14.7.15

Murió Gustavo Sainz

El amor es la pasión más habladora, decía

Gustavo Sainz, autor mexicano de Gazapo, una novela juvenil dentro de la llamada Onda./jornada.com.mx


El escritor y ensayista mexicano Gustavo Sainz, personaje representativo del movimiento de la literatura de la onda de los años 60, murió el 26 de junio a los 74 años, confirmó el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).
La noticia del fallecimiento se difundió en México ayer por la tarde luego de que su nombre apareció en el obituario del Herald Times Online, en Bloomington, Indiana, donde vivía Sainz, quien era docente retirado de la Universidad de Indiana en esa ciudad.
Gustavo Sainz nació el 13 de julio 1940 en el Distrito Federal y en 1974 recibió el premio Xavier Villaurrutia. Fue director literario de las editoriales Grijalbo y Joaquín Mortiz, además de titular del Departamento de Literatura del INBA, y se desempeñó como investigador y catedrático de literatura española en las universidades de Indiana y Nuevo México, Estados Unidos.
Entre sus obras destacan Gazapo, Obsesivos días circulares, La princesa del Palacio de Hierro (1974), Compadre lobo (1978), Fantasmas aztecas (1982), Muchacho en llamas (1987) y A la salud de la serpiente.
El escritor estudió derecho y filosofía y letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, asimismo, fue asesor editorial de la Secretaría de Educación Pública y Premio Nacional de Narrativa Colima para Obra Publicada 2003 por A troche y moche.
En una entrevista, de 1999, Gustavo Sainz dijo a La Jornada: “Trato de ser honesto conmigo mismo, y si voy a hacer una novela sobre el tema que sea, no puedo pensar que tomaré el modelo de Pavese o Fielding o Payno para hacer el libro. Lo invisible que quiero hacer visible, cuando por fin me decido a escribirlo, adquiere su propia forma, su ritmo, velocidad y disposición tipográfica.
“No hago –prosiguió– que las novelas sean forzosamente de una manera o de otra, no puedo hacer uno de mis libros como una crónica a la manera de Wolfe o de Mailer o de Gore Vidal. Prefiero que la obra fluya a través de mí. Y a la vez hay otra cosa: pienso que en el final de siglo hay estéticas nuevas, como las había a finales del XIX.”
El autor, en esa ocasión a propósito de su obra La novela virtual (atrás, arriba, adelante, debajo y entre), dijo que “el amor es la más habladora de las pasiones”.
“El problema es qué es el amor cuando no es una estampita. Puede ser un impulso eléctrico, una asociación química, el encuentro de dos imaginarios o meramente palabras. En esta novela se confirma esta tesis que sostuve en La princesa del Palacio de Hierro.
“De modo que –añadió– este sentimiento puede ser una red de palabras y lo que hace la novela es un poco investigar qué se esconde atrás del cliché. No es fácil explorar eso. En algún momento del libro se dice, por ejemplo: ‘La mujer no existe, lo que existe son las muchachas y los varones que las destruimos’.”
Luego de impartir cátedra durante más de 19 años en la Universidad de Indiana, continuaba escribiendo y proyectaba la creación de un centro cultural en Saltillo, a cuyo sistema de bibliotecas públicas Sainz tuvo la intención de donar en 2011 toda su biblioteca, de más de 75 mil libros, películas y obras de arte.
El proyecto jamás se concretó por falta de recursos de la entidad para transportar a México tan valioso acervo.
En 2005, Gustavo Sainz narró a La Jornada el motivo de su autoexilio del país cuando la revista La Semana de Bellas Artes –fundada por él y auspiciada por el INBA– publicó un cuento que resultó “ofensivo” para Carmen Romano, esposa del entonces presidente José López Portillo.
Los hechos derivaron en la renuncia de Juan José Bremer –actual embajador de México en Gran Bretaña– a la dirección del INBA, cargo que había desempeñado durante varios años con el beneplácito de buena parte de la comunidad artística e intelectual. “Fui un chivo expiatorio”, dijo Sainz.
No obstante, aseguró que no se fue del país por el problema con la pareja presidencial de entonces. Se fue, dijo, invitado por una universidad de Estados Unidos, que le dio “una beca de 15 mil dólares para preparar una conferencia sobre los dioses aztecas en la obra de Carlos Fuentes. Me pareció que en México jamás iba a tener un pago como ése por una conferencia”.