando acabábamos de echar un polvo, exactamente como hago contigo, amor mío. Ahora, déjame dormir”
ª. “Ella, la que más quiero, estaba desnuda y, puesto que conoce mi corazón...”
Pasado negro (Bufo & Spallanzani). Traducción de Basilio Losada. Circulo de Lectores. Rubem Fonseca. 1985.
7.11.07
MIS SUBRAYADOS ERÓTICOS (3)

“No olvidemos que mamá veía muy mal: Las piedras que marcaban el borde del camino le parecían una aldea, confundía a Eva con la señora Nora. Pero bastaba con entrecerrar los ojos y el propio Karel podía creer que las piedras eran casas. ¿Es que no le había envidiado a mamá su perspectiva durante la semana? Cerró por lo tanto los ojos y vio delante suyo, en lugar de Eva, a la antigua beldad.
Guardaba de ella un recuerdo secreto e inolvidable. Tenía unos cuatro años, mamá y la señora Nora estaban con él en algún balneario (no tiene ni idea de cuál era el sitio) y él tenía que esperarlas en un vestuario vacío. Se quedó allí pacientemente, abandonado entre los vestidos femeninos. Entonces entró en la habitación una hermosa y alta mujer desnuda, le dio la espalda al niño y se estiró para alcanzar su traje de baño que colgaba de la pared. Era Nora.
Nunca se le borró de la memoria la figura de ese cuerpo desnudo estirado, visto desde atrás. Él era pequeñito, lo miraba desde abajo, desde la perspectiva de una rana, como si hoy mirase desde abajo una estatua de cinco metros de alto. Estaba al lado suyo y sin embargo inmensamente lejano. Doblemente lejano. Lejano en el espacio y en el tiempo. Aquel cuerpo se erguía sobre él más lejos en la altura y estaba separado de él por una cantidad inescrutable de años. Aquella doble distancia le producía vértigo a un muchacho de cuatro años. Ahora volvía a sentirlo de nuevo dentro de sí, con una enorme intensidad.
Miraba a Eva ( seguía de espaldas a él) y veía a la señora Nora. Estaba de él a una distancia de dos metros y de uno o dos minutos.
-Mamá –dijo-, has sido muy amable con nosotros. Pero las chicas tienen que irse a la cama.
Mamá se marchó humilde y obediente y él enseguida les contó a las dos mujeres su recuerdo de la señora Nora. Se agachó delante de Eva y volvió a darle vuelta para que quedara de espaldas y poder así seguir las huellas de la antigua mirada del muchacho.
De repente el cansancio había desaparecido. La arrastró al suelo. Ella estaba acostada boca abajo y el agachado junto a sus pies dejando deslizar la mirada con sus piernas hacia arriba, hacia el culo, entonces se lanzó encima de ella y le hizo el amor.
Y sintió como si ese salto hacia su cuerpo hubiese sido un salto sobre un tiempo inmenso, el salto de un muchacho que se lanza de la edad de la infancia a la edad del hombre. Y cuando se movía encima de ella, hacia atrás y hacia delante le pareció que seguía haciendo ese movimiento desde la infancia a la madurez y vuelta, el movimiento desde el muchacho que mira desvalido el enorme cuerpo de una mujer hasta el hombre que abraza y doma ese cuerpo. Ese movimiento que por lo general mide apenas quince centímetros, era largo como tres decenios.
Las dos mujeres se adaptaron a su ferocidad y él pasó enseguida de la señora Nora a Marketa y luego otra vez a la señora Nora y de vuelta otra vez. Llevaba mucho tiempo así y tuvo que descansar un rato. Tenía una sensación maravillosa, se sentía fuerte como nunca. Se tumbó en el sillón mirando a las dos mujeres que delante suyo yacían en el ancho sofá. En ese corto rato de pequeño descanso no veía delante suyo a la señora Nora sino a sus dos viejas amigas, testigos de su vida, Marketa y Eva, se veía a sí mismo como un gran ajedrecista que acaba de derrotar a sus contrincantes en dos tableros. Esa comparación le encantó y no fue capaz de callarse:
-Soy Boby Fischer, soy Boby Fischer- gritó riéndose.”
“El bueno de Hugo llevaba ya un rato moviéndose furiosamente encima de ella y Tamina se daba cuenta ahora de que al hacerlo se levantaba de un modo extraño, apoyando los brazos y moviendo de un lado a otro las caderas. Comprendió que estaba descontento con las reacciones de ella, que le parecía poco excitada y que se esforzaba por penetrar dentro de ella desde distintos ángulos, para encontrar en algún sitio de sus profundidades el punto secreto de la sensibilidad, que se escondía ante él.
No quiso ver su trabajoso esfuerzo e inclinó la cabeza. Intentó imponer disciplina a sus pensamientos y llevarlos de vuelta a sus diarios. Repitió para sus adentros la sucesión de sus vacaciones, tal como había conseguido reconstruirla, por el momento sólo en parte: las primeras vacaciones en un pequeño lago checo; después Yugoslavia y otra vez el pequeño lago checo y un balneario checo, pero el orden de estas vacaciones es poco claro. En 1964 estuvieron en los montes Trata y al año siguiente Bulgaria y después la huella se pierde. En 1968 se quedaron durante todo el verano en Praga, al año siguiente fueron a un balneario y luego ya la emigración y el último verano en Italia.
Hugo se había salido ahora e intentaba dar vuelta a su cuerpo. Ella comprendió que quería que se pusiese a cuatro patas. En ese momento se dio cuenta de que Hugo era más joven y sintió vergüenza. Pero intentó acallar dentro de sí todas las sensaciones y obedecerle con total indiferencia. Después sintió los duros golpes del cuerpo de él sobre su culo. Comprendió que quería impresionarla con su persistencia y su fuerza, que estaba manteniendo una especie de combate decisivo, haciendo una especie de examen final en el que tenía que demostrar que podía más que ella y la merecía.
No sabía que Hugo no la veía. Y es que una rápida mirada al culo de Tamina (al ojo abierto de su maduro y hermoso culo, al ojo que lo miraba implacable) lo había excitado de tal modo hace un momento, que inmediatamente cerró los ojos, sus movimientos se hicieron más lentos y comenzó a respirar profundamente. Él también intentaba ahora pensar en otra cosa (eso era lo único en lo que se parecían el uno al otro) para poder ser capaz de hacerle el amor un rato más.
Y ella veía en la pared blanca del armario de Hugo la gran cara de su marido y entonces cerró rápidamente los ojos y repitió la sucesión de las vacaciones, como si fueran verbos irregulares: primero las vacaciones junto al lago; después Yugoslavia, el lago y el balneario o el balneario, Yugoslavia y el lago; después los Trata, después Bulgaria, después se pierde la huella; después Praga, el balneario, al final Italia.
La violenta respiración de Hugo interrumpió sus recuerdos. Abrió los ojos y en el armario blanco vio la cara de su marido.
También Hugo abrió de repente los ojos. Vio el ojo del culo de Tamina y el placer lo atravesó como un rayo"
El libro de la risa y el olvido. Milán Kundera. 1987. Seix Barral. Biblioteca Breve.
6.11.07
DEL CULTO DE LOS LIBROS

Jorge Luis Borges
En el octavo libro de la Odisea se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar; la declaración de Mallarmé: El mundo existe para llegar a un libro, parece repetir, unos treinta siglos después, el mismo concepto de una justificación estética de los males. Las dos teleologías, sin embargo, no coinciden íntegramente; la del griego corresponde a la época de la palabra oral, y la del francés, a una época de la palabra escrita. En una se habla de contar y en otra de libros. Un libro, cualquier libro, es para nosotros un objeto sagrado: ya Cervantes, que tal vez no escuchaba todo lo que decía la gente, leía hasta “los papeles rotos de las calles”. El fuego, en una de las comedias de Bernard Shaw, amenaza la biblioteca de Alejandría; alguien exclama que arderá la memoria de la humanidad, y César le dice: Déjala arder. Es una memoria de infamias. El César histórico, en mi opinión, aprobaría o condenaría el dictamen que al autor le atribuye, pero no lo juzgaría, como nosotros, una broma sacrílega. La razón es clara: para los antiguos la palabra escrita no era otra cosa que un sucedáneo de la palabra oral.
Es fama que Pitágoras no escribió; Gomperz (Griechische Denker, I, 3) defiende que obró así por tener más fe en la virtud de la instrucción habladaDe mayor fuerza que la mera abstención de Pitágoras es el testimonio inequívoco de Platón. Este, en el Timeo, afirmó: “Es dura tarea descubrir al hacedor y padre de este universo, y, una vez descubierto, es imposible declararlo a todos los hombres”, y en el Fedro narró una fábula egipcia contra la escritura (cuyo hábito hace que la gente descuide el ejercicio de la memoria y dependa de símbolos), y dijo que los libros son como las figuras pintadas, “ que parecen vivas, pero no contestan una palabra a las preguntas que les hacen”. Para atenuar o eliminar este inconveniente imaginó un diálogo filosófico. El maestro elige al discípulo, pero el libro no elige a sus lectores, que pueden ser malvados o estúpidos; este recelo platónico perdura en las palabras de Clemente de Alejandría, hombre de cultura pagana: “Lo más prudente es no escribir sino aprender y enseñar de viva voz, porque lo escrito queda” (Stromaleis), y en éstas del mismo tratado: “Escribir en un libro todas las cosas es dejar una espada en manos de un niño”; que derivan también de las evangélicas: “No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, porque no las huellen con los pies, y vuelvan y os despedacen”. Esta sentencia es de Jesús, el mayor de los maestros orales, que una sola vez escribió unas palabras en la tierra y no las leyó ningún hombre (Juan, 8: 6).
Clemente Alejandrino escribió su recelo de la escritura a fines del siglo II; a fines del siglo IV se inició el proceso mental que, a la vuelta de muchas generaciones, culminaría en el predominio de la palabra escrita sobre la hablada, de la pluma sobre la voz. Un admirable azar ha querido que un escritor fijara el instante (apenas exagero al llamarlo instante) en que tuvo principio el vasto proceso. Cuenta San Agustín, en el libro seis de las Confesiones: “Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra ni mover la lengua. Muchas veces –pues a nadie se le prohibía entrar, ni había costumbre de avisarle quién venía-, lo vimos leer calladamente y nunca de otro modo, y al cabo de un tiempo nos íbamos, conjeturando que aquel breve intervalo que se le concedía para reparar su espíritu, libre del tumulto de los negocios ajenos, no quería que se lo ocupasen en otra cosa, tal vez receloso de que un oyente, atento a las dificultades del texto, le pidiera explicación de un pasaje oscuro o quisiera discutirlo con él, con lo que no pudiera leer tantos volúmenes como deseaba. Yo entiendo que leía de ese modo por conservar la voz, que se le tomaba con facilidad. En todo caso, cualquiera que fuese el propósito de tal hombre, ciertamente era bueno.” San Agustín fue discípulo de San Amrosio, obispo de Milán, hacia el año 384; trece años después, en Numidia, redactó sus Confesiones y aún lo inquietaba aquel singular espectáculo: un hombre en una habitación, con un libro, leyendo sin articular las palabrasª.
Aquel hombre pasaba directamente del signo de escritura a la intución, omitiendo el signo sonoro; el extraño arte que iniciaba, el arte de leer en voz baja, conduciría a consecuencias maravillosas. Conduciría, cumplidos muchos años, al concepto del libro como fin, no como instrumento de un fin. (Este concepto místico, trasladado a la literatura profana, daría los singulares destinos de Flaubert y de Mallarmé, de Henry James y de James Joyce.) A la noción de un Dios que habla con los hombres para ordenarles algo o prohibirles algo, se superpone la del Libro Absoluto, la de una Escritura Sagrada. Para los musulmanes, el “Alcoran” (también llamado El Libro, Al Kitab), no es una mera obra de Dios, como las almas de los hombres o el universo; es uno de los atributos de Dios como Su eternidad o Su ira. En el capítuloXIII, leemos que el texto original, La Madre del Libro, está depositado en el Cielo. Muhammad-alGhazali, el Algazel de los escolásticos, declaró: “ el Alcoran se copia en un libro, se pronuncia con la lengua, se recuerda en el corazóny, sin embargo sigue perdurando en el centro de Dios y no lo altera su pasaje por las hojas escritas y por los entendimientos humanos”. George Sale observa que ese increado Alcorán no es otra cosa que su idea o arquetipo platónico; es verosímil que Algazel recurriera a los arquetipos, comunicados al Islam por la Enciclopedia de los hermanos de la Pureza y por Avicena, para justificar la noción de la Madre del Libro.
Aún más extravagantes que los musulmanes fueron los judíos. En el primer capítulo de su Biblia se halla la sentencia famosa: “Y Dios dijo; sea luz; y fue la luz”, los cabalistas razonaron que la virtud de esa orden del Señor procedió de las letras de las palabras. El tratado Sefer Yetsirah ( Libro de la Formación), redactado en Siria o en Palestina hacia el siglo VI, revela que Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel y Dios Todopoderoso, creó el universo mediante los números cardinales que van del uno al diez y las veintidós letras del alfabeto. Que los números sean intrumentos o elementos de la Creación es dogma de Pitágoras y de Jámblico; que las letras lo sean es claro indicio del nuevo culto de la escritura. El segundo párrafo del segundo capítulo reza: “Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las pesó, las permutó, y con ellas produjo todo lo que es y todo lo que será.” Luego se revela qué letra tiene poder sobre el aire, y cuál sobre el agua, cuál sobre el fuego, y cuál sobre la sabiduría, y cuál sobre la paz y cuál sobre la gracia, y cuál sobre el sueño, y cuál sobre la cólera, y cómo (por ejemplo) la letra kaf , que tiene poder sobre la vida, sirvió para formar el sol en el mundo, el miercóles en el año y la oreja izquierda en el cuerpo.
Las lejos fueron los cristianos. El pensamiento de que la divinidad había escrito un libro los movió a imaginar que había escrito dos y que el otro era el universo. A principios del siglo XVII, Francis Bacon declaró en su Advancement of Learning que Dios nos ofrecía dos libros, para que no incidiéramos en error; el primero, el volumen de las Escrituras, que revela Su voluntad, el segundo, el volumen de las criaturas, que revela Su poderío y que éste era la llave de aquél. Bacon se proponía mucho más que hacer una metáfora; opinaba que el mundo era reducible a formas esenciales (temperaturas, densidades, pesos, colores), que integraban, en número limitado, un abecedarium naturae o serie de las letras con que se escribe el texto universalº. Sir Thomas Browne, hacia 1642, confirmó: “Dos son los libros en que suelo aprender teología: La sagrada escritura y aquel universal y público manuscrito que está patente a todos los ojos. Quienes nunca Lo vieron en el primero, Lo descubrieron en el otro” (Religio Medici, 1, 16) .En el mismo párrafo se lee: “Todas las cosas son artificiales, poirque la Naturaleza es el Arte de Dios.” Doscientos años transcurrieron y el escocés Carlyle, en diversos lugares de su labor y particularmente en el ensayo sobre Cagliostro, superó la conjetura de bacon; estampó que la historia universal es una Escritura sagrada que desciframos y escribimos inciertamente, y en la que también nos escriben. Después, León Bloy escribió: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz...La historia es un inmenso texto litúrgico , donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y otros es indeterminable y está profundamente escondida” (L’ame de Napoleón, 1912). El mundo, según Mallarmé, existe para un libro; según Bloy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo.
ªLos comentadores advierten que, aquel tiempo, era costumbre leer en voz alta, para penetrar mejor el sentido, porque no había signos de puntuación, ni siquiera división de palabras, y leer en común, para moderar o salvar los inconvenientes de la escasez de códices. El diálogo de Luciano de Samosata. Contra un ignorante comprador de libros, encierra un testimonio de esa costumbre en siglo II.
º En las obras de Galileo abundan el concepto del universo como libro. La segunda sección de la antología de favaro ( Galileo: Pensieri, motti e sentinze, Firenze, 1949) se titula Il libro della Natura . Copio el siguiente párrafo: “La filosofía está escrita en aquel grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (quiero decir, el universo), pero que no se entiende si antes no se estudia la lengua y se conocen los caracteres en que está escrito. La lengua de ese libro es matemática y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas.”
2.11.07
DESENGAÑO DE LAS MUJERES

Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.
Puto es el gusto y puta la alegría
Que el rato putatil nos encarece;
Y yo diré que es puto a quien parece
Que no sois puta vos, señora mía.
Mas llámenme a mi puto enamorado,
Si al cabo para puta no os dejaré;
Y como puto muera yo quemado,
Si de otras tales putas me pagare;
Porque las putas graves son costosas,
Y las putillas viles, afrentosas.
QUEVEDO